Blog de Ignacio Fernández

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domingo, 4 de octubre de 2020

Alarma

 

             Lo dejaremos sentado de entrada: me incomoda esa expresión de combate tan poco adecuada a los tiempos y tan impropia en su significado para aquello a lo que trata de atender. Prefiero sin dudarlo la fórmula portuguesa del estado de calamidade pública o cualquier otra adoptada en los países del entorno, es decir, estado de emergencia sanitaria o similares.

 

            Digamos, no obstante, que lo que me alarma no es tanto el estado de alarma como la alarma del estado y de otras multinacionales del poder oscuro. Esto sí que genera inquietud. Era algo ya bastante común, alimentar miedos, pero la situación presente, absolutamente inesperada, ha venido a avivar esa estrategia de un modo ya insoportable. No sólo porque el proceder del Estado y de sus representantes en las tierras de España sea ya de por sí inquietante ahora y en la hora de nuestra muerte amén, sino porque, frente a la improvisación primero y a la incompetencia después, se descubre una utilización vil de los temores para, como siempre, provocar parálisis y sumisión. Está muy claro que eso no tiene nada que ver con la enfermedad.

 

            Como tampoco esa fiebre inventada de las ocupaciones a diestro y siniestro que solo viene, curiosamente, a motivar desconfianza y vender alarmas. Me refiero a esos instrumentos que suenan. Creamos la necesidad y ofrecemos el producto: negocio redondo. Y lo mismo sucede con decenas de artilugios fruto del imperialismo tecnológico que compramos porque se nos incita a ello hasta descubrir que no sirven para nada o que para ese viaje no hacía falta tanto plástico. De hecho, muchos de esos artilugios tienen bastante relación con inseguridades creadas: el contador de pasos, que te obliga a marcar 10.000 huellas diarias si no quieres ser un ejemplo insano para la humanidad, y otras tantas tonterías del mismo estilo.

 

            En suma, sólo he conocido a lo largo de los años un único ejemplo de buena alarma, la de aquel grupo que así se llamaba: “soy un extraño en el paraíso, estoy ardiendo y siento frío, frío”.

 

Publicdo en La Nueva Crónica, 4 octubre 2020

2 comentarios:

  1. Se agradece leer en estos tiempos un artículo que recuerde la buena música de Alarma.En medio de tantas cifras y tan poca intimidad un gusto recordar aquel frío de Manolo Tena..y si. esto es 'el delirio y la confusión.'.A ver si vienen tiempos mejores...

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  2. Me gusta su artículo. Nada que añadir. Fdo.: Propietaria de artilugios.

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