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domingo, 29 de marzo de 2026

Gasolina

            ¿Cuánto tardará la Unión Europea en racionar la gasolina y cuánto en que surja en España un mercado negro con ese combustible? Ningún gobierno en su sano juicio se atrevería, en medio de la actual crisis bélica y energética, a aventurar semejante escenario. Provocaría una alarma social notable, una contestación reaccionaria posiblemente violenta y una bronca entre partidos que empequeñecería todas las precedentes, si esto es aún posible. Pero sí se puede escribir en una columna periodística, aun a riesgo de que a uno lo califiquen de apocalíptico.

 

            En consonancia con ello, la siguiente pregunta puede ser: ¿no es una forma de apocalipsis lo que se vive en Oriente Medio, desde Gaza hasta Irán y desde Beirut hasta el Valle de la Becá? Diremos más: ¿no lo es acaso el asedio imperial de Rusia sobre Ucrania, el secuestro de un presidente venezolano o el estrangulamiento de Cuba? ¿Y qué sucede en África, qué ocurre entre Pakistán y Afganistán, y entre Camboya y Tailandia? Todo eso sin entrar en pormenores internos de numerosos países donde el respeto a los derechos desapareció ya hace mucho tiempo.

 

            No, no es apocalíptica la hipótesis lanzada líneas arriba, sino una posibilidad más que verosímil si repasamos el mapa y observamos cómo actúan los bárbaros gobernantes del planeta y sus formas de proceder. Conforme a ello, la pregunta que surge es simple: ¿qué podemos hacer frente a ese desbarajuste ciudadanos y ciudadanas corrientes? Vivir, sobre todo vivir, de eso no hay duda, procurar vivir siendo conscientes de que todo esto no es una plaga apocalíptica, aunque sí una malísima pandemia, creo que se entiende la diferencia. Del apocalipsis no se sale, de las pandemias sí. Y se sale por vía política y por la vía, seguramente, del decrecimiento. Quizá haya que gastar menos en gasolina, sí, menos en aviones turísticos, en cruceros, en rallys, en excursiones, en manifestaciones con tractores, en ferias domingueras, en caravanas penitentes… y en todas esas cosas que andan sobrando.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 29 marzo 2026

domingo, 22 de marzo de 2026

Hechicería

            En antiguas civilizaciones, o no tanto, la hechicería causaba tanta admiración como temor, hasta el punto de que a nadie, a ningún jefe de tribu o poderoso al mando, se le hubiera ocurrido asimilarla con curanderos, sacamuelas, curalotodos, santeros, practicantes u otras ramas por el estilo. De haber obrado así, como poco hubieran preparado una huelga amarillenta del tipo una semana de paro al mes y sanseacabó. Porque la hechicería es la hechicería y no admite parangón.

 

            Eso se deduce, pensando bien, de las insólitas huelgas médicas en contra de un estatuto que, mejoras profesionales y organizativas aparte, les equipara con el resto del personal sanitario. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Salvando distancias, recuerdan en cierto modo a las huelgas de no hace tanto protagonizadas por las altas magistraturas judiciales. O la de los técnicos de Hacienda animados por ese autosindicato propio. Parece ser que todos y todas queremos ser más que alguien, que estamos sobrados de razones para ello y que no estamos dispuestos a ser confundidos con la chusma proletaria. Del mismo modo que la hechicería pugnó hasta el fin por conservar su posición privilegiada entre los mortales.

 

            No es nada nuevo, pues, pero convendremos que en estos tiempos lo de ser diferente al otro, y a ser posible superior, se ha convertido en aspiración básica, así en lo laboral como en lo social. No es raro, por lo tanto, que cuajen mensajes que enfrentan al penúltimo con el último, esto es, al paria con el migrante, como si ésa fuese la lucha fundamental de clase y no la que, de forma general, disputan el capital y el trabajo.

 

            En el caso de la hechicería su poder se apoyaba tanto en la cualidad de curar como en la función sacerdotal. Podríamos pensar que no sucede así con las privilegiadas élites actuales que supuestamente han venido a sustituirla, aunque no es tal: en el fondo, todo afán preponderante es una pose divina más. Por fortuna, esa divinidad se viste hoy de ciencia y no de un designio del más allá.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 22 marzo 2026

domingo, 15 de marzo de 2026

Marzo

            Cuentan que el viento es otro meteoro más, algo así como una corriente de aire producida en la atmósfera por causas naturales. Un asunto vulgar, como se ve. Sin embargo, ese meteoro molesto según su intensidad ha generado un sinfín de expresiones, un sinnúmero de términos para describirlo y un puñado de refranes y dichos. Cuentan así mismo que marzo es precisamente el mes de todos los vientos (al menos hasta que el clima empezó a trastornarse), y aunque muchas sean las festividades que en él se acomodan, nadie podrá evitar en un primer momento pensar en marzo como un ser eminentemente ventoso. Ventoso y guerrero, porque tampoco ignoraremos que marzo es el mes dedicado al dios de la guerra, y bastante belicosos nos han venido los vientos en este preciso marzo.

 

            Ventoso fue nombrado parte de este mes en el calendario republicano francés, aquel calendario que se diseñó poco después de su revolución contaminado por ideales que hoy nos pueden parecer marchitos y que pretendía, además, eliminar del mismo las referencias religiosas. Al final, como sabemos, triunfó el mucho más antiguo y litúrgico calendario gregoriano, aunque, eso sí, en él se respetó el nombre romano de los meses. Y de ahí precisamente la consagración de marzo al dios Marte.

 

            De tal forma que la mezcla entre Marte y Eolo arroja el resultado que todos conocemos y sufrimos en estas fechas. Un Marte sin límite y un Eolo desatado. Como puede suponerse, la virilidad era una característica del primero, mientras que al segundo se le consideraba guardián de los vientos. Es decir, entre virilidades y guardias andamos, lo cual explica mucho mejor el rostro de este marzo desabrido. Y entre divinidades, que eso también dice bastante de la calamidad que nos ha tocado en suerte.

 

            Así que lo que importa es condenar la tragedia, combatirla y esperar la llegada de abril, que siempre llega, ese mes relacionado en su etimología con la diosa Afrodita, la del amor y la belleza, esto es, el polo opuesto a sus colegas en el Olimpo.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 15 marzo 2026

domingo, 8 de marzo de 2026

Gatos

            Escuché en la radio a la escritora argentina Leila Guerriero describir la agonía y muerte de su gata. Me quedé estupefacto. En términos literarios, el relato estuvo a la altura de su prosa, estremecía, era incluso hermoso a pesar de lo dolorido. En términos humanos, llegué a pensar que sería imposible una carga emocional semejante si se hubiera tratado de la muerte de una persona. Una persona querida, he de precisar. Y me conmoví aún más, casi me asusté.

 

            Debo indicar que yo nunca he tenido gatos. Por lo tanto, mi percepción de esta historia y de cuanto ella comporta puede ser juzgada como poco empática. No lo discutiré. Pero sí debo afirmar que, o bien yo me he perdido algo, seguramente, o bien en ese amor sufriente hay elementos desmesurados. Y si me pongo en el papel del hombre con el que vive desde hace años, así le suele nombrar ella sin más, andaría un tanto inquieto. No por celos, que es una tontería, sino por la dosis literaria que pueda merecer llegado el caso. La literatura, sí, dice cosas que la realidad no cuenta. Tal vez ésa sea la clave.

 

            Pero volviendo a los gatos, esos extraños animales, tengo la impresión de que hay vicio con ellos, como lo hay así mismo con cuantos otros bichos de compañía vienen a llenar en muchos casos vacíos, soledades, cariños. Siempre he pensado que son sucedáneo de algo que nos falta en verdad, tendencia que no debo cuestionar, por supuesto, un sustitutivo que colma con relativa facilidad un hueco profundo en el existir. El vicio consiste precisamente en que uno se acomoda a ello y da por zanjada la imperiosa necesidad de acompañamiento, así en lo de uno como en lo de los demás, así hacia dentro como hacia fuera.

 

            Y quizá sea todo eso lo que explique que los fondos de inversión, esos artistas de la rapiña, esos especuladores del capital riesgo, se hayan fijado en sectores como la salud animal y su entorno para incrementar sus ganancias. En suma, una expresión más del capitalismo animal tan de moda y tan excesivo en todo sentido.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 8 marzo 2026

domingo, 1 de marzo de 2026

Ojos

            “¡Ay, ojos, los mis ojos! (…) Ojos, por vuestra vista me habéis llegado a perder”. De esta forma se quejaba de su destino sentimental desdichado, de uno de sus destinos sentimentales, el muy cascabelero Arcipreste de Hita en un pasaje del Libro de Buen Amor. Y, como en su caso, mucho han dado de sí los ojos y su universo en materia poética y pasional. Hay ejemplos más que notables en esas artes de mirar y de escribir.

 

            Sin embargo, no creo que sea ésa la causa que pueda explicar el actual esplendor del negocio de las ópticas. Seguramente, todo es más prosaico. No creo yo que nuestros males de amores, que no son más abundantes que en cualquier otra época, se corrijan por la vía de los optómetros o por la aplicación de unas lentes de contacto. Si acaso, no sé, ayudarán más unas buenas lentes bifocales. Sea como fuere, no deja de resultar asombroso que en la ciudad donde vivo, en su calle principal, en 450 metros de avenida, haya hoy nueve establecimientos para estos menesteres más uno a la espera. Y, si ampliamos el foco a calles adyacentes, el número supera entonces la docena. Mucha miopía hay que corregir, mucha más que dolores románticos.

 

            Lo que desconozco también es si en esos establecimientos sería posible corregir las miradas. En muchos casos, nuestro problema no es el de unos ojos enfermos, sino el de una mirada torcida, equivocada, contemplativa, torpe, indiscreta o invasiva. Y lo peor de todo es el trastorno que a veces nos provoca confundir nuestra mirada con la realidad y pretender que lo que vemos o queremos ver sea lo que ha de ver la humanidad entera. Esta es una enfermedad muy común, para la que no sé si existe tratamiento. Me temo que no.

 

            En fin, casi todos nos hemos perdido alguna vez por unos ojos. Incluso algunas miradas lascivas también nos han descolocado. Y qué decir de un parpadeo en el momento adecuado. Es éste, como se ve, un campo semántico abrasador. Así que sí, tal vez en esos negocios debiera comercializarse algún tipo de remedio al efecto.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 1 marzo 2026