A pesar de sus palabras malditas, no hay duda de que el lenguaje de la medicina tiene algo poético. Sobre todo cuando se aleja de la terminología estrictamente científica. De ese modo, cuando abandona los terrenos adustos y poco comprensibles para quienes somos simplemente enfermos, sus expresiones resultan mucho más amables. Convendrán conmigo que no es lo mismo que a uno le aparezca un ovillo en la mácula que una neovascularización coroidea. Del mismo modo, un oftalmólogo decidió limpiarme las perlas que se habían depositado en la lente intraocular cuando yo me quejaba burdamente de una visión borrosa. La poesía surge a poco que se ponga interés y se goce de un mínimo estilo.
Desde luego, cuando me anunciaron lo del ovillo, en lugar de preocupación me surgió un torrente de referencias inesperadas que casi ya ni salen a la luz ni asoman en la memoria. En particular lo de aquellos ovillos de todo tipo que uno se encontraba en las viejas casas familiares. Ovillos de lana, por supuesto, pero también de lino, de cáñamo, de hilo de algodón, de trapillo y de fibras diversas. Todo ello amontonado en aquellas cajas metálicas que fueron, sin duda, el mayor éxito publicitario de una marca de cacao en polvo. En su interior descansaban, sí, los ovillos y numerosos otros materiales para la costura, una especie de cofre del tesoro donde sólo las manos de las madres encontraban, sin revolver demasiado, lo que perseguían en cada momento. Recordarlo y pensar en ello es nostalgia constructiva.
El caso es que tirando del ovillo real y del sanitario acabé viéndome a mí mismo en el hospital, hace décadas, a causa de un desprendimiento de retina. Me visitó una tía mía mientras estaba ingresado y con absoluta candidez sentenció: entonces, si se te desprendió la retina y se te cayó, la encontraste para que la volvieran a colocar. En eso consistía el proceso. Y en eso consiste también la literatura: hay ficciones que nos ofrece la vida adonde nunca llegará ni la escritura más fantástica.

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