Blog de Ignacio Fernández

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lunes, 15 de agosto de 2016

Gatos o liebres

     Gatos y liebres se confunden desde antiguo en la literatura gastronómica de acuerdo con la necesidad o con el engaño. Se confunden y son confundidos, tal es su semejanza una vez desollados los bichos y más aún en adobo. Incluso cuentan que no hay forma de distinguirlos si se preparan con arroz.

     Lo cierto es que este trueque culinario nos ha acompañado a lo largo de la historia, desde que era muestra de picardía en hosterías y ventas hasta que se convirtió en recurso contra el hambre en tiempos de posguerra. Así hasta aterrizar en el vocabulario popular como un dicho que significa engaño, en particular cuando se da algo muy diferente a lo solicitado o prometido, normalmente de bastante peor condición. Y el resultado final de todo ese guiso, tamizado por las costumbres y los vicios de la tribu, es que en la actualidad se llevan los gatos mucho más que las liebres, tal y como corresponde a una época sucedánea.

     La diferencia, no obstante, reside hoy en que, junto a la picardía y a la necesidad, se añaden a las causas de la mentira numerosas otras fuentes que hacen de la adulteración moneda común se mire donde se mire. Sobre la picardía, llamada hoy directamente corrupción, poco hay que explicar. Tampoco sobre la necesidad que obliga al embuste, llamado hoy economía sumergida o informal. De todo ello soportamos un cansino discurrir en la vida cotidiana y en las noticias corrientes.

     Pero en otro orden de cosas, la mayor estafa que nos han vendido y con la que nos han engañado sutilmente durante las décadas de la llamada modernidad es la presumida movilidad social e igualdad de oportunidades. No existe tal conquista, sino puro simulacro. Sépase, mediante un ejemplo histórico y ligeramente alejado para no herir susceptibilidades, que las familias más ricas de la ciudad de Florencia son ahora las mismas que hace seiscientos años, según lo atestigua un estudio de dos investigadores del Banco de Italia titulado “¿Cuál es tu apellido? La movilidad intergeneracional en los últimos seis siglos”. Pues bien, según esto, cabe preguntarse, por si alguien lo quisiera investigar, qué ocurre en nuestro país, y una mínima observación nos mostraría que quienes ocupan hoy el poder, salvo advenedizos, son los descendientes de las mismas familias que nos gobernaron en la etapa no democrática anterior, así en lo político como en lo económico. Quizá en ello resida también, se nos ocurre, alguna explicación sobre por qué la derecha española sólo sabe gobernar con mayoría férrea y se hace acreedora del desprecio de aquellos que ella misma menosprecia: lo lleva en los genes.

     En otros términos mucho más próximos, genéticos y propensos al fraude son así mismo los males endémicos del mercado laboral español, siempre caracterizado, independientemente de que haya crisis o no, por altas tasas de desempleo, excesiva temporalidad, brechas de desigualdad y notable siniestralidad laboral. Estos males no pasarán, salvo que se produzca una revolución en el modelo que no se espera. De hecho, se han acentuado aún más con la crisis y tienden a la perennidad. De tal manera que, cuando hablamos del trabajo, es muy conveniente saber lo que es gato y lo que es liebre, y no vender magnitudes desnudas como si todo fuera lo mismo. Una buena Ministra de Empleo debería explicar estos pormenores para, acto seguido, poder actuar sobre ellos en lugar de ignorarlos con retóricas ufanas. Lo mismo que debería advertirnos de que un nuevo gato salvaje nos acecha: la digitalización. De ello se derivarán, se derivan ya, nuevos desempleos y nuevos empleos insospechados, exigencias de formación a la que no alcanzarán nuestros parados y paradas sin cualificación, jornadas laborales anywhere y anytime, sociedades bipolares que distancien todavía más el talento de los llamados commodities y, en fin, novedosos conceptos de empleados y empleadores.

     Nunca fue tan necesario, pues, a pesar de lo que se lleva, distinguir entre gatos y liebres. En esta materia última y en tantas otras, sobre todo en un mundo donde predomina la mojama y la conserva y donde muchos medios, desde los tradicionales hasta la internet toda, resultan tan útiles en la cazuela como el arroz. Observen el entorno inmediato y pregúntense qué fue el golpe de estado en Turquía, ¿lepórido o felino?; qué los pokemon o el cielo que nos tienen prometido; qué fueron las armas de destrucción masiva o qué tipo de animal se esconde tras el montaje comercial de los Juegos Olímpicos; si son gatos o liebres los cortejos de gobierno, los bazares chinos o el último modelo puesto en el mercado por la firma Volkswagen. En fin, lo decía doña María Zambrano: “el corazón del hombre necesita creer algo y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer”.
Publicado en Diario de León, 14 agosto 2016

martes, 12 de abril de 2016

Lengua e imperio

     Cuando se visita la localidad leonesa de Valencia de Don Juan, es fácil reconocer en ella los rasgos típicos de una mediana población rural, con cierto afán industrial y comercial y que ejerce, además, como cabecera de comarca. Entre ellos, a nadie extraña, mientras pasea por sus calles, toparse con carteles y letreros del siguiente tipo: “Now Academy”, “Paradise Home”, “Outlet. Restos de stock”… Tampoco sorprenderá, claro, observar cómo, a orillas del Esla, algún aficionado a eso del running se detiene para enviar un whatsapp o un tuit, justo antes de abrevar en un bar de la zona, donde los parroquianos escuchan e incluso tararean estribillos como estos: “Don't call my name, / Don't call my name, Alejandro / I'm not your babe, / I'm not your babe, Fernando” o “Rama la din don / Rama lama din din don / Rama lama lama lama lama din don”. En fin, rasgos típicos, decimos, de una población rural leonesa a estas alturas de la historia.

     Sin embargo, su Alcalde, y por si fuera poco también Presidente de la Diputación Provincial, se mostró molesto hace unas semanas cuando visitó el Senado español, adonde había acudido para asistir a un debate sobre diputaciones. Tanto es así que a su regreso declaró: “Cada uno habla el idioma que le da la gana”. Y acto seguido calificó las intervenciones de los senadores como “bochornosas y lamentables”, pues le pareció “vergonzoso” que se utilizaran las distintas lenguas oficiales del Estado en una cámara que, por otra parte, califican como territorial.

     En fin, aparte de la evidencia cotidiana de que hay lenguas bien vistas y lenguas mal vistas, lo que el citado Alcalde nos enseñan es que son muchos todavía los que valoran la realidad en clave imperial, nacionalista se dice ahora, como si continuásemos instalados en aquellos siglos gloriosos que llevaron a Antonio Nebrija a escribir en el prólogo de su Gramática de la Lengua Castellana: "que siempre la lengua fue compañera del Imperio, y de tal manera lo siguió, que juntamente comenzaron, crecieron y florecieron, y después junta va a ser la caída de entrambos". Esto último es especialmente importante: el batacazo de la lengua, no tanto porque malamente conviva con otras lenguas romances o no en esta península, sino porque otro imperio y otra lengua acompañándole han acabado imponiendo su norma y su costumbre con total naturalidad, tal y como se puede apreciar con sólo pasear por el municipio que gobierna este señor tan lingüísticamente indignado.

     Aunque otra explicación posible de ese enojo y de otros parecidos en nuestro entorno es el simple desconocimiento: desdeñar las lenguas como herramientas de comunicación y convertirlas en banderas, en fronteras, en armas arrojadizas, en enfermedad o en ofensa. Así sucede de un modo más que habitual y no sólo en las riberas del Esla. Las razones últimas de tal proceder las explica como nadie el filólogo e historiador Francisco Rico: “No sé si en las escuelas se presta la atención adecuada a las lenguas de todas las naciones que conviven en cada una de las regiones españolas. Es diáfano en cambio que el Estado no ha sabido asumir y favorecer su conocimiento. Sería un despropósito que un parlamento no privilegiara el empleo del idioma común. Pero esa evidencia utilitaria no quita que haya muchos otros caminos para promover nuestra multiplicidad lingüística”.

     Ese déficit del Estado resulta más que evidente en la nula pedagogía ejercida por sus representantes, desde muchos miembros de los diferentes gobiernos hasta numerosos presidentes de Diputación o concejales. Convendría que midieran un poco más sus palabras o que se concediesen a sí mismos un mayor grado de educación. Con ello ganaríamos todos en lo que hace al respeto entre diferentes que al cabo son iguales. A continuación, no estaría nada mal favorecer el conocimiento de nuestras lenguas como se hace con otras aparentemente más prestigiadas. Por ejemplo, motivando su estudio más allá de sus contornos naturales, reservando frecuencias en el espacio digital para que todos tengamos acceso a las cadenas autonómicas o animando de un modo decidido el intercambio cultural y lingüístico entre las naciones a las que se refiere Rico. En suma, hacérnoslas familiares. Advertiría entonces el señor Majo y otros como él que la comprensión es relativamente sencilla si se está libre de prejuicios y de afanes imperiales, aunque exija un esfuerzo, como lo exige de hecho todo crecimiento en nuestro saber. Conseguiríamos así que, junto a las canciones de Lady Gaga y de Rocky Sharpe, nuestro vecindario tararee con absoluta naturalidad melodías de Manel, de Gatibu o de Antón Reixa, por ejemplo. Estaríamos entonces ante un acontecimiento verdaderamente revolucionario para la convivencia en este Estado o lo que sea.

Publicado en Diario de León, 10 mayo 2016


martes, 22 de diciembre de 2015

Más polvo que paja

     Conviene comparar las emociones que vivimos los habitantes de la vieja Europa durante el pasado verano a causa de la crisis de los refugiados con la actualidad hostil de este fin de año. Entonces hubo manifestaciones, amplios gestos de solidaridad general, brazos abiertos… y hasta Angela Merkel pareció una madre coraje. Hoy, si repasamos solo los titulares de un diario nacional aparecidos en los primeros días del mes de diciembre, encontraremos la siguiente retahíla penosa: la UE ofrece más dinero a África para que contenga la inmigración; el sueño europeo se ha desvanecido; Eslovenia empieza a construir barreras en la frontera con Croacia; miles de personas quedan varadas en la frontera entre Macedonia y Grecia; la ONU alerta de la falta de atención a la salud de las refugiadas; la UE plantea ampliar a dos años los controles en sus fronteras interiores; Turquía detiene a 1.400 migrantes tras la firma del acuerdo con la UE. Y así sucesivamente.

     Cabe preguntarse, pues, por lo que ha ocurrido en ese tránsito temporal para que el paisaje humano se haya modificado de un modo tan notable y, seguramente, todos podremos enunciar algunas claves de dicho cambio: que si el terrorismo, que si la avalancha, que si la limitada capacidad de acogida, que si el control de las fronteras… Lo que sea, sobrarán razones para explicar lo sucedido cuando ya alguien había decidido convertir una tragedia humana en una parodia al estilo de lo que filmó Luis García Berlanga en su película Plácido allá por 1961: donde entonces se trataba de sentar un pobre en la mesa navideña, todos quisimos ahora compartir nuestra vida con un sirio. Digo sirios porque ésa fue la primera criba que propusieron los poderes para ordenar el tráfico de masas, no valía cualquier cosa y mucho menos si se trataba de un migrante normal y corriente, sin pedigrí y sin carga bélica para lavar nuestras conciencias. Aunque al final ni sirios.

     Por eso, de un modo berlanguiano, podríamos concluir que el resultado de la catástrofe ha producido mucho más polvo que paja y, desde luego, mucho más que grano, aludiendo a la expresión referida a la tarea de aventar el cereal y trillarlo en la era. Se separaba entonces el grano –lo útil, lo valioso- de la paja –lo inútil, lo superficial- y el polvo era el acompañante incómodo de esa labor. Nosotros, los europeos y europeas, nos hemos perdido una vez más en el polvo y nos hemos quedado tan anchos mientras el drama continúa bien alejado, intencionadamente alejado, del primer plano.

     Pero he aquí que otras noticias simultáneas deberían movernos de nuevo a la reflexión. Por ejemplo, la que nos advierte de que España ha batido el récord en emigración desde el inicio de la crisis a pesar de la supuesta recuperación económica: en el primer semestre de este año más de 50.000 españoles y españolas se han ido al extranjero, un 30% más que en 2014. Y es que todos en cierta manera somos refugiados en busca de algún refugio, no importa si las guerras que nos llevan y nos traen son de naturaleza armada o financiera, si los movimientos se producen por represión política o por asfixia climática, si somos hijos o hijas de la miseria o de la locura. Lo que está claro es que somos, todos, mucho más que polvo y mucho más que paja, que es el máximo valor que la Unión Europea ha concedido a los refugiados y a los migrantes, tanto da.

     Sea como fuere, lo mismo que la ciudadanía se situó por delante de los estados hace meses, así acaba de ocurrir ahora con la representación sindical, patronal y de otras organizaciones civiles que forman parte del Comité Económico y Social Europeo (CESE) que acaba de superar también a los gobiernos. En su seno y con enorme mayoría se ha llevado a cabo otra importante labor de trilla en cuanto a qué se debe considerar país de origen seguro para otorgar el status de refugiado. Y se dice en el dictamen que, entre otros criterios, deberá garantizarse en ellos el pleno respeto de todos los Derechos Humanos, incluidos el respeto y la protección a la igualdad de género, de los colectivos LGTBI y de las minoría étnicas o culturales. Es dudoso, por tanto, que se puedan considerar seguros, tal y como pretende la Comisión Europea, países como Kosovo, Albania, Turquía, Serbia, Bosnia, Montenegro y Macedonia  El CESE aprobó también a mediados de este mes una resolución sobre la crisis de los refugiados en la que se vuelve a defender la necesidad de cumplir la legislación internacional que obliga a la acogida y de adoptar urgentemente una posición común de la UE que incluya la redistribución de los refugiados por países.

     Son noticias de interés sobre un asunto que no debe ni puede perder actualidad, a pesar de que ya no llame la atención de los medios de comunicación. Y son tareas destacables que nos acercan mucho más al grano que a la paja y al polvo con los que se envolvió la crisis y se le permitió luego diluirse a medida que fueron progresando posiciones profundamente reaccionarias, cuando no xenófobas o racistas, en el ánimo de los gobiernos.

Publicado en Diario de León, 22 diciembre 2015

martes, 10 de noviembre de 2015

Perder el Norte


            Lo que siempre fue el Norte hoy se llama el Tropical. Nada es inmutable, desde luego, y mucho menos los bares, que no obstante han sido a lo largo de décadas una seña de  identidad ciudadana más que importante. Desde tiempos remotos, a la orilla del hoy desparecido paso a nivel del Crucero, se situaba un típico bar de barrio con solera, con humo y con partidas en la sobremesa. Se llamaba el Norte, quizá por la cercanía ferroviaria que hacia el norte cardinal orientaba sus raíles, del mismo modo que hay todavía un bar Ferroviario y otras referencias cercanas de ese estilo que tienden a la desaparición. En el caso que nos ocupa, se perdió primero la solera a la par que las costumbres han ido transformándose; luego le llegó el turno al humo, hace ahora una década, como consecuencia de leyes y de otros hábitos dicen que saludables; finalmente, no se sabe si fruto de todo lo anterior o porque sencillamente la gente se muere y es sustituida por otra gente, huyeron los naipes, las fichas de dominó y la algarabía que les servía de envoltorio. El bar languideció, como languideció el barrio todo y su identidad obrera tradicional. Ahora, después de varios episodios fracasados que mantuvieron su raíz a base de tapas de callos y cafés bien hechos, el local se ha actualizado definitivamente: ha pasado a llamarse el Tropical y a ser habitado casi en exclusiva por inmigrantes latinos con sus nuevas maneras a cuestas, sus ruidos, sus aromas, sus ritmos y sus sentimientos. Es otra identidad, como es otra, ya digo, la del entorno entero. Y otros son los tiempos.


     Porque en eso de perder el norte, el rumbo, la brújula, el oremus o la tramontana, que tanto da, tiene mucho que ver la idea de identidad mal entendida. Románticamente entendida podríamos decir, en lugar de hacerlo con lógica o con propiedad, que al cabo es lo que indica el dicho: apartarse del comportamiento considerado lógico. Sí, la estrella polar que indicaba el norte y que buscaban los antiguos marineros para orientarse sigue ahí, en la cola de la Osa Mayor, pero a nadie se le ocurriría en la actualidad acudir a ese procedimiento. El rumbo, bien lo sabemos, lo indican hoy las cartas náuticas y todos los instrumentos que las apoyan, pero sobre todo el radar, el GPS y otros sistemas electrónicos. Podemos sentir nostalgia del pasado y novelarlo, pero da igual: sin haber desaparecido del todo, por supuesto, la identidad del concepto navegación no puede ser ya la misma.

     Algo así sucede, está sucediendo, con las identidades nacionales. Por más que argumentemos con la lengua (una realidad más que evidente), con la bandera (sometida al efecto de la polilla y otras personalizaciones de lo simbólico) y con la historia (muy manipulable), el resultado acaba remitiendo necesariamente al sentimiento, es decir, a lo que no es lógica ni razón, y en ese caso la posibilidad de perder el norte es inmediata. Tanto monta el norte global español como el norte desconectado catalán. Y por eso mismo resulta tan difícil construir de un modo artificial nuevas identidades regionales, como ocurre en el caso de Castilla y León, porque sin sentimiento no hay lógica ni razón que valgan.

     Ahora bien, ni se gobiernan los sentimientos, pues nunca el romanticismo se sometió ni a dueño ni a señor y por eso mismo llama a la desobediencia de las leyes, ni los gobiernos pueden ser sentimentales sin más. No. Puesto que mutamos, y en este siglo a mayor velocidad que en ningún otro momento histórico anterior, lo que nos permite construir país, región, barrio o lo que sea es el acuerdo, es decir, la política, cuya ausencia ha resultado atroz en el proceso independentista, así en el lado de los unos como en el de los otros. Es el ejercicio de la política, con lógica y razón, lo que asegura la evolución de los pueblos, de las regiones, de las naciones o de lo que convengamos; a través de ella se anticipan los cambios y se actúa sobre ellos para resolver el conflicto de intereses; y con su intervención, en fin, se hace frente a la necesaria evolución de la identidad individual o colectiva, que es un proceso obligatoriamente cambiante, obligatoriamente sometido al diálogo y al pacto. Si no se asume esto, mejor apagar la luz y volver sobre la estrella polar o al siglo XIX como están haciendo muchos.

     Es la política, en suma, la que permitirá que convivan la memoria del Norte con la actualidad del Tropical y que lo hagan con salud en un mestizaje que ya forma parte indeleble de nuestro ser. Sur y norte van y vienen por esas cartas de navegación, se mezclan pero no se confunden, se alían para progresar y se respetan. Lo demás, por no ser más crudos, es barbarie y sentimentalismo trasnochado.
Publicado en Diario de León, 10 noviembre 2015

martes, 18 de agosto de 2015

Pan y vino

     Pocos referentes se nos presentan tan cargados de valor simbólico como esta pareja. Tanto da que se trate del título de una película con niño protagonista que una liturgia religiosa, el pan y el vino se acomodan a casi todo. No en vano, María Moliner recoge en su diccionario, aparte de innumerables especificaciones de cada término, hasta veintiséis locuciones para el primero y media docena para el segundo. Pues bien, uno de esos dichos nos parece más que oportuno así para los tiempos electorales en que andamos zambullidos como para el tratamiento de alguno de los asuntos que en ese trance se soban y sobarán sin descanso.

     Decimos al pan, pan y al vino, vino cuando pretendemos hablar claramente, sin rodeos, aunque lo que se diga resulte fuerte o negativo para alguien. En suma, cuando queremos llamar a las cosas por su nombre, sin disimulos y sin tapujos. Más o menos lo contrario de lo que define al lenguaje electoral corriente y cansino con que son azotados los electores sin piedad. No todo el lenguaje electoral, claro, pero sí una gran parte de él. Incluso hasta cuando se pretende vender un producto de dudoso gusto, donde lo normal es rizar el rizo, tal y como hemos observado por ejemplo con el candidato del PP en las elecciones catalanas. Es curioso que se le presente como la encarnación de la campechanía y que sea elogiado por su sinceridad y por decir las cosas claras. Es curioso porque en lo único en lo que se ha expresado con precisión ha sido en su actitud hostil frente al mundo de la inmigración, pero no así en otras materias, donde el suyo no es un lenguaje diferente al del resto de sus correligionarios. Dudoso blasón, pues.

     Estos correligionarios, como otros de diferente fe, colocan el empleo entre sus prioridades y lo hacen en general con la mayor de las imprecisiones, a lo bruto, como si semejante devoción no obligase a ritos concretos, a enunciados precisos, a sermones menos solemnes y más realistas. Con pedagogía y sin truco.

     Citemos el caso del Alcalde de León, tan exquisito con la imagen como impreciso con las palabras. Con motivo de la presentación de un informe sobre la actividad económica elaborado por el ILDEFE, concedió una ceremoniosa rueda de prensa para destacar que el empleo y el crecimiento mejoraron durante el último año en la ciudad de León y en su alfoz. Menos mal que mejoraron, pensaremos, aunque no se nos explique a costa de qué o de quién ni se valore el antes y el después de ese dato. El informe, o lo contado sobre el informe, se limita a realizar un corte sincrónico sin cruzar su medida con otro eje temporal dinámico que nos descubra toda la realidad. Lo que veríamos en ese nuevo y más ajustado dibujo es que León, la provincia y la capital sobre todo, ha perdido desde 2007 la mitad de su población activa de entre 16 y 19 años.

     Esa sí es una información relevante para entender el presente y aventurar el futuro. Una información confirmada además por la última Encuesta de Población Activa, que nos dice que más de un tercio de la reducción del desempleo no se debe a que toda esa gente haya encontrado empleo, sino que una buena parte ha dejado de buscarlo; por la edad, por desánimo o por la elevada emigración, tanto al extranjero como a otras comunidades autónomas. Es decir, que la población activa ha experimentado un gran cambio en su composición por edades a lo largo de estos últimos años, lo cual también hay que contarlo. Si consideramos el periodo de crisis, en Castilla y León el número de personas activas de 16 a 34 años ha descendido desde el segundo trimestre de 2007 hasta el segundo trimestre de 2015: en un 50% los de 16 a 19 años, en un 40,9% los de 20 a 24 años y en un 24,5% los de 25 a 34 años. Por el contrario las personas activas de más de 35 años han aumentado en ese mismo periodo, de tal manera que se ha producido un progresivo envejecimiento de la población en actitud y disposición de trabajar. Esto es en definitiva lo que hay que explicar si queremos llamar al pan, pan y al vino, vino.

     Y este panorama no mejorará, ni mucho menos, con los gastrobares que se anuncian para la vieja estación del ferrocarril (¡hay que ver el cielo que le tenían prometido!). ¿De verdad que el Ministerio de Fomento, el Ayuntamiento o quien sea no tienen mejores ocurrencias que ésa para un aprovechamiento productivo de ese espacio abandonado? ¿Es que sólo la hostelería y el turismo son el cielo que a nosotros nos prometen y con lo que van a rescatar a toda esa población que se nos ha ido? ¿Acaso desconocen que si la población decrece y la oferta crece, los primeros perjudicados serán los pequeños emprendedores locales a los que dicen mimar, tal y como sucede con el comercio y las grandes superficies? ¿Son los sueldos de la hostelería un ingreso tan suculento como para confiar en que contaremos con legiones de gourmets o hablamos de instalaciones de élite y para élites?

     En fin, es lo que señalábamos al principio: el pan y el vino valen para casi todo. Menos mal que no nos condenan a pan y agua, aunque con esas ideas todo llegará. Más vale que las cosas estén claras y el chocolate espeso.

Publicado en Diario de León, 18 agosto 2015

martes, 21 de julio de 2015

8 y 80

     Confundir ocho con ochenta no es poca confusión, aunque sea una equivocación que se lleve mucho en estos tiempos. Tanto que nos indica hasta dónde se extiende la peste verbal o hasta dónde llega la ignorancia o el atrevimiento, que vienen a ser casi semejantes. Porque el dicho en sí remite a una o más cosas que alguien equipara al parecerle como sin importancia, por más que el propio Diccionario Usual de la Academia advierta de que “no deberían ser indiferentes”.

     Así que para más precisión nada como las ciencias. Dice el paleontólogo Marc Furió, y dice bien, que “esta expresión hace referencia a aquellos que no se molestan en discernir entre diferentes órdenes de magnitud, bien sea porque tal aproximación no afecta significativamente al resultado de sus cuentas, bien sea como inevitable resultado de un trastorno de acalculia severa”. Por ejemplo, sin apartarnos de la sombra de Furió, hay quien confunde la Paleontología con la Arqueología.

     El lenguaje y las costumbres políticas, así como todo el entorno comunicativo que nos contagia fácilmente, tienden de por sí a la hipérbole, sobre todo en épocas electorales, lo cual no es más que el principio para desembocar en el tanto da sin mayor rubor. De hecho, hemos asistido a lo largo de los últimos meses a un sinfín de ejemplos que lo atestiguan: las tomas de posesión en municipios y regiones con fórmulas de lo más variopinto, con símbolos religiosos yendo y viniendo, con vestimentas y aderezos más que opinables, con invocaciones pintorescas, con rechazo de bandas e insignias e incluso con ausencias lamentables y nada justificadas. Son sólo formas, es verdad, que en nada cuestionan los contenidos, pero también deberíamos reconocer que en muchas expresiones, como sucede en la poesía, somos pura forma. No nos extrañe, pues, todo el guirigay por los pitos al himno, a Casillas, a Piqué, a lo que sea… Ni los escándalos por unos tuits estúpidos y otras demostraciones de virginidad junto a la obsesión por el delito en el caso de los biempensantes. Ni, por supuesto, el atrevimiento de quien se declara dispuesta a incumplir la ley y aplica una didáctica más que peligrosa. Ni, en fin, que el Presidente boliviano le regale al Papa un crucifijo con forma de hoz y martillo. Todo vale, da igual ocho que ochenta, porque a la postre dos tópicos lo explican y justifican todo: las líneas rojas y los cheques en blanco. A ese juego de colores y poco más se limita habitualmente el discurso político.

Necrópolis de Pintia (Valladolid)
     Lo volveremos a ver muy pronto puesto que vivimos en campaña electoral permanente. Y habrá materias sobre las que se hablará sin importar una vez más si son Arqueología o Paleontología. El empleo, sin ir más lejos, que con toda seguridad se convertirá en comodín multiusos. Me refiero al empleo de cartón piedra, porque de otro ya no hay. Cuentan las estadísticas oficiales que la provincia leonesa ha conocido en el último año un descenso en las cifras de paro registrado espectaculares, pero nada nuevo se observa a nuestro alrededor que nos confirme adónde ha ido a parar toda esa mano de obra al parecer recuperada para la vida activa, ni una gran instalación industrial, ni una gran obra, ni un proyecto laboral de envergadura. Por eso, ¿qué quiere decir exactamente el Ministro de Guindos cuando afirma que el Gobierno prevé 600.000 nuevos empleos durante este año? Nadie lo dude: estamos ante la consumación del disparate al presentar como sano lo enfermo y como luz el rescoldo de lo que fue. No en vano, España junto a Grecia lideran el empleo parcial por no haber otra opción, lo cual lo explica como nadie el Presidente Rajoy haciendo gala de su maestría en el cálculo: “algunos ciudadanos prefieren trabajar a tiempo parcial porque estos contratos resuelven muchas cosas”. No está mal el arte del simple, sobre todo cuando son casi dos millones de trabajadores en España los que declaran no conseguir de ningún modo un contrato a tiempo completo (un 64’6% de los demandantes de trabajo).

     Ocho u ochenta en el caso del empleo no es sólo cuestión de cifras absolutas. Hace falta a la par entrar en consideraciones más cualitativas porque no debiera valernos cualquier tipo de relación laboral ni cualquier tipo de trabajo. A lo largo de los años de lo que llaman crisis –esa gran estafa- nada se ha hecho en verdad, salvo iniciativas aisladas de muy pequeñas empresas, para cambiar el panorama productivo. La provincia de León es en eso mucho más que elocuente. Por lo tanto, junto a lo parcial hay que tener en cuenta que no hacemos si no repetir el modelo eterno y frágil de escaso valor añadido, que volverá a caer de nuevo al más mínimo vaivén incontrolado de eso que dicen macroeconomía. En suma, no son estampas por las que podamos presumir con la alegría con la que se expresan ciertos responsables políticos de aquí y de allá. A no ser que prevean, y eso sí lo tengan bien calculado, que muy pronto lo del empleo digno y en condiciones se convierta en asunto de estudio no para arqueólogos, sino para paleontólogos, que queda un poco más a desmano en la evolución del ser humano. Tiempo al tiempo.
Publicado en Diario de León, 26 julio 2015

jueves, 5 de febrero de 2015

Las obras y las razones


     Desde que Lope de Vega en La Dorotea y Baltasar Gracián en El Criticón, ambos allá por el siglo XVII, señalaron como moraleja el refrán “obras son amores, que no buenas razones”, a pocos se les escapa que lo que realmente cuenta son las acciones, no las palabras. Sin embargo, no todo el mundo se rige por ese principio y menos aún en tiempos electorales como los que se avecinan, donde la confusión será norma y obras y razones formarán una amalgama borrosa que más vale que deslindemos con cuidado. Veamos algunas muestras para empezar.

     El pasado 9 de diciembre, la Ministra Fátima Báñez compareció en el Congreso para dar cuenta de una información de la Inspección de Trabajo sobre las horas extras en nuestro país el año pasado. Independientemente de su legalidad o no, donde no entró la Ministra, conviene saber que del total de horas extras realizadas en España en el año 2008 no fueron remuneradas a quienes las trabajaron el 37’9%. En 2009 no lo fueron el 42’3%. El 44’6% en 2010. El 46’6% en 2011. En 2012 aumentó la tasa de horas no pagadas al 57’2%. Y fueron más en 2013: el 59’3%. Y ya el colmo confesado en sede parlamentaria: al final del tercer trimestre del año 2014, el 60’6%. Nada se dijo del porqué de este incremento constante y escandaloso, aunque nadie discute que las empresas abusadoras asumen sin más las sanciones, 6.251 euros como máximo sin importar el número total de horas o de trabajadores estafados. En las Cortes y en el Ministerio sólo hubo palabras, nada más, es lo que tiene la fe desmedida en la flexibilidad. Y la Inspección de Trabajo continúa sin tener  una campaña específica sobre horas extras, es decir, obras, limitándose en exclusiva a responder a las denuncias concretas de personas o sindicatos.

     Muchas de esas horas extra, sin duda, tuvieron sede en la provincia de León. Pues bien, a ese trabajo gratis, que debería contribuir en verdad a aliviar el desempleo, se añade en nuestro caso un panorama salarial desolador. Ha sido la Agencia Tributaria en un informe de 2014 quien nos lo ha advertido. Resulta de él que en torno a un 20% recibió un sueldo menor a la mitad del salario mínimo (SMI), es decir, cobraron menos de 323 € casi 33.000 personas en nuestra provincia. Aproximadamente, otras 20.000 se movieron en el umbral del SMI, que sumadas a las anteriores son algo más del 31 % del total. Y, por no entrar en excesivos detalles, el 44’3 % de trabajadores y trabajadoras en León dispusieron de un salario en 2014 que no superó dos veces el SMI, esto es, 1.290 euros mensuales. También éstos son hechos, obras, resultantes de una legislación laboral, razones, que ha convertido el mercado en un bazar chino o similar. Es un zoco donde los mercaderes trafican en realidad con seres humanos en pos, dicen, de la competitividad sin importar a qué precio. O sí, porque al cabo el precio, el salario, es uno de los principales obstáculos para que en la provincia avance mínimamente la negociación colectiva. De tal manera que a unos precios a la baja se suma una ausencia de regulación, conformando un paisaje idóneo para buitres y otras especies depredadoras que campan a sus anchas.

     En consecuencia, se entiende bien el éxodo, otra obra excelsa de las políticas sobre el territorio. Cuentan las estadísticas del INE que la provincia de León ha perdido población de un modo incesante a lo largo del periodo de la crisis (también antes, evidentemente, existía esa tendencia), de tal manera que, desde 2008, 15.506 personas han desaparecido de sus cifras en el contorno provincial. Sea por razones vegetativas o por pura migración, lo cierto es que ese caudal es dudosamente recuperable y constituye otro lastre monumental, quizá el más importante, para que algún día este espacio vuelva a tener aliento. Por el contrario, lo que ocurre además con esa pérdida, lo mismo que con las horas extra fantasma, es que la provincia ajusta el número de afiliados a la Seguridad Social con el de asalariados cotizantes, convirtiendo el balance final en insostenible. Obsérvense las siguientes cifras del pasado mes de octubre: frente a las150.871 personas de alta en el sistema existen 142.607 que reciben algún tipo de pensión. Bastaría añadir los subsidiados para rematar el empate.

     En fin, allá por 2012, en medio de uno de los peores años del cataclismo, ya escribíamos aquí al hilo del mismo antiguo refrán, aunque entonces enfrentábamos obras con amores. Ahora, en pleno año del espejismo, poco ha cambiado en el mapa, aunque evitemos el sentimentalismo y confrontemos sencillamente obras con razones para un mejor entendimiento. Vendrán pronto discursos y arengas que maquillarán cuanto aquí se ha enunciado, pero la exposición de estas obras a través de los datos no soporta contestación. Algunas de las razones de por qué ocurre esto las sabemos bien. Sólo resta actuar en consecuencia y, verdaderamente, las citas electorales son un desafío capital para tener muy en cuenta la moraleja de Lope y de Gracián. Quizá su lectura podría ser el primer paso para cambiar de políticas.
Publicado en Diario de León, 8 febrero 2015