Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 25 de enero de 2026

Orgasmo

            Hay noticias e informaciones sobre las que conviene abstenerse de opinar en esta tribuna porque pienso que muchos otros artículos, antes que el mío, entrarán en ellas desde cualquiera de sus ángulos. Aparentemente lo merecen. Pero, cuando tal cosa no sucede, no se sabe bien por qué causa, parece oportuno desandar el tiempo, volver a los orígenes del asunto y recuperar lo que de jugoso podrían esconder esas noticias e informaciones.

 

            Ocurrió que mediado el presente mes los medios se hicieron eco de un denominado “Estudio sobre hábitos sexuales”, elaborado curiosamente por una empresa de artículos para el sexo. Según los datos en él recogidos, la provincia española donde menos se alcanza el orgasmo en pareja es León: un 68,6% de ocasiones. Por el contrario, dos de las más triunfadoras se encuentran en nuestra misma comunidad, lo que descarta que se trate de una discriminación territorial más: Segovia y Ávila, con un 80,4% y un 83,3% respectivamente. La media en el país es del 75,4%.

 

            Sea como sea, he ahí un agravio más para estas tierras tan poco lujuriosas. Hipótesis al respecto podrían lanzarse a cientos, siempre y cuando el dichoso informe nos merezca algo de estima, que nunca se sabe lo que persiguen esos estudios ni quién es la mano ejecutora. Pero, ya puestos, no descartaremos, para empezar, las malas digestiones que producen botillos y cocidos maragatos frente al poder libidinoso de las yemas de Santa Teresa o del ponche segoviano. Nada más a mano que la gastronomía para explicar el éxito o el fracaso sexual. O la geografía: pensemos que las montañas del norte siempre fueron austeras en sus formas, mientras que las del sur, Gredos o Guadarrama, conservan aún el eco de aquellas serranas a las que cantaban el Marqués de Santillana o el Arcipreste de Hita. O por qué no pensar como explicación en el peso de tanto pendón eréctil que acaba por dejarle a uno verdaderamente fláccido. En fin, queda el consuelo de que Valladolid está también por debajo de la media nacional.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 25 enero 2026

domingo, 18 de enero de 2026

Antepasados

            Tiene interés la genealogía, indagar en nuestra ascendencia personal o familiar. Incluso en nuestra ascendencia colectiva de pueblo, de ciudad, de territorio. Esto da bastante juego no sólo a historiadores propiamente dichos, sino también a numerosas personas aficionadas al realismo mágico, esa corriente literaria que fusiona, a veces con éxito, realidad y fantasía. Las tierras leonesas son muy de este género.

 

            Sin despreciar cuanto detrás hay de leyenda o de labor de investigación, lo último que hemos conocido es que la Santa Teresa tuvo por cuna la comarca de La Cepeda, tal y como nos cuenta Antonio Natal en un libro más que documentado. Lo mismo que hicieron en su día Gregorio Fernández Castañón y otros al referirse al origen leonés de Miguel de Cervantes y de algunas de las peripecias de su Quijote. O el atrevimiento de la profesora Margarita Torres al situar en la basílica leonesa de San Isidoro la residencia del Santo Grial. Así mismo, las historias que me contaba un viejo conocido acerca de los paseos de Hermes Trismegisto por la antigua ciudad romana de Lancia, allá sobre el alcor que domina las vegas del Porma y del Esla. Y, en fin, a fuerza de lucirlo de modo casi omnipresente por estos lares, cualquiera dirá un día que Gaudí era de León de toda la vida. O de Astorga, que no se sabe bien.

 

            Esto es común en las tierras leonesas, más común cuanto más se persigue cierto germen sobresaliente que dé sentido a un futuro que se desearía glorioso. Más o menos como muchas gentes desean hoy repetir un pasado supuestamente feliz que nunca existió en verdad y por eso se dejan ir en brazos de la melancolía. Lo leonés, aunque no exento de su correspondiente dosis de frustración, disfruta al menos de cierta ingenuidad sana frente a la acidez de otras añoranzas. Sobre esos ideales enfermos se levantan patrias.

 

            Todos, menos Javier Krahe o León Felipe, hemos perseguido para nada un antepasado eminente. Quizá, como ellos, debiéramos mejor conformarnos para evitar toda vanidad.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 18 enero 2026

domingo, 11 de enero de 2026

Aniversarios

            Un amigo gallego colgó en su muro de Facebook la imagen de dos discos fundamentales para muchos de nosotros: “Barcelona. Gener de 1976”, de Lluis Llach, y “El recital de Madrid”, de Raimon. Ambos aparecieron en nuestras vidas en aquel año 1976, hace cincuenta años. Parece un eco del cincuentenario anclado en 2025 cuando lo recordado fue la muerte del dictador y la entrada en un tiempo nuevo. Pero no, no es un eco, ni mucho menos, es una cuenta más en el rosario que se sucederá a partir de ahora porque, para quienes superamos la cincuentena, todo o casi todo empezó a ocurrir hace eso, cincuenta años.

 

            El vicio de los aniversarios tiene sentido por lo general cuando se supera esa frontera en la edad, es decir, cuando se cuenta con una perspectiva suficiente para juzgar si merece la pena o no rememorar lo vivido. En definitiva, cuando se cumplen cincuenta años uno ya ha hecho historia, porque en ese mismo límite se sitúa, aunque sea discutible, el umbral para considerar que un documento es precisamente histórico y como tal se cataloga en los archivos. Y nadie lo dude, llegados a ese punto, todos hemos construido historia: la personal tiene tanto valor como la colectiva o como la que se conserva en museos. Lo que importa es si mereció la pena. Ese afán y esa conciencia nos hacen históricos. Es otro deber más de ciudadanía del que no se debiera dimitir.

 

            Así, con humildad, construimos nuestra propia mitología saltando de conmemoración en conmemoración, no sólo dejándonos llevar por cuanto se nos es impuesto, como los 900 años de la muerte de la reina Urraca o los cien de la de Gaudí, a cuyos recuerdos se entrega a lo largo del año presente la oficialidad de la ciudad donde vivo, tan dada a la grandilocuencia. No, me refiero a cosas más corrientes pero cargadas por igual de significado, como esas canciones que compartimos y que se han convertido en una seña generacional tan importante como los más notables acontecimientos. Ignorar esto sería menospreciarnos a nosotros mismos.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 11 enero 2026

domingo, 4 de enero de 2026

Juegos

            “Mientras Europa juega al ajedrez, ellos juegan al póker”. Esto escribía hace unos días en un diario nacional la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán. Se refería a las tremendas desigualdades, con sus consecuencias, entre las políticas, los procedimientos y la cultura de la Unión Europea frente a los modos de los sátrapas del mundo actual, esto es, Trump, Putin, Xi Jinping, Netanyahu y otros por el estilo. Es un pensamiento más que lúcido, por eso conviene reproducirlo y extenderlo para animar aún más pensamiento en otros lectores, los de este mismo periódico, pero también para ampliar su universo, o acercarlo, según se mire, a una realidad que nos perturba. Se puede aplicar a nuestro estar general.

 

            El antecedente del ajedrez nos lleva a la India en el siglo VI. Mutó por primera vez en Persia y desde allí, tras la conquista de los árabes y a través también del imperio bizantino, llegó y se desarrolló en Europa durante el siglo XV con el formato que hoy conocemos. Por su parte el póker tiene un origen mucho más indefinido, lejano también seguramente, si bien las primeras descripciones del juego nos llegan desde Nueva Orleans en 1829, hace menos y nada en verdad. Quiere ello decir que está por verse la perdurabilidad de este juego frente al anterior, cuya cualidad imperecedera parece más que demostrada, no sólo por longevo sino por su capacidad para superar las fronteras temporales de todos los imperios. Esto nos permite ser optimistas.

 

            Es verdad que en el ahora no es fácil serlo, pero nunca debemos ignorar la dimensión histórica del ser humano: si fuimos capaces de evolucionar desde Atapuerca hasta Altamira, y no sólo en el nombre, el sentido progresivo resulta ciertamente indiscutible. Sobre esa convicción es desde donde hay que reconstruir el pensamiento, nunca desde el desánimo, y llegar después a la acción. Como en una partida de ajedrez. En el horizonte están el tablero, no el tapete, y el gambito de dama, no el farol. Aunque nos debamos preparar para sufrir.

 

 Publicado en La Nueva Crónica, 4 enero 2026

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Por respeto

Cuando miles de personas, o cientos, o decenas, da igual, salen a la calle reclamando respeto, un ruego nada habitual para citas de ese tipo, deberíamos pensar que algo extraño sucede a nuestro alrededor. En el caso de esa marcha celebrada en la ciudad de León el pasado mes de noviembre, su lema, “por respeto”, se complementaba con otros referentes esclarecedores: nuestra tierra, nuestros montes, nuestros pueblos, nuestra gente. Hay otros ejemplos parecidos no muy distantes: el de las víctimas de la DANA de Valencia, sin ir más lejos. No se trata de una petición menor y, desde luego, aclara mucho de cuanto sucede en nuestro entorno físico y emocional.

 

Por lo que hace al caso leonés, más allá de razones inmediatas como las padecidas a causa de los terribles incendios del verano de 2025, también de sus consecuencias no menos lamentables, la queja provenía del abandono, la especulación y el riesgo que sufre nuestro medio rural, acerca de lo cual los lectores y lectoras de esta revista tienen, con toda seguridad, sobrado conocimiento. Aun así, algo diremos sirviéndonos de un dato contundente: durante los últimos 40 años, Castilla y León ha perdido 215.000 habitantes y la provincia leonesa ha sufrido especialmente esa sangría. No ha habido, en suma, políticas en esta comunidad durante cuatro decenios que hayan querido o sabido hacer frente a ese problema, incluso a veces lo han avivado. Añadamos a ello así mismo conflictos más específicos y recientes, como las llamadas macro-granjas, las plantas de biogás, la trama eólica, la relajada vigilancia veterinaria en ciertas situaciones, el drama climático generalizado, etc. Un sinfín de desdichas, un sinfín de ausencias de respeto.

 

Hace unos años, el cantante Víctor Manuel popularizó un cantable que titulaba “Canción de la esperanza” y viene muy a cuento en estas fechas en las que se celebran los cincuenta años de la historia moderna de España. Decía su estribillo: “que no cese la esperanza acorralada, con un voto no cambiamos casi nada”. No le enmendaremos la plana porque al fin y al cabo la historia es larga y lenta, pero la entonaremos de nuevo por lo que tiene de perspectiva de progreso y de no resignación, conscientes de que, por supuesto, el voto, aunque con parsimonia, sí cambia los destinos, hasta los más desdichados.

 

Señalaremos, por último, que siendo grave todo lo más arriba enunciado, lo auténticamente novedoso de las reivindicaciones actuales o perennes es que alguien haya sacado a la luz el respeto, algo tan poco de moda en estos tiempos, esa cualidad que nos habla de la consideración, de la deferencia, de la cortesía y de la tolerancia. Otra política, seguramente, guiada por otras maneras. Es cuestión de convivencia en general, sobre todo, y de estilo, aunque haya quien en particular no merezca ningún respeto: los genocidas, por ejemplo. Pero también el respeto es imprescindible en la cercanía, yo exijo respeto y estilo a quien me responde con un silencio administrativo o con el vacío, esto es, cualquier forma de incomunicación entre personas razonables. Es absolutamente irrespetuoso. Falta al respeto, en suma, quien nos menosprecia, ya sea en el terreno político, ya sea en el terreno personal.

 


 Publicado en Ecos de Escalada nº 30, diciembre 2025

domingo, 28 de diciembre de 2025

Culpables

 
            Desde Herodes la humanidad arrastra sin remisión su condena a la inocencia. Entre la infancia y la tumba, la frase más repetida por los seres humanos no es otra que “yo no he hecho nada”, lo que, bien mirado, vale tanto para un bautismo como para un epitafio. Curiosamente, corriendo en la actualidad los tiempos que corren, tal condena se la debemos nada menos que a un rey de Judea.
 

            En fin, leyendas bíblicas y presunciones de inocencia aparte, yo admiro a los culpables. En ellos, sin excusas, habita la verdad. En un mundo de falsedades, quien hoy se declara culpable es un héroe, o un antihéroe, tanto da, su osadía le convierte en un ser a tener en cuenta muy por encima de quienes, casi todos, se suman a la legión de inocentes. Son un modelo a seguir. Porque frente a ellos, si examinamos nuestra propia existencia y todos sus alrededores, no encontramos más que argumentarios y alegatos repetidos para demostrar una pureza que nunca es tal. Ante los padres, ante las parejas, ante los compañeros, ante la justicia, ante los medios de comunicación, ante el confesor, ante los psicólogos, ante la policía, ante la médica de guardia, ante el interventor del tren, ante el árbitro, ante la funcionaria de hacienda… nuestra vida es un continuo devenir de excusas y coartadas para demostrar la inocencia. Y, sin embargo, ¡cuánto mejor sería declararse culpable! Es el razonamiento definitivo para zanjar toda discusión o conflicto. No admite refutación.

 

            Por señalar una sola vileza, yo confieso que soy culpable de que no me gustaran ni Robe Iniesta ni sus canciones. Ni me pongo de lado ni voy a sus homenajes ni me sumo a cuantos, de repente, eran admiradores suyos de toda la vida. Reconozco mi culpa frente al gusto de las mayorías y soy un infractor de esa ley no escrita que arrastra las masas hacia los finales felices. Por lo general, inventados y fáciles de olvidar. Basta con tener la conciencia tranquila, que es otra disculpa habitual para garantizarse la candidez y un sueño placentero.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 28 diciembre 2025

domingo, 21 de diciembre de 2025

Leones

            Una cosa es la heráldica y otra bien distinta, la fantasía que nutre nuestros cuentos. En la primera, el león es un símbolo de coraje, nobleza, fuerza, majestuosidad y valor. Como tal ilustra numerosos escudos de armas. Por el contrario, en la segunda es un animal sin más, posiblemente el rey de todos ellos, a partir de lo cual se construyen leyendas, canciones y espectáculos. Y luego está la ciudad donde habito, últimamente invadida por numerosas estatuas leonadas que elevan a mito un relato falso a partir del juego polisémico de su topónimo.

 

            Son varias las fieras domesticadas que nos han nacido durante los últimos años, adornan o quieren adornar glorietas, jardines, alcantarillas y aceras, compitiendo con otros estorbos urbanos de dudoso gusto. Los turistas son felices haciéndose fotos a su lado. Los indígenas las miran de reojo, más dubitativos, como si esas presencias inanimadas les contaminasen su identidad. Da la impresión de que alguien ha tomado la decisión de transformar la realidad de nuestro origen y convertirla en un circo. También hay leones en numerosos emblemas e inscripciones, los hay en rótulos y en camisetas, en pancartas y en vídeos reivindicativos, en insignias y en viseras… Todo es selvático en la ciudad donde vivo. O zoológico, no sé muy bien. Cualquier día podría aparecer Ángel Cristo dirigiendo el tráfico.

 

            El caso es que llegará un momento en que no será necesario explicar en las escuelas el porqué del nombre de esta ciudad, va de suyo, nadie lo aceptará, es algo irrelevante y lejano, mejor y mucho más sencillo quedarse con ese animal que nos devora, aunque tenga pinta de dibujo animado. Eso gusta, el dibujo animado, quiero decir, Simba, Aslan, el bizco Clarence, Ricardo Corazón de León, los leones de la Diosa Cibeles, el león cobarde de Oz, el león de la Metro… ¿Para qué andarse con antiguas historias de romanos y con la extraña evolución fonética del latín si este decorado nos permite sin esfuerzo ser protagonistas de Memorias de África?

 

Publicado en La Nueva Crónica, 21 diciembre 2025

domingo, 14 de diciembre de 2025

Jóvenes

            Se habla de la juventud a la ligera, pero categorizando. Se insiste en las dificultades a las que los jóvenes han de hacer frente para emanciparse. Se les tilda de desinformados y de adoptar posturas políticas y sociales reaccionarias. Se les dibuja, en fin, como una realidad nueva y sorpresiva, como si no hubiese existido antes esa etapa de la vida y no hubiésemos pasado por ella cuantos hoy nos asombramos por cómo son esos jóvenes. Convendría ampliar el foco para ser un poco más atinados en nuestro juicio. Citaré únicamente dos muestras.

 

            Para empezar, baste una mirada cercana en el territorio. En 2003 un diario local publicaba la siguiente información: “El 30% de los alumnos de Ponferrada cree que el sexo no consentido en la pareja no es violencia”; y seguía: “Casi el 50% de los jóvenes de sexo masculino considera que se puede justificar al maltratador”. ¿Por qué tenemos entonces la sensación de que esas opiniones recalcitrantes son solo fruto de hoy en día? ¿Quizá porque olvidamos cómo fuimos y no hemos progresado lo que pensábamos que habíamos progresado?

 

            Y, para seguir, algo un poco más distante. Leo una entrevista con Greg Norton, miembro del grupo Hüsker Dü, una mítica banda de hardcore que, según la crítica, cambio el rumbo del rock alternativo en la década de los 80. Dice, entre otras cosas: “No es que fuésemos unos chicos airados, sólo nos sentíamos frustrados. En aquel momento ser joven podía ser duro”. Aquel momento era la era Reagan. ¿Por qué entonces consideramos que es la juventud actual la única que padece un contexto adverso? ¿Quizá porque los miramos con nuestros ojos de seres maduros revenidos?

 

            Tal vez, como apunta mi amigo Alberto Novoa, debiéramos desprendernos de la visión romántica o nostálgica para reconocer que sí, que hay jóvenes solidarios, inconformistas, abiertos, integradores y conscientes de las desigualdades sociales. Más o menos como fuimos y en los mismos porcentajes que lo fuimos.

 

Y que medios y redes no dieran tanto la matraca.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 14 diciembre 2025

domingo, 7 de diciembre de 2025

Tuna

            Hace unos días, como parte de la orgía del Black Friday, el gobierno autonómico declaró la tuna Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial. Al parecer, por su valor histórico y social. Continúa así en la línea de lo que en febrero de 2024 perpetró con la llamada Pirámide de los Italianos, un monumento fascista sin ningún valor artístico ni arquitectónico, un insulto a la historia y a la memoria. De seguir por ese camino, no tengo dudas de que antes de que concluya la legislatura el siguiente eslabón en el oprobio cultural será el Toro Jubilo de Medinaceli.

 

            Contrastan estas frivolidades y vértigos en los trámites administrativos para otorgar etiquetas a lo que sea que pase por la cabeza del Consejero con lo padecido por la ciudad de Ponferrada, que consiguió el reconocimiento también el pasado mes de noviembre, cincuenta años después de que se instara una primera solicitud al efecto. Pirámides y bandurrias son preeminentes, no cabe duda, a pesar del patrimonio histórico y artístico que se reúne en la ciudad de El Bierzo.

 

            En el caso de la tuna, se destacaba, entre otras veleidades, su “dimensión artística” y que “promueve el compañerismo, la amistad y la inclusión”. También el turismo, podríamos decir, el de la tuna y el de los entornos por donde pasa, aspecto nada despreciable en una Consejería que, junto a la Cultura, se ocupa así mismo de ese Turismo. Una mezcla política y una manera de entender lo que quiera que sea cultura. Quizá por esa razón, por esa dichosa mixtura, se eligió la semana de las gangas para hacer oficial el blasón a la rondalla, una especie de oferta de última hora en el escaparate comercial prenavideño.

 

            Tal vez la tuna tuvo algún sentido en sus orígenes y hasta el siglo XVIII, cuando se apagó, pero hoy es sólo una reliquia del romanticismo decimonónico y de la memez que nos entró con el landismo, esos tiempos antiguos, como otros, en los que nos hemos instalado. Contra ellos precisamente se eleva la cultura, ese aire que todavía respiramos.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 7 diciembre 2025

domingo, 30 de noviembre de 2025

Deslumbrar

            Esta semana, la ciudad donde vivo, como otras, ha dado paso abiertamente a la temporada del deslumbramiento. Lo venía haciendo poco a poco porque no todo es navidad, por suerte, y ese fenómeno de luces cegadoras ya contaminaba el espacio urbano con otros métodos diferentes a las luminarias de fin de año. Pero ahora se junta todo: lo que fueron y no son ya bombillas de color con esas pantallas de tecnología led (creo que así se denominan), públicas y privadas, oficiales y mercantiles, que superan con amplitud los márgenes de la infección lumínica.

 

            El objetivo es deslumbrar, tanto da el presunto espíritu navideño que el afán comercial o la información de servicio. Deslumbrar. Es decir, asombrar, encantar, fascinar, torrentes de luz que acaben por provocar alucinación, entontecer, obnubilar. En eso consiste, en suma, la explosión de luz de uno y otro signo, tal y como procede en estos tiempos de apariencia y frivolidad. Poco importa que ese estrépito luminoso contraste con las penumbras cotidianas, al parecer no resulta insultante, son sólo estímulos para engañarse, neuro-marketing, estrategia social para la mansedumbre, fruslería. Incluso esas pantallas informativas son más ellas por sí solas que cuanto tratan de anunciar.

 

            Sucede así con las personas. Las hay que deslumbran y las hay que, sencillamente, brillan. Distinguirlas es más que conveniente para no naufragar en sensaciones y emociones que tienden a confundirnos con extrema facilidad. Una persona deslumbrante nos inclina de entrada al arrebato, pero no siempre hay sustancia bajo esa luz. Es más, deslumbra tanto la belleza como la fealdad, algunos gobernantes son ejemplo de esto último. Por el contrario, quien brilla no defrauda, ofrece solo pequeños efectos especiales de su llama, los suficientes para convertirse en faro y alumbrar la ruta. Son personas a las que hay que seguir y apreciar. Enfrente, quienes deslumbran, como todos los excesos de estas fechas, nos llevan al extravío. Suelen triunfar, no obstante.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 30 noviembre 2025