Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 13 de agosto de 2017

Taxi

     Pensamos con ingenuidad que nuestros problemas proceden de lo inmediato y apenas si prestamos atención a vendavales que nos parecen ajenos pero que acaban por arrastrarnos. Ocurrió así, hace diez años ahora, con las primeras tormentas de la borrasca financiera general y no se quiso ver, al menos oficialmente, porque a unos no interesaba y porque a otros les era más cómodo mirar hacia otro lado.

     Hace unos meses contemplábamos el conflicto de los estibadores como un mal ajeno a estas tierras y a estas gentes de secano. Incluso comulgábamos con las informaciones que nos presentaban a ese colectivo como privilegiado y nos sentíamos cómplices del Ministro de Fomento cuando afirmaba, y mentía con ello, que sus huelgas iban a mermar la productividad de nuestros puertos. Hoy los datos dicen lo contrario y anuncian también la llegada de nuevos propietarios para ellos, naturalmente poderosas empresas transnacionales.

     Y miramos, en fin, a los taxistas, que se andan partiendo la cara con los otros parias empleados por los negociantes de los llamados VTC (vehículos de turismo con conductor), sin reconocer en ello el olor del comercio internacional que, como en el caso de la estiba, ha situado el transporte de mercancías y de viajeros en su punto de mira y de beneficio. Es decir, nos negamos a entender que los tratados internacionales de comercio perjudican claramente lo cercano y benefician notablemente lo indefinido y distante.

     Saben los listos que no interesa tanto la especulación financiera, aunque continúe, como la depredación comercial. Que aquello, como se demostró, provoca riesgos incontrolables y que es mucho más fácil desregular otros sectores imprescindibles para la vida cotidiana. El transporte, por ejemplo, pero también la alimentación, la agricultura, la salud o los servicios. Hacia eso apuntan sin pudor ese tipo de tratados, así los ratificados ya como los en vía de negociación, y los taxistas o los estibadores son sólo sus primeras víctimas. Se ha abierto la veda.

Publicado en La Nueva Crónica, 13 agosto 2017

domingo, 6 de agosto de 2017

Sandalias

     Se llevan las sandalias. Al menos eso cuentan los innovadores del running, esa actividad que los más viejos del lugar conocíamos simplemente como correr o echar carreras. Ya no se trata de calzarse unas horrorosas zapatillas de último grito. Al contrario, lo último de verdad es la sandalia o incluso el pie descalzo. Con tatuaje, por supuesto.

     Generalizada, pues, la tonta costumbre de correr gracias a las campañas que predican la salud o la solidaridad, según casos, la industria de sus complementos crece sin límites y se supera a sí misma. Cuando ya nos habíamos vestido de todos los colores y con todos los materiales aerodinámicos inventados hasta la fecha, resulta que el modelo lo marcan de nuevo los antiguos griegos olímpicos, que se lo hacían semidesnudos, o el gran Abebe Bikila, que corrió descalzo y ganó la maratón de los Juegos de Roma en 1960. Es como si nos convirtieran en veganos del atletismo.

     Confiesan los minimalistas del calzado que de este modo la pisada es más natural, favorece un mayor contacto con el pavimento y ofrece más información sobre la carrera. Todo un manifiesto a favor del descalcismo, que no pasa desapercibido sin embargo a la industria que surte a corretones y corretonas, eso que hoy llaman runners. Basta una ojeada turbia y digital a las páginas que se dedican a ello para reconocer la magnitud del negocio y su capacidad para generarnos tendencias prescindibles. Superada al parecer la línea fluorescente y chillona, nos abruma ahora el catálogo de la desnudez bien arropada.

     En suma, lo que importa es correr aunque no se sepa hacia dónde. Hacerlo por nuestra salud mortal o para ser cómplices con otros padecimientos: ser narcisista a solas o altruista de pose en las más curiosas y diversas convocatorias. Todos y todas con nuestras vistosas camisetas, con nuestra cinta o visera en la cabeza, con las más sofisticadas aplicaciones para contar kilómetros y marcar ritmos, con unas gafas deportivas de lo más chic y ahora, además, con sandalias.

Publicado en La Nueva Crónica, 6 agosto 2017