Blog de Ignacio Fernández

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miércoles, 7 de agosto de 2019

Epílogo


            Complicado es que a esta edad acarreada tengamos ya la oportunidad de transfigurarnos en japonés o de tocar el piano. Como difícil fue unos años atrás mudar en argelino o ser un virtuoso del violín. Y todo esto, siendo realistas, habiendo razonado de antemano que lo de Lucien nunca estuvo a nuestro alcance. Cito a Nobuyuki Nakajima, a Djamel Benyelles y a Serge Gainsbourg porque, además de otros autores, sobre ellos gravita la mayor parte y la más notable colección de cantables de Jane Birkin. Naturalmente, Gainsbourg estuvo en el origen y permanece como lo hace siempre la fealdad. Benyelles nos ofreció la oportunidad de recuperar el cancionero primitivo con acento oriental, en una recreación que nos pareció extraordinaria y que juzgábamos como definitiva. Por último, Nakajima nos descubrió que restaba aún el arreglo orquestal y que su resultado vendría a ser una especie de colofón formidable para esa obra compartida por la eterna pareja.

            De modo que uno hubiera deseado antes que nada tener el don de la música para haberle ofrecido algo a esta mujer, algo exquisito quiero decir. Así lo entendimos Santos y yo cuando, jóvenes umbralianos, construíamos a medias nuestra mitología. Porque lo que no se puede pretender, convinimos, es que un señor de provincias, españolas, por muy buen expediente académico de que disponga y por mucho currículum que se haya labrado con los años vaya a conseguir un salvoconducto para profanar los palacios más íntimos de Madame Birkin. No hubo, pues, licencia ni hubo habilidades musicales. Como ocurre con otras muchas facetas dignas de la vida que se convierten en inalcanzables, nos ceñimos a lo literario y, dentro de ello, a la devoción por el mito, el real y el fabulado, que es una de las más nobles obligaciones del individuo frente a lo ordinario.

            Mas el mito al fin habitó entre nosotros. Santos, estoy seguro, habría sido feliz esa noche del mes de julio en el Jardín Botánico de la Universidad Complutense. Habría llegado a la cita sobrado de tiempo para reconocer debidamente el espacio, que es la obligación de todo buen actor. Se habría confundido entre el público primero, como uno más pero sabiéndose singular, y después se habría acomodado tranquilamente en la fila cinco, ni muy cerca como para enfermar, ni muy lejos como para no sentirse parte fundamental de la representación. A ojos extraños, parecería tal vez ausente pues apenas habría expresado emoción durante el concierto, pero guardaría en su bitácora, junto a la brújula de la existencia, todos los detalles de la ceremonia: la imagen inusual de una orquesta compuesta exclusivamente por mujeres; Nakajima a un lado, dueño naturalmente del piano; el deambular ligero de Jane B de un lado a otro del escenario; el repertorio sin mácula; los muy escasos parlamentos (“cher España”, dijo; lo que incluía seguramente Palomares); sus interminables adioses y los bises; y el vacío final.

            Santos y yo habríamos hablado de todo ello en el tren de regreso y quizá habría aprovechado ese instante para anunciarme su intención de escribir una serie de cartas dirigidas a ella, donde incluiría todas nuestras memorias a ella misma debidas. Que las titularía con los nombres que la revolución francesa dio a los meses y que intentaría que se publicasen en algún medio digital de los que ahora se llevan. Me preguntaría mi opinión al respecto y yo le respondería que me sonaba a historia conocida.

            En fin, lo cierto es que, entre unas y otras derivas, en el verano de 2019 nos dejamos de ensueños, compartimos en vivo los setenta y dos años de JB y, sí, también nosotros nos hicimos definitivamente mayores. O dicho de un modo más adecuado a lo que escuchamos esa noche: “Cette chanson Les feuilles mortes s’efface de mon souvenir et ce jour là nos amours mortes en auront fini de mourir”.

Publicado en Tam Tam Press, 7 agosto 2019

miércoles, 16 de mayo de 2018

Floreal 18

     Llegados al momento convenido, en mes y año consagrados para el aniversario de mitos que no lo fueron tanto, oportuno es, muy estimada Jane, suspender con esta carta la correspondencia y emplazarnos para el encuentro que nos tenemos desde hace años reservado. Y sí, hasta aquí hemos llegado porque así se quiso y de leales es cumplir las promesas: la mía con Santos fue construir este relato y compartirlo con usted treinta años después de su accidente fatal. La suya usted sabrá cuál fue, aunque intuyo su contenido. Naturalmente, no podremos contar con el acompañamiento de Lucien, pues también él agotó sus raciones de Gitanes, aunque casi estoy seguro del adorno musical que hubiera propuesto para la reunión.

     En mi opinión, y seguro que no me alejo mucho de lo que él podría elegir y Santos refrendar, el puente de estos cincuenta años asienta sus pilares en Michel Polnareff de un lado y en Zaz de otro. Es decir, el tránsito entre la muñeca que siempre decía no, no, no y esta otra mujer deslumbrada de noche por destellos de luces mortales. Ésa es, en suma, la existencia resumida en dos cantables, siempre y cuando Santos, así era, no se hubiera puesto solemne con el cancionero y condenara cualquier forma de heterodoxia: “no sé cómo soportáis la frivolidad de los Pegamoides”, dijo, cuando alguno de nosotros se atrevió a abrir el universo a otras estéticas. Pureza la suya que emparentaba por aquel entonces con las formas exquisitas de Luis Federico Martínez, gran poeta echado a perder y compañero de estudios, que nos adoctrinaba en ritmos poéticos y demás músicas solemnes: “se lava la cierva cuando oscurece, / sollozando; / se perfuma con agua”. Pensaba yo en aquellos años que semejante delicia lírica podía convivir sin estrépito con el bote de colón, lo cual acabó convirtiéndome en un ecléctico y en un superviviente frente a las decadencias que se sucedieron: todos los ya citados más un entorno que en tiempos salvajes se cocinaba con heroína.

     Lo cierto es que nosotros éramos unos simples provincianos, como mucho, o apenas unos aldeanos de andar por casa, y del sesenta y ocho sabíamos lo justo e imaginábamos todo lo demás. Pero gracias a aquellos sucesos conocimos a Marcuse y confirmamos a Sartre, que eran cultos imprescindibles, e incluso honramos la muerte de este último casi como en un rito fundacional para el grupo. “Se murió Sartre”, decía Santos, tal que una letanía, y respondíamos los demás: “A puerta cerrada”.
     En fin, ya todo queda lejos. “Au printemps de quoi rêvais-tu?”, cantaba Jean Ferrat en 1969. Y, efectivamente, no se sabe con qué primavera soñábamos entonces ni si soñamos ahora. A pesar de que usted y yo vayamos a reunirnos precisamente en este cincuenta aniversario de aquel mayo más que apolillado, que ya ha vuelto a saltar a las páginas de los semanarios gráficos y a los titulares de las televisiones generalistas. Materia de consumo fácil a la postre, tal vez en eso se resuman nuestros verdaderos sueños. Y nuestras pesadillas. Trataremos de evitarlo, se lo prometo. Por eso, además de por otras razones, conviene dejar en suspenso esta correspondencia, tan cargada de referencias seguramente igual de apolilladas que esas páginas de presunta historia. Sin más detalles, pues, le confirmo mi llegada al aeropuerto de Orly, el día 20, a las 22’40, en vuelo de Air France. Tal y como usted me pidió y yo no hubiera podido averiguarlo de otro modo, llevaré conmigo la novela secreta de Santos. Su hermana me la entregó ayer en Palomares y me pidió que cuidáramos de ella, así como hemos cuidado durante todos estos años de la memoria del propio Santos. Será una lectura compartido. Le confieso que siento curiosidad.

     Hasta muy pronto. Suyo siempre.

Publicado en Tam Tam Press, 15 mayo 2018

miércoles, 18 de abril de 2018

Germinal 18

     Si, como presume el mes en que la escribo, madame, nos encontramos ante un tiempo de semillas, una época de “fermentación y desarrollo”, tal y como asentó la Convención de la Primera República Francesa, entonces no me cabe duda de que vamos usted y yo cumpliendo con el calendario. En primer lugar, porque esta correspondencia nuestra está a punto de florecer dentro de escasas fechas, apenas en un mes. Y, en segundo lugar, porque esparce también alrededor de ella el bálsamo de sus fragancias y me devuelve, nos hubiera devuelto a Santos y a mí al unísono, al instante casi germinal.

     Tal es así, debo decirle, que de nuestro previo intercambio epistolar se deslizó la mención a Éric Vuillard, hasta ese momento un total desconocido para mí. Pues bien, como en tantas ocasiones, a sanar esa ignorancia acudió diligente mi buena amiga Christianne y desde Tours me hizo llegar su novela L’ordre du jour, que mereció ser galardonada el pasado año con el Premio Goncourt. Uno nunca sabe si esto es bueno o malo, lo del premio, porque al repasar la nómina de agraciados descubro que mi ignorancia es aún mayor y tan sólo puedo rescatar de sus últimos cuarenta nombres, como cercanos en algún sentido, a Michel Houellebecq, a Marguerite Duras y a Patick Modiano. Lo cual que volvemos nuevamente a los orígenes: recuerde usted, pues comentado quedó en alguna carta, lo que significó este último para Santos. Creo que también para Christianne.

     En fin, leeré a Vuillard cuando tenga tiempo, como religiosamente he cumplido a lo largo de casi cuarenta años con cuantos presentes ella me ha colmado. No pocos, en verdad, desde que cayera por estos parajes, juvenil y generosa, para ilustrarnos en la lengua francesa y en sus adyacencias y para abrirnos un pasillo hacia esas otras latitudes nunca antes visitadas. A través de él transitamos Santos y yo cuando estuvimos juntos, y lo hago yo ahora sin él, desde su muerte, pero con él a nuestro lado inevitablemente. También Tomás y Dolores, de entre los de entonces, han seguido esas mismas rutas en más de una ocasión. Y así es como gracias a Christianne suenan en esta habitación los textos últimos de Yves Bonnefoy (“en mi sueño de ayer / el grano de otros años ardía a fuego lento”) o resiste aún, entre las paredes apolilladas de la vieja Escuela Normal de Magisterio, el eco antiguo de las canciones de François Beranger y de Maxime Le Forestier. Lecturas y cantables fundacionales: “on se retrouve ensemble / aprés des années de route”.

     Sí, todas estas referencias, que le cito hoy y le he mencionado en entregas precedentes, integran lo que pudiéramos llamar nuestra componente norte, así en lo geográfico como en lo puramente existencial. Los vientos con ese origen nos trajeron una cultura en la que aún militamos, pero a la vez indicaron el camino de nuestros pasos en un sentido inverso al de su dirección. De esta manera nos fuimos construyendo. Ahora, con la vida dándose poco a poco la espalda a sí misma, me sorprende que todavía continúen llegándole nuevos elementos a ese acervo, de los que apenas le hablo en nuestra correspondencia pero que señalan aún la componente de nuestros vientos.

     Así sucederá próximamente, señora, cuando acuda por fin a su encuentro. No será ya en aquellos expresos nocturnos que permanecen inmóviles para siempre en el origen de nuestros viajes. No hay trenes ya como aquellos. Quizá ni haga falta. Pero, reconozcámoslo, literariamente al menos no hay color. En fin, de una forma o de otra, à bientôt.

Publicado en Tam Tam Press, 18 abril 2018

miércoles, 14 de marzo de 2018

Ventoso 18

     Ya sabe usted: es desatarse los vientos y aparecerse Brel en cada ráfaga. Esto nos sucede porque acumulamos historia, pero también, creo yo, porque el nuestro fue un tiempo que alumbraba clásicos en lugar de glorias efímeras. Esta cualidad tiene su haz y su envés, naturalmente: nos hace prisioneros de lo que fuimos y nos aleja de lo que es. Hojeo el último número de un suplemento cultural y le reconozco mi ignorancia sobre muchos de los nombres que ocupan los titulares: no sé quiénes son los músicos Ibon Errazkin ni Felt; nada sé de la artista Itziar Barrio ni de José Val del Omar; y nada he leído firmado por Éric Vuillard o por Mary Levin. Sin embargo, doblo la esquina al salir de casa y me encuentro de inmediato con los versos del belga: “cuando el viento en la risa, cuando el viento en el trigo, cuando el viento en el sur…”.

     Del mismo modo, le confieso que me siento desplazado en numerosas conversaciones. En particular, cuando se habla de la prole o cuando derivan hacia esas series de televisión que se han convertido en materia de consumo obligatorio. Lo primero lo entenderá usted bien sin mayor explicación y lo segundo tal vez lo comparta. No hay forma de eludir el abrazo de esas producciones que al parecer, según cuentan, han transformado todos los géneros visuales. Yo me quedé en Doctor en Alaska, digo, y se me mira con algo parecido a la lástima. O al desprecio directamente. Lástima y desprecio que son, precisamente, tal y como me refieren, carne de esos seriales que se contemplan a solas durante largas madrugadas y sustancia de estos tiempos de soledades y de sombras.

     No sé, para mí sigue siendo reconfortante habitar en el país llano, “que era el suyo”, o en las calles heladas y entre las gentes estrafalarias de Cicely. Tengo la sensación de que me colman, como les hubieran colmado también, estoy casi seguro, a Santos o a Lucien. Clásicos al fin.

     El caso es que, además de ventoso, este mes ha acabado siendo en cierto modo el mes de las mujeres. Leí no hace mucho una entrevista suya donde le preguntaban por este asunto en relación con la supuesta revolución sesentayochista y usted respondía: “No creo que seamos necesariamente más libres, aunque tampoco entonces lo éramos. La gente opina que en 1968 estábamos todos liberados, pero aún tengo que encontrar a alguien que lo estuviera de verdad. Si lo éramos realmente, yo no me aproveché mucho de la situación….” Ni usted ni nadie, pienso, salvo la derecha francesa, los propietarios de la FNAC y Daniel Cohn-Bendit. No sé, me gustará hablar de todo ello pronto, cuando nos veamos, sobre todo si tenemos en cuenta los fastos que se anuncian por el cincuenta aniversario de aquella primavera. O por si podemos valorar juntos el resultado de la huelga de mujeres que ha protagonizado los vientos de este año. Santos y yo, bebedores en los saberes enciclopédicos más que otra cosa, tuvimos siempre en los altares a Olympe de Gouges, a Mary Wollstonecraft o a Madame de Staël por lo que hace a los orígenes, pero, aparte de Simone de Beauvoir y con ciertas distancias, nunca fuimos capaces de identificar otros nombres del mismo estilo en aquel 68 sobre los que volver como se vuelve a los clásicos.

     En fin, como acabo de decirle, preparo ya mi viaje siguiendo sus indicaciones. De momento, como anticipo, todavía en este mismo mes recibiré la visita de mi amigo Duforêt, que volverá a refrescarme, como siempre, el repertorio de Boby Lapointe y otros intríngulis de las lenguas a las que somos aficionados. Como lo era Santos, con quien tanto acostumbrábamos a entretenernos en esas sopas de letras. Podré así, de paso, sumergirme un poco más en el francés antes de compartirlo con usted apenas en un par de meses.

     A la espera.

Publicado en Tam Tam Press, 12 marzo 2018

miércoles, 14 de febrero de 2018

Pluvioso 18

     Tengo para mí, madame, que el visitante es siempre una víctima de la casualidad. Que por mucho que programe su viaje y procure atar todos los cabos de su itinerario, el azar le reserva obstinadamente una circunstancia que lo liga sin remisión a los lugares adonde llega. Eso me ocurre a mí, nos ocurrió a Santos y a mí mientras él pudo disfrutarlo, con la lluvia y la ciudad de París. La lluvia en todas sus expresiones y en cualquier estación; también, por supuesto, en este mes pluvioso que ha vuelto a desbordar el Sena, lo que nos hubiera impedido refugiarnos, como solíamos hacer, bajo el último de los arcos del Pont Neuf, donde años más tarde paseara Juliette Binoche su decepción amorosa y su enfermedad. Ni lo uno ni lo otro nos llevaba a nosotros hasta ese rincón; sólo los aguaceros y otros diluvios.

     Así fue, naturalmente, en aquel otro pluvioso de 1982, cuando habíamos desembocado en la ciudad por segunda vez, en pos entonces ya no de usted, sino de Angelita. Fue una nueva construcción fabulosa de las que tanto gustábamos y una excusa para deambular sin rumbo por esas calles con la intención de un encuentro imposible. Ya le he explicado en cartas anteriores que, aparte de lo que uno hereda, nuestra obligación como individuos es construir la propia mitología y compartirla incluso, como fue el caso y como lo es ahora con nuestra correspondencia. A mí me había llegado aquella muchacha de boca de un compañero del bachillerato, de la que había sido pretendiente y que acabó por dejarle a él y a sus tierras zamoranas de origen para emigrar al norte de los Pirineos. Supe de ella lo que él me había contado, que seguramente era tan platónico como lo que yo imaginaba, y solo la conocí a través de una fotografía, supongo que real, que ella le había enviado, ya instalada en París, tomada en el atrio de Notre Dame. Sobre esa imagen y sobre esa historia bautismal construimos los demás, huérfanos de imágenes y de historias similares, nuestra propia novela y la extendimos mucho más allá del entorno primero. Tanto es así que todavía hoy persevera en ello el último guardián del relato, mi psiquiatra, que acostumbra a brindar todavía por Angelita sin mayores explicaciones a la parroquia.

     Así que bajo los chubascos recorrimos en aquella ocasión el callejero parisino, desde el atrio fundacional hasta las aceras entonces turbias del Faubourg Saint-Denis, atravesando un Marais más discreto que el actual o husmeando cafés y boutiques en Saint-Germain. Poco importaba que se nos apareciera o no la idealizada desconocida. En verdad, nosotros perseguíamos a medias los paisajes y los seres que habíamos conocido antes tanto en Españolas en París como en las canciones de Jacques Dutronc. Y santificábamos de paso otros mitos, otros enclaves sagrados de la ciudad, con cuyo esplendor pensábamos deslumbrar al catálogo completo de nuestras amistades provincianas. Hasta ese punto éramos ilusos y pueblerinos.

     Santos no quiso, como había ocurrido el año anterior, acercarse a la rue Verneuil. Yo sabía, aunque nunca lo comentamos, que en aquella ocasión primera tampoco él había podido estar con usted, que se lo había inventado, que usted ya no vivía allí con Lucien y que, por tanto, su pose fue eso, simple pose. Pero no quise romper ni una sola pieza de la porcelana que atesorábamos, a veces a solas, a veces uno al lado del otro. Fíjese usted que yo no me atreví a asomarme a esa dirección hasta muchos años después, cuando ya todo era sombra de lo que fue. Ni siquiera el fallecimiento de Gainsbourg, cuando ya Santos se había ido también, animó en mí como en otros ni una peregrinación a los sagrados lugares ni una muestra de emoción. Es curioso, la única pérdida reciente que ha motivado mis lágrimas al conocerla ha sido la muerte, hace poco más de un año, de Leonard Cohen. Será cosa de que voy haciéndome mayor, momento en que la lluvia se asoma también con facilidad a los ojos.

     En fin, con usted malgré tout.

Publicado en Tam Tam Press, 13 febrero 2018

jueves, 18 de enero de 2018

Nivoso 18

     Que no eran así antes, que eran mucho peores, dicen, los inviernos. Y, sin embargo, la paradoja reside en que uno los recuerda cálidos como cálida era seguramente aquella juventud a la intemperie. No digo la infancia de sabañones y pantalón corto, también callejera, una época mucho más cruel que en el caso de Santos, recordaba a menudo, fue corta por fortuna porque corta fue la carrera futbolística a la que aspiraba un miope con afán de guardameta. No, me refiero a la juventud huidiza de la casa paterna y arrojada a las calles para sobrevivir sin importar estación o calendario.

     Casarse a los 19 años, como hizo usted con John Barry, no formaba parte de nuestros planes ni era la fórmula elegida el matrimonio para emanciparse de nada en aquellos momentos. Pero no la juzgo, bien lo sabe; hasta aquellos tres años suyos con él anidan a mi juicio en sus éxitos como compositor de bandas sonoras. Y, de no ser así, me da igual, francamente. Incluso la imagino a usted tarareando los acordes de Midnight Cowboy, que ya es imaginar, la primera pieza con la que nos asomamos al catálogo de Barry. Precisamente en él, como en otros, y en las imágenes que envolvían aquellas melodías habitaba buena parte del secreto para combatir los inviernos dicen que mucho más severos que los de ahora.

     Y seguramente era así porque hace años que no he vuelto a pisar una sala de cine. No necesito ya ese espacio ni para refugiarme ni para formar parte de ninguna tribu. Entonces sí. Porque había inviernos en verdad nivosos y porque existíamos en lo tribal más que en los soliloquios. Y porque había películas de comunión obligatoria, por supuesto, que reclamaban puestas en común pedantes a continuación. Entre todas ellas, las películas francesas, que nos dejaban a Santos y a mí estupefactos, La genou de Claire o cualquiera que interpretase Jean-Louis Trintignant, para acabar rindiéndonos sin embargo, como tantos otros, a la genialidad de Bogdanovich cuando pudimos ver The Last Picture Show. Bromeaba Santos con que rodillas como las de Claire eran más que posibles en Palomares, donde la hierba crecía lenta como en las películas de Rohmer, pero a quien no habría manera de encontrar allí era a Cybill Shepherd y a aquellos muchachos atribulados de Anarene. Y en cuanto a Trintignant, no sé bien, quizá lo único que hubo en nosotros fue una especie de nostalgia por anticipación, como años más tarde escuchamos en la canción de Vincent Delerm: “es un poco decepcionante / Deauville sin Trintignant”.

     De tal manera que nuestra agenda invernal era saltar de cineclub en cineclub y de sesión continúa en sesión golfa con tal de estar abrigados entre butacas. Las programaciones, las salas, las formas de ver películas entonces nos lo permitían. Además, si los cines ocupaban locales destacados en el centro de las ciudades era porque se trataba también de una actividad social, más aún en una ciudad de provincias, y no un simple elemento más del ocio comercial, como me cuentan que sucede ahora. Era hermoso pasear por las calles y que, de repente, te asaltase un enorme cartel en la fachada de una de aquellas salas legendarias. Como nos ocurrió a Santos y a mí paseando por el Barrio Latino con el anuncio de Passion de Godard. Fue en nuestro segundo viaje, en el año 82, si recuerda. Aquel verano en que nos entretuvimos los dos buscando inútilmente a Angelita por las boutiques y los cafés de Saint-Germain. No dimos con ella pero, a cambio, nos encontramos con la imagen poderosas de Hanna Schygulla, a la que seguramente no habíamos prestado suficiente atención y desde entonces decidimos venerarla por los siglos de los siglos. Le confieso, madame, que ahí tuvo inicio mi infidelidad y, como usted no ignorará, empecé a dejarme querer por la lengua alemana. Ya sé, ya sé que fue usted misma la que me advirtió de que Hanna residía también en París desde el año anterior. Exactamente desde el mes nivoso de 1981, lo que celebro con esta carta que por mes semejante hoy le envío. Afectuosamente.

Publicado en Tam Tam Press, 18 enero 2018

jueves, 14 de diciembre de 2017

Frimario 17

     Día clave, señora, este 14 de Frimario, que da fecha a la séptima carta de nuestra correspondencia. Sé que me permitirá la indelicadeza porque todo, o casi todo, está ya a la vista de cualquiera y no hay reserva que valga para aniversarios y otras funciones. De manera que, aun desconociendo sus usos particulares al respecto, pues de ello nunca hemos hablado, me atrevo a reunirme con usted en este su 71 cumpleaños, tal y como habituado estoy no sé bien ya desde cuándo.

     O tal vez sí. La memoria, que es lo más resbaladizo de estos andurriales de la edad, me devuelve inevitable a la adolescencia, que es el momento en que uno empieza a construir sus propios mitos y a desterrar los heredados. Los eróticos entre los primeros, cuando usted se ocultaba al fondo de un pupitre en aquellos posados escabrosos al lado de Brigitte y el baile de hormonas ponía en serio riesgo la disciplina salesiana. Los pretenciosamente culturales tiempo después, cuando obligatorio nos era comulgar con toda forma de supuesta transgresión y el cine nos unió también a Santos y a mí en la visión de Blow-up de Antonioni. Lo musical simultáneamente, cuando ya nos habíamos rendido al efecto Gainsbourg y todo lo que desde él nos alumbraba, incluido ese nuevo episodio de la relación entre la bella y la bestia. Finalmente, claro, aquel verano de 1981 en París y cuanto después nos sucedió. Un día indeterminado, en medio de todo ese tránsito, anoté la fecha de su nacimiento y desde entonces lo he celebrado con tanta fidelidad como discreción. Ni siquiera Santos, a pesar de tanta complicidad, fue invitado nunca a la gala.

     Lo cual que aquí estamos, acumulando historia, que es lo mínimo que uno debe hacer con la vida para que aquella pueda ser transformada. Y acumulando prole y enfermedad, que son los temas que protagonizan las conversaciones a medida que uno se aleja más y más del pupitre y de la edad transgresora. A pesar de que en esa construcción y acopio el yo resultante, como sentenciaba nuestro admirado Umbral, “se hace innumerables trampas a sí mismo” y ni la historia ni las conversaciones son fieles a lo que fueron. Máxime si hay intención de engaño a la manera en que se estila en este país o en tantos otros parajes, donde la mentira reina sin pudor hasta consagrar este manglar tramposo en que se ha convertido el mundo.

     En fin, Frimario dijimos y ese fue el mes elegido por el destino para disponer el accidente fatal de Santos (como vuelve a hacerlo ahora con el mutis de Johnny Hallyday). Capricho o providencia, nadie lo sabe, lo cierto es que nacimiento y muerte se me unieron para siempre en el tiempo de la escarcha. Los años subsiguientes al de la fatalidad lo fueron de respeto y luego, finalmente, de apartamiento. Hasta hace unos días, cuando Tomás me propuso que regresásemos en este aniversario a Palomares. Quién sabe qué o quién permanecerá allí. Nuestros pueblos se deshabitan como si residieran en un eterno invierno implacable, de tal modo que en ellos no queda ya ni quien cuente el paso de las estaciones, condenadas también a la confusión por eso de los climas locos. Comprenderá usted, por tanto, que siempre me haya confortado mucho más atender a la sucesión de años que han escrito su biografía, incluso en los jalones de tragedia que la han envuelto a veces. Tengo cerca para esta ocasión el disco que se adornó con fotografías de su hija Kate, desaparecida no casualmente para mí en otro mes de Frimario. Ya sabe, el titulado Rendez-vous. Así que, cerraré el sobre con esta carta, me acercaré a la oficina de correos y, de regreso a casa, creo que me embeberé una vez más en su escucha y en mi deseo de que su cumpleaños le sea feliz. No dude que, de ser así, yo sabré advertirlo y celebrarlo. Suyo.

Publicado en Tam Tam Press, 14 diciembre 2017

jueves, 16 de noviembre de 2017

Brumario 17

     Bruma no es tanto el fenómeno atmosférico como la falta de claridad con que se expresan nuestros recuerdos. Así lo pienso, Jane, a medida que se suceden estas cartas que le remito, pobladas más con ecos de un pasado borroso que con la crónica de una actualidad exterior poco estimulante. Es, salvando las distancias, lo que nos enseñó el poeta José Ángel Valente: “Hablar de la propia vida es entrar de lleno en el terreno de la ficción”. Así mismo lo que escuchamos juntos, Santos y yo, en una conferencia del escritor Torrente Ballester en nuestros años de estudiantes universitarios. También la bruma me impide ser exacto, pero más o menos venía a explicar que la novela es la vida de uno mismo atravesada por la imaginación o la fantasía. Quizá por ello, quien un día recoja este epistolario y lo lea desde la distancia, temporal y emocional, pensará que hay en él más de novelesco que de real y no se equivocará. Sin embargo, usted y yo conocemos bien cuanto contiene de cierto, a pesar de las neblinas.

     Le hablo de la escritura y de nombres a ella ligados que nos alimentaron en nuestra juventud: Valente, Torrente, otros que han surgido en entregas anteriores… También, claro, Patick Modiano y Paul Verlaine. De aquel viaje bautismal a París (1981, recuerde) nos trajimos el botín de La rue des boutiques obscures y Poèmes érotiques después de pasear por librerías y buquinistas como bisoños devotos de una religión pagana. La librería Shakespeare & Company fue, por supuesto, el primer altar de nuestras oraciones, no así por comulgar con el Ulises como por santificar los mitos, que era obligación ineludible para los seminaristas de las letras. No dejábamos de ser dos aprendices del idolatrado entonces Bernard Pivot y de cuanto sabíamos (poco, muy poco en verdad) de su programa televisivo Apostrophes. Pura y simple postura la nuestra, como la de tantos otros en aquellos años.

     Leo ahora, en este periodo de mi existencia, los suplementos culturales y otras publicaciones sobre la actualidad literaria y le confieso que no llego, que la mayoría de los nombres me son ajenos y que la velocidad de títulos y reseñas devora mi afán por retener la información. Acabo desistiendo y regreso a mis lecturas habituales, como regreso al cine y a la música de siempre, todo ese velo de la historia personal que se expresa sin embargo con nitidez. Bien al contrario de lo que sucedía en aquellos años en los que éramos capaces de seguir los ritmos de las publicaciones y presumíamos de estar al día, quizá porque nuestros ritmos de lectura eran otros también y nuestros ojos no se mostraban tan turbios como en el presente. Tan sobrados andábamos que incluso nos permitíamos jugar con el porvenir y Santos y yo nos dedicábamos a aventurar quiénes de entre nuestros contemporáneos merecerían un día ser considerados clásicos. No teníamos dudas: Francisco Umbral por encima de todos.

     Embebidos andábamos por aquellos años en Mortal y rosa él y en Las ninfas yo, y en ambas ambos, casi nuestras lecturas de cabecera. Y en sus columnas periodísticas abrazadas por el título de Spleen. Sin embargo, me temo que aquel supuesto clasicismo no será tal, sobre todo si atiendo a quienes encabezan hoy la lista de lecturas requeridas en los programas doctorales de las universidades estadounidenses: Camilo José Cela y Carmen Martín Gaite. ¡Ah, Carmen Martín Gaite! ¡Ella sí! Como Torrente, nos visitó por entonces en aquella universidad expulsada del claustro urbano, con apenas una facultad y media y rodeada por campos aún sin domesticar. Se asomó a una de las ventanas del Departamento de Literatura y exclamó: “Esto sí que es un auténtico campus. ¡Tiene hasta vacas!”.

     Sí, vacas teníamos, señora, e ilusiones juveniles que nos dejaron una huella inmarcesible. Incluso, con afán de dandis, nos atrevíamos a remedar a Luis Antonio de Villena con unos guantes amarillos. Todo esto no lo vio usted, pero yo se lo cuento con idéntica devoción a la que, seguramente, empleaba Santos cuando le hablaba. En ello insistiremos, si me lo permite. Con afecto.

Publicado en Tam Tam Press, 17 noviembre 2017

miércoles, 18 de octubre de 2017

Vendimiario 17

     En aquellos tiempos, tal y como denota el mes en que le escribo esta nueva carta, nos dio por la vendimia. Bien por necesidad para pagar los estudios, bien por un romanticismo impreciso, el tránsito entre septiembre y octubre nos condujo hasta los barcillares, que es como nombran por alguno de estos pagos a las viñas. De entre nosotros, las más sensatas lo hacían en entornos locales, donde el negocio de la enología era entonces apenas un embrión, pero los más fabuladores elegían el sureste francés y hacia allá se iban con afán conquistador. Y de allá regresaban entre cabizbajos y escaldados.

     Santos, sublime sin interrupción, como presumía Baudelaire, supo no obstante mantener el tipo de una forma admirable y nos enredó a su vuelta con un conocimiento inesperado acerca del vino y sus artes: el Château Margaux es nuestro destino y no cejaremos, repetía, hasta conquistar el Médoc. Al auditorio, consumidores como éramos entonces de vinos duros en tascas provincianas, aquello, como usted comprenderá, le sonaba a pura vanidad. Sin embargo, él sabía bien cómo apurar el trago hasta la ebriedad incontestable y se entretenía acto seguido en el relato ambiguo sobre la nieta de Ernest Hemingway, Margaux, cuyo nombre se debía, según él, al gusto del escritor por ese vino exquisito. Más tarde supimos que la realidad había sido otra, pero a nadie le importó: ya éramos adictos declarados a aquella confusión y a aquel emblema. Le confieso ahora, madame, que nunca he probado ese vino, pero si llego a hacerlo algún día será sin duda para honrar la memoria de aquellos vendimiadores iluminados.

     Hubo otras Margot en nuestra vida, algunas de escritura más corriente pero todas con parecida hechura literaria. Recordará usted sin duda a la Brave Margot de Brassens, la joven pastora que amamantaba a un gato huérfano hasta que las mujeres de la localidad, ebrias de cólera, acabaron con él a bastonazos. O a La reina Margot, Marguerite de Valois encarnada en Isabelle Adjani, versión a la que no llegó Santos desgraciadamente, pues la fatalidad de su destino le dejó aparcado en la novela romántica de Alejandro Dumas. O, en fin, una tercera Margot fantasmal, que se nos apareció una tarde a orillas del Cantábrico para conducirnos a una bucólica fiesta de la luna llena donde no dejaba de sonar Like a rolling stone, tras la cual se evaporó y nunca más supimos de ella. Nombres e historias que se amontonan en el recuerdo como hojarasca de un otoño sentimental. En ella se mezclan y fermentan tal que el humus para dar lugar a relatos que se escriben o se cuentan sencillamente en reuniones hogareñas que llamábamos por aquí filandones o calechos.

     Siempre la hojarasca tuvo, a mi modo de ver, esa doble cualidad: lo que muere y lo que renace una vez descompuesto. De ahí quizá la devoción que he sentido, que sentíamos Santos y yo, por esa canción que usted ha regrabado recientemente: Las hojas muertas, heredera de la original y gloriosa de Yves Montand, recreada después por Sege Gainsbourg como La chanson de Prévert y finalmente orquestada para su acompañamiento en el disco esplendoroso que no dejo de escuchar. Sabrá usted, Jane, que hay dos eslabones más en esa cadena, y seguramente otros que desconocemos, que me permito aquí sugerirle para acompañar estos meses de desnudez. Allá por 1999, un dúo de vida efímera, El cometa errante se llamaba, la trasladó de forma sui géneris a la lengua castellana y le gustará, creo, escucharla en alguno de esos rincones de la red por donde vaga todavía. Unos años más tarde, fue el encantador de audiencias Kevin Johansen quien la volvió a registrar con una especie de desabrigo abrasador. Ve usted, es lo que tiene la hojarasca.

     Tiempos, pues, de hojas muertas y de buenos vinos son los que quedan anotados en esta carta. A pesar de que nuestros alrededores no concuerden bien con esa pauta y nos aturdan, bueno es que respiremos algo de lírica. À la prochaine.

Publicado en Tam Tam Press, 18 octubre 2017

jueves, 14 de septiembre de 2017

Fructidor 17

     Desde la esquina última del verano, señora, donde cuentan que el sol acaricia en su caída la constelación de Virgo, vuelvo a usted para constatar cómo crece nuestra colección de necrológicas. No es morbo sino coincidencia que los años convierten en abundancia a veces insoportable. No le hablaré mucho de Jeanne Moreau, ida en este estío, como no lo hice el mes pasado sobre Simone Veil. No son nuestras cartas un obituario, y si traigo a colación la referencia a la Moreau lo hago por pura devoción y porque también Santos la veneraba. Al menos en lo que hace a su papelito fugaz en Los 400 golpes o en el estelar de Jules et Jim. Para mí, lo confieso, también por su interpretación del personaje de Anne Desbarredes, la mujer borrosa de Moderato Cantábile, imaginado por Marguerite Duras y filmado después por Peter Brook.

     Observe, pues, cómo se nos acumulan nombres que tarde o temprano son pérdidas. Durante una época de nuestra existencia, quiero pensar que sobre todo en la juventud o primera madurez, los vamos acopiando con mimo del mismo modo que obrábamos con las colecciones de cromos en la infancia. Luego, nunca se sabe cuándo, el catálogo empieza a menguar, al principio con parsimonia pero a partir de un determinado momento con excesivo vértigo. Y así la vida se convierte sin querer en un álbum de epitafios. Usted lo sabe bien en lo cercano si pensamos en Lucien o en Kate. Yo empecé a saberlo a partir del accidente mortal de Santos. Hasta ese día tanto él como yo nos creíamos infinitos.

     En cierta ocasión, me refirió una discusión que había mantenido en el bar de Palomares con algunos parroquianos acerca del valor de los refranes. Ya sabe, esos dichos sentenciosos tan del gusto popular. Pues bien, él se había obcecado en que el refranero era una construcción reaccionaria y que había de ser combatida por la razón. “Odio que me recuerden que la salud es lo más importante o que no hay mal que cien años dure”, me contaba a propósito de aquello. No se lo discutí nunca porque ingenuamente también yo sabía que estaba en lo cierto. De hecho, no sé a usted, a mí aún me vive el mal de su pérdida a pesar de los años, que no son cien aunque alcanzan ya la categoría de eternidad.

     El fallecimiento precipitado de Santos fue, sin embargo, la confirmación del tópico: “siempre se nos van los mejores”, se repetía en el atrio de la iglesia de su pueblo. En realidad, la mayor parte de cuantos estábamos allí no sabíamos qué otra cosa decir, posiblemente era aquél el primer funeral de uno de los nuestros y el infarto mental era de tal calibre que no cabía otra que recurrir a lo que habíamos escuchado y despreciado en ceremonias similares. O tal vez no. Tal vez fuera cierto que se iba el mejor. El mejor de los nuestros entonces, el de mayor genio al menos. Nuestro talento, que no discuto en muchas de las amistades allí congregadas, nunca hizo sombra a su clarividencia. Nuestro humor no llegaba a las botas de su ironía. Nuestro saber quedó fatalmente amputado.

     Mas no era mi intención en un principio convertir nuestras cartas en un ir y venir de elegías, bien a pesar de que los tiempos nos abonen el terreno con estos sucesivos fundidos en negro y con otros horrores que no dejan nunca de golpearnos. A veces se me ocurre pensar si no desaparecerá también con nosotros ese género en la medida en que lo que se anuncia para los jóvenes millennials es la no muerte. En fin, Jane, vivir a caballo de dos siglos tiene estas consecuencias: uno no sabe bien si es pasado o si es futuro, si uno es lo que se hizo o si llegará a ser lo todavía por hacerse. De manera que procuraré ser más animoso con usted en próximos envíos, aunque tampoco se lo puedo garantizar del todo. La columna cristiana, de la que nunca lograremos desprendernos, nos llevaba a Santos y a mí, en aquellos años, a tener fe en la providencia. Así que proveeremos, madame, proveeremos.

     Y mientras tanto, dejemos pasar septiembre, que es un mes que tiende a la melancolía.

Publicado en Tam Tam Press, 13 septiembre 2017

miércoles, 16 de agosto de 2017

Termidor 17

     El caso, madame, es que este verano, a causa de su fallecimiento, devolvió a la actualidad la figura de Simone Veil y nos hizo pensar y comparar cómo sentíamos Santos y yo, al igual que otros seguramente, los mundos políticos y cómo se nos manifiestan ahora. Tal vez sea la nostalgia la que me lleva a escribirle a usted sobre este asunto o tal vez no, pero comprenderá que algunos abismos se han abierto entre aquellos años ingenuos y este presente aturdido.

     Del mismo modo que nos dábamos al juego nominal con los meses revolucionarios, era aquél un tiempo de intercambio de otros nombres y otros contenidos. Descubríamos figuras de la política francesa que nos animaban no tanto a disputar como a compartir, sobre todo en un país como el nuestro donde, al contrario de lo que presumían los falangistas perennes, nunca terminaba de amanecer. Lanzábamos en la conversación un nombre, un prenom como dicen ustedes, y nos obligábamos a rastrear biografías y trascendencia. El de Simone fue uno de los más sobados, pero también el de François en los últimos años de nuestra complicidad intelectual. El de Valery nos servía de comodín para las bromas. Lo cierto es que hablábamos de ellos sin mencionar sus apellidos, como si formasen parte de una familia que construíamos al alimón a medida que ensanchábamos nuestro horizonte. Dudo mucho, la verdad, que hoy figurase en ese catálogo Enmanuel, a pesar de toda esa popularidad artificial con la que ha sido bendecido. Reconozcámoslo: era otro nivel. Ni mejor ni peor, otro.

     También nosotros éramos otros, evidentemente. No es fácil suponer por dónde derivaría hoy Santos ante tantos esperpentos políticos como los que se suceden en este siglo, pero no creo que se mostrase muy activo. Recuerde usted que en sus últimos meses gustaba sobre todo de frecuentar jardines privados y mesas camilla en lugar de plazas públicas. De hecho, sufrió de una forma inesperada el atentado que llevaron a cabo los servicios secretos franceses contra el Rainbow Warrior en 1985 y convino conmigo en apartar de inmediato a François de nuestro elenco. Sin más contemplaciones. En fin, eran años de adhesiones inquebrantables y de odios repentinos. No sé, madame, si usted se acordará del Atolón de Mururoa y de aquellos ensayos nucleares. Da la impresión de que sea una historia muy antigua, incluso clausurada. Sólo la histriónica Corea del Norte protagoniza hoy esos asuntos, como si el resto del planeta fuese un lugar desnuclearizado y de la agenda de la rebeldía hubiesen desaparecido para siempre las protestas contra esa amenaza. El caso es que muchos de aquellos jóvenes irritados son los que hoy gobiernan y quizá eso lo explique en parte. Otros de ellos continúan buscando con dignidad la identidad extraviada más que el paraíso perdido. Los vi poco después de caer el muro de Berlín, en el barrio de Kreuzberg, tomando cerveza y entregados aún a una melancolía sin causa. Santos hubiera escrito una tesis al respecto.

     Bueno, posiblemente todos andemos ensimismados. Así como aquellos eran, según entonaba un grupo español del momento, malos tiempos para la lírica, los presentes lo son sin duda peores para la épica. Cosas del individualismo creciente. Yo mismo, si pienso en los mares inmensos que envuelven Mururoa, allá en la Polinesia Francesa, no es el atolón infectado lo que me viene a la cabeza sino una isla más al nordeste, Hiva Oa, en concreto la localidad de Autona, donde descansan Paul Gauguin y Jacques Brel. Es mi modo de evadirme y aislarme del drama. Aunque le confesaré que de vez en cuando recupero todavía Rebelión a bordo, cuya deriva curiosamente llevó también a aquellos marineros británicos a las playas cercanas de Pitcairn. Vuelvo entonces, como diría Melville, a sentir deseos de embarcarme de nuevo sin ruido ni alboroto.

     En fin, así seguimos y resistimos. No creo que haya sido mala idea, pues, traer a nuestra correspondencia la memoria de Simone Veil y de los Mares del Sur. Seguro que a ambos nos complace. Con afecto.

Publicado en Tam Tam Press, 16 agosto 2017

viernes, 14 de julio de 2017

Mesidor 17

     Recordará usted, estimada Jane, que Santos y yo solíamos celebrar este día 14 de Mesidor. Contra lo que cantaba Brassens, que era casi un dios, nuestra blasfemia venía justificada por otro tipo de devoción bien alejada de la exaltación patriótica. Por eso precisamente vuelvo ahora sobre esa fecha para dar continuidad a este epistolario y a los ritos interrumpidos de forma tan abrupta.

     Cuando él y yo nos conocimos en la universidad, descubrimos que nuestra común francofilia había nacido a la par en el primer año del bachillerato. Para unos tipos como nosotros, a finales de los años sesenta, el planeta se había limitado hasta entonces a Palomares y su entorno y al barrio de la Vega y sus arrabales. Poco más. De modo que el estudio del francés fue en verdad el descubrimiento del mundo, la revelación de que más allá de nuestros paisajes cotidianos limitados había otra vida y que era hermosa. Con el tiempo, de confesión en confesión, supimos uno y otro que ambos la habíamos situado a usted, junto a otros astros, en el eje de ese nuevo universo. De modo que en esto consiste la vida, en construir una mitología personal más allá de herencias genéticas y ambientales. Y, claro, cuando esa mitología es compartida, inevitablemente se transforma en una religión, aunque sólo sean dos sus feligreses.

     En esa arquitectura se inserta, pues, la fecha en cuestión. Así como jugábamos con el nombre de los meses o nos colocábamos un ramito de muguet en la solapa cada primero de mayo para afrancesar las marchas del trabajo, aprovechábamos la fiesta francesa por antonomasia para intercambiar presentes más simbólicos que otra cosa: pequeños descubrimientos, literarios o musicales sobre todo y también algo que tuviera que ver con el cine, que poníamos el uno al alcance del otro. Así compartimos por primera vez À bout de souffle, la película de Godard, y así caímos rendidos los dos ante Belmondo y Seberg. Aunque el gran chasco me lo llevé yo al regresar de mi primer viaje a Francia en el verano de 1980. Descubrí en Burdeos a una cantante que me llamó la atención, Isabelle Mayereau, y decidí comprar un disco suyo para Santos coincidiendo con aquella celebración anual. Se lo entregué emocionado. Él observó el retrato de la portada y, sin más, sentenció: “Tiene demasiada pinta de profesora de inglés… Mejor guárdalo tú”. Supe entonces que su práctica religiosa era mucho más ortodoxa que la mía y que su fe tendía inexorablemente a estrecharse.

     Al año siguiente, lo recordará usted bien, viajamos juntos a París. La tarde de aquel día 14 me propuso que nos acercásemos hasta la rue de Verneuil, donde usted residía con Lucien. No le acompañé, ya sabe, porque yo era entonces, quizá lo sigo siendo, muchos más idealista o más cobarde, según se mire, y le dejé ir. El resultado de aquella aventura lo conoce usted bien y no necesito evocarlo ahora. El caso es que, como suele decirse, ahí empezó todo. O bien comenzó a reescribirse de otra forma. Sin ir más lejos, el asunto que hoy motiva esta carta se fue difuminando hasta morir definitivamente tres años después. El tiempo de los juegos había tocado a su fin y Santos navegaba ya por otros mares, así en los sentimientos como en su devenir laboral. Hasta el final.

     Así pues, estimada señora, un servidor, de naturaleza fetichista en algunos aspectos, prosiguió no obstante con la ceremonia estival con absoluta devoción. De tal modo, que años llevo ya inaugurando esta estación en el momento exacto en que las ruedas empiezan a girar en el Tour deFrancia y saludando cada mañana del 14 de Mesidor con una melodía venida del norte. Le confesaré que para esta ocasión he seleccionado un disco suyo, aunque debe comprender que no siempre ha sido así. No llego a tanto. Enfants d’hiver, que es el título elegido, me ayudará de paso a soportar los calores que nos castigan: “Hay un país / inexplicable, / inaccesible / como los muertos. / He pasado mi vida buscándolo. / Como una película en súper ocho / rebobino mi vida”.

     Con todo aprecio, Madame.

Publicado en Tam Tam Press, 14 julio 2017