Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 26 de abril de 2026

Ormuz

            Todos somos Ormuz. Me refiero a los humildes, cuya existencia es un estrecho que unos y otros bloquean a conveniencia mientras ensanchan sus cuentas y balances sin piedad. Todo somos Ormuz porque, al cabo, así como a través nuestro viajan mercancías y recursos energéticos, sin los humildes y sin nuestras vidas estrechas nada sería posible, las economías se tambalearían, el comercio se detendría y el mundo en general tendería a la parálisis. Por eso, si fuésemos conscientes del poder de ese Ormuz figurado, no menor que el real, quizá el paisaje sería otro y serían nuestras vidas las que habrían de extenderse. Pensar en esto en vísperas de un nuevo 1º de mayo no es mala idea.

 

            Hubo un tiempo en que atravesar estrechos o doblar cabos era un signo de distinción. Tanto es así que se contaba que aquellos marinos que eran capaces de superar los cabos de Hornos, de Buena Esperanza y Leeuwin conquistaban el derecho a colocarse un aro en la oreja, a no quitarse el sombrero ante el rey y a mear contra el viento. Eran audaces. Todas las conquistas requieren audacia, sobre todo aquellas en las que nos jugamos ensanchar nuestras vidas y las de quienes son nuestros iguales, tengan el origen que tengan, provengan del cabo que provengan y superen en patera el estrecho que hayan de superar. La audacia es el polo opuesto del miedo. Por eso precisamente quienes bloquean estrechos lo que hacen es sembrar miedo para combatir nuestro coraje y domesticarnos. Tanto da el imperio del que hablemos.

 

            Miremos, pues, a Ormuz como quien se mira al espejo y se fija un propósito para el futuro y se niega a la resignación.  Ormuz estaba ahí mucho antes de que llegasen los petroleros, antes de que cayesen las bombas, antes de que se diseminaran las minas, antes de que el caos fuera el orden. Y así será después. Volvamos a ser navegantes de nuestro propio destino y no consintamos que los criminales perturben el rumbo de los humildes, que es el rumbo de la humanidad. Honremos de ese modo el Día del Trabajo.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 26 abril 2026

domingo, 19 de abril de 2026

Valores

            Desconfío en general cuando se habla de valores como si de un comodín se tratase. Desconfío más aún cuando se le añaden adjetivos también generalistas, por lo habitual a favor de parte. Y desconfío así mismo cuando los valores dan nombre a un premio, a un galardón, a alguna mención honorífica del tipo que sea. Pongamos por caso los Premios Castilla y León que la Junta entrega en estas fechas, una de cuyas categorías es precisamente la de los Valores Humanos y Sociales, así, todo con mayúsculas. También los que acaba de convocar un periódico local con la denominación Premio al Desarrollo Social y los Valores Humanos, igualmente con mayúsculas más que enfáticas.

 

            ¿De qué valores hablamos? ¿Qué es lo social, qué lo humano? Entre mis contradicciones figura la de haber formado parte del jurado de la versión autonómica en dos ocasiones y debo confesar mi resaca agridulce por esa labor. No sé cómo caí ahí, pero sí sé que lo primero que me correspondió, como miembro de esos jurados, fue abrir el horizonte, ensanchar el contorno de lo que tradicionalmente se venía entendiendo por social y humano, que se limitaba, salvo excepciones, a lo caritativo, a personas y entidades entregadas a la beneficencia, a presuntas actuaciones filantrópicas siempre con un evidente acento religioso católico. Basta repasar la nómina de quienes han recibido esos laureles.

 

            No desvelo ningún secreto de las deliberaciones si cuento que el primer año defendí, y fracasé, a las escuelas municipales de música encarnadas en la candidatura de la Agrupación Musical de Guardo. Triunfó, al final, en 2020. A mi modo de ver, poco había más humano y social, entre las propuestas, que el aprendizaje de la música de un modo no profesional por parte de cientos de personas anónimas en numerosas localidades de la Comunidad Autónoma. No fue fácil encajarlo en la denominación del premio, lo confieso. Por eso precisamente desconfío de la utilización del término valores y más si lleva coletillas. Es muy fácil de manipular.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 19 abril 2026

domingo, 12 de abril de 2026

Dicasterio


            Cuentan los estudios de prospección del mercado laboral que en las siguientes décadas existirán numerosos puestos de trabajo que hoy ni conocemos. Otros desaparecerán. Será así. Basta con mirar atrás y preguntarnos dónde han quedado los oficios de arriero, fogonero, peón caminero o sereno, entre otros muchos. Del mismo modo, tareas que hoy nos son comunes resultaban insospechadas para nuestros abuelos y abuelas: presentadora de telediario, analista de seguridad, árbitra, astronauta, etc. También es verdad que muchas otras labores, aunque a veces cambien su denominación, permanecen a pesar del paso del tiempo.

 

            Por ejemplo, encargado del dicasterio para el culto divino y la disciplina de los sacramentos del Vaticano. Ni en los mejores servicios de orientación laboral nos advirtieron ni nos advierten todavía de que uno pude llegar a ser algo en un dicasterio, y mira que, por su perdurabilidad, tiene posibilidades el asunto. Bastantes, seguramente. En realidad, lo de dicasterio no es tanto un título personal como un departamento donde, no obstante, alguien trabaja. Y así se nombran desde Juan Pablo II los organismos especializados de la curia romana. Hasta dieciséis dicasterios tengo localizados, los hay para todos los gustos y para todo tipo de vocaciones profesionales, no se deberían desdeñar a la hora de buscar un futuro laboral con posibles.

 

            Lo que vengo a decir es que, así como existen los dicasterios y no tenemos ni idea de ellos, bueno es saber también que hay otros oficios escondidos que no entran en nuestro horizonte ni por lo más remoto. Pero están. Yo tuve un amigo que se dedicaba a exportar puertas a San Petersburgo. Es decir, guiaba el proceso de fábrica a consumidor, entre La Mancha y Rusia. Así de simple. Y en Japón acaba de ponerse de moda, con gran éxito, el profesional de no hacer nada, se limitan a escuchar, comer y acompañar. Y, para los más adictos a la tecnología, cabe dedicarse a fotografiar en bici o a pie para Google Maps o Street View Trekker.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 12 abril 2026

domingo, 5 de abril de 2026

Catecismo

            En tiempos remotos, siendo aún mocosos, el estudio obligado del catecismo no era tanto fuente de luz como alimento del temor. Había pasajes en aquel manual de instrucciones que alentaban un especial desasosiego y que, con el tiempo, se convirtieron muy posiblemente en el estímulo para la incredulidad. Por ejemplo, lo de que Dios estuviese en todas partes. No había escapatoria, era como el ojo del gran hermano que todo lo ve, lo analiza y lo anota, ¿para qué decir los pecados al confesor si todo constaba ya en el inventario divino? Sí, con los años aprendimos a relativizar eso y lo demás y, afortunadamente, dejamos atrás esas servidumbres religiosas.

 

            Sin embargo, el país entero no fue tan espabilado, no lo es todavía al parecer, y aquellas prédicas no sólo permanecen en algún sentido, sino que tienden a extenderse en su representación más teatral. Quizá por eso, por lo teatral, que siempre, sin saberlo, fue muy del gusto popular. Me refiero a la ocupación de nuestras calles a lo largo de los últimos días con un sinfín de catecismos en formato procesión, otra forma de aleccionar, otro modo de explicar que está por todas partes, que es un dios ocupa. Yo, desde la no fe, no conozco otra forma de explicarlo.

 

            Ahora bien, este nuevo catecismo callejero es, sin duda, lo menos religioso que uno pueda contemplar. Responde más bien a otro tipo de catecismo mucho más impío. Me refiero al espectáculo, al jolgorio, a la frivolidad. Lo saben bien los servidores de limonada, quienes, no obstante, se quejarán a la postre de que la semana no les salió como preveían. Lo saben también hoteleros y otros dueños del negocio para estabular viajeros, quienes, no obstante, se quejarán a la postre de que la semana no les salió como preveían. Y lo saben las propias cofradías, las guardianas del catecismo riguroso, cuyos desfiles más parece en muchos casos un ejercicio de exhibicionismo que una auténtica contrición penitente y que, a la postre, se quejarán del mismo mal que sus otros colegas.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 5 abril 2026