Siempre conviene releer a Rafael Sánchez Ferlosio, pero en pocos momentos como en los actuales un libro suyo suena y resuena como una alarma estridente, como el sonido de los móviles cuando llega una advertencia de esas que llaman ES-Alert a causa de algún peligro. Me refiero a “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos”. Sin entrar en mayores contenidos, sólo el título lo dice todo y nos obliga a situarnos en guardia.
No diré que hoy en día no existan gentes extraordinarias que nos animan a pensar, que nos alimentan con análisis rigurosos y lúcidos acerca de cuanto nos envuelve, que nos mueven incluso a la acción. No diré que no hay grandes articulistas en los medios serios de comunicación ni que, de entre la legión que se expresa en las tertulias, no haya quien nos deslumbre. Pero no citaré nombres porque todos y todas están ahí y no es cuestión de afrentar a quienes se nos olvidan. Sí afirmaré, en cambio, que echo de menos a algunos pensadores que nos nutrieron tiempo atrás y que sería algo magnífico que pudieran hoy alumbrar un poco este mundo turbio con sus palabras. Nos ayudarían a entenderlo y, quién sabe, quizá también a mejorarlo.
He mencionado a Sánchez Ferlosio, pero del mismo modo podría nombrar a Manuel Vázquez Montalbán, a Eduardo Haro Tecglen, incluso a Francisco Umbral. Estas columnas que uno firma con total atrevimiento son tributarias de las que ellos firmaron anteriormente, de ellos bebimos y aprendimos no sólo a escribir, sino también y sobre todo a conocer mejor cuanto nos envuelve y, muy a menudo, nos perturba. Esa orfandad se hace a veces insoportable y de poco sirve, como paliativo, volver sobre sus libros y discursos porque ya no alientan en el hoy salvo como proyección del ayer. Lo cual no deja de ser una imperfección impropia de todos ellos.
Escribo esto a punto de alcanzar el número de 500 columnas publicadas semanalmente en La Nueva Crónica. 500 semanas que no son nada y lo son todo. Si las revisamos nos puede dar un ataque de nostalgia.









