Llevamos lo poco que va de este año navegando por el diccionario detrás de las palabras que nos expliquen mínimamente esta época extraña y sus maneras tan burdas como peligrosas. Por esos hemos hablado aquí de juegos, de anomalías, de desconfianzas y lo hacemos hoy de infamias. La infamia, como sabemos, es una vileza, una maldad, algo que desacredita y deshonra. Definir este periodo histórico como infame es constatar el fracaso de la educación, de la cultura y de las normas sociales de los años precedentes. No se puede explicar de otro modo. Porque si algo persiguen (o perseguían) precisamente educación, cultura y normas es acabar con la infamia.
Cómo describir, si no es como algo despreciable, buena parte de nuestro entorno político y sus acciones, desde el Ventorro a Mineápolis, desde Móstoles a la franja de Gaza, desde el Dombás ucraniano hasta el incendio de Las Médulas. Todo eso es el testimonio del fracaso de la Ilustración y de sus ecos. Ni siquiera se trata de un despotismo ilustrado, sino de un caciquismo o imperialismo, según casos, zafio, maleducado y repelente. Y el verdadero problema no son tanto los protagonistas de esa mala película, sino el coro que la aplaude, la canta y la respalda en sus diversas expresiones. Ése es el fracaso social y político.
Cabe preguntarse si tiene algún remedio la infamia y la respuesta es que no al menos desde su opuesto, es decir, desde la bondad. El mal sabe que los demás no somos capaces de llegar a esos extremos donde él se mueve y por eso prevalece. No quiero decir que todos debamos ser infames, pero sí mucho más sagaces a la hora de denunciarlo y de enfrentarlo. Para empezar, nombrándolo como tal y retratándolo en la medida de lo posible. En esta columna, por ejemplo, y en otras tribunas y atalayas hasta que su sola visión se haga insoportable. No contemporizando, no normalizando lo que es sencillamente anormal. Esa tibieza propia de cascos azules engreídos acaba causando tanto daño como la mayor de las iniquidades.

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