Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

lunes, 1 de septiembre de 2003

Uniformidad escolar

    Al llegar el mes de septiembre, de forma inevitable los productos que salieron a nuestro encuentro con motivo de las rebajas han acabado apolillados en los escaparates, mientras que otra serie de artículos novedosos pasan a hablarnos de los nuevos viejos tiempos que se alumbran. A este propósito, unos grandes almacenes decoran sus muros con vistosos carteles publicitarios que incluyen, entre una exhibición de materiales para el nuevo curso, un rótulo nada inocente: “Uniformidad escolar”.
 
    Si bien todos entendemos la referencia al vestuario que identifica a los alumnos de ciertos colegios, privados por supuesto, la referencia a que varias cosas sean uniformes entre sí (al estilo del ejemplo que aporta María Moliner cuando indica “la uniformidad de altura de las casas”) no resulta distante del ojo que mira y trata de ver más allá de lo evidente.
 
    Cuando oímos o leemos argumentos contrarios a la oposición entre enseñanza pública y privada, todos ellos bajo la tesis general de que se trata de una polémica trasnochada e inmovilista, solemos ignorar los elementos más sencillos de la disputa, que, por lo común, suelen ser los más esclarecedores. De este modo, si nos atenemos al mensaje de la publicidad de los grandes almacenes, nos daremos cuenta de que se dirige sólo y exclusivamente a un determinado grupo de consumidores, aquél que entrega la educación de sus hijos a establecimientos, llamémosles para ser honestos, con cierto ánimo de lucro. Por el contrario, los consumidores excluidos de este grupo buscarán la indumentaria de sus hijos e hijas en la sección de oportunidades o, en el mejor de los casos, entre la ropa de temporada.
 
    Pero no nos interesa aquí el fondo puramente económico de esa división, sino el significado social y, sobre todo, cultural del fenómeno, para enlazar, acto seguido, con el académico.
 
    Uno de los fundamentos principales de la escuela pública es lo diferente, así en cuanto se refiere a la procedencia del alumnado como en su condición educativa. Frente a ello, la escuela privada ejerce una selección no desinteresada en procedencias y condición para acercarse cuanto antes al que es uno de sus ideales identificadores, la uniformidad, no sólo en la apariencia externa. Incluso cuando ésta se supera, pongamos por caso en centros menos religiosos o por tratarse de cursos ya superiores, la imagen de marca tiende a conservarse como un elemento básico, es decir, como pertenencia a tal centro y, por lo tanto, pertenencia a un grupo elegido y con “uniformidad en su altura”. Lo excluido de ese grupo pasa a engrosar las filas de lo diferente y, en consecuencia, desemboca en lo público, que recoge así tres tipos de alumnos: los que por vocación paterna proclaman todavía su fe en el sistema público, los despojados sociales y los expulsados de lo privado, ya por procedencia, ya por condición educativa.
 
    Es más, si atendemos a otros elementos que participan en el hecho escolar, nos encontramos así mismo con esa dicotomía. Un profesorado diferente entre sí por razón de su proceso selectivo abierto, frente a otro homogéneo a causa de un acceso semicerrado según pautas patronales. Una libertad de cátedra, puesto que el fundamento ideológico no tiene otros límites que los constitucionales, frente a un ideario de centro uniformador en la doctrina. Un gobierno democrático con intervención de los diferentes miembros de la comunidad educativa, frente a una jerarquía claramente piramidal. En suma, lo público frente a lo privado.
 
    Que nuestra sociedad camina inexorablemente hacia la necesaria convivencia entre lo diferente parece ya un hecho consumado que sólo los fundamentalistas discuten. El fenómeno de la mundialización, muy a pesar de lo que pretenden conseguir los modelos neoliberales, no quiere decir que todos vayamos a ser iguales, sino todo lo contrario, cada vez seremos más distintos aunque más juntos, y precisamente en el compartimiento y respeto de lo distinto se cimentará el futuro si llega a existir. La escuela es un eje fundamental en todo este proceso, pues serán las generaciones del porvenir las que asistirán al advenimiento de esos nuevos tiempos nuevos, y en la conciencia sociocultural de padres y madres se apoya hoy la preparación de sus hijos e hijas para expresarse y entenderse en esa era.
 
    Dicho todo esto, cada cual puede reflexionar acerca de en qué tipo de centro educativo se ofrecen más posibilidades ante los signos que anuncian lo que se avecina. Sobre la responsabilidad de cada cual recae la formación de autistas sociales o de individuos educados en y para la integración. Y, en fin, cada cual sabrá en qué sección de los mismos grandes almacenes adquiere la indumentaria y las repercusiones que ello tiene. Naturalmente, en eso coincidimos todos como seres pasivos: tanto los grandes almacenes como los colegios privados son vendedores de producto manufacturado no con cualquier procedimiento y objetivo.

Publicado en Diario de León, 7 septiembre 2003

jueves, 17 de abril de 2003

El hecho religioso en la guerra santa

    Beethoven, El Greco y otras entidades de la cultura y de la historia universales podrán por fin ser comprendidas con acierto por las futuras generaciones merced al hecho religioso, semi-asignatura amancebada con la estricta religión católica que la ministra Pilar del Castillo defiende con la fe propia de los conversos. Evidentemente, quienes no tuvimos la fortuna de educarnos en la trascendental aritmética de los hechos, si se exceptúan los que tiempo ha fueron de obligado cumplimiento, es decir, los de los apóstoles, nunca sabremos ya lo que nos hemos perdido y proseguiremos nuestra singladura inválida por un mundo que apenas si alcanzamos a comprender sólo en su epidermis.

     Quizá por ello nos empeñamos en no entender por qué una guerra puede ser santa ni por qué los líderes de una y otra facción claman a sus dioses para glorificar la barbarie. Nosotros, los analfabetos fácticos, nos limitamos a contemplar las tierras de Asiria y de Caldea asoladas por generales de uno y otro signo gobernados por un único dios, aquel que la mitología, pagana por supuesto, llamaba Marte; nosotros, los maleducados ateos, apenas si reconocemos los asentamientos violados de los zigurats y de los jardines de Babilonia donde una vez, dicen, vio la luz la civilización; nosotros, los perplejos e indignados, como simples frutos malditos del árbol de la ciencia del bien y del mal, cuyas raíces se hundían entre las riberas del Éufrates y el Tigris, ingenuamente creemos todavía que la única guerra que está justificada es la guerra contra el hambre.

     Madres y padres vimos estremecerse hace unos años cuando Federico Mayor Zaragoza anunciaba que “volverán a llamar a la puerta para que nuestros hijos vayan a la guerra”. Y negaban la evidencia de la profecía confiados en un supuesto puente tendido desde el código -civil, ¡quién lo diría!- de Hammurabi y este siglo XXI reconducido a las ortodoxias religiosas como bombas de racimo. ¡Qué terrible engaño!

     Pero pronto nuestros hijos vendrán en verdad a rescatarnos de la confusión. Ellos, apocalípticos e integrados desde la educación infantil, resolverán el enigma de los hombres de dios en la Tierra que, a su imagen y semejanza, imparten una justicia que llueve desde el cielo con uranio empobrecido; ellos, rescatados para la vida por una escuela para la dominación y la competencia, reirán nuestras miserias y se mofarán de las conciencias que son nuestro peor lastre; ellos, a salvo por fin de valores para la convivencia y de temas transversales tan inútiles como la paz o la igualdad, sabrán advertirnos de que la sombra de Caín vaga errante todavía, incluso mucho más allá de las fronteras ibéricas como Machado pensaba. Nuestra esperanza reside, pues, en que también a ellos vengan a reclutarlos para una guerra  que ha coronado a España -que no a sus ciudadanos- con el ridículo y la deshonra, ahora y en la hora de nuestra  muerte, amén.

(Encargo para una revista universitaria que no llegó a editarse, abril 2003)

domingo, 6 de abril de 2003

Para Joaquín González Vecín

    Todavía quien acuda a votar el día 9 de abril para elegir la Junta de Personal Docente de la Universidad de León podrá reconocer en la lista de CCOO el nombre de Joaquín González Vecín. No hay trampa ni patetismos en esa presencia inmarcesible: él mismo expresó su deseo de integrar una vez más una candidatura que ha cobrado una dimensión inesperada tras su muerte. Pero está claro que la papeleta de votación ha devenido histórica no por el hecho fatal que la envuelve, sino por la dimensión histórica que le concede coronar la andadura de un personaje igualmente histórico ya, entrañable, comprometido y cabal hasta sus últimos momentos.
 
    Para muchos de nosotros Joaquín era un prototipo. Cuando se creó la Universidad de León, ¡va a hacer veinticinco años!, y todos éramos mucho más jóvenes y más sanos -él sin duda el que más-, los pocos profesores que integraban su claustro eran perfectamente clasificables de acuerdo con sus tics o sus maneras y eran reconocibles y reconocidos como no alcanzará nunca el anonimato y la dispersión actual. Lo de Joaquín era la pipa y la profusión bibliográfica; a partir de ahí todo valía, así en sus clases como en las calles de las que quiso ser alcalde. Nunca tuvo la pátina de sabio, a pesar de que compartiera con los genios cierto aire de aparente despiste, ni era especialmente magistral; pero guiaba, aportaba orientaciones, no era dogmático y era listo en el mejor de los sentidos. Se hacía querer y respetar de una forma desprendida, como si nada le fuera en ello, pero pocas naturalezas humanas le pasaban desapercibidas. Tanto que su propia especialidad académica, la Geografía Humana, era él mismo; ninguna otra materia, ni la Historia a la que contribuyó ni la Medicina que no lo salvó, hubieran podido congeniar con su humanidad.
 
    Porque, además de todo esto, Joaquín no faltaba a ninguna cita con el destino histórico, ése que se teje con los hilos comunes de la vida cercana e inmediata para transformarla hasta repercutir en los estampados más nobles. Sin remontarnos más atrás, baste constatar que en los últimos años compartía con absoluta dignidad su enfermedad con todas las convocatorias de respuesta a la política del actual gobierno, ya fuese para denunciar los retrocesos democráticos de las leyes educativas, ya fuese para clamar contra una guerra bárbara e injustificable como la de Irak. Nunca fue un hombre equidistante, ni aunque el mal que se lo iba llevando poco a poco se lo hubiese permitido; siempre estuvo en su sitio, coherente y tenaz, perseverante, rara avis a estas alturas en los recintos feudales de nuestras universidades.
 
    El Sindicato de Enseñanza de CCOO se honra de haberlo tenido como compañero y como miembro significado de su Consejo Provincial. Con su adiós nos propone el reto de ser también perseverantes y tenaces a su altura, pero ahora en orfandad. Y para todos nosotros y para cuantos lo convivimos, en el ámbito de que se tratara, cobran valor nuevamente y más que nunca las palabras de Jorge Manrique: “dejónos harto consuelo su memoria”.

Publicado en Diario de León, 7 abril 2003

miércoles, 26 de febrero de 2003

El espíritu de la ferretería

    Y al final, ni barco pirata ni salón de las artes. Depósito de piedras muertas.
 
    Diez años después de que el edificio Pallarés cesara su actividad cultural para ser remodelado, no se sabía bien con qué fin, vuelve a hablarse del que parece va a ser su destino definitivo y relativamente cercano: Museo de León; es decir, silo receptor de los fondos históricos desperdigados entre el claustro de San Marcos y las salas de la calle Sierra Pambley. ¡Quién podía suponer tan bárbara transformación genética! Y, sin embargo, ¡qué lógico resulta todo en esta ciudad pensionista!
 
    Siempre ha estado ahí, inválido como una proa desorientada en la plaza de Santo Domingo, soportando paciente la trama urbanística y la inopia provinciana de nuestras instituciones, afligido y menospreciado, a la deriva de políticas sin fundamento. Pobre edificio Pallarés, triste ciudad sin alma. Siempre ha estado ahí y algunas memorias recuerdan todavía -se duelen todavía- la batalla librada en origen para salvarlo de una condena burocrática y transformarlo en un espacio para la cultura local, que es decir tanto como cultura universal si está viva, si es dinámica, si se concibe en tránsito y por ella transita un dinamismo vivo. Siempre ha estado ahí, bajel perenne en medio de un mar escaso de horizontes, habitado y deshabitado, sostenedor de un corazón que latía, a veces desbocado, a veces contenido, como un ser que siente y que se siente.
 
    Casi sin solución de continuidad, vio sustituidos sus anaqueles y repisas cargados de chavetas, alambres y vasijas de cinc por una muchedumbre de artistas inclasificables que colgaban cuadros abstrusos en sus paredes, junto a fotografías vertiginosas y esculturas de neón. La espontaneidad tiene esas cosas y algunos concibieron aquella transformación como un tiempo de esperanza; incluso los hubo que se atrevieron a invocar un rincón para las minorías, qué sé yo, hasta un leve hueco lírico para poetas y amantes de la danza. ¡Vanidad de vanidades! Pero sí, Pallarés existía aun a pesar de  domadores y otros arribistas que la Diputación colocaba en su sala de máquinas para domesticar aquel impulso tan ingobernable. Salón de las Artes lo nombraron cuando todavía olía a metales y a cuerda de pita. Fue así hasta que a alguien se le ocurrió colocar en la fachada que da a Piloto Regueral una lápida para una posteridad que apenas si duró lo que dura el recuento de las urnas. Por aquel entonces, se le había encargado a un lozano arquitecto del otro lado del Manzanal el proyecto para la definitiva mutación del edificio, y éramos todos tan de pueblo que nadie en el Palacio de los Guzmanes sabía realmente lo que se quería hacer, el caso es que hubiera un bar moderno con piano y una tienda con objetos caros e inútiles como en el Thyssen; hasta el joven servil que en esas fechas presumía de dirigir sin dirigir aquella entelequia lanzaba consignas vanguardistas al técnico berciano para que no se olvidara de instalar conexiones para cederom en todas las salas. ¡Ingenuo y palurdo año 92!
 
    Pallarés fue cerrado y sólo obreros de la construcción pudieron seguir paseando por la ferretería. Estaba claro que era el final; la derecha tiesa de nuestras tierras de adobe había reconquistado el gobierno provincial y no iba a permitir que aquella acracia artística contaminara a  ciudadanos de tan recio abolengo. No, señor, de lo que se trataba ahora era de levantar un buen Musac y un Auditorio como dios manda, y museos bonitos para los turistas, aunque por el camino se nos caiga algún palacio o se viole una casa porticada en la Plaza del Grano. Esto es, llenar de maquetas inertes el viejo Ayuntamiento y ubicar la semana santa, con sus valores incluidos, en el almacén arruinado del Conde Luna. Y para el barco pirata que un día se atrevió a desconcertar conciencias y sensibilidades, qué mejor que unos cuantos restos de tumbas y la bisutería gloriosa de los ancestros. Un barniz de historia que, probablemente, es lo único que podemos aspirar a ser.
 
    Me disculparán, pues, arqueólogos e historiadores antiguos. Me disculpará Luis Grau si clamo aquí por el espíritu de la ferretería. Me disculparé yo mismo por no haber invadido de nuevo el edificio Pallarés y dejarlo al albur de los vientos hostiles. Nos disculparemos todos y, a partir de hoy, como si fuésemos una Lancia postrada, intentaremos reconocernos en las ruinas. ¿Qué será de esta ciudad cuando Pepe Tabernero arroje la toalla o Alfonso Ordóñez decida, desilusionado, volverse a Barcelona?

Publicado en Diario de León, 13 marzo 2003

sábado, 28 de septiembre de 2002

La tercera dimensión en la educación

    A lo largo y ancho de la historia social, los conflictos de clase han sido descritos muy visualmente echando mano de dos dimensiones gráficas y comprensibles. En un principio, de forma algo elemental, se trataba de distinguir lo que estaba arriba frente a lo que estaba abajo, es decir, las clases altas de las clases bajas. En un estadio posterior de mayor formalización política, esos términos fueron sustituidos por la expresión lateral, esto es, derecha e izquierda, conforme a la hipótesis, no siempre generalizada sin embargo, de que arriba se correspondía con derecha y abajo, con izquierda.
 
    Particularizando mucho, la historia de la educación discurre en cierto modo paralela a la evolución histórica de estos términos. Así, en un principio, una diferencia primitiva entre arriba y abajo estribaba precisamente en que los primeros tenían acceso a la cultura (y eran o podían ser educados) mientras que los segundos -desheredados de todo por definición-  habían de conformarse como máximo con la sola formación religiosa que, al cabo, era la que más interesaba para mantener inamovible el statu quo a favor de los primeros. Merced a la progresiva ideologización política de los siglos XIX y XX, la educación se convirtió también en una seña de identidad para las nuevas sociedades, de tal manera que la izquierda hizo bandera de la educación pública para todos, mientras que la derecha trató de mantener privilegios de élite en lo que entonces llamábamos colegios de pago, religiosos en su mayor parte.
 
    Naturalmente, da hoy la impresión de que esta situación está superada. Por un lado, en los países desarrollados la enseñanza básica se ha generalizado a casi toda la población, la educación pública se ha extendido de forma digamos suficiente y el acceso a estudios superiores parece casi al alcance de cualquiera. Por otro lado, los llamados ahora colegios privados concertados recogen financiación pública y alumnado en teoría de todo origen social, habiéndose convertido sus patronales, paradójicamente, en los más firmes adalides de la libertad de enseñanza. Junto a esto, tampoco podemos ignorar el perfume embriagador que el capitalismo ejerce sobre las masas, creando la apariencia de que todo se ha igualado y que, por el hecho de enviar a nuestros hijos a no sé qué colegio de hermanitas, todos somos poco menos que gobernadores civiles a la antigua usanza.
 
    ¿Se ha producido realmente la superación de una barrera social en nuestro país o estamos ante un espejismo? ¿Acaso las diferencias sociales están volviendo a mutar a medida que la historia va pasando páginas? Más bien parece esto último; y, de ser así, ¿no deberíamos preguntarnos por el nuevo formato de las diferencias, aquello sobre lo que gravita en este siglo XXI la obstinación en lo distinto? Desde nuestro punto de vista, una tercera dimensión ha entrado con fuerza en el mundo educativo para que nada cambie y para que la apariencia nos haga pensar en un mundo más feliz. Esa tercera dimensión que faltaba no es otra que la de delante y detrás, los adelantados frente a los retrasados. He ahí la nueva clave que vuelve a encumbrar a unos y a abismar a otros.
 
    ¿Puede un gobierno conservador desmontar a estas alturas democráticas el valor conquistado por la educación? Desde luego que no; políticamente, sería más que incorrecto e insoportable. ¿Puede un gobierno conservador permitir la igualdad de oportunidades educativas para todos con independencia de cunas, tintes, neuronas o fes? Naturalmente no; adónde iríamos a parar. Así pues, se hace imprescindible dividir, separar, segregar, es la doctrina neoliberal, el sálvese quien pueda, la pantomima de que cualquiera puede llegar a ser presidente (¿es una pantomima?); lo pide la sociedad, dicen, los profesores lo reclaman y las nuevas leyes educativas lo bendicen. Pero, con qué patrón. El de arriba y abajo está periclitado y el de izquierda y derecha, poco menos que demodé. Por lo tanto, sólo resta delante y detrás.
 
    Toda la política educativa del Partido Popular se acomoda a esta nueva dimensión triunfante, y ello explica tanto la reducción de becas universitarias (recientemente denunciada por el Presidente de la Conferencia de Rectores) como el desequilibrio inversor entre centros públicos y privados. Ese desequilibrio ha supuesto que en la Comunidad de Castilla y León, entre los años 1996 y 2000, la pérdida de alumnos en la educación pública haya superado la media nacional, mientras que crecía sin rubor el traspaso de recursos públicos a empresas privadas a través de conciertos. Y ese fenómeno no ha dejado de crecer, evidentemente, con el traspaso de competencias; por el contrario, la Consejería de Educación y Cultura ha generalizado los conciertos para la Educación Infantil en tanto que, por ejemplo, elimina los Programas de Orientación en los Colegios Públicos o suprime puestos de Educación Compensatoria destinados a atender a minorías étnicas y a inmigrantes, los más atrás de los de detrás.
 
    Pero nos engañaríamos si creyésemos que se trata tan sólo de una cuestión económica o de recursos. Las diferencias de profundidad son también y sobre todo una expresión política, social y cultural que nos incumbe a todos por igual, ya sea en la degradación de los desempleados -otros retrasados que en numerosas ocasiones nacen en el propio sistema educativo-, ya sea en la propia transmisión de conocimientos en la escuela, no solucionada ni mucho menos por ayudas para libros de texto, sino por situar a los alumnos en disposición de acceder verdaderamente a las fuentes de información, donde están ya los adelantados. Las repeticiones de curso significan la consolidación del retraso; los itinerarios ponen de relieve, sin remediarla, la distancia entre los primeros y los últimos; la jerarquización y la pérdida de autonomía en los centros públicos encarnan las nuevas formas de control para asegurar el éxito de los sumisos y someter al ostracismo a los rebeldes. La Ley de Calidad es la nueva Biblia de la tercera dimensión y Pilar del Castillo, su sacerdotisa.

Publicado en Diario de León, 23 noviembre 2002
y en T.E, Castilla y León, octubre 2002

jueves, 20 de junio de 2002

Como cuando vinimos de España

    Argentina, un horizonte mucho más que entrañable, no deja de conmovernos e incluso movernos a vergüenza en este lado del océano, donde da la impresión de que su fractura social, política y económica no va con nosotros, a no ser por los rotos que provoca en los beneficios de ciertas empresas depredadoras de linaje hispano. El caso es que hasta aquel país singular llegaban no hace tanto tiempo españoles que, huyendo de una España pobre y sin perspectivas, buscaban allí su propio lugar en el mundo; y en verdad no debió de irles tan mal, a pesar de que siempre los vientos fueron por allá racheados. Sucedía así que a un periodo de esplendor y de crecimiento le seguía otro inevitablemente de oscuridad y de mengua. Acostumbrados a esos vaivenes y haciendo gala de un estoicismo muy de nuestro sur, aquellos españoles, cuando la fortuna dejaba de serles favorable y caían de nuevo en la penuria, exclamaban resignados: “ya estamos como cuando vinimos de España”. La frase creó escuela y, naturalmente, se extendió a muchas otras situaciones cotidianas en las que se repetía la sucesión de fortunio e infortunio, de conquista y derrota, de éxito y de ruina.
 
    Este curso escolar que ahora concluye consagra en el ámbito de la educación en nuestro país el cambio de ciclo, ligado por supuesto a un mismo derrotero político que afecta en general a todo lo social y lo público. Por lo que a la educación se refiere, desde que convinimos en convertirnos en un estado democrático a la usanza europea, una de las principales preocupaciones de la sociedad española durante el último cuarto del siglo anterior fue modernizar su sistema educativo -desde los cero años hasta la Universidad- a la vez que se perseguía universalizar esa educación como un derecho para todos. Con toda probabilidad esos objetivos fueron relativamente alcanzados. Nadie puede negar los progresos, aun imperfectos, que supuso la legislación aprobada en los últimos veinte años, si bien es cierto que los ritmos históricos la han envejecido demasiado pronto, poniendo de manifiesto con mayor nitidez las insuficiencias de su aplicación y la falta de correspondencia en muchos casos entre la letra y la realidad. Tampoco nadie podrá negar el progreso que se apoya en la extensión de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años y la oferta casi generalizada en Educación Infantil, en el mayor acceso de jóvenes a los estudios universitarios y en el rescate de la Formación Profesional desde la catacumba en la que vivía abismada. Así mismo no se puede negar que ciertos modos democráticos y participativos, ciertos principios de libertad y de igualdad, impregnaron también las formas de gobierno de los centros educativos, desde los claustros hasta los consejos escolares, desde la elección de directores o rectores hasta el fortalecimiento del espíritu asociativo entre estudiantes y padres y madres. En suma, hemos atravesado un periodo difícil de conquistas imprescindibles en el mundo de la enseñanza y lo hemos hecho, sobre todo, en el ámbito público, aquel que puede garantizar que los principios antes citados llegan a todos los ciudadanos y ciudadanas.
 
    Pero este curso que concluye nos vuelve a situar como cuando vinimos de España, es decir, en el residuo del pasado. Asistimos a la regresión en casi todo lo avanzado, azotados, más que por un aire de progreso, por un afán de revancha que nada o muy poco sabe de la ilustración (eso es lo más terrible). Las leyes educativas que el Partido Popular va imponiendo so pretexto de rejuvenecer el ordenamiento y atender a nuevos problemas que nos han ido asaltando, no son -nos tememos- ejemplo de un rumbo que avanza, sino directriz que hurga en el pretérito para reconquistar valores eternos, privilegios de casta y principios de un talante mucho más que conservador. No otro sentido puede atribuirse a las formas y a los contenidos que identifican a las nuevas leyes que el actual Gobierno va alumbrando, desde la LOU hasta la Ley de Calidad. Por encima de cuestiones de índole pedagógica u organizativa, la ausencia de diálogo y de acuerdo marcan el estilo; y la consagración de modelos jerárquicos, segregadores y elitistas, el fondo. Asusta un poco pensar que ese estilo y ese fondo, además de constituir una política, impregnan también el envoltorio social y que una gran parte de la sociedad española los asume como seña en los tiempos que corren. En tal caso, la enfermedad sería mucho más grave, puesto que no sólo estaríamos asistiendo a la culminación de un programa de gobierno, sino a la consolidación de un país premoderno, insolidario y gris, esto es, justamente aquello de lo que escapábamos cuando salíamos de España.
 
    Las reformas educativas que se están poniendo en marcha, siempre en contra de la general contestación de la comunidad escolar, van a suponer un cambio casi copernicano del sistema. El denominador común de esa transformación no es otro que el objetivo de competencia en desigualdad muy propio de las ideologías neoliberales al uso, que se vanaglorian de reducir el sector público como virtud, sin expresar sin embargo el más mínimo sonrojo al potenciar todo género de subvención y favor al privado. Así lo hace la LOU con las universidades privadas frente a las públicas, y del mismo modo lo regula la Ley de Calidad con la enseñanza no universitaria. Podrán utilizarse argumentos sonoros como la endogamia o el fracaso escolar, pero ni una ni otro van a ser resueltos ni interesa al Gobierno que así suceda: cuanto mayor sea el descrédito de lo público mayor será el beneficio de lo privado. Y aún más, para que esta máxima alcance el éxito que se pretende, también las nuevas leyes vienen a garantizar la hegemonía ideológica que las anima mediante el recorte de la participación democrática y la comisaría política de la Administración en los centros educativos, no vaya a ser que la libertad se enquiste en alguno de ellos y provoque una epidemia de derechos ahora cercenados. Mal asunto para una España de privilegios y de agua bendita.
 
    Así pues, poco queda ya para el curso próximo, momento en el que será necesario reforzar las formas de oposición a la política educativa del Partido Popular y de su entorno empresarial y tridentino. CCOO ha propuesto ya un paro general en la enseñanza para el otoño que viene, hacia el que nos dirigimos con el aval de las protestas masivas puestas de manifiesto en el último tramo del curso actual.  En ellas y en el deseable fin de la soberbia gubernamental reside el porvenir -argentinizado o no- de la educación española.

Publicado en Diario de León, 1 julio 2002

sábado, 18 de mayo de 2002

Miente Arvizu

    En la sección Tribuna del Diario de León del pasado día 12 de mayo, aparecía un artículo firmado por don Fernando de Arvizu bajo el título “Calidad en la enseñanza”. En el mismo, además de contenerse opiniones acerca de las propuestas educativas del Partido Popular, se hace referencia no bien intencionada a los movimientos de contestación a esa política afines, según el ex senador, al Partido Socialista. Pues bien, en lo tocante a esta Plataforma para la Defensa de la Enseñanza Pública y a los planteamientos que defendemos hemos de señalar: 

  1. Miente Arvizu -y lo sabe- cuando ignora la trayectoria dilatada en el tiempo de esta y otras plataformas similares de ámbito estatal o regional. No se trata, por lo tanto, de organismos creados al efecto, si bien es cierto que las políticas intransigentes del Gobierno actual tienen la virtud de animar, a falta de otros cauces que merezcan su respeto, estas formas de expresión. Y miente también Arvizu -y lo sabe- cuando identifica a las organizaciones integradas en estas plataformas con el Partido Socialista. Además de la presencia de este Partido, en la Plataforma de León se incluyen actualmente cinco organizaciones sindicales, dos organizaciones políticas, dos federaciones de padres y madres de alumnos y un movimiento de renovación pedagógica, cada una con la ideología que las identifica pero con el denominador común de reivindicar la escuela pública (en lo que no coincidimos, evidentemente, con el PP); y cada una de ellas con sus afiliados, militantes o asociados que, juntos o incluso por separado en algunos casos, reúnen a un mayor número de personas que las que figuran como afiliadas al Partido de Arvizu en esta provincia. 
  2. Dice el ex senador -y sabe que miente- que la llamada Ley de Calidad de la Educación “está siendo precedida de un amplio diálogo con los sectores sociales de la comunidad educativa”. Nadie mejor que él sabe que eso no es verdad, puesto que, a propósito de ese proyecto de Ley, los únicos debates públicos habidos en la provincia leonesa han sido dos mesas redondas promovidas casualmente por esta Plataforma. A una de ellas, celebrada el pasado día 2 de mayo, se había comprometido a asistir Arvizu en representación del PP, pero ni lo hizo ni tuvo la delicadeza (podríamos llamarlo también educación de calidad) de disculparse o de enviar en su lugar a algún otro miembro de su partido. Claro que lo mismo ocurrió con la mesa celebrada el día 9 de mayo, donde la invitada era doña xxx, y su comportamiento fue similar al anterior. Cabe preguntarse entonces con quién debate Arvizu y el Partido Popular. ¿Quizá con la patronal de la enseñanza privada? ¿Quizá con la iglesia católica? Si nos atenemos a los cambios que desde el original Documento de Bases se han introducido hasta llegar el anteproyecto de Ley así lo parece, pues no son otros que la gratuidad en etapas no obligatorias de la enseñanza, es decir, generalizar los conciertos en Educación Infantil, y reforzar la enseñanza de la Religión en la escuela de un Estado no confesional. 
  3. Pero comportamiento y mentiras de este tipo son normales tanto en Arvizu como en el partido que nos gobierna, sobre todo si acto seguido se dispone de uno o de varios medios de comunicación para impartir doctrina. Porque no otra cosa es su artículo ni otra cosa en la Ley que lo fundamenta. Dice Arvizu, por ejemplo, que “no debería haber disparidad en el diagnóstico” de los problemas que hoy tiene la enseñanza y que nadie niega que existan; pero no descubre en qué análisis se apoyan sus afirmaciones sobre el fracaso escolar o la igualdad de oportunidades, por citar dos aspectos que él aborda con la frivolidad propia de quienes afirman que teníamos un problema y ya no lo tenemos. Aventajado alumnos, como vemos, el ex senador, que nunca se verá sometido, vistos su aplicación y esfuerzo, a seguir carrera política en itinerarios residuales. O tal vez sí para dejar paso a otros. 
  4. Por último, apunta Arvizu -y casi seguro que miente- que “la Ley que en su momento se apruebe contendrá modificaciones y mejoras introducidas en el trámite parlamentario”. Tampoco en esto podemos estar de acuerdo, pues el objetivo primero de esta Plataforma es conseguir la retirada de un proyecto de ley que nace falto de un imprescindible análisis riguroso, de un Libro Blanco de la Educación que, además de identificar los conflictos, no ignore las causas de los mismos ni desprecie los éxitos alcanzados por un sistema educativo público que, contra viento, marea y ex senadores, ya es de calidad. En fin, toda una frustración para Arvizu no poder contribuir al trámite parlamentario, aunque una satisfacción relativa para quienes desconfían de discursos que no superarían una buena reválida en un debate público como aquel del que huyó el interfecto.
Publicado como Plataforma para la Defensa de la Enseñanza Pública en
Diario de León, 23 mayo 2002

domingo, 28 de octubre de 2001

El tren que amamos

    Fue entrañable detenerse el domingo día 2 de septiembre de 2001 en las páginas del Filandón de este diario, para revivir de la mano de Fernando Algorri la memoria del Tren de la Aviación, aquel olvidado ferrocarril que unía la ciudad de León con el aeródromo de la Virgen del Camino durante la última Guerra Civil. No son pocos los que con el amigo Algorri podríamos, seguramente, agitar aquí el recuerdo que todavía pervive de viejos, legendarios ferrocarriles con los que convivimos no hace tanto tiempo: el Shanghai, los Chispa que nos llevaban hasta la playa de Gijón, el Ruta de la Plata... por no entrar en el detalle de cuanto la Asociación de Amigos del Ferrocarril podría sin duda avivarnos, como acostumbra con frecuencia al hacer resonar los pulmones poderosos de ese monstruo extraordinario que dio en nombrarse Mikado.

    Por continuar hacia atrás en la memoria, diremos que corría el año 1989 cuando, por razones académicas, un grupo de alumnos cayó conmigo en el Museo del Ferrocarril de la estación madrileña de Delicias. Pues bien, helos allí, en medio de las locomotoras de vapor, de los prehistóricos vagones de viajeros y de los modelos que fueron un día vanguardia del Talgo, y su inquietud, su única pregunta repetida se dirigía a averiguar dónde demonios podían ver el AVE, del que entonces se comenzaba a hablar y al parecer único ferrocarril que formaba parte de su acervo e interés ferroviario. Naturalmente, la desilusión de aquellos adolescentes era infinita al comprobar que semejante artilugio no había merecido todavía un andén en tan espléndido museo.

     Se habla mucho también de la alta velocidad en la actualidad por estos pagos, y a veces resulta inevitable, ante cierto tipo de declaraciones tan admirativas de la tecnología vertiginosa como ingenuas para la boca que las expresa, recordar el rostro asombrado de aquellos muchachos y muchachas que no concebían otro tren que no fuera el último, el más moderno, el más vendido para la España del 92. ¡Tiempos aquellos! Y se habla de la alta velocidad en esta actualidad y por estos pagos ligando el asunto, cómo no, a esa llaga urbana de la ciudad de León que como una columna vertebral la recorre de sur a norte, la divide e incluso la emblematiza con la pervivencia de lo que algunos consideran un vestigio arqueológico: el paso a nivel. Así que revive el viejo conflicto y los viejos afanes por darle solución, más ahora por supuesto cuando la aspiración de todo buen político provinciano pasa por subir un día en los estilizados y aerodinámicos convoyes de esa loca velocidad a su paso por esta encrucijada de pensionistas y especuladores del suelo. 

    Pero aguantemos el tipo un poco más en el pasado para comprender mejor este presente de cartón piedra. La guerra del paso a nivel, siempre latente y a ratos con vitalidad de primera página, vive sus ciclos por decenios y bueno será remontarnos en su túnel -oportuna metáfora, por cierto- para comprender mejor la tesis que luego sostendremos. 

    A principios de los años 80, cuando las asociaciones de vecinos a pesar de aperecérsenos hoy con tonos sepia no tenían sin embargo el velo amarillo que más tarde ha caracterizado a muchas de ellas, en los tiempos pretéritos -recuerden- del alcalde Morano Masa, desde la ignorancia del vecindario se propuso ya una solución muy similar a la que ahora baraja la sabiduría de técnicos y políticos municipales. Se les acusó entonces de ilusos, de aficionados a las maquetas, de proponer alternativas (el enterramiento del trazado ferroviario) imposibles y, por el contrario, se optó por hundir la avenida bajo los raíles y así fue también como se hundieron millones de fondos públicos en medio de un ridículo del que nunca nadie dio cuenta ni pagó responsabilidades. Vino después, en el año 1990, un segundo capítulo de la pueril polémica: que si por arriba, que si por abajo, que si por el medio... mientras el tal Morano Masa, posiblemente la figura que junto a la del obispo Almarcha más daño ha causado a esta ciudad, continuaba con sus equilibrios vodevilescos en el Ayuntamiento. Naturalmente, todo volvió a quedar en nada, aunque en aquel momento ya publicamos en este mismo diario y a él remito (10 de diciembre de 1990) un artículo en el que defendíamos, por razones más sentimentales y estéticas que otra cosa, el mantenimiento del paso a nivel como seña de identidad de un barrio y de una vergüenza de demasiado fácil olvido.

    Y aquí estamos, otra vez dándole vueltas a la particular disneylandia que cada gobierno municipal propone para suturar esa brecha abierta en canal por raíles y traviesas en medio de los sueños de Amilivia, el nuevo conseguidor nacido a la sombra de las ayudas europeas y de los trucos venenosos del andamiaje leonesista. Eso sí, con la variante añadida de la dichosa alta velocidad que por fortuna no llegaremos a ver, pero que vende mucho y barato en los planos aunque no así en los presupuestos. Pues bien, como ya hicimos en el artículo antes referido, debemos seguir hoy defendiendo la pervivencia del paso a nivel y de todo su entorno ferroviario, pero hemos de hacerlo no ya a la luz de la técnica o del sentimiento, sino de algo mucho más comprensible y prosaico: de la simple razón económica.
  
    Invertir hoy la cantidad de millones de la que se habla con el fin de enterrar la estación y unos cuantos kilómetros de caminos de hierro es puro desperdicio, como lo fueron todas las cantidades invertidas hasta la fecha durante los últimos veinte años en arreglos y desarreglos si, como parece, al final la solución válida es la que a principios de los ochenta apuntó un grupo de vecinos que fue tachado de ignorante e indocumentado. ¡Cuánto tiempo perdido, cuántas palabras y cuántos dineros públicos! Y, paralelamente, qué ha sucedido durante estos veinte años en lo que se refiere al tráfico ferroviario al menos de viajeros. Muy sencillo: la degradación del servicio, la supresión de líneas, un menor número de usuarios a medida que se recortaban también el número de trenes hacia cualquier destino, la involución incluso en algunos trayectos, etc. Razones que no hacen al caso nos han llevado a comparar el dispar proceso seguido en el transporte de viajeros por ferrocarril  o por carretera hacia lugares como Ponferrada o Asturias, por citar dos ejemplos fácilmente contrastables. La deducción es inmediata y sencilla: no pasará más allá de otro decenio para que esos trayectos se extingan por sí solos, sustituidos por la voracidad del transporte por carretera, si el nivel de atención por parte de quien corresponde se mantiene en las mismas constantes del último cuarto de siglo; es decir, favoreciendo descaradamente a este último frente al claro abandono de la opción residual del ferrocarril. Así pues, para qué invertir en una muerte anunciada si no es para disfrazar otros intereses más bastardos.

    Ahora bien, si alguien se cree que saldremos de ésta gracias a los beneficios de la alta velocidad -opción Galicia, opción Castilla-, qué cerca vamos a andar entonces de aquellos adolescentes que se paseaban como bobos por la estación de Delicias a la búsqueda de lo virtual, olvidada la realidad de trenes muchos más tangibles y útiles para la población en general Tanto la apuesta económica por ese proyecto como por la del parque temático diseñado para sustituir el paso a nivel pueden buscarse en cualquiera de los presupuestos del Estado que año a año han elaborado los gobiernos del Partido Popular. Tanto es así que tentado estoy a darles mi voto en próximas elecciones para asegurarme de que, mientras gobiernen, nada de todo ello llegará a suceder. 

    Así que, amigo Algorri, mucho me temo que muy pronto escribiremos todos sobre la nostalgia del ferrocarril, de cualquier ferrocarril de ésos que hoy todavía atraviesan a diario nuestro paso a nivel e irritan a los feroces conductores de automóviles. Te animo, por tanto, a que te sumes a la defensa de ese rincón de los indignados, balcón con mirada libre sobre el tren que amamos, para que no nos roben ni una sola traviesa, ni un sólo centímetro de catenaria, ni un sólo tren de los que nos van quedando hasta que por sí solos y por la desidia común se nos mueran cualquier otoño de estos.
Estación Delicias (Madrid) - Museo ferroviario
Publicado en Diario de León, 21 noviembre 2001

lunes, 3 de septiembre de 2001

La calidad de la enseñanza, un perverso blasón

    A lo largo del pasado curso escolar, pero también durante los inmediatamente precedentes desde que el Partido Popular alcanzase posición de mando en plaza, una palabra perversa, un término ambiguo aunque en apariencia bondadoso, se ha instalado entre nosotros acercándose a la omnipresencia: la calidad.
 
    Desde las administraciones educativas de la derecha, muy en particular desde la cuna ideológica del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, y mediante una estrategia perfectamente programada, se han hecho correr a diestro e incluso a siniestro las ruedas de molino de la calidad de la enseñanza, de tal forma que no hay nadie a estas alturas -llámese profesionales de la educación, legisladores, asociaciones de padres y madres, organizaciones sindicales, etc.- que no haya incorporado a su discurso bien la simple palabra calidad como ornamento, bien su indeterminado significado con el fin de situarse acorde -parece ser- con el signo de los nuevos tiempos académicos. Pero si incluso la Universidad de León ha incluido entre sus Cursos de Verano uno bajo el título “La gestión de los recursos humanos y la calidad en los centros educativos”, con la participación de, entre otros ponentes, técnicos de Endesa o el Presidente del Tribunal de Cuentas. Gran éxito sin duda el de esos mercaderes de la propaganda político/pedagógica que, tras los fiascos pintorescos de doña Esperanza Aguirre, entendieron que para vender una ley, como para hacerlo con un oso, entre otras cosas lo de menos es matarlo, o ni tan siquiera que exista oso, sino que tenga un nombre acogedor, simpático, como de peluche, cargado de buen feeling. Nada que ver, por Dios, con aquellas siglas entre lo impronunciable y lo abstruso tan del gusto socialista -que si LODE, que si LRU, que si LOGSE, que si LOPEG-, que empezaban por no triunfar precisamente porque se atragantaban en las cuerdas vocales y llegaban a provocar arcadas en delicados velos del paladar más acostumbradas a la pauta fina del gregoriano y al sabor del Benedictine. Pero calidad, qué me dicen de calidad,  si hasta suena casi a virtud teologal... Y en fin, qué decir sobre lo que podría ocultarse detrás de aquellas siglas tan opacas, que ni una idea podía extraerse de ellas a bote pronto y lo mismo era algo que tenía que ver con otra cuasi onomatopeya de las más atroces, qué sé yo, catastro, por ejemplo.
 
    Así pues, la traída y llevada Ley de la Calidad de la Enseñanza, ley del Castillo popular, sin que ni siquiera se haya iniciado su trámite parlamentario ni su imprescindible negociación -de llegar a haberla- con los sectores implicados en la misma, es casi ya una ley amiga de todos, de niños y de mayores tanto como de jóvenes y de maduros, que ya es decir, y no así por la barbarie que pueda encerrarse en su articulado, que avisos haylos, sino porque, fíjate tú, es una ley de calidad, de calidad de la enseñanza que tanta falta nos hace, como si lo que viniéramos haciendo hasta la fecha promociones y promociones de profesores y profesoras de los distintos niveles de la enseñanza no fuese calidad, sino triste chapuza, apaño, trapicheo educativo; como si la formación recibida por promociones y promociones de alumnos y alumnas durante digamos nuestra etapa democrática no tuviese que ver con la calidad sino con lo banal, lo pueril y lo cutre; como si los centros educativos -públicos por supuesto, faltaría más- lejos de ser ejemplos de trabajo, programación, evaluación de rendimientos,  planes de mejora..., esto es, expresiones de calidad, fuesen en el fondo y en la superficie simples aparcaderos de residuos humanos que qué demonios podrían tener que ver con la verdadera calidad, esa distinción, esa vitola de clase tan de la genética elitista de lo privado.
 
    Pues nada, a realambrar, a realambrar con música de Viglietti, y calidad para todos. Es decir, a segregar el grano de la paja entre el alumnado para que unos florezcan vistosos en los jardines alegres de la paz mientras que otros sean dados como forraje a los bichos de la granja; a prolongar el número de jornadas lectivas, como si no fuera en número de horas en lo que se mide, y de sobra en nuestro país, el desarrollo del currículum; a rescatar del baúl incorrupto del abuelo incorrupto  la naftalina de la reválida, verdadero signo de modernidad en cuanto sustitutriz de la tan denostada selectividad; pero sobre todo a medir en términos de calidad, sí, pero de calidad tomada en sentido estrictamente economicista el sistema educativo, y más aún, puesto que se administra directamente desde los responsables políticos de quienes tratamos, el sistema educativo público castigado una vez más a una competencia y a una desigualdad evidentes en las condiciones de partida de que goza cualquier otro centro privado, concertado o no. Ley de Calidad, ¡qué alegría!
 
    Porque, a saber, si por cualquier azar o desconocimiento perfectamente disculpable tuviera uno que buscar referencias concretas en eso de la puesta en práctica de lo cualitativo,  nadie ejerce un mejor magisterio que la Consejería de Educación y Cultura de Castilla y León, que nos administra y guarda la competencia educativa. Y así, una pequeña mirada bienintencionada sobre sus procedimientos del curso 2000/01 así como sobre los inicios del 2001/02 puede sin duda hacer luz a los pobres legos acerca de qué calidad se nos viene encima. Basten algunos ejemplos: los alumnos de localidades tan señaladas como León, Ponferrada, Bembibre y Villablino continuarán un año más, contra todo ordenamiento legal, cursando los estudios del Primer Ciclo de la ESO en los colegios en lugar de en los institutos; las fechas de final del curso anterior, así como las del comienzo de éste e incluso las del tránsito entre uno y otro se diseñan a mayor gloria de la ineptitud del aparato administrativo, para quien poco importa si se cumple realmente lo prescrito en cuanto a periodos de reclamación, memorias de departamentos, etc.; se pretende habilitar a un número importante de maestros y maestras para impartir inglés en Educación Infantil sin que hubieran superado el nivel mínimo exigido para su incorporación a esos cursos y desoyendo cualquier reclamación en tal sentido; se desvían, en fin, millones y millones públicos hacia la enseñanza privada so pretexto de la libertad de elección de centro, ignorando paladinamente que no todos los centros tienen la misma libertad para invertir los talentos en bolsa; ninguna medida se ha adoptado hasta el momento, frente a otras comunidades autónomas que así lo han hecho, para recuperar el horario perdido en las materias de Música y Plástica por causa de una reforma pacata de las Humanidades; se adjudican las plazas a los maestros y maestras interinos mediado el mes de agosto, pero se les ordena su incorporación a los centros dos días antes del comienzo de las clases, en este caso el 7 de septiembre, no por prolongar sus vacaciones tan cínicamente denostadas, sino para ahorrarse la miseria de unos eurillos que pertenecen a los trabajadores y que deberían cotizarse a la Seguridad Social de todos. Y así hasta la saciedad en este bonito muestrario del despropósito titulado Calidad de Enseñanza.
 
    Y, como apuntábamos al principio, lo terrible de todo ello es que la estrategia  va poco a poco calando y ya se oye a equipos directivos, a federaciones de padres, a profesores y profesoras, a sindicalistas de toda la vida hacerse eco de las formas perversas del Ministerio y/o Consejerías, al convertirse en los principales voceros de una Ley -mejor dicho, de una palabra- que necesariamente, desde posiciones de progreso en el horizonte educativo como las defendidas por Comisiones Obreras, habrá que combatir por retrógrada, contraria a la mejor de las caligrafías que la LOGSE contenía y exponente de un pensamiento político que pretende devolvernos a la más remota de las remotas “Enciclopedias Álvarez”. Para que así no sea, qué mejor que concluir que la calidad bien entendida, estimados Castillo y Villanueva, empieza por uno mismo, que falta vaos haciendo.

Publicado en Diario de León, 21 septiembre 2001
y en Trabajadores de la Enseñanza Castilla y León, septiembre 2001

domingo, 25 de marzo de 2001

San José Obrero

    En medio de un mes de marzo desnudo de fiestas que echarse al cuerpo, un poco víctimas de la severidad del trimestre y un poco forzados por la confusión que acostumbran a generar las festividades de consumo libre (en ese caso la del día 19 fallero y paternal), ocurrió que caímos de nuevo sobre la prosa de los documentos oficiales donde aparece consagrado el calendario laboral y, claro, del nuevo repaso de fechas, igual que sucede cuando uno vuelve y revuelve sobre cualquier asunto no trivial, se nos descolgó un detalle desapercibido hasta ese momento y que nos colmó de perplejidad: he aquí que el día 1 de mayo merecía la vitola festiva por conmemorarse, según recoge el BOCYL, el día de San José Obrero. ¡Pues qué bien! Sólo faltaba una nota a pie de página donde se nos recordará que, además del designio del santoral, era ésa la fecha de obligada cita con las demostraciones sindicales carpetovetónicas.
 
    Y es que estamos rodeados. Una mínima ojeada sobre la nómina de eventos celebrables nos permitirá reconocer que sólo dos -Año Nuevo y el Día de la Constitución- mantienen una cierta cualidad no contaminada por los efluvios religiosos propiamente dichos. Porque los demás, incluso los en apariencia laicos, siempre hay alguien que se encarga de disfrazarlos al sagrado modo: Carnaval se liga a la Cuaresma, el 23 de abril a San Jorge, el 1 de Mayo a San José Obrero, y el 12 de octubre a la Virgen del Pilar; eso sin entretenernos en el detalle de las fiestas estrictamente locales, siempre hilvanadas con hilo de mitra aborigen o de manto de virgen caída en una majada local, y profesionales que, por lo que a la enseñanza se refiere, van de Santa Cecilia a San José de Calasanz y de San Juan Bosco a Santo Tomás de Aquino entre otros. En fin, que la colección de estampas fervorosas estratégicamente dispuestas sobre el calendario constituye toda una expresión kitch del sentido patrio, de manera que quede bien a las claras quién sigue teniendo en sus manos el mango del sartén: si a duras penas se consiguió -y no del todo- modificar los callejeros desterrando de ellos buena parte del estamento militar, lo mismo que se fueron de nuestros días y noches aquéllos que olían a naftalina fascista, casi habría que recurrir en amparo al Tribunal Constitucional ante el alarmante oprobio de los hitos católicos y de sus defensores en la letra de los boletines oficiales.
 
    Pero no acaba ahí la cuestión. Quien esto suscribe tuvo la dudosa fortuna de estrenarse en la tarea educativa en un instituto de Segorbe (Castellón), tierra de conversos y de carlistas, cuyo nombre no era otro que ¡Virgen de la Cueva Santa!  Sucedió que en una noche de farra quienes allí habíamos desembocado, mayoría en expectativa e interinos como suele ocurrir en todos los arrabales del imperio, convinimos en proponer al claustro la modificación de aquel nombrecito por considerarlo dudosamente adecuado a un centro público. Pero en buena hora se nos ocurrió tal propósito: clamaron al cielo los compañeros del lugar de toda la vida, santiguóse con evidente alevosía el profesor de religión, rasgóse las vestiduras el personal laboral de muy acendrado arraigo en el entorno, se extendió por todo el pueblo nuestra fama de extranjeros ateos e irreverentes... Toda una crisis como no había habido otra por aquellos pagos desde la época de la guerra civil. Menos mal que el Señor Director, un chico bien situado en las filas socialistas y por lo tanto con mucho que ganar en aquella década de los ochenta, medió en el entuerto y propuso una solución de compromiso: “¿Qué os parece si lo dejamos todo en Cueva Santa a secas?”.  Desconozco cómo se resolvió todo, pues no acabé aquel curso en tan pintoresco destino, pero aún es hoy el día en que me pregunto, más todavía si atendemos a cuanto venimos apuntando, qué sucedería si en Cacabelos (León), por ejemplo, alguien propusiera modificar el nombre de su colegio público, a la sazón Virgen de la Quinta Angustia (Cacabelos), San Juan Degollado (Gordoncillo) y Virgen del Arrabal  (Laguna de Negrillos). O como estos casos, otros tantos a lo largo y ancho de la ancha Castilla y León.
 
    Por lo tanto, ahora que ondeamos ya las banderas de abril y que habremos dejado atrás las vacaciones de Semana Santa, como mucho más atrás quedaron las de Navidad (otros dos borrones considerables sobre la condición aconfesional del estado y de su sistema educativo; más graves todavía si nos atenemos a lo que ello redunda en la irracionalidad del calendario escolar), podemos disponernos gozosamente a preparar el Día del Trabajo, es decir, de San José Obrero en versión oficial autonómica. Bueno sería que, junto a otras reivindicaciones paseadas en las pancartas del 1º de mayo, incorporadas a la redacción de alguna plataforma o negociadas con quien procediese, cupiera un hueco minúsculo para combatir estos y otros “sanbenitos” que nos han colgado, al parecer in eternum.


Publicado en T.E.Castilla y León, abril 2001