Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 8 de diciembre de 2013

Heart of gold


     Acierta Diego A. Manrique cuando afirma que “la música ha empequeñecido hasta hacerse invisible: un MP3 carece de presencia, de relieve, de capacidad de fascinación. Resulta difícil construirse una mística cuando cualquier presencia en público es recogida por cámaras de baja calidad y conservada en You-Tube”. Para algunos no será fácil compartir esta idea, pues su mundo no ha sido otro que el digital evanescente, pero quienes nos hicimos consumidores de música en aquellas máquinas luminosas y en aquellos singles de vinilo con portadas para fetichistas no podemos pensar ni sentir de otro modo. No se trata de que cualquier tiempo pasado fuera mejor, sencillamente fue distinto y, desde luego, contaba con elemento hoy perdidos o nada estimados. De tal manera que para cerrar esta serie dedicada a las canciones del jukebox no queda otro remedio que volver sobre los orígenes y cerrar el ciclo a través del reencuentro con la primera entrega de la colección.

     Por aquel entonces, según dejamos anotado hace ahora un año en esta misma ventana, juntas solían sonar seleccionadas Whole lotta love de Lez Zeppelin y Heart of gold de Neil Young; incluso a veces nos estirábamos con American pie de Don McLean, formando así una trilogía que ha quedado grabada en el ADN de nuestra educación musical y sentimental. No hubo motivos aparentes o confesables que nos hicieran desembocar en esta elección y tampoco hoy buscamos en nuestro inconsciente ninguna razón que lo explique, si bien basta repasar el texto del canadiense para que los años nos iluminen un poco: “Y me estoy haciendo viejo. / Eso me mantiene buscando / un corazón de oro. / Y me estoy haciendo viejo (…) Tú me mantienes buscando / un corazón de oro”. Al cabo, pues, nada hay más dorado, más brillante que el cancionero que confeccionamos andando el tiempo y la historia. Él nos explica del mismo modo que lo hacen nuestro repertorio de lecturas, de películas y de amores. Así somos. Lo demás es decorado.

     Y ahí está Neil Young, imperturbable, pariendo discos como si tal cosa. Eso sí, nuestra canción de hoy fue algo así como un rubicón a partir del cual el rumbo fue otro. Lo reconoce el propio músico cuando declara que “esa canción me puso en ruta”, como a nosotros. Su éxito comercial le intimidó de tal forma que desde entonces se ha negado a tocarla en directo y huyó de todo comercialismo. Hasta el magnate David Geffen llegó a demandarle por grabar “discos de naturaleza no comercial, alejados de lo que previamente le caracterizaba”. En fin, en el jukebox zamorano de nuestro bachillerato sonó hasta el agotamiento y en la actualidad estos nuevos soportes digitales nos la devuelven sin amarillear, como la fuente de la eterna juventud.

     Heart of gold se incluyó en el álbum «Harvest» en 1972 y contó en los coros con las voces de James Taylor y de Linda Rondstant. Según Burhan Wazir, articulista del Times, “es un álbum que evoca a la perfección tanto el mortal optimismo del movimiento contracultural de San Francisco como el creciente cinismo de la generación del Watergate”. Por nuestra parte, quedamos citados en la próxima estación. http://www.youtube.com/watch?v=u925g6CgKuw

Publicado en genetikarockradio.com, 8 diciembre 2013

jueves, 21 de noviembre de 2013

Mueve tus caderas


     Si un grupo estuvo presente siempre (y está) en la banda sonora del barrio, ése fue Burning. Tal fue su imperio que, paradójicamente, sus canciones acabaron convertidas en una melodía triste porque hoy, como indica el escritor Benjamín Prado, son el eco de algo que hemos perdido. No sólo es que el tiempo y otros avatares nos hayan arrebatado las voces y los acordes de Toño Martín y de Pepe Risi; es que nosotros mismos nos hemos diluido y casi ni nos reconocemos, mientras al fondo sigue sonando, imperecedero y siempre renovado, un repertorio que relata los mejores momentos de nuestras vidas. Y sí, también los más oscuros.

     Y es que en cierto modo los Burning son el compendio de todos aquellos grupos que nos sonaron en el jukebox y en las casetes, que era el sistema más sofisticado al que habíamos podido aspirar, hasta conformar un hilo musical sencillamente irrepetible: Bloque, Cucharada, Morís, Asfalto, Ñu… Uno tras otro se sucedían a lo largo de las tardes, de partida de futbolín en partida de futbolín, a través de auténticos campeonatos de habilidad y de orejas. Aquellos muñecos del balompié, guiados por la habilidad de nuestras muñecas, parecían moverse al ritmo de cualquiera de sus canciones. Entre ellas, inevitablemente y no se necesitan más explicaciones, la más gloriosa iba a ser Mueve tus caderas.

     Luego, concluidos los torneos, la lujuria de su texto se trasladaba al resto de la jornada como un himno de combate. No importaba que la agenda propusiese juerga, trabajo o estudio, lo que tienen las buenas canciones es que se proyectan hacia cualquier circunstancia y en todas encajan. Así ocurrió durante años, mucho más allá de las salas de juego y de los mecanismos arcaicos para el consumo musical, hasta darse de bruces con su propio envés, que no fue otro que el mismo de nuestras vidas. Fue precisamente otro cantable de Burning, tan sublime como aquel primero, el que vino a retratar nuestra madurez hasta cerrar el ciclo: Una noche sin ti. Ya no estábamos ante la melodía de la diversión comunitaria y pinturera, sino ante la copa en la barra de algún garito entregados al vicio del recuerdo de lo que fue y de lo que no fue. Nada mejor entonces que embeberse en el disco doble grabado en directo en 1990, y repasar una a una todas las estaciones del viaje, siempre amenizadas por ellos, nadie mejor que ellos, por mucho que nos pese a nosotros y a Benjamín Prado.

     Hoy aquellas máquinas de discos son simples elementos decorativos y objetos de coleccionismo. Por fortuna, no ha ocurrido así con los sonidos que expulsaban, que siguen presentes y vivos en general según hemos venido demostrando a lo largo de esta serie. Los años setenta, aquellos que fueron los de su esplendor por estos pagos, tienden también a agotarse. Apuraremos próximamente un último capítulo antes de echar el telón.

     Mueve tus caderas apareció dentro del LP «El fin de la década» en 1979, el mismo donde se recogía la canción por antonomasia del grupo: ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? Sin desmerecer al resto de su producción, bien podemos decir que nos encontramos ante las catedrales del rock en español. http://www.youtube.com/watch?v=P3y8NSR-FkY

Publicado en genetikarockradio.com, 22 noviembre 2013

sábado, 9 de noviembre de 2013

Heart of glass


     Pasaron años y se alumbró una nueva generación. Incluso este país parecía tener algo más de claridad y la música generaba otro tipo de destellos. Tanto tiempo había transcurrido que llegó la hora de que uno enseñase, literalmente, a los que venían detrás. Un par de jovenzuelos en el final de su adolescencia necesitaban algunas clases de Lengua y de Francés. Llegué a su casa una tarde de otoño, nos presentamos y charlamos un rato para abrir camino. Sobre su mesa había libros, cuadernos y, ¡oh, cielos!, un LP de Police. Tal cual: un LP vivito y coleando como parte del ajuar doméstico de aquellos mozalbetes. Y, ¡faltaría más!, en el mismo cuarto, brillante y hermosa, toda una cadena de música, con su amplificador, con su pletina, con su plato maravilloso, sus botones y sus lucecitas. En suma, estaba asistiendo de golpe y porrazo al adiós definitivo de los arcaicos jukebox. Si unos muchachos casi imberbes disponían ya de todos aquellos artilugios y sus propinas les daban para comprarse su propia música, entonces era que la historia había entrado en otra fase.

     Aquel disco virginal era «Regatta de Blanc», venido al mundo en octubre de 1979, y, lógicamente, en su honor deberíamos recoger en este índice cualquiera de las canciones que de él se extrajeron: Message in a bottle, Walking on the moon, etc. Sin embargo -¡sorpresas de la vida!-, años después leímos que otra canción de Police, mucho más tardía, Every breath you take, es la canción favorita nada menos que de Mariano Rajoy y ahí se nos hundió casi para siempre la devoción por los chicos de la policía. Así que, visto lo visto, nuestro epitafio sonoro para la larga vida de los jukebox queda concedido a otra banda contemporánea, Blondie, y a una canción reveladora de por dónde andaban los tiros en aquel entonces: Heart of glass.

     “Una vez tuve un amor y duró muy poco. / Pronto descubrí que tenía un corazón de cristal. / Parecía que iba a ser algo verdadero, / pero sólo descubrí mucha desconfianza / y el amor desapareció”. Así de sublime era la letra que entonaba la chispeante Deborah Harry; ni más ni menos sublime que las que aullaban en sus melopeas los señores Sting, Summers y Copeland. Porque la nueva hornada de grupos y de melodías tuvieron en común ese denominador de la simplicidad reconquistada, del mismo modo que se simplificó su audición y se generalizó su consumo. Si a ello le añadimos la irrupción casi simultánea del videoclip, comprenderemos sin necesidad de más explicaciones que, en efecto, otra forma de acercarse a la música se había inaugurado y que los usos extendidos a lo largo de la década de los años setenta, así en formas como en contenidos, pasaban a mejor vida.

     Pues bien, el single Heart of glass se extrajo del tercer álbum de Blondie, «Parallel lines», con el que llegaron a lo más alto de su carrera a base de mezclar la sencillez de los 60, las raíces punk y la comercialidad glam, es decir, new wave por excelencia. Tanto, tanto que hasta la revista Billboard definió aquel disco –paradoja de paradojas- como “rock ingenioso y pegadizo”. http://www.youtube.com/watch?v=Jxpe1oSp_sg

Publicado en genetikarockradio.com, 9 noviembre 2013

viernes, 25 de octubre de 2013

Stop your sobbing


     Aparte de que los jukebox iban siendo relegados a una presencia puramente decorativa o desaparecían sin más ante el empuje de otras fórmulas sonoras, no hay mejor constancia de esa evolución en las costumbres que unas palabras de Chrissie Hymde, la líder de los Pretenders: “Pertenezco a una generación que vivía el rock & roll y el pop como una pasión verdaderamente secreta, el lenguaje exclusivo de una secta que debía afanarse por buscar la música y la información. Ahora te lo dan todo en un paquete diminuto y es como si acudieras a la farmacia a comprar un medicamento genérico”.

     Naturalmente, entre aquellos años setenta y este siglo XXI hubo tiempos medios. Tanto es así que incluso los mismos Pretenders llegaron a tiempo todavía de sonar en los últimos jukebox en su época de esplendor, y fue en esas máquinas donde conocimos a este grupo que vino a ser algo así como el puente entre el punk y la new wave. Y quizá fuese esa condición híbrida la que le granjeó a Chrissie acusaciones de charlatana yanqui que nunca conseguiría nada, pues al fin y al cabo el punk reinante ya por entonces no era menos sectario que otros movimientos por más que presumiera de pisotear las diferencias de géneros.

     El caso es que, antes de que se apagaran para siempre, en la mecánica de aquellos aparatos se fueron sucediendo Stop your sobbing, Kid y Brass in pocket, una trilogía que nos conquistó. En particular la primera, simple y nada pretenciosa, como el nuevo estilo que se inauguraba; tal vez porque se trataba de una versión de The Kinks (1964), y nos permitía construir un puente más, en este caso hacia un pasado ni vivido ni escuchado en directo que se proyectaba hacia el porvenir. Es más, Pretenders también hicieron versiones de Hendrix, de Neil Young e incluso de Morrisey o Radiohead. En esa sucesión de recreaciones descubrimos, de hecho, un nuevo filón musical que no ha dejado de acompañarnos y que merece, creemos, una atención muy especial. Algunos ejemplos ya han sido comentados en esta serie que tiende a su fin, pero otros están llamados a protagonizar precisamente un nuevo espacio que genetikarockradio os ofrecerá a lo largo del próximo año.

     Claro que, no lo vamos a negar, hubo mucho más en el atractivo que nos enganchó a la banda anglo-estadounidense, y en ello tuvo bastante que ver la figura de Chrissie Hynde. Es posiblemente la vocalista que mejor ha corporeizado ciertos tópicos del rock & roll de los que, por supuesto, ni estábamos libres, ni falta que nos hacía. Y es que aunque habitábamos ya en otra etapa menos hormonal de nuestra vidas, todavía los últimos pósteres en las paredes revelaban ciertas adicciones inconfesables.

     En suma, Stop your sobbing apareció como single en 1979, un año antes de que fuese incluida en el álbum «Pretenders», el de su debut. Algo habría ya por entonces en esa música y en esa cantante que llevó a que Madonna afirmase: “Pensé: ella tiene agallas, ella es increíble. Me dio coraje, inspiración el hecho de ver a una mujer con esa seguridad en un mundo de hombres”. http://www.youtube.com/watch?v=OGcn15ODltA

Publicado en genetikarockradio.com, 26 octubre 2013

viernes, 11 de octubre de 2013

Born to run


“Oh, nena, esta ciudad te arranca los huesos de la espalda. / Es una trampa mortal, es una llamada de suicidio. / Tenemos que salir mientras somos jóvenes / porque, vagabundos como nosotros, nena, nacimos para correr”. Y, efectivamente, todo empezaba a tener otra velocidad, otro ritmo: los jukebox envejecían y pronto serían sustituidos por otras formas de consumo musical; las salas de juego se caían a cachos y ni siquiera los nuevos inventos les devolvían atractivo; el barrio enmohecía y se hacía preciso aventurarse en otras calles, en otras ciudades, en otros mundos; y también nosotros, el grupo y sus individuos, íbamos siendo diferentes, personalizando nuestros gustos e inquietudes. Sí, nos habíamos echado a correr. Las costumbres y su banda sonora cambiaban por pura necesidad vital. Cada época, cada instante de la existencia tiene su mito y sus canciones. El paisaje se transforma y sus habitantes mudan con él. La década de los setenta había dado de sí cuanto había podido, y esta serie que ha venido a retratarla enfila también sus últimos cantables.

Bruce Sprinsteen, salido de aquellos años, ha permanecido con nosotros sin embargo como un signo de continuidad. Poco ha importado que unos nos fuésemos a la universidad y otros eligiesen el mono azul ferroviario. Poco también que en los bares triunfase la pantalla del televisor sobre todo otro artilugio o que en las nuevas salas recreativas se impusiese una especie de hilo musical adocenado. Poco así mismo que las calles y portales que habían sido escenario de nuestras aventuras se fundiesen en negro como el final de algunas películas. En esos años se había construido nuestra identidad musical a base de introducir monedas en la ranura del jukebox y de seleccionar entre sus números y letras las melodías que hoy dan testimonio de cuanto fuimos. Bruce, con su imagen ganada también a través de los años, de los discos y de los conciertos, se convirtió en algo así como el elemento que dio cohesión a todo aquello y lo ha prolongado en lo que cabía esperarse. Poco importó, del mismo modo, que tuvieran que pasar incluso décadas hasta que los más renuentes de entre nosotros terminaran por hundirse también en sus espectáculos homéricos, esos maratones musicales que el boss protagoniza y que nunca defraudan. Fue en Valladolid, no hace tanto.

Y, claro, también en aquella desmembración intervenían los sentimientos que nos tejían a otros cuerpos para toda la eternidad, fuese cual fuese su duración. No había escapatoria. Cada oveja se iba con su pareja y las músicas se consumían en otra comunidad y en otra intimidad mucho más aislada. Allí ya no había maquinitas para reproducir melodías, aunque Bruce, de una manera o de otra, no dejase nunca de sonar al fondo: “Porque, nena, yo sólo soy un jinete asustado y solitario, / pero tengo que averiguar como se siente. / Quiero saber si tu amor es salvaje, / niña, quiero saber si el amor es real”.

Del álbum del mismo título, Born to run vio la luz en 1975. Supuso algo así como la reescritura del cantautor y ahí volvió a empezar todo. Quizá por ese motivo, a pesar de haberla escuchado cientos de veces, todavía nos sigue emocionando. Nunca dejaremos de ser unos sentimentales. http://www.youtube.com/watch?v=RqTLl68aUzg

Publicado en genetikarockradio.com, 11 octubre 2013

domingo, 29 de septiembre de 2013

Life in the fast lane


     Sucedió que, una generación por detrás, los más modernos (y con posibles) de entre los nuestros empezaron a ser enviados al extranjero por aquello de los idiomas, o mejor dicho, del idioma por antonomasia, que en nuestro caso había sido el francés, pero que en un abrir y cerrar de ojos se convirtió en el inglés. Y sucedió incluso que los todavía más modernos (y con más posibles) no se conformaron con cualquier destino y aterrizaron en los vastos campos del imperio norteamericano. De allí regresaban al barrio cuando acababan los veranos con sus Levis y sus John Smith, con sus canciones de John Denver y con sus guitarras acústicas refulgentes, algunas hasta de doce cuerdas. Y fue así, no a través de los jukebox, como hasta los arrabales de la ciudad nos llegaron las melodías y las maneras de un nuevo estilo, el country, y como a la orilla del paso a nivel los más atrevidos se pusieron a entonar un utópico estribillo: “Country roads, take me home, / to the place I belong, / West Virginia, mountain momma. / Take me home, country roads”.

     Sí, fue un choque generacional considerable. Los veteranos, además de haber estudiado francés (y latín y griego, todo hay que decirlo), apenas si sabíamos de aquellas músicas por la vía del western y sus bandas sonoras, de entre las cuales las de Johnny Guitar y  El árbol del ahorcado nos eran y nos siguen pareciendo memorables. Y sabíamos también algo, aunque muy lejanamente, de un tal Gram Parsons, de sus Flying Burrito Brothers y de Emmylou Harris, ante quienes acabaríamos rendidos un poco más tarde. Pero la eclosión definitiva nos llegó, con retraso por supuesto, gracias a un disco editado en 1976, que en realidad era algo así como la decadencia de la Costa Oeste, «Hotel California» de los Eagles. De hecho, supimos por Glenn Frey, miembro fundador de la banda, que aquel disco “exploraba el bajo vientre del éxito, la cara más oscura del paraíso”. Sería por eso por lo que le tomamos cariño.

     El caso es que las canciones que más triunfaron fueron Hotel California y New kid in town. Pero a nosotros nos dio por Life in the fast lane, quizá porque se trataba de un boggie de autopista, lo cual era ya todo un tópico, quizá porque era ligeramente más hard que el resto del repertorio, quizá porque aquello de la vida en el carril rápido se correspondía bastante con el ritmo de los acontecimientos, que empezaba a desbocarse como no había ocurrido en etapas anteriores de nuestras vidas: “Fueron corriendo por esa autopista en mal estado y se perdieron. / No les importaba dónde estaban, solo morir para parar. / Y fue la vida en el carril rápido. / Seguramente te hacen perder la cabeza. / La vida en el carril rápido todo el tiempo”.

     Life in the fast lane vio la luz en 1977 como tercer single extraído del álbum «Hotel California», que para el crítico musical del londinense Daily Telegraph Jamie Dickson “en muchos aspectos representaba todo lo que el punk fue a destruir: una producción perfecta, solos de guitarra armonizados y ‘temas’”. Fue una contradicción que también a nosotros nos tocó vivir. http://www.youtube.com/watch?v=Nyx-plfWxoM

Publicado en genetikarockradio.com, 29 septiembre 2013

martes, 17 de septiembre de 2013

Vicious


     Lo cierto es que hoy pocos son los que conocen, o reconocen, a Lou Reed en Nueva York o en todos los Estados Unidos. Cuenta al respecto Diego Manrique que se cansó de preguntar por él hasta que sólo un taxista respondió de un modo más o menos afirmativo: “Sí, claro, el de Walk on the wild side. Pero ¿sigue vivo?”. Es decir, que así se desvanecen las glorias de este mundo o así de diferentes son los sentires en unos y en otros mundos. Y algo relacionado con el sentir de este mundo de acá tuvo que ver sin duda con nuestra devoción inicial por los primeros años del Lou Reed solista, después de que hubiese sido expulsado de su grupo seminal, The Velvet Underground.

     Porque sucede también hoy en día que cualquier muchacho o muchacha, gracias a la televisión sobre todo y al cine o a otras pantallas más recientes, conocen mejor la ciudad de Nueva York que aquélla en la que habitan. O al menos están tan familiarizados con ese paisaje urbano como con el suyo propio: distinguen sus rascacielos, saben que esa masa verde se llama Central Park y casi hasta sabrían moverse por las líneas del metro. Nosotros, sin embargo, tuvimos siempre pocas referencias de esa urbe y casi siempre nos llegaron a través del cine negro, de la literatura y de la música o relacionadas con ello: el Hotel Chelsea, por ejemplo, que nos imaginábamos repleto de artistas en orgía perpetua; el edificio Dakota, en cuya entrada fue asesinado John Lennon; o las canciones de Lou Reed, que nos proponían un paseo por su lado salvaje. El resto era pura fantasía. De modo que a nadie le extrañará que allá por 1972 acogiésemos algunos de sus textos como una invitación al viaje con destino final en aquella Sodoma.

     “Viciosa, / me atacas con una flor,  / lo haces a todas horas. ¡Oh, nena, eres tan viciosa!”. Qué íbamos a pensar nosotros al escuchar este tipo de declaraciones mientras jugábamos al futbolín en un oscuro local de una calle secundaria de un barrio periférico de una ciudad provinciana de una España gris. Alguien la seleccionaba de un modo reiterado en el jukebox para que nos imaginásemos que no, que en realidad aquel garito podía estar situado perfectamente en un barrio neoyorkino, donde nos reuníamos para componer canciones sobre la fauna lujuriosa del exterior, que, desde luego, estaba dispuesta a compartir libremente cualquiera de nuestras proposiciones. ¡Vaya una pandilla de mendrugos! Menos mal que siempre había alguien lúcido que nos recordaba nuestra realidad prosaica y nos advertía de que era hora de irse a cenar, a casa de papá y de mamá naturalmente, y entonces coreábamos otra parte de esa canción, Vicious, que nos hacía sentirnos más enteros y poderosos: “Cuando te veo venir, sólo quiero huir / bien lejos, / no eres la clase de persona con la que quiero estar”.

     Vicious se incluyó en el álbum «Transformer», grabado en 1972 y producido por David Bowie en plena era glam, cuando Lou Reed había abandonado aquella ciudad de Nueva York, donde no fue profeta, y se había ido a Londres. Fue su logro comercial más importante y desde entonces siempre estuvo mejor considerado en Europa que al otro lado del Atlántico. http://www.youtube.com/watch?v=T0c8Q6doiJI

Publicado en genetikarockradio.com, 16 septiembre 2013

jueves, 29 de agosto de 2013

Natural mystic


     Apenas quince días atrás las olas mediterráneas bailaban con ritmos reggae y una manada de jóvenes se rebozaba como croquetas en la arena y en esas mismas melodías. Era el Festival Rototom, uno de los más vistosos del verano, donde las músicas de origen jamaicano eran devoradas con fervor por la multitud como lo más natural del mundo, sin importar condición, procedencia o tribu. Sin embargo, no siempre fue así. El advenimiento de Bob Marley entre nosotros, palurdos mesetarios de los años setenta, fue mucho más tímido y, curiosamente, vino ligado por igual tanto al poder de aquellas canciones como al envoltorio místico de sus mensajes: “Hay una mística natural soplando a través del aire; / si escuchas con cuidado ahora tú lo oirás. / Esta podría ser la primera trompeta, como también podría ser la última. / Muchos más tendrán que sufrir / Muchos más tendrán que morir, no me preguntes por qué”.

     En realidad, escuchábamos atónitos esas letras y otras consignas paralelas que nos llevaban a indagar en una realidad oculta o simplemente desconocida. Como cuando Marley afirmaba que “el rasta no cree, el rasta sabe. Es cuando crees cuando puedes hacerte polvo” o “yo no estoy del lado de los negros ni del lado de los blancos, estoy del lado de Dios”. Como cuando nos preguntábamos entonces por ese Dios que, según el cantante, resultaba ser un tal Haile Selassie, último emperador etíope, y nosotros buscábamos en nuestras cabezas y de Etiopía sólo sabíamos algo sobre un atleta extraordinario, Abebe Bikila, dos veces ganador de la maratón olímpica. Y Marley insistía: “No me veo como jamaicano. Me veo como rasta porque soy rasta. Jamaica es Jamaica. ¡Como hombre soy rasta!”. Y resulta que nosotros no teníamos ni idea de Jamaica, ni siquiera existía Usain Bolt, qué le íbamos a hacer, y lo más cercano a aquello que habíamos escuchado era una vieja canción de Harry Belafonte sobre los cargadores de bananas en los muelles, Day-O, que mucho más tarde rescataría Tim Burton para la película Beetlejuice. Pero no era lo mismo, claro.

     “Las cosas no son como solían ser. / No diré ninguna mentira: / todos y cada uno tienen que enfrentar la realidad actual. / Aunque he tratado de encontrar la respuesta a todas las preguntas, / aunque sé que es imposible vivir a través del pasado, / no digas ninguna mentira”. Así que nos envolvíamos en aquellos ropajes textuales y simbólicos y nos dejábamos ir en el descubrimiento y en la admiración, más o menos como habrá hecho esa fauna heterogénea hace quince días en Benicàssim, posiblemente mejor informada sobre los preceptos del reggae o posiblemente ni siquiera. En este último caso, habrán disfrutado con toda seguridad de esas músicas, pero habrán perdido una vez más las letras, como suele ocurrir en estos tiempos de simplificación y banalidad. “Hay una mística natural soplando a través del aire. / No diré ninguna mentira. / Si escuchas con cuidado ahora tú lo oirás”.

     En fin, tal y como señala la periodista canadiense Michael Woodsworth, “Bob Marley era polifacético: un visionario del tercer mundo y una estrella del pop del primero, un profeta de la revolución nacional y un mensajero de la paz global, un rastafari místico y un amante lascivo”. «Exodus», editado en 1977, donde se incluyó Natural mystic, fue el disco que mejor pudo reflejar esas identidades. http://www.youtube.com/watch?v=VkndVzfOeRc

Publicado en genetikarockradio.com, 31 agosto 2013

domingo, 18 de agosto de 2013

Tuesday's dead


     ¡Cuántas veces habremos oído que la realidad supera a la ficción y, sin embargo, no dejamos por ello de asombrarnos ante algunos episodios extraordinarios que se cuelan en nuestras vidas corrientes! En esa senda de lo inusual, la música también suele ser generadora de extraños divorcios entre lo previsible y lo sorprendente, máxime si, como ocurre a veces, algunos individuos hacen de ella un elemento motivador de sus vidas hasta extremos, digamos, sobresalientes. Así juzgue lo sucedido hace unas semanas en la ciudad de Valladolid con un encuentro que vino a coronar una historia a todas luces fuera de lo normal.

     Muy cerca de la mezquita de la Calle San Martín de esa ciudad, un individuo vendía cedés que tenía colocados sobre una vulgar mesita de camping. Me acerqué y comprobé que eran discos de Yusuf Islam, el nombre con el que quiso bautizarse Cat Stevens al convertirse a la religión musulmana a finales de los años 70, después de una carrera comercial muy digna como compositor y cantante acústico. Hablé con el vendedor y no me fue difícil reconocerlo a pesar de las huellas de la edad y de los ritos externos propios también de su misma fe. Fue uno de los nuestros en aquella juventud iniciática, alguien que, según recordé de inmediato, había hecho precisamente de su admiración por Stevens toda una mitología personal. Se había enganchado a uno de sus álbumes, «Teaser and the firecat», y lo escuchaba constantemente leyendo las letras en inglés impresas en la carpeta. Fue tal su adicción que acabó yéndose a Salamanca para estudiar Filología Inglesa, momento en el que le perdí la pista.

     “Sí, yo soy como él, al igual que tú / y no puedo decirle qué hacer. / Como todos los demás, / estoy buscando a través de lo que he escuchado”. Así cantaba el gato Stevens en Tuesday’s dead y así había procedido aquel colega que –me contó-, después de sus años en la universidad, se había largado con su inglés a cuestas hasta las raíces del ídolo en la isla de Chipre. Saltando de isla en isla, entre el Mediterráneo y el Egeo, pasó un par de décadas hasta retornar depurado a sus propios orígenes, en la provincia vallisoletana. Como era de esperar, acabó convertido al Islam apurando el ejemplo de su modelo, a quien continuaba sirviendo con la venta de discos. Me confesó, eso sí, que nunca había coincidido con él, que ni siquiera lo había intentado, que no hubiera podido soportarlo y que le era suficiente con aquel platonismo iluso que llenaba toda su vida. Le compré uno de aquellos discos, le conté algo de mí y de los nuestros y nos despedimos sin más. Y mientras me alejaba, volví a entonar inevitablemente su canción favorita: “Muéstrame lo que yo no he visto para aliviar mi mente. / Porque yo aprenderé a comprender / si tengo una mano que me ayude”.

     En fin, «Teaser and the firecat», editado en 1971, donde se incluía Tuesday’s dead, fue un disco decisivo para nosotros, como bien se podrá comprender. Incluyó también otra de las canciones mágicas de Cat Stevens, Morning has broken, posiblemente la que más atención mereció en los jukebox y en los bailes agarrados del momento. Por razones obvias, hemos preferido en esta ocasión quedarnos con este martes muerto. http://www.youtube.com/watch?v=-0a-1e6Xktk

Publicado en genetikarockradio.com, 18 agosto 2013

sábado, 3 de agosto de 2013

Déjame vivir con alegría


     Nunca sonaron en un jukebox y, sin embargo, en aquellos tiempos gloriosos popularizaron melodías televisivas sin discusión ni competencia. Apenas actuaron en directo ni hicieron campañas de difusión para sus grabaciones, pero se convirtieron en influencia decisiva al menos para los músicos de la década de los ochenta, además de para sus primeros contemporáneos. No fueron objeto de atención mediática, aunque sí de culto. Peregrinaron de compañía en compañía discográfica porque nunca encontraban asiento y hoy aquellos discos son materia de coleccionista, no barata precisamente, y se sitúan en los principales altares de la memoria musical española. Pasaron desapercibidas y, no obstante, el pop español no hubiera sido el mismo sin ellas. Ése es el caso de Vainica Doble, a quienes podría atribuírseles el mismo título que ellas dieron a su cuarto álbum, nuestro eslabón perdido.

     Por eso, cuando se pretende romper los pesados moldes del mercado, es preciso ser muy escrupuloso también en las formas, como lo fueron ellas. Para empezar, se trataba de un dúo formado por mujeres, Carmen Santonja y Gloria Van Aersen, dos antidivas, opuestas al famoseo y al lucimiento. Su propuesta musical era todo lo contrario de lo esperable según los cánones de aquella España, a medio camino entre la juglaría, el rock y el combate. Y, eso sí, en absoluto aisladas de las veredas por las que circulaban las corrientes artísticas más arriesgadas del momento, desde la música al cine, sin olvidar las artes gráficas. De todo ello, en fin, es ejemplo Déjame vivir con alegría y el disco grandes donde tuvo acogida, «Contracorriente», en el que convive con las ilustraciones de Iván Zulueta y con la banda sonora de la película Furtivos de José Luis Borau, que también ellas compusieron. No hay mejor resumen de su contenido que lo dicho por Fernando Márquez El Zurdo (La Mode): “Son la lucidez y la imaginación; y con lucidez y con imaginación no se envejece nunca”.

     Déjame vivir con alegría, junto a Eso no lo manda nadie, es ante todo una reivindicación de la libertad, pero no a la manera de los cantautores con los que convivían; es decir, sin doctrina y con absoluta naturalidad: “Déjame que descanse un rato al sol, / déjame vivir con alegría, / si he pescado bastante para hoy, / mañana será otro día, / no faltará un caracol”. Es, además, un experimento melódico, como tantos otros que ellas protagonizaron, en este caso merced a la colaboración psicodélica del sitar a cargo de Gualberto, uno de aquellos músicos de la factoría andaluza, tan relevante entonces como casi ignorado hoy. Y es, en suma, el perfecto ejemplo de un estilo inclasificable pero necesario, que vino a ser definido de la manera más adecuada por el escritor Caballero Bonald: “Las Vainicas alternan el sermón con el cachondeo. Se ríen de su sombra más sangrienta, no encuentran ninguna palabra que rime con cursi, pero lo intentan con una desgana convenientemente deliciosa. No buscan tiempo, lo tienen”.

     Pues eso, que nuestra canción en cuestión fue editada en el año de gracia de 1976 por el sello Gong-Movieplay, dentro de un LP concebido como un claro compromiso contra la represión de todo tipo: política, familiar o sexual. Una auténtica ruptura de moldes y convencionalismos más que precisa también en nuestros tiempos. http://www.youtube.com/watch?v=C6dNv7rKYfY

Publicado en genetikarockradio.com, 2 agosto 2013

sábado, 20 de julio de 2013

Aqualung


     El modo más adecuado de acercarse a esta canción es recordar lo que Ian Anderson, líder del grupo que la interpreta, Jethtro Tull, decía de ellos mismos: “Nosotros estábamos en la periferia de la música rock”. Junto a esta declaración de principios, ayuda bastante detenerse en la lectura de los textos escritos en la contraportada del álbum que la acogía, titulado así mismo «Aqualung», que recrean el primer capítulo del Génesis bíblico: en esta versión, el hombre creó primero a Dios y, acto seguido, grabó Aqualung. Finalmente, para completar el contexto, nada mejor que abordarla con la misma teatralidad que servía a Anderson así en sus actuaciones en directo como en sus conceptos musicales. No hubo mejor expresión de esto último que aquel otro disco de título tan revelador y afortunado como «Too old to rock’n’roll, too young to die!» (Demasiado viejo para el rock and roll, demasiado joven para morir).

     “Sentado en un banco del parque / mirando con malas intenciones a las niñas. / Su nariz moqueando, / dedos grasientos manchando ropas andrajosas. / Secándose al frío sol. / Observando el paso de las bragas de encaje. / Sintiéndose como un miserable / escupiendo trozos de su quebrada suerte”. Así arranca la historia del diosecillo, surgida, según palabras de Ian Anderson, de “una fotografía que mi esposa tomó por entonces a un vagabundo en Londres. Tuve sentimientos de culpabilidad en relación con el homeless, así como de inquietud e inseguridad hacia la gente así, que parecen dar un poco de miedo. Supongo que todo eso se combinó con una ligera imagen romántica de los vagabundos que, aun sin hogar, son espíritus libres que no quieren o no pueden encajar en los moldes prescritos por la sociedad”. Y concluye la letra del siguiente modo: “Te acuerdas todavía / de la helada niebla en diciembre / cuando el hielo que cuelga de tus barbas es desesperante agonía. / Y arrebatas a tu tiritera su último aliento / sonando como un buzo en las profundidades, / y las flores brotan como / la locura en primavera”.

     Seguramente todo ese conjunto –romanticismo, periferia estilística, juego religioso y teatro-, que encarnaba como nadie aquel individuo amarrado a su flauta (es curioso: en esta canción está ausente por completo) y dando brincos por los escenarios, con aspecto inquietante y burlón, autorretratándose en las portadas de sus discos, ya como un mendigo pederasta, ya como el viejo rockero Ray Lomas, todo ese conjunto, digo, fue seguramente lo que nos atrajo de esta canción y lo que la hizo sonar para que imitásemos a aquel saltimbanqui cada vez que alguien la seleccionaba en el jukebox. No era habitual, es verdad, porque su duración la hizo poco compatible con aquellas máquinas de rápido consumo musical. Pero la combinación de aires acústicos e intensidad eléctrica la hacía ideal también para nuestras celebraciones entre lo cómico y lo dramático.

     Y es que Aqualung, la canción y el disco completo, fueron todo un hito en el tránsito del folk al rock progresivo, algo que sucedía en 1971 cuando se editó en el Reino Unido. En España, víctima de la censura, tuvo que esperar hasta 1975. Ése era otro teatro, pero del horror. http://www.youtube.com/watch?v=UCMS-NJ7VxU

Publicado en gentikarockradio.com, 

sábado, 6 de julio de 2013

Good old rock'n'roll


     Aquellas coloridas máquinas de discos presentes en muchos bares y en casi todas las salas de juego acababan estableciendo competencia entre sí. Pugnaban tanto por incluir en sus catálogos los últimos singles editados como por acomodar lo más finamente posible sus repertorios al gusto de la audiencia consumidora. En cierto modo, se convertían en una especie de hit-parade vivo y cambiante, lo peor que podía ocurrirles es que se fosilizaran y acabaran por dejar de despertar interés. Eso podía ocasionar la ruina para el dueño del local, no sólo porque no recaudaba con ellas sino porque, además, se quedaba fácilmente sin público. Era la ley de la oferta y la demanda, claro, aunque hubiese excepciones.

     Nos referimos a los clásicos (que ya entonces los había), canciones que permanecían años en el listado y que no dejaban de sonar porque eran ya una parte tan nuestra como otros ritos de la tribu. Y también en eso se establecía una dura rivalidad, en buena medida animada por terceros profesionales y por las leyes del comercio. Nosotros la resolvimos enseguida, nuestra favorita casi sin dudarlo fue Good old rock’n’roll, muy por encima de las firmadas por Beatles, Rolling u otras vacas sagradas. Sus intérpretes, The Dave Clark Five, no eran seguramente los mejores del imperio británico; la canción no pertenecía tampoco a su época gloriosa, a principios de los sesenta, cuando alcanzaron el número 1 de las listas con aquella otra Glad all over; incluso en algún sentido podía sonar a pastiche o refrito. Pero lo cierto es que un día algún avispado o temerario, que nunca se sabe, introdujo en la ranura las monedas de rigor, pulso las teclas convenientes y ya no nos abandonó nunca. De tal manera que mucho antes de que nos significáramos con imperdibles o con chupas de cuero, ya quisimos ser estrellas del rock and roll con aquel otro uniforme tan formalito que, por supuesto, duro mucho menos que los acordes perennes de este cantable.

     Porque The Dave Clark Five tuvieron siempre esa imagen sesentera como de no haber roto un plato, bien peinaditos incluso cuando les creció el pelo ya avanzada la década, tal que una pandilla de buenos chicos recién horneados en las aulas de Oxford (que seguro que no fue así). Pero hacían buenas canciones, que es lo que nos importa, y lo que nos llevó a sumarlos a nuestro devocionario. Aunque, sí, vistos desde esta otra actualidad nuestra tan de otra edad (histórica y biológica), es muy dudoso que hoy contásemos con la misma facilidad para este tipo de adhesión. Pasa también con otras canciones y otros grupos, y lo peor que se puede hacer al respecto es, como con los amores perdidos, reescribir la historia. Ni merece la pena ni conduce a ninguna parte. Honremos mejor lo que fuimos y lo que fue, tal y como hacemos aquí con este testimonio.

     Así que dejemos sentado, para acabar, que Good old rock’n’roll se editó en el año 1969 y que, a pesar de corresponder ya a una etapa decadente del grupo, alcanzó el número 7 en las listas británicas y una posición bastante más sobresaliente en los jukebox de mi barrio. Casi nada. http://www.youtube.com/watch?v=B3GC-Y_KZgA

Publicado en genetikarockradio.com, 7 julio 2013

jueves, 20 de junio de 2013

Me & Bobby BcGee


     Lo más probable es que en el radiocasete de las furgonetas o de los dos caballos que nos recogían a dedo sonase Born to be wild o alguna canción de Lynyrd Skynyrd. Es posible que en las playas cantábricas donde solíamos desembocar se escuchara a lo lejos algo de Doors o directamente All right now. Eran posibilidades que se confirmaban o no según el sesgo de la aventura. Pero lo que nunca nos faltó en aquellas escapadas con destino incierto y sin billete de vuelta (aunque siempre acabásemos regresando a casa) era la compañía en algún momento de Janis Joplin. E, inevitablemente, si una canción sirvió de banda sonora para aquellos viajes a medio camino entre la lírica y la épica juvenil no pudo ser otra que Me & Bobby McGee: “La libertad es sólo otra palabra para decir que no hay nada que perder. / Bueno, nada no, cariño, si no es gratis. / Y sentirse bien era fácil, Señor, cuando él cantaba blues. / Sabes que sentirme bien era suficiente para mí. / Suficientemente bueno para mí y mi Bobby McGee”.

     Al fin y al cabo se trataba de eso, e importaba menos el decorado que la ambientación, tal y como nos lo había advertido la propia Janis: “¿Es que no lo entendéis? ¡La música tiene que ver con los sentimientos y con pasarlo bien!”. Por eso, porque en ella se conjugaban y se conjugan todavía esos dos elementos es por lo que se convirtió en una compañía imprescindible. Incluso sucede que si llegas tarde a ella acabas por incorporarla por igual a esa conjunción tan necesaria en determinados momentos de la vida, en la juventud especialmente, sea cual sea su duración y contenido. Y si a mayores te detienes en otros vericuetos del universo musical, lo que descubres entonces es que Joplin, según sentencia del crítico Jim Harrington, “no sólo podía haber sido la primera cantante de blues de la época, sino la primera cantante de aquel momento”.

     Evidentemente, de su atractivo no se podía apartar su condición de maldita, expresada por encima de todo a través de su pertenencia al Club de los 27, es decir, el selecto grupo de artistas que concluyeron su vida a esa edad temprana, por lo general de forma poco natural. De hecho, la canción que hoy gira en el jukebox forma parte de un álbum, «Pearl», que se grabó en sus últimos días y cuyo tema más conmovedor, Buried alive in the blues, es un instrumental sin más, no incluye ni una sola palabra cantada por ella, pues la heroína se le había adelantado: “… cambiaría todos mis mañanas por un sólo ayer / para sostener el cuerpo de Bobby junto al mío (…) Señor, estoy llamando a mi amante, llamando a mi hombre, / he dicho que estoy llamando a mi hombre, hice lo mejor que pude”.

     Semanas después de su muerte, ya en 1971, se editó finalmente «Pearl». El sencillo Me & Bobby McGee representó su mayor éxito, al ser la única canción de Janis Joplin en alcanzar el número 1 en el Billboard Hot 100. A partir de entonces la leyenda se consolida y la sitúa a la altura de las más grandes, al lado de Billie Holiday y de Bessie Smith. http://www.youtube.com/watch?v=B1R26bpq3cM

Publicado en genetikarockradio.com, 23 junio 2013