En antiguas civilizaciones, o no tanto, la hechicería causaba tanta admiración como temor, hasta el punto de que a nadie, a ningún jefe de tribu o poderoso al mando, se le hubiera ocurrido asimilarla con curanderos, sacamuelas, curalotodos, santeros, practicantes u otras ramas por el estilo. De haber obrado así, como poco hubieran preparado una huelga amarillenta del tipo una semana de paro al mes y sanseacabó. Porque la hechicería es la hechicería y no admite parangón.
Eso se deduce, pensando bien, de las insólitas huelgas médicas en contra de un estatuto que, mejoras profesionales y organizativas aparte, les equipara con el resto del personal sanitario. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Salvando distancias, recuerdan en cierto modo a las huelgas de no hace tanto protagonizadas por las altas magistraturas judiciales. O la de los técnicos de Hacienda animados por ese autosindicato propio. Parece ser que todos y todas queremos ser más que alguien, que estamos sobrados de razones para ello y que no estamos dispuestos a ser confundidos con la chusma proletaria. Del mismo modo que la hechicería pugnó hasta el fin por conservar su posición privilegiada entre los mortales.
No es nada nuevo, pues, pero convendremos que en estos tiempos lo de ser diferente al otro, y a ser posible superior, se ha convertido en aspiración básica, así en lo laboral como en lo social. No es raro, por lo tanto, que cuajen mensajes que enfrentan al penúltimo con el último, esto es, al paria con el migrante, como si ésa fuese la lucha fundamental de clase y no la que, de forma general, disputan el capital y el trabajo.
En el caso de la hechicería su poder se apoyaba tanto en la cualidad de curar como en la función sacerdotal. Podríamos pensar que no sucede así con las privilegiadas élites actuales que supuestamente han venido a sustituirla, aunque no es tal: en el fondo, todo afán preponderante es una pose divina más. Por fortuna, esa divinidad se viste hoy de ciencia y no de un designio del más allá.









