Todos somos Ormuz. Me refiero a los humildes, cuya existencia es un estrecho que unos y otros bloquean a conveniencia mientras ensanchan sus cuentas y balances sin piedad. Todo somos Ormuz porque, al cabo, así como a través nuestro viajan mercancías y recursos energéticos, sin los humildes y sin nuestras vidas estrechas nada sería posible, las economías se tambalearían, el comercio se detendría y el mundo en general tendería a la parálisis. Por eso, si fuésemos conscientes del poder de ese Ormuz figurado, no menor que el real, quizá el paisaje sería otro y serían nuestras vidas las que habrían de extenderse. Pensar en esto en vísperas de un nuevo 1º de mayo no es mala idea.
Hubo un tiempo en que atravesar estrechos o doblar cabos era un signo de distinción. Tanto es así que se contaba que aquellos marinos que eran capaces de superar los cabos de Hornos, de Buena Esperanza y Leeuwin conquistaban el derecho a colocarse un aro en la oreja, a no quitarse el sombrero ante el rey y a mear contra el viento. Eran audaces. Todas las conquistas requieren audacia, sobre todo aquellas en las que nos jugamos ensanchar nuestras vidas y las de quienes son nuestros iguales, tengan el origen que tengan, provengan del cabo que provengan y superen en patera el estrecho que hayan de superar. La audacia es el polo opuesto del miedo. Por eso precisamente quienes bloquean estrechos lo que hacen es sembrar miedo para combatir nuestro coraje y domesticarnos. Tanto da el imperio del que hablemos.
Miremos, pues, a Ormuz como quien se mira al espejo y se fija un propósito para el futuro y se niega a la resignación. Ormuz estaba ahí mucho antes de que llegasen los petroleros, antes de que cayesen las bombas, antes de que se diseminaran las minas, antes de que el caos fuera el orden. Y así será después. Volvamos a ser navegantes de nuestro propio destino y no consintamos que los criminales perturben el rumbo de los humildes, que es el rumbo de la humanidad. Honremos de ese modo el Día del Trabajo.

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