A nadie dejará indiferente el título de esta columna. Habrá quienes se sientan ofendidos con la sola visión de semejante enunciado bruto. Y habrá quienes juzguen impropio el simple hecho de escribirlo en una tribuna como ésta. De hecho, todo eso me sucede a mí mismo, pero no había otra opción.
Más allá o más acá de la anchura que concedamos a la libertad de expresión, más allá o más acá de lo que consideremos mala o buena educación, cuando un coro de miles de personas, aquí o allá, con motivo o sin él, entona ese insulto para atribuírselo a una persona que es, además, Presidente de Gobierno, con el fin de cosificarlo despectivamente, no es otra cosa, a mi parecer, que el fin de la civilización. A un Presidente de Gobierno se le puede reclamar a gritos la dimisión, por supuesto, acusarlo de todo aquello que pueda ser probado, insistir en que se vaya e incluso llenar pancartas con su caricatura. Pero lo de corear su nombre unido al insulto directo, este tipo de insulto, supera cuanto es soportable honestamente hablando. Si observamos muchos de los rostros que eso hacen, los gestos con que acompañan al canto y otros ademanes, entre ellos rabia, odio, mala baba y amargura, esa visión nos debe alertar, casi asustar, de lo que esa masa puede llegar a dar de sí. Más aún lo que puedan dar de sí los hombres y mujeres que los animan, respaldan y que aspiran a gobernarnos, los cuales no requieren la crueldad de esa misma expresión porque se deslizan por otras artes crudas, no menos hirientes, del lenguaje.
Si a ese paisaje general le añadimos la imagen particular de dos damas, por no decir cabestros-hembras, conscientes de que estaban apareciendo en televisión mientras llamaban puta y ramera a Carmen Bayón, ejemplar periodista, durante la concentración de supuesta adhesión a Ceuta celebrada en la ciudad de León, todo está ya dicho. Carmen lo aguantó y ellas, de inmediato, acudieron a su confesor, que les perdonó sus pecados, previo rezo de una Salve, y se quedaron tan anchas.









