Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 22 de marzo de 2026

Hechicería

            En antiguas civilizaciones, o no tanto, la hechicería causaba tanta admiración como temor, hasta el punto de que a nadie, a ningún jefe de tribu o poderoso al mando, se le hubiera ocurrido asimilarla con curanderos, sacamuelas, curalotodos, santeros, practicantes u otras ramas por el estilo. De haber obrado así, como poco hubieran preparado una huelga amarillenta del tipo una semana de paro al mes y sanseacabó. Porque la hechicería es la hechicería y no admite parangón.

 

            Eso se deduce, pensando bien, de las insólitas huelgas médicas en contra de un estatuto que, mejoras profesionales y organizativas aparte, les equipara con el resto del personal sanitario. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Salvando distancias, recuerdan en cierto modo a las huelgas de no hace tanto protagonizadas por las altas magistraturas judiciales. O la de los técnicos de Hacienda animados por ese autosindicato propio. Parece ser que todos y todas queremos ser más que alguien, que estamos sobrados de razones para ello y que no estamos dispuestos a ser confundidos con la chusma proletaria. Del mismo modo que la hechicería pugnó hasta el fin por conservar su posición privilegiada entre los mortales.

 

            No es nada nuevo, pues, pero convendremos que en estos tiempos lo de ser diferente al otro, y a ser posible superior, se ha convertido en aspiración básica, así en lo laboral como en lo social. No es raro, por lo tanto, que cuajen mensajes que enfrentan al penúltimo con el último, esto es, al paria con el migrante, como si ésa fuese la lucha fundamental de clase y no la que, de forma general, disputan el capital y el trabajo.

 

            En el caso de la hechicería su poder se apoyaba tanto en la cualidad de curar como en la función sacerdotal. Podríamos pensar que no sucede así con las privilegiadas élites actuales que supuestamente han venido a sustituirla, aunque no es tal: en el fondo, todo afán preponderante es una pose divina más. Por fortuna, esa divinidad se viste hoy de ciencia y no de un designio del más allá.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 22 marzo 2026

domingo, 15 de marzo de 2026

Marzo

            Cuentan que el viento es otro meteoro más, algo así como una corriente de aire producida en la atmósfera por causas naturales. Un asunto vulgar, como se ve. Sin embargo, ese meteoro molesto según su intensidad ha generado un sinfín de expresiones, un sinnúmero de términos para describirlo y un puñado de refranes y dichos. Cuentan así mismo que marzo es precisamente el mes de todos los vientos (al menos hasta que el clima empezó a trastornarse), y aunque muchas sean las festividades que en él se acomodan, nadie podrá evitar en un primer momento pensar en marzo como un ser eminentemente ventoso. Ventoso y guerrero, porque tampoco ignoraremos que marzo es el mes dedicado al dios de la guerra, y bastante belicosos nos han venido los vientos en este preciso marzo.

 

            Ventoso fue nombrado parte de este mes en el calendario republicano francés, aquel calendario que se diseñó poco después de su revolución contaminado por ideales que hoy nos pueden parecer marchitos y que pretendía, además, eliminar del mismo las referencias religiosas. Al final, como sabemos, triunfó el mucho más antiguo y litúrgico calendario gregoriano, aunque, eso sí, en él se respetó el nombre romano de los meses. Y de ahí precisamente la consagración de marzo al dios Marte.

 

            De tal forma que la mezcla entre Marte y Eolo arroja el resultado que todos conocemos y sufrimos en estas fechas. Un Marte sin límite y un Eolo desatado. Como puede suponerse, la virilidad era una característica del primero, mientras que al segundo se le consideraba guardián de los vientos. Es decir, entre virilidades y guardias andamos, lo cual explica mucho mejor el rostro de este marzo desabrido. Y entre divinidades, que eso también dice bastante de la calamidad que nos ha tocado en suerte.

 

            Así que lo que importa es condenar la tragedia, combatirla y esperar la llegada de abril, que siempre llega, ese mes relacionado en su etimología con la diosa Afrodita, la del amor y la belleza, esto es, el polo opuesto a sus colegas en el Olimpo.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 15 marzo 2026

domingo, 8 de marzo de 2026

Gatos

            Escuché en la radio a la escritora argentina Leila Guerriero describir la agonía y muerte de su gata. Me quedé estupefacto. En términos literarios, el relato estuvo a la altura de su prosa, estremecía, era incluso hermoso a pesar de lo dolorido. En términos humanos, llegué a pensar que sería imposible una carga emocional semejante si se hubiera tratado de la muerte de una persona. Una persona querida, he de precisar. Y me conmoví aún más, casi me asusté.

 

            Debo indicar que yo nunca he tenido gatos. Por lo tanto, mi percepción de esta historia y de cuanto ella comporta puede ser juzgada como poco empática. No lo discutiré. Pero sí debo afirmar que, o bien yo me he perdido algo, seguramente, o bien en ese amor sufriente hay elementos desmesurados. Y si me pongo en el papel del hombre con el que vive desde hace años, así le suele nombrar ella sin más, andaría un tanto inquieto. No por celos, que es una tontería, sino por la dosis literaria que pueda merecer llegado el caso. La literatura, sí, dice cosas que la realidad no cuenta. Tal vez ésa sea la clave.

 

            Pero volviendo a los gatos, esos extraños animales, tengo la impresión de que hay vicio con ellos, como lo hay así mismo con cuantos otros bichos de compañía vienen a llenar en muchos casos vacíos, soledades, cariños. Siempre he pensado que son sucedáneo de algo que nos falta en verdad, tendencia que no debo cuestionar, por supuesto, un sustitutivo que colma con relativa facilidad un hueco profundo en el existir. El vicio consiste precisamente en que uno se acomoda a ello y da por zanjada la imperiosa necesidad de acompañamiento, así en lo de uno como en lo de los demás, así hacia dentro como hacia fuera.

 

            Y quizá sea todo eso lo que explique que los fondos de inversión, esos artistas de la rapiña, esos especuladores del capital riesgo, se hayan fijado en sectores como la salud animal y su entorno para incrementar sus ganancias. En suma, una expresión más del capitalismo animal tan de moda y tan excesivo en todo sentido.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 8 marzo 2026

domingo, 1 de marzo de 2026

Ojos

            “¡Ay, ojos, los mis ojos! (…) Ojos, por vuestra vista me habéis llegado a perder”. De esta forma se quejaba de su destino sentimental desdichado, de uno de sus destinos sentimentales, el muy cascabelero Arcipreste de Hita en un pasaje del Libro de Buen Amor. Y, como en su caso, mucho han dado de sí los ojos y su universo en materia poética y pasional. Hay ejemplos más que notables en esas artes de mirar y de escribir.

 

            Sin embargo, no creo que sea ésa la causa que pueda explicar el actual esplendor del negocio de las ópticas. Seguramente, todo es más prosaico. No creo yo que nuestros males de amores, que no son más abundantes que en cualquier otra época, se corrijan por la vía de los optómetros o por la aplicación de unas lentes de contacto. Si acaso, no sé, ayudarán más unas buenas lentes bifocales. Sea como fuere, no deja de resultar asombroso que en la ciudad donde vivo, en su calle principal, en 450 metros de avenida, haya hoy nueve establecimientos para estos menesteres más uno a la espera. Y, si ampliamos el foco a calles adyacentes, el número supera entonces la docena. Mucha miopía hay que corregir, mucha más que dolores románticos.

 

            Lo que desconozco también es si en esos establecimientos sería posible corregir las miradas. En muchos casos, nuestro problema no es el de unos ojos enfermos, sino el de una mirada torcida, equivocada, contemplativa, torpe, indiscreta o invasiva. Y lo peor de todo es el trastorno que a veces nos provoca confundir nuestra mirada con la realidad y pretender que lo que vemos o queremos ver sea lo que ha de ver la humanidad entera. Esta es una enfermedad muy común, para la que no sé si existe tratamiento. Me temo que no.

 

            En fin, casi todos nos hemos perdido alguna vez por unos ojos. Incluso algunas miradas lascivas también nos han descolocado. Y qué decir de un parpadeo en el momento adecuado. Es éste, como se ve, un campo semántico abrasador. Así que sí, tal vez en esos negocios debiera comercializarse algún tipo de remedio al efecto.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 1 marzo 2026

domingo, 22 de febrero de 2026

Nihilismo

            El colofón a cuanto sucede en el mundo que nos envuelve lo describió a la perfección la historiadora y psicoanalista francesa Elisabeth Roudinesco. Ella acuñó el término “Yo soberano”, que va, a nuestro entender, mucho más allá del egoísmo o del individualismo fáciles de observar en quienes nos rodean, incluso en nosotros mismos. No, describe algo aún más grave: el nihilismo. La pérdida de todo valor, idea sólida u horizonte diáfano es lo que nos ha llevado a la nada, a la negación y a la sinrazón. Es en ese caldo donde se cuecen las ideologías reaccionarias, las políticas necias y los usos retrógrados. Sólo se salva el Yo.

 

            Ahora bien, hay un yo nihilista y hay un yo totalitario, es decir, su opuesto. Hay un yo que niega y hay un yo enfrente que aspira a la totalidad. En los terrenos de la desigualdad que tanto hemos denunciado aquí, posiblemente ésta sea la mayor de todas y sobre la que se apoyan las demás. Porque es más que desigualdad, es apropiación, es poder y es control. Para unos, los absolutistas, evidentemente, mientras que para los otros, los feligreses de la nada, es simple rendición bajo la supuesta salvación del yo: ¡vivan las cadenas!

 

            Sea como sea, los dos yoes se consideran, sí, soberanos, en particular ante el otro, los otros, la otredad, que se valora como un inconveniente para mi libertad. De ahí el rechazo de la ley, de la norma, de la costumbre, del uso, del confinamiento, de la prohibición, de la regulación, de las balizas de emergencia, de las vacunas, del Estado. En suma, yo soy la diversidad llevada a su mayor expresión y no admito ningún tipo de límite, razón o hecho objetivo. La subjetividad como reino.

 

            ¿Qué hacer entonces ante todo esto? Para empezar, contarlo, escribirlo suponiendo que va a ser leído, generar discusión, contraste de ideas, confiando en que se haga algo de claridad en medio de la niebla de la nada. Ya el refrán nos advierte de que no hay más ciego que el que no quiere ver. Bueno, todo eso y cruzar los dedos. ¡Viva el vino!

 

Publicado en La Nueva Crónica, 22 febrero 2026

domingo, 15 de febrero de 2026

Infamia

            Llevamos lo poco que va de este año navegando por el diccionario detrás de las palabras que nos expliquen mínimamente esta época extraña y sus maneras tan burdas como peligrosas. Por esos hemos hablado aquí de juegos, de anomalías, de desconfianzas y lo hacemos hoy de infamias. La infamia, como sabemos, es una vileza, una maldad, algo que desacredita y deshonra. Definir este periodo histórico como infame es constatar el fracaso de la educación, de la cultura y de las normas sociales de los años precedentes. No se puede explicar de otro modo. Porque si algo persiguen (o perseguían) precisamente educación, cultura y normas es acabar con la infamia.

 

            Cómo describir, si no es como algo despreciable, buena parte de nuestro entorno político y sus acciones, desde el Ventorro a Mineápolis, desde Móstoles a la franja de Gaza, desde el Dombás ucraniano hasta el incendio de Las Médulas. Todo eso es el testimonio del fracaso de la Ilustración y de sus ecos. Ni siquiera se trata de un despotismo ilustrado, sino de un caciquismo o imperialismo, según casos, zafio, maleducado y repelente. Y el verdadero problema no son tanto los protagonistas de esa mala película, sino el coro que la aplaude, la canta y la respalda en sus diversas expresiones. Ése es el fracaso social y político.

 

            Cabe preguntarse si tiene algún remedio la infamia y la respuesta es que no al menos desde su opuesto, es decir, desde la bondad. El mal sabe que los demás no somos capaces de llegar a esos extremos donde él se mueve y por eso prevalece. No quiero decir que todos debamos ser infames, pero sí mucho más sagaces a la hora de denunciarlo y de enfrentarlo. Para empezar, nombrándolo como tal y retratándolo en la medida de lo posible. En esta columna, por ejemplo, y en otras tribunas y atalayas hasta que su sola visión se haga insoportable. No contemporizando, no normalizando lo que es sencillamente anormal. Esa tibieza propia de cascos azules engreídos acaba causando tanto daño como la mayor de las iniquidades.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 15 febrero 2026

domingo, 8 de febrero de 2026

Desconfianza

            Sabemos que confiar significa creer firmemente en la bondad o la calidad de alguien o algo. La confianza es una cualidad que se gana o se merece y por eso mismo otorga seguridad, incluso en uno mismo. La desconfianza, en cambio, viene sola, aparece, no exige ningún impulso y, por el contrario, cuando es empujada por terceros se desboca con extrema facilidad. La confianza construye, la desconfianza enferma.

 

            El diagnóstico sobre el estado actual de nuestras sociedades viene a concluir, no sin excesos ni desviaciones, que padecen un preocupante estado de serias desconfianzas más o menos generalizadas. Tanto es así que, según encuestas no se sabe si bien intencionadas, la institución que al parecer mayor confianza nos inspira son las policías. Cualquier otra es mirada de reojo. No diré que sin razones para ello, aunque puedan cuestionarse muchas de ellas, máxime cuando esas mismas sociedades se cuecen en un caldo deliberadamente contaminado que conduce hacia la ofuscación. El resultado de todo eso, si nos falla lo material, es la tendencia hoy constatada hacia lo intangible. O, de otra manera, cuando la razón se desvanece es sustituida de inmediato por la emoción. A algo hay que agarrarse.

 

            Y ahí estamos, en medio de la desconfianza, en medio de ese coro creciente de devociones, vocaciones, clausuras, belorados, monjas místicas, banderas, himnos, villancicos, asambleas laico-religiosas, homilías, influencers, predicadores, espiritualidades, rosalías, hakunas, apariciones, creencias… Y todo se resuelve, ya que estamos en puertas de la gala cinematográfica española por excelencia, en la rivalidad entre dos películas para no confiar: Los domingos frente a Sirât. Tanto me da la una que la otra, son dos ejemplos de una misma evasión, dos negativas de la razón al modo nietzscheano: dios ha muerto, viva dios. En un caso a través de la fe más estricta, en el otro a través de la rave más disparatada. Al menos, la banda sonora de la segunda es absorbente hasta el agotamiento total.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 8 febrero 2026

domingo, 1 de febrero de 2026

Anomalía

            Hablamos de anomalía cuando nos referimos a algo que se aparta de lo normal o habitual. Bajo esa sencilla definición, será fácil coincidir en que nuestro presente, este momento histórico, es anómalo en un doble sentido, bien porque viene a romper con una evolución digamos que progresiva de la humanidad, bien porque para otros persigue combatir una anomalía precedente y restituir un orden antiguo.

 

            El fascismo es una anomalía, por más que repetida y dolorosa siempre, al menos desde que fuimos conscientes, con Vigotsky, de que no evoluciona únicamente la especie que mejor se adapta, según Darwin, sino la que más colabora. No sólo sobreviven los más fuertes, sino los que más cooperan. La fuerza del individuo frente al vigor de la sociedad. En esos términos se referirán los historiadores dentro de cien años, cuanto todos estemos calvos, a esta época turbia que nos toca vivir y padecer. Y también combatirla mientras tengamos pelo. Una aberración, sentenciarán.

 

            Por su parte, los fascistas enseñoreados se aúpan y crecen sobre lo que consideran desviaciones imperdonables: la mayor igualdad aunque leve de las mujeres, el cuestionamiento del patriarcado, el reconocimiento y ejercicio de la diversidad, la universalidad cultural y el crecimiento de lo otro, el pensamiento abierto y la participación democrática. Superado un tiempo de conquistas en esos terrenos, surge la reacción amparada sobre todo en los laberintos digitales, en la exaltación del miedo y en un individualismo torcido. Ejemplos, al menos estos dos últimos, de evidentes anormalidades.

 

            Pero qué combatir, se preguntarán algunos, para romper con lo anómalo y respirar. Cuatro cuestiones son el eje fundamental de la pelea: la desigualdad, la precariedad, la superficialidad y la pérdida de intimidad. En esos cuatro campos se juega el futuro y, parafraseando a Warren Buffet, parece que vamos perdiendo. Cualquier pensamiento, cualquier decisión, cualquier acción compartida en esas materias serán decisivas e inaplazables.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 1 febrero 2026

domingo, 25 de enero de 2026

Orgasmo

            Hay noticias e informaciones sobre las que conviene abstenerse de opinar en esta tribuna porque pienso que muchos otros artículos, antes que el mío, entrarán en ellas desde cualquiera de sus ángulos. Aparentemente lo merecen. Pero, cuando tal cosa no sucede, no se sabe bien por qué causa, parece oportuno desandar el tiempo, volver a los orígenes del asunto y recuperar lo que de jugoso podrían esconder esas noticias e informaciones.

 

            Ocurrió que mediado el presente mes los medios se hicieron eco de un denominado “Estudio sobre hábitos sexuales”, elaborado curiosamente por una empresa de artículos para el sexo. Según los datos en él recogidos, la provincia española donde menos se alcanza el orgasmo en pareja es León: un 68,6% de ocasiones. Por el contrario, dos de las más triunfadoras se encuentran en nuestra misma comunidad, lo que descarta que se trate de una discriminación territorial más: Segovia y Ávila, con un 80,4% y un 83,3% respectivamente. La media en el país es del 75,4%.

 

            Sea como sea, he ahí un agravio más para estas tierras tan poco lujuriosas. Hipótesis al respecto podrían lanzarse a cientos, siempre y cuando el dichoso informe nos merezca algo de estima, que nunca se sabe lo que persiguen esos estudios ni quién es la mano ejecutora. Pero, ya puestos, no descartaremos, para empezar, las malas digestiones que producen botillos y cocidos maragatos frente al poder libidinoso de las yemas de Santa Teresa o del ponche segoviano. Nada más a mano que la gastronomía para explicar el éxito o el fracaso sexual. O la geografía: pensemos que las montañas del norte siempre fueron austeras en sus formas, mientras que las del sur, Gredos o Guadarrama, conservan aún el eco de aquellas serranas a las que cantaban el Marqués de Santillana o el Arcipreste de Hita. O por qué no pensar como explicación en el peso de tanto pendón eréctil que acaba por dejarle a uno verdaderamente fláccido. En fin, queda el consuelo de que Valladolid está también por debajo de la media nacional.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 25 enero 2026

domingo, 18 de enero de 2026

Antepasados

            Tiene interés la genealogía, indagar en nuestra ascendencia personal o familiar. Incluso en nuestra ascendencia colectiva de pueblo, de ciudad, de territorio. Esto da bastante juego no sólo a historiadores propiamente dichos, sino también a numerosas personas aficionadas al realismo mágico, esa corriente literaria que fusiona, a veces con éxito, realidad y fantasía. Las tierras leonesas son muy de este género.

 

            Sin despreciar cuanto detrás hay de leyenda o de labor de investigación, lo último que hemos conocido es que la Santa Teresa tuvo por cuna la comarca de La Cepeda, tal y como nos cuenta Antonio Natal en un libro más que documentado. Lo mismo que hicieron en su día Gregorio Fernández Castañón y otros al referirse al origen leonés de Miguel de Cervantes y de algunas de las peripecias de su Quijote. O el atrevimiento de la profesora Margarita Torres al situar en la basílica leonesa de San Isidoro la residencia del Santo Grial. Así mismo, las historias que me contaba un viejo conocido acerca de los paseos de Hermes Trismegisto por la antigua ciudad romana de Lancia, allá sobre el alcor que domina las vegas del Porma y del Esla. Y, en fin, a fuerza de lucirlo de modo casi omnipresente por estos lares, cualquiera dirá un día que Gaudí era de León de toda la vida. O de Astorga, que no se sabe bien.

 

            Esto es común en las tierras leonesas, más común cuanto más se persigue cierto germen sobresaliente que dé sentido a un futuro que se desearía glorioso. Más o menos como muchas gentes desean hoy repetir un pasado supuestamente feliz que nunca existió en verdad y por eso se dejan ir en brazos de la melancolía. Lo leonés, aunque no exento de su correspondiente dosis de frustración, disfruta al menos de cierta ingenuidad sana frente a la acidez de otras añoranzas. Sobre esos ideales enfermos se levantan patrias.

 

            Todos, menos Javier Krahe o León Felipe, hemos perseguido para nada un antepasado eminente. Quizá, como ellos, debiéramos mejor conformarnos para evitar toda vanidad.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 18 enero 2026