Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 20 de enero de 2013

AMPARO SÁNCHEZ: Alma de cantaora


     “…Para ti, que eres la razón por la que canto y comparto mi música”. Así reza parte de la dedicatoria de un disco que firma Amparo Sánchez, la misma que un tiempo atrás se hizo llamar Amparanoia. Lo que ha sucedido en ese tránsito y sus motivos no nos interesan, porque el misterio, de haberlo, se resuelve precisamente en la dedicatoria: nada ha cambiado en los objetivos artísticos de esta maestra de la fusión musical en España, la comunión que persiguió siempre con sus auditorios, en disco y en directo, continúa siendo de entrada el motor de esta nueva etapa.

     ¿Existe entonces alguna diferencia, aparte de la onomástica, para un oyente ignorante? Dos se nos ocurren, aunque ello no suponga una fractura para nuestros oídos. Por un lado, da la impresión de que Amparo se ha tranquilizado, dicho sea en el mejor sentido; se nos aparece más reconcentrada, más intimista y más acústica, lo cual ni le priva de ritmo ni le resta un gramo a sus valores reivindicativos y de combate. Por otro, quizá en consonancia con lo anterior, ha perdido luz, ha perdido color, quizá ha perdido alegría, y eso es más que evidente si comparamos la portada de este disco con las que fueron en su vida precedente, llega a ser incluso fea por más que bien intencionada. Sin embargo, otras constantes de su estilo personal siguen vigentes y nítidas. La mezcla de ritmos, los terrenos fronterizos, la fusión, en suma, es una de ellas: es un disco pop, pero también podríamos calificarlo con esa etiqueta múltiple de lo étnico, de la world-music. Otra es la persistente colaboración con artistas de distinto pelaje, de culo inquieto como ella, en este caso Mane Ferret, Arianna Puello, Caléxico o Bebe. Y, por último, también resisten las referencias sonoras que se superponen a las canciones o se hacen canciones de sí mismas, con la Abuela Margarita y el Subcomandante Marcos a la cabeza.

     Podría decirse por tanto que el “alma de cantaora” ya habitaba en Amparo Sánchez antes de ser Amparo Sánchez, seguramente desde su cuna en Jaén hasta sus andanzas sucesivas bajo el sello Amaparanoia, que tan buen regusto nos ha dejado. Siendo la misma y sin ser la misma. Y en estos tiempos, cuando todo lo que lleva la etiqueta latina parece venirnos de Miami, es decir, cocinado desde la sede del imperio, no está nada mal fortalecer devociones que, siendo de aquí, van mucho más allá de lo local y a la inversa. Y, por si hiciera falta algo más, baste repetir lo que ella misma señala en su web oficial: “Mi canto se basa exclusivamente en los sentimientos. No puedo cantar nada que no sienta”. No otro es, pues, el enigma de las cantaoras, vengan de donde vengan, se llamen Billie Holiday, Edith Piaf, Amparo Sánchez o su alter ego pretérito. Es lo que se conoce como autenticidad sin brillos inútiles, lo que más nos seduce de este disco, lo que siempre nos arrebató de esta artista. Merece la pena asomarse a ella con sosiego si no se ha hecho ya a estas alturas.

Publicado en Notas Sindicales, abril 2013

jueves, 11 de octubre de 2012

CRISTINA LLISO: Si alguna vez


     Eran los tiempos en que bastaba con un par de acordes y un poco de ironía o de mala baba para hacer música y pasárselo bien. Sin más pretensiones. Sin embargo, de aquel mismo paisaje despreocupado e iconoclasta surgió, andando el tiempo, un catálogo de nombres y de canciones imprescindibles en la historia de la música pop española. De entre todos ellos, con especial sonoridad y convertidos rápidamente en eso que llaman grupo de culto, traemos a colación a Esclarecidos, al frente del cual destacaba la voz espléndida y sutil de Cristina Lliso. “Arponera” (1984) fue seguramente su canción de referencia, la que acabó por alumbrar un estilo singular, si bien en un medio sindical tampoco conviene olvidar su contribución a nuestro decorado con “Música para convenios colectivos” (1982). Seis álbumes, cuatro recopilatorios y un montón de sencillos integraron su discografía hasta su disolución en 1997. Más tarde, junto a Suso Saiz y Alfonso Pérez, la voz de Cristina reapareció fugazmente bajo la marca Lliso con una apuesta más electrónica y con menor eco.

     Ahora, treinta años después de aquellos convenios colectivos, vuelve Cristina Lliso con todas las letras y con todo su esplendor, de nuevo al lado de Suso Saiz, con un disco inusual para los presentes estilismos: Si alguna vez. Sus claves vuelven a ser las que fueron, ajadas inevitablemente por el tiempo como todos nosotros; sus bases sonoras, las de los últimos trabajos de Esclarecidos, pero aún más íntimas si cabe, como una mirada profunda hacia los adentros; su oferta, un puñado de buenas canciones, construidas conforme a un formato clásico que nunca falla, textos sugerentes, arreglos bien elaborados y sencillez en el remate final. Y, naturalmente, presidiendo todo el conjunto, esa voz para la que fue necesario algún ajuste: “Desafinaba tanto –ha declarado- que Suso me dijo que tomará unas clases de canto. Después, bien. Estoy muy contenta”.

     Más o menos lo mismo que cuantos hemos sido sus incondicionales desde el principio de los tiempos o que quienes, al descubrirla ahora, tengan por delante el placer ya irrepetible para otros de asomarse por vez primera a las canciones memorables de entonces. Y en cuanto a las que en esta ocasión se nos ofrecen, una sobresale y merece ser saboreada como compendio de todo el producto: “La Duna de Pyla”. Cuanto en ella se dice, junto a las fotografías que en el librito retratan este espectáculo del litoral aquitano, acaba dibujando el escenario más adecuado para esta música, que quiso ser como la nueva ola en el origen, pero que pronto mudó a algo más personal: pop que fantaseaba con ser jazz. Es lo mismo que ocurre con esas dunas fascinantes que nunca son iguales a como las hemos contemplado en otras visitas ni serán las mismas cuando regresemos a ellas, pero que indefectiblemente conservan un atractivo perenne del que es imposible apartar la mirada. Más todavía si, como es el caso, al frente se extiende el Atlántico y a las espaldas queda el bosque de las Landas. Sinfonía de color, en suma, como la voz de esta mujer.

Publicado en Notas Sindicales, noviembre 2012

domingo, 1 de julio de 2012

JOSÉ ANTONIO LABORDETA: Con el puño cerrado con dignidad


     Lo más adecuado para una antología póstuma sería que la seleccionara el propio finado. Así mismo, podría de paso encargarse también de los textos introductorios y de otras exégesis más o menos oportunas. Por último, debería igualmente supervisar el formato, las imágenes e incluso los colores de la obra. Dicho lo cual, hay serias dudas de que José Antonio Labordeta, a pesar de haber sido un hombre un tanto adusto y de modestia contrastada, hubiese dado el plácet a esta recopilación que vino a conmemorar el primer aniversario de su fallecimiento. En primer lugar, porque la selección musical es irregular e incompleta; en segundo, porque las grabaciones recogidas en DVD llevan a pensar en si no habría otras más apropiadas; en tercero, porque ofrece una cronología demasiado esquemática con un diseño en colorín de feria; luego, porque le sobran elogios –merecidos todos, por otra parte-, pero falta historia; y, finalmente, porque el conjunto es tan austero que parece un producto más de la doctrina última de los mercados que él, con toda seguridad, habría también rechazado.

     Aún con todo, qué duda cabe de que saludamos esta edición amplia (tres CD y el citado DVD) del repertorio de Labordeta y precisamente lo traemos aquí para común conocimiento. Hay, por supuesto, otras recopilaciones suyas en el mercado y otras reediciones de viejos discos. Lo que añade ésta, además de hacer un poco de todo lo anterior, es que suma rarezas, versiones compartidas y, sobre todo, imágenes en vivo (algunas de ellas prescindibles, por cierto, salvo para los muy adictos), tomadas de actuaciones en directo y de programas de televisión: de estos últimos, sorprenden y casi irritan los que lo presentan en plan chansonnier o cantautor ligero comercial, casi lamentables. Pero de todo hubo en la viña del aragonés. Por ejemplo, sus colaboraciones (éstas sí dignas de consideración) con el grupo Puturrú de Fuá, donde el lado irónico del Abuelo brilla sobremanera, y hasta con Serrat, Aute o Sabina. De paso, la inclusión en el conjunto del disco de 1991 Tú y yo y los demás nos permite recuperar a Ovidi Montllor y a Imanol, tan escondidos por desgracia en el viejo baúl de la canción de autor.

     Y ocurre, en suma, que nos sigue emocionando este hombre y nos sigue estimulando cualquiera de las flores de su cancionero. Y, como suele ocurrir con aquellos que nos abandonan y a los que tanto quisimos, la sensación de orfandad apenas si es compensada por su pervivencia sonora. A él se refirió Fernando González Lucini en el disco-libro Nueva visión y en el libro La canción de autor en España (donde nadie le discute un lugar más que notable) con estas palabras que traemos aquí casi a modo de epitafio: “José Antonio Labordeta no se rinde y, como la sabina, se mantiene altivo y nada puede truncar su canto; y ahí permanece como un monegrito más, sabiendo, como ellos saben, lo duro que es pelear”.

Publicado en Notas Sindicales, septiembre 2012

lunes, 9 de abril de 2012

VARIOS: Chimes of freedom


     En diciembre de 2007, cuando esta banda sonora empezó a escucharse en Notas Sindicales, un disco elaborado a base de versiones sobre el cancionero de John Lennon y comercializado para mayor gloria económica de las campañas de Amnistía Internacional inauguró la serie. Hoy, casi cinco años después, proponemos otro disco con varios denominadores comunes con aquel: Chimes of freedom (The songs of Bob Dylan. Honduring 50 years of Amnesty International). En efecto, una nueva edición a beneficio de esa organización en el cincuentenario de su trabajo por los Derechos Humanos en el mundo y un disco compuesto también por versiones exquisitas, construidas en este caso sobre el repertorio de Bob Dylan. Y como en aquella ocasión, cuya colección de canciones ocupaba dos CD, la recopilación vuelve a ser tan amplia que ocupa hasta cuatro CD y conforma así una auténtica antología del artista de Minnesota en las más variadas voces.

     Fue en marzo cuando supimos que Dylan regresaría de nuevo a España, curiosamente para encabezar esta vez el cartel del Festival Internacional de Benicásim 2012. Naturalmente, no todos vamos a poder asistir a esa cita de año en año más ecléctica y no todos le han perdonado a estas alturas algunas frivolidades con las que nos castigó en recitales precedentes. Para los unos y para los otros, incluso para aquellos sacrílegos a los que la voz del artista nunca les pareció lo bastante cariñosa, el disco nos permite de forma simultánea un reencuentro con canciones que se integran ya en la mitología musical moderna y un descubrimiento de las posibilidades que esos mismos cantables nos regalan en nuevas y sorprendentes interpretaciones. En él se esconde todo lo humano y lo divino, así en títulos como en nombres, desde “Blowin’ in the wind” a “Mr. Tambourine man”, desde Eric Burdon a Patti Smith, y así sucesivamente Diana Krall, Mark Knopfler o Jackson Browne, “I want you”, “Just like a woman” o “Knockin’ on heaven’s door”. Todo ello coronado con un remate final por parte del propio Dylan, precisamente con los sonidos de la libertad que abrazan todo el conjunto.

     Y, claro, siempre hay defectos, mucho más evidentes todavía en una obra con interés antológico. Nos referimos a la ausencia de documentación complementaria, gráfica y textual, que es siempre de agradecer, y a la exclusiva versión inglesa de las pocas explicaciones que se aportan para justificar esta iniciativa y su formalización. Aun con ello y otras austeridades de la edición, estamos ante un lote que merece ser disfrutado sin límite y que encarna un consumo más que justo en función de la organización beneficiaria. En su página web https://www.es.amnesty.org/ssl/tienda/ puede adquirirse junto a otros muchos complementos o publicaciones, que habrán de servir así mismo para celebrar un aniversario -50 años-  tan feliz como doloroso si atendemos a su significado global.

Publicado en Notas Sindicales, mayo 2012

viernes, 6 de enero de 2012

OK CORRAL BAND: 1.000 amores


     Con antecedentes tan notables como Abuelo Jones y Palo de Trueno proyectándose desde la década de los setenta; con canciones tan insignes grabadas en la memoria como “Oye vaquero”, de la Compañía La Banana, y “Cuatreros de ganado”, de los Deicidas, ambas en los años ochenta; y con el esplendor actual de un dúo como The Bright, que se hizo hueco el año pasado entre las propuestas más destacadas de la música nacional; con todo eso por delante y en sus alrededores, decimos, no es extraño, por más que haya a quien le sorprenda, que en esta orilla regional nuestra tenga su origen y aposento un grupo como OK Corral Band. Porque, al fin y al cabo, tal y como cantaban Zapico y sus asesinos de dioses: “Ni Texas ni Arizona, el Oeste está en León”.

     En efecto, con los nutrientes de aquel Palo de Trueno, de Colt 45 más tarde y de otros senderos de la música leonesa ha acabado consolidándose esta banda country, cuyo pecado original se remonta a 2005 y que acumula ya un currículum estimable para lo que este estilo musical suele producir por estas tierras: dos discos, colaboraciones en otras tantas bandas sonoras de películas (¿Quién mató al Dr. Pus? y Walking dog) y la participación estelar nada menos que en el Festival Country de Chihuahua en 2008. Ese itinerario es el que lleva precisamente de su primer disco –Junto a ti, donde todavía se puede rastrear al lado de composiciones propias la herencia de sus padres fundadores: Eagles y Fly Burrito Brothers- hasta éste que nos ocupa -1.000 amores- que supone su decantación definitiva hacia el country-pop sin perder en absoluto sus esencias. De todo ello, más algunos vídeos curiosos, hay acta digital en la página: www.okcorralband.com


     OKCB son, pues, algo así como el testimonio de nuestra intrahistoria musical, ese club de grupos provincianos que por lo general no saltan a la fama mediática (ni falta que hace) ni conquistan el éxito comercial, pero que perseveran, aun cambiando con frecuencia de formación a partir del núcleo resistente, hasta ganarse la estima y consideración de un público que acaba siendo adicto a sus melodías. Y, lo que es más importante, lo hacen no simplemente abusando de versiones fáciles, que en este caso les permitiría un repertorio tan inagotable como brillante, sino que construyen un cancionero propio, digno de todo elogio, a base de horas y horas de ensayo en locales fríos y desangelados. Por eso, de cuando en cuando, tienen la oportunidad de subir a un escenario y suenan de verdad como auténticos músicos que nada tienen que envidiar a las glorias más ensalzadas. Quizá no sea gran cosa, no se ganan la vida con esta tarea, no hacen grandes giras, no reúnen fervores histéricos de adolescentes, pero nos han permitido a cuantos bebemos la vida también en la música disfrutar de una experiencia cercana, casi familiar, sin la cual seguramente tampoco habríamos sabido degustar otros platos de más alta cocina musical. Es lo que tiene habitar en el oeste del Oeste.

Publicado en Notas Sindicales,  febrero 2012

miércoles, 12 de octubre de 2011

KEVIN JOHANSEN: Vivo en Buenos Aires


     Por fin el nómada se detuvo en su verdadera cuna, Buenos Aires, y culminó un itinerario de lenguas, estilos y geografías para explayarse en la capital argentina con un disco y un DVD casi definitivos en su carrera de músico vagamundos. Fairbanks (Alaska), San Diego (California), Montevideo y Nueva York (por no citar sus otros antecedentes de madre argentina-española-catalana y padre yanqui-noruego) son las demás estaciones de ese camino recorrido por Kevin Johansen, el Piojo, donde se ha nutrido sabiamente con los productos de cada lugar: inglés, francés y, naturalmente, castellano porteño; funk, pop y, por supuesto, tango y milonga; Jorge Dréxler, Paulinho Moska y Barry White. "The mixture is the future", como él mismo confiesa.

     Disco definitivo, decimos, de este Vivo en Buenos Aires porque es compilación de cuanto hubo antes y punto seguido para cuanto se anuncia hacia después. Disco definitivo también porque, grabado en directo en el Teatro El Nacional, rezuma la frescura callejera y pendenciera de este desgenerado, es decir, todo lo contrario del artista unidimensional en la medida que sabe eludir el esquema de los géneros con tanto respeto como audacia. Y disco definitivo, en fin, porque conjuga todos los envoltorios que ha ido acumulando con los años, desde la fidelidad de su grupo The Nada hasta el acompañamiento en vivo del dibujante Liniers, más la costumbre de subir al escenario otras voces para recrear como si fueran nuevas sus canciones de discos precedentes; en este caso, Kiko Veneno, el brasileño Paulinho Moska, el uruguayo Fernando Cabrera o la portorriqueña Ileana Cabra. Y todo ello bajo la batuta en la coproducción de Matías Cella, de quien, para más referencias, ya tuvimos noticia aquí en el comentario de Cara B de Dréxler.

     Lo cual que, a la hora de la crítica, tampoco el que suscribe puede a veces sustraerse a sus propias emociones, y no las vamos a ocultar. Por eso ahora, cuando cuentan que no se sabe qué será de la Semana Negra gijonesa, a punto de ser devorada por el Ogro del Principado y sus ogritos, al repasar el concierto bonaerense de Johansen es inevitable no recordar el que nos regaló a la orilla del Molinón con motivo de una de aquellas citas con la literatura, la música y el guirigay. Aquel bullicio literario fue probablemente el mejor decorado para la “Cumbiera intelectual”, lo mismo que los puestos abigarrados de vendedores inmigrantes nos permitieron sentir de forma más viva “Sur o no sur”. Así que, de consumarse la afrenta (que no será la única en esta materia), también canciones como “Desde que te perdí” cobrarán otro sentido, si acaso no dispusieran ya de él en la actualidad por muy otros motivos. Total que, metidos en sentimentalismos, no resta más que agradecerle al Flaco que un día remoto nos diera a conocer al bueno de Kevin Johansen. Son deudas que se contraen y que se deben lucir; no como otras más prosaicas que nos estrangulan desde hace años y no nos permiten ni respirar.

Publicado en Notas Sindicales, noviembre 2011 

sábado, 25 de junio de 2011

FRANÇOISE HARDY: La pluie sans parapluie

    Posiblemente, junto a Edith Piaf y Barbara, y con la participación de Juliette Gréco como cuarta mosquetera, Françoise Hardy completa la trilogía fundamental de la canción francesa femenina del pasado siglo; lo cual no es poca cosa, si bien se mira, pues aunque no sean los presentes unos tiempos propicios para la lírica ligera, lo cierto es que a partir de ellas se puede escuchar mejor y con más sentido el coro de mujeres que les sucedió después, así en Francia como en el resto del continente europeo. De la primera podría decirse que heredaron su teatralidad; de la segunda, su elegancia; y de la última, más que de ninguna otra, su literatura, su tono y su conexión con otros movimientos sociales y culturales que resultaron decisivos para la evolución popular de la música moderna hasta nuestros días. Las tres, además de cantar, resultan ser compositoras de buena parte de sus repertorios, con lo que vienen también a inaugurar una vía que ha devenido fecunda posteriormente y que ha delimitado el espacio en que se moverá un amplio conjunto de intérpretes, que gestionan su propia creación sin someterse a senderos más o menos trillados.

    Pertenecientes a tres generaciones sucesivas (Piaf nace en 1915, Barbara en 1930 y Hardy en 1944), la pura razón cronológica hace que sea esta última la que se nos aparezca más cercana y con una obra todavía por cerrar. En efecto, La pluie sans parapluie, su último disco editado en 2010, nos permite identificar, a sus 67 años, las constantes que fueron y que han pervivido desde que en 1962, con una guitarra acústica por todo acompañamiento, grabara “Tous les garçons et les filles”, que la convirtió de la noche a la mañana en un ídolo de la canción francesa. Nadie ha podido escapar desde entonces del arrullo de aquella melodía ni del mensaje de un texto ideal para jóvenes sufrientes del mal de amor (tan extendido, por otra parte). Maduró luego en “Mon amie la rose” y consagró definitivamente su estilo personal con el fluir de aquella década explosiva.

    Es el estilo de una mujer confidente pero discreta, tan sentimental como poco dada ya a la dulzura lacrimosa, decantada necesariamente por una edad que la sitúa de vuelta en casi todos los itinerarios de la vida. Lo que fue sensibilidad es hoy mesura. Lo que se mostró fresco ha acabado ganando cuerpo con la crianza. Y, en fin, lo emotivo sigue estando presente como hilo conductor de las canciones, porque al cabo, ganemos o no bouquet con los años, lo cierto es que hay enfermedades de las que es imposible curarse, aun habiendo voluntad. Al lado de todo ello, naturalmente, la producción y los arreglos evolucionaron con el sucederse de los discos y de los requisitos formales, pero aún persiste aquel viejo afán de sencillez, donde la música sirve casi en exclusiva para abrazar los textos, envolverlos con suavidad y remarcar sin exceso los ejes de cada cantable en su aproximación a nuestros oídos y a otras vísceras tal vez más sensibles.

Publicado en Notas Sindicales, agosto 2011

domingo, 27 de marzo de 2011

JANE BIRKIN: Arabesque

    Acaban de cumplirse el pasado mes de marzo veinte años desde el fallecimiento de quien, entre otras enseñanzas, nos advirtiera de que “el hombre ha creado a los dioses. Lo contrario está por demostrarse”. Serge Gainsbourg falleció en su casa de la Rue Verneuil de París alcoholizado, hundido psicológicamente, abandonado, deprimido, enflaquecido y seguramente con un Gitanes entre los labios. A pesar del tiempo transcurrido, nunca ha dejado de figurar en primer plano de la chanson francesa y en el imaginario de sus muchos admiradores, tal y como lo demuestran los cientos de pintadas, graffitis y mensajes coloridos sobre los muros de aquella casa que él había comprado para vivir con Brigitte Bardot a finales de los sesenta. El aniversario de su muerte habrá servido sin duda para reeditar discos, libros y otros fetiches sobre este personaje tan feo como caballeroso. Al menos más allá de los Pirineos, porque lo que es en estos páramos del sur apenas si hemos conseguido superar la melodía provocadora de aquel “Je t’aime, moi non plus”, que interpretara primero junto a BB y que triunfara después al lado de Jane Birkin.

     Por todo ello y mucho más traemos aquí en esta ocasión un disco no actual ni artificialmente ceremonioso, como podría esperarse, sino del año 2002; no un disco que recupere la voz aguardentosa del mítico artista, sino uno con el acento cristalino de la que fuera su compañera más notable; no un disco que remasterice, como se acostumbra, viejas grabaciones con la pátina de lo venerable, sino uno construido con versiones del que fuera repertorio inigualable de este compositor cínico y romántico a la par. 

    Jane Birkin grabó Arabesque hace casi una decena de años para reencontrarse de un modo radicalmente transgresor con las canciones de Gainsbourg. Con la colaboración muy especial de Djamel Benyelles consigue arabizar los cantables de su ex compañero, dotándolos de un tono seductor y novedoso que hace mucho más por ellos que cualquier otra campaña comercial con motivo del fatal cumpleaños. Además, el disco se grabó en directo durante una actuación en el Teatro Odeón de País (existe también en el mercado el DVD correspondiente, que no hay quien se lo salte), de tal manera que el resultado es aún más fresco si cabe y demuestra la madurez artística de esta mujer junto a su dominio demoledor del escenario. Elijamos el formato que elijamos, no dejaremos de rendirnos, por ejemplo, frente a la revisión de “La Javanaise”, aquella joya que interpretara en un principio Juliette Greco, a quien siguieran tantas otras como más recientemente ha hecho Madeleine Peyroux, y que aquí Birkin interpreta a capella como broche final de su recorrido. Con toda probabilidad, también Gainsbourg se hubiera estremecido de asistir al espectáculo y hubiera acabado por rematar la faena con un nuevo aforismo, como aquel que enunció poco después de sufrir su primer ataque al corazón: “He tenido una crisis cardiaca. Eso demuestra que tengo corazón”.

Publicado en Notas Sindicales, mayo 2011

viernes, 31 de diciembre de 2010

VARIAS INTÉRPRETES: Mujeres de agua

    Supimos de Javier Limón a través de dos hitos sobresalientes en la producción discográfica española de los últimos años. En 2003 produjo junto a Fernando Trueba el tan revolucionario como comercial a la postre Lágrimas negras de Bebo Valdés y Diego el Cigala. Poco después, en 2005, bajo el título Limón apareció en las escasas tiendas de discos que nos van quedando uno extraordinario, donde acogidos bajo su batuta lucían sus artes Paco de Lucía, Andrés Calamaro, David Broza y Duquende entre otros. El sello Casa Limón se vestía así de largo definitivamente ante el público en general y anunciaba próximas y suculentas cosechas. Tal ha ocurrido, por ejemplo, con los trabajos de Concha Buika o de Yasmín Levy, hasta conformar una auténtica factoría en la que se reúnen, crean y actúan nombres tan importantes como los ya citados más Estrella Morente, Bebe, Luz Casal, Jerry González, Luis Pastor, etc. Todos ellos tejidos con en el telar de la multiculturalidad y de las raíces.

     Pues bien, Mujeres de agua es una nueva filigrana en ese brocado urdido para la ocasión sobre las resonancias del Mar Mediterráneo. Se trata, como el propio Limón declara, de una inmersión en “sonidos diferentes y hermanados a la vez, ramas de un mismo árbol. A veces en forma de canción, otras en forma de instrumento de raíz y otras simplemente como inspiración”. Además, el protagonismo vocal se lo otorga a las mujeres, a quienes está dedicado el disco, “en especial a las que por alguna razón se les prohíbe cantar”.

     De este modo, amanecemos en Estambul mecidos por el grito de Aynur; paseamos por Túnez al lado de La Susi; bailamos un pasodoble turco del brazo de Estrella Morente; con Mariza nos deleitamos de nuevo en el fado; Carmen Linares nos devuelve a las playas tunecinas; Concha Buika navega entre islas; Montse Cortés nos acerca al Líbano con sus besos; Sandra Carrasco se entrega a la bulería; La Shica nos envuelve en aires adriáticos; Yasmín Levy, en los misterios ladinos; con Eleffteria Arvanitaki fondeamos en las calas griegas; y, en fin, la voz de Genara Cortés suena como un buzuki flamenco. Éste es el itinerario y éste es el programa para un crucero musical imprescindible. No hay mar de fondo ni acechanzas en el horizonte, sólo un oleaje suave de canciones que nos permite evocar los contornos mediterráneos en todo lo que de común y distinto tienen, que no es poco como se podrá escuchar. De paso, el capitán Limón vuelve a demostrar su virtuosismo en las tareas de la producción sobre bases en apariencia heterogéneas, pero que al cabo constituyen un ejercicio de navegación admirable que pocos alcanzan. Merece sin duda colgarse un aro en la oreja, como aquellos navegantes que, tras atravesar los cabos australes de Hornos, Buena Esperanza y Leeuwin, se ganaban ese honor junto al de no agachar sus cabezas ante el monarca y mear contra el viento. Honores que son extensibles, por supuesto, a toda su marinería de mujeres de agua, aspecto poco difundido en las viejas crónicas sobre navegantes.

Publicado en Notas Sindicales, febrero 2011 

domingo, 26 de septiembre de 2010

CAROLE KING & JAMES TAYLOR: Live at the Troubadour

    The Troubadour es una famosa sala de conciertos de la ciudad de Los Ángeles, inaugurada en 1957, por la que han desfilado gentes tan nombradas y variopintas como Elton John, The Byrds, Eagles, Joni Mitchell, Linda Ronstadt, Buffalo Springfield, Miles Davis y Guns N’Roses. Hasta cuentan las malas lenguas que John Lennon y Harry Nilson fueron expulsados de ella una noche de 1974 a causa de sus expresivas borracheras.

    El caso es que en noviembre de 1970 actuaron allí juntos por primera vez Carole King y James Taylor cuando sus carreras estaban a punto de caramelo. Volvieron enseguida, en 1971, con dos discos bajo el brazo, Tapestry y Sweet baby James respectivamente, con los cuales acabarían consagrándose una y otro. Bastantes años después de su primer encuentro y con mucha biografía acumulada por ambos, en noviembre de 2007, James Taylor y Carole King regresaron al Troubadour junto con su grupo original, The Section, para actuar tres noches y seis conciertos con motivo del cincuenta aniversario del famoso club. Y sellaron esa vuelta, naturalmente, con un repertorio clásico que bebe del folk, del country y del soft rock.

    Por supuesto esto es precisamente lo que encontramos en este CD y DVD tan recomendables. No se trata, aclaremos, de un ejercicio de nostalgia, aunque nos permitan, eso sí, reencontrarnos con un tiempo y unos usos musicales poco comunes en los tiempos que hoy corren. Por ejemplo, podremos recuperar el arte de hacer canciones, asunto nada desdeñable cuando todo el mundo se empeña en la actualidad en componer temas sin que sepamos muy bien de qué demonios se trata. Ese equilibrio sutil entre un texto bien trabajado y una melodía adecuadamente construida no es otra cosa que el eterno secreto del cancionero. No hacen falta muchos más artilugios, ni efectos especiales, ni juegos de palabras. Si acaso que la edad nos respete las voces, como así sucede, y que las cicatrices de la vida se limiten, en apariencia, a una calvicie espectacular y a un par de patas de gallo, tan reales como figuradas. Con semejantes herramientas se presentan los dos cantantes y repasan sus repertorios a solas y al alimón, en dúo y en sencillo, demostrando, como hemos apuntado ya en otros comentarios, que las buenas canciones resisten todo lo que se les quiera echar encima y más. Un público entregado colabora activamente en la ceremonia y recibe con entusiasmo, más o menos como nosotros a través del formato digital, el repaso de algunos de los hitos musicales en los que hemos sido y, por fortuna, según se demuestra, seguimos siendo. Imposible dejar de lado la altura lírica y emotiva de versos como los que vuelven a sonarnos imperecederos: “Cuando estés triste y preocupado, y necesites una mano amiga... / cierra tus ojos y piensa en mí, / sólo grita mi nombre, iré corriendo, / invierno, primavera, verano u otoño, / todo lo que tienes que hacer es llamar / y ahí estaré, tienes un amigo".

Publicado en Notas Sindicales, noviembre 2010 

miércoles, 2 de junio de 2010

MARIANNE FAITHFULL: A secret life

    Seguramente no sea éste el mejor disco de Marianne Faithfull. Probablemente tampoco estemos ante las melodías más inquietantes de Angelo Badalamenti. Pero la suma de talentos, salvo imperdonables errores de producción que no se dan en este caso, suele arrojar resultados más que interesantes.

    Por un lado, a pesar de que el disco tenga ya una edad (se editó en 1995); a pesar de que no estemos ya ni mucho menos ante la muestra más manida y juvenil de aquel Londres de sexo, droga y rock & roll; y a pesar de que hace décadas que su voz se rompió y desgarró para siempre, sea por su halo legendario, sea por cuanto es capaz de evocarnos, siempre es recomendable volver sobre este icono de la cultura popular, sobre la Faithfull, paradigma de autodestrucción y supervivencia. Por otro lado, en aquellos tiempos Badalamenti ya había adquirido prestigio y popularidad, sobre todo gracias a sus colaboraciones en bandas sonoras con David Lynch, así en la serie de televisión Twin Peaks como en las películas Blue velvet y Corazón salvaje; además de haber compuesto, curiosamente, varias fanfarrias de los Juegos Olímpicos de 1992. Estábamos, pues, ante dos artistas maduros y en clave de aventura estilística, el uno en progresión y la otra de vuelta de casi todo, que se reunieron para explorar juntos la vida secreta.

    Y lo que descubren, lo que nos descubren a los oyentes, es un disco oscuro, diez canciones envueltas en una atmósfera teatral, por cuyas grietas en el decorado melódico se cuela rotunda una voz cavernosa y agria, por más que ya sólo la contamine su única adicción activa a la nicotina. Y se cuela, cómo no, la vena doblemente dramática de esta mujer, la de la vida y la de las bambalinas, su otra vocación: “no dejo de volver una y otra vez a Shakespeare”, declaró en 2008. Así que nos regala aquí como testimonio previo de esa fe su recitación conmovedora de un texto del poeta inglés y de otro traducido a esa lengua del omnipresente Petrarca, en una construcción literario-musical que concluiría con sus dos discos posteriores en los que adapta nada menos que a Kurt Weill y a Bertolt Brecht. Nada que ver ya con la cantante virginal de los años sesenta, nada de la musa de los Stones; pero sí mucho del espíritu de cierto cabaret berlinés, que siempre vuelve encarnado en mujeres que dejaron atrás los tacones altos, y de la actriz que encontró su cima en la película Irina Palm (2007), de Sam Garbarski, interpretando a una intrépida abuela convertida en estrella del sexo manual para pagar el tratamiento médico de su nieto. Como se podrá deducir, hay múltiples vidas secretas en el entorno de Marianne Faithfull (Celeste publicó su autobiografía en 1995), de tal manera que su música al fin y al cabo es casi un artículo para el sosiego.

Publicado en Notas Sindicales, julio 2010

sábado, 2 de enero de 2010

LOS CARDIACOS: Integral

    Atina el poeta Benjamín Prado cuando señala que “todas las canciones terminan por ser tristes, por ser la banda sonora de algo que has perdido”. Pero esa frase, aun con ser cierta en lo personal y en lo sentimental, no hace justicia a la dimensión artística y estética de las propias canciones y de la música. La banda sonora de nuestras vidas puede ser triste, en efecto, si la escuchamos sólo como el eco de un pasado irrecuperable; pero ese eje nostálgico debiera atenuarse –para ser objetivo- con una perspectiva de la distancia que decante tanto las vivencias como los sonidos que las envolvieron. Por ejemplo, a treinta años vista de aquel concierto fundacional de la movida en homenaje a Canito, el batería de Tos, nuestra imagen de entonces, por más que fueran tiempos alegres, se nos aparece hoy tan cándida como palurda. Sin embargo, aquellas canciones gloriosas y herejes, exceptuados algún bote de Colón y otras Maripilis, han ganado cuerpo con la crianza.

    Es verdad que la reedición de muchos de aquellos éxitos obedecen simplemente a una estrategia de mercado que apenas si aporta algo nuevo al fenómeno: se limitan, por lo general, a recopilar melodías como quien contempla sin más un álbum de cromos de la niñez o las fotografías de quienes fueron compañeros en la orla del instituto o de la facultad. Es decir, como si detrás no hubiera una historia que investigar o detalles que esclarecer. No es el caso, por fortuna, del material que aquí nos ocupa, este monumental disco-libro de Los Cardiacos que responde al título de Integral y a un subtítulo elocuente, 30 aniversario (1979-2009). En él encontramos todo y más sobre este grupo leonés de largo recorrido: cuatro discos que incluyen grabaciones perdidas e inéditas, versiones imposibles en estudio y en directo, y, por supuesto, el catálogo completo de todas (o casi todas) sus canciones; también la reproducción gráfica de su discografía y de sus letras, junto a un archivo fotográfico y periodístico muy curioso; y, claro, unos textos que abarcan desde la biografía minuciosa del grupo hasta las que denomina Cardi-rutas por León, Valladolid, Madrid u Oviedo.

    Además de todo lo anterior, algunas perlas escritas vienen firmadas por nombres variopintos, que ilustran a su vez la repercusión que Los Cardiacos han llegado a alcanzar: el escritor Julio Llamazares, el que fuera Secretario General de CCOO Antonio Gutiérrez, el Procurador de las Cortes de Castilla y León Javier García Prieto y el portavoz socialista en el Congreso José Antonio Alonso; también los críticos Diego A. Manrique, Pablo Carrero, José Antonio Reñones y Carlos del Riego. Ahora bien, nadie dude de que lo que de verdad importa de todo este material son las canciones, y en esa materia Los Cardiacos firmaron un cancionero fundamental, que probablemente no nos asegure la felicidad, como las viejas discográficas, pero que –eso sí- nos rescata de cualquier tristeza tonta.

Publicado en Notas Sindicales, febrero 2010

lunes, 2 de noviembre de 2009

LEONARD COHEN: I'm your man

    En ciudades de provincias como las nuestras, los acontecimientos culturales se convierten con facilidad en verdaderos acontecimientos históricos, que quedan grabados en la memoria ciudadana como auténticas conquistas de modernidad. No importa que estos sucesos se produzcan en el ocaso de sus protagonistas o que todo forme parte de un entramado comercial gobernado no se sabe bien con qué intenciones. El caso es que, aunque tarde, nuestras ciudades reciben a veces la visita de los dioses. Nadie olvida, por ejemplo, el concierto de Bob Dylan aquel 15 de julio de 2004 en la provinciana ciudad leonesa, por más que el de Minnesota se marcara una actuación cruda y sin concesiones. Y nadie olvidará tampoco el advenimiento de Leonard Cohen el pasado 31 de julio en el mismo escenario. Como apuntó un crítico agudo –y vale para ambos artistas- es como “contemplar Venecia antes de su hundimiento”.

    Por ese motivo traemos aquí en esta ocasión un disco de Leonard Cohen, I’m your man, que no es ni el último ni el más señalado de su carrera; ni siquiera se corresponde con el grabado en Londres en 2008 con motivo de la gira que le trajo por provincias un año después, titulado precisamente Live in London. No, lo que proponemos es la revisión de la obra del canadiense a través de otras voces y otros arreglos menos erosionados por la decadencia, que aprovechan sus registros, sus melodías y sus textos para demostrar, incluso a quienes no soportaron nunca el tono original del cantante, que la fuente de sus canciones fue y sigue siendo tan nutritiva como refrescante. Porque de lo que se trata en este caso es de la banda sonora de la película del mismo título, firmada por Lian Lunson, que recoge conciertos de homenaje a Cohen, llevados a cabo en el Brighton Festival en 2004 y en el Opera House de Sydney en enero de 2005.

    Probablemente no sea la misma Suzanne la que se vierte desde las gargantas de Nick Cave, Julie Christensen y Perla Batalla. Es posible que parezca otro el Hotel Chelsea donde se aloja Rufus Wainwright. Quizá tengamos la sensación de que es diferente la torre de canciones por la que asciende Martha Wainwright. No importa, la colección es magistral y aparece coronada, nada más y nada menos, que por el propio Leonard Cohen cantando al lado de U2, poniendo de manifiesto una vez más que los clásicos, por serlo, soportan casi todo tipo de lenguajes. El disco reúne además la cualidad de motivar al oyente para retornar al caudal primitivo, es decir, a aquellas canciones grabadas a finales de los años sesenta y primeros setenta, cuando su autor no usaba sombrero, que permanecían escondidas al fondo de nuestra colección de discos de vinilo o en envejecidas casetes. El rito se consumará entonces y comprobaremos que las emociones que fueron en aquellos tiempos siguen surcando no obstante los canales venecianos por donde hoy derivan nuestras existencias.

Publicado en Notas Sindicales, diciembre 2009

martes, 2 de junio de 2009

PACO IBÁÑEZ: Paco Ibáñez canta a los poetas andaluces

    Entre otros acontecimientos singulares, el año 2008 se cerró con una banda sonora imperecedera. Paco Ibáñez publicó el que es hasta la fecha su último disco, que viene a ser algo así como el mismo disco de siempre pero sin ser nunca el mismo disco de siempre: Paco Ibáñez canta a los poetas andaluces. Del catálogo de cantautores españoles, Paco Ibáñez es sin duda alguna el que mejor se conserva y el que mejor pervive de todos ellos. No necesita servirse de giras entre amigos ni iluminar sus actuaciones con miles de vatios y un coro de señoritas reforzando su voz para mantenerse en la mejor de las formas. Quizá sea porque ya era viejo desde el principio y su voz cavernosa no ha requerido, como la de otros, ajustes en los tonos. Quizá su repertorio sea el que menos reclame adaptaciones a los nuevos tiempos, precisamente porque es clásico y eterno como la literatura misma. Quizá todo se deba, sin más, a que siempre fue un hombre austero pegado a una guitarra, como los auténticos juglares. Todo ello vuelve a ponerse de relieve en este disco.
   
    Precisamente, el cancionero de Paco Ibáñez se inauguró allá por la década de los 50 con un texto de un poeta andaluz: “La más bella niña” de Luis de Góngora. Desde entonces, a lo largo de más de medio siglo, su contribución a la difusión popular de la poesía española ha sido decisiva, sólo equiparable, en nuestra opinión, a la alcanzada por Joan Manuel Serrat en los casos de Antonio Machado y Miguel Hernández. Sin embargo, en el primero la raíz poética resultó mucho más sustancial y constante hasta nuestros días, posiblemente a causa de la ausencia de una veta textual propia, que para el segundo fue todavía tanto o más importante. Así las cosas, el repertorio de Ibáñez se nutrió de una lírica ya contrastada en los libros, para la que, no obstante, demostró conocimiento, sensibilidad y altura musical para adaptarla al nuevo medio con respeto escrupuloso y sin la más mínima concesión comercial.

    Por lo tanto, nada mejor que reafirmar nuestra militancia en el cantante y en su obra, parte de la cual se nos presenta ahora de un modo más unitario, con nuevos aires y en una versión que puede ser la definitiva. Se agrupan en el disco veinte canciones reconocibles y cuatro nunca grabadas antes, todas ellas con la firma de poetas andaluces (Góngora, García Lorca, Machado, Bécquer, Alberti, Cernuda y Fanny Rubio), más los “Andaluces de Jaén” de Miguel Hernández. Viene a unirse así a un afán compilatorio que produjo otra gran entrega hace ahora siete años, cuando el juglar retomó otros poemas dispersos para dar a luz su disco Paco Ibáñez canta a José Agustín Goytisolo. Pareciera, pues, que a los 75 años nos obsequia con algo así como sus memorias artísticas, por más que como él mismo indica aún está en el camino. Y, en fin, con su audición se demuestra de nuevo que no hubo golpe más bajo que aquella sentencia que proclamaba que eran los nuestros malos tiempos para la lírica.

Publicado en Notas Sindicales, julio 2009

viernes, 2 de enero de 2009

ANDY CHANGO: Boris Vian

    Desde que a finales de los años setenta aquel argentino de gamuza azul que se llamaba Morís le cambiara el paso al rock español, muchos otros compatriotas suyos han seguido la senda que ha enriquecido el pop de estas latitudes con sus aportaciones. Después de Ariel Rot, de Sergio Makarof, de Andrés Calamaro y de otros que ni siquiera llegaron a dar el salto, como Charly García o Kevin Johansen, posiblemente el penúltimo eslabón lo encarne Andy Chango, un flaco cantante y pianista que, tras su aterrizaje en las postrimerías del pasado siglo, ha editado cinco discos con el que hoy presentamos.

    Además de servirnos para conocer mejor el caleidoscopio musical que se esconde detrás de Chango -casi un artista de culto y por tanto con ligera repercusión mediática-, el disco encierra varias otras virtudes que lo hacen tremendamente atractivo para quienes gusten de las buenas canciones. Para empezar, el eje sobre el que se apoya, es decir, la figura de Boris Vian, precisamente en el año en que se cumplen los cincuenta desde su muerte. Reconocido sobre todo como escritor y poeta (inolvidable La hierba roja), no se debe olvidar que fue también cantante y músico. Frecuentador de los templos del jazz en el Saint-Germain-des-Prés más existencialista, allí conoció a Duke Ellington, Miles Davis y Charlie Parker. Y de hecho llegó a realizar el catálogo de jazz para Philips y fue su director artístico. Pero lo que aquí descubrimos es su vertiente cantable y lo hacemos además en español, gracias a un ejercicio de traducción y adaptación en el tiempo llevado a cabo por gentes tan doctas en el oficio como Javier Krahe o Luis Antonio de Villena.

    Así pues, el disco soporta todo tipo de audiciones, desde la más desenfadada, ya que muchas de sus letras son un glosario irónico de figuras chocantes, hasta la fetichista para los devotos de rarezas y otras maldiciones del arte; desde la del curioso que se asoma a un mundo desconocido y descubre la sorprendente actualidad del espíritu patafísico de Vian, hasta la del que se deleita en arreglos musicales finísimos para lo que se estila. Se puede disfrutar así mismo de la colaboración del seleccionado argentino, con Andrés Calamaro, Ariel Rot y Fito Páez como tridente. Por último, nos permite recuperar uno de los emblemas del pacifismo más radical, la canción “El desertor”, interpretada aquí en inglés, que le costara varios disgustos al bueno de Boris por incitar a no cumplir el servicio militar en los tiempos en que Francia tenía sus más y sus menos con la ocupación argelina. En fin, agradezcámosle a Andy Chango que nos haya hecho tan espléndido regalo y aguardemos con impaciencia sus actuaciones en directo, por si llegaran, y su próxima entrega titulada más que adecuadamente Nada que decir.

Publicado en Notas Sindicales, febrero 2009

domingo, 2 de noviembre de 2008

EMMYLOU HARRIS: All I intended to be

    La edición musical fue siempre un soporte fértil para cuanto tiene que ver con el diseño gráfico. En particular, las carpetas de los viejos discos de vinilo, aquellos gigantescos elepés si atendemos a lo que hoy se lleva, se convirtieron en una fuente generosa para que artistas y otros profesionales del medio ejerciesen su maestría. Hay portadas históricas que muchos guardamos en la memoria o en nuestra discoteca privada, desde el disco blanco de los Beatles hasta el Nevermind de Nirvana, pasando por cualquiera de los firmados por Pink Floyd. Por lo general, aquellas carátulas iban estrechamente ligadas al contenido de los discos o a la peculiaridad de los músicos, al menos hasta que el imperio del cedé impuso la ley de la miniatura y ya casi nada fue igual. Nos cuesta trabajo desprender el celofán, resulta prácticamente imposible leer las letras o los títulos de crédito, y los motivos se reducen a fotos fijas bastante inexpresivas.

    Acaba de editarse el último álbum de Emmylou Harris, titulado All I intended to be. Si su biografía y sus canciones no constituyesen suficiente aval, las imágenes que lo envuelven y el juego de color y blanco y negro con que se expresa llamarían necesariamente nuestra atención en medio de otros formatos anodinos y funcionarios. Luego, una vez escuchado el disco, la intuición se confirma y no queda otro remedio que saludar esta exquisita conjunción entre música e imagen tan poco habitual en estos tiempos. O, de otro modo, la síntesis contenida en la etiqueta de cabecera –Todo lo que pretendo ser- se explica por igual en el exterior y en el interior del disco, lo cual ya es bastante mérito. Por cierto, el productor es Brian Ahern y el fotógrafo, Rocky Schenck.

    Superada ampliamente la treintena de discos, la madurez de Emmylou Harris se inclina, como las fotografías, hacia la melancolía elegante. Quién sabe si no será, si no ha sido siempre ésta su principal seña de identidad artística desde su cuna en Alabama. Será quizá porque nunca ha sido lo bastante estimada en Nashville, donde se acomoda el núcleo duro de la música americana. Será quizá que, sin alejarse de la tradición, se dejó infiltrar como nadie por la lítica de The Byrds o por las fórmulas más progresivas de The Flying Burrito Brothers, todo ello de la mano del mítico Gram Parsons, de quien una sobredosis la hizo quedar huérfana. Será que se muestra demasiado ecléctica y atrevida para el country más ortodoxo. El caso es que todo lo que ella ha pretendido ser se encuentra diseminado en una discografía que invita a ser transitada y que ahora se corona con una última obra emotiva y sugerente, como ese camino solitario entre árboles y paleras que preside la portada. Tal vez exageremos. Pero si alguien duda de lo dicho, escuchen ustedes tranquilamente la canción “Kern river” y derrítanse hasta el último minuto de la eternidad.

Publicado en Notas Sindicales, diciembre 2008

domingo, 7 de septiembre de 2008

JORGE DREXLER: Cara B

    Ocurrió durante las últimas fiestas de San Juan y de San Pedro en la ciudad de León. Una noche de junio con temperatura a la baja, como suele acaecer, e inundada de estímulos, ruidos y otros tópicos festivos. La plaza del viejo Ayuntamiento rebosaba de un público notablemente heterogéneo: los de más edad y los previsores acomodados en incómodas sillas de tijera aguardando la actuación que les quisieran echar; los sabedores del programa persiguiendo impacientes el ángulo sonoro y visual más prometedor; los retardados por otras citas agolpándose en los entornos para prolongar el jolgorio con una nueva excusa. Puntual, como no suele suceder, un solo individuo, atípicamente vestido de traje como para ir a la oficina, tomó el escenario acompañado de una guitarra y de un envoltorio de sonidos pregrabados. Y cantó. ¡Vaya que si cantó! Cantable a cantable, el juglar se apoderó de aquel espacio urbano con una humildad admirable y con una presencia absolutamente fascinante. Poco a poco no hubo ya temperatura a la baja, no hubo ruidos festivos ni jolgorios ni excusas. Sólo Jorge Drexler, sólo el artista fundido con una muchedumbre entregada a la emoción.

    Porque la intención confesa de este creador de origen judío-alemán y uruguayo de ascendencia española, contrario por tanto a cualquier régimen que exija pureza, es precisamente ésa: producir emoción en la gente. Y para ello nada mejor que la propuesta que os hacemos, Cara B, un contenedor con dos cedés y un deuvedé, donde poder palpar las bases de una concepción artística que persigue ante todo emocionar y comunicar. Y lo consigue. ¡Vaya que si lo consigue! Para empezar, el deuvedé recoge el vídeo en directo de una de sus canciones más notables, “Todo se transforma”, junto a una serie de explicaciones en propia voz sobre quién es Jorge Drexler, cuáles son sus fundamentos y qué se esconde detrás de este proyecto musical del que los dos cedés dan testimonio.

    Lo que en ellos se encuentra son grabaciones en vivo realizadas en ciudades del entorno de Barcelona a finales de 2007 y en un ensayo en la habitación del hotel durante la gira. Las primeras se convierten en una especie de mate compartido entre público y cantante, con la colaboración imprescindible de Matías Cella y Carlos Campi en las programaciones, cajas de ritmo y otras sorpresas sonoras; las segundas son experimentos más íntimos y reservados con la participación, entre otros, de Leonor Watling. Y el conjunto, en fin, recoge el repertorio suculento, complejo y variado del señor del traje, una perfecta mezcla de electrónica y de poesía que rezuma sensibilidad a mansalva y enlaza con la tradición de otros cantautores con los que también se nutre: Leonard Cohen, Caetano Veloso, Kiko Veneno, Alfredo Zitarrosa, por ejemplo. Porque como él mismo escribe: “Un repertorio es un ser vivo: se queda quieto y es un ser muerto”.

Publicado en Notas Sindicales, octubre 2008

lunes, 26 de mayo de 2008

LAVILLIERS: O gringo

    Aunque sólo sea por la memoria de aquel mayo francés, cuyo cuarenta aniversario se oficializa a lo largo de este año en casi todas las tabernas, el que suscribe puede permitirse el capricho de proponer para esta esquina sindical un disco con origen al norte de los Pirineos. Un disco insólito, seguramente difícil de encontrar en los mercados de este sur, siempre y cuando en eso del comercio pervivan todavía los puntos cardinales. Un disco sorprendente para lo que uno, educado en el tópico, podría esperarse de la música francesa, siempre y cuando ignoremos todavía que en ella se han generado y se generan innovaciones de muy amplia gama. Un disco ecléctico y poliédrico, situado en la vanguardia de los vientos globalizadores, siempre y cuando pensemos aún que el mundo se hizo transitable sólo tras el advenimiento de la red.

    Porque es en 1980 cuando Bernard Lavilliers edita O gringo, grabado de forma ambulante en las ciudades de Nueva York, Kingston, Río de Janeiro y París. Precisamente ese itinerario revela las claves básicas del álbum, tanto en contenidos como en propuestas musicales: el rock, la salsa, el reggae, los sones brasileños y, por supuesto, la eterna melodía francesa, con una canción final que tritura nuestros sentimientos: “Est-ce ainsi que les hommes vivent?”, el poema sobre la prostituta Lola que escribió Louis Aragon y al que puso música Léo Ferré, aquel libertario del 68. En suma, un auténtico collage de ritmos y lenguas, una mundialización avant la lettre y un anticipo de las noticias que veinticinco años después nos resultan tan comunes: detrás de la canción que da título al disco descubrimos la más melancólica crónica del turismo sexual.

    Dicho todo esto, cabe preguntarse quién demonios es este extraño Lavilliers, una cuestión de respuesta tan fácil para algunos como inquietante para el común de los mortales: un ex boxeador con malas pulgas. Lo cierto es que su primer disco apareció precisamente en 1968 cuando, siendo militante del Partido Comunista Francés, se dedicaba a cantar en las fábricas ocupadas de la región de Lyon. Desde entonces, con treinta discos a la espalda, ha permanecido fiel a su imagen de pendenciero, de aventurero y de rebelde, hasta alcanzar una actualidad en la que, constante consigo mismo y con sus combates, se dedica a cantar en las convocatorias alter mundialistas. Además de Aragon, ha cantado textos de Apollinaire, Blaise Cendrars, Rudyard Kipling, Baudelaire y Jacques Prévert; lo cual no está reñido con las bases musicales del rock progresivo, de pautas tropicales y africanas, y, naturalmente, de la confluencia con el viejo maestro Gainsbourg. Así pues, si es cierto que en el mercado musical no existen ya los puntos cardinales, también lo es que lamentablemente aún quedan en pie muchas fronteras, pues de otro modo no se entiende la casi nula presencia de Lavilliers al sur de los Pirineos.

Publicado en Notas Sindicales, julio 2008

domingo, 3 de febrero de 2008

CARLA BRUNI: No promises

    Las crónicas de la frivolidad sitúan en primer plano por lo general el lado menos provechoso de los individuos, mientras que hacen palidecer a la par cuanto mereciera ser conocido de ellos y, en ocasiones, disfrutado. El caso de Carla Bruni es paradigmático en tal sentido. Hace apenas cinco años que conquistó cierto espacio musical europeo con su primer disco, Quelq’un m’a dit, hasta el punto de que la crítica la ascendió de inmediato hasta el olimpo de los renovadores de la chanson francesa. Aquella gloria, fruto innegable de unas canciones bien construidas e interpretadas por ella misma, a medio camino siempre entre lo sensual y lo sentimental fou, no es nada ya en comparación con el despliegue mediático de su último romance y las resonancias derivadas de las noticias-basura.

    Sea como fuere, lo que parece difícil a estas alturas es que la hoy primera dama de la república francesa vuelva a gozar del beneplácito de crítica y público sin que por medio intervenga el prejuicio de los últimos acontecimientos. Cuestión curiosa, pues nadie se dejó llevar antes, en su valoración musical estricta, por la retahíla de affaires que seguramente le sirvieron de escuela artística tanto o más que de aprendizaje amoroso. La reciente autobiografía de Eric Clapton, otro de sus notables en nómina, ilustra esta apreciación y a ella me remito. Quiero decir que Carla Bruni dispone y demuestra un sustrato artístico y existencial tan evidente que cualquier otro tipo de enfoque supone un verdadero error de perspectiva. El disco ya citado así lo atestigua, pero a nuestro modo de ver más contundente fue, aunque casi pasase desapercibido, su segundo trabajo, No promises, editado a principios de 2007.

    A diferencia del anterior, es éste un disco cantado en inglés, pues al cabo su base la constituyen textos de poetas irlandeses, británicos y norteamericanos musicados por la propia Carla Bruni. Y no cualquier poeta, sino el conjunto más distinguido de los escritores en inglés que vivieron y crearon a caballo de los siglos XIX y XX, a saber, William Butler Yeats, Wystan Hugh Auden, Dorothy Parker, Walter de la Mare, Emily Dickinson y Christina Georgina Rossetti. Se trata, por lo tanto, de una obra no accidental, no frívola desde luego, sino, con toda probabilidad, auténtica decantación de un fervor literario nada frecuente en los cenáculos de las revistas del corazón. Aunque sólo fuera por todo eso ya merecería la pena su audición; pero si, además, proporciona una nueva dosis de sosiego y emoción, cualidades contrastadas de esta cantante, no cabe duda de que entonces su escucha es altamente recomendable.

Publicado en Notas Sindicales, marzo 2008

sábado, 17 de noviembre de 2007

VARIOS: The campaing to save Darfur

    Darfur, el Hogar de los Fur, esa región sudanesa colindante con el Chad, cuyo conflicto civil ha derivado en la limpieza étnica de miles de personas y el desplazamiento forzoso de varios millones, tiene también su reflejo en la música actual. El disco que Amnistía Internacional editó a mediados de 2007, bajo el título The Campaing to Save Darfur, no es un muestrario de músicas indígenas al servicio de la industria mundial, sino todo lo contrario: un catálogo de músicas occidentales al servicio de las campañas que esa organización lleva a cabo en aquel infierno.

    El eje es John Lennon y su amplio repertorio, revisado para la ocasión por una nutrida tropa de grupos y cantantes de los más diversos orígenes y estilos, cuyo denominador común son en este caso los pentagramas poliédricos del pop de los últimos tiempos. Así pues, el doble CD que nos ocupa tiene, además, la virtud de ofrecernos una colección muy digna de versiones, ese manantial fecundo del ejercicio musical que consiste en verter desde una fuente original a otra, no necesariamente menos innovadora, una melodía, una canción, con el fin de recrearla. La propuesta es heterogénea por necesidad, desde el clásico “Imagine” según interpretación de Avril Lavigne y Jack Johnson, hasta una pirueta entre reggae y metálica de Aerosmith para el tópico “Give peace a chance”, junto a REM, U2, Green Day o The Cure. ¡Ah!, y los Jaguares, con una demoledora traducción al español de “Gimme some truth”. No tiene pérdida en general, si exceptuamos la dificultad para hacer gorgoritos que demuestra la muy premiada Lavigne. Aunque, eso sí, hubiera sido de agradecer la colaboración generosa de un traductor o traductora, para que el folleto explicativo que se acompaña pudiera ser comprendido por la totalidad de castellanos viejos o leoneses de lengua, dicen, vernácula.

    En definitiva, un disco que sumar a una serie muy interesante de ellos, que han ido apareciendo bajo el abrigo de Amnistía Internacional, con unas señas de identidad semejantes: colaborar a su financiación como primer objetivo, pero también, desde un punto de vista artístico, generar fórmulas provechosas para la reunión de voces, estilos y cantables que los dictados del comercio no contemplan. Fue el caso así mismo de El latido de la memoria en el año 2000, muestrario del resurgir de la música folk en España, y de Liberando expresiones en 2003, un surtido de dúos tan logrados como sorprendentes.

Publicado en Notas Sindicales, diciembre 2007