Blog de Ignacio Fernández

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martes, 28 de febrero de 2017

El fin del principio

     Y el verbo de Los Ilegales se hizo carne y habitó entre nosotros: “Tiempos nuevos, tiempos salvajes”. De un modo mucho más sereno lo ha explicado aquel cantautor galáctico para quien “cualquier noche podía salir el sol”, Jaume Sisa, al referirse a su último disco: “Será el último y definitivo porque el formato está agotado; los discos ya no existen como tal, como antes los concebíamos. Han desaparecido, como muchos de los objetos y los conceptos que sostuvieron a nuestra generación. Aquel mundo se está muriendo, si es que no está muerto ya”. Es decir, algo ha muerto y algo ha nacido ya.

     Tan amigo como se declara de las fronteras, no le gustará saber al nuevo Presidente de los Estados Unidos que no existen lindes precisas para separar edades, aunque bien podríamos aventurar que su irrupción abrupta en la historia representa perfectamente el fin del principio de una supuesta Edad Poscontemporánea, acerca de la cual hemos escrito en esta tribuna desde octubre de 2012. No hay más rotunda encarnación para ilustrar estos tiempos nuevos y salvajes, a pesar de que, bien lo sabemos, algunos elementos sustanciales de esta época estén aún por definirse de una forma rotunda. El cambio climático sobre todo, al que expertos como el economista Nicholas Stern conceden todavía otros 20 años de incertidumbre, “20 años que serán críticos para el planeta”, dice.

     Y ya que citamos inevitablemente a Donald Trump, oportuno resulta así mismo confrontar el antes y el después con un catálogo de nombres que ilustran el contraste entre constructores que fueron de utopías y los que hoy se encargan del diseño de las nuevas distopías. Difícil es encontrar en nuestra edad nombres como los de Jean Monnet, Willy Brandt, Nelson Mandela, Fidel Castro, Jacques Delors…, independientemente de sus aciertos prácticos. Si acaso lo que cabe suponer es que las nuevas utopías tendrán probablemente nombre de mujer. Pero con ello, entiéndase bien, no decimos que el tiempo pasado haya sido mejor. Sería un error gravísimo y una enfermedad nostálgica. No olvidemos que el siglo XX fue también un siglo letal, “un siglo tempestuoso”, según titula su último libro el historiador Álvaro Lozano. Pero es verdad que la Contemporánea fue una edad para la creación de utopías, lo cual no parece ser el signo del presente ni el del inmediato porvenir.

     Con todo, crece también una amplia corriente de optimismo que pugna por sobresalir entre las noticias del mundo. Unos se expresan todavía con vacilación, como el periodista Lluis Bassets: “Seguro que este mundo es mejor, como son mejores nuestras vidas, pero si no sabemos gobernarlo podemos convertirlo en mucho peor e incluso retroceder a épocas anteriores y empezar a perder los mejores estándares de vida de la historia de la humanidad”. Otros son mucho más contundentes, como el filósofo Michel Serres, que habla de los tiempos actuales como “la edad dulce” y dice: “Lo mismo que hubo tres maneras de matarse –militar, religiosa y económica- lo que yo llamo la edad dulce se declina en tres maneras que tratan sobre la vida y el espíritu: médica, pacífica y digital”.

     En fin, seamos cautos en este principio del fin y en cuanto haya de suceder. Y nada mejor para tal objetivo que seguir el pensamiento genial de Umberto Eco: “…el progreso también puede significar dar dos pasos atrás, como volver a la energía eólica como alternativa al petróleo y cosas por el estilo. ¡Tendamos al futuro! ¡Atrás a todo vapor!”.
Publicado en Tam Tam Press, 28 febrero 2017

martes, 17 de enero de 2017

La fuente turbia de la edad

     Como cofrades de la novela de Luis Mateo Díez, nadie escapa del mito de la eterna juventud y a ello nos entregamos con ánimo más fabulador que realista. Algunos, cierto es, con ánimo científico, y ése será sin duda uno de los motores que guíen la investigación en esta época, si es que no ha sido así ya a lo largo de las que fueron antes. Desde los mágicos elixires hasta la venta de almas al diablo. Ahora, en cambio, lo que se lleva es la ingeniería genética y el bótox.

     Si dejamos de lado la toxina botulínica, que apenas si es algo así como un maquillaje pretencioso, nadie discutirá que las mejoras sanitarias y en la investigación alejan el final de la vida, aunque, eso sí, a precios más bien caros y, por tanto, no al alcance de cualquiera. He ahí otra seña de la desigualdad que nos rige. Mas, a pesar de ello, nadie puede ignorar tampoco que la esperanza de vida en el mundo ha pasado de 48 a 71 años entre 1950 y 2015. Además, los derroteros por los que ahora derivan los científicos anuncian todavía nuevas progresiones. Sin ir más lejos, un equipo dirigido por el bioquímico Juan Carlos Izpisúa ha logrado alargar la vida de ratones reprogramando sus células mediante un mecanismo que para los legos parece casi alquímico: convertir cualquier célula adulta en célula madre. Naturalmente, es difícil saber cuándo se producirá la acrobacia desde los roedores hasta los seres humanos ni es posible aún aventurar las probabilidades de éxito en ese brinco, pero sucederá en algún momento de esta edad y al menos contribuirá a mejorar la calidad de vida de ciertos grupos de población. Nunca será un progreso universal.

     Ahora bien, lo que no resolverá la ciencia es la eterna disputa entre edades y la consideración que nos merecen, es decir, el conflicto entre los diferentes tiempos humanos y su protagonismo o su ostracismo. Así, mientras Manuel Rivas, pesimista, escribía que “se emplea con demasiada ligereza viejo como sinónimo de retrógrado o ignorante. Hay una especie de gerontofobia en el ambiente”, resulta que en los EEUU los dos últimos candidatos a la presidencia cargaban a sus espaldas con 70 años Trump y con 69 Clinton. Por no hablar del otro contendiente en las primarias demócratas, Sanders, que gozaba los 75 pero entusiasmaba a las hornadas más jóvenes. Nunca se sabe, pues. Pero lo que sí es más que evidente, en términos generales, es el valor menguante de los antaño pensionistas dorados. Se les mimó no tanto porque encarnaran respeto sino por ser una importante fuerza de consumo, para lo cual eran imprescindibles unas pensiones con cierto poder adquisitivo. Hoy, ese papel, emergidas las clases medias en lugares como China, India o Latinoamérica, es casi irrelevante. Además de difícil de sostener desde un sector público más y más cuestionado y desde unos impuestos condenados a la impopularidad más insolidaria. Sólo si ese gran grupo social es consciente de su poder y se hace valer, sobre todo alejándose de su conservadurismo tradicional, podemos esperar que sea otro gallo el que les cante.

     Y, mientras tanto, en pos de esa vida eterna, a ser posible juvenil, continuarán licuándose las fronteras que separan unas edades de otras. Para eso precisamente se eliminaron los ritos de pasaje o se les privó de su significado original para transformarlos en una razón más para el comercio. De modo que todo apunta a que la poscontemporánea será una edad mucho más infantil, muchísimo más adolescente, joven a raudales y, desde luego, de madurez disimulada. La ciencia, la tecnología y los grandes almacenes se encargarán de que así nos lo parezca.
Publicado en Tam Tam Press, 17 enero 2017

martes, 20 de diciembre de 2016

La buena muerte

     “Dainos, Señor, buena muerte…”. Con esta invocación penitente recorre las calles de la ciudad de León la procesión vespertina del Domingo de Ramos, conocida popularmente como el Dainos. Sin discutir su relevancia como rito, es ésta una expresión más, católica aquí, de un deseo humano que no conoce tiempo ni fe. Aunque no todos los tiempos ni todas las fes sean iguales y mucho menos en la era babélica que nos ha tocado en suerte.

     Lo destacado hoy es el negocio y la feroz competencia a que obliga el mercado. Cierto es que hubo siempre y en todo rincón un interés digamos sobrenatural en manejar el asunto y hacer de él fundamento de creencias y confesiones como herramienta para el dominio de voluntades. Nada nuevo, pues. Sin embargo, lo innovador ahora es el choque casi violento entre la senda eterna y la puramente terrenal, entre el más allá y el más acá como manifestaciones de una misma fatalidad, hasta el punto de que la confusión penetra uno y otro ámbito sin mayores rubores y con total concupiscencia. Así como se produce, no sólo en el trance de la muerte, una exaltación de lo sagrado, crece en paralelo la elevación de lo profano en el peor de sus sentidos: el mercantil. Y en este campo la muerte, inagotable siempre, feroz y estremecedora como ninguna otra acción humana, deriva en un recurso más que apetecible para los mercaderes que rigen nuestros destinos.

     Aunque no es el hecho funerario en sí lo destacable, que en cualquier caso es un gran bocado, puesto que al cabo todos moriremos y todos requeriremos esa atención, hoy por hoy tasada en España en 3.500 euros como precio base sin extras. No, lo curioso es el envoltorio que crece entorno y que, sin llegar al éxtasis mejicano, coloniza ese lance con devoción parasitaria. La actualmente séptima temporada de la serie The Walking Dead, las cenizas de Truman Capote vendidas por 40.000 euros y la criogenización de una joven inglesa por sentencia judicial son tres ejemplos ilustres de este fenómeno. A nadie pude extrañar, por tanto, que el Vaticano reaccione a través de su órgano más numantino, la Congregación para la Doctrina de la Fe, y prohíba esparcir las cenizas de los difuntos o conservarlas en casa, amenazando, de incumplirse esta medida, con negar el funeral a los fallecidos. Dicen que esa prohibición pretende evitar cualquier “malentendido panteísta, naturalista o nihilista”.

     En fin, bien está si así evitamos algunas mandangas. Sin embargo, lo que no se evitará, y mucho menos retornando a la ortodoxia tridentina, es la maniobra de despiste que todo este cúmulo de baratijas arroja sobre lo que debiera ser el verdadero y urgente debate en los tiempos poscontemporáneos: el de la buena muerte, es decir, el de las eutanasias. Este sí es un asunto que debiera entretenernos y movilizarnos. Es decir, menos series sobre zombis y más discusión acerca de las fórmulas para huir de la humillación mortal; menos tráfico de escorias y más progresión de las legalidades sobre la materia; menos hielo para el futuro y más calor para el desenlace presente. Con suma sencillez lo expresaba Ramón Sampedro pocos días antes de poner fin a su vida: “Y si ganamos la apuesta de la muerte, / si la esquiva suerte una vez nos mira, / ganaremos el cielo, porque en el infierno / ya hemos pasado toda nuestra vida".

     Éste es el reto que, como tantos otros, conducirá a esta edad hacia el porvenir o hacia la regresión. Es decir, hacia el gobierno de lo humano o hacia la perpetuación mitológica de los ritos penitentes en demanda de la buena muerte.
Publicado en Tam Tam Press, 20 diciembre 2016

viernes, 25 de noviembre de 2016

Discurso sin método

     Un absurdo no menor de esta edad, que algunos llaman de la información y del conocimiento, es el desdén por la que es sin duda principal herramienta de esas dos acciones: el lenguaje verbal. Y, de ser así, como veremos, bien podría decirse entonces que vivimos en la edad del pensamiento relajado, por no decir ausente.

     Al describir la penuria del discurso político actual, el académico Salvador Gutiérrez Ordóñez explica que “cuanta mayor riqueza léxica se posee, mayor es la parcelación conceptual. Y, sin embargo, cada vez se usan menos palabras para describir el mundo”. Es decir, discursos más pobres en consonancias con análisis más pobres, ya sea porque no dan más de sí los oradores, ya sea porque el código acaba acomodándose a una audiencia educada sin otras aspiraciones declaradas o reconocibles. En cuyo caso, sin importar quién sea el pecador, esta inexistencia de método nos sitúa ante individuos lamentablemente ligeros de equipaje mental. De hecho, basta atender al neurólogo Pablo Irimia para saber que “el pensamiento profundo y meditado genera nuevas conexiones neuronales” e inferir, en consecuencia, que a menor pensamiento, menor carga de neuronas y más necedad así en el discurrir como en el argumentar. ¿Por qué, según nos cuenta el pensador Boris Groys, en Estados Unidos se considera ahora que es bueno pensar una media hora al día si no fuera por los estudios que han demostrado que se trata de una actividad que, siempre que no se abuse, genera unos procesos químicos provechosos para la buena salud? En suma, pensar y hablar como expresión de vigor o de atrofia.

     Pero la patología, no lo ignoremos, es casi sistémica. El lenguaje y el pensamiento políticos están a la vanguardia del deterioro, sin duda, por ser los más evidentes y los que mayor pedagogía debieran ejercer, aunque otras dos expresiones más que generalizadas pugnan con fuerza por el protagonismo en la carrera de la displicencia: el regreso de los ideogramas y la revolución informativa digital.

     Los primeros, esos emoticones invasivos, a pesar de componer una forma de comunicación global, o quizá por eso mismo, no dicen nada porque no apelan a la razón sino a la emoción. No hay actividad mental en ellos, sólo epidermis; no hay mensaje, sólo chasis; no hay discurso, sólo puerilidad. Y lo segundo ha desembocado, en fin, en auténticos “corrales –más que redes– sociales, donde la muchedumbre pone a prueba algoritmos que reafirman sus previos puntos de vista”, tal y como sentencia el ensayista Ernesto Hernández Busto. No hay crítica ni discernimiento, pues, no hay verdadero conocimiento ni afán de construirlo, sólo reafirmación de los titulares básicos con que los individuos andamos complacidos por la vida. Bien se sabe, lo saben mejor que nadie los poderes y esos think tank puestos de moda por las universidades más conservadoras, que ésa es la actitud contraria a la subversión, porque, en palabras de Juan José Millás, “el joven peligroso es el que se queda un viernes en casa a leer Madame Bovary”.

     No desistamos, sin embargo, y atendamos un poco más a las luces intelectuales que todavía brillan a nuestro alrededor, que haberlas haylas. Por eso, en el mar de citas de este artículo, no puede faltar como remate la voz de la penúltima Premio Nobel de Literatura (quizá la última en realidad para los más ortodoxos), Svetlana Alexievich: Desgraciadamente, las ideas juegan ahora un papel menos importante en nuestras sociedades. Lo que se impone es la parte material, y lo lamento mucho. Necesitamos personalidades capaces de ofrecer al mundo una nueva visión, sistema, filosofía, valores que el mundo sigue necesitando”.
Publicado en Tam Tam Press, 24 noviembre 2016

martes, 25 de octubre de 2016

De la Geología al universo sonoro

     No hizo falta que todas las agencias meteorológicas del planeta publicaran sus informes para calificar el año 2016 como el más caliente de la historia contenida en sus registros ni que el Boletín sobre los gases de efecto invernadero que publica anualmente la Organización Meteorológica Mundial hable ya de una nueva era de realidad climática. No fue necesario porque, poco antes del chaparrón de anuncios apocalípticos, ya la Geología se había encargado de meter más leña al fuego y confirmarnos, desde la esfera de sus estudios, que la edad poscontemporánea es o será también el principio de una nueva era geológica: el Antropoceno. Aseguran que emisiones de gases, contaminación por plásticos y microplásticos, residuos industriales, acidificación de océanos y pérdida masiva de biodiversidad, todo ello provocado por el ser humano desde mediados del siglo XX, acabarán por hacer reconocible una línea de plutonio en la estratigrafía que dará por cerrado definitivamente el Holoceno.

     Pero esta senda de lo desconocido por la que transitamos, pendiente siempre de tantas verificaciones, es a la vez nueva y vieja. Demasiado vieja tal vez, demasiado terminal. Quienes, conocedores de la irreversibilidad de los cambios y sus consecuencias, optan por una mirada cáustica van todavía mucho más allá de las leyes de la Geología y anuncian, como hace Stephen Hawking, que “la supervivencia de la raza humana dependerá de su capacidad
para encontrar nuevos hogares en
otros lugares del universo, pues el riesgo de que un desastre destruya la Tierra es cada vez mayor”.

     Así que volvemos a girar la mirada hacia ese más allá celestial por donde, en realidad, vagando andamos desde tiempos inmemoriales. La mirada y también el oído, que es lo auténticamente novedoso en esta edad. Si bien los hay que todavía insisten en los viajes a Marte por entre cien y doscientos mil dólares o en los mares de agua bajo la superficie de Europa, el satélite más observado de Júpiter, lo cierto es que las miradas nos la dirigen ahora (todo está teledirigido dentro y fuera de la Tierra) hacia el exoplaneta Próxima b, situado en la zona habitable de su estrella, Próxima Centauri, a solo 4’5 años luz de nosotros. Allí, según ha publicado la revista Nature, puede encontrarse el mundo más parecido al nuestro, aunque, curiosamente, no de allí parece venir el último grito acústico que nos aturde: una señal de radio procedente de una estrella situada a 95 años luz, en la constelación de Hércules, de potencia inexplicable. Cuentan que la señal recibida fue semejante a un beeep, que se prolongó durante unos segundos, y después volvió el silencio. En fin, suficiente, no obstante, para disparar todas las hipótesis en este contexto de nuevas eras geológicas y de repetidas, y más que nuca necesarias, ensoñaciones cósmicas.

     Mas toda esta inflación de referencias acaba de ser coronada con la edición para fetichistas de los discos dorados que la nave Voyager conduce mucho más allá del Sistema Solar después de casi cuarenta años de travesía: tres vinilos con saludos en cincuenta y cinco idiomas y otros sonidos terrícolas como grillos, pájaros, chimpancés, pisadas, la sirena de un barco, latidos de corazón, viento… y la Música de las Esferas en versión de la pionera de la música electrónica Laurie Siegel. Aunque, si somos totalmente sinceros, para muchos de nosotros la música del universo sigue estando protagonizada por El Danubio azul, de Johann Strauss, con el que Stanley Kubrick vistió su odisea en el espacio.  O, de forma más minoritaria quizá, por la lírica de Elena Soto, que sabe unir como nadie ciencia y poesía: “El firmamento también fue un niño frágil / apenas reconocemos su carita de antaño / en la Gran Nube de Magallanes o en la galaxia de Andrómeda. / Quizá sea consciente de que va hacia el gran desgarramiento / olvidando que en la infancia temió a la energía oscura”.
Publicado en Tam Tam Press, 25 octubre 2016

martes, 27 de septiembre de 2016

La educación como problema

     Todos los discursos acaban dirigiendo su mirada hacia la educación, máxime en un contexto como el actual donde, conscientes de los cambios que se producen o que se anuncian, convenimos que en ella reside buena parte del porvenir. Pero esas sanas intenciones, que en muchos casos no van más allá de lo declarativo, cuando no son las más de las veces directamente incumplidas, ignoran sin embargo que la educación no es tanto un remedio como un verdadero problema a la hora de perpetuar la segregación social. Así lo ha sido a lo largo de los siglos sin que nada se haya resuelto hasta la fecha.

     Sin entrar en sus virtudes, incuestionables se mire como se mire, el hecho educativo, frente a lo que se quiera pensar en un sentido contrario, contribuye como un soporte indispensable y sin igual al mantenimiento eterno de las desigualdades. Ése es el problema. No es extraño, pues, que en las sociedades presentes sea asunto más que recurrente para consolidar ese reinado de la desigualdad en que se han convertido. Pero no fue diferente en otros momentos históricos.

     En realidad, entre Rousseau de un lado y Plauto y Hobbes de otro se ha movido siempre toda la teoría y la práctica educativa. O lo que es lo mismo, entre aquellos que piensan que “el hombre es bueno por naturaleza, que es la sociedad la que lo corrompe” y los que sentencian que “el hombre es un lobo para el hombre”. Pero ni unos ni otros, con planteamientos e intereses evidentemente contrapuestos, han conseguido organizar el mundo de un modo más justo y evitar que la consecuencia última sea la que señala el profesor Julio Mateos: “La educación no ha sido igual para las diferentes clases sociales, siendo fiel reflejo de la lucha y las desigualdades sociales a lo largo de la historia”. Así que si esto ha sido así en el pasado, qué no se estará guisando delante de nuestras narices en estos tiempos de barullo y río revuelto, de desclasamientos y divergencias.

     Otro profesor, en este caso de la Universidad de Roma-La Sapienza, Maurizio Franzini, observa la realidad actual y concluye lo evidente: “En todos los países, la correlación entre la educación de los padres y la de los hijos es muy elevada (lo cual significa que las oportunidades no son iguales para todos) y, además, la educación –lo que los economistas suelen denominar capital humano- garantiza rentas del trabajo más elevadas”.

     Y unos datos más para acabar, que prueban la opinión del filósofo Manuel Sacristán, para quien “la Universidad crea hegemonía, preparando a la sociedad para aceptar la supremacía de unas clases sobre otras”. Quizá por ello, en plena eclosión de las políticas neoliberales, el número de estudiantes sigue bajando en las universidades españolas, especialmente en las públicas, que desde el curso 2011/2012 han perdido más de 101.000 matrículas, y son en cambio las universidades privadas y de la iglesia católica las que han ganado terreno en el número de alumnos y alumnas, incrementando su cuota de mercado en el nivel de máster hasta en un 31’6%. Aunque, naturalmente, también se comprueba el sesgo del privilegio en otros niveles y en otros países: según revela un reciente informe sobre movilidad social publicado por el Gobierno británico, sólo el 7% de niñas y niños británicos asiste a escuelas privadas en Reino Unido; sin embargo, en 2014 en el sector de la banca de inversión, el 34% del personal incorporado en los últimos tres años había estudiado en colegios de pago. Como se ve, el problema de la educación está más vivo que nunca en esta sociedad poscontemporánea.
Publicado en Tam Tam Press, 26 septiembre 2016

martes, 30 de agosto de 2016

Linces y otras especies

     Por mayo era de 2016 cuando la prensa local se sobresaltó con la noticia: aparece un lince en El Bierzo después de haber desaparecido de la comarca hace 80 años. Cuentan que ese animal hermoso había nacido en Portugal, que fue liberado en los Montes de Toledo y que, después de un periplo ibérico como su propia especie indica, vino a asomarse al vergel berciano, no se sabe bien si para instalarse en él definitivamente o si para continuar su tránsito hacia otros destinos insólitos tras las pisadas de su estirpe errante.

     El caso es que especies seriamente amenazadas o al borde de la extinción renacen de una forma casi extraordinaria. Incluso hay quien relata en los medios que este año hay cachorros de lince para dar y tomar: en los mismos montes toledanos cuatro hembras han criado 14 cachorros, en Portugal hay noticia de otras dos nuevas camadas y en Ciudad Real otra con tres descendientes. Sólo falta que resucite el lince Ramón, el de la canción de Kiko Veneno, para que la algarabía sea total y más que justificada.

     Mas nadie se engañe. No es un fenómeno casual ni el resultado de eso que algunos llaman el equilibrio natural del planeta. Al contrario, nada de esto ocurriría sin las políticas de recuperación que se han llevado a cabo en los últimos tiempos. Quizá tampoco sin un sentido más animalista de la existencia que lentamente se instala entre nosotros y que rechaza los abusos y los zafarranchos con animales en su núcleo. Es decir, política y conciencia bien entendidas o diferentes sin más.

     Son las mismas condiciones que han de cumplirse para que, por ejemplo, otras dos realidades a punto de desaparecer recuperen el aliento imprescindible: cultura y trabajo. También en estos dos casos la depredación ha provocado estragos. También son seres vivos que, a fuerza de acosados, se muestran casi irreconocibles y extraviados. También merecen atención y cuidados singulares para que en esta edad poscontemporánea en la que vivimos no pasen a engrosar el catálogo de lo definitivamente desaparecido. Nadie daba un duro décadas atrás por los linces.

     Quiérese decir que tampoco hubiera apostado por ello el biólogo Anthony Paul Clevenger, el último humano que detectó un rastro de lince, no se sabe de qué tipo, cerca del Bierzo, allá por 1987. Pero él y otros muchos como él han actuado y actúan todavía (él lo continúa haciendo en el Parque Nacional de Baniff en Canadá) para la recuperación de ésta y más especies amenazadas: tigres, osos polares, morsas del Pacífico, pingüinos de Magallanes, tortugas laúd, atunes rojos, gorilas, rinocerontes de Java… Cabe pensar que también son multitudes las que se esfuerzan cotidianamente en el salvamento de la cultura y del trabajo, aquí y mucho más allá de nuestro espacio desprotegido. Y es importante que se sumen a esa masa reivindicadora los principales actores del drama, todos cuantos transitan a diario por los senderos laborales y culturales. Muchos son y diversos los actores y los senderos, pero todos debieran coincidir para ser eficaces en las condiciones arriba citadas: impulso de otras políticas y progreso en las conciencias. Nada ocurrirá sin ello.

     De manera que la peripecia del lince nos permite un guiño de optimismo en medio de la general desazón de nuestros tiempos. Por ello saludamos al felino y lo traemos con todos los honores a estas páginas de cultura y de trabajo. Es su huella berciana la que alimenta nuestras mejores expectativas.
Publicado en Tam Tam Press, 29 septiembre 2016

miércoles, 20 de julio de 2016

Burbujas, banalidad y religión

     Si nos atenemos a la opinión del más que veterano editor Sonny Metha: “por cada libro que funciona hay otro que no, es algo universal”. No se trata de una ciencia, pues la edición no es tal cosa evidentemente, pero conforme a esa ley no escrita podemos concluir que sobra al menos la mitad de los libros que hoy podemos encontrar en las librerías, siempre y cuando ignoremos de paso las purgas previas que se ejecutan para que un texto llegue a ser editado y se sitúe a continuación en alguna esquina de esas mismas librerías. De modo que, a imagen de lo anterior, podemos pensar también que esta revista poética, que forma parte así mismo de la muchedumbre editorial, puede en cualquier momento situarse a uno o a otro lado del abismo, a uno o a otro lado de esa mecánica, sin ningún remedio ni medida preventiva. Simplemente, es así.

     ¿Qué ocurre entonces con el entorno de la escritura, sobre todo con el entorno de la poesía, siempre en ebullición e inventando performances, happenings, juegos florales, recitales multimedia y pintorescas presentaciones? Pues que, con toda probabilidad, sobra la mitad y que al final todo es un barullo donde el temporal impide una vez más reconocer las olas. Tampoco nosotros, por supuesto, estamos al margen de esa barahúnda.

     El problema reside, entonces, en qué actitud adoptar ante el bullicio: si proceder con generosidad sin límite o ser selectos como malditos, si comulgar con ruedas de molino o expresar una presunta solidaridad de clase poética, si clamar “a la minoría siempre” como Juan Ramón o celebrar con candidez la democratización de la lírica. Y la respuesta nos la ofrece un poeta sensato, Adonis, para quien la poesía “es pluralidad. Es lo contrario de la religión”. El pensamiento del escritor sirio nos exhorta por tanto a una doble conducta: asumir, sí, la multitud (en formas, géneros, corrientes, familias, posturas…), pero con un talante claramente seglar. Es decir, menos liturgia, menos sacramentos, menos actos de fe y, por el contrario, más crítica, que al cabo es lo que permite el progreso de todo lo democrático, así en los sistemas de gobierno como en las expresiones de la cultura. Bien está, cómo no, que se garantice el acceso de todos los individuos en igualdad a los bienes culturales, la literatura entre ellos, pero cuidado con concluir que cualquier producto es un bien cultural en sentido estricto. Esa religión que algunos profesan con dudoso afán igualitarista sólo conduce a avivar las borrascas e inflar las burbujas. Que también de esto hay en la creación.

     Más aún si atendemos a ese nuevo mundo que se ha abierto a través del reinado de lo digital. Lo mismo que nos engañamos al pensar que somos más libres porque las redes así lo proclaman, y alguna pequeña apariencia de ello pueden ofrecer, mal haríamos si bendijésemos (de nuevo la religión) alegremente todo ese aluvión de producciones virtuales que ensanchan hasta el delirio el arte de escribir. Y el de editar. Sobrando andan amanuenses y tipógrafos, idos han sido correctores de estilo, maquetadores y otros guardianes del diseño, todo queda al alcance de un clic y de una impresora láser de mediana calidad. Incluso para qué entretenerse en cánones, escuelas de escritura, filologías y demás musas si la inspiración es libre y el buen gusto murió con las vanguardias. ¡Ah, cuán fácil resulta la poesía en la edad poscontemporánea!

   Aunque he aquí que algunas voces vienen en nuestro socorro. Dice Raquel Lanseros: “En España hay una eclosión de poesía en las redes, y esto es maravilloso. Pero para mí un tuit es como tomar una tapa, está bien, pero al final hay que comer”. Y señala también el poeta ecuatoriano Ernesto Carrión: “El mundo de las redes sociales y del espectáculo todo lo banalizan. Y la poesía, que debería estar de espaldas a eso, o que debería ser una especie de combate contra eso, se ha banalizado también. Los poetas viven en el mundo de las redes sociales, viven buscando los ‘likes’”. Aunque también es verdad que otros, como el granadino Álvaro Salvador, recuerdan que “en la red, ahora mismo, hay más poesía que en muchas bibliotecas”, de tal manera que, según la sentencia de la entrada, posiblemente la mitad de todo ese acervo acabará funcionando.

     Sea como fuere, lo que nos urge a todos es combatir las burbujas, la banalidad y la religión, tres elementos nocivos tanto en la literatura como en cualquier otro ingenio humano. Y es deber de la poesía y de todos sus soportes contribuir al éxito en esa lid. No otra cosa ha sido en toda edad el compromiso poético.
Publicado en Tam Tam Press, 20 julio 2016
y en Fake 4 (Vínculos)

martes, 21 de junio de 2016

Cuatro punto cero

     Desde la rueda hasta la inteligencia artificial, que se sepa, apenas hay un pequeño trecho de algo más de 5.000 años. Un lapsus en la historia del ser humano que expresa no tanto la evolución de su especie como la de sus habilidades para dominar el entorno. Con ritmos lentos al principio, con ritmos vertiginosos en la edad actual. Un tránsito con algunos otros hitos trascedentes bien conocidos: la pólvora, la máquina de vapor, los primeros automatismos, internet… Si bien se mira, todo más que reciente, todo ello acelerando en los últimos tramos de la historia, todo como si la deriva nos arrojara a un esprín alocado sin tiempo para digerir los cambios.

     Llegados a este punto, escritores y académicos disputan entre sí para orientar nuestro pensamiento. Los primeros escriben con una carga infinita de romanticismo. Los segundos argumentan con un tono más que apocalíptico. Entre los primeros, Eduardo Galeano dice: “Las máquinas mandan en las casas, en las fábricas, en las oficinas, en las plantaciones agrícolas, en las minas y en las calles de las ciudades, donde los peatones somos molestias que perturban el tráfico. Y las máquinas mandan también en las guerras, donde matan tanto o más que los guerreros de uniforme”; y Luis Grau añade: “Tal vez sobren ciertas profesiones, en las que en apariencia nada se dilucida que sea imprescindible, pero si se asoma uno al campo, faltan agricultores y tierras labradas; faltan cuidados al monte y pureza al agua, amparo a los animales, atención a los pequeños pueblos. Y si observamos la ciudad, otro tanto; patente en vías, instalaciones, servicios, ordenaciones. Y en la atención a las personas, donde más carencias hay, es donde las máquinas menos pueden servir”. En el otro lado, sentencia Iñaki Ortega: “El cambio digital traerá una nueva estructura social sin clase media”; y remata José Ignacio Torreblanca: “Quien no tenga capacidad industrial digital será irrelevante económicamente y no podrá hacer valer sus principios, intereses ni valores. Igual que la espuela, la pólvora o la máquina de vapor redistribuyeron el poder entre Estados, estamos ante una nueva revolución industrial, esta vez de carácter digital. Quien domine esa economía prevalecerá, quien no lo haga sucumbirá”.

     Y lo cierto es que, mientras nos aclaramos, comunes son ya entre nosotros términos y procedimientos como fabricación aditiva, robótica colaborativa, sistemas ciberfísicos y realidad aumentada, cloud computing, big data, visión artificial, realidad virtual, ciberseguridad y otros por el estilo que no llegamos a comprender. Tan comunes como los problemas que se nos abren en canal: cualificación de trabajadores y trabajadoras, seguridad, normativa jurídica, investigación, brecha digital laboral y salarial, etc. Es decir, lo que se conoce ya como Industria 4.0, un auténtico cambio de paradigma que, como cuentan quienes de ello saben, modificará cómo, qué, quién, cuándo y dónde se produce.

     Quizá esta cuarta revolución industrial, como otras que le precedieron, nos ha vuelto a pillar con el paso cambiado y poco podamos hacer ya para ordenarla debidamente. Menos todavía en un país como el nuestro, donde la OCDE anticipa que se perderá el 12% de los empleos como consecuencia de la automatización. Queda resistir el tirón, pues, y anticipar el futuro que sabemos que está a la vuelta de la esquina: la quinta revolución, la de la inteligencia artificial. El reto en ese caso volverá a ser el del factor humano: reinventarnos para controlar a las máquinas antes de sucumbir.
Publicado en Tam Tam Press, 21 junio 2016

martes, 24 de mayo de 2016

Cultura general

     Ocurre que la vieja expresión cultura general y todo su significado han pasado prácticamente a mejor vida. Según se define en uno de esos rincones de internet responsables, entre otros, de la pérdida, no era otra cosa que “el saber que permite a un individuo construir su propio criterio, analizar asuntos diversos y responder con éxito en diferentes facetas de la vida cotidiana. Dicha cultura puede construirse a partir del estudio sistematizado, de la educación informal y de la experiencia adquirida a lo largo de los años”. Su lugar lo ocupa ahora una supuesta cultura generalizada, es decir, la fantasía de que las herramientas digitales ponen a nuestro alcance cualquier materia y que, en consecuencia, en ellas reside el saber y no hay necesidad alguna de interiorizarlo. Lo otro, lo perdido, es un esfuerzo o una devoción que se reserva para quienes acuden a concursos del tipo Saber y ganar.

     Sin embargo, difícil es que lo que se nos da frito y migado pueda servirnos para construir criterio propio o para aplicar en la práctica el conocimiento no decantado por nuestros medios. Más bien se produce una uniformización de pareceres y una respuesta bastante trivial. A ello contribuye también, con toda seguridad, el imperio de la especialización al que hemos sido sometidos, de tal manera que simulamos saber mucho de algo y casi nada de todo, como si la condición ilustrada fuese una tara más que un blasón. Y así, pongo por caso, no es nada extraño que un miembro de la llamada generación mejor preparada de nuestra historia conozca al dedillo las últimas aplicaciones de los drones, pero no sepa rellenar una instancia para inscribirse en un aeroclub o quiénes fueron los hermanos Wright.

     En otro plano, cabe señalar a la educación como un problema, no como una solución, a la hora de animar ese conocimiento extenso al que nos referimos. Hace años que la enseñanza dejó de aspirar a tal objetivo, sustituidos sus fines clásicos por los del modelo liberal y empresarial: no se forma ciudadanos críticos y activos sino productores que en un segundo momento se conviertan en consumidores. De hecho, bien es conocido el lugar secundario que hoy se reserva a las llamadas Humanidades o el desprecio con el que está siendo tratada en tiempos recientes una disciplina como la Filosofía. No es un asunto que se deba atribuir al rumbo de los tiempos, sino al gobierno preciso de estos tiempos.

     Finalmente, el entorno cultural, en vivo o en pantalla, conforma un tercer nivel difuso de asimilación contrario a lo diverso y, por tanto, a lo ancho. Todo parece estar contenido, en apariencia, dentro de las programaciones oficiales o de las parrillas establecidas, de modo que fuera de esas estructuras sólo caben las rarezas, los malditismos, las minorías escasamente respetadas o lo directamente pasado de moda. Como la enciclopedia en el sentido más académico. Se crea así la impresión de que lo programado es el canon sin discusión posible y que lo que hay más allá son sólo excrecencias impropias de esta edad, saberes prescindibles.

     Vale, seguramente tampoco haya que mitificar a humanistas e ilustrados, que no pasarían de ser en su época un puñado de individuos selectos. Pero sin llegar a tales extremos, no nos vendría nada mal cultivar un pensamiento con grandeza. Sobre todo cuando hasta el troglodita Donald Trump presume de que “ya que hay que pensar, pensemos a lo grande”. No pensamos en lo mismo, por supuesto, pero por ahí van los tiros.
Publicado en Tam Tam Press, 24 mayo 2016

martes, 26 de abril de 2016

En vena

     No sabían los componentes del grupo Topo, allá por 1979, que iban a ser unos adelantados a su tiempo. Así lo parece, desde luego, al escuchar ahora una de sus canciones más conocidas: “…Vivir en Vallecas es todo un problema en 1996. / Sobrevivimos a base de drogas que nos da el Ministerio del Bienestar…” Casi cuarenta años después de aquella grabación y veinte respecto a su profecía, una Vallecas global se alumbra en verdad y sus problemas sociales y humanos enseñarán pronto a los gobiernos que nada hay como una buena dosis oficial de droga, la que sea, para combatir los males de una sociedad enferma. Será entonces cuando se admita la necesidad de un ministerio que gestione el monopolio de su adecuada y terapéutica distribución.

     Mientras tanto, asistimos al prólogo de ese proceso irremediable. Su expresión suave son los discursos de gobernantes activos o jubilados en tal sentido, desde José Mujica hasta Felipe González, que arrojan la piedra y esconden la mano cuando proponen la legalización de algunas sustancias prohibidas. A su lado, hay otra manifestación mucho más dura en forma de 200.000 personas muertas por sobredosis en Estados Unidos en el año 2013, el doble de las cifras habidas diez años antes. De manera que el denominador común entre lo soft y lo hard no es otro que el que anunciaban los chicos de Topo.

     La clave de todo es que nada es ya como en los tiempos de aquella canción. Por el contrario, la heroína es hoy cosa de blancos de clase media, jóvenes de entre 15 y 25 años y profesionales entre 30 y 45 años. Un paisaje muy alejado de los barrios marginales y de los excluidos de cualquier tipo. Son los institutos y las universidades norteamericanas los nuevos nichos del consumo, estimulado además, cuentan, por prescripciones médicas previas que generalizan fácilmente el consumo de medicinas con contenidos opiáceos. Y es precisamente de esa comunión entre dolor y medicina de donde nacerá la inquietud de todos los ministerios del bienestar para acabar haciéndose cargo de la carga. No será de la necesidad de combatir el negocio de la droga ni la delincuencia correspondiente, no será tampoco porque alguien comprenda que es preferible la legalización antes que el desmán absoluto, no será del discurso de los prohombres de donde surja esta nueva estrategia. Todo lo contrario. Procederá por un lado del imperio del dolor y del tratamiento prescrito por sus sagrados hechiceros. Y procederá por otro de la inexcusable atención que los estados habrán de prestar a los nuevos consumidores para que sigan siendo productivos.

     Prohibiciones del tabaco y botellones consentidos, fiestas lisérgicas y productos biosaludables, inciensos y orujos conviven en una mezcolanza sin aparente control durante este tránsito hacia el adviento. Algarabía y depresión, índices de suicidio y ferias de abril por doquier, sudor y frío se entretejen en un estallido de confusión previo al orden reglamentado del porvenir. Llegados seremos por esos andurriales hasta el estuario amorfo de la inconsciencia para aceptar alegres el remedio que vendrá. Y en ese preciso instante, por fortuna, no dejará de existir alguien que bucee en el viejo cancionero para encontrar una canción que nos explique ese presente. Se topará con Topo, tal vez, y sonará repetidamente el estribillo de aquel cantable profético: “La televisión funciona siempre, / nos proyecta un mundo irreal, / nos hace olvidar la verdad de las calles. / Bendita televisión, / santa televisión, / querida televisión…”
Publicado en Tam Tam Press, 26 abril 2016

lunes, 28 de marzo de 2016

Cocinillas

     Observado el asunto con la mirada que se lleva en esta época, los datos resultan bastante elocuentes. Veamos algunos de aquí y de allá: la restauración movió en España 38.300 millones de euros en 2014; en Méjico, los negocios gastronómicos generan el 13% del PIB turístico; la gastronomía creará este año en Perú 320.000 empleos; el 36% de los visitantes que llegan al País Vasco lo hacen expresamente para degustar su cocina… En suma, no es el estómago lo que anda detrás del auge cocinero en estos tiempos, sino que, como diría aquél, una vez más es la economía, estúpido.

     Estúpidos somos, sí, si no entendemos lo que anida en esta burbuja flambeada que, al lado de los datos económicos, se manifiesta con hartazgo en, por ejemplo, la invasión de programas de televisión con la cocina como protagonista, la dieta más que excesiva de los llamados cuisine realitys, los muy diversos y abundantes formatos de foodzines (publicaciones exclusivas o separatas y secciones de otras consagradas a ello), el desmadre de las herramientas tecnológicas para frikis del oficio culinario, las ferias de exquisiteces y rarezas o los 15 millones de resultados con los que uno se encuentra cuando teclea en Google el término “recetas de cocina”. Es economía, claro, más que incentivada, pero también espectáculo, que al cabo es otro de los elementos básicos de las sociedades poscontemporáneas. El alimento sustituido por el show, con la mayor carga de efectos sensoriales posibles para sentir lo menos posible y con una buena dosis de ingeniería para convertir a los maestros-cocineros no ya en artistas, sino en verdaderos protagonistas de la I+D+i.

     No es fácil identificar cuándo estalló en verdad este fenómeno. Los muy iletrados, como quien esto firma, recuerdan todavía algunos hitos culturales en el sendero gastronómico que, al menos, modificaron nuestra percepción sobre el cocinar y el deglutir. Mucho daño nos hizo Simone Ortega con sus 1.080 recetas de cocina, dos millones de ejemplares vendidos a lo largo de treinta años; mucho daño nos hicieron también Marco Ferreri con La grande bouffe y Gabriel Axel con El festín de Babette; y mucho, muchísimo daño nos causaron las novelas protagonizadas por el detective Pepe Carvalho. Sí, sobre todo este último, cuyo autor, el añorado Manuel Vázquez Montalbán, solía decir que en España la única revolución cultural seria tras la muerte de Franco había sido la gastronómica. ¡Qué gran equivocación! A pesar de la altura intelectual del creador de Carvalho, la realidad cruda de lo que nos ocurrió entonces la explica como nadie Rafael Chirbes en su novela En la orilla: “…Eso fue a fines de los ochenta, cuando una revista de gastronomía ya no era un boletín para uso interno de brigadas de restaurante, ni un recetario para amas de casa (…) sino un producto para uso de varones que habían triunfado y buscaban información sobre las mesas caras que aparecían en sus páginas, sobre las etiquetas de vino de prestigio y las delicatessen cuyas catas reseñaban para ellos…” Varones que habían triunfado, he ahí una de las claves de este montaje.

     Y así estamos y así seguimos, inquietos porque ahora llega la temporada de los insectos crujientes y la fiebre de la cocina molecular. Entre lo popular y lo sublime, entre la necesidad y la virtud, hemos vuelto a construir una nueva religión y un nuevo sacerdocio que reinarán por mucho tiempo en esta edad. Tanto como beneficios proporcione a la economía y no tanto como los que hayan de recaer sobre la alimentación propiamente dicha. Prepárense, pues, los cocinillas y otras víctimas de los triglicéridos porque producido se ha el advenimiento de la food culture.

Publicado en Tam Tam Press, 28 marzo 2016

miércoles, 17 de febrero de 2016

Los trabajos en el siglo XXI

      Lo que siempre fue un concepto tan elemental como sólido y sus protagonistas, una clase medianamente organizada y sentida, reclaman hoy los plurales y una más fina lexicografía. Lo primero porque la desintegración laboral así lo aconseja y lo segundo porque no vaya a ser que alguien se ofenda. Aun con todo, algunas notas se pueden ir redactando ya acerca del ser de los trabajos y del alma de sus actores en esta nueva edad.

     Al margen de las crisis y de sus trastornos, unos pasajeros y otros no, parece evidente que son numerosos los factores que contribuyen a redefinir la idea clásica del trabajo. Ramón Alós enuncia en su libro El sindicalismo ante un cambio de ciclo seis agentes del cambio, que serán una constante durante los próximos decenios: 1) el paro y la precariedad en el empleo; 2) la noción misma de trabajo; 3) la dispersión y la fragmentación de la producción, a las que se añade la subcontratación; 4) las relaciones triangulares, por las que una persona contratada por una empresa presta sus servicios en otra; 5) la gestión de los recursos humanos, y 6) la globalización y “financiarización” de la economía. Diego Beas en La reinvención de la política añade todavía un número 7) el vertiginoso desarrollo de la informática [y de las tecnologías, podemos matizar nosotros] a lo largo del último medio siglo.

     ¿Quiere esto decir que la selva laboral será el único paisaje que conozcan los poscontemporáneos? No necesariamente. Aunque los factores antes nombrados ya están haciendo efecto sobre los trabajos, otras fuerzas actúan a la vez como contrapeso, entablándose de este modo una nueva dialéctica que está por resolverse. Es en ese otro plato de la balanza donde se coloca la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, adoptada por la ONU el pasado mes de septiembre. Entre sus 17 objetivos incluye el del trabajo decente, al que dedica expresamente el Objetivo 8: “promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos”. Este objetivo global, reforzado por metas específicas relativas a la protección social, la erradicación del trabajo forzoso y del trabajo infantil, el incremento de la productividad, la acción a favor del empleo de los jóvenes, la creación de PYME y el desarrollo de las competencias, es una respuesta precisa a las necesidades económicas y sociales de las personas y de los gobiernos en todo el mundo. Y apunta, frente a lo arriba indicado, otro rostro y otra expresión de los trabajos.

     En esa misma línea, no se debe olvidar tampoco una referencia fundamental, la de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), fundada en 1919 y a punto por tanto de cumplir su primera centuria. En su seno, los 186 estados miembros comparten al menos en la teoría cuatro objetivos estratégicos no discutidos: 1) promover y cumplir las normas y los principios y derechos fundamentales en el trabajo; 2) crear mayores oportunidades para que mujeres y hombres puedan tener empleos e ingresos dignos; 3) mejorar la cobertura y la eficacia de una seguridad social para todos; y 4) fortalecer el “tripartismo” y el diálogo social.

     De momento, los dos polos que pugnan por el futuro laboral no están equilibrados. La situación actual inclina más bien la balanza hacia el lado oscuro: el 46% de los empleos en todo el mundo son de “mala calidad”, unos 1.500 millones de personas lo padecen, y el desempleo alcanza ya a otros 197 millones. No estamos como para sentarnos en un queso y comer de otro.
Publicado en Tam Tam Press, 16 febrero 2016