Las estadísticas del Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 han confirmado con cifras lo que ya era una evidencia: en España hay más de quince millones de animales de compañía. Casi la mitad de ellos son del tipo perro, les siguen los del tipo gato y muy por detrás un sinfín de animalitos del tipo conejos, aves, tortugas, otros reptiles… Todo un zoológico doméstico en gran medida urbano.
Esa es una de las curiosidades del asunto: cuanto más se concentran las personas en las ciudades y mayores son las dificultades para la movilidad en ellas de cualquier ser vivo, más crece el número de mascotas. O animales de compañía, dicho con mayor corrección. Es decir, que los animales en cuestión, que solían andar libres como la burra del guarda por campos, pajares y montes, viven hoy encerrados en pisos como dios manda. Para hacer compañía a sus dilectos dueños y dueñas, que cumplen también con esa misma regla. Todos bien acompañados.
Confesaré aquí que yo siempre quise tener un lince, pero resulta bastante complicado. No sólo porque es una especie protegida, sino porque, además, salieron corretones y no hay quien los sujete en ningún redil. Tanto es así que en el último año más de 200 han sido atropellados, el 78% del total de la mortalidad de esa especie. Se verá que también los linces tienen serios problemas de movilidad. Pero esta cifra no produce alarma, quizá porque no se trata de animales de compañía, quizá porque ellos se lo han buscado a base de correrías y por no hacer uso de los pasos de cebra como los bichos estabulados en las ciudades.
Celebraremos, no obstante, que crece el número de linces en España y llega ya a los 2.633 ejemplares. Incluso se sabe que uno de ellos se ha instalado en la comunidad de Madrid, se llama Uraclio y anda buscando pareja y piso. Sinceramente, lo va a tener complicado, para lo uno y para lo otro, salvo que alguien, disparatado como un servidor, lo asimile a los animales de compañía, le eche un lazo y le proponga amores.









