Blog de Ignacio Fernández

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miércoles, 13 de mayo de 2015

McLean / Madonna


     Y al final del camino, un último puente que enlaza dos orillas bien alejadas. Como sucede con toda la arquitectura de las versiones, insospechados son casi siempre los resultados, pero jugosos al cabo si el trabajo, como el de los artesanos, se ejecuta con mimo y con respeto. Es otra de las virtudes de este ejercicio, la última de la serie: promover encuentros y reencuentros que nos nutren y nutren la historia de la música.

     Porque la producción es mucha y el vértigo de los tiempos actuales, disparado. Por lo general, los medios siguen la respiración de la actualidad y las exigencias del comercio, de tal forma que tienden a ser olvidadizos casi por necesidad y relegan por sistema todo lo que huela a antiguo. A saber qué entienden algunos por antiguo. El caso es que con este frenesí se hurta a las nuevas generaciones todo un acervo musical inmenso, que ignoran o que se ven obligados a rastrear por sus propios medios. En cualquier caso, la inmensa mayoría no recibe ese legado con facilidad. A no ser, claro, que el caudal de las versiones rescate alguna muestra y le devuelva actualidad para consumo y conocimiento del mundo mundial. Ésa es una de las virtudes arriba mencionadas y que completa todo el compendio de cualidades que hemos explicado, esperamos que con satisfacción, en esta ventana desde enero de 2014.

     Así es que ocurrió que a la ambición rubia le dio por grabar American pie en el año 2000, casi treinta años después de que lo hiciera su autor Don McLean. El contexto original era muy otro, desde luego, y conocerlo nos permite entender mucho mejor la historia cantada: concluían los años sesenta y se entraba en una década de desencantos y contrariedades; también en lo musical. De ahí que McLean cantase: “Hace un largo, largo tiempo, / aún puedo recordar / cómo esa música me hacía sonreír (…) Pero febrero me hizo estremecer. / Malas noticias en la puerta. / No pude dar un paso más”. Se refería el cantante neoyorkino a las muertes trágicas y tempranas de Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Booper, lo que algunos asociaron a la muerte del rock. La canción es, pues, una especie de larga elegía por los tiempos perdidos, suponiendo, claro, que cualquier tiempo pasado pueda ser mejor. De todos modos, su éxito fue fulminante y muchas tribus de adictos a la música la hemos idolatrado con independencia de compartir o no la actitud con la que fue creada. De hecho, figuraría en un lugar destacado si tuviésemos que confeccionar la banda sonora de nuestras vidas.

     No es raro, por tanto, que la versión de Madonna naciera a propósito de la película «Algo casi perfecto», de John Schlesinger, y de una escena en concreto, aquélla en la que se recrea un funeral y los amigos del fallecido empiezan a cantar American pie: “Ellos estaban cantando / Adiós señorita American Pie. / Conduje mi Chevy al dique, / pero el dique estaba seco. / Ellos, buenos muchachos, / estaban bebiendo whisky y centeno. / Cantando: Éste es el último día que yo muera". Y fue así como muchos, sustituyendo el pop-rock del original por el dance de la versión, pudieron acercarse por fin a una canción de verdad inolvidable.

     Y nada más, colorín, colorado, esta serie se ha acabado. Lo cual no quiere decir, evidentemente, que no queden versiones en el baúl y otras tantas que se seguirán haciendo. Animaos y escuchadlas con atención. Separando, sí, la paja del grano. Salud.

Publicado en gentikarockradio.com, 27 mayo 2015 

lunes, 27 de abril de 2015

Marley / Amparanoia


     Pues resulta que Bob Marley, uno de los artistas con mayor ascendencia sobre el panorama musical, no es precisamente de aquellos que más versiones exitosas han merecido. Imitaciones todas, desde luego. Pero recreaciones, tal y como en esta serie vamos viendo, muy pocas. ¿Será porque se presenta como un reto insuperable? ¿Será porque el reggae se agota en sí mismo y no admite otros formatos? ¿Qué será, será?

     Redemption song es casi una canción póstuma de Marley. Hasta su propio título, que no tanto su letra, apunta una pista en tal sentido. De hecho, la escribió ya enfermo y se publicó medio año antes de su fallecimiento, incluida en el disco «Uprising». Tiene además otra particularidad: su naturaleza eminentemente acústica, aunque haya grabaciones con el acompañamiento de The Wailers. Por lo demás, poco nuevo aportaba a la narrativa rasta que atraviesa toda la obra del músico jamaicano: “Nos levantamos triunfalmente en esta generación. / Todo lo que siempre he tenido han sido /  canciones de libertad. / ¿Nos ayudas a cantar estas canciones de libertad? / Porque es todo lo que tengo, canciones redentoras”. Claro que también hay que decir, contradiciendo la entradilla, que éste es uno de sus cantables más visitados: lo han hecho al menos Johnny Cash, U2, Stevie Wonder, Pearl Jam, Sinéad O’Connor y, en España, Bunbury, Fermín Muguruza y Amparanoia.

     Amparo Sánchez nos la ofreció en su disco «La vida te da», su penúltimo álbum con el nombre y el proyecto Amaparanoia. Lo que parece un calco del original salta por los aires, sin embargo, gracias al arte vocal de esta cantante, que, como en muchos otros casos, llena de sonoridad el resultado final. Y lo que en Marley era languidez e incluso anuncio de apagamiento, en esta versión sugiere potencia y mayor rebeldía. Vale, no es el mismo contexto personal el uno y el otro y en algo tiene que notarse. Pero, aún así, la frescura de la española aviva la cadencia del jamaicano y es lo que hace que nosotros la destaquemos en nuestro catálogo. Y que reconozcamos su vitalidad, que es exactamente lo que se le pide a una buena versión.

     Por cierto, antes del corolario final y puestos a destacar recreaciones hispanas de temas de Bob Marley, imprescindible nos parece también la que hicieron Ojos de Brujo del más que popular Get up stand up. Muy digna de atención.

     Pero a lo que vamos. Con éste llegamos al capítulo 35 de Mutatis Mutandis. Es decir, treinta y cinco muestras para componer toda una teoría del fenómeno de las versiones, que, como hemos tratado de destacar, constituye una de las fuentes más fecundas de la música. También hay chascos, abundantes chascos, desde luego. Y aunque el fenómeno no tiene ni tendrá fin, el corpus al que hemos dado forma nos parece más que suficiente para que todos nos hagamos una idea certera de cuanto todo esto significa. Además, no conviene repetirse. Ya lo hacen algunos y algunas que viven de ello en este show. Así que tendemos al final. Una entrega más y nos vamos. Permanezcan atentos a la web para la despedida y cierre.

Publicado en genetikarockradio.com, 1 mayo 2015

sábado, 11 de abril de 2015

Dylan / Smith


     Después de los capítulos consagrados a Lennon y Cohen, la trinidad santísima se completa con Dylan, dios de dioses y protagonista omnipresente de esta sección y de todos los cenáculos musicales y literarios. Su obra ha sido revisitada sin fin y sus versiones se multiplican a tutiplén. Y también él, como es natural, ha merecido una obra tributaria de la suya.

     Se trata del cuádruple disco (¡sí, cuádruple disco!) titulado «Chimes of freedom. The songs of Bob Dylan» y tuvo como entidad mentora a Amnistía Internacional con motivo de su 50 aniversario. Es decir, que apareció en 2011, aunque se puso a la veta en enero de 2012. Por otro lado, el título deriva de una canción original del propio Dylan, Campanadas de libertad, publicada originalmente en 1964 dentro del disco «Another side of Bob Dylan», muy adecuada, como se puede comprender, al motivo que animó este proyecto. Tan magno que supuso la recreación nueva de 75 canciones del músico de Minnesota bajo el punto de vista de 80 intérpretes diferentes. Como señalaron sus productores: “Este álbum es una poderosa muestra del respeto que siente la comunidad musical por el imprescindible trabajo de Amnistía Internacional y por la genialidad de Bob Dylan”. De ello dan fe la variedad de músicos –Johnny Cash, Pete Townshend, Diana Krall, Miley Cyrus, Jackson Browne, Carly Simon…- y géneros musicales –rock, rap, pop, folk, country, jazz y blues– que se sumaron a la idea.

     Difícil, muy difícil se nos hace para este comentario seleccionar de entre todo ese material una sola canción que venga a ilustrar el buen gusto de las versiones. Todas merecerían figurar en esta entrada, de modo que no hay nada que justifique nuestra selección. Nos quedamos con Drifter’s escape sin más.

     Dylan la grabó en 1967 y la incluyó en el álbum «John Wesley Harding», en el que ya el rock y el blues predominaron como estilo frente a sus rasgos fundacionales. La canción no tiene nada especial. De hecho Dylan prescindió de ella en directo durante muchísimos años. No obstante, como todo lo que sale de su horno ha sido objeto de comentarios variados, que si kafkiana, que si psicodélica, que si metáfora de su propia evolución. En fin, profesionales hay que viven de estas y otras elucubraciones. Lo cierto es que, siendo un tema menor en el conjunto de su obra mayúscula, su recuperación activa es una muestra de la vitalidad de todos y cada uno de los recovecos del artista.

     Por eso no nos sorprende el vigor de la versión que Patti Smith ofrece en el macro-disco de referencia. Tampoco ella tiene nada que demostrar a estas alturas, pero no deja de ser original, como en cualquiera de los quehaceres que se propone esta mujer polifacética, imagen viva de un punk sabiamente superado y escritora de alta escuela. Aparte de otras que puedan ocurrírsenos, es precisamente en estas dos cualidades donde se aposenta el lazo que une a ambos músicos, en sus carreras tan complejas como completas y en su afecto por unos textos siempre desafiantes.

     En fin, si no lo hicimos en su momento, a tiempo estamos de reencontrarnos con «Chimes of freedom. The songs of Bob Dylan» y todos los manjares que en él se contienen.
PATTI SMITH.: https://www.youtube.com/watch?v=vqUlHBjc_M8

Publicado en genetikarockradio.com, 11 abril 2015

domingo, 29 de marzo de 2015

Cohen / Cave


     Decíamos en el capítulo anterior que los tributos a mayor gloria de alguien son mucho más que un producto comercial cuando el sustrato tiene calidad y además es superior, por lo general, al nuevo invento. Lo cual no lo empaña, evidentemente, porque tampoco son arribistas aquellos que se meten en el empeño. Así lo vimos con la obra de Lennon, revisitada por Amnistía Internacional, y así lo vemos ahora con la de Leonard Cohen.

     «Leonard Cohen: I’m your man» es tanto el título de una película como el del disco que recoge su banda sonora. Al cabo la misma cosa. El documental, dirigido por Lian Lunson en 2006, recorre la vida y obra del cantante canadiense, tomando como excusa el concierto que tuvo lugar un año antes en la Opera House de Sydney. Naturalmente, el disco doble recoge la banda sonora de ese concierto, donde aparecen, interpretando de forma más que espléndida canciones de Cohen, Rufus y Martha Wainwright, Jervis Cocker y Beth Orton entre otros. Se cierran disco y película con una aparición al alimón de Leonard y U2 entonando Tower of song.

     Pues bien, uno de los cantables que aparece en versión personal e intransferible, como todas, es I’m your man, canción y álbum que el artista lanzó en 1988, el noveno de su carrera y quizá el que tenga mayor acento pop de toda ella. Cohen venía de lejos, de los años cincuenta como poeta y de los sesenta como cantautor, con un estilo inconfundible en la fusión de letra y música y en el tono eternamente lánguido. De hecho, ni siquiera la presencia de sintetizadores en el disco que nos ocupa conseguía apagar esa quejosa melancolía tan suya. Tanto es así que para algunos el valor de su obra, reconocida incluso con el Premio Príncipe de Asturias, se apaga con la monotonía de sus interpretaciones y agradecen que cobren nueva vida en otras voces y estilos. No es nuestro caso, pero también disfrutamos de las variantes en toda su extensión.

     Y es aquí donde aparece Nick Cave. Este australiano, músico, escritor y actor, participa también de la cualidad de lo oscuro, aunque sus poses han sido siempre mucho más desafiante, ya fuese con sus grupos, ya fuese en solitario. A nadie extrañará, pues, que se apuntara al concierto de Sydney y que en él se marcara una versión mucho más crepuscular y arrastrada de I’m your man. No pierde desde luego ni un ápice del romanticismo original, pero le añade tensión y cinismo para contrariar a todos los embebidos en la lírica coheniana. Y, claro, es otra voz, por más que la suya forme parte también de los acentos graves y opacos.

     En fin, el caso es que la canción sigue viva, muy viva, y sólo hay que reescucharla en los conciertos que Leonard Cohen ofreció con motivo de su retorno forzado a los escenarios, de los que da testimonio el disco «Live in London» en 2009. O, quién sabe, quizá lo hayamos disfrutado en directo gracias a sus giras por España desde esa misma fecha. Somos de esos y todavía no nos hemos recuperado de la emoción.

Publicado en genetikarockradio.com, 30 marzo 2015

jueves, 19 de marzo de 2015

Lennon / N'Dour


     Ciertas estrategias comerciales de la industria de la música no son del todo detestables. De hecho, han abierto vías que, bien cuidadas, aportan productos de calidad y cargados de originalidad. El de los tributos a través de las versiones es uno de ellos. Dedicaremos tres capítulos a tres muestras de un valor más que indudable. John Lennon, Leonard Cohen y Bob Dylan los protagonizan.

     Sobre el primero de ellos, lo mismo que sucede con sus compañeros del grupo insignia (de quienes nos hemos ocupado en episodios anteriores), el caudal es interminable. Fueron creadores de tan buenas canciones que resulta inevitable beber de ellas y recrearlas. Jealous guy no es quizá la más famosa, pero es bonita y nos gusta. Fue publicada por Lennon en 1971 dentro del álbum «Imagine» y según cuentan las crónicas ha merecido cerca de un centenar de versiones, aunque no nos detendremos en ellas.

     Lo que nos interesa es el disco doble «Instant Karma: The Amnesty International Compaign to Save Darfur», del año 2007. Se trata de toda una antología de la obra de John Lennon con intérpretes de lo más variopinto, desde U2 y REM hasta Aerosmith y Green Day. Un disco que, tal y como se puede deducir del propio título, se editó a beneficio de la campaña que Amnistía Internacional llevaba a cabo en pro de los desheredados de Darfur, región del occidente de Sudán, donde el conflicto entre tribus derivó en una auténtica limpieza étnica y en el desplazamiento forzoso de millones de personas. Mucho tuvo que ver en ello el descubrimiento de un gran acuífero subterráneo en ese territorio devastado. La iniciativa de la ONG mereció las siguientes palabras de Yoko Ono: "Esto es maravilloso, a través de esta campaña la música, que es tan familiar para muchas personas de nuestra época, ahora acogerá a una nueva generación (...) La música de John servirá de inspiración para cambiar y mejorar la reputación de los Derechos Humanos. Nosotros podemos hacer del mundo un mejor lugar".

     Pues bien, es en esta obra donde reaparece Jealous guy interpretada por el músico senegalés Youssou N'Dour, impulsor de la música popular de raíz africana. Lo que hace N'Dour por tanto es acomodar la composición de Lennon, nacida curiosamente en sus años de inspiración oriental, a los ritmos propios del occidente africano. Fue el pionero en esa aventura que hoy nos resulta más que corriente; pero no sucedía así allá por los años 70 cuando inició su carrera. También, de paso, N'Dour se incorpora a un proyecto como este de Amnistía Internacional, volviendo a poner de relieve sus inquietudes sociales, que han sido otro rasgo particular de esa carrera. Evidentemente, en esta versión es ya un músico curtido y maduro, lo cual también destaca en el resultado final.

     En suma, si a partir de esta referencia aislada a alguien se le ocurre acercarse al disco reseñado, no perderá el tiempo. Más bien todo lo contrario. Y, a la par, podrá recuperar el cancionero de una figura fundamental de la música pop que, desde luego, soporta a la perfección cualquier suerte de aproximación.

Publicado en genetikarockradio.com, 21 marzo 2015

viernes, 6 de marzo de 2015

Gaye / Creedence / Auserón / Winehouse


     Mucho tiene que ver el enamoramiento al decidir dar nueva vida a una canción. No me refiero al contexto que, tantas veces, liga una canción determinada a una situación sentimental. No, más bien defiendo que determinados cantables producen reacciones químicas similares al amor y, necesariamente, se les acaba amando tanto que uno desea hacerlos propios, poseerlos. Como en la vida misma.

     I heard it through the Grapevine es posiblemente uno de ellos. Al menos eso se puede deducir ante la extensa lista de buenos amantes que ha conquistado a lo largo de los años. Y con toda probabilidad no agotada todavía, pues es de esas canciones que tienden a permanecer sin oxidarse y que, cuando alguien las toma para reanimarlas, pareciera como que suenan virginales como la primera vez. La verdad es que su primera vez fue en 1966 y sus protagonistas se llamaron The Miracles, aunque el sello omnipotente por aquel entonces, Tamla Motown, prefirió dejarla a un lado, de tal manera que el primer estallido en realidad sucedió en la voz de Gladys Knight al año siguiente. Sin embargo, tanto los unos como la otra acabaron sepultados bajo el éxito que en 1968 alcanzó un intérprete ya imperecedero, Marvin Gaye. El camino hacia el olimpo de los clásicos quedó con él definido.

     Pronto se enredaron en esa senda otros nombre históricos: primero los Temptations y más tarde Creedence Clearwater Revival. Por puro vicio nos interesan estos últimos, que declararon su amor a este tema en el disco ««Cosmo’s Factory» en 1970. Si Marvin Gaye nos abría en canal con su voz, lo que los Creedence consiguieron fue derretirnos definitivamente con su potencial sonoro. Llegados a ese punto, no sabía uno a qué carta jugar, aunque el resultado final nos demostró que no era preciso ser tan selectos y que la infidelidad formaba parte también de la cultura sentimental y musical. No por ello el amor iba a ser menos poderoso.

     Pasaron los años no sin que hubiese algún que otro affaire, pequeñas aventuras como la de Tina Turner que en el fondo no dieron demasiado lustre a la canción. Y fueron nada menos que los hermanos Auserón y en castellano los que en 2006 nos devolvieron a ese estado lelo que caracteriza a los arrebatados por Eros. Lo hicieron con un disco caprichoso, todo él compuesto por versiones, titulado «Las malas lenguas», exactamente igual que titularon el original I heard it through the Grapevine (literalmente traducido por algunos como Me lo contó un pajarito). En fin, sea lo que sea, lo cierto es que les debemos una traducción y un acomodo al castellano extraordinarios. Lo mismo que debemos a Amy Winehouse el último episodio reseñable de esta larga historia de amor, aunque en su caso se lo hizo à trois pues eligió compartir hechizo al lado de Paul Weller, figura que fuera del espíritu mod.

     ¡Hay que ver! Toda una retahíla de amantes para una canción que en realidad es un canto de desamor. No olvidemos como arranca el relato: “Apuesto a que te estás preguntando cómo supe tus planes para hacerme infeliz con otro chico que habías conocido antes…”

Publicado en genetikarockradio.com, 7 marzo 2015

jueves, 19 de febrero de 2015

Eagles / Gipsy Kings


     La actitud ante las versiones (las buenas versiones, por supuesto; del resto mejor no hablar) requiere generosidad. No sirven de nada ni la ortodoxia ni el purismo. Incluso cuando se producen aparentes irreverencias, es preciso mostrarse espléndidos y acogerlas con espíritu esponjoso. Sólo así nos estará permitido disfrutar de giros copernicanos que terminan por merecernos la pena.

     Sucede esto cuando una versión levanta un puente de dudoso tránsito entre formas no conciliables. Para empezar, el cambio de lengua es ya un salto abrupto que reclama otros acomodos rítmicos. Lo mismo que un giro radical entre estilos, que obliga a todo tipo de ajustes finos. O la traslación de geografías, que modifica públicos, ambientes y sentidos. Todo esto, en fin, cuando se realiza con talento no supone un sacrilegio, como piensan los exquisitos, sino que ensancha las posibilidades de una composición hasta límites insospechados.

     Por ejemplo, basta tomar Hotel California de los Eagles, la seña más notable del llamado country rock o soft rock, según se mire. Más que una simple canción, todo un arquetipo, un éxito incuestionable conforme a los cánones establecidos. A estas alturas de la historia, casi un objeto de culto para cuantos en ella se han deleitado hasta la saciedad. Incluso para quienes la puedan aborrecer, no deja de ser una referencia. Pues bien, hete aquí que llegan unos señores franceses, los Gipsy Kings, y le hacen un traje. Bajo las reglas de ese híbrido suyo de flamenco, pop y rumba catalana, se llevan el ídolo sagrado a los tercios del español más o menos chapurreado, a los compases rumberos más destartalados y a los caminos por los que circulan las carretas gitanas. Lo que podía esperarse de semejante mutación es, como poco, la profanación y la blasfemia musical. Pero no, el producto final, con amplitud de miras, es talentoso y resultón. Cierto que no es válido para todos los oídos ni sensibilidades, pero sin duda alguna sí merecedor de respeto y de consideración. Una mixtura bien resuelta y mejor gozada si se recibe en directo.

     Es el patrón por antonomasia de un modelo de fusión no como cualquier otro. Tuvo su precedente, fallido, en la adaptación que hizo El Príncipe Gitano del In the guetto de Elvis Presley, citada aquí sólo en la categoría de anécdota, pero que si alguien la desconoce debería acudir de inmediato a los archivos para ponerse al día en el capítulo de la infamia. Por más que la infamia pueda ser, y lo es en este caso, simpática. Incluso hay otros experimentos suculentos de saltos al vacío, como el All my Loving de los Beatles en versión de Los Manolos, claramente continuadora de la que resaltamos en cabecera. Y otra mezcla curiosa, aunque de naturalezas bien diferentes, fue la recreación que hiciera Pata Negra del Juan Charrasqueado de Jorge Negrete, otra demostración sabia del buen hacer en esta materia turbia.

     En fin, dicho quedó al principio. Generosidad en las orejas y en la disposición. De lo contrario, acabaremos tan encasillados como un diccionario antiguo. Y, eso sí, criterio, mucho criterio.

Publicado en genetikarockradio.com, 21 febrero 2015 

domingo, 1 de febrero de 2015

REM / Persson & Larson


     La versión es también la sorpresa, el descubrimiento y el sobresalto. No todo va a ser necesariamente innovación; la emoción también cuenta. Al fin y al cabo, es lo primero que se ilumina ante una buena canción. Y ante una buena versión. Por tanto, además de las variantes técnicas o estilísticas, bueno es atender a lo intangible que nos conduce a otra dimensión.

     Cuántas veces no nos sucede que llegamos a estar cansados de escuchar una canción. Una canción digna, quiero decir, no una matraca. Porque las canciones dignas, aunque raras veces, también alcanzan el éxito y son repetidas por todos los canales hasta la saciedad. Producen beneficios a sus autores, sin duda, lo cual está muy bien, pero acaban sonando cansinas y las echamos a un lado. De repente, nunca se sabe cómo, por lo general a través de alguna emisora de radio, recuperamos a lo lejos esa melodía que nos suena, que reconocemos inmediatamente y volvemos a poner la oreja. No es el original, es una variante que nos la hace renacer. Incluso nos permite descubrir quizá a unos intérpretes desconocidos, lo que acentúa aún más nuestra curiosidad. Y amnistiamos la canción, los autores, el comercio y todo en un mismo paquete. Volvemos a ella y resucitamos en ella.

     En el año 1991, cuando publicaron el álbum «Out of time», REM era un grupo ya más que consolidado. Su trayecto había sido largo y sinuoso, como dice el tópico. Pero en ese momento y con ese disco derribaron definitivamente las barreras de lo alternativo sin más y, sin renunciar a nada, conquistaron todos los mercados. La estrella del repertorio fue sin duda Losing my religion, “probablemente la canción con sonido más típico del grupo” según Peter Buck, su guitarrista. Incluso el vídeo-clip que la acompañaba rompió moldes y le concedió un doble triunfo, también en lo puramente visual. Y así fue hasta que la hicimos a un lado.

     En cambio a Nina Persson no la conocíamos de nada. Y casi seguimos igual. Sabemos, no obstante, que es sueca y que es la vocalista del grupo The Cardigans, a medio camino entre el indie y el pop. Pero de su vida como solista lo desconocíamos todo hasta que el azar nos trajo un día el eco de Losing mi religion grabado con su voz. La canción es la misma, desde luego, pero la melodía es otra, como otro es el tempo y otra es la sonoridad de su registro. Junto a ella aparece Nathan Larson, casualmente su marido. Y lo que nos ofrecen, como hemos dicho arriba, es la resurrección del tema de REM, así como su incorporación a otros ambientes y a otros rumbos. Lo mismo que hace, por cierto, con Brothers in arms de Mark Knopfler.

     Así pues, ancho es el caudal de las versiones y a ensanchar nuestro ser musical contribuye. Eso es lo que se debe demandar a los rehacedores de canciones. Si, de paso, trastornan un poco nuestras emociones, tanto mejor. Más aún, si rescatan del cajón del desprecio las joyas antiguas, entonces merece la pena detenerse y disfrutarlas de nuevo. Como en este caso.
NINA PERSSON & NATHAN LARSON: https://www.youtube.com/watch?v=8hCiuHJsaXo

Publicado en genetikarockradio.com, 4 febrero 2015

martes, 20 de enero de 2015

Beatles / Cocker


     La eterna duda sobre la primogenitura mantenida entre el huevo y la gallina tiene también sus caminos inescrutables. Sin ir más lejos, los de la propia música y sus vicios recreativos. No sólo llegamos a conocer canciones a través de segundas instancias, sino que en ocasiones consiguen superar a las primeras y hay titubeos sobre a quién atribuir la autoría original o si estamos ante piezas independientes.

     Por ejemplo, para una gran parte de la audiencia española, de formación más bien básica y cultura musical limitada, El hombre del piano es un cantable atribuido a Ana Belén, mientras que Billy Joel, su autor primero, resulta un auténtico desconocido. Y no es el único caso en esta señora: Sólo le pido a Dios fue firmada y cantada por el argentino León Gieco y ¿Qué será?, por el brasileño Chico Buarque, sin abundar más en el catálogo. Otro tanto ocurre con Sabina y Enrique Urquijo: ¿quién compuso Ojos de gata? ¿Es el mismo tema el de uno y el del otro al lado de Los Secretos? Evidentemente no, pero sí. Y si nos detenemos a escuchar Lo eres todo para mí, ¿sabríamos reconocer que después de la versión de Luz Casal se produjo la grabación seminal de sus creadoras, Vainica Doble, en compañía nada menos que de Alejandro Sanz? En fin, ni quitamos ni ponemos reyes. El gusto del oyente sabrá discernir, seleccionar y paladear como mejor estime, pero bueno es conocer los meandros por los que se anda a veces el río de la composición.

     Y, de paso, nos permitimos volver a honrar al bueno de Joe Cocker tomando como excusa el asunto que nos ocupa. Whith a little help from my friends, escrita por el eterno dúo Lennon y McCartney, vio la luz por vez primera con el sello de los Beatles en junio de 1967. Poco más de un año después, octubre del 68, la reescribió para sí Cocker y la lanzó definitivamente al mundo en agosto del 69, cuando la interpretó en el Festival de Woodstock. Como hemos dicho, una no quita a la otra ni viceversa, pero quién puede negar que su difusión y repercusión, incluso su permanencia, tienen más que ver con los hallazgos sonoros del solista que con la beatlemanía. Tanto que bien puede considerarse, sin atentar contra nada sagrado (que no están los tiempos buenos para eso), que sus vidas e historias han sido independientes sin necesidad alguna de plebiscitos. Claro que entre la voz de Ringo y la de Joe la elección sí que no plantea duda alguna.

     El caso es que queríamos volver sobre la figura de Cocker, a quien se ha dedicado todo tipo de panegíricos con motivo de su fallecimiento el mes pasado. En ellos, también esta página, se eligió como complemento sobre todo la citada aparición en Woodstock, joven él y sobrado, con la guitarra e incluso con el piano al aire, tal y como muchos después hemos imitado. Pues bien, lo que traemos aquí hoy es al interprete avejentado, necesitado de coros supletorios, ya en la recta final de su vida, tan incansable como sudoroso, con aspecto de ir cerrando el negocio, genio y figura casi hasta la sepultura. También ese lado terminal nos merece la pena.

Publicado en genetikarockradio.com, 20 enero 2015

jueves, 8 de enero de 2015

Dylan / Veneno


     Muy generalizada y recurrente es la línea de versiones que se limita a trasladar una canción de una lengua a otra. Hubo un tiempo, década de los sesenta, que resultó muy fecunda en este país y permitió un progreso musical evidente y más que necesario. En realidad nunca se ha abandonado del todo dicha senda, aunque no es un proceso sencillo. También para esto hace falta saber.

     Lo demostraron, sí, numerosos grupos sesenteros y ya lo hemos comentado en otras entregas de este catálogo. Pero no es suficiente con el dominio de los idiomas ni, más modernamente, con un buen traductor en red. Traducir es un ejercicio noble; adecuar lo traducido al ritmo de una nueva lengua es casi algebraico en algunos casos; alcanzar además una sonoridad peculiar añadida, que no sea un simple calco, es ya más que meritorio. Dos ejemplos que nos merecen respeto han sido Conexión de Rolling Stones a Los Cardiacos y Serenade de Steve Miller Band a M Clan.

     Tal y como ocurre con otras literaturas, ese vertido es relativamente más sencillo cuanto más básico es el original, pero el tránsito se complica a medida que la fuente es mucho más personal, estilísticamente compleja o asentada sobre patrones no siempre concomitantes. Tal vez por todas esas razones Bob Dylan ha acabado siendo imitado hasta la saciedad, pero dudosamente versioneado en castellano. Sus textos, tanto los más claros como los más confusos, han generado toda una escuela creativa; también sus poses y en su momento la electrificación del sonido. En realidad nadie, ni de aquí ni de allá, ha escapado de sus influencias. Pero cosa bien distinta, como venimos diciendo, es conseguir una versión precisa, respetuosa e innovadora a la vez. Y, sí, hay un buen caso que no podemos eludir en nuestra sección y que motiva este capítulo.

     Bob Dylan escribió Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again en 1966 y fue incluida inicialmente en el álbum «Blonde on blonde». El momento de su evolución ya se había producido un año antes y el paso del folk desnudo hacia fórmulas abiertas al rock, al blues y a otros géneros musicales era ya un hecho. No perdía con ello ni un ápice en su riqueza como compositor, pero sumaba rasgos estilísticos novedosos. En suma, no estábamos ya ante un Dylan simple en sus bases melódicas; de hecho, en su grabación intervino un muy elevado número de músicos hasta que se alcanzó el resultado perseguido. Por lo que hace a las letras, se dice que constituyeron una “mezcla única entre lo visionario y lo coloquial”.

     He aquí, pues, la complejidad a la que se enfrentó y superó Kiko Veneno cuando se puso a la tarea de traducir, arreglar, adecuar el tema y llevarlo hasta su peculiar Memphis blues again, incluida dentro del disco «Está muy bien eso del cariño» en 1995. No cabe duda, al escucharla, que esos dos adjetivos, visionario y coloquial, fueron la guía del músico español; tampoco cabe duda de que su reambientación en lo hispano peninsular acertó en arreglos y acompañamientos; y, en fin, quién puede cuestionar que la versión es auténtica como ella sola. ¿Acaso Dylan va a venir a enmendar la plana? Pues eso: hay que saber.

Publicado en genetikarockradio.com, 8 enero 2015

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Puebla / Boikot / Wyatt


     El anunciado retiro de Robert Wyatt después de una larga carrera musical, primero como batería de Soft Machinr y de Matching Mole y luego, tras un accidente que le dejó en silla de ruedas, como cantante y compositor, es una buena excusa para rendirle homenaje e indagar en una rara versión que él protagonizó. Versión difícil de digerir, como veremos, pero que de paso nos remite a una canción gloriosa.

     Y, por si fuera poco, resulta que los acontecimientos históricos parecen evolucionar durante las últimas fechas, de modo que Cuba vuelve a estar en la portada de los medios de comunicación. Y con ello también su cancionero. Porque a lo que nos referimos es a un capítulo muy especial de la historia cubana y de su música, todo un eterno campo de cultivo. En él floreció, dentro del contexto de la vieja trova, la figura de Carlos Puebla y Los Tradicionales; con entusiasmo general sobre todo a partir de la revolución, de cuyos hechos se convirtieron en verdaderos cronistas. Hasta siempre, comandante, nacida en 1965, es precisamente uno de esos eslabones juglarescos sobre los sucesos revolucionarios, quizá el más notable merced a las referencias a su protagonista, otro icono donde los haya, el Che Guevara. El cantable en cuestión ha conocido una pervivencia extraordinaria y por él han paseado sus voces y sus ritmos numerosos otros artistas, desde Joan Baez hasta Enrique Bunbury.

     De toda esa serie de versiones, conviene atender a dos de ellas que tratan de escapar del molde original. Una menor, la del grupo Boikot, cuyo compromiso social y político se extiende a lo largo de toda su discografía. No es raro, pues, que hayan dedicado hasta tres discos a la figura del Che y que en uno de ellos, el titulado «La ruta del Che – No escuchar» (1997), se recogiera su visión punk y acelerada del clásico, combinada, eso sí, con ritmos e instrumentos latinos. Y, puesto que el resultado es brillante, la anotamos en este comentario para su difusión.

     Pero la otra versión a la que nos referimos es ya harina de otro costal. Lo que hizo Robert Wyatt en 2007, dentro de su disco «Comicopera», es un trabajo que se aleja conscientemente del formato primero e incluso de todos sus ecos. Hasta el punto de que su digestión, como decíamos al principio, requiere buenas dosis de sal de frutas. Viniendo desde el rock progresivo, Wyatt acentuó poco a poco, ya en solitario, sus bases jazzísticas y las posibilidades de su propia voz. A lo que hay que sumar también sin duda una posición política nada templada. Y algo más: sus años de vida en Mallorca, a la sombra y bajo la tutela del escritor Robert Graves, lo que le permitió entablar relación con las músicas hispanas y latinas. Fruto de todo ello o tal vez no es la recreación personal del Hasta siempre, comandante, dura e inigualable se mire como se mire. Quizá por eso conviene resaltar la opinión del músico en el momento de su adiós: “nunca estuve a la altura de mis héroes, pero tampoco intenté copiarlos”. Es en verdad un principio estilístico que debiera estar en el gen primitivo de cualquier versión, de cualquiera que opte por la recreación de sus propio mitos. No siempre se cumple. Pero sí en Wyatt, a quien honramos.

Publicado en genetikarockradio.com, 31 diciembre 2014

lunes, 8 de diciembre de 2014

Nilsson / Peyroux / Iggy


     No es la primera vez que genétika destaca la estrecha relación entre la música y el cine, ya sea a través de las bandas sonoras, ya sea por las melodías o canciones que crecen ligadas a las imágenes, o a la inversa. El caso es que también ésta, como la de las versiones, es una fuente inagotable. Cowboy de medianoche es la muestra que asoma en esta ocasión a la pantalla y a los altavoces.

     Harry Nilsson fue un cantante estadounidense más bien melódico, a medio camino entre el pop y la balada, que nos rompió definitivamente el corazón con una composición estremecedora, Without you, allá por 1972. Fue un éxito en todos los sentidos, especialmente para los que gustaban de bailar bien amarrados. Pero el reconocimiento le venía de antes, al menos en USA, donde la película Cowboy de medianoche se había estrenado en 1969 con una canción suya por bandera. No así en España, donde por aquellas cosas de la moral y las buenas costumbres no nos llegó hasta mediada la década de los setenta. Así fue como, por caprichos de la censura, después del baile nos llegó el rimo, es decir, que aquella canción que envolvía los rótulos y las primeras imágenes de la película, Everybody’s talkin, nos pilló ya bailados y acomodados a los gorgoritos del bueno de Nilsson. Desde entonces, la verdad es que no sabe uno con cuál de las dos canciones inmolarse, aunque desde luego ha acabado siendo mayor el recorrido de la segunda.

     Es inevitable tatarearla ligada a la imagen del gigantón Jon Voigt, perfecto prototipo del tejano bruto, con aquella maleta de piel de choto subiendo a un autobús camino de Nueva York y del triunfo. Como lo es también unirla a la del menguado Dustin Hoffman, enfermo y estafador de poca monta, encarnando el rostro del fracaso. En suma, una canción de amistad, que acaba siendo el auténtico mensaje de la película.

     Sin embargo, merece la pena resaltar dos recreaciones muy posteriores de esa canción que la alejan claramente del espacio cinematográfico inicial, sobre todo porque sus propuestas sonoras tienen unas bases diferentes y exploran otros estilos personales. Nadie dudará de que Iggy Pop y Madeleine Peyroux tienen muy poco que ver con la figura del cowboy de medianoche. Peyroux incluyó su propia mutación de Everybody’s talkin en el álbum «Half the perfect world» en 2006 y la aposentó sobre la partitura del jazz suave que ella frecuenta; por su lado, Iggy hizo lo propio en el disco «Après» en 2012, una colección de versiones de lo más variopinta, y le confirió el tono de esa voz suya tan apocalíptica. Cuatro décadas tuvieron que pasar para que el original de Nilsson se reviviera a sí mismo con otros ropajes y otros arreglos, probablemente cuando pocos se acordaban ya del famoso cowboy, como si la canción nos viniera de la nada y nos permitiera ahora una audición con otras sugerencias. Tomar las tres unidas, tal y como proponemos aquí, es un ejercicio estilístico con bastante jugo para quienes profesan la religión de la música sin prejuicios ni sectarismo. Si de paso revisamos la película nos haremos un gran favor.

Publicado en genetikarockradio.com, 9 diciembre 2014