Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

jueves, 14 de diciembre de 2017

Frimario 17

     Día clave, señora, este 14 de Frimario, que da fecha a la séptima carta de nuestra correspondencia. Sé que me permitirá la indelicadeza porque todo, o casi todo, está ya a la vista de cualquiera y no hay reserva que valga para aniversarios y otras funciones. De manera que, aun desconociendo sus usos particulares al respecto, pues de ello nunca hemos hablado, me atrevo a reunirme con usted en este su 71 cumpleaños, tal y como habituado estoy no sé bien ya desde cuándo.

     O tal vez sí. La memoria, que es lo más resbaladizo de estos andurriales de la edad, me devuelve inevitable a la adolescencia, que es el momento en que uno empieza a construir sus propios mitos y a desterrar los heredados. Los eróticos entre los primeros, cuando usted se ocultaba al fondo de un pupitre en aquellos posados escabrosos al lado de Brigitte y el baile de hormonas ponía en serio riesgo la disciplina salesiana. Los pretenciosamente culturales tiempo después, cuando obligatorio nos era comulgar con toda forma de supuesta transgresión y el cine nos unió también a Santos y a mí en la visión de Blow-up de Antonioni. Lo musical simultáneamente, cuando ya nos habíamos rendido al efecto Gainsbourg y todo lo que desde él nos alumbraba, incluido ese nuevo episodio de la relación entre la bella y la bestia. Finalmente, claro, aquel verano de 1981 en París y cuanto después nos sucedió. Un día indeterminado, en medio de todo ese tránsito, anoté la fecha de su nacimiento y desde entonces lo he celebrado con tanta fidelidad como discreción. Ni siquiera Santos, a pesar de tanta complicidad, fue invitado nunca a la gala.

     Lo cual que aquí estamos, acumulando historia, que es lo mínimo que uno debe hacer con la vida para que aquella pueda ser transformada. Y acumulando prole y enfermedad, que son los temas que protagonizan las conversaciones a medida que uno se aleja más y más del pupitre y de la edad transgresora. A pesar de que en esa construcción y acopio el yo resultante, como sentenciaba nuestro admirado Umbral, “se hace innumerables trampas a sí mismo” y ni la historia ni las conversaciones son fieles a lo que fueron. Máxime si hay intención de engaño a la manera en que se estila en este país o en tantos otros parajes, donde la mentira reina sin pudor hasta consagrar este manglar tramposo en que se ha convertido el mundo.

     En fin, Frimario dijimos y ese fue el mes elegido por el destino para disponer el accidente fatal de Santos (como vuelve a hacerlo ahora con el mutis de Johnny Hallyday). Capricho o providencia, nadie lo sabe, lo cierto es que nacimiento y muerte se me unieron para siempre en el tiempo de la escarcha. Los años subsiguientes al de la fatalidad lo fueron de respeto y luego, finalmente, de apartamiento. Hasta hace unos días, cuando Tomás me propuso que regresásemos en este aniversario a Palomares. Quién sabe qué o quién permanecerá allí. Nuestros pueblos se deshabitan como si residieran en un eterno invierno implacable, de tal modo que en ellos no queda ya ni quien cuente el paso de las estaciones, condenadas también a la confusión por eso de los climas locos. Comprenderá usted, por tanto, que siempre me haya confortado mucho más atender a la sucesión de años que han escrito su biografía, incluso en los jalones de tragedia que la han envuelto a veces. Tengo cerca para esta ocasión el disco que se adornó con fotografías de su hija Kate, desaparecida no casualmente para mí en otro mes de Frimario. Ya sabe, el titulado Rendez-vous. Así que, cerraré el sobre con esta carta, me acercaré a la oficina de correos y, de regreso a casa, creo que me embeberé una vez más en su escucha y en mi deseo de que su cumpleaños le sea feliz. No dude que, de ser así, yo sabré advertirlo y celebrarlo. Suyo.

Publicado en Tam Tam Press, 14 diciembre 2017

domingo, 10 de diciembre de 2017

Luces

     Aunque el tiempo no esté bueno ni para el empleo ni para las pensiones, tal y como hemos vuelto a comprobar esta misma semana, los aires pontificales que nos han mecido en estos días son el preludio más que irreversible para la caída de bruces en el aturdimiento navideño. Y aunque la ciudad de León, cuentan, sea la segunda capital de la Comunidad que menos gasta en luces de Navidad por habitante, nadie, ni de acá ni de allá, escapará del impacto visual de esas dichosas fechas. Al cabo, lo de menos es si se gasta mucho o poco en iluminación, porque el objetivo de esas luces, al lado de otros efectos especiales, no es alumbrar sino deslumbrar.

     Es decir, perder momentáneamente la vista, sí, pero también asombrar, encantar y fascinar. Todo en uno. A ello ha venido colaborando en fechas precedentes el cretinismo comercial de campañas importadas que no son ya ni original ni copia, sino todo lo contrario. Luego, en el estricto sentido pontífice, la sucesión de festivos animó a los medios, especialmente la televisión pública, a exaltar por enésima vez la necesidad de irse unos días de turismo como si tal cosa. Y, finalmente, como decimos, he aquí ya el trajín y el barullo general, que ha obligado, parece, a regular en algunas calles el tráfico de peatones con sus bártulos. En fin, la orgía. Y cuanto más contada, más orgía. Y si es televisada, todavía mejor.

     Cuando las mentes preclaras dieron por concluidas las crisis, encontraron precisamente en el turismo y en las compras a destajo el antídoto contra la murnia generalizada y se afanaron en cantar sus glorias sin ningún pudor. Naturalmente, diciembre, que es un tiempo de escarcha, viene arropado por la paradoja festiva que le convierte en un tiempo ideal para extender la consigna de la eterna felicidad. No importa que el dato del empleo o de la Seguridad Social digan lo contrario. Y por eso mismo colgamos luces en las calles, en los escaparates e incluso en el interior de las casas: no tanto para iluminar como para obnubilar.

Publicado en La Nueva Crónica, 10 diciembre 2017

domingo, 3 de diciembre de 2017

Objetivos

     La escritura de columnas, tribunas o artículos de opinión persigue, amén del prurito personal del firmante, tres objetivos: ofrecer un punto de vista complementario a la simple información; promover el análisis y el debate sobre aspectos relevantes de la realidad; e influir para la modificación de los asuntos que se denuncian, cuando es el caso. Presumiblemente, esos mismos son los objetivos de un medio de comunicación cuando abre su canal a la participación de terceros, bien en el formato citado, bien a través de las clásicas cartas al director (o directora). De manera que cuando esos objetivos se alcanzan, la satisfacción será general e individual.

     Nos referíamos aquí hace tres semanas a los abrigos y a la peripecia pueril a que eran sometidos en la estación ferroviaria leonesa por mor de la seguridad. Habían existido otros precedentes y seguramente también otras quejas y otros actores: artículos, desobediencias, reclamaciones… Pero quiso la casualidad, o lo que fuese, que inmediatamente después de la columna citada cambiaran los usos, se corrigieran procedimientos y nadie se ve obligado ya a penitencia alguna del tipo que aquí se criticaba. El control de acceso permanece, los escáneres hacen su función rutinaria y, como mucho, sólo es menester desabrocharse los abrigos sin más aparatosidad ni aspavientos. Triunfó la cordura, se supone. Seamos justos, pues, y felicitemos la rectificación con el mismo énfasis que concedimos aquí a la acusación.

     Y extraigamos, de paso, una moraleja necesaria de este episodio. De un lado, claro, que se pueden mejorar todos los métodos y protocolos para que la ciudadanía no padezca más de lo debido y que los temores no crezcan de un modo inútil, pues la obstinación –ese mantenella y no enmendalla tan español- es pura estupidez. Y, de otro, que la perseverancia en cuestiones aparentemente menores pero relevantes anima también verdaderas revoluciones. En lo cotidiano y en lo doméstico, que es lo que tenemos al alcance, sin más alharacas.

Publicado en La Nueva Crónica, 3 diciembre 2017

miércoles, 29 de noviembre de 2017

GONZALO FRANCO: Brevísima historia de un asesino pluscuamperfecto

EL AUTOR
     Gonzalo Franco Blanco, es Licenciado en Historia y conocido activista social en la provincia de Valladolid, donde actualmente es el Delegado Provincial de Comisiones Obreras. Así mismo, colabora como crítico cinematográfico en La Voz de Rioseco y escribe en la revista de literatura Cuadernos del Matemático. Entre otros, ha publicado los siguientes libros: “Los trece de Villanueva” y “Cuento de Navidad”. Y ha recibido premios como el Rector Salvador Vila de Granada o el primer premio en el Concurso de Literatura epistolar S.E.C, Madrid.

EL LIBRO
     “Los relatos que componen el libro parecen sugerir que la vida consiste en imaginarla, como única forma de cumplir, según afirmó Lawrence Durrel, todas sus posibilidades potenciales. En la primera parte del libro está presente el dolor de la memoria recobrada de los antepasados o de la infancia, mientras que en la segunda parte aflora el humor negro asociado a las vidas imaginarias de sociópatas cotidianos".

EL TEXTO
     "Quizá por todo esto, algunas noches, cuando me acuesto tarde, estando la casa en silencio, me arrebujo entre las sábanas y antes de que llegue el sueño siento la necesidad de agradecer... Si me preguntaran a quién o por qué... hablaría, contaría que la vida de mi abuela, la del abuelo muerto que no pude conocer, y la de los otros doce parientes y vecinos que fueron asesinados en mi pueblo, de alguna manera me justifican -quiero creer- y que esa herencia merece agradecimiento. Quiero pensarlo así. Quiero pensar, acompañando el pensamiento de tantos otros, que mientras haya un justo, o un acto de justicia, el mundo no desaparecerá".

domingo, 26 de noviembre de 2017

Globalización

     Aunque no es habitual que formen parte de nuestras lecturas de cabecera, conviene de vez en cuando dedicar un tiempo a la lectura de informes que nos ayudan a comprender el mundo para poder actuar sobre él e intentar mejorarlo. Les recomiendo la Encuesta Mundial de la CSI (Confederación Sindical Internacional) 2017, un trabajo llevado a cabo en 16 países muy diversos, donde viven 3.900 millones de personas, el 53% de la población mundial. Es fácil conseguirlo en la red.

     La principal y más simple conclusión del Informe, como señala Sharan Burrow, Secretaria General de la Confederación, es que “la globalización está en entredicho porque la mano de obra mundial pasa muchísimos apuros y la gente, sencillamente, no confía en unos gobiernos que les ofrecen más de lo mismo”. Y, aunque el análisis resulta demoledor, incluye también una vía para alcanzar el mundo seguro y próspero prometido por los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y el Acuerdo de París sobre el Clima. Haz y envés en un mismo documento de lectura casi obligatoria para saber dónde estamos y hacia dónde no debemos ir.

     Se confirma gracias a esta encuesta que la globalización falla para las personas, lo que se manifiesta en ansiedad global, crisis mundial de empleo, desesperación salarial, temor por el cambio climático y por los ciberataques y un amplio sentimiento de fracaso de los gobiernos. Como se verá, resulta fácil identificarse desde el ámbito local con esas observaciones. Como fácil es así mismo compartir las propuestas alternativas que se lanzan desde ese estudio, respaldadas con un apoyo general de la opinión pública en todos los países encuestados: un llamamiento global masivo para que se redefinan las reglas de la economía mundial. Llegada es la hora, se dice, de que se redefinan esas reglas para promover el crecimiento y una prosperidad compartida y de que los gobiernos combatan los abusos de las empresas en contra del cacareado estado de derecho. Tampoco parecerán lejanas estas recomendaciones.

Publicado en La Nueva Crónica, 26 noviembre 2017

domingo, 19 de noviembre de 2017

Manadas

     No es nada nuevo. Siempre existió una conciencia animalista. Incluso el afán domesticador, aunque fuese en principio un simple afán de supervivencia, tuvo mucho de supervivencia colaborativa. No en pie de igualdad entre especies, desde luego, pero se trató de un proceso muy alejado de la explotación intensiva, dolorosa por tanto, que ejecuta hoy el ser humano sobre animales destinados a su propia alimentación. Es más bien una forma de explotación sin medida de un recurso, tal y como ocurre con otros también naturales. Voracidad y depredación.

     En tiempos modernos, más que recientes, antes incluso de que las ideas animalistas llegarán a formalizar opciones políticas, la organización Compassion in World Farming (CIWF) contribuyó a que la legislación europea reconociera a los animales como seres que sienten. Era 1997, siete años después de que el Papa Juan Pablo II afirmara que “los animales poseen un soplo vital recibido por Dios”. Lo cual que llevamos más de veinte años tratando de fomentar el respeto hacia el otro-animal, bien sobre una base religiosa, bien sobre una base puramente humana en el mejor de los sentidos, la que atiende al sentimiento en paralelo a la razón.

     No ha sido ni es sencillo y muchas son las apelaciones a la tradición, a la necesidad o a la costumbre para continuar en la defensa de la ofensa. Sin embargo, no hay mayor afrenta a la cordura que la de aquellos que se sirven todavía de los comportamientos animales, reales o tópicos, para adoctrinar al ser humano en hábitos e ideas. Lo ha hecho la administración de Kenia al culpar al turismo gay de un encuentro sexual entre leones machos, pues, según el responsable del organismo censor, los animales han copiado “los comportamientos de parejas del mismo sexo” y por ello se encuentran poseídos por “fuerzas demoniacas”. Y lo ha hecho, mucho más cerca de nosotros, el Ministerio de Sanidad polaco al animar a los ciudadanos a reproducirse como conejos con el fin de combatir la baja natalidad. Sí, hay manadas.

Publicado en La Nueva Crónica, 19 noviembre 2017

jueves, 16 de noviembre de 2017

Brumario 17

     Bruma no es tanto el fenómeno atmosférico como la falta de claridad con que se expresan nuestros recuerdos. Así lo pienso, Jane, a medida que se suceden estas cartas que le remito, pobladas más con ecos de un pasado borroso que con la crónica de una actualidad exterior poco estimulante. Es, salvando las distancias, lo que nos enseñó el poeta José Ángel Valente: “Hablar de la propia vida es entrar de lleno en el terreno de la ficción”. Así mismo lo que escuchamos juntos, Santos y yo, en una conferencia del escritor Torrente Ballester en nuestros años de estudiantes universitarios. También la bruma me impide ser exacto, pero más o menos venía a explicar que la novela es la vida de uno mismo atravesada por la imaginación o la fantasía. Quizá por ello, quien un día recoja este epistolario y lo lea desde la distancia, temporal y emocional, pensará que hay en él más de novelesco que de real y no se equivocará. Sin embargo, usted y yo conocemos bien cuanto contiene de cierto, a pesar de las neblinas.

     Le hablo de la escritura y de nombres a ella ligados que nos alimentaron en nuestra juventud: Valente, Torrente, otros que han surgido en entregas anteriores… También, claro, Patick Modiano y Paul Verlaine. De aquel viaje bautismal a París (1981, recuerde) nos trajimos el botín de La rue des boutiques obscures y Poèmes érotiques después de pasear por librerías y buquinistas como bisoños devotos de una religión pagana. La librería Shakespeare & Company fue, por supuesto, el primer altar de nuestras oraciones, no así por comulgar con el Ulises como por santificar los mitos, que era obligación ineludible para los seminaristas de las letras. No dejábamos de ser dos aprendices del idolatrado entonces Bernard Pivot y de cuanto sabíamos (poco, muy poco en verdad) de su programa televisivo Apostrophes. Pura y simple postura la nuestra, como la de tantos otros en aquellos años.

     Leo ahora, en este periodo de mi existencia, los suplementos culturales y otras publicaciones sobre la actualidad literaria y le confieso que no llego, que la mayoría de los nombres me son ajenos y que la velocidad de títulos y reseñas devora mi afán por retener la información. Acabo desistiendo y regreso a mis lecturas habituales, como regreso al cine y a la música de siempre, todo ese velo de la historia personal que se expresa sin embargo con nitidez. Bien al contrario de lo que sucedía en aquellos años en los que éramos capaces de seguir los ritmos de las publicaciones y presumíamos de estar al día, quizá porque nuestros ritmos de lectura eran otros también y nuestros ojos no se mostraban tan turbios como en el presente. Tan sobrados andábamos que incluso nos permitíamos jugar con el porvenir y Santos y yo nos dedicábamos a aventurar quiénes de entre nuestros contemporáneos merecerían un día ser considerados clásicos. No teníamos dudas: Francisco Umbral por encima de todos.

     Embebidos andábamos por aquellos años en Mortal y rosa él y en Las ninfas yo, y en ambas ambos, casi nuestras lecturas de cabecera. Y en sus columnas periodísticas abrazadas por el título de Spleen. Sin embargo, me temo que aquel supuesto clasicismo no será tal, sobre todo si atiendo a quienes encabezan hoy la lista de lecturas requeridas en los programas doctorales de las universidades estadounidenses: Camilo José Cela y Carmen Martín Gaite. ¡Ah, Carmen Martín Gaite! ¡Ella sí! Como Torrente, nos visitó por entonces en aquella universidad expulsada del claustro urbano, con apenas una facultad y media y rodeada por campos aún sin domesticar. Se asomó a una de las ventanas del Departamento de Literatura y exclamó: “Esto sí que es un auténtico campus. ¡Tiene hasta vacas!”.

     Sí, vacas teníamos, señora, e ilusiones juveniles que nos dejaron una huella inmarcesible. Incluso, con afán de dandis, nos atrevíamos a remedar a Luis Antonio de Villena con unos guantes amarillos. Todo esto no lo vio usted, pero yo se lo cuento con idéntica devoción a la que, seguramente, empleaba Santos cuando le hablaba. En ello insistiremos, si me lo permite. Con afecto.

Publicado en Tam Tam Press, 17 noviembre 2017

domingo, 12 de noviembre de 2017

Abrigos

     Llegados los largos y severos meses de abrigo, los inconvenientes se reproducen para sus portadores, algunos de ellos verdaderamente estúpidos. Los inconvenientes, quiero decir. De entre todos ellos, uno más que pintoresco vuelve a tener por escenario la muy pintoresca estación ferroviaria de la ciudad de León.

     Ya hemos contado en otras ocasiones, pero conviene insistir ante la contumacia en el proceder, que allí, desde la llegada de la alta velocidad, se adoptaron ciertas medidas de seguridad dudosamente eficaces aunque muy aparentes y molestas. Sin llegar a las humillaciones que se viven en los aeropuertos, quienes viajan se convierten de forma automática en sospechosos y han de someterse a una norma que nadie conoce pero que se aplica de un modo inclemente. Pase que los equipajes hayan de ser revisados a través de un escáner, pase que haya que formar cola y desfilar ante los encargados de esa seguridad, privada por supuesto; pero lo que no se sostiene es que, además, sea preciso desvestirse en parte e introducir las prendas de abrigo en el mismo escáner so pretexto de ocultar en ellas armas de destrucción masiva. Como la navaja, por ejemplo, que llevo en el bolsillo del pantalón o en la liga y que no parece importar a nadie. U otras mucho más letales perfectamente disimulables. Esto parece no tener relevancia para los ingenieros del show. Y tampoco la tiene, por cierto, en otras estaciones similares, donde ese control cambio de formato a conveniencia.

     En suma, una medida de seguridad que no es universal y completa ni es medida ni es segura. Es puro teatro una vez más. De tal manera que decidí hace meses, en la anterior temporada de abrigo, interrogar a la compañía ferroviaria por estos asuntos tan impertinentes como faltos de sentido. Su departamento de atención al cliente me respondió por carta que desconocían en ese momento las razones u ordenanzas que amparaban todo esto, pero que lo iban a investigar y procederían a darme información al respecto. Hasta hoy.

Publicado en La Nueva Crónica, 12 noviembre 2017

domingo, 5 de noviembre de 2017

Estaca

     De todas las fracturas que ha producido el doble esperpento nacionalista, uno no menor es el estallido sentimental de ciertos símbolos que parecían asentados en la memoria individual y colectiva. Cuando María del Mar Bonet, el 21 de octubre en la manifestación por la liberación de “los Jordis”, entonó su canción Que volen aquesta gent?, a más de uno se nos abrieron las carnes. Algo parecido había ocurrido antes con el coro de L’estaca, la canción emblemática de Lluis Llach, convertida en comodín de una de las reivindicaciones más cínicas que se hayan conocido en las últimas décadas, lo que ha debido satisfacer bastante a ese vendedor de vinos del Priorat. Claro que el colmo de este cancionero moderno de la revolución lo ha encarnado Manolo Escobar, rancio entre los rancios, colocando en las manifestaciones de la otra orilla su hit creado para turistas bebedores de cerveza en Baleares. Ése es el estado musical del país, no muy distinto de su estado en general.

     Se dirá, por supuesto, que la izquierda divina y la eterna burguesía catalanas tienen mejor gusto con el repertorio y es verdad. Hasta los himnos nacionales de uno y otro lado resultan incomparables, a pesar de tratarse de himnos y todo lo que eso significa. Ahora bien, puesto que de himnos hablamos, el cantable de Llach lo era para varias generaciones que clamaron, sí, por la libertad y en ello se dejaron la piel, a veces literalmente. Ése era su contexto y no otro. Por esa razón, desubicado ahora, su escucha nos produce un estremecimiento doloroso, como ocurre con los sacrilegios y con las imposturas. Fue un canto común y compartido con militancia noble sin determinismos territoriales; incluso gracias a él aprendimos las primeras palabras en lengua catalana, cuyo conocimiento ampliamos gracias en gran medida a otros textos de Raimon, de Pi de la Serra, de Sisa, de Serrat, de Ovidi Montllor y de tantos otros de aquellas latitudes. Juntos forman parte de nuestro acervo cultural y son, o eran, nuestro patrimonio.

Publicado en La Nueva Crónica, 5 noviembre 2017

domingo, 29 de octubre de 2017

Ruido

     Al lado de la posverdad y de las fake-news, conceptos y procederes tan en boga, se mantiene perenne otro elemento perturbador de la comunicación al que, de tan acostumbrados,  no le prestamos prácticamente atención: el ruido. Nos enseñaron que así se denominaba a la interferencia que afecta al proceso comunicativo, desde la afonía del hablante a una letra poco clara o a la distorsión de la imagen en un vídeo, por citar algunos ejemplos. Lo novedoso de la utilización del ruido en la actualidad, lo que lo asimila con los términos arriba citados, es que en muchos casos no se trata ya de un fenómeno accidental no intencionado, sino de una actuación destinada a generar aún mayor confusión en los receptores de un mensaje.

     Sucede así que el ruido se ha hecho constante y atenta contra cualquier afán de comprensión de la realidad, hasta convertirse en el complemento ideal de las mentiras y falsedades que se nos transmiten a través de todo tipo de canales. La propia sobreinformación es el mayor de los ruidos: saturar, además de confundir, es la fórmula más adecuada para provocar la desconexión y, en consecuencia, el desentendimiento. O el alelamiento, que es también otro fin perseguido con estos mecanismos nada inocentes. De este modo, frente a la llamada sociedad de la información y del conocimiento, se alza poderosa la estrategia del alboroto y de la idiotez, que al cabo es tan definidora del mundo de hoy como aquélla.

     Así pues, conviene, para ser juiciosos y tener criterio, apartarse sí de las falacias, pero también del envoltorio estruendoso con el que son vestidas. Asistimos a sucesos históricos relevantes que van a condicionar nuestras vidas y las de generaciones futuras. Ya hemos visto en los casos del brexit o de algunas elecciones políticas la enorme capacidad de esos instrumentos para crear opinión y mover voluntades. Seamos cautos, pues, y escuchemos con reflexión. De lo contrario, nos convertiremos en una ciudadanía insensible, que en el fondo es lo que pretenden.

Publicado en La Nueva Crónica, 29 octubre 2017

domingo, 22 de octubre de 2017

Nación

     Nunca hubo una definición tan contundente del término nación como aquélla que nos inocularon en las escuelas del régimen al referirse a España: una unidad de destino en lo universal. Horas y horas de clases en Formación del Espíritu Nacional para confirmar la grandilocuencia, la megalomanía y el absolutismo con los que nos educaban. Pero a la vez simplicidad y propaganda, otros dos componentes básicos del fascismo.

     Sin embargo, no resulta tan fácil precisar este concepto hoy en día, a pesar de los alardes expresivos que nos aturden durante los últimos tiempos. De hecho, muy curioso fue leer la encuesta que el pasado 12 de octubre realizaba este diario a personalidades leonesas y de otras esferas acerca del asunto. “¿Qué es o qué significa España?” se les preguntaba y, a tenor de las respuestas, da la impresión de que las nuevas escuelas son tan simples y propagandísticas como las añejas, si bien en un sentido político distinto. Poca lucidez y mucha circunstancia se observaba en las contestaciones, lo que nos confirma la idea de que lo nacional es más bien un hecho adverbial y no sustantivo, como muchos pretenden que creamos. Más aún en estos momentos agrios. Relatos históricos, turísticos y leguleyos era lo que predominaba en el conjunto, mucho sentimentalismo decimonónico y prejuicios ideológicos. Un laberinto, en suma.

     Contribuiré a ello, si me lo permiten. Accidentalmente, nací en esta tierra, gracias a lo cual tengo un documento de identidad que me garantiza unos mínimos, cada vez más mínimos, derechos de ciudadanía, a los cuales aspiran legiones de personas desesperadas. Luego deben ser importantes. Trabajo aquí y, por tanto, aquí pago también mis impuestos para contribuir al mantenimiento de esos derechos comunes. Y hablo una lengua que va mucho más allá de estas fronteras, lo cual no me identifica sino que me expande y me mezcla con otros. Lo mismo que la cultura que la acompaña. En fin, no se me ocurre forma mejor de mostrar mi pertenencia al imperio romano.

Publicado en La Nueva Crónica, 22 octubre 2017

miércoles, 18 de octubre de 2017

Vendimiario 17

     En aquellos tiempos, tal y como denota el mes en que le escribo esta nueva carta, nos dio por la vendimia. Bien por necesidad para pagar los estudios, bien por un romanticismo impreciso, el tránsito entre septiembre y octubre nos condujo hasta los barcillares, que es como nombran por alguno de estos pagos a las viñas. De entre nosotros, las más sensatas lo hacían en entornos locales, donde el negocio de la enología era entonces apenas un embrión, pero los más fabuladores elegían el sureste francés y hacia allá se iban con afán conquistador. Y de allá regresaban entre cabizbajos y escaldados.

     Santos, sublime sin interrupción, como presumía Baudelaire, supo no obstante mantener el tipo de una forma admirable y nos enredó a su vuelta con un conocimiento inesperado acerca del vino y sus artes: el Château Margaux es nuestro destino y no cejaremos, repetía, hasta conquistar el Médoc. Al auditorio, consumidores como éramos entonces de vinos duros en tascas provincianas, aquello, como usted comprenderá, le sonaba a pura vanidad. Sin embargo, él sabía bien cómo apurar el trago hasta la ebriedad incontestable y se entretenía acto seguido en el relato ambiguo sobre la nieta de Ernest Hemingway, Margaux, cuyo nombre se debía, según él, al gusto del escritor por ese vino exquisito. Más tarde supimos que la realidad había sido otra, pero a nadie le importó: ya éramos adictos declarados a aquella confusión y a aquel emblema. Le confieso ahora, madame, que nunca he probado ese vino, pero si llego a hacerlo algún día será sin duda para honrar la memoria de aquellos vendimiadores iluminados.

     Hubo otras Margot en nuestra vida, algunas de escritura más corriente pero todas con parecida hechura literaria. Recordará usted sin duda a la Brave Margot de Brassens, la joven pastora que amamantaba a un gato huérfano hasta que las mujeres de la localidad, ebrias de cólera, acabaron con él a bastonazos. O a La reina Margot, Marguerite de Valois encarnada en Isabelle Adjani, versión a la que no llegó Santos desgraciadamente, pues la fatalidad de su destino le dejó aparcado en la novela romántica de Alejandro Dumas. O, en fin, una tercera Margot fantasmal, que se nos apareció una tarde a orillas del Cantábrico para conducirnos a una bucólica fiesta de la luna llena donde no dejaba de sonar Like a rolling stone, tras la cual se evaporó y nunca más supimos de ella. Nombres e historias que se amontonan en el recuerdo como hojarasca de un otoño sentimental. En ella se mezclan y fermentan tal que el humus para dar lugar a relatos que se escriben o se cuentan sencillamente en reuniones hogareñas que llamábamos por aquí filandones o calechos.

     Siempre la hojarasca tuvo, a mi modo de ver, esa doble cualidad: lo que muere y lo que renace una vez descompuesto. De ahí quizá la devoción que he sentido, que sentíamos Santos y yo, por esa canción que usted ha regrabado recientemente: Las hojas muertas, heredera de la original y gloriosa de Yves Montand, recreada después por Sege Gainsbourg como La chanson de Prévert y finalmente orquestada para su acompañamiento en el disco esplendoroso que no dejo de escuchar. Sabrá usted, Jane, que hay dos eslabones más en esa cadena, y seguramente otros que desconocemos, que me permito aquí sugerirle para acompañar estos meses de desnudez. Allá por 1999, un dúo de vida efímera, El cometa errante se llamaba, la trasladó de forma sui géneris a la lengua castellana y le gustará, creo, escucharla en alguno de esos rincones de la red por donde vaga todavía. Unos años más tarde, fue el encantador de audiencias Kevin Johansen quien la volvió a registrar con una especie de desabrigo abrasador. Ve usted, es lo que tiene la hojarasca.

     Tiempos, pues, de hojas muertas y de buenos vinos son los que quedan anotados en esta carta. A pesar de que nuestros alrededores no concuerden bien con esa pauta y nos aturdan, bueno es que respiremos algo de lírica. À la prochaine.

Publicado en Tam Tam Press, 18 octubre 2017

domingo, 15 de octubre de 2017

Estancos

     Quizá la modernidad resida en los estancos. O en las farmacias. Dos establecimientos que, entre la vida y la muerte, cada vez tienen más parecidos entre sí: unos y otras con sus lámparas led en las fachadas alumbrando como faros el horizonte de las calles, con sus anaqueles simétricos y bien dispuestos llenos de productos atractivos y variados, con su claridad interior y sus escaparates vistosos, con sus relojes y termómetros digitales, hasta con horario de guardia en algún caso.

     Las farmacias evolucionaron hacia el estilo supermercado aséptico hace tiempo. Los estancos lo van haciendo poco a poco, alejándose de los rincones oscuros que fueron en origen y, como aquéllas, diversificando la oferta en pos de una clientela más y más perseguida. Hoy unas y otros son espacios atractivos donde dan ganas de entrar y consumir. La vida y la muerte son el reclamo principal, siempre tan de la mano, siempre tan complementarias, un antibiótico por aquí y un cigarrillo por allá.

     Con todo, yo prefiero los estancos. Por toxicómano, desde luego, pero también por su clientela, que es donde se notan todavía las diferencias entre ambos comercios. Frente a los enfermos recetados, nada mejor que los enfermos devotos, mucho más sociables y dispuestos a compartir sus mercancías, protagonistas de conversaciones bastante menos sublimes y actores de su propia cotidianidad. Incluso los dependientes son de otra pasta, dicharacheros y animosos, sin batas blancas ni sonrisas esterilizadas. Hay ambiente en esos lugares, podría decirse. La pena reside precisamente en el aspecto común de los decorados, que responden a ese aire homogeneizador que lo invade todo en nuestro entorno, tanto da una oficina de correos que una tienda bio. Al menos, eso sí, ya no lucen la bandera con que obligatoriamente se adornaban tiempo atrás, que daba la impresión de que se entraba más bien en un cuartel de la guardia civil. Tal vez porque banderas es lo que nos anda sobrando a estas alturas de la vida y de la muerte.

Publicado en La Nueva Crónica, 15 octubre 2017

lunes, 9 de octubre de 2017

Che

9 de octubre de 1967, la fecha de la muerte de Ernesto Che Guevara, hace cincuenta años de ello. Leí al respecto que hablar del Che es hablar de alguien que juzgó su peripecia como “la historia de un fracaso”; alguien que en un momento de su vida se calificó como “una fría y selectiva máquina de matar”, aunque no haya campaña pacifista en el mundo sin su rostro flameando en alguna bandera; alguien que se opuso con fiereza a los valores del capitalismo y, sin embargo, en internet se venden centenares de fetiches con su imagen; alguien que descreía del tópico héroe americano, aunque Hollywood ha acabado devorándolo y lo ha representado a través de Omar Sharif, Antonio Banderas, Gael García Bernal y Benicio del Toro. Hablamos de alguien que firmó los billetes con desprecio y llegó a predecir el fin del dinero, y que en cambio hoy aparece –no su firma, sino su cara, esa marca no del todo registrada- en dinero que manosea cualquiera. Su prototipo de ser humano buscaba un hombre nuevo, sin vicios, aunque ahí está él, volando en un coffee-shop de Amsterdam bien fumado y con los ojos perdidos… Todo debió empezar con una canción, más o menos así: Hasta siempre, comandante de Carlos Puebla y los Tradicionales [https://www.youtube.com/watch?v=I-064cEZfK8].

Naturalmente, excesivas serán sin duda las muestras, sacras y profanas, en este altar del calendario, tantas como para guardar mejor un discreto silencio. No obstante, decenas de canciones, decenas de poemas han tenido al Che como elemento generador, y no podía Moderato Cantábile evitar la exploración de ese lado del mito. Porque, aparte de los textos que le dedicaron, entre otros, León Felipe, Vicente Aleixandre, José Ángel Valente, Manuel Vázquez Montalbán, Nicolás Guillén, Julio Cortázar, Mario Benedetti y hasta Victoriano Crémer, el cancionero tiene en él una cita repetida y jugosa que conviene repasar. El cantable citado antes, desde luego, inspirador a su vez de numerosísimas versiones, de las que no podemos desdeñar un par de ellas bien distantes: la muy extraña del británico Robert Wyatt [https://www.youtube.com/watch?v=knaKOMgZi4M] y la muy contundente de los madrileños Boikot [https://www.youtube.com/watch?v=q8wiUXX20lk]. Pero hay más, mucho más, como escucharemos a continuación.

El cancionero guevariano tiene, como casi todo en él, dos rostros, dos polos no opuestos que responden, sin embargo, a motivaciones diferentes. De un lado, los cantos de exaltación y de homenaje, que lo son en cierto modo también de reproche por el destino. De otro, los cantos de vuelta, los que se escribieron y cantaron mucho después de los hechos, una mezcla de melancolía y de escepticismo.

A la cabeza de los primeros se sitúa sin ningún tipo de discusión el Soldadito boliviano, ya sea en la versión que firmó originalmente Paco Ibáñez [https://www.youtube.com/watch?v=pcZ09xHLvsU], ya sea en la más tardía de la argentina Nacha Guevara [https://www.youtube.com/watch?v=SUcoArJNUcE], ambas imprescindibles. El caso es que este caudal fue fecundo sobre todo en Latinoamérica, no sólo por ser el escenario de la obra sino por complicidades más que evidentes. Se ven con claridad en el caso de Pablo Milanés, que canta Si el poeta eres tú (con introducción aquí de Cortázar) [https://www.youtube.com/watch?v=njypdiuY3rU]; pero también, claro, en el de Quilapayún, que entonaron su Elegía al Che [https://www.youtube.com/watch?v=r9jj1JOJsvA], y en el de Víctor Jara, que extendió un poco más el contenido de su canto en A Cuba [https://www.youtube.com/watch?v=XGXk0iPxvAI]. Pero tampoco se puede ignorar la buena dosis de connivencia en la Nana del Che del reactualizado Luis Pastor [https://www.youtube.com/watch?v=SYFKQYu96eg] o La mort du Che del francés Lavilliers [https://www.youtube.com/watch?v=XaqADoHmMu4]. Repite este último en el estribillo: “En octubre 67 en la Sierra, / Ernesto Che Guevara ha alcanzado su independencia. / Qué soledad, qué andanza”.

Del otro lado, como indicábamos, se extiende, sin sustituir a aquél, otro cancionero menos glorioso, donde la figura del Che es referente también, pero se le canta con desconfianza, incluso con desidia o indolencia. También el tiempo erosiona los mitos a la vez que nos erosiona a nosotros mismos.

Acerca del mercado urdido alrededor de este hombre, se expresa con ironía Kevin Johansen en McGuevara’s o CheDonald’s [https://www.youtube.com/watch?v=32aUM4iFG0c], aunque salva el tipo dignamente sea cual sea el punto de vista. No sucede así con Ismael Serrano en Papá, cuéntame otra vez [https://www.youtube.com/watch?v=wSCUV7ysBbI], donde se consagra como un cantante tópico que canta tópicos, un anticipo avant la lettre de la serie televisiva del mismo título. Aroma a naftalina y mal rollo. Y más desoladores resultan, en fin, las visiones francesas de Abd Al Malik en La gravité [https://www.youtube.com/watch?v=bny8nFTsDrU] y de Les fatals Picards en Comandante [https://www.youtube.com/watch?v=7XeXKmGglB4]. Recita el primero: “Causar daño a la burguesía como el Che Guevara, levantarse cada mañana sin realmente saber por qué, sufrir del sinsentido, una enfermedad que no ahorra ningún personaje. Yo vengo de un lugar donde nada es verdaderamente grave”; y lo contrarrestan los de la Picardía con un cóctel bien distinto pero igual de sincero: “Revolución, revolución, viva tequila, viva Guevara, viva la fiesta, viva la playa”.


Para el final hemos dejado un fragmento de un ensayo del cubano Iván de la Nuez y un grupo argentino. El primero escribió hace unos años: “Era en Berlín occidental, y no en el Berlín comunista, donde se vendían más objetos del Che. Y tuvo que ser un shock para los alemanes de la antigua RDA descubrir que, entre los elegantes comercios de Charlottenburg, al otro lado de aquel muro que ellos mismo derribaron, hay una tienda dedicada exclusivamente a este hombre que debe haberles provocado más de una pesadilla en su pasado comunista. Para la izquierda radical, el fetiche del Che significa una victoria cultural después de una derrota política. Para la derecha radical, el fetiche del Che significa una derrota cultural después de una vitoria política”. Y el grupo no es otro que Los fabulosos Cadillacs: en su canción Gallo rojo [https://www.youtube.com/watch?v=EC8lse7va-8], sin ser explícita, se descubre aún una imagen del, según Max Aub, “único caudillo de nuestra época muerto en el campo de batalla”.