“¡Ay, ojos, los mis ojos! (…) Ojos, por vuestra vista me habéis llegado a perder”. De esta forma se quejaba de su destino sentimental desdichado, de uno de sus destinos sentimentales, el muy cascabelero Arcipreste de Hita en un pasaje del Libro de Buen Amor. Y, como en su caso, mucho han dado de sí los ojos y su universo en materia poética y pasional. Hay ejemplos más que notables en esas artes de mirar y de escribir.
Sin embargo, no creo que sea ésa la causa que pueda explicar el actual esplendor del negocio de las ópticas. Seguramente, todo es más prosaico. No creo yo que nuestros males de amores, que no son más abundantes que en cualquier otra época, se corrijan por la vía de los optómetros o por la aplicación de unas lentes de contacto. Si acaso, no sé, ayudarán más unas buenas lentes bifocales. Sea como fuere, no deja de resultar asombroso que en la ciudad donde vivo, en su calle principal, en 450 metros de avenida, haya hoy nueve establecimientos para estos menesteres más uno a la espera. Y, si ampliamos el foco a calles adyacente, el número supera entonces la docena. Mucha miopía hay que corregir, mucha más que dolores románticos.
Lo que desconozco también es si en esos establecimientos sería posible corregir las miradas. En muchos casos, nuestro problema no es el de unos ojos enfermos, sino el de una mirada torcida, equivocada, contemplativa, torpe, indiscreta o invasiva. Y lo peor de todo es el trastorno que a veces nos provoca confundir nuestra mirada con la realidad y pretender que lo que vemos o queremos ver sea lo que ha de ver la humanidad entera. Esta es una enfermedad muy común, para la que no sé si existe tratamiento. Me temo que no.
En fin, casi todos nos hemos perdido alguna vez por unos ojos. Incluso algunas miradas lascivas también nos han descolocado. Y qué decir de un parpadeo en el momento adecuado. Es éste, como se ve, un campo semántico abrasador. Así que sí, tal vez en esos negocios debiera comercializarse algún tipo de remedio al efecto.

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