Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 16 de agosto de 2026

Eclise

        Perdí una p en medio de la oscuridad y aún no la he encontrado. Además, cuando la luz natural volvió a su ser, casi era noche y hubo que recurrir a la otra, la artificial, que produce sombras. El día siguiente del eclise se presumía un día normal, aunque todo el mundo continuaba hablando de lo mismo, tal y como había ocurrido desde un mes atrás por lo menos, o un año, no sé; quise pensar que la p reaparecería por sí sola y yo volvería a ser un individuo normal y pronunciaría correctamente la dichosa palabra. Tanta ha sido la saturación con el fenómeno que hasta su nombre se me ha desgastado, seguramente para siempre. Cuando el domingo pasado encontré un titular a toda página en la portada del diario que dice gozar de mayor difusión en el país, “El eclise de nuestras vidas”, terminé por rendirme y la p empezó a disolverse.

 

            Me ocurrió lo mismo no hace mucho con la palabra pioridad, perdió una r a fuerza de tanto sobarla para no decir nada, o para decir todo, que al cabo tanto da, no hay nada más en el argumentario de algunos políticos. Lo que sucede es que las palabras se desgastan cuando se repiten hasta la saciedad y, así como sus significados se diluyen porque se vuelven cansinos, a veces ese proceso de licuación se contagia también a la forma y acabamos pronunciándolas con dejadez, a su caída, como si diera igual so que arre. Cuando esto ocurre, las palabras ya no nos dicen nada y menos aún sus referentes.

 

            A mí ya me dio igual que la luna ocultase al sol o a la inversa. La noticia dejo de ser ésa, lo que importaba era la ocupación de los hoteles y sus precios, la homologación de las gafas, adónde y cuándo había que mirar o no mirar, lo que les iba a pasar a los insectos, si la NASA había elegido el Castillo de los Templarios o un pueblo de Burgos, que Elon Musk había reservado todas las habitaciones del parador de Lerma, los consejos de movilidad y cosas por el estilo. De ese modo, todo acabó convertido en un auténtico eclise sin p, que es adonde quería yo llegar.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 16 agosto 2026

domingo, 31 de mayo de 2026

Sopa

            No tuve la suerte de estudiar periodismo, pero supongo que en algún momento de esa formación académica se atiende a la prosodia, un conocimiento más que necesario para una buena dicción. Cuando decimos prosodia nos referimos a la parte de la gramática que enseña una recta pronunciación, es decir, todo lo relativo a melodía, ritmo, entonación y acento. En la lectura en voz alta, en los informativos por ejemplo, una buena prosodia asegura una buena comprensión y a la inversa.

 

            Esa televisión autonómica que hay por aquí se fija con frecuencia en los asuntos del campo y da cabida, para ello, a las llamadas organizaciones profesionales agrarias (OPA, en singular, pues es una sigla). Su presencia es frecuente en las noticias, sobre todo en los últimos tiempos, por los más diversos motivos: Mercosur, lluvias o sequías, precios, PAC (otra sigla), etc. Y suele ocurrir entonces que locutores y locutoras nos hablan de lasopas, así, de corrido, como si todo el mundo conociese la tal sigla, y nombrándolas en plural para más lío, como si abarcase una cuarta palabra que comenzara en s. Quizá por eso, porque sienten el desliz, enfatizan el enlace inútil y pronuncian lasopas. El resultado es, sí, una sopa. De letras.

 

            Tiempos hubo en que los medios de comunicación, los escritos fundamentalmente, disponían de una persona que se encargaba de las correcciones. Esto ya no se estila, es un gasto superfluo; y esa ausencia ocasiona, entre otros daños, este tipo de comunicación defectuosa. La anécdota que citamos más arriba es sólo una muy pequeña muestra. Pero el mundo está lleno de informaciones groseras, falsas, oscuras, ambivalente, erróneas… no importan ni la forma ni el contenido la mayor parte de las veces. Y no hablemos de las redes.

 

            Ciertamente, la comunicación se parece cada vez más a una sopa, no importa tanto la precisión como el espectáculo, sobra el estilo, obvia la confusión o la aviva, triunfa el titular impactante, prevalece la imagen efectista y, además, se ignora la prosodia.

 

 Publicado en La Nueva Crónica, 31 mayo 2026

domingo, 24 de noviembre de 2024

Titulares

            En medio de la selva en la que casi todo parece haberse convertido, no sólo de bulos, de fango, de noticias falsas y de evidentes mentiras se alimenta una parte del periodismo, si es que así se le puede nombrar. También los titulares se visten en ocasiones con un ropaje incomprensible que no se sabe bien qué persiguen, supongo que aparentar más de lo que dicen o directamente mostrar la simpleza de quien los escribe. También, ya lo sabemos, y no sólo es propio de los medios, dejarse ir por esa senda anglófila que, aparte de confusión, poco aporta en general. Sucede constantemente.

 

            Para muestra algún botón. Un periódico local famoso acumulaba en su edición del pasado 12 de noviembre al menos los siguientes titulares reproducidos aquí de forma literal, lo que, como se verá, es todavía más grave:

 

León lidera en primer matchfunding publico-privado de ámbito provincial de Europa (sic).

Influencers y foodies llegan a León para enterarse de cómo se hace un chorizo.

Dos F-18 en León en tareas de ‘cross servicing’.

Mujeres rurales aprenden a usar el smartphone con el Consejo.

 

            Matchfunding, foodies, cross servicing, smartphone… todo un muestrario de ese no román paladino que nos une en la comunicación a los toscos hablantes de esta tierra de conejos y de las fraternas de ultramar. El mensaje no son los titulares propiamente dichos, sino las palabras que en ellos se vierten para hacernos ver lo decrépito de nuestras hablas y la ignorancia con la que habitualmente nos expresamos, nada somos en realidad si no incorporamos una terminología abstrusa para aparentar que somos posmodernos o poscontemporáneos. Lo abstruso, ¿reconocerán nuestros periodistas de hoy lo que esa palabra significa o preferirán decir en inglés abstruse? No sé, tal vez haya demasiado parecido en este caso y eso ayude a caer en la cuenta de que todos venimos del latín, del latín vulgar especialmente, que es al fin y al cabo la lengua en la que todos y todas nos comunicamos. Sobre todo para decirnos cosas bonitas.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 24 noviembre 2024

domingo, 5 de mayo de 2024

Trecet

            Yo echo de menos a Ramón Trecet. Aparte de cuanto aprendimos con él en su programa radiofónico Diálogos 3, en antena casi toda una vida, desde 1986 hasta 2008, recuerdo especialmente su forma de comentar los partidos de baloncesto de la NBA y otros, podríamos decir que inventó un lenguaje. Era pausado, explicaba con profundidad e introducía las dosis necesarias de intensidad y humor. Lo dejó, como se deja todo, y le siguió en esas mismas labores un ser bastante curioso, con mayor tendencia al espectáculo y a la grandilocuencia, Andrés Montes, que se apropió de la expresión futbolística del tiquitaca y la convirtió en un comodín. Era ya otro lenguaje, otra forma de retransmitir, seguramente era ya otra la audiencia. Tampoco queda nada de eso. En realidad, ya no hay lenguaje propiamente dicho, sólo imágenes que se suceden veloces a través de TikTok con los pasajes más destacados de los partidos, mates, triples inverosímiles y, a ser posible, broncas, muchas broncas. Nadie explica nada, no hay comentarios, sólo el sonido de fondo.

 

            Del mismo modo que hubo un pensamiento formal, con mayor o menor sustancia, hubo otro pensamiento Ikea, creado a base de elementos sueltos y a medida, que duró lo que dura un mueble de esa marca. Lo que hoy se lleva, en cambio, es el pensamiento TikTok, construido, como lo antedicho, con pequeños episodios inconexos, ocurrencias se llaman también, con tendencia al follón, con mucho ruido de fondo y constantemente autorreferenciados, sin explicación, sin argumento, si acaso con un relato basura. Lo habíamos visto venir, pero hace unos días asistimos a su definitiva consagración en el Parlamento, en una rueda de prensa que se llevó a cabo en el Parlamento, aunque a mí me hizo dudar sobre si se celebraba en una verdulería. La firmó una diputada leonesa para hablar de la familia del Presidente del Gobierno. Su pensamiento y su expresión fueron una lección rápida y sucinta de TikTok. Repásenla y echarán de menos a Trecet, como me sucede a mí.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 5 mayo 2024

domingo, 17 de septiembre de 2023

DANA

            DANA suena a yogur pero no lo es. No está claro lo que es, pero suena mucho, sobre todo en este mes de septiembre situado en el tránsito entre verano y otoño, es decir, en pleno trastorno del tiempo entre estaciones. Algo tendrá eso que ver, por tanto, con el acrónimo. Lo que ocurre es que hay quien se empeña en desentrañarlo y se lía, así que se nombra con absoluta naturalidad como si todo individuo supiera de qué se está hablando. Entre los que se lían, figura un presentador de informativos que habla de una Depresión de Altos Niveles de Aire. No todo presentador o presentadora desvaría, aunque todos ellos se sirven del presunto yogur y se lo meriendan en medio de las noticias. En suma, nadie habla de gotas frías, que era un nombre mucho más sugerente, más evidente acaso, más simple, y, sin embargo, nos convierten con su vocabulario en auténticos hombres o mujeres del tiempo con varios másteres en Meteorología a cuestas. En fin, tonterías de las apariencias.

 

            Poco nos resuelve, sinceramente, consultar en la red para conseguir un poco de claridad: “una DANA es una depresión cerrada en altura que se ha aislado y separado completamente de la circulación asociada al chorro y que se mueve independientemente de tal flujo llegando, a veces, a ser estacionaria o incluso retrógrada”, dice una de las definiciones en el buscador y ahí queda eso. Harían falta másteres en Filología para interpretarlo. En fin, barbaridades en el uso de la lengua.

 

            El caso es que llovió, llueve, lloverá, a veces a cántaros. Echo de menos esa lluvia fina y sostenida que nos empapa mansamente y asegura el tempero, aunque auguran que en esta edad triunfarán los extremos. Los vivimos ya. Quizá por eso mismo nos escondemos detrás de una terminología abstrusa, que manejamos no obstante con soltura, para concordar con esa realidad inextricable. Como este adjetivo. La DANA es, por definición, algo inextricable también, por más que todos sintamos en algún punto de la vida esa depresión aislada en niveles altos.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 17 septiembre 2023

domingo, 20 de agosto de 2023

Climaterio

            Si de simples semejanzas formales se tratara, cualquiera podría concluir que hablamos del tránsito del clima no se sabe bien hacia dónde o de la pérdida de fertilidad del planeta precisamente por esos mismos motivos. Los falsos amigos del lenguaje se comportan así. Además, este tipo de desviaciones lingüísticas son más frecuentes cuanto más insólito nos resulta el asunto al que nos referimos, bien por puro exotismo en sí, bien por su rareza en las conversaciones. Quizá eso -lo extraño- explica en parte que un buen amigo me hable a veces de los gatos de angola o de chicas delgadas como sífilis. Con absoluta naturalidad.

 

            Lo del climaterio, en cambio, nada tiene que ver con exotismos puesto que es común, sino más bien con lo inusual en la conversación, ya sea por un falso pudor en algunos casos, ya sea porque hay asuntos de los que directamente no se habla. Salvando las distancias, yo mismo, sin ser una excepción, nunca hablé con nadie de mis transformaciones físicas o biológicas, salvo ahora que ironizo con las citas médicas. Y eso que entonces se producían en sentido de progreso, a diferencia de esta edad actual en la que uno va de caída. No es normal entre hombres, jóvenes o no, hablar de ello. ¿Es normal entre mujeres? Lo más raro en cualquier caso es que se produzca entre unas y otros cuando, en realidad, nos ayudaría bastante en el conocimiento que compartimos.

 

            Se trata de hablar y de escuchar, dos verbos de difícil conjugación en ciertas situaciones y según qué interlocución. Leo, en paralelo a la redacción de esta columna, un artículo en un diario nacional sobre la experiencia del posparto en varias mujeres. El denominador común de sus relatos es la soledad y el silencio. No suelen servir en esos casos ni las etimologías populares ni los eufemismos para hacer una gracia o una sugerencia por si alguien quisiera oír. Es lo que toca, parece ser el lema que nos rige en esos mundos tanto a hombres como a mujeres. O hablar del clima, que siempre es más que socorrido.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 20 agosto 2023

domingo, 2 de abril de 2023

Astenias

            Si me dan a elegir entre la astenia y la neurastenia, me quedo con esta última en la versión sesentera de Los Salvajes, que no era más que una readaptación de otra canción original de los Stones. Sin embargo, la dichosa primavera generaliza e impone el primero de los términos mientras que el segundo nos parece más que anticuado. Sea como sea, ni uno ni otro reinan en el vocabulario común de hoy.

 

            A pesar de ello, por paradójico que nos parezca, pocas expresiones como estas dos se nos presentan tan vivas en la actualidad, aunque quizá no siempre pegadas a sus significados primeros. Si decimos que la sociedad en su conjunto atraviesa un estado neurasténico no podríamos encontrar mejor descripción: neurosis, cansancio, ansiedad. Y si decimos que los individuos viven momentos asténicos prolongados tampoco erraríamos el tiro: lasitud, atonía, debilidad, lentitud psíquica. En suma, tanto en uno como en otro mal, falta de fuerza en todo su espectro.

 

            Lo cual que, anémicos por un igual sujetos y colectivos, resulta que ni son tiempos para la lírica ni lo son para la épica. Si acaso para la dramática, que parece ser, sí, el género triunfante en esta edad. Casi todo es representación o simulacro y los personajes que nos creamos se imponen sobre las personas que fuimos en medio de un escenario siempre aparente. Así en lo público como en lo privado. Quienes pugnan por lo lírico apenas superan el umbral de la egolatría. Salvo los que cantan su intimidad sentimental, que son más bien onanistas extravagantes. Y quienes lo hacen por lo épico casi ni son capaces de alzarse sobre la realidad. Salvo los franceses, que siempre se han considerado grandiosos revolucionarios sin reconocer que no dejan de ser pequeñoburgueses. ¡Como para no sentirnos asténicos!

 

Tal que creaciones de Pirandello, deambulamos en busca de autor, que es realmente lo que nos corresponde en cuanto seres humanos del ahora, mientras tarareamos una vieja canción de los años sesenta: “ten cuidado con la neurastenia”.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 2 abril 2023

domingo, 9 de octubre de 2022

Paradoja

            La paradoja, otra figura para definir esta edad. Al menos la mudanza entre edades históricas por donde aún atravesamos.

 

            Toda época de tránsito como la nuestra se nos aparece contradictoria en lo inmediato, posiblemente porque en ese trance conviven elementos extremos que pugnan por reinar en el futuro o por pervivir desde el pasado. Además, el presente actual es especialmente notable en materia de opuestos, en tanto que no se trata de un simple vaivén sino que, según palabras viejas de Juan Goytisolo, “estamos al cabo de un ciclo histórico y de una crisis de civilización”. No es extraño, por tanto, que convivan en nosotros y entre nosotros lo estable con lo voluble, lo pasajero con lo perdurable y la eventualidad con la sustancia. Es más, hasta que averigüemos en donde hemos desembocado a la postre, la paradoja será con toda seguridad la figura que ilustre este camino y sobrados andamos de ejemplos en tal sentido.

 

            Seguramente, esta convivencia entre extraños, este matrimonio sin lógica explica en parte la gran desorientación que nos domina y que, en el peor de los casos, nos paraliza. Pero eso tampoco impide que unos y otros extremos se manifiesten con rotundidad incluso en los hábitos más cotidianos: lo individual narcisista se mezcla sin traumas con lo reticular y así nuestra sociedad no podría existir ya sin lo uno ni lo otro, pues al cabo son cara y cruz de una misma moneda. Tejemos redes con la misma facilidad que nos replegamos sobre nuestros capullos. Voceamos la indignación con el mismo repertorio argumental con el que abrigamos la resignación. Nos manifestamos o nos aislamos, tanto da, sin aparente incoherencia.

 

            Si al menos, de un modo cabal, fuésemos conscientes de nuestras contradicciones, otro gallo nos cantaría y no seríamos nosotros mismos quienes presumiésemos del canto, como si fuese el canto único. Esa actitud nos aleja de la paradoja literaria y nos acerca al dogmatismo insoportable. No hacemos literatura, sino religión. No convivimos, nos repelemos.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 9 octubre 2022

domingo, 2 de octubre de 2022

Aliteración

            Aunque la retórica como disciplina sea despreciada en esta edad y permanezca ausente de las comunicaciones donde debiera servir de regla, triunfan sin embargo las figuras retóricas meramente enfáticas o decorativas. Si dijimos que es ésta una edad hiperbólica, diremos ahora que es también aliterativa, si se nos permite calificarla así.

 

            La aliteración es, como sabemos, la repetición de sonidos con fines expresivos. Es decir, una nueva figura retórica, cuyos resultados literarios son más que efectivos. No así en su uso corriente e impetuoso, que es a lo que aquí nos referimos. En el primer caso, ofrece ejemplos tan notables y conocidos como los versos de Garcilaso de la Vega -“en el silencio sólo se escuchaba un susurro de abejas que sonaba”- o de Rubén Darío -“bajo el ala aleve del leve abanico”-. En el segundo, sólo hay sonido sin significado, estruendo la mayor parte de las veces, un alboroto general que atormenta y que es lo que, a la postre, define este tiempo.

 

            El mensaje es el ruido que llama nuestra atención, desde el sonido del claxon de tractores en una manifestación hasta el redoble de tambores en una procesión intempestiva, ambas cosas muy cercanas en el tiempo y en el espacio desde los que escribo. Pero también, si lo pensamos, la simple amenaza nuclear que resuena como un auténtico estallido. O, en fin, las palabras apenas masticadas a título de insulto por un vicepresidente de nada en un parlamento estilo granja. Cláxones, tambores, amenazas de dementes e insultos de señorito son, entre otras, las aliteraciones de esta época, donde apenas cabe la poesía o la verdadera retórica.

 

            No deja de ser paradójico, pues, este escenario (paradoja: otra figura también muy del ahora), donde los vacíos discursivos o su directa manipulación se llenan de recursos valiosos empleados sin valor pero sí con afán de impacto. Al cabo, es lo único que tienen en común los dos tipos de aliteración: nos impactan emocionalmente, ya sea para bien, ya sea para nuestra desdicha.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 2 octubre 2022

domingo, 25 de septiembre de 2022

Hipérbole

            Casi todo tiende a la exageración. A finales del pasado siglo, esto es, en las postrimerías de la antigua edad, se imponían el minimalismo, lo desenchufado y el chill out, no importa a qué ámbitos se aplicasen dichos términos, como claras expresiones de un menor ruido y de un exceso limitado. En la nueva edad, hoy, todo es hiperbólico. Lo son los fenómenos naturales con sus desastres inabarcables a cuestas. Lo son las crisis de toda índole, la inflación y el lenguaje político desmesurado en muchos casos. Lo fue la sobredosis de festivales musicales veraniegos con su trajín de multitudes. Y lo ha sido, en fin, la muerte y funeral de una reina que ni nos va ni nos viene, pero que se vende y retransmite con todo el boato posible para que no haya escapatoria al papanatismo.

 

            La hipérbole es cosa barroca. Esta nueva edad es, por tanto, barroca también. En el fondo, detrás de tanta ostentación, adorno y formalismo inflado hay vacío o disimulo y, por lo general, ocultan la deficiencia en contenido, en significado y en mensaje. Ya su simple definición habla de exceso y de exageración. Pero, si somos precisos, reconoceremos en ella la figura literaria que consiste en un énfasis puramente retórico, aunque el problema radique en que no todo el mundo la utiliza con afán estilístico ni habilidades se tenga para ello. De ahí que en numerosas ocasiones se nos aparezca como un barroco superfluo, también sin estilo, también sin gusto. La hipérbole es entonces doblemente excesiva, que es lo común en numerosos canales de comunicación, sean redes, sean medios, sean conversaciones sin más.

 

            A mi juicio, discutible, solo hay dos seres hiperbólicos verdaderamente admirables: Homero y Bruce Springsteen. Lo demás es plagio o aportación humilde al género, como hicieran Góngora y Quevedo. Así pues, si fuéramos capaces de reconocer los límites propios y de la figura, quizá sería posible rectificar y aplicarla con mayor modestia. Difícil, me temo, en este mundo de estruendo, chaparrón y artificio.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 25 septiembre 2022

domingo, 27 de febrero de 2022

Miccionar

 

            Leo en un diario local que la policía municipal de León denunció a un hombre por miccionar en el Parque de San Francisco. Tan decimonónica es la expresión que mientras tecleo esta columna en el ordenador ni siquiera su diccionario la reconoce, lo cual tampoco es indicativo de nada, la verdad. El caso es que yo sí la he reconocido, no sé ustedes, y me he quedado más bien perplejo, no tanto por el acto en sí como por la palabra empleada para su descripción. De tal manera, que me ha sido inevitable preguntarme si fue elegida por el agente denunciante o si es fruto de quien redactó la noticia. En cualquier caso, perplejo.

 

            Me vino a la memoria de inmediato una acción de la guardia civil ocurrida hace años, en la que se trataba de verificar en un centro comercial si determinados animales puestos a la venta contaban con todos los parabienes necesarios. Eran tortugas. El agente en aquel caso presentó el operativo como una comprobación sobre si los quelonios estaban en orden o no. Los quelonios.

 

            De la micción y del quelonio se puede deducir que los miembros de esos cuerpos de seguridad superaron en algún momento las pruebas lingüísticas de selección para los mismos con un poco más de rigor, excesivo quizá, que lo que ahora se reclamará a los nuevos policías nacionales. Ya no se les exigirá una prueba de ortografía excluyente. Esto se califica como “mejora” en la orden ministerial que modifica las bases para el acceso a ese cuerpo.

 

            Seguramente, ni tanto ni tan calvo. Ni lenguaje caduco, aunque correcto, ni ausencia de tildes, por poner un ejemplo. Debo señalar, no obstante, que el más brillante informe de investigación que he leído en mi vida, así en términos técnicos como en los puramente lingüísticos, lo firmaba el servicio del SEPRONA ante una denuncia por contaminación ambiental en una fábrica de piensos situada en la Sobarriba. Sólo con aquella precisión se ganaban todo el crédito. Exactamente lo contrario de quienes se pasan, se quedan cortos o miccionan fuera de tiesto.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 27 febrero 2022

domingo, 13 de febrero de 2022

Maraña

            A pesar de las horas consumidas atendiendo a la información meteorológica, confieso que apenas si había reparado en la cantidad de días en los que el cielo nos aparece enmarañado. Últimamente con notable profusión. Si bien es una expresión correcta, me quedo con lo que apunta el diccionario en su definición: los celajes que forman la maraña, es decir, ese conjunto de nubes tenues. No hay comparación entre celaje y maraña a la hora de rendirse a la poesía del lenguaje.

 

            Comento esto en consonancia con una noticia que nos fascinó la pasada semana y que, a mi modo de ver, ha de ser resaltada: un poema universal recorre el espacio interestelar. Se trata de un proyecto internacional que ha lanzado 22.000 versos desde Chile en dirección a una nebulosa cercana a la Cruz del Sur. Más o menos a unos 600 años luz de nosotros, adonde, si todo va bien, llegarán en forma de onda de radio en el año 2622. Pero nadie los recibirá allí.

 

            Sinceramente, yo prefiero que vaya mal, al menos en parte, y que una cantidad importante de versos se precipiten sobre nuestras cabezas desde el espacio exterior. Esto es, que no solo haya nubes tenues alimentando la maraña del cielo, sino que buena parte de esa neblina esté formada por versos. Habría que inventar entonces un nuevo término para definir el fenómeno en los informativos del tiempo, decir por ejemplo que el cielo está lírico o que se prevén brumas de alejandrinos.

 

            No lloverá, porque la sequía se empeña en castigarnos, pero quién sabe, quizá esas nubes poéticas acaben por condensarse con un poco de humedad emocional y provoquen tormentas de metonimias o chubascos de aliteraciones. Seguramente, con eso no aliviaremos la sed de nuestros embalses ni el hambre de los regadíos, pero estoy seguro de que otro será sin duda el estado de ánimo de este terreno ofuscado y de sus habitantes al borde del estallido. Lo cantaba como nadie Pablo Guerrero, que también se retira: “que es tiempo de vivir y de soñar y de creer. / Tiene que llover a cántaros”.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 13 febrero 2022

domingo, 5 de diciembre de 2021

Puente

            Mucho hay para hablar y seguramente de interés. Sin embargo, hoy, 5 de diciembre, como en días previos, si algún tema centra las conversaciones es con toda seguridad el puente. En particular si vamos a viajar a algún lugar en estos días, lo cual es algo casi obligatorio si no se quiere parecer un radical, como se conoce ahora a quienes no se dejan llevar por la corriente (de puente a puente).

 

            No obstante, la polisemia escondida detrás de esa palabra nos permite derivar por otros meandros del pensamiento para dignificar ligeramente la frivolidad de su significado en estas fechas: desde tender puentes hasta los puentes de plata para los enemigos, sin olvidar la sentencia atribuida a Isaac Newton “construimos demasiados muros y no suficientes puentes”. En fin, no debe extrañarnos entonces que un pontífice sea un hacedor de puentes y que para sí se lo atribuyera en grado sumo la máxima autoridad de la iglesia católica, el sumo pontífice. No hay imagen más elocuente en los modernos gabinetes de publicidad.

 

            A pesar de ello, no son esos los derroteros por los que transita la comunicación en la actualidad. Si a un líder, de la naturaleza que sea, se le ocurriera denominarse de ese modo o apuntar levemente una intención tal, sería considerado de inmediato no sólo como radical sino como cursi. Aunque pocas palabras y pocas construcciones son tan hermosas como ésa. Por el contrario, lo que hoy se lleva es volar puentes y destripar al contrario, sobre todo en las redes antisociales, generar bronca y pescar en río revuelto sin necesidad de puente alguno para atravesarlo. Es tendencia, como se dice ahora.

 

            Lo opuesto a ese torbellino es lo que nos proporciona consuelo, lo que siempre es un bálsamo, lo más radical. Se llama literatura y a ella acudimos para sanar los males: “Cabe la puente de Aranda, / yo quería ser el Duero / por llevar mi corazón / al corazón de los pueblos”. Pues eso, un buen destino al menos para este puente y un buen propósito sin duda frente a lo insolidario.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 5 diciembre 2021

domingo, 5 de septiembre de 2021

Descartar

 

            Progresa adecuadamente un nuevo término a punto de ponerse de moda y de vaciarse de contenido: descartar (en sus diversas variantes). Iniciaron la carrera, para variar, los medios de comunicación con una coletilla que se repite inalterada cada vez que se habla de un suceso por lo general morboso: “la policía no descarta ninguna hipótesis”. Tomaron el testigo acto seguido los comentaristas deportivos para hablar de los “descartes en las alineaciones”. Y ahora ha llegado nada menos que el Papa para relacionar, nada menos también, la eutanasia y el aborto con “la cultura del descarte”. Todo tiene su sentido, por supuesto, pero acabará por no tenerlo. Al menos yo no lo descarto.

 

            Lo de Francisco, Bergoglio o Papa –toda una trinidad en su persona– tiene interés, no obstante, porque nos remite a un supuesto colectivo formado por las personas descartadas, nacidas o no, si bien en su discurso se refiere tan sólo a los “viejos”, a los “enfermos más terminales” y a “los chicos no queridos”. Los extremos de la vida y de la muerte siempre han sido objeto de atención para la Iglesia Católica y para sus pontífices todos, aunque no tanto el cogollo de la vida y de la muerte misma, donde en la mayor parte de casos reside precisamente la razón de ser de la eutanasia y del aborto. Por eso es interesante el término que acuña como “cultura del descarte”, si bien lo que habría que pedirle es que concretase un poco más el universo de los descartados en vida, si es que los hay y si es que reclaman también su consideración y la de la fe que él dirige.

 

            Porque, sin entrar en disputas teológicas que no vienen al caso, lo cierto es que las desigualdades terrenales de todo tipo son las que descartan a los seres humanos, así en Roma como en Texas, y no el cielo que nos tienen prometido. Esto es así no sólo por razón de vejez, enfermedad o no nacimiento, sino a causa del existir sin más. Del mal existir, debiera decirse. Es, por lo general, en ese terreno donde todas las religiones se descartan.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 5 septiembre 2021

domingo, 25 de abril de 2021

Clandestino


            La canción de Manu Chao, a pesar de lo bailable o precisamente por eso mismo, es el eslabón que enlaza la noción clásica de clandestinidad con la que hoy se impone en medio de las restricciones sanitarias y otras locuras de estos tiempos. O, mejor dicho, es un puente entre lo sustancial y la banalidad. El abismo que media entre lo uno y lo otro es un abismo histórico.

 

             Las palabras mueren a la par que sus significados se desdibujan o se corrompen. Hay grandes especialistas, los ha habido siempre, en el logocidio, aunque nunca como ahora fue un procedimiento tan institucionalizado. La vulgarización de las palabras, no sólo fonética, les permitía evolucionar para conformar nuevas realidades. Hoy, en cambio, no se produce ninguna evolución real porque todo es pura ficción menos el hambre. De ahí que por mucho que rebusquemos en el diccionario no encontraremos con facilidad una acepción que se acomode a la nueva clandestinidad: la de la fiesta, la del botellón, la de la borrachera y la del puro jolgorio evasivo. Qué van a saber estas gentes de la represión dura, de la persecución y de la ilegalidad obligatoria. Qué van a saber de los delitos de pensamiento, de las ideas acosadas o de la lucha por los derechos elementales. Su mundo es otro, ni peor ni mejor, y sus palabras nombran lo que conocen o les hacen conocer.

 

            Todavía hay entre nosotros quienes, sin papeles, se juegan la vida a diario, aunque ése es otro negociado. Los clandestinos de moda son quienes pintan graffitis en los vagones de los trenes, quienes se van de jarana porque les hierven más las hormonas que las neuronas y quienes llaman libertad al supremo egoísmo. ¡Qué gran devaluación del término! ¿No podrían los cronistas nombrarlo de otro modo? Tornan a no estar buenos los tiempos y el lenguaje lo sufre tanto como las personas, a veces porque se le desprecia, a veces porque se le manipula. No quedará más remedio que volver a leer poesía a escondidas, como hacíamos en el internado, y fumar en los retretes.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 25 abril 2021

domingo, 11 de abril de 2021

Copas

 


            A medio camino entre una y otra copa, de fútbol, confesaré que también yo fui espectador de la primera y lo seré de la segunda, las dos con el común denominador de animar al Athletic de Bilbao. Sufrí, pues, la derrota de hace ocho días y me repongo como puedo para la nueva final del 17 de abril.

 

            Con todo, lo que trae esas disputas deportivas a esta columna no es tanto el hecho en sí o la devoción del aficionado, sino un detalle aparentemente sin importancia que pudo observarse en la retransmisión televisiva del pasado día 3 de abril, con el que vuelve a ponerse de relieve la estupidez sin remisión en la que nos zambullimos una vez tras otra. Me refiero a la rotulación de eso que llaman videoarbitraje, más conocido como VAR (del inglés Video Assistant Referee). A la sigla parece que ya estamos acostumbrados, aunque desconozcamos su significado exacto.

 

            En dos ocasiones hubo de acudirse a esa tecnología a lo largo del partido y en ambas, más allá de la indicación ya familiar de que estaba interviniendo el tal VAR, se informaba para qué lo estaban haciendo en cada caso. Decían los rótulos: “Checking possible penalty handball” y “Checking red card – Denid of goal scoring opportunity”. Unos rótulos que permanecieron indelebles y bien visibles hasta que se resolvió cada una de las circunstancias sometidas a análisis. Unos rótulos que, como bien se puede comprender, estaban al alcance de cualquier espectador versado en la lengua inglesa, lo que a juicio de quien dirigía la retransmisión debía ser el caso del común de los espectadores. Unos rótulos que nos devuelven nuevamente al papanatismo, al complejo de inferioridad y al desprecio por el idioma propio, tan rústico él. Quien tecleó esos rótulos sabía por qué lo hacía y para qué lo hacía. Lo que sería bueno es conocer a quien contrató al rotulador y castigarlo a escribir cien veces esa letanía hasta detestarla.

 

            En fin, a pesar de todo nos queda el fútbol, que no requiere de tanta tontería, aunque también haberlas haylas.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 11 abril 2021

domingo, 10 de enero de 2021

Spleen

 

            Del emoji al confinamiento hay un abismo. El mismo que existe seguramente entre un 2019 corriente, dentro de lo que cabe, y un 2020 fuera de toda norma. La elección por parte de la Fundación del Español Urgente de esas dos palabras como las más representativas de uno y otro año, aparte de lo opinable que resulta toda selección, testimonia la distancia que media entre lo superficial y lo grave, entre la naturaleza frívola de un término carente de significación que decaerá a la misma velocidad con que evolucionan las tecnologías de la comunicación y la cualidad sustancial de otro que nos abruma por su expresión vital de la que nadie ha sido ajeno. Por eso mismo hay palabras de vida corta, aunque de éxito fácil, y otras que se instalan en nuestro ser como una marca indeleble (se decía para determinados sacramentos).

Pienso siempre en spleen, una expresión que arrasó en la pasarela de la moda lingüística del siglo XIX y que contagió al Romanticismo de melancolía o al revés, con Baudelaire a la cabeza. Se evaporó como se evaporan las enfermedades del alma, hasta que Francisco Umbral la revivió en la década de los ochenta del pasado siglo para nombrar así su colección de artículos publicados en El País, en ese caso con apellido local: “Spleen de Madrid”. ¡Cuánta melancolía por esas firmas se siente ahora en la lectura de la prensa! Umbral, Haro Tecglen, Vázquez Montalbán… No tanto porque el valor de quienes opinan hoy sea menor, sino por la autoridad que conferimos a aquellos que en tantas otras encrucijadas nos iluminaron. Por cierto, puestos a dejarse ir en brazos de la melancolía, por aquellos tiempos gobernaba la Comunidad de Madrid un tal Leguina y su Ayuntamiento un tal Tierno Galván.

¿No hay romanticismo ya?. Lo que no hay es melancolía sino incertidumbre. Y de aquello queda, sí, el narcisismo rampante y la banalidad general como síntesis, que convienen a quienes nos confinan. En el fondo, el confinamiento, bien mirado, es sólo abandono del viejo espíritu romántico.


Publicado en La Nueva Crónica, 10 enero 2021


domingo, 29 de noviembre de 2020

Bocinas

 

            Fácil es suponer que de voz proceda bocina, aunque no tanto es conocer que su original latino significaba trompeta. Sea como fuere, lo que en la actualidad entendemos por bocina es directamente el instrumento que en los vehículos emite señales acústicas. Los más finos lo llaman claxon, que en realidad es una marca cuyo origen se tomó del griego, donde venía a significar chillar o rugir. En fin, la distancia que se aprecia entre, por un lado, voz y trompeta y, por otro, chillido o rugido es la misma que puede existir entre una bocina y un claxon.

 

            Últimamente están de moda las manifestaciones amenizadas por el sonido de los cláxones (así de esdrújula es la cosa) y no tanto por el de las bocinas. También en esto hay clases y manifestantes. No es lo mismo, evidentemente, hacerlo a pinrel que bien acomodados en el asiento de un automóvil. Como no es lo mismo un sonido de origen eléctrico o mecánico que gritar una consigna a voz en grito o haciendo bocina, es decir, ayudándose con las manos alrededor de la boca para amplificar la voz. Los finos simplemente tocan el claxon, aunque en verdad no es nada fino. Al contrario, es un signo de barbarie acústica, que es muy probable que esté en consonancia con el esplendor intelectual de quienes presionan el volante para que el artilugio atruene a quienes pasean al lado. En tal caso, bien podríamos llamar pito al artefacto, esto es, tocar el pito, aunque seguramente no sea una expresión acorde con gentes tan estudiadas. Me van a perdonar, pero eso es lo que gusta a las criaturas menores cuando se suben a un tiovivo: tocar el pito.

 

            Como casi todo en la vida, una manifestación también es forma y la forma dice tanto como el contenido que la motiva. En el caso de las manifestaciones rodantes de los últimos tiempos, casi todo es forma ante la debilidad de argumentos, una especie de aquí estoy yo intercambiable para la educación, la patria o la mascarilla, tanto da. El caso es hacer ruido y agrandar el tremendismo, que es el ruido total.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 29 noviembre 2020

domingo, 8 de noviembre de 2020

Banderas

            Hablemos de otra cosa. De algo sin importancia. Del desprecio por el lenguaje, pongo por caso, que es asunto menor donde los haya.

 

            Resulta ahora que los medios de comunicación locales, todos los locales e incluso agencias, informaron unos días atrás de que el Parque de Quevedo de esta ciudad veía renovada su green flag gracias a su cuidado y biodiversidad. Esto escrito así en grandes titulares para que todos los aldeanos y aldeanas, notables angloparlantes, lo advirtieran de buenas a primeras sin mayor esfuerzo. Como cuando informan de que se han concedido no sé cuantos millones de banderas azules (no escriben blue flag en esos casos) a playas y otros charcos para el baño. Todo lleno de banderas y de flags, según se mire o se cuente.

 

            En fin, argumentarán que en el caso que nos ocupa la fórmula deriva de los llamados Green Flag Award, un galardón internacional concedido, curiosamente, por la Asociación Española de Parques y Jardines Públicos, que tampoco se llama así del todo, sino AEPJP, porque también les gustan las siglas como a los periódicos. Por eso lo del inglés. En cambio, lo de las banderas azules es otro galardón que no es de aquí, las concede la Fundación Europea de Educación Ambiental junto a otros organismos del viejo continente, de donde sí cabría esperar el inglés. Pero no, quizá a causa del brexit; o al menos de un brexit preventivo, pues se vienen otorgando desde 1985, cuando la Primera Ministra del Reino Unido era Margaret Thatcher y no Boris Johnson. Un lío.

 

            Es lo que tienen las banderas, que es fácil enredarse en ellas o con ellas. Y es lo que tiene así mismo la tontería hispana, que llama awards a los premios no se sabe bien si para combatir el complejo de inferioridad o para ensanchar su megalomanía pueril. Tanto da, el caso es perseverar en el maltrato que concedemos a la lengua propia, para el cual no hay límites ni estado de alarma ni confinamientos mentales. No llega a la categoría de pandemia, pero ahí andamos. Pronto migraremos al mandarín.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 8 noviembre 2020