¿Cuánto tardará la Unión Europea en racionar la gasolina y cuánto en que surja en España un mercado negro con ese combustible? Ningún gobierno en su sano juicio se atrevería, en medio de la actual crisis bélica y energética, a aventurar semejante escenario. Provocaría una alarma social notable, una contestación reaccionaria posiblemente violenta y una bronca entre partidos que empequeñecería todas las precedentes, si esto es aún posible. Pero sí se puede escribir en una columna periodística, aun a riesgo de que a uno lo califiquen de apocalíptico.
En consonancia con ello, la siguiente pregunta puede ser: ¿no es una forma de apocalipsis lo que se vive en Oriente Medio, desde Gaza hasta Irán y desde Beirut hasta el Valle de la Becá? Diremos más: ¿no lo es acaso el asedio imperial de Rusia sobre Ucrania, el secuestro de un presidente venezolano o el estrangulamiento de Cuba? ¿Y qué sucede en África, qué ocurre entre Pakistán y Afganistán, y entre Camboya y Tailandia? Todo eso sin entrar en pormenores internos de numerosos países donde el respeto a los derechos desapareció ya hace mucho tiempo.
No, no es apocalíptica la hipótesis lanzada líneas arriba, sino una posibilidad más que verosímil si repasamos el mapa y observamos cómo actúan los bárbaros gobernantes del planeta y sus formas de proceder. Conforme a ello, la pregunta que surge es simple: ¿qué podemos hacer frente a ese desbarajuste ciudadanos y ciudadanas corrientes? Vivir, sobre todo vivir, de eso no hay duda, procurar vivir siendo conscientes de que todo esto no es una plaga apocalíptica, aunque sí una malísima pandemia, creo que se entiende la diferencia. Del apocalipsis no se sale, de las pandemias sí. Y se sale por vía política y por la vía, seguramente, del decrecimiento. Quizá haya que gastar menos en gasolina, sí, menos en aviones turísticos, en cruceros, en rallys, en excursiones, en manifestaciones con tractores, en ferias domingueras, en caravanas penitentes… y en todas esas cosas que andan sobrando.

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