Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 28 de junio de 2026

Manzanero

            Estaba a punto de concluir el concierto, andábamos ya por los bises, cuando la cantante francesa Zaz se arrancó con un bolero: “La otra tarde vi llover” de Armando Manzanero. Y casi fue el acabose, a no ser porque el remate de todo, como no podía ser de otra forma, lo protagonizó una interpretación desparramada y jovial de su canción más popular: “Je veux”.

 

            Pero nos interesa lo del bolero y la pervivencia de ese cantable del compositor mejicano, la superación de las barreras temporales y estilísticas y la apropiación universal del mismo. Nos interesa más todavía a la luz del vértigo de la creación y difusión musical en estos tiempos de fugacidad y de consumo más que acelerado, cuando diariamente, por poner un ejemplo, se suben a plataformas de streaming como Spotify aproximadamente 120.000 canciones, unas 83 por minuto. Por no mencionar lo que la IA va colonizando.

 

            ¿Cuándo una canción, una película, un libro adquieren la condición de lo clásico? Evidentemente cuando perduran casi sin tacha, pero no como una reliquia ni como arqueología sentimental, sino cuando su audición, su visión o su lectura gozan de la frescura primera o, incluso, cuando se reinterpretan con plena vigencia a la luz de las nuevas actualidades. Si Rosalía recrea, y todos nos conmovemos, la canción de Los Chunguitos que identificamos con una película de Carlos Saura, eso quiere decir que no estamos ante algo efímero, con independencia de la gloriosa versión que quiso regalarnos esa cantante a veces un tanto desperdiciada. No, el “Me quedo contigo” es ya para siempre nutriente esencial de la cultura.

 

            La canción de Manzanero no es otra cosa que el reflejo de un estado de soledad absoluto y total, como él mismo la definió. Por lo tanto, es un estado perenne, creciente tal vez, inmarchitable. A la par, es simple, no necesita mayores consideraciones y se percibe desde la epidermis. Por último, su interpretación, sea la del autor o la de Zaz, es absolutamente emocionante y sensible. Sólo queda rendirse.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 28 junio 2026

domingo, 21 de junio de 2026

Cuevas

            Confieso que no me gustó el concierto de Rodrigo Cuevas de la pasada semana. Al menos lo que vi del concierto porque abandoné el recinto mediada la sesión. Quizá me perdí lo mejor, no sé, hay quien ha derramado elogios para el artista. Y no digo que no los merezca, no digo que no se deban reconocer sus méritos musicales e incluso su mensaje en defensa de la diversidad. Pero, francamente, sus intervenciones entre canción y canción me parecieron demasiado burdas y un tanto cansinas. Aunque lo que en verdad me irritó fue el espacio elegido para un concierto titulado “La belleza”, su incomodidad, sus condiciones nada amables, el desaliño del entorno, una chatarrería. Sabrá el artista y sabrán sus representantes el porqué de esa elección, pero a mí me acabó de matar.

 

            Curiosamente, otra forma estética de matar sobrevino al día siguiente con la toma de posesión del nuevo-viejo gobierno de Castilla y León. No era una cueva, era la caverna, y no platónica precisamente. Ofendía el boato, algunos trajes de boda, la carpa estilo palio gigante, las biblias, los tapices… por no entrar en los discursos. En especial, el muy entusiasta discurso del Presidente y el muy ofensivo del Consejero de Cultura. Vino éste a decir que había que “desideologizar” la cultura, lo que traducido históricamente es la misma frase que erróneamente se atribuye a Goebbels: “cuando oigo la palabra cultura saco la pistola”. Sabemos que no fue él el autor de tan elevado pensamiento, sino un dramaturgo alemán no menos nazi que el Ministro para la ilustración pública y propaganda del Tercer Reich. Así que todo se andará.

 

            Son importantes los escenarios y comunican. La cueva de Cuevas fue más que inapropiada, como hemos dicho, para presumir de belleza y para disfrutar de los elementos menos bailables de la actuación. La caverna del Gobierno fue puro significante de lo que se puede esperar en este próximo ciclo político, un mucho de apariencia, vieja en todo caso, y un poco de gestión prehistórica. No da para más.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 21 junio 2026

domingo, 14 de junio de 2026

Compañías


            Las estadísticas del Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 han confirmado con cifras lo que ya era una evidencia: en España hay más de quince millones de animales de compañía. Casi la mitad de ellos son del tipo perro, les siguen los del tipo gato y muy por detrás un sinfín de animalitos del tipo conejos, aves, tortugas, otros reptiles… Todo un zoológico doméstico en gran medida urbano.

 

            Esa es una de las curiosidades del asunto: cuanto más se concentran las personas en las ciudades y mayores son las dificultades para la movilidad en ellas de cualquier ser vivo, más crece el número de mascotas. O animales de compañía, dicho con mayor corrección. Es decir, que los animales en cuestión, que solían andar libres como la burra del guarda por campos, pajares y montes, viven hoy encerrados en pisos como dios manda. Para hacer compañía a sus dilectos dueños y dueñas, que cumplen también con esa misma regla. Todos bien acompañados.

 

            Confesaré aquí que yo siempre quise tener un lince, pero resulta bastante complicado. No sólo porque es una especie protegida, sino porque, además, salieron corretones y no hay quien los sujete en ningún redil. Tanto es así que en el último año más de 200 han sido atropellados, el 78% del total de la mortalidad de esa especie. Se verá que también los linces tienen serios problemas de movilidad. Pero esta cifra no produce alarma, quizá porque no se trata de animales de compañía, quizá porque ellos se lo han buscado a base de correrías y por no hacer uso de los pasos de cebra como los bichos estabulados en las ciudades.

 

            Celebraremos, no obstante, que crece el número de linces en España y llega ya a los 2.633 ejemplares. Incluso se sabe que uno de ellos se ha instalado en la comunidad de Madrid, se llama Uraclio y anda buscando pareja y piso. Sinceramente, lo va a tener complicado, para lo uno y para lo otro, salvo que alguien, disparatado como un servidor, lo asimile a los animales de compañía, le eche un lazo y le proponga amores.


Publicado en La Nueva Crónica, 14 junio 2026

domingo, 7 de junio de 2026

Extraterrestres

            Me asaltó la noticia de que la Casa Blanca, cada vez más oscura, había lanzado una web sobre extraterrestres, en la que identifica a estos seres del más allá con personas migrantes. En ella se afirma que los seres de otros mundos están ya entre nosotros. Me quedé pensando y cambié de cadena. Retransmitían la final de la Liga de Campeones de fútbol. Y, claro, empecé a ver extraterrestres.

            Para empezar, el locutor encargado de la retransmisión se expresaba en una lengua extraña y repetía constantemente que estábamos viendo la final de la championlí. En el terreno de juego corrían y saltaban algunos seres singulares, al menos poco comunes, nada habituales en mi barrio. Por ejemplo, un portero rubio vestido de verde de arriba abajo, como un paje del siglo XVI, un árbitro con micro incorporado o un entrenador gesticulante y bailarín. Me fijé en el público. A pesar de que todos parecían tener pasaporte francés o británico y varias generaciones de ancestros puros y cristianos en algún sentido, sus expresiones, sus gritos, sus indumentarias, sus abrazos y cortes de mangas, sus formas de estar en general, todo en ellos, sobre todo ellos, les mostraba como verdaderos alienígenas. Y, en fin, cuando la euforia estalló en París y hubo disturbios y detenciones y caos, supe que sí, definitivamente, la web del gobierno estadounidense tenía razón, aunque errara el objetivo.

            A la mañana siguiente paseé por las calles de mi barrio. Me encontré con gentes diversas, con lenguas diferentes, con indumentarias distintas, pero no había estrépito. En la terraza del bar de la esquina convivían gentes de todo origen, condición o edad, contentas de sentarse al fresco en un día de calor. En el centro de salud no había ancianitas pisoteadas por extranjeros para adelantarlas en la cola de la consulta y en el patio del colegio jugaban juntos niños y niñas de todo tipo sin mayor complicación y sin miedo. Concluí que en mi barrio no hay extraterrestres, sino gente corriente. Y regresé a casa tranquilo. 

 Publicado en La Nueva Crónica, 7 junio 2026