Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 1 de marzo de 2020

Mascarillas


            A pesar de su advenimiento vírico, las mascarillas han llegado para quedarse. Pasarán los virus dichosos y vendrán otras enfermedades modernas para alimentar los miedos, pasará esta locura tan propia de los tiempos confusos que nos han tocado e incluso pasará a la gloria del periodismo Lorenzo Milá gracias a sus informaciones desde el norte de Italia, pero las mascarillas no pasarán. Al contrario, los hacedores de complementos se frotan las manos  ante el nuevo nicho de negocio (se dice así ahora) y ya el marketing se ha lanzado sobre esta materia con el mismo afán corrosivo de los virus reales o ficticios. Nadie sabe.

            Lo cierto es que el campo de los complementos, es decir, de lo superfluo, es uno de los sectores de la economía más dinámico e innovador, poco importa a lo que atendamos de todo ese universo. Los móviles, por ejemplo, y todas sus adyacencias: fundas, carcasas, soportes, cintas y brazaletes, auriculares bluetooth, kits de carga o para coche, películas protectoras de pantalla, adaptadores USB, dispositivos para manos libres, líquidos para pulir pantallas táctiles, altavoces, etcétera, etcétera. Así hasta un sinfín de elementos más o menos prescindibles que colaboran, he ahí el truco de los complementos, para que nuestras ataduras al teléfono sean firmes y sin solución.

            Pero hablábamos de mascarillas faciales, esos artilugios que pretenden contener bacterias provenientes de la nariz o de la boca. Ya vivían con nosotros y cada eran más comunes en las calles, sobre todo en ciudades sometidas a contaminaciones severas. La actual extensión del pánico, que siempre deja algún tipo de huella, las convertirá en perennes por pura acción preventiva a la que también llaman los ministerios de nuestra salud o nosotros mismos sin más o la internet, de todo hay. Y ésa será nuestra condena comercial, a ver si iba alguien a creer que no se fijarían en ello los pensadores del liberalismo y sus mercaderes. El catálogo de posibilidades es inmenso. Preparémonos para el fin.

Publicado en La Nueva Crónica, 1 marzo 2020

domingo, 26 de mayo de 2013

¡Andá, el móvil!


     Hace muchos años, esta expresión del título triunfó en el mundo de la publicidad asociada a los donuts y a las carteras. Aunque se circunscribía al espacio y a la edad escolar, acabó conquistando otros ámbitos y se convirtió en un soniquete para parodiar los olvidos cotidianos. De tal manera que, trasladada a nuestra actualidad digital, cuando ya nadie va al colegio con cartera sino con otros artilugios menos nobles, y cuando ya nadie lleva donuts porque las campañas contra la obesidad los satanizan, otra situación habitual viene de nuevo a rejuvenecer la exclamación, añadiéndole, eso sí, mayores dosis de pánico: ¡andá, el móvil!

     En aquellos rancios anuncios de la televisión el susto se lo llevaba, claro está, un jovenzuelo imberbe con pinta de ser alumno de la privada. Hoy el susto no haría distingos, tal es la simbiosis alcanzada entre todo tipo de personal y todo tipo de teléfonos andantes. El ejemplo más simple de la dominación que ha alcanzado este artilugio, cuyas bondades no vamos a discutir aquí, nos lo ofreció hace unos días el cantante Manu Chao en una entrevista. Decía, al referirse a sus conciertos en los bares: “Sí, ahora hay móviles. Me fastidia ver a la gente grabando, es algo desesperante, terrible para la fiesta. Hay una mesa de cinco y no gritan o bailan, graban. Y no uno para los demás, ¡graban los cinco! Tengo que escribir una canción sobre ello”. Nadie puede dudar, pues, de que los móviles nos han cambiado la vida hasta límites inaguantables y bueno sería no sólo hacer canciones, como apunta Chao, sino un auténtico examen de conciencia y propósito de la enmienda al respecto. Para quien requiera de ayuda a tal efecto le recomendamos el siguiente artículo de la psicóloga Patricia Ramírez: http://www.huffingtonpost.es/patricia-ramirez/como-ha-cambiado-el-telef_b_2954427.html

     Pero lo que aquí nos interesa, en este blog sobre señas de identidad y otros complementos, es el rasgo de personalidad que aportan los tales móviles y sus circunstancias. No son pocos, como veremos, y resultan ser tan definidores del individuo como un pin en la solapa u otros aditamentos.

     Su uso es, en efecto, muestra de educación o no, señal de obsesión o no, testimonio de ansiedad o no, y así sucesivamente. Con casi absoluta seguridad, todos podríamos elaborar un catálogo de comportamientos y encontraríamos numerosas semejanzas para que la clasificación fuese certera. Pero es que al lado de estas maneras de actuar se expresa toda otra gama de signos e instrumentos no menos identificables con los que podríamos coronar la casuística en rangos casi objetivos: lo más socorrido son los modelos y los sonidos de alarma, pero también fundas, carcasas, soportes, cintas y brazaletes, auriculares bluetooth, kits de carga o para coche, películas protectoras de pantalla, adaptadores USB, dispositivos para manos libres, líquidos para pulir pantallas táctiles, altavoces, etcétera, etcétera. Así hasta un sinfín de elementos más o menos prescindibles que colaboran para que nuestras ataduras al teléfono (que es mucho más que un teléfono) sean firmes y sin solución.

     Por lo tanto, seamos esclavos o no del artefacto, nadie escapa de su influjo ni de toda la panoplia que lo completa. De este modo, su pérdida produce un dolor casi humano, un auténtico duelo y una necesidad de reponerse y reponer lo que se nos ha ido con él: datos, imágenes, canciones, agendas… casi toda nuestra identidad personal. Y su olvido es, evidentemente, tan grave o más que el padecido por aquellos muchachos que no reparaban en sus carteras al ir al colegio ante la tentación sabrosa de un donut. Por último, su ostentación supone el colmo artificial del exhibicionismo que siempre ha caracterizado a nuestro ser social.

Publicado en www.tepongounpin.blogspot.com, 27 mayo 2013

martes, 23 de abril de 2013

Ponme una pegatina


     A lo largo del primer trimestre de este año, el Centro Documental de la Memoria Histórica, en Salamanca, acogió una exposición titulada La Transición a través de las pegatinas (1976-1982). La muestra contó además con un catálogo donde se contenía la imagen y descripción detallada de casi un millar de pegatinas.

     ¡Qué cosas! A muy pocos se les hubiera ocurrido pensar, y menos en aquellos tiempos, que esos papelillos adhesivos iban a concluir sus vidas con tan alta consideración, poco menos que auténticos documentos históricos. Podía pasar que consideráramos que se convertirían en materia de coleccionistas, que en esto hay vicio para todo, e incluso que continuaran decorando todavía, a modo de collage nostálgico, sedes políticas o sindicales. Pero no, lo mismo que ocurre por ejemplo con las pintadas lujuriosas de Pompeya o con los primeros graffitis modernos, todo ello garabateado sin la menor intención de posteridad, hete aquí que el conjunto acaba derivando en testimonio histórico y cultural digno de estudio, de exhibición y de comercio. Y no precisamente estudio, exhibición o comercio basura, por cierto.

     Lo cual que hemos de tener cuidado con lo que nos pegamos al cuerpo, sobre un cuaderno o contra una pared, no vaya a ser que nuestro rastro se perpetúe de aquí a unos lustros en los pasillos más nobles de algún museo y quedemos en evidencia. Porque lo mismo que es difícil conseguir borrar nuestra estela de los intestinos de Internet, tampoco va a ser sencillo pasar desapercibido cuando algún investigador de las costumbres sociales y de la comunicación nos descubra en una fotografía amarillenta luciendo, pongo por caso, una pegatina impertinente. Porque pegatinas hay para todos los gustos, no vayamos a equivocarnos, y quien más quien menos las ha lucido hasta de Deborah Harry. Un servidor, sin ir más lejos.

     Aunque sí, para qué vamos a negarlo, junto al pin y la chapa, como vimos en el capítulo anterior, también la pegatina proyecta nuestros egos y hace de nosotros un soporte informativo de primer orden. Si aquellos tienen la cualidad de lo personal e intransferible, porque aparentan ser únicos en nuestras solapas, la pegatina añade la cualidad de lo multiplicado y nos permite dejar nuestras huellas por doquier. Además, goza de un formato suficiente para múltiples mensajes tanto en fondo como en forma, lo que añadido a su tamaño manejable la convierte en herramienta ideal para una extensa difusión. No es una octavilla que se la lleva el aire; no es un tabloide publicitario que viaja directo del buzón a la papelera; no es un cartel inaprensible. Es mucho más que todo eso a la vez, pero con afán de permanencia, por lo menos hasta que el tiempo, su único juez, llegue a corroer su pegamento.

     Así pues, en medio de esta plétora de sistemas de comunicación más o menos sofisticados, respetemos la humildad de la pegatina porque suyo es todavía el reino de la expresividad. Frente a la tecnología triunfante, admiremos la sencillez rudimentaria. Ante los mensajes personalizados, recuperemos el lema común que a todos incumbe. Porque de la pegatina, en suma, nos vendrá aún mucha más historia que del WhatshApp.

Publicado en www.tepongounpin.blogspot.com, 25 abril 2013

sábado, 30 de marzo de 2013

El yo entre la chapa y el pin



Las señales con las que acostumbramos a identificarnos tienen tanta solera como la misma historia del ser humano. Religiones, ejércitos, gremios y demás son colectivos que siempre han cotizado al alza en la sección de complementos de los grandes almacenes de esa historia. De hecho, no hay sondeo arqueológico donde no aparezcan, al lado de bonitos esqueletos, todo tipo de piezas menores que ayudan a identificar el origen de los finados y su pertenencia a grupos concretos. Medallas guerreras, insignias de distinción, galardones y emblemas personales son, pues, los antecedentes de otros símbolos de identidad mucho más actuales. De entre estos últimos, el pin es un ejemplo ya duradero, con altibajos en su popularidad y con diversas manifestaciones formales.

Lo curioso es que aquello que lo caracterizaba como tal, esto es, su tamaño reducido y su sujeción mediante enganche o alfiler en la indumentaria, conoció tiempo atrás una mutación exitosa con la que no ha dejado de competir: la chapa. Las diferencias entre el uno y la otra son evidentes. Por una parte, la chapa, salvo excepciones, adopta siempre una forma circular, no importa su diámetro, mientras que el pin, por lo general, se acomoda al contorno de lo representado, es decir, de su referente. Por otra parte, el pin se empareja con el logo, con el dibujo, con el aparato gráfico, mientras que la chapa lo hace sobre todo con el lema, con el eslogan, con la frase. La primera de las diferencias no tiene relevancia en verdad a la hora de explicar la preeminencia de uno u otro símbolo, pues al cabo el círculo es una forma más y a la inversa. Sin embargo, lo realmente decisivo es el enfoque de la comunicación, situar el énfasis en lo sintético o preferir lo analítico, incluso en lo sincrético si conjugamos ambos puntos de vista. Dependiendo de ello triunfa una u otra expresión de una misma intención: significarnos visualmente ante los demás.

Por eso, aparte de modas y de otros mecanismos del marketing, es así como podemos responder, modestamente, a la razón de ser que anima al blog que nos soporta y a las dudas de sus animadoras Crispularia, Mj y Blasfémina: ¿qué ha sido de los pins? Pues bien, sencillamente no ha ocurrido nada con ellos, siguen viéndose en las solapas y en las viseras, en particular los de naturaleza política (no hay cumbre de jerifaltes donde no se observen en el ojal de sus americanas) y deportiva (obsérvense los adornos sobre el mar de bufandas). Lo que ocurre es que, de forma un tanto paradójica –que es un rasgo de esta época-, resulta que en unos tiempos tan sincopados como los nuestros ha venido a triunfar el mensaje verbal sobre el grafismo, quizá porque es mucho más reivindicativo, gracioso o epatante en un momento dado. No olvidemos que reivindicar, hacer gracia y producir asombro son también constantes de la sociedad poscontemporánea y, por tanto, de los individuos que la integran.

Así que no creo yo que debamos inquietarnos mucho. Puesto que la vida es un eterno retorno, tarde o temprano regresarán con fuerza los usos que hoy consideramos despreciados, más o menos como ocurrió con la copla o con el glam, que también hubo momentos en que nos parecieron horteras y desechables. Además, tampoco es una cuestión de disputa a cara de perro, pues todos los formatos son compatibles salvo para los muy forofos y fundamentalistas. Pensemos que las señas de identidad y su demostración nos son consustanciales, que a todos nos gusta diferenciarnos del otro ajeno a la que vez que nos identificamos fácilmente con el otro nuestro y que, aparte de viciosos del coleccionismo, desde los tiempos de Máximo Décimo Meridio, e incluso antes, hasta los del pintoresco Kim Jong-Un, e incluso después, siempre hay ocasión para lucir nuestras adhesiones inquebrantables. Mientras tanto, está bien que un blog como éste ofrezca testimonio de estas cosas menores. No todo van a ser grandes y deprimentes noticias.

Publicado en www.tepongounpin.blogspot.com, 1 abril 2013