Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 15 de febrero de 2026

Infamia

            Llevamos lo poco que va de este año navegando por el diccionario detrás de las palabras que nos expliquen mínimamente esta época extraña y sus maneras tan burdas como peligrosas. Por esos hemos hablado aquí de juegos, de anomalías, de desconfianzas y lo hacemos hoy de infamias. La infamia, como sabemos, es una vileza, una maldad, algo que desacredita y deshonra. Definir este periodo histórico como infame es constatar el fracaso de la educación, de la cultura y de las normas sociales de los años precedentes. No se puede explicar de otro modo. Porque si algo persiguen (o perseguían) precisamente educación, cultura y normas es acabar con la infamia.

 

            Cómo describir, si no es como algo despreciable, buena parte de nuestro entorno político y sus acciones, desde el Ventorro a Mineápolis, desde Móstoles a la franja de Gaza, desde el Dombás ucraniano hasta el incendio de Las Médulas. Todo eso es el testimonio del fracaso de la Ilustración y de sus ecos. Ni siquiera se trata de un despotismo ilustrado, sino de un caciquismo o imperialismo, según casos, zafio, maleducado y repelente. Y el verdadero problema no son tanto los protagonistas de esa mala película, sino el coro que la aplaude, la canta y la respalda en sus diversas expresiones. Ése es el fracaso social y político.

 

            Cabe preguntarse si tiene algún remedio la infamia y la respuesta es que no al menos desde su opuesto, es decir, desde la bondad. El mal sabe que los demás no somos capaces de llegar a esos extremos donde él se mueve y por eso prevalece. No quiero decir que todos debamos ser infames, pero sí mucho más sagaces a la hora de denunciarlo y de enfrentarlo. Para empezar, nombrándolo como tal y retratándolo en la medida de lo posible. En esta columna, por ejemplo, y en otras tribunas y atalayas hasta que su sola visión se haga insoportable. No contemporizando, no normalizando lo que es sencillamente anormal. Esa tibieza propia de cascos azules engreídos acaba causando tanto daño como la mayor de las iniquidades.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 15 febrero 2026

domingo, 8 de febrero de 2026

Desconfianza

            Sabemos que confiar significa creer firmemente en la bondad o la calidad de alguien o algo. La confianza es una cualidad que se gana o se merece y por eso mismo otorga seguridad, incluso en uno mismo. La desconfianza, en cambio, viene sola, aparece, no exige ningún impulso y, por el contrario, cuando es empujada por terceros se desboca con extrema facilidad. La confianza construye, la desconfianza enferma.

 

            El diagnóstico sobre el estado actual de nuestras sociedades viene a concluir, no sin excesos ni desviaciones, que padecen un preocupante estado de serias desconfianzas más o menos generalizadas. Tanto es así que, según encuestas no se sabe si bien intencionadas, la institución que al parecer mayor confianza nos inspira son las policías. Cualquier otra es mirada de reojo. No diré que sin razones para ello, aunque puedan cuestionarse muchas de ellas, máxime cuando esas mismas sociedades se cuecen en un caldo deliberadamente contaminado que conduce hacia la ofuscación. El resultado de todo eso, si nos falla lo material, es la tendencia hoy constatada hacia lo intangible. O, de otra manera, cuando la razón se desvanece es sustituida de inmediato por la emoción. A algo hay que agarrarse.

 

            Y ahí estamos, en medio de la desconfianza, en medio de ese coro creciente de devociones, vocaciones, clausuras, belorados, monjas místicas, banderas, himnos, villancicos, asambleas laico-religiosas, homilías, influencers, predicadores, espiritualidades, rosalías, hakunas, apariciones, creencias… Y todo se resuelve, ya que estamos en puertas de la gala cinematográfica española por excelencia, en la rivalidad entre dos películas para no confiar: Los domingos frente a Sirât. Tanto me da la una que la otra, son dos ejemplos de una misma evasión, dos negativas de la razón al modo nietzscheano: dios ha muerto, viva dios. En un caso a través de la fe más estricta, en el otro a través de la rave más disparatada. Al menos, la banda sonora de la segunda es absorbente hasta el agotamiento total.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 8 febrero 2026

domingo, 1 de febrero de 2026

Anomalía

            Hablamos de anomalía cuando nos referimos a algo que se aparta de lo normal o habitual. Bajo esa sencilla definición, será fácil coincidir en que nuestro presente, este momento histórico, es anómalo en un doble sentido, bien porque viene a romper con una evolución digamos que progresiva de la humanidad, bien porque para otros persigue combatir una anomalía precedente y restituir un orden antiguo.

 

            El fascismo es una anomalía, por más que repetida y dolorosa siempre, al menos desde que fuimos conscientes, con Vigotsky, de que no evoluciona únicamente la especie que mejor se adapta, según Darwin, sino la que más colabora. No sólo sobreviven los más fuertes, sino los que más cooperan. La fuerza del individuo frente al vigor de la sociedad. En esos términos se referirán los historiadores dentro de cien años, cuanto todos estemos calvos, a esta época turbia que nos toca vivir y padecer. Y también combatirla mientras tengamos pelo. Una aberración, sentenciarán.

 

            Por su parte, los fascistas enseñoreados se aúpan y crecen sobre lo que consideran desviaciones imperdonables: la mayor igualdad aunque leve de las mujeres, el cuestionamiento del patriarcado, el reconocimiento y ejercicio de la diversidad, la universalidad cultural y el crecimiento de lo otro, el pensamiento abierto y la participación democrática. Superado un tiempo de conquistas en esos terrenos, surge la reacción amparada sobre todo en los laberintos digitales, en la exaltación del miedo y en un individualismo torcido. Ejemplos, al menos estos dos últimos, de evidentes anormalidades.

 

            Pero qué combatir, se preguntarán algunos, para romper con lo anómalo y respirar. Cuatro cuestiones son el eje fundamental de la pelea: la desigualdad, la precariedad, la superficialidad y la pérdida de intimidad. En esos cuatro campos se juega el futuro y, parafraseando a Warren Buffet, parece que vamos perdiendo. Cualquier pensamiento, cualquier decisión, cualquier acción compartida en esas materias serán decisivas e inaplazables.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 1 febrero 2026

domingo, 25 de enero de 2026

Orgasmo

            Hay noticias e informaciones sobre las que conviene abstenerse de opinar en esta tribuna porque pienso que muchos otros artículos, antes que el mío, entrarán en ellas desde cualquiera de sus ángulos. Aparentemente lo merecen. Pero, cuando tal cosa no sucede, no se sabe bien por qué causa, parece oportuno desandar el tiempo, volver a los orígenes del asunto y recuperar lo que de jugoso podrían esconder esas noticias e informaciones.

 

            Ocurrió que mediado el presente mes los medios se hicieron eco de un denominado “Estudio sobre hábitos sexuales”, elaborado curiosamente por una empresa de artículos para el sexo. Según los datos en él recogidos, la provincia española donde menos se alcanza el orgasmo en pareja es León: un 68,6% de ocasiones. Por el contrario, dos de las más triunfadoras se encuentran en nuestra misma comunidad, lo que descarta que se trate de una discriminación territorial más: Segovia y Ávila, con un 80,4% y un 83,3% respectivamente. La media en el país es del 75,4%.

 

            Sea como sea, he ahí un agravio más para estas tierras tan poco lujuriosas. Hipótesis al respecto podrían lanzarse a cientos, siempre y cuando el dichoso informe nos merezca algo de estima, que nunca se sabe lo que persiguen esos estudios ni quién es la mano ejecutora. Pero, ya puestos, no descartaremos, para empezar, las malas digestiones que producen botillos y cocidos maragatos frente al poder libidinoso de las yemas de Santa Teresa o del ponche segoviano. Nada más a mano que la gastronomía para explicar el éxito o el fracaso sexual. O la geografía: pensemos que las montañas del norte siempre fueron austeras en sus formas, mientras que las del sur, Gredos o Guadarrama, conservan aún el eco de aquellas serranas a las que cantaban el Marqués de Santillana o el Arcipreste de Hita. O por qué no pensar como explicación en el peso de tanto pendón eréctil que acaba por dejarle a uno verdaderamente fláccido. En fin, queda el consuelo de que Valladolid está también por debajo de la media nacional.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 25 enero 2026

domingo, 18 de enero de 2026

Antepasados

            Tiene interés la genealogía, indagar en nuestra ascendencia personal o familiar. Incluso en nuestra ascendencia colectiva de pueblo, de ciudad, de territorio. Esto da bastante juego no sólo a historiadores propiamente dichos, sino también a numerosas personas aficionadas al realismo mágico, esa corriente literaria que fusiona, a veces con éxito, realidad y fantasía. Las tierras leonesas son muy de este género.

 

            Sin despreciar cuanto detrás hay de leyenda o de labor de investigación, lo último que hemos conocido es que la Santa Teresa tuvo por cuna la comarca de La Cepeda, tal y como nos cuenta Antonio Natal en un libro más que documentado. Lo mismo que hicieron en su día Gregorio Fernández Castañón y otros al referirse al origen leonés de Miguel de Cervantes y de algunas de las peripecias de su Quijote. O el atrevimiento de la profesora Margarita Torres al situar en la basílica leonesa de San Isidoro la residencia del Santo Grial. Así mismo, las historias que me contaba un viejo conocido acerca de los paseos de Hermes Trismegisto por la antigua ciudad romana de Lancia, allá sobre el alcor que domina las vegas del Porma y del Esla. Y, en fin, a fuerza de lucirlo de modo casi omnipresente por estos lares, cualquiera dirá un día que Gaudí era de León de toda la vida. O de Astorga, que no se sabe bien.

 

            Esto es común en las tierras leonesas, más común cuanto más se persigue cierto germen sobresaliente que dé sentido a un futuro que se desearía glorioso. Más o menos como muchas gentes desean hoy repetir un pasado supuestamente feliz que nunca existió en verdad y por eso se dejan ir en brazos de la melancolía. Lo leonés, aunque no exento de su correspondiente dosis de frustración, disfruta al menos de cierta ingenuidad sana frente a la acidez de otras añoranzas. Sobre esos ideales enfermos se levantan patrias.

 

            Todos, menos Javier Krahe o León Felipe, hemos perseguido para nada un antepasado eminente. Quizá, como ellos, debiéramos mejor conformarnos para evitar toda vanidad.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 18 enero 2026

domingo, 11 de enero de 2026

Aniversarios

            Un amigo gallego colgó en su muro de Facebook la imagen de dos discos fundamentales para muchos de nosotros: “Barcelona. Gener de 1976”, de Lluis Llach, y “El recital de Madrid”, de Raimon. Ambos aparecieron en nuestras vidas en aquel año 1976, hace cincuenta años. Parece un eco del cincuentenario anclado en 2025 cuando lo recordado fue la muerte del dictador y la entrada en un tiempo nuevo. Pero no, no es un eco, ni mucho menos, es una cuenta más en el rosario que se sucederá a partir de ahora porque, para quienes superamos la cincuentena, todo o casi todo empezó a ocurrir hace eso, cincuenta años.

 

            El vicio de los aniversarios tiene sentido por lo general cuando se supera esa frontera en la edad, es decir, cuando se cuenta con una perspectiva suficiente para juzgar si merece la pena o no rememorar lo vivido. En definitiva, cuando se cumplen cincuenta años uno ya ha hecho historia, porque en ese mismo límite se sitúa, aunque sea discutible, el umbral para considerar que un documento es precisamente histórico y como tal se cataloga en los archivos. Y nadie lo dude, llegados a ese punto, todos hemos construido historia: la personal tiene tanto valor como la colectiva o como la que se conserva en museos. Lo que importa es si mereció la pena. Ese afán y esa conciencia nos hacen históricos. Es otro deber más de ciudadanía del que no se debiera dimitir.

 

            Así, con humildad, construimos nuestra propia mitología saltando de conmemoración en conmemoración, no sólo dejándonos llevar por cuanto se nos es impuesto, como los 900 años de la muerte de la reina Urraca o los cien de la de Gaudí, a cuyos recuerdos se entrega a lo largo del año presente la oficialidad de la ciudad donde vivo, tan dada a la grandilocuencia. No, me refiero a cosas más corrientes pero cargadas por igual de significado, como esas canciones que compartimos y que se han convertido en una seña generacional tan importante como los más notables acontecimientos. Ignorar esto sería menospreciarnos a nosotros mismos.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 11 enero 2026

domingo, 4 de enero de 2026

Juegos

            “Mientras Europa juega al ajedrez, ellos juegan al póker”. Esto escribía hace unos días en un diario nacional la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán. Se refería a las tremendas desigualdades, con sus consecuencias, entre las políticas, los procedimientos y la cultura de la Unión Europea frente a los modos de los sátrapas del mundo actual, esto es, Trump, Putin, Xi Jinping, Netanyahu y otros por el estilo. Es un pensamiento más que lúcido, por eso conviene reproducirlo y extenderlo para animar aún más pensamiento en otros lectores, los de este mismo periódico, pero también para ampliar su universo, o acercarlo, según se mire, a una realidad que nos perturba. Se puede aplicar a nuestro estar general.

 

            El antecedente del ajedrez nos lleva a la India en el siglo VI. Mutó por primera vez en Persia y desde allí, tras la conquista de los árabes y a través también del imperio bizantino, llegó y se desarrolló en Europa durante el siglo XV con el formato que hoy conocemos. Por su parte el póker tiene un origen mucho más indefinido, lejano también seguramente, si bien las primeras descripciones del juego nos llegan desde Nueva Orleans en 1829, hace menos y nada en verdad. Quiere ello decir que está por verse la perdurabilidad de este juego frente al anterior, cuya cualidad imperecedera parece más que demostrada, no sólo por longevo sino por su capacidad para superar las fronteras temporales de todos los imperios. Esto nos permite ser optimistas.

 

            Es verdad que en el ahora no es fácil serlo, pero nunca debemos ignorar la dimensión histórica del ser humano: si fuimos capaces de evolucionar desde Atapuerca hasta Altamira, y no sólo en el nombre, el sentido progresivo resulta ciertamente indiscutible. Sobre esa convicción es desde donde hay que reconstruir el pensamiento, nunca desde el desánimo, y llegar después a la acción. Como en una partida de ajedrez. En el horizonte están el tablero, no el tapete, y el gambito de dama, no el farol. Aunque nos debamos preparar para sufrir.

 

 Publicado en La Nueva Crónica, 4 enero 2026