Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 22 de enero de 2012

El campus sin excelencia


     Fue el pasado mes de octubre cuando el Ministerio de Educación otorgó la calificación de Campus de Excelencia Internacional de Ámbito Regional a la propuesta presentada de forma conjunta por las universidades de León, Burgos y Valladolid bajo el epígrafe “Triangular-E3. Los horizontes del hombre”. Evolución humana, ecomovilidad y envejecimiento serán los tres lados que compondrán dicho triángulo, el último de los cuales toca en suerte a la Universidad de León. Curiosamente, este hecho tan relevante por el que casi todos nos felicitamos y para el que deseamos que se confirme su correcta financiación en estos tiempos tan austeros, nos llevó a pensar en el campus en un sentido físico con cierta melancolía y mirada crítica, que es a lo que aquí vamos.

     Debió de ser hace treinta años. El campus de Vegazana contaba entonces con un único habitante y medio: la Facultad de Filosofía y Letras, que cedía parte de sus aulas a los estudios de Derecho y otros recintos a los servicios centrales, y la primera fase de Biológicas. Muy avanzado el curso 81-82, una tarde primaveral se dejó caer por aquellos espacios lánguidos la escritora Carmen Martín Gaite como parte de un ciclo de conferencias. Poco antes de la cita académica, tuvo lugar una charla entre ella y un grupo de alumnos en el Departamento de Literatura. Sus primeras palabras, al observar asombrada el entorno desde la ventana, fueron una exclamación inolvidable: “¡Esto sí que es un campus! ¡Pero si tiene vacas y todo…!”.

     Efectivamente, aquel campus, apenas un embrión de lo que iba a ser y de lo que ha acabado siendo –que no es lo mismo-, tenía vacas pastando en sus inmediaciones, y grupos de viejos paseando sus andares y acomodando sus sentares, y pandillas de críos alborotados al salir del colegio, y seres diversos que se dejaban ir desde las viejas casas de La Palomera y desde el estrecho barrio de San Mamés hacia los prados abiertos de Vegazana. Y estudiantes, por supuesto, pocos todavía y perfectamente identificables: los de Letras, buenos jugadores de mus y grandes peripatéticos; los de Derecho, más finos y estilizados (pijos, se diría hoy), que ya empezaban a ir en coche y que no jugaban a casi nada; y los de Biológicas, de aire agrario o directamente pastoril, que jugaban a casi todo aunque no siempre bien. Aquella biosfera duró poco, como era de ley, y tampoco era esperable que fuese a conservar intacta la mayor parte de sus organismos y especies, su ecosistema. Pero cuestión bien distinta era imaginar en aquellos momentos en dónde y en qué desembocaría todo aquello.

     Por ejemplo, sin ser del todo descabellado, pocos podían sospechar que de allí saldría un Presidente de Gobierno. Y, desde luego, lo que nadie aventuraba entonces era que el campus, obligado evidentemente a crecer y a concentrar todos los centros universitarios, acabaría convertido en lo que hoy es: una barahúnda urbana.

     Vegazana ha sido devorado al final por los elementos más turbios de la ciudad: el tráfico rodado y el urbanismo enfermo. La especulación de la última década acabó contaminándolo también y, por si fuera poco, un trazado vial discutible lo saturó de vehículos en un embudo. Los edificios se amontonaron, los espacios libres se convirtieron en aparcamientos, las zonas verdes acumularon descuido, el carril bici nació marginal, lo peatonal propiamente dicho casi ha dejado de existir, los valores estéticos resultaron dudosos y todo el lugar, en suma, invita hoy al tránsito pero no a la estancia. Incluso las orgías alcohólicas acaban siendo un ingrediente segregador: para los participantes, que se aíslan en un lugar inhóspito del que se adueñan, y para los andariegos, que acaban huyendo del bullicio como de la peste. En fin, nadie esperaba que el campus, siguiendo las palabras de la novelista, acabase siendo un enclave bucólico, pero sí que conservase horizontes en lugar de muros: muros de cemento, muros de neumáticos, muros de ruido, muros de sudor y de vómito de verbena… Algo así como un campus sin excelencia.

     No nos vendrá mal, por lo tanto, investigar sobre el envejecimiento, la ecomovilidad e incluso la evolución humana, y aplicarlo en la práctica a nosotros mismos, que es por donde debemos empezar, para descubrir lo mal que hemos envejecido en algunos sentidos, lo dudosamente eficientes que somos cuando nos movemos y cierta degeneración en nuestro camino evolutivo. La sede universitaria es a grandes rasgos una muestra de todo ello. En definitiva, se trata de detenerse a pensar sobre el entorno en el que habitamos, trabajamos o estudiamos para mejorarlo, no simplemente usarlo sin mayores contemplaciones. A lo largo de los tres últimos años, el Ateneo Cultural Jesús Pereda de Comisiones Obreras ha tratado de impulsar esa disposición a través de las conferencias, actividades y publicaciones del ciclo llamado “Pensar la Ciudad”. Casualmente, para este 2012 habíamos preparado un programa acerca de los otros sujetos de la ciudad, a los que raramente se atiende en el diseño urbano: niños, enfermos, discapacitados, mujeres y, sí, también personas mayores (no en balde es este el Año Europeo para el Envejecimiento Activo y la Solidaridad entre generaciones). Pero no tendrá lugar. La plaga económica, tan bien dirigida en algunos aspectos para segar productos y bienes inconvenientes, se ha llevado por delante la financiación de esta iniciativa en la que llegó a participar como entidad colaboradora la propia Universidad de León. Ojalá pueda esta institución recoger el testigo de algún modo, con excelencia o sin ella, al menos hasta que tiempos más favorables para las ideas nos permitan volver a avivar nuestro proyecto.

Publicado en El Mundo de León,  22 enero 2012

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