Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 4 de enero de 2026

Juegos

            “Mientras Europa juega al ajedrez, ellos juegan al póker”. Esto escribía hace unos días en un diario nacional la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán. Se refería a las tremendas desigualdades, con sus consecuencias, entre las políticas, los procedimientos y la cultura de la Unión Europea frente a los modos de los sátrapas del mundo actual, esto es, Trump, Putin, Xi Jinping, Netanyahu y otros por el estilo. Es un pensamiento más que lúcido, por eso conviene reproducirlo y extenderlo para animar aún más pensamiento en otros lectores, los de este mismo periódico, pero también para ampliar su universo, o acercarlo, según se mire, a una realidad que nos perturba. Se puede aplicar a nuestro estar general.

 

            El antecedente del ajedrez nos lleva a la India en el siglo VI. Mutó por primera vez en Persia y desde allí, tras la conquista de los árabes y a través también del imperio bizantino, llegó y se desarrolló en Europa durante el siglo XV con el formato que hoy conocemos. Por su parte el póker tiene un origen mucho más indefinido, lejano también seguramente, si bien las primeras descripciones del juego nos llegan desde Nueva Orleans en 1829, hace menos y nada en verdad. Quiere ello decir que está por verse la perdurabilidad de este juego frente al anterior, cuya cualidad imperecedera parece más que demostrada, no sólo por longevo sino por su capacidad para superar las fronteras temporales de todos los imperios. Esto nos permite ser optimistas.

 

            Es verdad que en el ahora no es fácil serlo, pero nunca debemos ignorar la dimensión histórica del ser humano: si fuimos capaces de evolucionar desde Atapuerca hasta Altamira, y no sólo en el nombre, el sentido progresivo resulta ciertamente indiscutible. Sobre esa convicción es desde donde hay que reconstruir el pensamiento, nunca desde el desánimo, y llegar después a la acción. Como en una partida de ajedrez. En el horizonte están el tablero, no el tapete, y el gambito de dama, no el farol. Aunque nos debamos preparar para sufrir.

 

 Publicado en La Nueva Crónica, 4 enero 2026