Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 21 de diciembre de 2025

Leones

            Una cosa es la heráldica y otra bien distinta, la fantasía que nutre nuestros cuentos. En la primera, el león es un símbolo de coraje, nobleza, fuerza, majestuosidad y valor. Como tal ilustra numerosos escudos de armas. Por el contrario, en la segunda es un animal sin más, posiblemente el rey de todos ellos, a partir de lo cual se construyen leyendas, canciones y espectáculos. Y luego está la ciudad donde habito, últimamente invadida por numerosas estatuas leonadas que elevan a mito un relato falso a partir del juego polisémico de su topónimo.

 

            Son varias las fieras domesticadas que nos han nacido durante los últimos años, adornan o quieren adornar glorietas, jardines, alcantarillas y aceras, compitiendo con otros estorbos urbanos de dudoso gusto. Los turistas son felices haciéndose fotos a su lado. Los indígenas las miran de reojo, más dubitativos, como si esas presencias inanimadas les contaminasen su identidad. Da la impresión de que alguien ha tomado la decisión de transformar la realidad de nuestro origen y convertirla en un circo. También hay leones en numerosos emblemas e inscripciones, los hay en rótulos y en camisetas, en pancartas y en vídeos reivindicativos, en insignias y en viseras… Todo es selvático en la ciudad donde vivo. O zoológico, no sé muy bien. Cualquier día podría aparecer Ángel Cristo dirigiendo el tráfico.

 

            El caso es que llegará un momento en que no será necesario explicar en las escuelas el porqué del nombre de esta ciudad, va de suyo, nadie lo aceptará, es algo irrelevante y lejano, mejor y mucho más sencillo quedarse con ese animal que nos devora, aunque tenga pinta de dibujo animado. Eso gusta, el dibujo animado, quiero decir, Simba, Aslan, el bizco Clarence, Ricardo Corazón de León, los leones de la Diosa Cibeles, el león cobarde de Oz, el león de la Metro… ¿Para qué andarse con antiguas historias de romanos y con la extraña evolución fonética del latín si este decorado nos permite sin esfuerzo ser protagonistas de Memorias de África?

 

Publicado en La Nueva Crónica, 21 diciembre 2025

domingo, 30 de noviembre de 2025

Deslumbrar

            Esta semana, la ciudad donde vivo, como otras, ha dado paso abiertamente a la temporada del deslumbramiento. Lo venía haciendo poco a poco porque no todo es navidad, por suerte, y ese fenómeno de luces cegadoras ya contaminaba el espacio urbano con otros métodos diferentes a las luminarias de fin de año. Pero ahora se junta todo: lo que fueron y no son ya bombillas de color con esas pantallas de tecnología led (creo que así se denominan), públicas y privadas, oficiales y mercantiles, que superan con amplitud los márgenes de la infección lumínica.

 

            El objetivo es deslumbrar, tanto da el presunto espíritu navideño que el afán comercial o la información de servicio. Deslumbrar. Es decir, asombrar, encantar, fascinar, torrentes de luz que acaben por provocar alucinación, entontecer, obnubilar. En eso consiste, en suma, la explosión de luz de uno y otro signo, tal y como procede en estos tiempos de apariencia y frivolidad. Poco importa que ese estrépito luminoso contraste con las penumbras cotidianas, al parecer no resulta insultante, son sólo estímulos para engañarse, neuro-marketing, estrategia social para la mansedumbre, fruslería. Incluso esas pantallas informativas son más ellas por sí solas que cuanto tratan de anunciar.

 

            Sucede así con las personas. Las hay que deslumbran y las hay que, sencillamente, brillan. Distinguirlas es más que conveniente para no naufragar en sensaciones y emociones que tienden a confundirnos con extrema facilidad. Una persona deslumbrante nos inclina de entrada al arrebato, pero no siempre hay sustancia bajo esa luz. Es más, deslumbra tanto la belleza como la fealdad, algunos gobernantes son ejemplo de esto último. Por el contrario, quien brilla no defrauda, ofrece solo pequeños efectos especiales de su llama, los suficientes para convertirse en faro y alumbrar la ruta. Son personas a las que hay que seguir y apreciar. Enfrente, quienes deslumbran, como todos los excesos de estas fechas, nos llevan al extravío. Suelen triunfar, no obstante.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 30 noviembre 2025

domingo, 23 de noviembre de 2025

Atropellos

            Se confirma en nuestros municipios la implantación, con matices, de eso que ha venido a llamarse zonas de bajas emisiones, es decir, áreas urbanas donde se restringe el acceso a determinados vehículos contaminantes. Se trata de reducir la polución del aire en esos espacios, lo que redundará al parecer en una mayor calidad de vida en los mismos. No en otros. Y quizá tampoco del todo en esos si pensamos que los seres humanos, además de respirar, hacemos alguna otra cosa, por ejemplo pasear, andar, correr por esas calles descontaminadas y en las demás.

 

            He perdido la cuenta del número de atropellos que llevamos acumulados este año en la ciudad donde vivo. En todo caso, son muchos y en cualquier circunstancia. De tal manera que, a partir de ahora, podremos morir lentamente por la vía de respirar un aire más limpio, pero lo podremos hacer abruptamente a consecuencia de un atropello inesperado. Y esto es así porque las ciudades, mucho más higiénicas sobre el papel, continúan dando un rol preponderante a los vehículos, sobre todo en esas otras áreas sucias, bastante más agredidas por el tráfico, porque las sanas suelen peatonalizarse en parte o en todo. Por lo tanto, vivimos, viviremos, en una ciudad que son dos ciudades. Y seremos vecinos y vecinas de primera y de segunda.

 

            Capítulo aparte es el juego que dan quienes van al volante de los vehículos que nos atropellan. Interesa sobre todo su diálogo con los pasos de cebra. Como en cualquier otro diálogo formal hay personas atentas, por supuesto, pero también las hay que mienten más que hablan, las que se expresan con soberbia, las que no escuchan, las que hablan demasiado, las que gritan, las que dicen no entender nada, las que miran para otro lado, las que son mudas… Y así se expresan, evidentemente, en los pasos de cebra, donde se produce una buena parte de atropellos. En suma, conducir es un diálogo con el entorno y tal y como dialogamos así también actuamos. Quizá las autoescuelas deberían cuidar así mismo esas maneras.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 23 noviembre 2025

domingo, 7 de septiembre de 2025

Desarraigo

El desarraigo es, seguramente, una cualidad de esta edad histórica. Es lo contrario a las nociones de cercanía, proximidad, ciudadanía, comunidad… Lo opuesto a vecindad. En nuestro tiempo, al contrario de las ideas anteriores, prevalecen todo tipo de movilidad y desapego alimentados a través de la globalidad, de las migraciones, del turismo desquiciado, de la ubicuidad económica, de la fluidez financiera, de la precariedad laboral, de las deslocalizaciones empresariales… Todo es desarraigo. Incluso un partido de la liga de fútbol española se jugará próximamente en Miami.

 

El desarraigo es también consecuencia del destierro de las personas, cuyos motivos son diversos, aunque en general tienen mucho que ver con lo antes dicho. En numerosos casos, la raíz, el arraigo que perdura, es el recuerdo, el paisaje que fue nuestro en el pasado, las casas de quienes nos precedieron, las fiestas estivales a las que regresamos, las historias que nos contaron, la memoria que todavía permanece. Todo eso es emoción y está bien y es vital, pero la distancia impuesta nos aleja del territorio y de la realidad corriente de esos espacios que se han vuelto remotos. Es decir, perdemos algo así como la carta de vecindad, aquel título que se concedía a quienes eran reconocidos como vecinos. Y de ese modo también nos abandonan derechos y deberes, por más que en ciertas épocas, en los veranos pasajeros de la vida, nos creamos en su pleno ejercicio.

 

            Algo así se ha observado en el drama de los fuegos del pasado mes de agosto. Efectivamente, hubo y hay en ellos abandono, vacío, despoblación, envejecimiento, liquidación de formas de vida, aparte de otros asuntos de gestión en los que no entro. Pero no ignoremos el desarraigo. Lo explica bien el saber popular: uno es de donde pace, no de donde nace. De forma que, si restamos lo emocional, muy importante, qué se puede esperar en estos tiempos de una población obligada a ser errante, urbana y muy poco apegada a ningún suelo. Ni al de nacer ni al de pacer.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 7 septiembre 2025

domingo, 22 de junio de 2025

Segunda

            Hace un mes, el equipo de fútbol de la ciudad donde vivo ascendió a segunda división. Hubo festejos por ello, un gran reggaetón de masas, y el alcalde dijo algo que me llevó a pensar, algo así como que ésta, la segunda, era la división que corresponde a nuestra ciudad. Así que le seguí la pista en los días siguientes para entender, si era posible, a qué se estaba refiriendo con tal afirmación.


            Me lo encontré primero en un concurso de tortilla de patatas que tuvo como marco incomparable una plaza de toros. Después, casi me di de bruces con él, acompañado por una banda de trompetas y tambores, cuando colocaban un monolito en la plaza, glorieta, rotonda o lo que sea que hay cerca de casa para homenajear con su nombre a la cofradía del Santo Cristo del Perdón. Otra mañana, también con sonido de trompetas y tambores, andaba metido en convertir en hijos adoptivos de la ciudad donde vivo a los alumnos de la Academia Básica del Aire, que, por cierto, tiene su sede en el municipio de Valverde de la Virgen. Pensé que me lo iba a encontrar en el pregón inaugural de la Feria del Libro, que se celebró por esas fechas, pero no fue así. Envió a una concejala. Tampoco estuvo en la rueda de prensa que sirvió para presentar esa cosa menor. Por el contrario, confío en que sí haya estado presente ayer en el pregón de las fiestas locales, faltaría más, del que se habrá encargado casualmente la Cultural y Deportiva Leonesa.


            No obstante todo lo anterior, celebro que el alcalde haya entregado la insignia de oro de la ciudad donde vivo al fotoperiodista Mauricio Peña. Repasadas las noticias locales desde el dichoso ascenso futbolístico, creo que es la única referencia en la que ha estado, tal y como declaró, a la altura de la segunda división. Podríamos concluir, además, que es el único acto con el que se ha honrado de verdad la primera parte del nombre del equipo de fútbol de la ciudad. Todo lo cual nos confirma que, en materia cultural oficial, no hemos conseguido todavía el deseado ascenso.


Publicado en La Nueva Crónica, 22 junio 2025

domingo, 20 de abril de 2025

Ríos

            En la Autovía del Noroeste, sobre el Manzanal, a la altura del desvío hacia Torre del Bierzo y Brañuelas, han instalado hace poco tiempo un cartel que, según uno u otro sentido, advierte de la separación entre las demarcaciones Duero de un lado y Miño-Sil de otro. Hace también escasas fechas descubrí otro letrero similar en la Autovía de Navarra, junto a Medinaceli, que sentencia la separación entre las cuencas Ebro y Duero. A diferencia de otra cartelería abundante en nuestras carreteras para informar sobre cualquier nimiedad, el motivo de estos anuncios no me parece un asunto menor; incluso apunta posibilidades.

 

            Si el río, lo diga o no la literatura, que sí lo dice, es la vida, por qué no superar las delimitaciones administrativas artificiales y optar, en cambio, por estas otras divisiones hidrológicas naturales. No sólo se recuperaría así el sentido emblemático de los ríos como ejes del territorio, sino que, además, concederíamos entidad a verdaderos ecosistemas existenciales. Personalmente, yo no siento de forma distinta cuando me detengo ante el Duero en los Arribes zamoranos o salmantinos, sobre el puente medieval de Tordesillas, junto a los arcos de San Juan en Soria ni paseando a orillas de cualquiera de sus numerosos afluentes. No siento distinto ni siquiera en el curso portugués de ese río. Podría decir, si alguien me preguntara por mi origen, que soy del Duero. Del mismo modo que otros podrían responder que son del Guadalquivir o del Tajo. De hecho, cuando pensamos los grandes ríos, lo hacemos como una unidad con independencia de las fronteras que superan: el Danubio, el Amazonas, el Ganges, el Nilo. ¿Por qué no pensar y sentir así con nuestros ríos más modestos?

 

            De acuerdo, ya sé que habría enseguida afluentes rebeldes que reclamarían una identidad propia dentro de un territorio tan vasto. Pero ése no es un tema fluvial sino de otro negociado bien distinto. Sólo se necesitaría una confederación justa, equitativa, democrática y participativa. Es tan difícil.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 20 abril 2025

domingo, 20 de octubre de 2024

Territorios

            En materia territorial, casi como en todo, lo fácil es ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio. Hace días, con motivo de eso que llaman fiesta nacional o lo que sea, el presidente Mañueco reivindicaba ufano los principios de igualdad y solidaridad entre las personas de todos los territorios [de España]. Sabemos de dónde procede ese cantar, a propósito de qué viene y para qué suena. Lo que Mañueco no dice, ni otros que hablan así mismo de diferencias injustas entre territorios, es que la igualdad y la solidaridad bien entendidas empiezan por uno mismo.

 

            Sin referirnos a lo de León y Valladolid, que es lo manido, si resulta que la brecha entre el municipio leonés con una renta más alta y el que la tiene más baja es de 30.000 euros, algo de desigualdad y de poquita solidaridad existe y, además, son sostenidas. Es lo que pasa entre Santa María de Ordás y Villamoratiel de las Matas, por citar los extremos de los datos publicados por la Agencia Tributaria en materia de rendimientos del trabajo. Naturalmente, solo una fiscalidad equitativa y progresiva puede combatir esas diferencias, aparte de otro tipo de inversiones públicas y privadas que se orienten hacia el futuro.

 

            Pero no, porque en esto último, me refiero a lo privado, se produce otra competencia entre territorios amparada desde lo público. Es esa costumbre extendida de que las empresas se domicilien fuera del lugar donde ejercen su actividad para cotizar a la baja y hacerlo, claro, lejos de donde hay que compensar los beneficios. La última en hacerlo ha sido la célebre FASA-Renault que se ha ido a vivir a un chalé de Alcobendas. Tampoco de esto habla Mañueco, no vaya a ser que se enfade con él la señorita.

 

            No obstante lo anterior, conviene saber también que la recaudación de Hacienda en lo que va de año creció en la provincia leonesa un 10,8%, mientras que en la Comunidad lo hizo sólo en un 3,5%. Sin embargo, el impuesto de sociedades, el puramente empresarial, se contrae un 6,9%. Un 10,2% en León.


Publicado en La Nueva Crónica, 20 octubre 2024

domingo, 13 de octubre de 2024

Ganado

            Escuché hace unos días al ministro Puente confesar su satisfacción por el rendimiento de los nuevos trenes Ave, Avril, Avlo, Talgo o como quiera que se les llame. Tantas son sus denominaciones como su colección de martirios para quienes en ellos viajan. De hecho, lo que más le entusiasmaba era su capacidad de almacenar viajeros, hasta 500 parece ser, no importa en qué condiciones, porque así, afirmaba, se responde al número ascendente de usuarios del ferrocarril. Hay que crecer en infraestructuras, es la consigna, aunque sean siempre las mismas. Porque en el fondo de poco sirve ampliar los establos de Atocha y de Chamartín, cuando en realidad hay que aliviarlos. Y de poco también amontonar viajeros y servicios si la red no da para más. Esa dichosa red radial que habría que liquidar de una vez por todas y que es la verdadera razón del caos y del embotellamiento en esos transportes de ganado: que no se nos obligue a abrevar en Madrid o en Valladolid para alcanzar cualquier destino, incluidos los más próximos.

 

            No, no hay que crecer en lo de siempre, hay que dispersar, descentralizar, esparcir o como quiera que se le llame. Y hacerlo no por razones nostálgicas, como hay quien proclama, ni por rellenar vaciamientos que no se resuelven así. Hay que hacerlo por eficacia y por rentabilidad. Es decir, menos congestión y más digestión. Eso obligará a invertir en la recuperación de líneas que fueron exterminadas en aquellos años donde lo que prevalecía por encima de todo eran las autovías y sus dichosos cacharros que hasta aquí nos han traído. Eso supondrá, pues, rescatar cuanto antes líneas como la Ruta de la Plata, la que une Madrid con Burgos por Aranda de Duero, la Valladolid-Ariza, la Soria-Castejón o el corredor entre Santander y Levante, por poner algunos ejemplos sonoros de lo que fue el genocidio ferroviario. O potenciar trayectos transversales venidos también a menos. Entonces sí podrá el ministro sentirse satisfecho y presumir de tal en lugar de hacerlo de pastor.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 13 octubre 2024

domingo, 6 de octubre de 2024

Callejero

Las ciudades se reconocen también por sus calles, por algunas de sus calles al menos, a pesar de la contaminación de franquicias y otros clones comerciales y hosteleros que tienden a igualarlas. También comparten, por lo general, un mobiliario urbano poco diferenciador en su estilo. Sin embargo, se distinguen, por ejemplo, gracias a sus callejeros, donde se suelen encontrar referencias locales, o no tanto, que esta vez sí que las personaliza de algún modo. En el caso de la ciudad de León esa personalidad es más que mejorable.

 

            No lo digo solo porque su mapa de nombres continúe incumpliendo la Ley de Memoria Democrática del año 2022 (y la de 2007, que ya llovió), lo cual empieza a ser una aberración, sino por la tendencia a vestir sus calles con un sesgo más que tendencioso. Basta con observar las decisiones adoptadas en esta materia recientemente: una calle para la policía nacional, un rincón para un ecónomo de la iglesia católica y un tramo al norte de la fachada de San Marcelo para la Hermandad Sacramental de Santa Marta y de la Sagrada Cena.

 

            En el primero de los casos, no discutimos los méritos de la policía, o tal vez sí, porque todo depende, pero llueve sobre mojado si recordamos que también le hemos entregado otra vía a la guardia civil, otra al ejército del aire y así sucesivamente. Puestos a reconocer a los empleados públicos, ¿por qué no una calle para los profesionales de la enseñanza, para quienes limpian nuestras basuras o para quienes nos cuidan? ¿no se lo merecen tanto o más que los uniformados o se trata de facticismo? Y en cuanto a lo católico, apostólico y romano, obvian los comentarios.

 

            En suma, el callejero describe a la perfección el rostro inmaterial de nuestras ciudades, lo que no se ve pero se vive, y, además, constituye en muchos casos toda una declaración política. Por lo que hace a la ciudad de León parece evidente que ese rostro es más que arcaico y que esa política no es desde luego socialista, como se tilda a sí mismo su equipo de gobierno.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 6 octubre 2024

domingo, 22 de septiembre de 2024

Teatro

            Repaso la geografía de ciudades que me circundan y no falta en ninguna de ellas un teatro. O sí, parece ser que en esta ciudad donde escribo y abrevo regularmente hace años que desapareció del paisaje ese equipamiento fundamental. Toda ciudad que se precie debe tener una iglesia notable, un palacio distinguido, un campo de fútbol, un bar con historia, una biblioteca inquieta, un museo de lo que sea… incluso un ayuntamiento. Y también un teatro. El teatro es ese espacio natural donde se finge la vida y sin teatro la vida es una simple anotación en el registro civil. La sola presencia de un edificio al que denominamos teatro ejerce una tarea pedagógica imprescindible, casi ni es necesario entrar en él porque de inmediato su visión corporal dispara las figuraciones. Así sucede en casi todas las ciudades que conozco, menos en León.

 

            En esta ciudad yo recuerdo dos teatros. Uno de ellos acaba de ser convertido en gimnasio, que es un establecimiento dedicado a fingir falsos cuerpos, no a moldear almas. Las almas las pule el teatro, el de la ficción y el de la vida. El otro, el que se pensaba destinado a grandes glorias cuando se hizo público, duerme un sueño casi eterno, como el príncipe Segismundo. Escucho de cuando en cuando reclamar la puesta al día de ese espacio hoy abandonado. Se reclama más por razones políticas que culturales. Lo suelen hacer quienes visitaban los teatros sólo cuando Concha Velasco encabezaba el cartel y poco les importaban las desventuras del Teatro Corsario o de otros grupos menores pero necesarios, los que, no sé, junto a una escuela, bien podrían nutrir ese escenario apolillado.

 

            Cierto es que programación teatral la hay gracias a la Universidad, a la iniciativa privada y a un Auditorio que no fue concebido como tal y ha acabado parasitado por la carencia de un coliseo para tal fin. Pero no es lo mismo. Hablamos del continente que, en este caso, comunica tanto o más que el contenido. Su déficit nos descubre una ciudad incompleta, triste, pobre.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 22 septiembre 2024

jueves, 27 de abril de 2023

De lo digital al envejecimiento

En el 15º aniversario de leonoticias 


     Con la perspectiva que nos otorga el tiempo, no es difícil concluir ahora que el nacimiento de leonoticias, allá por 2007, certificó en cierto modo la entrada en una nueva edad histórica, la edad digital y tecnológica. Al menos fue así en lo relativo a este entorno nuestro, pues no cabe duda de que fue aquella una iniciativa pionera en el ámbito de los medios de comunicación locales. Por eso mismo la recibimos con tanta curiosidad como entusiasmo e hicimos de su consulta una nueva costumbre cotidiana por lo que a la atención a las noticias inmediatas se refiere. Ahora bien, ese mismo tiempo transcurrido, esos quince años, que en otra edad no hubiesen sido nada, se convierten ya en esta actualidad en todo un mundo, habida cuenta de las transformaciones y acontecimientos históricos que nos ha tocado vivir en ese tránsito.

 

            Si atendemos a los medios, lo digital se ha multiplicado de forma sobresaliente y ya casi reina entre nosotros, por más que los nostálgicos del papel continuemos buscando con interés los soportes clásicos. En suma, la abundancia y la competencia ha hecho del mundo digital una selva, donde sigue siendo necesario, como en el periodismo de siempre, buscar y reconocer el crédito y la profesionalidad para ser fieles a una marca digamos de cabecera. En ese sentido, leonoticias sigue teniendo ventaja quince años después y por ello felicitamos a quienes se arriesgaron entonces y a quienes siguen haciéndolo hoy en día.

 


            Si, por otro lado, atendemos al mundo, cuanto nos ha ocurrido en los últimos quince años nos supera y nos desconcierta: crisis financieras y económicas globales, volcanes, pandemias, gobiernos de coalición, resurgir de los movimientos y del pensamiento de ultraderecha, guerras y hasta astronautas de aquí al lado. ¡Como para no estar desconcertados! Quiere eso decir que no es fácil valorar lo ocurrido fuera del asombro, pues cualquier comparación con el tiempo anterior es prácticamente imposible. Los cánones han cambiado. De ahí que la información se nos vuelva a hacer imprescindible, no cualquier información, sino aquella que se sujeta sobre el rigor. Ése es el reto actual del periodismo y, por tanto, también de leonoticias.

 

            Lo único que no ha cambiado alrededor nuestro ha sido el envejecimiento, así en lo personal como en lo colectivo. Lo personal es inevitable, lo colectivo sólo es signo de un mal larguísimo de esta tierra. Basta mirar alrededor para reconocer el agravamiento de ese mal, que viene de lejos no obstante, por más que últimamente sean más los que en ello se fijan y hacen de ello bandera de agravios y comparaciones. Recuerdo ahora que en el año 2004 yo mismo, al acceder a la secretaría general de CCOO en León, mencionaba el problema demográfico como el mayor desafío de la provincia y me proponía, iluso, tratar de remediarlo en lo que estuviera a nuestro alcance. Pienso ahora que lo único que está en verdad a nuestro alcance, y poco, es estabilizar esas cifras adversas para soñar con el día en que regrese el crecimiento. Lo primero es posible; lo segundo depende, me temo, de dinámicas globales menos gobernables.

 

Publicado en Almanaque leonoticias 15 años, abril 2023

martes, 21 de diciembre de 2021

Azucarera Santa Elvira: lo que fuimos y lo que somos


            A lo largo del año 2021, mientras centenares de leoneses y leonesas se amontonaban alrededor de eso que llaman ahora palacio de exposiciones con el fin de vacunarse, no resultaba extraño preguntarse cuántas de ellas conocían que pisaban tierra obrera. Nada en los alrededores, salvo unas ruinas innobles sujetas por andamios, recuerda que en esos solares residió la Azucarera Santa Elvira. No hay placas modestas, indicadores u otros signos que guarden la memoria de lo que fue aquello, una industria que alimentó a buena parte de la provincia durante sesenta años. Ni siquiera la rotonda o glorieta o plaza que colocaron al lado lleva su nombre; se lo han otorgado a una cofradía porque el poder en la ciudad de León sigue siendo ostentado eternamente por los mismos grupos y familias. A nadie con posibles se le ocurrió honrar la historia de la factoría muerta concediéndole ese espacio para el recuerdo o plantando al menos en él, hoy yermo, una mata de remolacha azucarera. No, lo que debe estar presente por los siglos de los siglos es el Santo Cristo del Perdón, es decir, la cofradía que lleva ese nombre.

 

Foto: Ramiro (Diario de León)

            Por otro lado, la desnaturalización de esa barriada, al otro lado del río Bernesga, se ha ido expresando también en otros capítulos, como el de la integración ferroviaria, que merecería así mismo gran comentario. Pero conviene, aunque parezca anecdótico, fijarse en otro detalle relacionado con la propia factoría azucarera. Durante los años de su vida y anexo a ella, existió un coqueto chalé ajardinado y con piscina, destinado entonces a residencia de la dirección de la empresa y sus familias. Recuerdo bien que allí acudían a bañarse jóvenes en los que yo no me reconocía, no eran del barrio, eran gente de otro mundo. Con el tiempo, el chalé se deshabitó, el jardín fue abandonado y poco a poco todo fue empalideciendo. En 1992 la Azucarera cerró definitivamente y, años después, fruto de especulaciones y otras crisis, acabó siendo el denominado “banco malo” el dueño de aquel espacio residencial dejado a su suerte y condenado a la decadencia. El chalé, o su semi-ruina, fue finalmente ocupado y, a la postre, derruido para evitar ese tipo de dolores de cabeza a los propietarios, que habían conseguido antes que el ayuntamiento les aprobara la construcción en su lugar de un edificio de 18 plantas. Sin embargo, en la actualidad, como era de prever, no sólo no creció allí tal afrenta fálica, sino que lo que resta es un solar triste, donde se acumulan desperdicios, que utilizan los pensionistas que pasean por esas aceras inhóspitas para entrar a orinar cuando les aprieta la vejiga. El ocaso.

 

            Pues bien, si todo esto ha sido y es así hoy en día, cómo esperar que alguien recuerde que allá por 1933, cuando la Azucarera Santa Elvira se instaló en la ciudad de León, lo hizo gracias a la herencia que recibió en forma de maquinaria (y cuentan que también su nombre) de la que previamente había existido en la localidad de La Rasa, en la provincia de Soria, y que en aquel entonces fue liquidada. Las deslocalizaciones tienen estas cosas. Seguramente, en aquellos tiempos, a quien le tocó llorar la pérdida fue, entre otros, a Marcelino Camacho, célula madre de CCOO, que vivía con su familia en la casilla levantada a la orilla de la vía del tren que unía Valladolid con Ariza, por desgracia hoy también clausurada. Si ferrocarril y azucarera fueron a principios del siglo XX las fuentes de vida para aquel pueblo soriano, igual sucedió en el barrio leonés donde vinieron a unirse instalaciones azucareras y ferroviarias. Y algo del alma de Camacho debió de llegar con todo ello, pues al cabo de los años ese barrio fue conocido como barrio Lenin, toda una declaración de evidencias para una ciudad provinciana en la segunda mitad de ese siglo.

 


            En fin, el caso es que se caen al lado los emblemas de nuestra vida colectiva y se pasa página, nadie vela por lo que fueron y significaron, se opta siempre por la demolición en sentido amplio. Más aún si lo demolido no tiene que ver ni con reyes medievales ni con el poder económico ni con el poder religioso que han gobernado y gobiernan todavía la ciudad de León. A ellos se les dedican calles, plazas, monolitos y todo tipo de señales. Pero si lo perdido tiene que ver con el mundo del trabajo, es decir, con la generación de riqueza para todos, se opta directamente por el olvido. Se dirá que no fue así con la industria de los antibióticos, ubicada un poco más allá del escenario del que hablamos, porque aún se nombra como tal la fea avenida que la bordea, pero no nos engañemos: aquello era aristocracia, también laboral por supuesto, vinculada en su origen a la sacrosanta Facultad de Veterinaria y a otros inversores de postín, y eso, claro, es otro nivel. Además, está en el extrarradio y no ofende ni afrenta fervores inquebrantables.

 

Publicado en Nueva Tribuna, 19 diciembre 2021

domingo, 14 de marzo de 2021

Trastero


            

            Me hago eco y amplifico cuanto aquí mismo firmaron Luis Grau y David Rubio hace una semana. El primero se refería a la nueva imagen de Ordoño II como el saloncito de tía Reme. El segundo pintaba el acceso Sur como un pasillo disparatado de mensajes publicitarios. Uno y otro, con sus observaciones sagaces, describían una imagen nada agradable de esta ciudad creciente de día en día.

 

            Añadamos una estampa más de las que pudieran ocurrírsenos: la del entorno del ferrocarril integrado. O desintegrado, según se mire. Lo cierto es que este tipo de intervenciones urbanísticas son una oportunidad para hacer ciudad sin excesivos condicionantes previos y para demostrar el estilo o falta de estilo de quien toma decisiones en ese preciso instante. Visto así, lo que se puede concluir es que, más allá de enterrar, no del todo, el trazado ferroviario, la solución de conjunto se aleja bastante de un nuevo modelo propio de una ciudad sostenible y se corresponde más bien con un trastero al que le hemos puesto baldas para ordenar a medias los cacharros que en él se acumulan. La estética portuaria adoptada, el predomino de espacios para automóviles y otros vehículos rodantes, los vacíos aislados por vallados metálicos o de malla granjera y la ausencia casi absoluta de vida verde y de áreas amables convierten la oportunidad en fracaso. Se dirá que faltan aún remates y es verdad, pero todos sabemos que no es una cuestión de remates ni de detalles, sino de concepto (¿o es más bien de “conceto” –Manquiña dixit– si nos atenemos al resultado?).

 

            El feísmo es uno de los rasgos que identifican cada vez más a esta ciudad. De nada vale vivir de las glorias artísticas del pasado si el presente se llena de cachivaches y de rincones más que ásperos. Si eliminamos una barrera como la del ferrocarril y la sustituimos por un erial, el viaje no habrá servido para nada. Al menos antes se podía contemplar el paso de los trenes, que siempre resulta mucho más evocador, y asomarnos al mundo a través de ellos.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 14 marzo 2021


martes, 10 de noviembre de 2015

Perder el Norte


            Lo que siempre fue el Norte hoy se llama el Tropical. Nada es inmutable, desde luego, y mucho menos los bares, que no obstante han sido a lo largo de décadas una seña de  identidad ciudadana más que importante. Desde tiempos remotos, a la orilla del hoy desparecido paso a nivel del Crucero, se situaba un típico bar de barrio con solera, con humo y con partidas en la sobremesa. Se llamaba el Norte, quizá por la cercanía ferroviaria que hacia el norte cardinal orientaba sus raíles, del mismo modo que hay todavía un bar Ferroviario y otras referencias cercanas de ese estilo que tienden a la desaparición. En el caso que nos ocupa, se perdió primero la solera a la par que las costumbres han ido transformándose; luego le llegó el turno al humo, hace ahora una década, como consecuencia de leyes y de otros hábitos dicen que saludables; finalmente, no se sabe si fruto de todo lo anterior o porque sencillamente la gente se muere y es sustituida por otra gente, huyeron los naipes, las fichas de dominó y la algarabía que les servía de envoltorio. El bar languideció, como languideció el barrio todo y su identidad obrera tradicional. Ahora, después de varios episodios fracasados que mantuvieron su raíz a base de tapas de callos y cafés bien hechos, el local se ha actualizado definitivamente: ha pasado a llamarse el Tropical y a ser habitado casi en exclusiva por inmigrantes latinos con sus nuevas maneras a cuestas, sus ruidos, sus aromas, sus ritmos y sus sentimientos. Es otra identidad, como es otra, ya digo, la del entorno entero. Y otros son los tiempos.


     Porque en eso de perder el norte, el rumbo, la brújula, el oremus o la tramontana, que tanto da, tiene mucho que ver la idea de identidad mal entendida. Románticamente entendida podríamos decir, en lugar de hacerlo con lógica o con propiedad, que al cabo es lo que indica el dicho: apartarse del comportamiento considerado lógico. Sí, la estrella polar que indicaba el norte y que buscaban los antiguos marineros para orientarse sigue ahí, en la cola de la Osa Mayor, pero a nadie se le ocurriría en la actualidad acudir a ese procedimiento. El rumbo, bien lo sabemos, lo indican hoy las cartas náuticas y todos los instrumentos que las apoyan, pero sobre todo el radar, el GPS y otros sistemas electrónicos. Podemos sentir nostalgia del pasado y novelarlo, pero da igual: sin haber desaparecido del todo, por supuesto, la identidad del concepto navegación no puede ser ya la misma.

     Algo así sucede, está sucediendo, con las identidades nacionales. Por más que argumentemos con la lengua (una realidad más que evidente), con la bandera (sometida al efecto de la polilla y otras personalizaciones de lo simbólico) y con la historia (muy manipulable), el resultado acaba remitiendo necesariamente al sentimiento, es decir, a lo que no es lógica ni razón, y en ese caso la posibilidad de perder el norte es inmediata. Tanto monta el norte global español como el norte desconectado catalán. Y por eso mismo resulta tan difícil construir de un modo artificial nuevas identidades regionales, como ocurre en el caso de Castilla y León, porque sin sentimiento no hay lógica ni razón que valgan.

     Ahora bien, ni se gobiernan los sentimientos, pues nunca el romanticismo se sometió ni a dueño ni a señor y por eso mismo llama a la desobediencia de las leyes, ni los gobiernos pueden ser sentimentales sin más. No. Puesto que mutamos, y en este siglo a mayor velocidad que en ningún otro momento histórico anterior, lo que nos permite construir país, región, barrio o lo que sea es el acuerdo, es decir, la política, cuya ausencia ha resultado atroz en el proceso independentista, así en el lado de los unos como en el de los otros. Es el ejercicio de la política, con lógica y razón, lo que asegura la evolución de los pueblos, de las regiones, de las naciones o de lo que convengamos; a través de ella se anticipan los cambios y se actúa sobre ellos para resolver el conflicto de intereses; y con su intervención, en fin, se hace frente a la necesaria evolución de la identidad individual o colectiva, que es un proceso obligatoriamente cambiante, obligatoriamente sometido al diálogo y al pacto. Si no se asume esto, mejor apagar la luz y volver sobre la estrella polar o al siglo XIX como están haciendo muchos.

     Es la política, en suma, la que permitirá que convivan la memoria del Norte con la actualidad del Tropical y que lo hagan con salud en un mestizaje que ya forma parte indeleble de nuestro ser. Sur y norte van y vienen por esas cartas de navegación, se mezclan pero no se confunden, se alían para progresar y se respetan. Lo demás, por no ser más crudos, es barbarie y sentimentalismo trasnochado.
Publicado en Diario de León, 10 noviembre 2015