Tal
y como ocurriera algo más de una década atrás, la palabra crisis ha vuelto a
situarse en el núcleo de nuestra existencia. Con diferencias respecto a
entonces, es cierto: nada relacionado con la salud pública hubo en aquellos tiempos
salvo en lo que se refiere a las consecuencias vía recortes. En cualquier caso,
por más que pudiéramos considerarlo casi un estado permanente en el ser humano
y su entorno, cada vez que una crisis se asoma y se le concede escenario algo
se tambalea. Conviene, pues, explorar el término.
En
las actuales circunstancias no deberíamos olvidar el parentesco que los griegos
clásicos otorgaron al término crisis
con crítica, que significa análisis o
estudio de algo para emitir un juicio, y también con criterio, que es razonamiento adecuado. La crisis nos obliga a
pensar y, en consecuencia, produce análisis y reflexión para poder cambiar el
mundo, nunca para repetirlo miméticamente considerando que cualquier tiempo
pasado fue mejor. Craso error el de aquellos que simplifican ese amplio
contexto crítico y craso también el de quienes nos siguen hablando del retorno
al punto de partida. Aunque más imperdonable es todavía, por su repercusión
social, el papel de aquellos gobernantes e intelectuales que se niegan a la
evolución y dictan leyes o preceptos que huelen a moho y suenan a evasiva. El
compromiso sólo es inherente a quienes quieren ver; lo opuesto se llama
necedad.
De
las palabras no vivimos, es verdad, pero nos alimentan, aunque su uso torcido
nos conduce a falsas ensoñaciones o a noticias falsas directamente. Y por eso
unas y otras, alucinaciones y mentiras, se combaten con criterio y con crítica.
Todo ello es pensamiento al cabo, lo que deberá situarnos al fin en la posición
adecuada para la toma de decisiones, que es el primer significado de aquel
viejo vocablo griego, “krisis”, decisión.
De modo que, visto así, no debiéramos abominar tanto de la crisis, de ésta o de
otras, sino explotar sus significados más provechosos para progresar.
Publicado en La Nueva Crónica, 10 mayo 2020
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