Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

jueves, 8 de febrero de 2001

La sentencia

    Así como a determinadas castas se les presupone el valor, si una cualidad debe resultar absolutamente imprescindible en la acción sindical no es otra que la perseverancia. Teniendo en cuenta que los procesos históricos y las conquistas en las condiciones laborales son asuntos del largo plazo, que numerosos son los obstáculos que el pensamiento conservador dispone y que, en suma, la percepción social es amiga de lo inmediato, muy pocos retos pueden ser afrontados en el ámbito sindical con cierta perspectiva de éxito si no se cumple como condición necesaria e irrenunciable la constancia.
 
    La reciente sentencia de la Audiencia Nacional que anula la congelación salarial padecida por los empleados públicos en 1997, además de una demostración de eficacia de nuestros servicios jurídicos, pone de manifiesto la tenacidad de la Federación de Enseñanza de CCOO a la hora de perseguir a través de las más diversas formas cuanto es de justicia para los trabajadores y trabajadoras de este sector y, por extensión, de toda el área pública y de otras ramas. Porque es necesario combatir la fragilidad de la memoria y no olvidar que este desenlace judicial no surge de la nada ni puede entenderse sin un análisis más amplio del proceso que desembocó precisamente en las salas de justicia. Está claro que sólo en muy último término, al menos desde nuestros planteamientos, el arbitrio judicial se convierte en mecanismo al que recurrir, y ello sólo sucede cuando en verdad cualquier otra vía de entendimiento o de presión han resultado, no por nuestra parte, insuficientes.
 
    La estrategia que combina movilización y negociación cobró especial vitalidad en la primera mitad de los años 90 cuando, a consecuencia de otra congelación salarial caída sobre el sector público de este país, las medidas de presión promovidas por las organizaciones sindicales y secundadas por los trabajadores condujeron a un acuerdo, que aseguraba paz en ese ámbito y garantizaba un incremento digno en las retribuciones para el cuatrienio 1994-97. El desprecio por parte del Gobierno del Partido Popular de aquel pacto sostenido por la Ley 7/90 fue lo que, en un ejemplo de perseverancia, animó a la Federación de Enseñanza de CCOO a concentrar su esfuerzo en el laberinto de la justicia convencidos de la razón que nos asistía y reforzados por la doctrina de la Organización Internacional del Trabajo; y sólo ahora, cuando ya muchos no somos capaces de reconocer los lazos que unen a través de tan dilatado periodo de tiempo unos y otros hechos, se produce de nuevo la luz sobre una reivindicación luchada, conseguida, ignorada y, finalmente, resucitada por vía de una sentencia.
 
    Revisar en estos momentos ese recorrido no es una cuestión vana. Muy al contrario, asistimos a un segundo capítulo de desprecio, soberbia e insensatez protagonizado por el Gobierno, con su pirotecnia verbal y recursos improcedentes en lugar de acatar el fallo y negociar razonablemente el saldo de la deuda con sus empleados. Así que, frente a ello, una vez más la estrategia de movilización y negociación vuelve a retroalimentarse con mayor fundamento si cabe, desde luego en este caso sin ninguna excusa u olvido que maquille comportamientos abandonistas o desertores. En los meses finales del año 2000, los empleados públicos fuimos nuevamente convocados a defender el derecho a la negociación colectiva entre otros asuntos no menos importantes; en ese momento algunos compañeros y compañeras, comprensiblemente desfondados unos en cuanto a la eficacia de la huelga, simplemente olvidadizos o cómplices del poder otros, fueron derrotados por la duda o por la sumisión. Pues bien, refrescar ahora las claves que llevan de la movilización de 1993 a la sentencia de 2001 -ocho años que con toda seguridad nos han cambiado tanto- debe permitirnos recuperar la conciencia sobre el valor de las medidas que los trabajadores tenemos a mano para alcanzar mejoras en las condiciones de nuestro trabajo, aunque a veces sus efectos se cosechen con tanta tardanza; y debe convencernos además de que las acciones de presión que se anuncian para este año 2001 como prolongación de la huelga del pasado 14 de diciembre, puesto que acabarán dando fruto, han de ser secundadas por todos con la misma firmeza y tesón que la Federación de Enseñanza de CCOO ha demostrado durante la larga travesía y que, como decíamos al principio, evidencian que contamos con la cualidad fundamental para avanzar en las reivindicaciones de los trabajadores y trabajadoras, ya en la consecución de acuerdos, ya en la gestión más discreta y tenaz.

 

jueves, 26 de octubre de 2000

Recreo, calendario, jornada: una falsa polémica educativa

    A nadie debería despistar, a poco que se proceda con rigor y se analice la realidad con un mínimo de sentido global, que no existe maniobra más burda, a la hora de desviar la atención de la opinión pública sobre asuntos de verdadero interés general, que centrar aquélla sobre los aditamentos en lugar de promover debates serios sobre cuanto sí resulta nuclear. Por ello no deja de ser sorprendente que en este comienzo de curso escolar el objetivo de las polémicas haya girado -y continúe haciéndolo sin aportar nada realmente nuevo o con significado sustancial- en torno a aspectos que inciden sólo y con facilidad sobre sensibilidades epidérmicas del hecho educativo, mientras que se eluden con evidente intención otros sobre los que en verdad gravita el presente y el futuro de la educación en nuestro país.
 
    Por lo que parece, a pocos nos preocupa en estos momentos la financiación de la enseñanza o el proceso de fragmentación -y con ello la creación de desigualdades- que sufre el sistema educativo, administrado de forma inconexa por diecisiete comunidades autónomas y un ministerio autista. Poco o nada se ha oído en fechas recientes acerca del desmantelamiento interesado del sistema público de enseñanza, o sobre las todavía precarias condiciones a las que se enfrentan los trabajadores para impartir esa enseñanza, así en centros públicos como en privados. Por el contrario, resulta que lo que se nos está vendiendo desde los poderes públicos y a través de los medios de comunicación como fundamentos de la calidad de enseñanza no son sino ejemplos, entre otros, de la intersección que habitualmente se produce entre los trastornos sociales y la organización educativa, esto es y sin restarle importancia, pura periferia del fenómeno educativo: ampliación o reducción de la jornada lectiva, extensión del calendario escolar, vigilancia de los recreos, etc.
 
    La maniobra, perfectamente orquestada y dirigida a nuestro juicio con la única intención de desprestigiar aún más los valores intrínsecos de la educación (y en ello no cabe duda de que quien más perjuicio recibe es siempre el ámbito público), estaba condenada a triunfar. Desde los Consejeros autonómicos con prurito  de señorío en el escalafón político-administrativo, quienes conocen a la perfección el rápido eco que estos temas tienen en el emocionario social, el fenómeno ha ido creciendo de colectivo en colectivo y ya nadie se escapa de su dinámica manipuladora. De inmediato, las asociaciones de padres y madres, en un alarde notable de argumentación didáctica, han recogido el guante y han terciado en la copla con el famoso estribillo de atribuir el fracaso escolar a las excesivas vacaciones de niños y niñas; acto seguido, rancios grupos gremiales de los más rancios centros de enseñanza, impasibles por lo general a cualquier agresión de carácter laboral o pedagógica, han clamado solidaridad ante lo que consideran la más grave ofensa a sus derechos profesionales; por último, grupos de alumnos se han sentido atraídos por algunos destellos del problema y no han dudado en amenazar con movilizaciones si las alambradas les separan del bocadillo y del paseo matinales. He aquí, por tanto, cómo por fin los sectores educativos, todos a una y no obstante sus visiones divergentes, han conseguido ponerse de acuerdo acerca de determinar cuáles son los males y bienes de la enseñanza en España. Y así, con esa monotonía de los otoños escolares, el curso se ha emprendido y nadie sabe verdaderamente cómo ha sido.
 
    Pues bien, desenmascarada la futilidad de todo ese entramado anterior, si alguna conclusión seria puede extraerse del mismo es la conveniencia de acordar soluciones para tan severas inquietudes  y hacerlo, no desde el ordenancismo en que incurren muchas de las autoridades educativas, sino desde la discusión, la negociación y el entendimiento entre todas las partes implicadas que, por una vez y como hemos dicho, parecen compartir la oportunidad de abordar tales cuestiones. Y hacerlo, además, conscientes de que se trata de una falsa polémica a la que se nos ha conducido con alevosía, para que así podamos cuanto antes y sin ninguna otra añagaza sentarnos a solucionar los verdaderos retos de la educación.
 
    Para contribuir a tal fin, el Sindicato de Enseñanza de CCOO, sin perjuicio de abundar en otro tipo de consideraciones posteriormente y en el ámbito que resulte adecuado, apunta aquí una perspectiva que la opinión pública debe tener muy presente. Cuando hablamos de ampliar la jornada lectiva, de modificar el calendario escolar o de la vigilancia en los períodos de recreo, es muy peligroso, amén de equivocado, tratar con ello de resolver trastornos sociales ajenos a lo estrictamente educativo, pues la complejidad cada vez mayor de nuestra sociedad ni debe ni puede ser resuelta sólo desde el ámbito de la escuela. Ábranse los colegios e institutos las 24 horas de los 365 días del año, si así se estima, pero diferenciando claramente jornada lectiva de jornada escolar, es decir, nunca a costa de la jornada de profesores y alumnos sino creando el empleo necesario para atender las nuevas demandas sociales. Modifíquese el calendario escolar no para ampliarlo a capricho, pues de ninguno de los rigurosos informes de la Unión Europea o de los teóricos de la pedagogía se desprende tal necesidad, sino para asegurar ritmos de estudio y rendimiento óptimos, sin desequilibrios ilógicos entre trimestres y, sobre todo, rompiendo de una vez la mala costumbre de hacerlos dependientes de las festividades religiosas. Y legíslense, si oportuno parece, las condiciones de los recreos sin abusar del rol de guardia que el profesorado ejerce en las circunstancias precisas para ello, sin disminuir los derechos de los alumnos, y combatiendo a la par la jugosa oferta de locales que el consumo y el ocio ha colocado en los alrededores de los centros educativos.
 
    Sirvan por lo tanto estos apuntes para situar la polémica en su justo lugar y dotarla de algún sentido constructivo, alejado de la frivolidad de muchas de las declaraciones vertidas al respecto. Es objetivo de nuestra organización sindical animar también con ello a la propia Consejería de Educación de Castilla y León, para que encare estos asuntos con buenas maneras (discusión, negociación y acuerdo), lo que sin duda vendrá a asegurar desarrollos y comienzos de curso mucho menos caóticos que el presente, donde su obcecación por imponer un calendario ha producido abusos, irregularidades, desorden y desbarajuste para toda la comunidad educativa.

Publicado en T.E. Castilla y León, diciembre 2000

viernes, 28 de enero de 2000

Día de la enseñanza

    Como una forma  de homenaje a los maestros, la editorial Espasa Calpe acaba de publicar el libro Nadie olvida a un buen maestro, en el que Raúl Cremades conversa con personalidades españolas sobre la influencia que recibieron de sus profesores. Por otro lado, a lo largo de los últimos meses dos películas menores con tintes entre lo emotivo y lo amargo, La lengua de las mariposas y Hoy comienza todo, han situado también en primera  línea de cartelera el ayer y el hoy de figuras consagradas a la enseñanza, hasta tal punto conmovedoras que pocos han podido sustraerse a sus efectos turbios. Finalmente, dentro de este mismo orden artístico-docente, imposible es ignorar el éxito de ventas que en las citas con el consumo de los años recientes han constituido reediciones de enciclopedias, parvulitos y cartillas, que en su día tal vez fueran  sangre para la letra y que hoy se nos presentan, muy por el contrario, disfrazadas con la hojarasca sentimental de la memoria.
 
    Así, desde una perspectiva de espectadores -la más común en nuestro tiempo-, bien podría parecer que el fenómeno educativo se ha adueñado de alguna de las pasarelas de la moda, o que incluso participa en pie de igualdad con otra serie de inquietudes que conforman el ser español de nuestros días, a saber, el precio de la gasolina, los laberintos digitales, la ingeniería bursátil, las treguas perdidas, las campañas electorales, las turbulencias del balompié, el virus de la gripe... todo aquello en fin que ameniza los bonitos telediarios de la primera. Pero no es así: ni nuestros profesores tienen por lo general la estampa de Fernando Fernán Gómez ni el talante de su personaje, ni los textos con los que trabajamos al lado de nuestros alumnos rezuman el tono enciclopédico del pasado. Y, por supuesto, ni a nuestros centros de trabajo ni a la sociedad que los envuelve, cada vez más cercanos o superando posiblemente a los expuestos en el filme de Tavernier, se les reserva un hueco en los anaqueles de las grandes superficies.
 
    En este año tan insoportablemente redondo de 2000, la enseñanza pública y sus agentes, las profesoras y profesores, se acomodan una vez más a la partida de cartas marcadas y señas vistas, con el ademán propio de los jugadores adictos, de los tahúres trasnochados y de los perdedores sin escarmiento. Se acomodan porque sin duda la actividad educativa, con notables excepciones, es cada día más una tarea funcionaria y, en virtud de las agresiones externas y de los vicios endógenos que padece todo su entramado, resulta evidente que el sálvese quien pueda se ha convertido un poco en el estribillo más repetido en ese ambiente, para cuyo éxito nada mejor precisamente que la funcionarización del rol de educador. Pero, claro, al lado de esa condición de casi obligado cumplimiento, a nadie se le despista tampoco la enfermedad de tizas y pupitres que define todavía a estos jugadores irredentos, que evocan en sus conversaciones el esplendor de antiguos casinos al tiempo que se resignan al rincón cada vez más secundario que les otorga el croupier en el reparto.
 
    En efecto, durante la última década se han alterado sensiblemente las reglas del juego, y en especial sobre los profesores y profesoras de la enseñanza pública ha recaído el reto de la renovación, sin que ello haya supuesto en paralelo un reconocimiento acorde a lo exigido por parte de las administraciones y de la sociedad española. Desde 1990, fecha en que fue aprobada la LOGSE, se han perdido varias oportunidades para sacar adelante una Ley de Financiación de la Enseñanza, que viniera a fortalecer la implantación del nuevo sistema educativo y asegurara el éxito de un nuevo rumbo que, al margen de posiciones divergentes sobre asuntos concretos perfectamente evaluables con el paso del tiempo, apuntaba interesantes conquistas sociales: la ampliación de la educación obligatoria, la dignificación de la formación profesional, la integración y la atención a la diversidad, etc. La experimentación de la reforma y su posterior puesta en marcha supuso un esfuerzo para el profesorado, emplazado por ella a una nueva formación personal que permitiera la adaptación a nuevos currículos, la introducción de nuevas tecnologías, la toma de decisiones compartidas conforme a la autonomía de los centros, la evaluación de la labor docente y otros extremos que, al cabo, no han recibido la consideración que todo ello debiera haber merecido. Esa circustancia, desalentadora en cierto modo, se ha agudizado precisamente en los cursos más inmediatos, a medida que las decisiones gubernamentales, lejos de apostar con firmeza por un sistema público de enseñanza, han otorgado prebendas y favores exagerados a los mercaderes de doctrinas, rompiendo el equilibrio existente entre lo público y lo privado. Y aún mas: ¿hacia dónde apuntan las iniciativas más recientes del gobierno?. Evidentemente hacia la regresión. Vuelven a oírse noticias sobre la conveniencia de establecer itinerarios que criben al alumnado; se proyectan pasarelas entre los grados de la formación profesional, que habrán de degradar de forma inevitable los ciclos superiores sin con ello ofrecer inserción laboral a los medios; se postulan de nuevo los arcaísmos religiosos a la par que se restringe la optatividad y se regatean los apoyos y desdobles; se encubre bajo el ropaje de las humanidades el desprecio por asignaturas que se desearían nuevamente condenadas a los altares marianos; y se digitalizan las aulas con afán de modernidad a la misma velocidad que se cierran las escuelas y se reducen las plantillas, dos especies sin duda de la arqueología pretecnológica.
 
    Así pues, a nadie extrañará que en medio de estas borrascas haya pasado emocionalmente desapercibido un hecho sin embargo trascendental, del que en buena medida depende el futuro de cuanto aquí se ha tratado. Desde el pasado 1 de enero la Junta de Castilla y León es la responsable de gestionar los asuntos educativos en nuestra región, y con ello se abre una larga marcha de negociaciones de cuya cosecha habrán de extraerse los ejes sobre los que fundamentar la construcción educativa de castellanos y leoneses. Dos acuerdos recientemente suscritos entre la administración autonómica y los agentes sociales permiten aventurar ciertas expectativas de bonanza, si bien ese horizonte apenas apreciable todavía  sólo podrá alcanzarse realmente si el grado de motivación y compromiso del profesorado, a través de sus organizaciones sindicales, responde, como lo hizo con otros, a este nuevo desafío y es capaz de vincular al ejecutivo regional con la defensa de la enseñanza pública por la que todos nosotros trabajamos.
 
    Con motivo de este 28 de enero, declarado en el presente curso Día de la Enseñanza, la Junta de Personal de Centros Docentes no Universitarios propone a la sociedad leonesa estas reflexiones tan necesarias como los textos y películas arriba enunciados, por cuyo éxito también nos felicitamos pues alumbran imágenes bien alejadas de los arquetipos profesionales más en boga y de las servidumbres más perversas. En palabras de Félix de Azúa, “aunque profesores y maestros perciban los sueldos más ridículos de la Administración, ni ellos mismos sueñan con recuperar lo perdido en los últimos diez años. Profesores y maestros, último cuerpo religioso que le queda al Estado, no ejercen su profesión como un hábil modo de agarrar por el gaznate a la clientela. Sólo tratan de agarrar algún cerebro solitario y honrado que aún conserve cierta capacidad de autonomía en el océano de niebla gris creado por los últimos gobiernos”.

Comunicado suscrito por la Junta de Personal Docente de León, enero 2000 

viernes, 28 de mayo de 1999

El efecto frontera

    El efecto frontera esparce su sombra sobre los días de junio y su filtro trastorna la percepción de cuantos nos reconocemos en el espejo del calendario. En este caso, junto a la reedición de un ciclo que se vence -el curso académico- y al lado de una estación que muda hacia el sofoco, otros límites de más rara especie se alzan en torno para acentuar el desorden y la inquietud, el suspiro profundo y el gesto curioso, el finiquito y la renovación, síntomas todos ellos de la enfermedad fronteriza. Sin agotar la nómina de posibles, que en esta oportunidad alcanzaría incluso al vértigo finisecular, adecuado parece detenerse en el análisis de dos procesos actualmente en tránsito, y hacerlo además con distancia que nos proteja de la vacuidad o de la euforia propias de los trances de pasaje.

    El cambio de legislatura en Castilla y León se nos revela en esta ocasión unido al cambio inmediato de titularidad en los asuntos educativos, y una y otra mudanza son susceptibles, como decíamos arriba, de provocar tanto el exceso y el ruido como la desconfianza y la inseguridad. Sea como fuere, quien esto suscribe, integrante del colectivo de afectados por tantas fronteras líricas o épicas, asiste al espectáculo con una actitud preventiva, a medias entre la cautela y la perplejidad; y a la hora de su traducción en palabras, no puede por menos que optar por la vía de la historia, esto es, por el mayor alejamiento posible de las sendas turbias de lo inminente.

    Conviene advertir que desde el ángulo de la construcción autonómica, esta región apenas si ha consolidado solamente en sus años de vida el eje administrativo y el financiero. El primero de ellos, nacido en parte desde la nada y en parte desde la reconversión de estructuras pretéritas, fue alumbrado durante el mandato socialista, aquella brecha de cierto progreso abierta brevemente en el cuerpo amojamado de la política tradicional castellana y leonesa; con posterioridad, los sucesivos gobiernos conservadores no han hecho sino fortalecer y extender el aparato, procurando llevar el agua a sus molinos, de forma que los ciudadanos reconozcan al menos la existencia de los entes señalados con el rótulo Junta de Castilla y León, aunque no siempre puedan identificarse sus contenidos. Junto a esto, el aporte de los gobiernos de Aznar, Posada y Lucas se ha fundamentado sobre el eje financiero, es decir, en la asunción de competencias de orden económico, sin excesiva contaminación por factores ideológicos internos o propiamente asentadores de conciencia regional, tal que en la actualidad las gentes de León y de Castilla lo que básicamente perciben de su administración autonómica difiere poco de una entidad de crédito, bien en su aspecto recaudador, bien en el de proveedor de subvenciones.

    Pues bien, esta grisura regional, intencionada desde el planteamiento de una derecha que no está dotada ni lo pretende para otro tipo de edificaciones, se dispone ahora a revestirse con uno de los elementos que, junto al sistema de salud, más decisivamente contribuyen a la arquitectura territorial: la gestión de su red educativa. Dada su capilaridad, su trascendencia y la repercusión sobre los futuros ciudadanos, incluso en una comunidad tan envejecida como la nuestra, esta vez sí que nos encontramos frente a un eje generador y no solamente arbotante como los antes reseñados. Por ello, si el previsible resultado de las elecciones autonómicas se confirma (escribimos cuando es mayo todavía) y la mayoría popular abrasa todo signo de renovación institucional, lo que al otro lado de la linde se adivina no es precisamente alentador de ilusión, por más que se puedan convenir relativos avances merced a las transferencias, sino la perpetuación mediante nuevos, fecundos medios, de un concepto de región con un exclusivo carácter económico y burocrático, siempre al servicio y mayor gloria de sus dueños.

    Así pues, erguidos sobre la muria que separa el ahora del porvenir, y acordado que los años precedentes anuncian un futuro levemente halagüeño así para esta región deshilvanada como para su tejido educativo, retornan los cronistas a los claustros de la memoria, para proyectar sobre el presente reflejos que no deberían nunca consumirse en el olvido. De entre los nombres que fueron, pero que habitan todavía en el devocionario de cuantos le han convivido en lo político o en lo docente, uno viene a asomarse con incuestionable privilegio a la encrucijada que aquí hemos tratado. Justino Burgos González, en su día catedrático de la Universidad de León, inauguró en la primera legislatura autonómica la que pronto se tornará sede de nuestros quebrantos, la Consejería de Educación y Cultura. A medida que aquel germen iba con pulso firme derivando hacia el simulacro cultural de nuestros días, otros nombres de sucesores en el cargo venían a ennoblecer más si cabe el de este profesor perdido hace años para nuestra geografía política y académica. No se pretende en este momento elevar un panegírico a destiempo para retozar en los esplendores del pasado, perspectiva tan traidora como la de aquellos que fían en lo todavía por llegar la panacea para todos nuestros dolores y así lo cantan. Por el contrario, lo que sí nos parece de recibo, puesto que nadie lo llamará a la cita ni a la liturgia de la firma, es convocar en estos papeles sindicales la figura de quien, de haber sido llamado a gestionar el traspaso educativo, hubiera sin duda marcado impronta, estilo y genio, ya para negociar con otras administraciones o con los agentes sociales, ya para gestionar definitivamente las competencias. Ése fue su pesar, y el de muchos en aquella coyuntura, cuando hubo de abandonar tempranamente la Consejería que él había puesto a andar;  pero esa misma era la condena de las autonomías conocidas como de vía lenta, y ésa es aún nuestra deuda con él. Aquí, en la frontera.


Publicado en T.E. Trabajadores de la Enseñanza Castilla y León, junio 1999

martes, 9 de marzo de 1999

De pueblo

    Se recuerda todavía en los cada vez más profundos pozos donde se refugia la sensibilidad aquellas dos páginas siniestras que aparecieron en La Crónica de León el 9 de diciembre de 1986. Al hilo del conflicto étnico de Riaño (recordemos: fue aquel el año de la ejecución del valle so pretexto de unos riegos que todavía hoy los agricultores reclaman inútilmente), Julio Llamazares y Tino Gatagán nos regalaron un desfile sobrecogedor de esquelas, con las que ilustraban el sentimiento herido de numerosos ciudadanos ante la pérdida fatal de un puñado de seres vivos: Oliegos, Casasola, Bárcena, Vegamián, Burón… Efectivamente, esos y otros nombres conformaban la geografía mortal de los pueblos leoneses ahogados para siempre bajo las aguas de embalses implacables. Aún es tiempo en que su sonoridad conmueve al recitarlos: Miñera, Oblanca, Lodares, Huelde…

    Seis años después, en 1992, Luis Pastrana publicaba su libro Despoblados leoneses, un nuevo recorrido por los paisajes de la desolación, ocasionada esta vez por otro tipo de enfermedad mas de idéntico desenlace: pueblos muertos condenados al abandono, la rapiña y el saqueo. Un par de notas, de entre el despliegue fotográfico y documental, resultaban estremecedoras: respecto a datos de 1950, un total de 86 localidades habían desaparecido o estaban al borde de su extinción en 1991; otras 52 sobrevivían en las mismas fechas en torno a la decena de habitantes; finalmente, superaba los 200 la relación de despoblados leoneses a lo largo de la historia. Como en el caso de Llamazares y Gatagán, también Pastrana aportaba su fúnebre letanía: Ferradillo, Mirantes, Folgoso del Monte, Foncebadón…

     Valgan las dos referencias precedentes, ambas con su salmodia emotiva, para acercarnos desde el borde del abismo finisecular a una tendencia patológica persistente, contra lo que los índices económicos e hídricos podrían sugerir, cuyos gérmenes continúan actuando sobre un cuerpo rural doliente y desnaturalizado. Durante un tiempo nuestros pueblos murieron, bien bajo el efecto del agua que obligaba al sacrificio de unas poblaciones para el abastecimiento y el regadío de otras más privilegiadas en la selección de la especie, bien por razones económicas y culturales que dieron al traste con formas de vida apenas recordadas hoy merced a las colecciones etnográficas, las festividades rancias y la cosecha inmutable de los folcloristas. Pero ese proceso degenerativo no ha concluido, sino que, superada en apariencia la fiebre del pantano y triunfante el valor terapéutico del turismo rural y otros retornos al origen, nuevas formas perversas contaminan, infectan y destruyen pueblos hasta hace poco sanos en su condición, y que en escaso años están perdiendo su sentido, no para desaparecer como entidades físicas, pero sí para nublar definitivamente su destino. Me refiero al lamentable proceso de “arrabalización” que padecen localidades próximas a los grandes núcleos urbanos de nuestra provincia y en particular a su capital.
Otoño en la Sobarriba
    La moderna vida urbana acumula, como de todos es sabido, inconvenientes de diverso grado que, en mayor o menor medida, lejos de alcanzarse su solución, se agravan con el tiempo y con el crecimiento a veces desordenado de las ciudades. El tráfico, el tratamiento de los residuos, la polución, los asentamientos industriales, etc. constituyen infecciones tan serias que, por lo general, el único tratamiento que cabe ya aplicárseles no es otro que el de su extrañamiento más allá de los confines de la urbe y, a tal fin, se diseñan rondas de circunvalación, se construyen centros para el tratamiento de residuos y plantas depuradoras, se programan polígonos con carácter exclusivamente industrial, etc. Estas medidas, aun debidamente planificadas y desarrolladas conforme a leyes que podemos considerar útiles para la comunidad, causan no obstante más de un trastorno (he ahí, por ejemplo, el severo problema con que se topa esta provincia a la hora de ubicar un depósito para sus desechos) y no siempre suponen un remedio convincente (obsérvese el caso de la muy peculiar ronda inacabada de la ciudad de León). Ahora bien, ¿qué sucede cuando, en una acción mimética, las raíces de muchos de esos problemas se trasplantan de manera absolutamente irregular hacia las pequeñas poblaciones vecinas? Si ese procedimiento, cuando es convenientemente bendecido, produce de por sí inevitables pegas, ¿cuál puede ser el resultado si se adopta la vía digamos “alegal”?

     Pues bien, a partir de la creencia maliciosa en que no se puede poner puertas al campo, unida a la desidia, escasez de medios y, en algunos casos, complicidad de ayuntamientos de pequeño rango, lo que produce es una colonización salvaje de los pueblos por parte de los tumores que la ciudad excreta. Esos pueblos que, lejos de haberse desarrollado (en el sentido más positivo) de forma paralela a la ciudad inmediata, han permanecido dormidos bajo el abandono de las administraciones asisten de repente –porque el proceso es veloz como una peste- a la propagación del cáncer para el que desde luego no estaban preparados, y sus habitantes, vencidos por la impotencia y en ocasiones por la edad, contemplan resignados la brusca violación de su entorno y padecen sus consecuencias.

    De esta forma, lugares que pese a su proximidad a una población importante han conservado su fisonomía primitiva (y ello incluye no sólo su ruralismo lírico sino –lo que es más importante para nuestro caso- un evidente subdesarrollo en los servicios, equipamientos e infraestructuras) acogen por la ley de los hechos consumados buena parte de aquello que otros rechazan y para lo que, obviamente, no reúnen las mínimas condiciones exigibles. Y además, como quiera que este proceso nace y crece viciado, ningún beneficio colateral se deriva de él hacia esos espacios parasitados: ni los impuestos, cuando los hay, redundan en mejorar las condiciones de vida en el entorno, ni desde el punto de vista laboral suponen las más de las veces puestos de trabajo para los vecinos de esas zonas. Por el contrario, el mal estrangula más y más impidiendo justamente toda otra forma de desarrollo más humano (pensemos en el uso residencial) y enseñoreándose de la escena como un auténtico ejército de ocupación.

     Basta un breve paseo hacia el alto del Portillo y superar el minúsculo letrero que señala la frontera entre el municipio leonés y la Sobarriba para contemplar el alcance de la barbarie. Aparecerá ante los ojos del caminante el ejemplo grosero de cuanto he tratado de explicar: la barahúnda de naves industriales, de dudoso gusto y contenido, diseminadas a la ligera, sin criterio, sin atender a la presencia cercana de viviendas y saqueando incluso los bienes comunales; vertederos incontrolados, electrodomésticos abandonados como animales metálicos inertes, cunetas donde se enfangan grasas y aceites de motores y maquinarias, y vehículos plantados como oxidadas estatuas en medio de la nada; pesados transportes arrastrando su tonelaje sobre débiles vías locales varadas casi en los tiempos de los carros sin engalanar, bandadas turbias de furgonetas para las que -¡estamos trabajando!- parece no regir norma alguna de tráfico, y los aparcaderos nocturnos de los autobuses públicos de la ciudad de León que, paradójicamente, no prestan ningún servicio para unir la metrópoli con su colonia esquilmada; columnas de humo negro y denso producto de la combustión de plásticos y embalajes, y vertidos de todo tipo que viajan sin control para morir en las alcantarillas o en los aliviaderos naturales de los valles, olores, ruidos, cables, muchos cables, y ratas, muchas ratas. Un sinfín de síntomas malignos para una infección tan perturbadora que nos conduce incluso a considerar natural lo que evidentemente no es sino una agresión contra un espacio desprotegido.

     Se dirá que exagero y no lo negaré. Se pensará que me quedo corto y tampoco enmendaré esa opinión. Mi discurso surge de los cada vez más profundos pozos donde se refugia la sensibilidad, y desde esas simas no cabe otro juicio ni otro tono. Dejo los demás registros para quienes, en este año de comicios locales, elaboran programas y construyen listas de candidatos, entre los que siempre, tenazmente, inevitablemente, habrán de figurar individuos con vitola de alcalde vitalicio que han asistido, asisten y asistirán a la devastación de este tipo de poblaciones impasible el ademán. Y lo hago con la esperanza un poco pueril de que las retahílas con que arrancaba este escrito no tengan su continuidad inmediata en nuevas series de cadáveres sonoros, entre otros, Valdelafuente, Corbillos, Arcahueja, Golpejar, Tendal…

Iglesia de Corbillos de la Sobarriba
Publicado en La Crónica de León, 15 marzo 1999

sábado, 6 de marzo de 1999

PLAZA MAYOR: Por aquellas cuestas

    Desde Vela, vela, va (1989) hasta el presente Por aquellas cuestas (1999), sin olvidar el paso intermedio que supuso A tu puerta (1992), el ejercicio de restauración artística llevado a cabo por el grupo Plaza Mayor a lo largo de los últimos diez años, constituye indudablemente un eslabón imprescindible para la cultura de nuestras tierras y de nuestras gentes, aquél que enlaza la tradición con la modernidad para proyectar sobre el hoy melodías y textos apenas envejecidos, o quizá por ello todavía frescos.

     Encomiable por lo tanto nos debe resultar tarea tan tenaz como discreta la de este grupo de músicos, a contracorriente de cuanto se estila, se vende y se difunde desde los templos culturales establecidos. Ya en un principio, la propuesta que proclamaba tan sonoro nombre -Plaza Mayor- venía a enlazar, a través de laberintos de música, con los espacios abiertos y libres que desde antiguo han acogido los mejores ejemplos de convivencia y de creación. En efecto, pocos lugares como las plazas mayores, así como sus precedentes históricos, pueden señalarse a la vez como metáforas del arte y de la vida urbana, donde por igual eran albergados los mercados, los cafés, las manifestaciones, las fiestas, los indígenas y los transeúntes. Así fuimos creciendo, extendiéndonos desde ese núcleo original hacia otros ámbitos cada vez más confusos y desordenados, pero siempre con la referencia primitiva en nuestros sentidos. Cierto es que el tiempo ha transformado nuestras costumbres y, en muchos casos, con ello se han erosionado también esos espacios, hasta el punto de que algunos no muy apartados de nosotros se significan en la actualidad tan sólo por la degradación, el abandono y el trasiego de berzas y cebollinos. Si el alma de los pueblos se refleja en el rostro de sus plazas, sin duda la de León, alma y plaza, no puede mostrarse más despreciada.

    No obstante, se me figura que a modo de desagravio, otra Plaza Mayor  cultivada con el mimo que merecen así los recintos públicos y compartidos como los rincones privados e íntimos, nos ofrece el tercer documento de lo que es un digno y prolongado quehacer. En estos tiempos en que algunos descubren las bases folclóricas y étnicas como fundamento de sus nuevas músicas, con lo que nos advierten de lo poco que hemos avanzado en verdad desde los tiempos de la tradición oral, Por aquellas cuestas, título de este trabajo, nos acerca de nuevo a la raíz, pero también al tallo, a la flor y al fruto, de la canción. Lo que cabe, a la luz de este producto, es preguntarse sobre el esplendor de parte de estas músicas de raíz, mientras que otras expresiones estéticas de similar calibre permanecen en una injusta ignorancia. O lo que es lo mismo, ¿qué extraños mecanismos rigen la vitalidad, la prestancia y el donaire de ciertas plazas mayores, frente a otras que, engendradas por el mismo soplo, se acomodan a la ruina, al olvido y a la incuria?

    Sean éstas, pues, palabras de estímulo para los artistas y para quienes se reconozcan y se gocen en sus músicas. A los primeros, exhortémosles a mayores riesgos y a necesarias ambiciones. Los segundos, démonos al vicio solitario de su reproducción técnica, mas no desaprovechemos ocasión de salir para cantarlas bien acompañados en los escenarios abiertos de nuestras plazas mayores.

Texto de presentación en el CD de referencia, marzo 1999

viernes, 3 de noviembre de 1995

Palat o el alma

    Bajo la advocación de don Manuel Vicent, quien en reciente artículo nos advertía sobre el alma de las ciudades, debo dar comienzo a este artículo con una afirmación de dudoso fundamento, si bien -como se sabe- en cuestión de almas poco puede la razón y sí en cambio la fe, de la cual, como si de una religión se tratara, doy aquí testimonio. Pues bien, el aserto de partida se refiere a la convicción de que estamos prontos a asistir al enterramiento definitivo del alma de la ciudad de León, o lo que es lo mismo, a uno de los más bárbaros atropellos que sobre los bienes culturales leoneses pueda ejecutarse. Hablo de la iglesia de Palat del Rey.

    Hace escasas fechas, con ocasión de una visita de la Consejera de Cultura de la Junta de Castilla y León, se confirmó la decisión de los responsables del Patrimonio en el sentido de sepultar los hallazgos arqueológicos habidos de las excavaciones que, financiadas por la propia Junta, se llevaron a cabo en dicho templo en la década pasada. En la exposición de motivos no se menosprecia el valor de lo descubierto, ya sean piezas rescatables o restos de obra, pero se señala que no se puede hacer un museo de cada excavación y que, por otra parte, el Obispado reclama la reapertura para un uso religioso. Y puesto que no se entra en materia histórica explícita para argumentar, no lo haré tampoco yo, y quede el asunto para quienes, interesados y conocedores, tercien en él y comprometan en ello su buen saber.

    A mi entender, desde una postura puramente animista como la que defiendo, la determinación administrativa es un acuerdo de desalmados, esto es, propio de individuos que, con independencia de sus otras cualidades, no atienden ni respetan el espíritu que habita así en los seres como en las cosas humanas.

    Si por mor de una curiosidad localista o, más aún, a causa de una imprescindible búsqueda de lo que para la ciudad leonesa es su parte inmaterial, aquello con lo que tomaríamos conciencia de lo que nos rodea y de nosotros mismos en cuanto ciudadanos que se integran en un enclave con dimensión temporal y con el cual deben entablar relaciones afectivas e intelectuales, no me cabe duda de que ese aliento duerme bajo el suelo de Palat del Rey. Vive allí el origen y la maravilla del crecimiento, la luz primera y el fulgor consecuente, el desarrollo y la decadencia de la ciudad. En su escasa superficie se concentra el sentido y la evolución de esta ciudad destartalada que venera joyas evidentes de momentos concretos de su historia, que se indigna por el abandono al que se las somete y que organiza campañas para reclamar la atención que tan magna exposición monumental merece; pero que calla y otorga cuando se trata del mejor testigo de su fluir antiguo.

    Tuve la suerte de visitar, como un furtivo, el yacimiento y no necesité palabras que me convencieran de la necesidad de su preservación. Tampoco dudé de que ese mínimo edificio reunía la condición de lo eterno, al margen de su carácter sagrado o no, y que sustraerlo por más tiempo al conocimiento general de los leoneses era privarles de una parte decisiva de su ser, de su entendimiento y de su sensibilidad. Por ello me aterra la noticia de su desaparición, no ya a causa de avatares históricos como sucediera a lo largo de siglos, sino debido a la necedad de un breve interludio en el tiempo.

    Y lo grave no es sólo pensar en el desperdicio irreparable, en la oportunidad desdeñada o en las connotaciones que una decisión así oculta. Porque grave es enterrar de nuevo lo desenterrado sin atender a su proyección histórica, cultural y didáctica; grave, ignorar el potencial que, bajo el ropaje de lo inerte, genera vida e identidad; grave, burlar el beneficio del colectivo para honrar la soberbia individual. No, lo realmente terrible es que se trata de actos en los que no sólo se aniquila el espíritu de lugares de por sí ya degradados, sino que también subyugan -como bien denuncia Vicent- el alma de cada uno de sus habitantes.

    Evidentemente, divierte más a los poderes públicos -sea Junta, Diputación o Ayuntamiento- entretenerse en los proyectos de sus disneylandias artísticas. También es evidente que el humilde Obispado necesita locales para cuidar de sus “almas” cristianas. E incluso voces de arquitectos se alzarán que achaquen a la excavación los cuestionables réditos de una techumbre que aconsejan zanjar el asunto sin más contemplaciones. Hágase, por lo tanto, y no permitan por más tiempo que se nos caiga el alma a los pies. Arrójenla ustedes directamente lo más abajo que les sea posible: al subsuelo mismo de Palat del Rey.

    (Con Fernando Miguel Hernández, sin cuya labor no sabríamos quiénes somos, lo poco que somos).

Publicado en La Crónica de León, 16 noviembre 1995

sábado, 21 de mayo de 1994

Carta de solidaridad con Julia Miranda

Antigua Escuela Normal de Magisterio de León
    Hasta los rincones de la diáspora profesional y personal por donde hoy se disgregan antiguos alumnos de la universidad leonesa llegan noticias que alteran los sosiegos y despiertan, otra vez, un clamor de rabia. Recuperamos de esta forma brusca, a pesar de la enorme diversidad que nos define, la memoria de lo que fuimos y la conciencia de lo que hoy somos precisamente por aquello.

     Nos cupo asistir, desde las aulas viejas de la Escuela Universitaria de formación del Profesorado de EGB, a unos años decisivos así para nuestra formación académica como para el alumbramiento de la Universidad de León. Fue aquella una doble experiencia a la que entregamos años apasionantes y energías poderosas, cuyo recuerdo dormía sereno en las cunas del tiempo transcurrido, alterado apenas por miradas de soslayo sobre unos recintos y unas instituciones que crecían y cambiaban a la par que nosotros hemos ido cambiando y menguando. Pero hoy, primavera terrible del 94, se reabren por injusto acontecimiento los pesados portones del pasado, para atraer hasta este presente bárbaro un eco imprescindible para caminantes noveles, torpes o malintencionados.

     Del olvido, juez sabio y bondadoso a veces, se escapa un nombre que ocupa privilegiado lugar en la columna de nuestro ser actual: Julia Miranda Pérez-Seoane fue la profesora que nos rescató de cierta vulgaridad docente en la que en aquellos años sobrevivíamos y que sobre todo alimentó nuestras ansias por seguir aprendiendo; al fin y al cabo, ese debe ser –pensamos ahora- el único rasgo que puede medir seriamente el valor de la tarea docente. De aquella aventura, que nos llevó también a amar la Lengua sobremanera, hemos dado testimonio tanto en el ejercicio profesional que muchos compartimos, la enseñanza, como en cuantas otras singladuras culturales fueron contagiadas, directa o indirectamente, por el soplo docto de esta persona. Y creímos colmados nuestros deseos de reconocimiento para con ella cuando, llegado el momento de su jubilación, la Universidad de León, en un gesto de estricta justicia, la nombró profesora emérita de la misma, sabiendo que con ello nuevas generaciones de maestros y filólogos gozarían todavía de su denso acervo, de su buen hacer y de su saber enseñar.

     Pero el viento caprichoso del presente se torna traidor y alienta tormentas, justo en el instante en que un sencillo trámite –el de la renovación de su condición emérita- es aprovechado por extrañas juntas para torcer el signo de los acontecimientos y, en aras de ocultos intereses, negar el informe favorable a tal proceso. Ignoramos qué maquiavélicas razones pueden ser argüidas ahora para justificar tan sospechoso comportamiento, mas quienes suscribimos el presente escrito, movidos por el débito contraído como alumnos de Julia Miranda, no podemos menos que escandalizarnos ante la indignidad y hacer pública la tropelía que está a punto de cometerse.

     Qué duda cabe de que la universidad leonesa ha ganado algo con los años; en particular su colectivo docente, menos ombliguista que el que algunos sufrimos, aunque por el camino se hayan sucedido también imperdonables pérdidas y acomodos pintorescos. En todo caso, arrojar fuera de sus aulas un capital humano y docente como el que esta profesora encarna no vendría a otro cuento que a perpetuar los esporádicos triunfos que la conjura de los necios ha conseguido en los ámbitos universitarios de nuestra ciudad. Contra esta estrategia debe alzarse necesariamente cuantas voces avaladas por el rigor científico o académico nos habitan, a cuyo coro, sin duda numeroso, quieren unirse desde la deuda y el sentimiento antiguos alumnos de Julia Miranda.

(Carta propuesta para la firma de antiguos alumnos de Julia Miranda y remitida a los efectos oportunos)
León, mayo 1994

miércoles, 1 de diciembre de 1993

Carta al oso


(A Mario. A Eugenia. A Tony)

    Sé yo, Salsero (donde estés), que te confortan tanto las palabras como un buen bocado de escabeche de tino, y que este otoño terminal te deja ya pocas oportunidades para encontrar fortaleza en un medio que se enfría. Así que te escribo, aun consciente de que los retrasos del correo te encontrarán tal vez dormido en un agujero ignoto al que sólo tienen acceso los carteros; pero conoces bien por otras entregas anteriores, lo conocemos ambos, que anima tanto la lectura como el simple hecho de descubrir que algo habita en nuestros buzones, durante tanto tiempo abandonados. Por consiguiente, quizá un sobresalto, quizá un bostezo allá por enero te adorne el resto del letargo al contemplarme acostado contigo, en mi lecho de papel, y un estímulo más alimente, Salserito, las urgencias de la primavera.

    Noticias nos han llegado contradictorias sobre tu destino último: que si tu rastro se había perdido; que si los furtivos campaban por sus respetos; que si te habían avistado al otro extremo de la cordillera. Mas poco importan los datos que recojo de los periódicos, pues al cabo la complicidad me alumbra todos los misterios con que envuelven tu leyenda los profanos. Por mi parte, prefiero no revelarles que te has ido, que como antes ocurriera con el Rubio, oso que cualquiera hubiera juzgado de ultramar, también tú has cortado por lo sano. Quiero más que ignoren tu entorno, que continúen en su despiste creyéndose amenazados por tu fuerza incontestable, por tu nobleza, y apareciendo retratados al inaugurar reuniones tendenciosas que nada saben de ti, ni falta que les hace. Habrá todavía quien arroje sobre ti las culpas por otro pantano que quede en el archivo, como si fueses tú, Salsero mío, el dique contra el que chocan sus avaricias y sus engaños.

    No les diré que te has ido, y sin embargo es a mí a quien quisiera ocultar tu pirueta, pues no sabes cuánto sufro la ausencia de tu tacto de miel, robada como intruso en las colmenas de Fontanos. ¿Qué pensarán de ti las abejas? ¿Para quién libarán ahora el néctar de los lirios y de los brezos? Huérfanos de ti y enfermos de grafiosis como olmos de la Sobarriba, tu marcha es un símbolo para nuestra geografía.

    Pero no es mi deseo, oso amigo, alterar con mi queja tu letargo, ni que la debilidad de mis sentimientos resbale traidora sobre la placidez de tus sueños. Sucede que a veces, como a ti, me pesa esta tierra depredada y quisiera tener arrestos para rebelarme más allá del espacio que en el papel ocupan las palabras. ¡Ah, si no hubiera olvido y en la memoria existiéramos todavía entre los robles que fueron o nos abrigasen las sebes del valle de Riaño! Podríamos entonces tal vez imaginar un futuro diferente, orladas de arándanos y frambuesas sus cunetas en lugar de las malezas; quebrado por montes enteros un horizonte que ignora su destino a cielo abierto; por encinas vestido el ocre de sus páramos y bañadas por habitantes fluviales sus riberas.

    Gocémonos, en fin, en la cicatriz de las cuatro ruedas motrices que de un oriente lejano nos llegan y admirémonos, oso, con la dentellada magnífica del buldózer. No conseguirán ya alterar, si es que más fuera posible, los recintos que te pertenecieron. Ni siquiera destacados progresos de la barbarie administrativa podrán ahora ulcerar la fragilidad de tu anatomía. Te sabemos entero, lejano y feliz, a pesar de que no se abra ante ti Polvoredo cada mañana.

    A pesar de que tu olfato no se perfume ya con los romeros y tomillos (“tomeros” y “romillos” gustábamos de jugar con las palabras), y por más que tu huella de plantígrado mimoso no venga más a reposar sobre las hembras desconsoladas, queda en ellas y en nosotros la carne colmada por tus mordiscos. Y no es precisamente a esos paisajes adonde acuden, para degradarlos, los bandidos. Sea para ellos la montaña desierta; para los devoradores de setas y para los incendiarios, los bosques esquilmados; sea para los centuriones, para los gladiadores y pretores la provincia, Cartago toda. Nosotros florecemos en las cumbres donde tú nos salvas.

    Por eso la primavera no es tanto la fecha en que despiertes ni la metáfora de una época en que haya de renacer lo que hoy apunta ocaso. Se me figura primavera pensarte, oso Salsero, y saberse compartido (donde estés). Siempre.


Publicado en La Crónica 16 de León, 5 diciembre 1993

jueves, 7 de mayo de 1992

Sobre lugares y faunas

Cementerio de Montparnasse (París)
“La fealdad es superior a la belleza porque permanece”
S.G.

    Lucien Ginzburg, gran bebedor de cerveza, pasó por León dos días del invierno de 1980. No vienen al caso las causas que le trajeron a tan apartada ciudad, aunque a nadie se le oculta a estas alturas, al menos a quienes le convivimos durante aquellas cuarenta y ocho horas, el decisivo papel jugado en su peregrinación por la geometría del triángulo.
    Evidentemente no es éste el medio ni la ocasión para levantar el panegírico del bueno de Lucien, fallecido hace escasos meses no se sabe bien si a causa de enfermedad convencional o de un cáncer feroz que se fue adueñando de sus sentimientos; pero lo cierto es que, puestos a buscar en el abismo de las anécdotas para un aniversario como el que nos ocupa, nos pareció oportuno, a quien esto suscribe y al menudo grupo de ulteriores idólatras del vértice femenino de aquel triángulo, aportar para su publicación, ahora que él duerme un sueño verdadero y eterno, la carta que nos remitió desde París dos meses después de su ligera estancia entre nosotros, fechada un indiscreto veintitrés de febrero del 81. Lo que sigue es copia literal traducida de la misma.

    Jóvenes amigos: deseo agradecerles lo que hicieron por mí en su ciudad dándome cobijo y compañía. También quiero expresarles mi reconocimiento por la ayuda prestada para encontrar a Jane, aunque no sirviera de mucho. Sé que estuvimos cerca de conseguirlo cuando me llevaron a aquel palomar habitado por una muchedumbre tan de su gusto: desencantados fumadores de hierba, ácratas venidos a menos, bohemios de provincias, sandinistas, agitadores sin nada entre las manos, intelectuales… ¡Fauna que se ha llevado a Jane! ¡Lugares en los que será feliz!
    No la pierdan de vista si la ven un día, ampárenla, invítenla a un sándwich (de aquéllos con huevo, pues seguro que seguirá en los huesos), ámenla…
    Tiene gracia: dos días en España, en una ciudad ¡fría! de España, consumiendo los minutos, los gitanes, las cervezas Mahou (¿?) de aquella buhardilla decadente, y esperando que de un momento a otro apareciese ella del brazo de un maestro de escuela, como una reina desmemoriada en medio de tanta vulgaridad.
    ¡Cuídenla!
    S.G.


    Aclaremos: confío, en fin, que no resulte difícil reconocer la geografía física de la que habla la carta. Sin duda no lo será para los incondicionales del lugar, por más que les resulte provocadora. Por nuestra parte, inútil ya todo, no tardamos mucho en reconocer los personajes que se ocultaban tras la otra geografía, la humana: ¿quién podía imaginar entonces que el hueco cuyos veinte años celebra esta publicación acogió la fealdad de Serge Gainsbourg doliente por una huidiza Jane Birkin? Aún hoy nos resultaría increíble si no fuera por las complicaciones que se sucedieron después, para cuyo detalle remito a los curiosos al Diario de León del día 5 de agosto de 1990. Sirvan las notas anteriores como testimonio de lo que fuimos.

Publicado en la revista CCAN 20 años, agosto 1992