Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 22 de febrero de 2026

Nihilismo

            El colofón a cuanto sucede en el mundo que nos envuelve lo describió a la perfección la historiadora y psicoanalista francesa Elisabeth Roudinesco. Ella acuñó el término “Yo soberano”, que va, a nuestro entender, mucho más allá del egoísmo o del individualismo fáciles de observar en quienes nos rodean, incluso en nosotros mismos. No, describe algo aún más grave: el nihilismo. La pérdida de todo valor, idea sólida u horizonte diáfano es lo que nos ha llevado a la nada, a la negación y a la sinrazón. Es en ese caldo donde se cuecen las ideologías reaccionarias, las políticas necias y los usos retrógrados. Sólo se salva el Yo.

 

            Ahora bien, hay un yo nihilista y hay un yo totalitario, es decir, su opuesto. Hay un yo que niega y hay un yo enfrente que aspira a la totalidad. En los terrenos de la desigualdad que tanto hemos denunciado aquí, posiblemente ésta sea la mayor de todas y sobre la que se apoyan las demás. Porque es más que desigualdad, es apropiación, es poder y es control. Para unos, los absolutistas, evidentemente, mientras que para los otros, los feligreses de la nada, es simple rendición bajo la supuesta salvación del yo: ¡vivan las cadenas!

 

            Sea como sea, los dos yoes se consideran, sí, soberanos, en particular ante el otro, los otros, la otredad, que se valora como un inconveniente para mi libertad. De ahí el rechazo de la ley, de la norma, de la costumbre, del uso, del confinamiento, de la prohibición, de la regulación, de las balizas de emergencia, de las vacunas, del Estado. En suma, yo soy la diversidad llevada a su mayor expresión y no admito ningún tipo de límite, razón o hecho objetivo. La subjetividad como reino.

 

            ¿Qué hacer entonces ante todo esto? Para empezar, contarlo, escribirlo suponiendo que va a ser leído, generar discusión, contraste de ideas, confiando en que se haga algo de claridad en medio de la niebla de la nada. Ya el refrán nos advierte de que no hay más ciego que el que no quiere ver. Bueno, todo eso y cruzar los dedos. ¡Viva el vino!

 

Publicado en La Nueva Crónica, 22 febrero 2026

domingo, 15 de febrero de 2026

Infamia

            Llevamos lo poco que va de este año navegando por el diccionario detrás de las palabras que nos expliquen mínimamente esta época extraña y sus maneras tan burdas como peligrosas. Por esos hemos hablado aquí de juegos, de anomalías, de desconfianzas y lo hacemos hoy de infamias. La infamia, como sabemos, es una vileza, una maldad, algo que desacredita y deshonra. Definir este periodo histórico como infame es constatar el fracaso de la educación, de la cultura y de las normas sociales de los años precedentes. No se puede explicar de otro modo. Porque si algo persiguen (o perseguían) precisamente educación, cultura y normas es acabar con la infamia.

 

            Cómo describir, si no es como algo despreciable, buena parte de nuestro entorno político y sus acciones, desde el Ventorro a Mineápolis, desde Móstoles a la franja de Gaza, desde el Dombás ucraniano hasta el incendio de Las Médulas. Todo eso es el testimonio del fracaso de la Ilustración y de sus ecos. Ni siquiera se trata de un despotismo ilustrado, sino de un caciquismo o imperialismo, según casos, zafio, maleducado y repelente. Y el verdadero problema no son tanto los protagonistas de esa mala película, sino el coro que la aplaude, la canta y la respalda en sus diversas expresiones. Ése es el fracaso social y político.

 

            Cabe preguntarse si tiene algún remedio la infamia y la respuesta es que no al menos desde su opuesto, es decir, desde la bondad. El mal sabe que los demás no somos capaces de llegar a esos extremos donde él se mueve y por eso prevalece. No quiero decir que todos debamos ser infames, pero sí mucho más sagaces a la hora de denunciarlo y de enfrentarlo. Para empezar, nombrándolo como tal y retratándolo en la medida de lo posible. En esta columna, por ejemplo, y en otras tribunas y atalayas hasta que su sola visión se haga insoportable. No contemporizando, no normalizando lo que es sencillamente anormal. Esa tibieza propia de cascos azules engreídos acaba causando tanto daño como la mayor de las iniquidades.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 15 febrero 2026

domingo, 8 de febrero de 2026

Desconfianza

            Sabemos que confiar significa creer firmemente en la bondad o la calidad de alguien o algo. La confianza es una cualidad que se gana o se merece y por eso mismo otorga seguridad, incluso en uno mismo. La desconfianza, en cambio, viene sola, aparece, no exige ningún impulso y, por el contrario, cuando es empujada por terceros se desboca con extrema facilidad. La confianza construye, la desconfianza enferma.

 

            El diagnóstico sobre el estado actual de nuestras sociedades viene a concluir, no sin excesos ni desviaciones, que padecen un preocupante estado de serias desconfianzas más o menos generalizadas. Tanto es así que, según encuestas no se sabe si bien intencionadas, la institución que al parecer mayor confianza nos inspira son las policías. Cualquier otra es mirada de reojo. No diré que sin razones para ello, aunque puedan cuestionarse muchas de ellas, máxime cuando esas mismas sociedades se cuecen en un caldo deliberadamente contaminado que conduce hacia la ofuscación. El resultado de todo eso, si nos falla lo material, es la tendencia hoy constatada hacia lo intangible. O, de otra manera, cuando la razón se desvanece es sustituida de inmediato por la emoción. A algo hay que agarrarse.

 

            Y ahí estamos, en medio de la desconfianza, en medio de ese coro creciente de devociones, vocaciones, clausuras, belorados, monjas místicas, banderas, himnos, villancicos, asambleas laico-religiosas, homilías, influencers, predicadores, espiritualidades, rosalías, hakunas, apariciones, creencias… Y todo se resuelve, ya que estamos en puertas de la gala cinematográfica española por excelencia, en la rivalidad entre dos películas para no confiar: Los domingos frente a Sirât. Tanto me da la una que la otra, son dos ejemplos de una misma evasión, dos negativas de la razón al modo nietzscheano: dios ha muerto, viva dios. En un caso a través de la fe más estricta, en el otro a través de la rave más disparatada. Al menos, la banda sonora de la segunda es absorbente hasta el agotamiento total.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 8 febrero 2026

domingo, 1 de febrero de 2026

Anomalía

            Hablamos de anomalía cuando nos referimos a algo que se aparta de lo normal o habitual. Bajo esa sencilla definición, será fácil coincidir en que nuestro presente, este momento histórico, es anómalo en un doble sentido, bien porque viene a romper con una evolución digamos que progresiva de la humanidad, bien porque para otros persigue combatir una anomalía precedente y restituir un orden antiguo.

 

            El fascismo es una anomalía, por más que repetida y dolorosa siempre, al menos desde que fuimos conscientes, con Vigotsky, de que no evoluciona únicamente la especie que mejor se adapta, según Darwin, sino la que más colabora. No sólo sobreviven los más fuertes, sino los que más cooperan. La fuerza del individuo frente al vigor de la sociedad. En esos términos se referirán los historiadores dentro de cien años, cuanto todos estemos calvos, a esta época turbia que nos toca vivir y padecer. Y también combatirla mientras tengamos pelo. Una aberración, sentenciarán.

 

            Por su parte, los fascistas enseñoreados se aúpan y crecen sobre lo que consideran desviaciones imperdonables: la mayor igualdad aunque leve de las mujeres, el cuestionamiento del patriarcado, el reconocimiento y ejercicio de la diversidad, la universalidad cultural y el crecimiento de lo otro, el pensamiento abierto y la participación democrática. Superado un tiempo de conquistas en esos terrenos, surge la reacción amparada sobre todo en los laberintos digitales, en la exaltación del miedo y en un individualismo torcido. Ejemplos, al menos estos dos últimos, de evidentes anormalidades.

 

            Pero qué combatir, se preguntarán algunos, para romper con lo anómalo y respirar. Cuatro cuestiones son el eje fundamental de la pelea: la desigualdad, la precariedad, la superficialidad y la pérdida de intimidad. En esos cuatro campos se juega el futuro y, parafraseando a Warren Buffet, parece que vamos perdiendo. Cualquier pensamiento, cualquier decisión, cualquier acción compartida en esas materias serán decisivas e inaplazables.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 1 febrero 2026