Este verano, que progresa por los senderos habituales, ha venido adornado, sin embargo, por unas melodías singulares que poco o nada tienen que ver con las tradicionales canciones de la época. O tal vez sí; tal vez coinciden con ellas en unos ritmos repetitivos e insistentes, en unos estribillos construidos a base de la, la, la y chunda, chunda, y en un ardor enfervorecido, bien por el calor, bien por los sentimientos patrióticos, según casos. Nos referimos a los himnos. Las sucesivas y amontonadas competiciones deportivas en estas fechas han sido su principal escaparate: campeonatos de fútbol, de natación, de atletismo, de gimnasia rítmica y deportiva, de hockey… siempre con los himnos nacionales a cuestas hasta resultar la parte más fatigosa de esos espectáculos.
Un himno es ante todo una composición poética destinada a alabar a los dioses, a los héroes, a Dios, a la Virgen o a los santos; también sirve para exaltar a una gran persona, celebrar una victoria u otro suceso memorable o expresar júbilo o entusiasmo; y, por último, en este recorrido por la definición académica, un himno es una composición musical emblemática de una colectividad, que la identifica y que une entre sí a quienes la interpretan. Ni quitamos ni ponemos rey a todo ello, son palabras de la Academia.
Haremos notar, no obstante, la omnipresencia de estas composiciones sobre todo en tres espacios que se dicen de masas: el deporte, los desfiles militares y las procesiones de semana santa. Será por algo. Es verdad que, por citar otros ejemplos, también se interpretan al comienzo y al final de los actos de entrega de los Premios Cervantes y Nobel, respectivamente, pero ni se retransmiten en su totalidad ni son momentos del acto que luego se recojan en los pequeños flashes informativos sobre asuntos mucho menos relevantes, desde luego, que un partido de fútbol, un izado de bandera o la entrada de la Macarena de regreso a su templo. Que todo esto sí se retransmita y no lo otro también quiere decir algo.











