Blog de Ignacio Fernández

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jueves, 27 de abril de 2023

De lo digital al envejecimiento

En el 15º aniversario de leonoticias 


     Con la perspectiva que nos otorga el tiempo, no es difícil concluir ahora que el nacimiento de leonoticias, allá por 2007, certificó en cierto modo la entrada en una nueva edad histórica, la edad digital y tecnológica. Al menos fue así en lo relativo a este entorno nuestro, pues no cabe duda de que fue aquella una iniciativa pionera en el ámbito de los medios de comunicación locales. Por eso mismo la recibimos con tanta curiosidad como entusiasmo e hicimos de su consulta una nueva costumbre cotidiana por lo que a la atención a las noticias inmediatas se refiere. Ahora bien, ese mismo tiempo transcurrido, esos quince años, que en otra edad no hubiesen sido nada, se convierten ya en esta actualidad en todo un mundo, habida cuenta de las transformaciones y acontecimientos históricos que nos ha tocado vivir en ese tránsito.

 

            Si atendemos a los medios, lo digital se ha multiplicado de forma sobresaliente y ya casi reina entre nosotros, por más que los nostálgicos del papel continuemos buscando con interés los soportes clásicos. En suma, la abundancia y la competencia ha hecho del mundo digital una selva, donde sigue siendo necesario, como en el periodismo de siempre, buscar y reconocer el crédito y la profesionalidad para ser fieles a una marca digamos de cabecera. En ese sentido, leonoticias sigue teniendo ventaja quince años después y por ello felicitamos a quienes se arriesgaron entonces y a quienes siguen haciéndolo hoy en día.

 


            Si, por otro lado, atendemos al mundo, cuanto nos ha ocurrido en los últimos quince años nos supera y nos desconcierta: crisis financieras y económicas globales, volcanes, pandemias, gobiernos de coalición, resurgir de los movimientos y del pensamiento de ultraderecha, guerras y hasta astronautas de aquí al lado. ¡Como para no estar desconcertados! Quiere eso decir que no es fácil valorar lo ocurrido fuera del asombro, pues cualquier comparación con el tiempo anterior es prácticamente imposible. Los cánones han cambiado. De ahí que la información se nos vuelva a hacer imprescindible, no cualquier información, sino aquella que se sujeta sobre el rigor. Ése es el reto actual del periodismo y, por tanto, también de leonoticias.

 

            Lo único que no ha cambiado alrededor nuestro ha sido el envejecimiento, así en lo personal como en lo colectivo. Lo personal es inevitable, lo colectivo sólo es signo de un mal larguísimo de esta tierra. Basta mirar alrededor para reconocer el agravamiento de ese mal, que viene de lejos no obstante, por más que últimamente sean más los que en ello se fijan y hacen de ello bandera de agravios y comparaciones. Recuerdo ahora que en el año 2004 yo mismo, al acceder a la secretaría general de CCOO en León, mencionaba el problema demográfico como el mayor desafío de la provincia y me proponía, iluso, tratar de remediarlo en lo que estuviera a nuestro alcance. Pienso ahora que lo único que está en verdad a nuestro alcance, y poco, es estabilizar esas cifras adversas para soñar con el día en que regrese el crecimiento. Lo primero es posible; lo segundo depende, me temo, de dinámicas globales menos gobernables.

 

Publicado en Almanaque leonoticias 15 años, abril 2023

sábado, 31 de octubre de 2020

A Hilario Franco: "somos seres solos"

 


ni fin

ni sin

finif

 

Y

tu luz

como sol

extenderé

a la Palabra

 

(Hilario Franco)

 

            Lo último que guardo de Hilario, amén de recientes conversaciones telefónicas y felicitaciones por nuestros respectivos cumpleaños, es un anexo a su Índice de índices titulado A la búsqueda del palíndromo más breve. De ahí precisamente el encabezamiento de este obituario.

 

            Fuese de entre nosotros Hilario Franco Bastelo, como diría su maestro don Miguel de Cervantes, y quedósenos en el alma un balbucir de sílabas atropelladas. Es lo que ocurre a los seres humanos cuando la pena no puede ser conformada en palabras: se quiere gritar y solo a duras penas se consigue el llanto. Mas cuando muere una parte de la sabiduría, de nuestra sabiduría, qué hacer, cómo proceder, a quién reclamar los daños. Esto sucede hoy con esta pérdida tan formidable.

 

            No obstante, a causa de los citados aniversarios, convinimos los dos que eran estos unos tiempos para celebrar las ganancias en lugar nombrar de los quebrantos, y así ha de ser también en su ocaso. De modo que celebraremos su memoria, a la manera manriqueana, en los pasillos todavía casi virginales de la Facultad de Filosofía y Letras de León, donde hizo el mal, combatió contra Papes y escribió poemas dedicados sin éxito a una muchacha de ojos verdes; en los páramos de Bustillo, adonde debió retirarse, si la vida se lo hubiera permitido, para transitar la senda de los sabios que en el mundo han sido; en las cuevas del Sacromonte, en aquella Vereda de Enmedio, donde se conjuró contra todas las guerras y construyó lámparas con las que iluminar el porvenir del mundo; en la ciudad de León, de donde fue expulsado y obligado a convertirse en judío errante, una condición de la que solo le redimieron los versos de Margalit Matitiahu y un monumento levantado en el castro de Puente Castro, a orillas del Bernesga; en la celebración habida en el Patio del Conde Duque con ocasión del IV Centenario del ilustre hidalgo; en aquella su vocación de jardinero que descubrió a medio camino entre Nueva York, Jerusalén y las lagunas de Villafranca de los Caballeros; en sus dos bodas, en sus dos hijos, Sofía y Gregorio David; en su vena editorial contra toda norma, que parió cuadernillos magistrales bajo el rótulo de Margen o de Ponte Aérea, que veneró tanto como sufrió a Jacinto Santos o a Luis Federico Martínez y que desembocó en su obra magna, su libro único y total, el Índice de índices; en su amistad con Eduardo Scala; en el ajedrez; en el recital que dimos, junto a Fidel Tomé, en la vieja Escuela Normal de Magisterio el 23 de febrero de 1982, dedicado a la gloria de ninfas y diótimas (¡qué tiempos aquellos!); en sus desvaríos; en su colaboración con la revista FAKE, no por casualidad en el número consagrado a los vínculos, lo que le permitió reencontrarse con Felipe Zapico y con Elena Soto y también, por pura coincidencia temporal de fiestas literarias, con Carlos Suárez y con Eloísa Otero; en Fotochento, en Aula Negra y en los Premios Claraboya, cuando escuchar a los Pegamoides, decía, era una traición a Silvio Rodríguez; en el infinito, en fin, por él tan amado: “Inútil cuestionar su simetría, ni su sublime ascenso a ser signo concentrado de totalidad”.

 

            Pues sí, después de varios padecimientos y resurrecciones, nos ha dejado Hilario solos: “somos seres solos”, escribió en su Diccionario de Palíndromos. Y eligió morir en soledad. ¡Qué gran ser!

 


Publicado en Tam Tam Press, 30 octubre 2020

sábado, 28 de enero de 2017

Entre las calles Sahagún y Santa Nonia

En memoria de Manuel Jular (León, 1939-2017)            


     La relación entre nosotros o con los nuestros carga en ocasiones con facturas pendientes, más en apariencia o figuradas que en la realidad, de tal manera que parece que siempre hay algo por saldar para que las conciencias duerman en paz. Las conciencias judeo-cristianas que nos han instalado en el sistema operativo, claro, que esa sí que es una verdadera carga.

     El caso es que la obra de Manuel Jular se nos apareció, no se sabe bien caída de qué cielo, en el local de una asociación de vecinos en la calle Sahagún de la ciudad de León. Ni el local ni la calle eran precisamente una galería de arte, pero eran tiempos de militancia y de causas, mediados los setenta, donde todo y todos coincidíamos en los lugares más pintorescos. Aquellos cuadros extraños permanecieron colgados en las paredes sin que nadie viniera ni a explicarlos ni a cuidarlos. Y allí quedaron, que yo recuerde, abandonados a su suerte, cuando fuimos desatendiendo poco a poco aquella militancia y aquella causa. A menudo me he interrogado por su destino y a menudo, a lo largo de los años, me he castigado con la culpa, judeo-cristina, de su más que posible extravío.

     También Jular parecía tener una deuda con Comisiones Obreras. Así, cuando le propusimos por primera vez para el Premio Diálogo, consideró que no era llegado el momento, pues, según él, no había existido una colaboración suya suficiente con la causa sindical, o a la inversa, para hacerle acreedor de ese galardón. Sólo cuando el Ateneo Cultural del sindicato auspició la exposición “Humor –gráfico–  en tiempos revueltos”, donde recogimos su obra gráfica de los años 60, 70 y 80, que pudo verse en el Museo de León en la primavera de 2014, juzgó que había llegado el equilibrio entre las partes y aceptó el premio. Se lo entregamos unos meses antes de esa fecha en el salón de actos de la calle Santa Nonia. A todas luces, un escenario más adecuado ya a los méritos que él había contraído y a los espacios que la causa había conquistado. Y pareció feliz en ese acto. Y pareció así mismo que todos descansábamos por fin.

Publicado en Tam Tam Press, 28 enero 2017

jueves, 3 de marzo de 2016

El Ateneo y Norberto

     Por segunda vez en dos años, el Ateneo Cultural Jesús Pereda de CCOO, junto a habituales e imprescindibles colaboradores como el Museo de León, organiza una exposición que desde lo local se cuelga con afán de conquistar espacios mucho más allá de la provincia. En 2014 fue el artista y compañero Manuel Jular el protagonista de aquella iniciativa; en 2016 nuestra atención se fija en otro artista y compañero, Norberto Cabezas, a quien mucho recordamos.

     De su obra fotográfica, tanto profesional como personal, podrían realizarse en verdad numerosas muestras, todas ellas de alto interés. Por nuestra parte, ante tan notable despliegue creativo, hemos seleccionado un asunto que resume bien todo el trabajo que Norberto llevó a cabo. Si retrató las tres marchas negras de la minería leonesa no lo hizo sólo por una cuestión periodística a la que se debía, sino también porque con ello daba luz a sus propios compromisos sociales. Unos compromisos que nunca estuvieron ausentes de su tarea, por más que la obligación laboral le exigiera atenciones de todo tipo y color. Sin embargo, la densidad productiva en el seguimiento de estas marchas nos descubre a un hombre que encarnaba a la vez unos ideales reconocibles posiblemente en esas manifestaciones de rebeldía y de resistencia.

     Por otro lado, el punto de vista de Norberto, capital en un fotógrafo, cuenta además con un componente narrativo que nos ayuda a observar y comprender mejor el relato de aquellas tres caminatas. No se trataba de exaltar valores épicos ni de acentuar melancólicos episodios de la lucha de clases. No, su ojo veía mejor que los nuestros –y la evolución de los tres episodios así lo demuestra- que la estirpe agonizaba y que lo hacía sin doblegarse, de un modo natural y llano. Como sucede en general con los trabajadores y trabajadoras, esa gente humilde pero importante.

Texto para el catálogo de la exposición Norberto en marcha, marzo 2016

viernes, 28 de febrero de 2014

Curso del 79


     Ciertos días te despertabas y había muertos. No muertos sin más: muertos asesinados. Despertar de ese modo es algo bastante abrupto y la causa no suele ser un mal sueño, sino una vigilia salvaje que genera pesadillas.

     Allá por el curso 1979/80 tres estudiantes fueron asesinados: José Luis Montañés y Emilio Martínez por la policía y Yolanda González a manos del Batallón Vasco Español. No importaba el contexto, en ese caso el rechazo a la Ley de Autonomía Universitaria de la UCD; la extrema derecha, uniformada o no, seguía actuando con impunidad contra uno de los colectivos que con mayor fuerza luchaba por la libertad y por la democracia: los estudiantes.

     No había redes sociales ni teléfonos inteligentes, pero la noticia se desplazaba con la misma velocidad de la rabia hasta llegar a los últimos terminales, que acto seguido se convertían en los primeros en reaccionar: facultades, escuelas universitarias, institutos… A punto de amanecer todavía, se constituían las asambleas y se decidían los paros; la sesión continuaba entonces con otras propuestas de acción inmediata: saltos, encierros e incluso alguien hubo, estudiante de Magisterio él, que sugirió romper las vidrieras de la catedral porque eso nos aseguraría una página en Interviú. Las tardes eran para la coordinación con la gente de otros centros y para preparar tareas un poco más complicadas: una manifestación legal, por ejemplo. No era poca cosa, alguien tenía que dar la cara, es decir, firmar la solicitud ante el Gobierno Civil, que te la podía autorizar o no. En aquella ocasión, si no recuerdo mal, fue un joven rubio, de las Juventudes Socialistas creo, que luego, con los años, se hizo bastante famoso. Y sí, el ilustrísimo Gobernador nos permitió salir a la calle ordenada y discretamente, tanto que condujo el itinerario hacia el paseo a la orilla del río, un lugar magnífico para pasear o manifestarse una tarde/noche de invierno en un fría ciudad de provincias.

     Aquel era, pues, un paisaje corriente, ni mejor ni peor que el actual, pero con objetivos más claros y, por lo general, mucho más compartidos, mucho más sentidos desde la epidermis hasta el tuétano. La estela de los muertos era poderosa.

     Por lo demás, estudiábamos, jugábamos al mus y hacíamos bailes de fin de carrera. Y naturalmente leíamos historietas gráficas, sobre todo El Papus y Por Favor, que junto a El Viejo Topo y Popular 1 fueron textos tan fundamentales en nuestra formación académica como el Ferrández/Sarramona/Tarín o algunas perlas de Rodari. En los pasillos siempre había alguien que te vendía El Mundo Obrero u otras publicaciones de combate y que, cada vez que ocurría alguna movida, veía renacer el espíritu de mayo del 68. No fue así, me parece que por fortuna: ya tuvimos bastante con el espíritu y la carne del 79.

Texto para exposición y catálogo de Manuel Jular:
“Humor –gráfico- en tiempos revueltos” 

jueves, 28 de noviembre de 2013

Entre tinieblas y luces


Casi nada escapa del tono general de hojas muertas en que andamos metidos, y no me estoy refiriendo sólo al otoño. Naturalmente, tampoco los medios de comunicación, que en fechas recientes han asaltado titulares a causa del cierre de la Radiotelevisión Valenciana, de los disparos en las sedes parisinas del diario Libération y del canal de noticias BFM TV, y del tributo que los premiados en la edición anual de las Antenas de Oro han rendido a sus compañeros de profesión que están atravesando malos momentos. Ya digo: es el paisaje cotidiano.

Sabemos, por otro lado, que esta enfermedad no es sólo económica, como no lo son tampoco muchas otras de nuestras afecciones. El conflicto entre el papel y lo digital, los nuevos formatos de la publicidad o la concentración en los grandes grupos editoriales son asuntos que también provocan zozobras para cuya solución queda aún bastante andadura. También la profesión periodística sufre sus trastornos propios que la hacen vulnerable, desde la frivolidad con que en muchos casos se aborda la realidad hasta la falta de independencia y de pluralidad democrática real.

En ese contexto, el alumbramiento de un nuevo diario en la ciudad de León, en cualquier ciudad realmente, es un acontecimiento feliz, tanto por inesperado como por deseado. Si ha sido motivo de celebración en tiempos de esplendor y de abundancia, qué no podemos sentir ahora cuando las estrecheces y otras políticas nos han conducido a la miseria informativa. En el caso que hoy festejamos, la aparición de La Nueva Crónica, nos interesa resaltar de forma particular el ligero alivio que supone en materia laboral para este sector en nuestra provincia. También la relevancia de romper el monopolio en que había caído la prensa leonesa después de las últimas bajas. Y, por último, la más que probable recuperación de una tradición formativa que su precedente, la ya vieja Crónica de León, supo impulsar como pocos medios en el conjunto nacional.

Así pues, en unos tiempos en que nuestra realidad doliente es descrita de modo cansino a través de la metáfora del túnel y de la luz –más túnel o más luz según como nos vaya el viaje–, lo que resulta evidente es que necesitamos orientación, análisis y criterio para construir juntos una salida decente de nuestras crisis. La contribución que a ello deben y pueden hacer los medios de comunicación es trascendental, acentuando más según casos la tiniebla o la claridad. Sea como fuere, la salida a la calle de La Nueva Crónica es ya toda una señal luminosa.

Publicado en La Nueva Crónica, 28 noviembre 2013

martes, 24 de septiembre de 2013

Uno de los imprescindibles


     Continúan abandonándonos esos que Bertolt Brecht, por su tesón en las luchas, llamaba los imprescindibles. Parece que todo sigue igual, que después del susto y de los llantos todo vuelve a su sitio, pero ése es el paisaje de la resignación y el eco de lo inevitable. Porque cada vez que un imprescindible nos deja lo que queda en su lugar es un vacío tan grande como la altura ejemplar que tuvo su comportamiento.

     Este mes de septiembre nos trajo la noticia de que Ángel González se había dejado morir, y nos conmovió tanto la noticia como el modo elegido para irse; aunque si bien se piensa, ese aparente abandono no ha sido sino otro signo más de rebeldía. Porque este hombre con nombre de poeta no descansará en paz, seguramente: es algo inimaginable para cuantos le conocimos; con su eterno cigarrillo entre los labios,  seguirá dado la vara, si es el caso, donde y a quien corresponda. Eso sí, quienes alcanzarán la paz al fin serán todas las corporaciones municipales leonesas, con las que nunca se casó y a las que siempre mantuvo, no importa su color político, en un perenne desafío desde ese enclave orillado por todas ellas que han sido y son las casas de Corea.

     Desconozco lo que hubo antes, pero sí sé que Ángel nos irrumpió en escena en los años fértiles de las asociaciones de vecinos, mediada la década de los setenta, y que nunca abandonó ni esa trinchera ni aquel espíritu primitivo. Coincidió en aquellos tiempos primeros con un grupo notable de militantes vecinales que, desde todos los barrios, empujaron con ahínco contra el último ayuntamiento franquista y a favor de los primeros pasos democráticos. En esa lid andaba junto a Lorenzo López Trigal, Juan Carlos Ponga, los Sabio (padre e hijo), José Campal, José Luis Gómez… Una época en la que, además de por la libertad, se luchaba contra el barro en las calles, contra la falta de escuelas y de viviendas y contra un entorno verdaderamente hostil. Nada que ver, por cierto, con las asociaciones de vecinos de hoy en día, salvo leves excepciones, preocupadas casi en exclusiva por unas fiestas rancias y por reclamar más policías.

Ángel (primero en la mesa) durante los trabajos
del Laboratorio Urbano
     Aquello se diluyó entre fuerzas centrífugas y otros aburguesamientos más o menos generales, sin olvidar por supuesto la labor de zapa que los gobiernos municipales de UCD y asimilados ejercieron sobre el movimiento vecinal en la ciudad de León. Sólo, como una aldea gala, quedó en pie y resistiendo los vaivenes la que sería y es Asociación de Vecinos Ventas-Oeste, de la que Ángel era en estos últimos años su secretario. Merced a ello, precisamente, volvimos a encontrarnos en el desarrollo del laboratorio urbano que llevó a cabo el Ateneo Cultural “Jesús Pereda” de CCOO entre los años 2009 y 2011. Y allí volvía a estar él, donde siempre había permanecido sin inmutarse, tan cascarrabias como respetuoso, tan encogido en lo físico como altivo en su discurso, aglutinando voluntades y demandando justicia para las personas y para su barrio en conjunto, siempre olvidado a pesar de las décadas transcurridas. Y fue así como volvimos a recorrer los caminos de la demanda y de la reivindicación, incluso desde las manifestaciones que en 2012 convocó la Cumbre Social de León, a la que también se sumó con su Asociación, contra los desmanes de todos nuestros gobiernos, hasta que en los meses recientes acabó por ausentarse.

     Y ahora cuentan que se fue definitivamente y que esta calamidad, salvo para los más cercanos, ha pasado casi desapercibida, como suele ocurrir en esta tierra de falsos profetas. Llevemos, pues, la contraria a los cronistas oficiales, que sólo entienden de las glorias vanas, y dejemos constancia de que la historia la construyen en verdad mujeres y hombres sencillos como Ángel González, de quien tanto hemos aprendido.

Publicado en Diario de León, 28 septiembre 2013

miércoles, 31 de julio de 2013

En el adiós de La Crónica de León


     Hoy, 31 de julio de 2013, ha salido a la calle el último número de La Crónica de León. Después de casi 27 años de existencia, después de épocas de soledad y de concubinatos (con Diario 16, con El Mundo, con ABC), después de haber sido escuela local de periodismo de la que se han nutrido muchos otros medios, la novela toca a su fin. En realidad, su cuerpo enfermó ya definitivamente cuando fue parasitado desde el principio por los fondos turbios de la construcción, que lo convirtieron en un instrumento al servicio de intereses privados y de influencia social más que un informativo a la vieja usanza. Lo admirable, no obstante, ha sido la cintura y la resistencia de sus trabajadores y trabajadoras (los que han ido quedando y los que fueron expulsados) hasta el aliento final.

     En lo personal, se cierra también un capítulo para algunos artículos desperdigados por este blog, que fueron publicados con frecuencia muy irregular en ese diario, y para la columna que vino a llamarse A la siniestra, extendida en el tiempo desde marzo de 2011 a julio de 2013; estuvo precedida por otra serie más corta en el apartado Firma invitada. Recordaremos también los trabajos de corrección de Fidel Tomé en los primeros años del rotativo (cuando todavía existía la figura del corrector, tan necesaria) y el seguimiento que allá por el año 1992 se hizo de la peripecia laboral que un servidor protagonizó en la Diputación de León y en el embrión del Instituto Leonés de Cultura.

     En fin, quede a modo de recordatorio esta entrada, que nos hablará siempre de cuando fuimos más libres.

jueves, 6 de junio de 2013

Para Norberto Cabezas

(Ha fallecido Norberto, el fotógrafo del Diario de León, el compañero y el amigo. Con este motivo, subimos al blog el texto que se leyó en el Ayuntamiento de Valdefresno el día de su boda con Ana, el 3 de enero de 2004)


     Esta casa consistorial, este Ayuntamiento de Valdefresno, esta sala de plenos habitualmente triste y aburrida como un expediente burocrático, donde apenas si se encienden de vez en cuando la calefacción o las luces, donde raramente se abren las ventanas y se ventila, donde las gentes de la Sobarriba o en tránsito apenas se atreven a entrar, este lugar no es hoy este lugar. Por fortuna.

     Tampoco contraen hoy matrimonio un hombre y una mujer, un tal Norberto y una tal Ana, ni ambos se dedican al arte de la fotografía. Casualmente, son dos individuos que residen en un rincón de esta comarca los que comparecen aquí, pero no son ellos los que todos conocemos ni nosotros asistimos a la ceremonia de su boda. No es así, no.

     Y alrededor nuestro ni mucho menos se secan los negrillos, ni hay un feo muro de vergüenza entorno -por más que pequeñito e inacabado-, ni siquiera hiela casi en invierno y las aves rapaces no comen plásticos ni se estrangulan con los restos de látex que se desparraman por los campos como testimonio de amores furtivos. No es 2004, no es enero, no es sábado.

     Por el contrario, a través de este rito libre desafiamos la ley y participamos juntos, cada cual con el papel que corresponde, en la mayor gesta a la que los seres humanos podemos enfrentarnos.  En el principio, se nos prohibió comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, es decir, del árbol de la vida, así que en cada ocasión en que dos seres muerden al alimón esa manzana dulce y jugosa, retornamos al paraíso del que fuimos arrojados para no ser dioses. Es el amor el que nos acerca a la divinidad y nos hace únicos e irrepetibles criaturas humanas, dueñas de un destino que se aleja del creador para crear por sí mismas.

     Por eso nos sobra toda referencia espacial o temporal, toda onomástica y toda toponimia, todo el envoltorio del rito. Y lo que cabe es sólo solazarse en el significado verdadero de esta liturgia civil, que nos convoca y nos proyecta hacia el origen de cuanto somos: barro y costilla, costilla y barro -tanto monta- sobre cuyo ejercicio de libertad se construye a partir de este instante el mundo. Se llamará Sobarriba, se llamarán Ana y Norberto, será enero de 2004, y nosotros asistiremos orgullosos y dichosos a la recreación del mito.

martes, 4 de junio de 2013

Breve nota sobre Aurora Egido en León


     La Real Academia Española de la Lengua acaba de acomodar en su sillón B a la profesora Aurora Egido Martínez. Aparte de sus méritos académicos evidentes, destacan las crónicas que es la séptima mujer que entra en la RAE, pero a nosotros nos interesa más señalar que es la segunda persona que desemboca en la Academia habiendo pisado, siquiera levemente, los pasillos de la Universidad de León. En efecto, sigue así la estela de Salvador Gutiérrez Ordóñez, mucho más aposentado en el campus de Vegazana que ella, cuya estancia en las aulas leonesas se limitó a un único curso.

     Corrían los primeros años de la década de los ochenta cuando la Universidad de León era todavía poquita cosa y en el campus convivían en sano equilibrio alumnado, paseantes y vacas pastando. A la Facultad de Filosofía y Letras llegó, discreta, con su cátedra a cuestas como si tal cosa y en tránsito hacia el destino final en Zaragoza, esta experta en la literatura del Siglo de Oro. Ignoro el recuerdo que ella puede guardar de aquel pasaje fugaz, pero quienes tuvimos la fortuna de ser sus alumnos conservamos de ella la memoria de lo magistral en el sentido más exaltado del término. Era asombroso su saber, así que cabe preguntarse qué no será ahora, treinta años después. Los recovecos de sus disertaciones no tenían fin; no importaba a cual de ellos se entregara para hablarnos por ejemplo de El gran teatro del mundo, el caso es que todos acababan siendo arrebatadores. No merecía la pena tomar apuntes, aunque hubiera quien lo hiciese para común aprovechamiento, la clave residía en la escucha atenta: cada expresión suya, cada comentario, el tono de sus explicaciones, todo era tan convincente y apasionado que no había desperdicio. Tomar apuntes parecía un sacrilegio.

     Pero ocurrió por entonces (no acabo de recordar si de un modo totalmente simultáneo) que en los mismos pasillos y en las mismas aulas aterrizó también el famoso divulgador Fernando Díaz Plaja, en este caso con un contrato de interinidad para cumplir también con la enseñanza de las literaturas. La polémica estuvo servida de inmediato y, como suele suceder por estas tierras, el papanatismo desplegó todas sus herramientas. A muchos, demasiados diría yo, les pareció que contar en el claustro con el autor de, entre otros muchos ensayos, El español y los siete pecados capitales, podía colaborar a que una universidad joven ganase presencia y conquistase renombre. Qué error, qué grave error. No es que se estableciese una competencia entre Egido y Díaz Plaja por una misma plaza, pues evidentemente no había lugar ni se hubiese sostenido la pugna; fue sólo una cuestión de postura académica local en pos del beneficio del honor externo y del escaparate. Fueron abundantes las voces que se levantaron a favor de la continuidad del segundo, que no obstante acabó yéndose igualmente, y pocas las que remaron a favor de la primera, por más que su marcha estuviera prescrita. Ni uno ni otro iban a permanecer, pero aquel episodio nos reveló a quienes éramos simples estudiantes algunas características de lo leonés que resultan especialmente despreciables y que explican en gran medida por qué estamos donde estamos.

     Mas, pasados los años, lo que merece la pena resaltar por encima de lo anecdótico, y eso es lo que anima este escrito, es que en nuestros años de formación universitaria sí contamos con importantes maestros y maestras, y esto es preciso ponerlo de relieve especialmente en estos tiempos en que la universidad española padece el azote de las políticas mediocres de nuestros gobiernos. Tal vez no fueran numerosos y tampoco hace falta que todos lleguen a la Academia para que se reconozcan sus valores, pero lo cierto es que sus enseñanzas nos hicieron mejores y nos alejaron de la simpleza de nuestros orígenes y del reinado de las apariencias. Por suerte, su ejercicio continúa sobrevolándonos en la adversidad y tenemos que seguir agradeciéndoselo. Así entendemos por lo menos las palabras de la académica Aurora Egido al asegurar que “las Humanidades serán capaces de hacernos remontar las miserias que estamos padeciendo”.

Publicado en Diario de León, 5 junio 2013

miércoles, 9 de mayo de 2012

Con el Estudiantes

Desde Ron Taylor hasta John Pinone. Desde lo patoso a lo imposible. Desde aquellos años a estos siglos. Desde los triunfos hasta las pérdidas de categoría. Desde los borrachos a los gladiadores. Del patio al pabellón. De un Carlos a otro Carlos. Desde la demencia hasta la resistencia. Desde Badalona hasta Estambul. Con el Estudiantes. ¡Qué jóvenes somos!

domingo, 6 de noviembre de 2011

Crónica profesional y laboral


     Las crónicas de La Crónica abarcan un panorama tan amplio al menos como secciones, fechas, noticias, viñetas o fotografías que en su historia han sido. Añadir a ese índice un capítulo con perspectiva laboral o profesional puede parecernos quizá menor para tanta gloria como seguramente se recogerá en el cuaderno de los 25 años. Ahora bien, si convenimos en el papel decisivo que las personas juegan en toda empresa, por más que en ocasiones resulten poco apreciadas, entonces no podrá sernos ajena la peripecia de nombres que por el periódico han transitado durante estos cinco lustros. Honremos, pues, con ese motivo a los hacedores de prensa, los consagrados y los anónimos, los idos y los permanecidos, necesarios todos para la elaboración diaria de este portavoz de nuestro existir social.

     En lo profesional, que es palabra bien connotada, lo que sabemos es que La Crónica, por sí sola o en compañía de otros apellidos, ha sido durante estos años una auténtica escuela de periodismo. Si bien es cierto, como diremos luego, que el periodista es un ser obligado en nuestros tiempos a la itinerancia, ello arroja no obstante un resultado positivo que no debe pasársenos desapercibido. No es casual que en este 2011 los tres directores de los diarios provinciales hayan trabajado y se hayan formado antes en el periódico de referencia; como tampoco lo es que desde el mismo se haya nutrido, bien a otros medios de comunicación, bien a otros gabinetes al efecto; o que desde sus páginas de tacto tosco y sucio de tinta algunos hayan dado el salto hacia otros papeles más nobles e incluso literarios. Es un mérito que le cabe a este periódico y justo es reconocerlo en el momento de los aniversarios.

     Sin embargo, por lo que hace a lo laboral, que resulta ser un término mucho más pedestre que el anterior y casi hasta desprestigiado en medio de tanto impulso emprendedor, La Crónica no se ha escapado ni se escapa del sino común al sector de la comunicación. Al margen de que la época fuera de expansión o, como ahora, de depresión –que de todo ha habido en la viña de este diario-, los vaivenes entre su personal no sólo lo han sido por un paso a mejor vida, sino que en muchos casos son fruto de la inestabilidad en este tipo de empleo. Además, esa precariedad laboral existente en los medios de comunicación en general puede condicionar la libertad de opinión y de crítica y, en consecuencia, poner en riesgo los valores democráticos y la necesaria pluralidad informativa y de opinión a la que tiene derecho la ciudadanía. Pensemos, por ejemplo, que los medios de comunicación españoles han perdido en lo que llevamos de 2011 más de mil empleos, una cifra que triplica la correspondiente a todo 2010.

     Mas, en fin, los cumpleaños, sobre todo aquellos tan redondos como el que aquí nos ocupa, no sólo son útiles para evaluar el pasado; sirven también, y es oportuno que así sea, para avanzar propósitos de futuro. En tal sentido, desde un punto de vista sindical, creemos que para La Crónica y para el conjunto de medios de comunicación sería buena la atención de las instancias de control administrativo y laboral para evitar situaciones de precariedad o irregularidades que cuestionan incluso la viabilidad de las empresas; igualmente, la promoción de una Mesa sobre la situación de los medios, compuesta por el Gobierno, las partes implicadas y los agentes sociales, que promueva medidas para reforzar esa viabilidad; y, por último, avanzar y consolidar un modelo de radio, televisión y nuevos servicios de comunicación que cumpla con sus funciones de servicio público de calidad, respetando los derechos laborales. Son sugerencias humildes para que dentro de otros veinticinco años volvamos a tener ocasión para celebrar un aniversario tan relevante como este en un periódico al que todos estimamos.

Publicado en La Crónica de León (especial 25 aniversario), 6 noviembre 2011

jueves, 31 de marzo de 2011

Más 105 años

    Lo obvio, cuando de cumplir años se trata, y más todavía si se alcanza la venerable edad de 105 años, es echar atrás la mirada, evaluar lo andado y hacer balance. Lo extraño, por el contrario, es otear el horizonte que se abre delante y sacar la conclusión de que nuestros mejores tiempos están quizá por venir. Esto, que resulta impensable para el común de los mortales, puede sin embargo ser mucho más motivador que las nostalgias para un medio de comunicación escrito y local.
 
    Tiene mérito sin duda que un periódico como el Diario de León haya llegado hasta nuestros días sorteando todo tipo de sucesos históricos, económicos y sociales. Lo interesante de todo ello es pensar que esa vida larga es prácticamente la misma vida medida en tiempo que la de los medios de comunicación clásicos y tradicionales, que en este nuevo siglo toca a su fin. Por ese motivo, más que apagar velas ceremoniales del pasado, lo que este periódico debiera hacer en el día de hoy es reflexionar sobre cómo podría en estos tiempos vertiginosos y cambiantes asegurarse una segunda vida de similares dimensiones. Es decir, cómo afrontar la convivencia con los nuevos soportes tan competitivos, cómo ganar agilidad y credibilidad informativa en un mar de confusión y de hiper-oferta de noticias, cómo convivir en el difícil espacio de lo global desde el estrecho escenario de una provincia menor, cómo formar a sus profesionales para esos retos a la vez que dignificamos su labor imprescindible para la sociedad… Porque lo que es evidente es que al ritmo al que se suceden hoy los acontecimientos, con la progresión tecnológica a la que estamos llamados y conforme a lo que parecen ser rasgos identificativos de la nueva época, difícilmente cumpliremos otro siglo si no nos detenemos a considerar todo lo anterior y lo afrontamos con decisión renovada.
 
    Dejemos, pues, para los cronistas y archiveros el acta de cuanto de sí dieron los 105 años precedentes. La nuestra es una provincia de historia, sin duda, pero de la que no se vive. Preocupémonos mejor de cuanto está por llegar y hagámoslo posible en beneficio de esta misma tierra y de sus gentes de hoy y de mañana. Y así sea no sólo para bien de este periódico, sino también para el de cuantos aquí buscamos vivir y progresar.

Publicado en Diario de León, 31 marzo 2011

viernes, 29 de octubre de 2010

Para Marcelino Camacho

    Desde que Jorge Manrique nos remitiera a la memoria para encontrar harto consuelo ante las miserias de la muerte no hemos dado con remedio más cabal y sensato para superar el trance de las pérdidas humanas. En ocasiones, el bálsamo del consuelo ocupa las estancias más íntimas y reservadas hasta que el dolor parece amojamarse para siempre con sencilla naturalidad. En otros casos, el significado social o histórico convierte ese consuelo en un sentimiento colectivo que contribuye a nutrir el acervo humano hasta llegar a mejorarlo. Raras veces, una y otra expresión confluyen y se confunden hasta no distinguir si la memoria que guardamos es la de un personaje o la de un amigo.


     Humildemente, como él hubiera querido, en Marcelino Camacho se encarna una de estas rarezas. Al enterarnos de su muerte, los cercanos y los contrarios, los militantes y los descreídos, todos en suma no sabemos bien si nuestra emoción es fruto de lo personal o de lo compartido. Es difícil separar los panegíricos tan formales como necesarios de los mensajes conmovidos por un vuelco del corazón. Porque a Marcelino le cabía en lo humano el doble honor de aparecérsenos como un amigo de toda la vida a la vez que como un líder de trayectoria inigualable. Era uno de esos extraños seres que no se vuelven vulgares al bajarse del escenario, sino que prolongaba en las distancias cortas el eco de sus actuaciones hasta contagiárnoslas como si tal cosa.


     Su figura crecerá con el tiempo a pesar de que contara ya con una magnitud que casi no le cabía en su pequeño cuerpo. Pertenecía a una especie que se extingue, la de aquello que ya no se lleva, y precisamente por eso su memoria es mucho más que un jarabe analgésico, pues se convierte en el mejor de los antídotos contra la enfermedad de los tiempos presentes, es decir, contra la desdicha insolidaria. Además, para los hombres y mujeres de Comisiones Obreras, para la clase trabajadora como a él le hubiera gustado decir, Camacho supone ya más que el testimonio de un pasado respetable toda una pauta de futuro. Nociones que hoy los más reaccionarios tachan despectivamente como viejas vuelven a releerse y a actualizarse en su biografía, de modo que nos advierten del verdadero sentido de la historia y de su auténtico motor de cambio: los seres humanos. Por ese motivo, tan inolvidable ha de sernos su deseo de ser recordado como "un ser humano que dedicó una gran parte de su vida a que, por el hecho de nacer, tengamos la vida asegurada, con pleno empleo, con justicia social, con libertad y con igualdad" como su advertencia de que tales aspiraciones nunca son concedidas sino conquistadas con movilización.


     Eso, entre tantas otras cosas, aprendimos de él, con quien tanto quisimos.

Publicado en Diario de León, 30 octubre 2010

domingo, 24 de octubre de 2010

Para fumadores

"A mi abuelo, que me enseñó que los ideales se liaban"
Moncho Alpuente

sábado, 16 de mayo de 2009

Para Blas Capilla

    La vida cotidiana de un Sindicato se teje con palabras y con muy abundantes reuniones. Nos pasamos las horas, los días, los meses de cita en cita, intercambiando pareceres, debatiendo con nosotros y con nuestros contrarios, exhortando a la acción a nuestros compañeros y compañeras, redactando plataformas, defendiendo propuestas, conspirando incluso. No es común, sin embargo, que expresemos nuestro lado sentimental ni que nos convoquemos para actos en los que prevalezca la camaradería en el sentido más lírico, pues en apariencia no resulta propio de aguerridos sindicalistas. Pero es verdad que entre nosotros, a fuerza de complicidades y del mucho tiempo en común, acaban trazándose lazos de amistad o de enemistad muy profundos. Decía nuestro anterior Secretario General, José María Fidalgo, que no es casual que sea entre los cuadros sindicales, en particular cuando se comparten tareas de dirección en los niveles que corresponda, donde uno hace los mejores amigos y también los más duros enemigos.
 
    De lo primero fue buena muestra el almuerzo que mantuvimos el pasado dos de mayo junto a Isaac Maurín, Antonio Bas y Edilberto López, una sencilla comida de amigos junto a los que nos precedieron en las responsabilidades que hoy nos toca soportar a otros en las Comisiones Obreras de León. Blas Capilla seguramente se hubiese sumado dichoso a ese cocido maragato y lo habría sazonado con su bonhomía y con más de un chascarrillo. No solía él pasar desapercibido ni en los momentos de acción ni en los festivos. Quizá por esa razón este acto de hoy, salvando las distancias evidentes con el de quince días atrás, sea todavía un mejor ejemplo de justicia emotiva y de comunión en los ideales. Precisamente porque su protagonista en este caso está ausente. Sin duda contra su voluntad.
 
    No obstante lo anterior, Blas eligió conscientemente abandonarnos de una manera callada, sin memoriales ni otros teatros propios de los ritos funerarios. Eso quiso y así fue. Pero también es verdad que en cuantos le convivimos nos quedó algo así como una deuda pendiente, la sensación de que era necesario, a pesar de su deseo, poner de relieve con todos los estandartes que había portado en vida tan importante pérdida. Fueron sus compañeros más cercanos los primeros en advertir esa necesidad; su familia lo comprendió de inmediato y únicamente solicitó un plazo de respeto; por último, el Sindicato lo asumió con unanimidad y se aprestó para llevarlo a cabo. De este modo hemos llegado al día de hoy con este acto tan inusual como inexcusable, tal y como hemos ido comprobando a medida que le íbamos dando forma y contenido.
 
    Así que aquí estamos, amigo Blas, más o menos los de siempre, los que te echamos de menos y los que nos consolamos con tu memoria, como cantaban las coplas medievales, sabedores en fin de que nadie es imprescindible, salvo aquellos que como tú luchan toda la vida. Por ese motivo nos hemos adueñado de la cita de Bertolt Brecht, que siempre tuvimos en la cabeza pero que nunca supimos encarnar en nadie concreto hasta que tú nos diste la oportunidad. Y por eso también te hemos preparado esta reunión, creemos que de tu gusto, casi como una asamblea, con los oradores justos y con un vino de colofón porque seguramente no nos los hubieras perdonado si lo llegamos a olvidar.
 
    A mí, por otro lado, me correspondería en este turno realizar el panegírico sindical, pero me vais a permitir un ejercicio de deformación profesional que confío en que me sepáis disculpar, sobre todo porque con ello voy a ir concluyendo.
 
    En el capítulo LVIII de la segunda parte del Quijote, el ingenioso hidalgo da algunos consejos a su escudero y le dice lo siguiente: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Que Blas Capilla aventuró su vida por la libertad y por otros derechos no nos cabe ninguna duda. En cuanto a la honra, un concepto que ha envejecido bastante mal, creo que esta convocatoria demuestra que así fue en efecto, pues basta con releer la tercera acepción que el Diccionario de la RAE indica al respecto para reconocerlo: Demostración de aprecio que se hace de alguien por su virtud y mérito.
 
    Sinceramente, ése ha sido nuestro ánimo al preparar este acto, con el que hemos querido sobre todo expresar la estima, el respeto y el aprecio que nuestro compañero despertó siempre en todos nosotros. Le honramos y nos honramos.

Acto de homenaje al compañero Blas Capilla, León 16 mayo 2009

domingo, 6 de abril de 2003

Para Joaquín González Vecín

    Todavía quien acuda a votar el día 9 de abril para elegir la Junta de Personal Docente de la Universidad de León podrá reconocer en la lista de CCOO el nombre de Joaquín González Vecín. No hay trampa ni patetismos en esa presencia inmarcesible: él mismo expresó su deseo de integrar una vez más una candidatura que ha cobrado una dimensión inesperada tras su muerte. Pero está claro que la papeleta de votación ha devenido histórica no por el hecho fatal que la envuelve, sino por la dimensión histórica que le concede coronar la andadura de un personaje igualmente histórico ya, entrañable, comprometido y cabal hasta sus últimos momentos.
 
    Para muchos de nosotros Joaquín era un prototipo. Cuando se creó la Universidad de León, ¡va a hacer veinticinco años!, y todos éramos mucho más jóvenes y más sanos -él sin duda el que más-, los pocos profesores que integraban su claustro eran perfectamente clasificables de acuerdo con sus tics o sus maneras y eran reconocibles y reconocidos como no alcanzará nunca el anonimato y la dispersión actual. Lo de Joaquín era la pipa y la profusión bibliográfica; a partir de ahí todo valía, así en sus clases como en las calles de las que quiso ser alcalde. Nunca tuvo la pátina de sabio, a pesar de que compartiera con los genios cierto aire de aparente despiste, ni era especialmente magistral; pero guiaba, aportaba orientaciones, no era dogmático y era listo en el mejor de los sentidos. Se hacía querer y respetar de una forma desprendida, como si nada le fuera en ello, pero pocas naturalezas humanas le pasaban desapercibidas. Tanto que su propia especialidad académica, la Geografía Humana, era él mismo; ninguna otra materia, ni la Historia a la que contribuyó ni la Medicina que no lo salvó, hubieran podido congeniar con su humanidad.
 
    Porque, además de todo esto, Joaquín no faltaba a ninguna cita con el destino histórico, ése que se teje con los hilos comunes de la vida cercana e inmediata para transformarla hasta repercutir en los estampados más nobles. Sin remontarnos más atrás, baste constatar que en los últimos años compartía con absoluta dignidad su enfermedad con todas las convocatorias de respuesta a la política del actual gobierno, ya fuese para denunciar los retrocesos democráticos de las leyes educativas, ya fuese para clamar contra una guerra bárbara e injustificable como la de Irak. Nunca fue un hombre equidistante, ni aunque el mal que se lo iba llevando poco a poco se lo hubiese permitido; siempre estuvo en su sitio, coherente y tenaz, perseverante, rara avis a estas alturas en los recintos feudales de nuestras universidades.
 
    El Sindicato de Enseñanza de CCOO se honra de haberlo tenido como compañero y como miembro significado de su Consejo Provincial. Con su adiós nos propone el reto de ser también perseverantes y tenaces a su altura, pero ahora en orfandad. Y para todos nosotros y para cuantos lo convivimos, en el ámbito de que se tratara, cobran valor nuevamente y más que nunca las palabras de Jorge Manrique: “dejónos harto consuelo su memoria”.

Publicado en Diario de León, 7 abril 2003