Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 17 de septiembre de 2017

Urnas

     La democracia es un concepto y un comportamiento que tienden fácilmente a la sinécdoque. Esto es: se toma la parte por el todo y se queda uno tan ancho. Es lo que sucede con el recurso a las urnas: justifica un todo que no siempre es coherente con otros detalles necesarios para el concepto y para el comportamiento democráticos.

     Durante mi ejercicio docente, caí en un instituto donde los conflictos que se suscitaban en el claustro acerca de la organización escolar o del proyecto educativo eran automáticamente resueltos por la dirección recurriendo a las urnas. Naturalmente, nada se solucionaba por esa vía, mientras que se perpetuaba una opinión, mayoritaria sí, y crecía de vez en vez la mayoría silenciosa, los que no se pronunciaban. Al concluir aquel curso, la opción vencedora fue la abstención, pero los problemas seguían ahí. Algo hicimos mal todos: la dirección porque se enrocó en un mecanismo legal como si fuera sagrado; la minoría porque no supimos dotarnos de otros argumentos que los del malditismo; y los mudos porque demostraron con su inopia que los cascos azules no sirven para nada.

     Estas cosas suceden en cualquier organización humana. Mucho más si existe un déficit democrático en las élites gobernantes, que se hereda a través de la familia o de la grey. Más si se trata de un país donde la enfermedad nacionalista, de todo tipo y origen, no ha sanado nunca. Y todavía más si las presuntas alternativas nadan entre dos aguas para no mojarse la ropa. En suma, como en aquel instituto, algo hacemos mal todos (no el mismo mal, desde luego) y lo único que se fomenta es el absentismo democrático de la gente.

     Aun con todo, no es la sinécdoque el único efecto lingüístico perverso que en este caso se ha enseñoreado de la vida pública española (y catalana, claro). Más miedo dan los anacolutos. Tenemos claros defectos semánticos, pero también sintácticos en la expresión de nuestro pensamiento democrático. Por eso precisamente son como son muchos de nuestros comportamientos.

Publicado en La Nueva Crónica, 17 septiembre 2017

jueves, 14 de septiembre de 2017

Fructidor 17

     Desde la esquina última del verano, señora, donde cuentan que el sol acaricia en su caída la constelación de Virgo, vuelvo a usted para constatar cómo crece nuestra colección de necrológicas. No es morbo sino coincidencia que los años convierten en abundancia a veces insoportable. No le hablaré mucho de Jeanne Moreau, ida en este estío, como no lo hice el mes pasado sobre Simone Veil. No son nuestras cartas un obituario, y si traigo a colación la referencia a la Moreau lo hago por pura devoción y porque también Santos la veneraba. Al menos en lo que hace a su papelito fugaz en Los 400 golpes o en el estelar de Jules et Jim. Para mí, lo confieso, también por su interpretación del personaje de Anne Desbarredes, la mujer borrosa de Moderato Cantábile, imaginado por Marguerite Duras y filmado después por Peter Brook.

     Observe, pues, cómo se nos acumulan nombres que tarde o temprano son pérdidas. Durante una época de nuestra existencia, quiero pensar que sobre todo en la juventud o primera madurez, los vamos acopiando con mimo del mismo modo que obrábamos con las colecciones de cromos en la infancia. Luego, nunca se sabe cuándo, el catálogo empieza a menguar, al principio con parsimonia pero a partir de un determinado momento con excesivo vértigo. Y así la vida se convierte sin querer en un álbum de epitafios. Usted lo sabe bien en lo cercano si pensamos en Lucien o en Kate. Yo empecé a saberlo a partir del accidente mortal de Santos. Hasta ese día tanto él como yo nos creíamos infinitos.

     En cierta ocasión, me refirió una discusión que había mantenido en el bar de Palomares con algunos parroquianos acerca del valor de los refranes. Ya sabe, esos dichos sentenciosos tan del gusto popular. Pues bien, él se había obcecado en que el refranero era una construcción reaccionaria y que había de ser combatida por la razón. “Odio que me recuerden que la salud es lo más importante o que no hay mal que cien años dure”, me contaba a propósito de aquello. No se lo discutí nunca porque ingenuamente también yo sabía que estaba en lo cierto. De hecho, no sé a usted, a mí aún me vive el mal de su pérdida a pesar de los años, que no son cien aunque alcanzan ya la categoría de eternidad.

     El fallecimiento precipitado de Santos fue, sin embargo, la confirmación del tópico: “siempre se nos van los mejores”, se repetía en el atrio de la iglesia de su pueblo. En realidad, la mayor parte de cuantos estábamos allí no sabíamos qué otra cosa decir, posiblemente era aquél el primer funeral de uno de los nuestros y el infarto mental era de tal calibre que no cabía otra que recurrir a lo que habíamos escuchado y despreciado en ceremonias similares. O tal vez no. Tal vez fuera cierto que se iba el mejor. El mejor de los nuestros entonces, el de mayor genio al menos. Nuestro talento, que no discuto en muchas de las amistades allí congregadas, nunca hizo sombra a su clarividencia. Nuestro humor no llegaba a las botas de su ironía. Nuestro saber quedó fatalmente amputado.

     Mas no era mi intención en un principio convertir nuestras cartas en un ir y venir de elegías, bien a pesar de que los tiempos nos abonen el terreno con estos sucesivos fundidos en negro y con otros horrores que no dejan nunca de golpearnos. A veces se me ocurre pensar si no desaparecerá también con nosotros ese género en la medida en que lo que se anuncia para los jóvenes millennials es la no muerte. En fin, Jane, vivir a caballo de dos siglos tiene estas consecuencias: uno no sabe bien si es pasado o si es futuro, si uno es lo que se hizo o si llegará a ser lo todavía por hacerse. De manera que procuraré ser más animoso con usted en próximos envíos, aunque tampoco se lo puedo garantizar del todo. La columna cristiana, de la que nunca lograremos desprendernos, nos llevaba a Santos y a mí, en aquellos años, a tener fe en la providencia. Así que proveeremos, madame, proveeremos.

     Y mientras tanto, dejemos pasar septiembre, que es un mes que tiende a la melancolía.

Publicado en Tam Tam Press, 13 septiembre 2017

domingo, 10 de septiembre de 2017

Becas

     Leemos noticias que parecen simples datos estadísticos, con su infografía y sus hojas de cálculo para darles vistosidad, y sin embargo no nos detenemos con la misma meticulosidad en su significado y en su consecuencia. Ocurre así, ahora que vuelve el curso escolar a la casilla inicial, con el asunto de las becas. No tanto con sus cuantías y coberturas, mermadas desde hace años sin ningún pudor, sino en su conversión paradójica en un nuevo instrumento para la desigualdad.

     Una vez conquistadas las enseñanzas obligatorias y anexas por la iniciativa privada a lo largo de las últimas décadas, con el correspondiente plácet de los gobiernos sucesivos y el apoyo decisivo de fondos públicos, llega el turno ahora a la definitiva colonización del sistema en sus universidades. En este caso ya no se trata de concertar, pues sería excesivo, pero sí de dirigir mediante mapas de titulaciones y de derivar alumnado mediante concesión de becas. De este modo, a nadie sorprenderá  ya que entre las 20 universidades donde más aumentaron las becas del Estado durante el pasado curso 14 sean privadas. No es sólo que siga creciendo el número de estos establecimientos, sino que su negocio se respalda de nuevo con fondos públicos mediante la creciente concesión de becas, lo que les garantiza una matrícula que se resta a los centros públicos.

     La segregación y el privilegio que genera esta política arbotante de lo privado frente a lo público no son menores. Pongamos un ejemplo no local para no herir sensibilidades. Según un reciente informe sobre movilidad social publicado por el Gobierno británico, sólo el 7% de niñas y niños británicos asiste a escuelas privadas en Reino Unido; sin embargo, en 2014 en el sector de la banca de inversión, el 34% del personal incorporado en los últimos tres años había estudiado en colegios de pago. Quizá eso explique que en España, durante los últimos cinco años, las universidades privadas hayan incrementando su cuota de mercado en el nivel de máster hasta un 31’6%.

Publicado en La Nueva Crónica, 10 septiembre 2017

domingo, 3 de septiembre de 2017

Reconectar

     Y ahora, del mismo modo que fechas atrás el tópico nos aconsejaba desconectar, no queda más remedio que reconectarse. La existencia, pues, se somete a un eterno y repetido on/of para cuyo soporte se necesita generar nuevos ídolos a corto plazo: las fiestas de la Encina o de San Froilán por lo que hace a lo local, el puente de la Constitución, las Navidades… Todo ello sazonado, inevitable y convenientemente, con la obsesión por el viaje, con los abrigos familiares y con aires festivos. Así vivimos desde que alguien decidió apoyar su índice sobre la tecla power.

     Y son cada vez más este tipo de ídolos, que no de ideas o ideales, los que presiden los ritmos del calendario y de las vidas en general: no hemos acabado de contarnos el resultado de nuestras vacaciones estivales, si las hubo, y ya estamos haciendo planes para la siguiente cita, si la hay. Lo que queda por el medio es sólo un tránsito pesado entre presumidas e ilusas desconexiones, que se sobrellevan mejor, claro, si vienen acompañadas por celebraciones imbéciles como el Halloween o el Black Friday, que también llegarán próximamente: dos ejemplos, recurrentes como una noria, de la absoluta conexión a la que estamos sometidos.

     A todos los efectos, es septiembre, más que ningún otro momento del año, el enclave para el nuevo y reiterado ensamblaje, al menos desde que la organización escolar nos fue alineando poco a poco en los usos cotidianos. Por eso regresan también en estas fechas las novedosas colecciones a los kioscos y los originales reportajes televisivos sobre la vuelta al cole, las miméticas inauguraciones de todo tipo de cursos y las redundantes ofertas de temporada.  Por regresar, incluso nos amenazan con otra edición del concurso de cantantes clónicos y, cómo no, con el enésimos menú de los cocinillas. En fin, menos mal que pronto llegará el otoño y podrán los ojos solazarse con la vejez cobre y amarilla del abedul, con el pardo apagarse de los robles y con la dulce y dorada senectud de los hayedos.

Publicado en La Nueva Crónica, 3 septiembre 2017