Nunca
como en la actualidad hubo tantos individuos entregados a hacer fotografías de
un modo compulsivo ni tantos ignorantes del arte o de la técnica fotográfica.
Eso sí, todos se consideran artistas en algún sentido e incluso adoptan poses, lenguajes
y actitudes de glorias de la imagen sin importar hasta dónde llega o no llega su
conocimiento. Es el peaje de la tecnología universalizada, claro, y del
atrevimiento tan de esta época. Son motivos suficientes para solicitar a quien
corresponda que, junto a los artilugios para recoger imágenes, añadan un mínimo
prospecto con fundamentos y con recetas de modestia. Más cierta dosis de
respeto.
Sería
muy útil y sano, por ejemplo, extender algunas nociones sobre la amplitud de foco.
Es decir, sobre la apertura que permite que entre más luz a través del
objetivo. En ello influye, como sabemos, que los elementos del fondo del
encuadre salgan más o menos claros, de tal manera que, con más profundidad de
campo, tanto los elementos de delante como los de detrás se verán nítidos. Así,
si consiguiésemos dominar este mínimo rudimento técnico, quizá podríamos llegar
a interiorizarlo y, en consecuencia, aplicarlo a otras formas de ver el mundo.
A otras formas de aprehender este mundo nuestro que, por lo general, se nos
presenta poco más que en primer plano, en un simple titular o en un vasto
brochazo.
Porque
en la fotografía, en la vida y en el arte es mucha la realidad que se nos pasa
desapercibida. O más bien se pretende que así ocurra para convertirnos en
miopes, para trasformar nuestros análisis en parciales observaciones, para que
nuestra posición ante los acontecimientos sea lo más superficial posible y para
que las respuestas sociales sean tan leves como inanes. En términos fotográficos,
para que nuestro punto de vista sea lo más limitado posible.
No
es nada nuevo, desde luego, aunque sí es propio de esta edad su magnitud y
trascendencia. De hecho, allá por 1920, ya había escrito Walter Benjamin,
acerca de la coyuntura que atravesaba la crítica, las siguientes palabras: “Solo
los tontos se lamentan aún de la decadencia de la crítica. Hace ya mucho que
pasó su momento. La crítica consiste en tomar una distancia adecuada y, por lo
tanto, se corresponde con un mundo concebido en términos de perspectiva y de
proyección en el que era posible adoptar un punto de vista. Ahora, sin embargo,
la sociedad se ve presionada por las cosas desde demasiado cerca”. Si así era
un siglo atrás, ¿qué no podremos concluir ahora de nuestro presente inestable,
de nuestras redes pueriles, de nuestro ser sin sustancia?
En
fin, distancia, perspectiva, proyección… conceptos imprescindibles para
formarse criterio así sobre los objetos artísticos como sobre aquellos más
corrientes de nuestro existir. En el fondo no hay diferencia, por más que el
arte lo sublime todo. Y por esa razón, cuando la periodista Berna González
Harbour, refiriéndose a Rembrandt, afirma que “el arte consiste seguramente en
elegir qué iluminamos y qué dejamos en penumbra”, no podemos por menos que
pensar en que ésa debiera ser también la visión que arrojásemos sobre la vida,
salvando las distancias, y que ya quisiéramos que al menos ese mínimo concepto
habitase no sólo en cuantos se dedican tontamente a hacer fotografías, sino en
todo animal viviente. Ganaríamos mucho para hacer frente a las luces y a las
sombras, como se dice ahora, de esta edad poscontemporánea.
Publicado en Tam Tam Press, 12 octubre 2015
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