Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

miércoles, 31 de marzo de 2010

FELIPE ZAPICO: Litro de Versos


EL AUTOR.
     Por más que quisiera pasar desapercibido, este tritón del Bernesga siempre lo ha tenido muy crudo. No sólo por su tamaño notable, cosa evidente, sino, y sobre todo, por la magnitud de sus quehaceres, de sus inquietudes, de sus amistades y de su pendencia. Hombre poliédrico donde los haya, tanto frecuenta la música, como el cine, como la fotografía, como la poesía, como la vida. Oficialmente dicen que es especialista en bases de datos, en evaluación de recursos y calidad, en información científico-técnica, en multimedia y documentación audiovisual, y en recuperación de información y búsquedas. Todo ello desemboca en su condición de Doctor en Documentación por la Universidad de Salamanca y Profesor de Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Extremadura. De todos modos, como se apreciará, a pocas personas como a él se les puede aplicar aquello de por sus obras lo conoceréis.

LAS OBRAS.
·  Música. Líder de Los Deicidas, grupo leonés 1983-1993. "Éramos unos muchachos entusiastas, inconscientes, románticos, con ganas de juerga y sin mucha simpatía hacia la autoridad. Adornábamos nuestros cuerpos con chapas de nuestros héroes, nuestras orejas con pendientes y nos protegíamos del frío de León con chaquetas de cuero y con carajillos de coñá. Nada del otro mundo en una ciudad aburrida, burguesa, de misa diaria y ropa de domingo los domingos. Era divertido de cojones chillar, berrear y tocar mal instrumentos eléctricos de mala calidad. Siempre había uno que se reía y otro que protestaba. Misión cumplida, pues". Ver http://www.myspace.com/deicidas
·    Cine. Intérprete del personaje Narciso el Valvulista en el cortometraje Estirpe de tritones y en el largometraje posterior Tritones: más allá de ningún sitio. Ambas sobre las peripecias del submarino de bolsillo de la clase Tritón de la Consejería de Marina de la Junta de Castilla y León. Ver http://www.estirpedetritones.es/
·  Poesía. Autor de Tragos (nº 3 de la colección Traviesas de Poesía: http://traviesasdepoesia.blogsome.com/), Litro de Versos (Eolas Ediciones) y el inédito El ladrón de peras.

EL LIBRO.
Colección de poemas de 1988 (“una época en que nos hubiera gustado ser punkies y escupir palabras verdaderas” según Eloísa Otero), en la senda de Bukowski (“un poema es una ciudad llena de calles y de cloacas… / un poema es el mundo”). Un libro de gerundios, es decir, de adverbios, circunstancias, duración… unos poemas antiguos que perduran, aunque no sean exactamente esencia. La expresión lírica de un punk que llora: “Versos de amor y desamor (…) Contra la soledad, las heridas, las desventuras, la fragilidad, el desvalimiento, la locura” (Eloísa Otero).


EL TEXTO (Inédito).
Consejos contra la gripe humana
No beses
si no amas.
No des la mano
si no sientes afecto.
No des la espalda
ni a tu padre.
Presentación del libro en Valladolid, marzo 2010

miércoles, 10 de marzo de 2010

Yanquis en palacio

    ¿Qué hubiera pensado el capitán Samuel Edward Widdrington, uno de aquellos viajeros románticos del siglo XIX, al acercase en la actualidad al Palacio del Conde Luna? ¿Cuál hubiera sido su descripción del monumento si atendemos a la restauración que ha hecho de él sombra de lo que fue? ¿Le hubiera merecido la pena relatar el hallazgo como hizo mediado aquel siglo dentro de su libro Spain and the spaniards in 1843? Probablemente no. A los efectos, le hubiese sido mejor releer su propia crónica de viajes o los artículos de historiadores subsiguientes, porque con toda seguridad el Palacio de este siglo XXI le hubiese dejado frío y estupefacto. Podría, eso sí, haber aprovechado la ocasión para intercambiar unas palabras en perfecto inglés con sus nuevos habitantes / propietarios o confundirse entre las levas de visitantes locales, pensionistas sobre todo, asombrados todavía por lo que puede dar de sí la vida real y la historia de cartón piedra.

    Las labores de restauración suelen ser, por lo general, controvertidas. La pugna entre los puristas y los atrevidos viene a sumarse a la más gremial entre arquitectos y arqueólogos, por ejemplo, o entre conservadores y restauradores propiamente dichos. Eso por no citar las diatribas que se entablan entre la ciudadanía en general cuando de recuperar edificios o espacios urbanos se trata, donde cada cual defiende sus tesis como el más riguroso de los entendidos. En todos esos conflictos acaba interviniendo el tercio de los políticos, no necesariamente formados, no necesariamente leídos, pero que al cabo son los que aprueban los presupuestos y suelen padecer de un afán de gloria reñido con la sensatez. Y, por supuesto, tampoco debe ignorarse el papel que juegan los especuladores del suelo u otros poderes fácticos del patrimonio, como la iglesia católica y sus jerarquías.

    Así las cosas, la recuperación del patrimonio histórico y su puesta en uso arrojan resultados para todos los gustos, según el criterio triunfante. En la provincia leonesa encontramos muestras notables de todo el repertorio, desde el sacrilegio y la barbarie hasta la propiedad y el buen hacer. Por citar casos concretos que lo ilustren (aunque todo sea opinable) me permito indicar entre los primeros la Iglesia de Palat del Rey, donde se enterró sin sonrojo el alma de la ciudad de León, y entre los segundos el Monasterio de Carracedo, una simple consolidación de ruinas sin más pretensiones que no ha impedido sin embargo disfrutar de tan espléndido cenobio. Por el medio quedan todas las piedras romanas y muchas de las medievales, que entre la voracidad de los constructores, el laberinto de competencias y la incuria global, no se sabe si alguna vez llegaremos a apreciar en toda su magnitud. Y mientras tanto, sin restarle el más mínimo mérito y valor al edificio, la catedral gótica se ha convertido durante las últimas décadas en el más insaciable devorador de fondos sin que haya visos de que pueda atenuarse alguna vez tan exagerada digestión.

    Lo del Palacio del Conde Luna es plato aparte. Su rocambolesca historia incorpora de por sí los elementos necesarios para escribir todo un método del abuso y de la negligencia. Sin entrar en los pormenores de sus orígenes, cronología y titularidades –que dejaremos para consumo de estudiosos-, baste para ello atender simplemente al variado catálogo de actividades que ha acogido bajo su techo desde los tiempos de la desamortización hasta nuestros días: casa de vecinos, salón de baile, garaje, almacén de frutas y de vinos, entre otras. Y situémonos por fin en los tiempos presentes, en plena floración de la neomodernidad palaciega, para juzgar si hemos conseguido de alguna manera al menos romper con tan nefasto sino. A nuestro modo de ver, todo lo contrario. Si exceptuamos el adecentamiento e iluminación del pórtico principal, el resto de decisiones que se han adoptado parecen más bien un muestrario de vanidades provincianas y de actuaciones poco menos que contrarias a sentido, cuando no directamente necias. Pírrico bagaje.

    No consuela, ni mucho menos, su supuesta salvación. Por el contrario, nos mueve a preguntarnos qué fue de algunos de sus elementos constructivos originales, que se hizo de sus maderas y de su patio central, a qué intereses no confesados se sacrificó la esencia interior de su torre renacentista, por qué esta obsesión por habitar puerilmente un monumento que era valioso por sí mismo sin otro aditamento… Más bien da la impresión de que se ha actuado con alevosía, promoviendo una nueva realidad de bisutería –cara, pero bisutería al fin y al cabo- acomodada al gusto estético de sus nuevos moradores; es decir, un edificio con cierta pátina histórica, como los que nos depredaron años atrás los poderosos yanquis para trasladarlos a sus propiedades, que ahora, en cambio, gentilmente les cedemos, con el marchamo figurado además de haber servido como sede real en tiempos remotos. Toda una Disneylandia, en suma.

    Es lo que hay, como sentenciaría la resignación popular. Pero no es necesariamente lo que habrá, o no debería serlo al menos en una sociedad madura y participativa. Es sólo un ejemplo de los asuntos a los que conviene entregar el pensamiento y la reflexión colectiva cuando nos detenemos a analizar las ciudades en que vivimos. Lo escribió Platón en su Carta VII al señalar que la función del pensamiento era “salvar la polis”. Con mucha más modestia, es lo que persigue el Ateneo Cultural “Jesús Pereda” de Comisiones Obreras con el ciclo de conferencias titulado Pensar la Ciudad, cuya segunda temporada se inicia este mismo mes de marzo, a la vez que presentaremos la edición de las que se impartieron a lo largo del año 2009. Con toda seguridad, no habrá ya tiempo ni medios para vengar la afrenta del Conde Luna, pero sí para prevenir otras atrocidades urbanas de las que todavía no estamos a salvo.

Publicado en El Mundo de León, 18 marzo 2010,
y en Notas Sindicales, mayo 2010

viernes, 19 de febrero de 2010

Picaresca

    Yo, como bien conocerán sus mercedes, vine a nacer en la aldea salmantina de Tejares y di en morir con mis huesos en la noble ciudad de Toledo, a la sombra del arcipreste de San Salvador. Lo que aprendí en ese trayecto de vida no fue otra cosa que, para quienes nos es adversa la fortuna, sólo con fuerza y maña remando se sale a buen puerto. Luego, con los siglos que se sucedieron y contemplando la realidad desde la atalaya del presente, he descubierto también que la condición de pícaro se ha hecho perenne en las españas, hasta el punto de que una cualidad de nuestra historia es haberla universalizado al fin, como la seguridad social o la educación obligatoria pongo por caso. Sin duda, una auténtica contribución al progreso de la humanidad, para cuya demostración bastaría –a mi parecer- con echar una ojeada a las cuentas del estado griego o a los entresijos de los bazares financieros, que en estos años de crisis ponen de relieve hasta dónde llega el muy sagaz ejercicio democrático de la picaresca.

    Pero yo a lo que venía era a que entiendan ustedes la virtud que hace del periplo vital una necesidad, no sólo para la supervivencia. Está bien lo del apego al terruño y a las raíces, pero les confieso que a veces no queda más remedio que convertirse en nómada. Llevo meses leyendo las disputas pintorescas entre salmantinos y leoneses, incluso entre naturales de otras provincias, por convertirse en sede de los nuevos caudales regionales, como si la clave de todo fuese simplemente ubicarse a orillas del Tormes o del Bernesga. Nada he leído, sin embargo, del porqué de estas cuitas, ni de dónde nacen los agujeros de esos montes de piedad, ni acerca de los contubernios personales o políticos que los envuelven. Tampoco he visto cautela alguna en las posiciones que se adoptan, como si no pudiera ocurrir que a medio plazo la caja fuerte se privatizara y acabara sentando sus reales en algún emirato del Golfo Pérsico. Y pocos, muy pocos en verdad, se han atrevido a colocar en primera línea del argumentario el auténtico eje del embrollo: el mantenimiento de la naturaleza jurídica de esos establecimientos. En fin, quizá sea porque siempre he vivido entre pícaros, truhanes, vagos, espadachines y ladrones, pero esto es lo que modestamente se le ocurre a uno ante tal espectáculo. A saber qué pensaría de todo ello mi señor el rey Carlos I, que abandonó su Gante natal para gobernar todo un imperio. ¡Menudo pelotazo!

Publicado en Notas Sindicales Digital, marzo 2010

viernes, 5 de febrero de 2010

JOSÉ CENTENO, LUIS DÍEZ y JULIO PÉREZ: Curas obreros

LOS AUTORES.
     José Centeno García. Licenciado en Filosofía y Teología. Ha sido consiliario de la JOC (Juventud Obrera Católica). Pertenece a las Comunidades Populares. Actualmente milita en movimientos sociales y estudia a los grupos cristianos comprometidos con el mundo obrero.

EL LIBRO.
     Publicado por Heider Editorial. Explora la existencia de una iglesia militante en las filas de oposición al franquismo, que representó una cierta seguridad para muchos españoles. La presencia de curas obreros, jóvenes seminaristas enrolados en movimientos sindicales y secularizados en los movimientos sociales fue un excelente antídoto contra el anticlericalismo de la clase obrera que venía evidenciándose desde el principio del siglo XX.
Presentación en León, 5 febrero 2010

viernes, 22 de enero de 2010

NURIA RUIZ DE VIÑASPRE: El pez místico

LA AUTORA.
     Escritora y editora nacida en La Rioja en 1969. Ganadora del Premio de Poesía Ciudad de Tudela 2n 2004. Se la puede encontrar en el blog personal http://www.rasca-cielos.blogspot.com.es/ y en su propia página web http://www.nruizvinaspre.com/.

EL LIBRO.
     Publicado por Olifante Ediciones de Poesía. Dice de él S. Andrés Montaner: "...es el jeroglífico de la piedra filosofal en estado puro. A veces es su propio pez el que nace en el agua metafísica y vive en ella a pesar de sobrellevar metamorfosis a merced de sus manos. Liofiliza su cuerpo separándolo de sus sustancia original. Muerte y renacimiento. Es un pez misterioso, nitrogenado. Un pez sin huesos, una iconografía cristiana. El humano quiere una y otra vez pescar simbólicamente este pez dejando estéril ese trozo de agua para adueñarse de su lado más abstracto, de esa iconografía. Insiste en sacarlo de su medio, pero una vez en sus manos le desconcierta ese lado terrenal que tanto le acerca al desierto en el que se ha convertido la Tierra. Este pequeño pez en el ancho mar es al fin alcanzable gracias a sus múltiples muertes. Un pez filosófico convertido en un pescado. Un metido en un traje".


EL TEXTO.
El pez místico cayó en tierra
agua primordial filosófica
era su moral en cruz
pero descendió a este suelo nuestro
dejándolo vacío y roto
¡qué hallazgo de esqueleto
hallé en este ser tan equívoco!
¡qué hermética su materia
fijada en el ancla de mi vida!
¡qué inequívoca declaración de amor!
Presentación en León, 22 enero 2010

sábado, 2 de enero de 2010

LOS CARDIACOS: Integral

    Atina el poeta Benjamín Prado cuando señala que “todas las canciones terminan por ser tristes, por ser la banda sonora de algo que has perdido”. Pero esa frase, aun con ser cierta en lo personal y en lo sentimental, no hace justicia a la dimensión artística y estética de las propias canciones y de la música. La banda sonora de nuestras vidas puede ser triste, en efecto, si la escuchamos sólo como el eco de un pasado irrecuperable; pero ese eje nostálgico debiera atenuarse –para ser objetivo- con una perspectiva de la distancia que decante tanto las vivencias como los sonidos que las envolvieron. Por ejemplo, a treinta años vista de aquel concierto fundacional de la movida en homenaje a Canito, el batería de Tos, nuestra imagen de entonces, por más que fueran tiempos alegres, se nos aparece hoy tan cándida como palurda. Sin embargo, aquellas canciones gloriosas y herejes, exceptuados algún bote de Colón y otras Maripilis, han ganado cuerpo con la crianza.

    Es verdad que la reedición de muchos de aquellos éxitos obedecen simplemente a una estrategia de mercado que apenas si aporta algo nuevo al fenómeno: se limitan, por lo general, a recopilar melodías como quien contempla sin más un álbum de cromos de la niñez o las fotografías de quienes fueron compañeros en la orla del instituto o de la facultad. Es decir, como si detrás no hubiera una historia que investigar o detalles que esclarecer. No es el caso, por fortuna, del material que aquí nos ocupa, este monumental disco-libro de Los Cardiacos que responde al título de Integral y a un subtítulo elocuente, 30 aniversario (1979-2009). En él encontramos todo y más sobre este grupo leonés de largo recorrido: cuatro discos que incluyen grabaciones perdidas e inéditas, versiones imposibles en estudio y en directo, y, por supuesto, el catálogo completo de todas (o casi todas) sus canciones; también la reproducción gráfica de su discografía y de sus letras, junto a un archivo fotográfico y periodístico muy curioso; y, claro, unos textos que abarcan desde la biografía minuciosa del grupo hasta las que denomina Cardi-rutas por León, Valladolid, Madrid u Oviedo.

    Además de todo lo anterior, algunas perlas escritas vienen firmadas por nombres variopintos, que ilustran a su vez la repercusión que Los Cardiacos han llegado a alcanzar: el escritor Julio Llamazares, el que fuera Secretario General de CCOO Antonio Gutiérrez, el Procurador de las Cortes de Castilla y León Javier García Prieto y el portavoz socialista en el Congreso José Antonio Alonso; también los críticos Diego A. Manrique, Pablo Carrero, José Antonio Reñones y Carlos del Riego. Ahora bien, nadie dude de que lo que de verdad importa de todo este material son las canciones, y en esa materia Los Cardiacos firmaron un cancionero fundamental, que probablemente no nos asegure la felicidad, como las viejas discográficas, pero que –eso sí- nos rescata de cualquier tristeza tonta.

Publicado en Notas Sindicales, febrero 2010

viernes, 27 de noviembre de 2009

CARLA FIBLA y NICOLÁS CASTELLANO: Mi nombre es nadie

LOS AUTORES.

     Carla Fibla García-Sala (Valencia, 1973) es la corresponsal de La Vanguardia y de la Cadena SER en el Magreb, con base en Marruecos desde septiembre de 2001. Nicolás Castellano Flores (Las Palmas de Gran Canaria, 1977) desarrolla su carrera profesional desde julio de 2000 en la Cadena SER. Durante los últimos ocho años se ha especializado en el fenómeno de la inmigración, siguiéndolo en el archipiélago canario y en las costas de la salida de los inmigrantes o en sus países de origen. Su rigor profesional y su humanidad a la hora de informar de este fenómeno le han valido el IX Premio Derechos Humanos del Consejo General de la Abogacía Española en 2007.

EL LIBRO.
     Icaria Editorial publicó este trabajo en 2008. En la edición colaboraron el Instituto Europeo del Mediterráneo, la Casa África y la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo. La peculiaridad de este proyecto es que cede la palabra a los propios inmigrantes para permitirnos comprender las razones y dificultades que hay detrás de cada historia personal. Agrupa en cuatro CD los 30 testimonios recogidos por los dos periodistas en su recorrido por las actuales rutas de la inmigración desde África hasta Europa.
     El audiolibro está prologado por Sami Naïr. Además de la transcripción completa de las grabaciones, incluye cuatro textos de expertos internacionales del fenómeno de la inmigración: Javier de Lucas (Valencia), Mireia Estrada (Barcelona), Amadu Ndoye (Dakar-Senegal) y Jean Pierre Cassarino (Florencia-Italia), que ayudan a comprender el fenómeno enmarcado en sus causas y circunstancias concretas. Así mismo, incluye una amplia introducción para conocer África, el origen de la emigración que nos está llegando. El apoyo visual a los reportajes lo aportan 24 fotografías en color del fotógrafo Juan Medina, ganador del premio World Press Photo por su cobertura de la inmigración en Fuerteventura.
Presentación en León, noviembre 2009

viernes, 20 de noviembre de 2009

Aspecto humanista de los hospitales


    Me cabe el honor de dirigirme a ustedes en este acto inaugural de las IV Jornadas Sectoriales, que organiza la Federación de Sanidad y Sectores Sociosanitarios de CCOO de Castilla y León, y hacerlo con el propósito de observar el hecho hospitalario con una perspectiva menos técnica de lo que las propias Jornadas se proponen; pero a la vez –quiero suponer- sin desmerecer el rigor ni la seriedad que caracteriza al conjunto de ponencias recogidas en el programa. Procuraré que así sea y que este papel de privilegiado telonero que se me ha asignado no les decepcione.

    Les confesaré, en principio, que la denominación genérica con que se bautizó mi intervención, el aspecto humanista del hospital, me resultó un verdadero desafío; me imagino que al igual que a ustedes. ¿Quién soy yo, de profesión comentarista de textos para muchachos y muchachas de la Secundaria y de dedicación sindicalista, para atreverme con semejante asunto? Desde la organización, se me garantizó libertad de cátedra y ello supuso tanto un alivio como un nuevo laberinto, dada la vastedad del paisaje que así se iluminaba. En fin, pensé para mis adentros, si uno ha sido capaz de desentrañar el ritmo interno de un verso endecasílabo, pongamos por caso el conocido “tiritas pa este corazón partío”,  y que esos jóvenes enamoradizos lleguen a comprenderlo, mal se nos tiene que dar para no tener un éxito mediano si nos metemos a fondo en el gran botiquín de urgencias, que al cabo no otra cosa es de entrada un hospital. Por otro lado, cabe considerar que un servidor, seguramente como cualquiera de los presentes, aunque haya honrosas excepciones, acumula ya una acrisolada experiencia como enfermo crónico, que quizá sea el mejor de los salvoconductos para transitar por la siniestra materia sobre la que vamos a tratar. Vayamos a ello, pues.

    En nuestros tiempos mozos, cuando formábamos parte también de la tropa enamoradiza y tanto sufríamos por esa causa, que alguien de nuestro entorno se atreviera a sugerirnos que la salud es lo más importante era interpretado por lo menos bien como una memez, bien como un eco paternal abominable. Por eso, porque éramos ingenuamente dichosos entre otras cosas, rechazábamos así mismo con vehemencia el designio conservador y tradicionalista del refranero, y entre la salud, el dinero o el amor, elegíamos el amor, por dios, el amor, faltaría más. Es decir, sin saberlo nos entregábamos al mal de amores que, como sí es sabido, comparte con el dios Jano, tan vinculado a la obstetricia, ese rostro bifronte que mira por igual a los comienzos y a los finales, al remedio y a la enfermedad. Quizá por esa razón nuestra primera experiencia hospitalaria fue la de la sobredosis, la del intento de suicidio, la del amor desesperado: una llamada a media tarde, unas pastillas, el claxon y un pañuelo blanco asomando por la ventanilla del 127, la incertidumbre y la ansiedad en una sala de espera al lado de un padre-adversario, el lavado de estómago y el cristal blanquecino a través del que se podía observar al fin el cuerpo recuperado de la víctima. ¡Ah! y el capellán, que inevitablemente acudía presto a reconvenirnos a todos por semejante infamia. Meno mal que de todo aquello nos dieron el alta.

    O nos la dimos, que no es lo mismo, tal vez porque crecimos o tal vez porque leímos a tiempo a Jaime Gil de Biedma: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde / -como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos / -envejecer, morir, eran tan sólo / las dimensiones del teatro. / Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”. Esto es así,  qué le vamos a hacer… De modo que de las tiritas y del corazón partío hemos tenido que saltar vertiginosamente a otra dimensión mucho más severa de la existencia, y de forma paralela las visitas a los hospitales se han incorporado también a nuestros itinerarios más comunes. Aunque no se inquieten, hay por fortuna quien piensa de otra manera y nos sugiere revoluciones todavía pendientes, incluso en esto del sanar y del enfermar. Boris Groys, por ejemplo.

    En estas fechas de celebraciones mediáticas por el vigésimo aniversario de la caída del muro, el amigo Boris nos aporta un soplo del Berlín Oriental, donde nació en 1947, si bien ejerce desde hace años como profesor de Filosofía y Teoría de los Medios de Comunicación en la Universidad de Karlsruhe, en la muy occidental y única Alemania. Según su docta opinión, “el valor fundamental de las sociedades capitalistas es la salud. Si se ve hoy el amor con bueno ojos, y ya no es esa tragedia que contaban los románticos, es porque han comprobado que practicarlo es saludable, que hacer el amor reduce el estrés o cosas por el estilo. También en Estados Unidos se considera que es bueno pensar una media hora al día porque ha habido estudios que han demostrado que se trata de una actividad que, siempre que no se abuse, genera unos procesos químicos que son provechosos para la buena salud. No hay otra opción para disentir que reivindicar la infelicidad, la enfermedad, el fracaso, la ruina”. Dejo aquí esta vía abierta y casi inexplorada para cuantos de ustedes quieran aventurarse en el pensamiento de la neomodernidad. No se crean, para cuantos en 1989 fuimos trastornados es todo un consuelo.

    Porque yo, a lo que venía era más bien a hablar del aspecto humanista de los hospitales y va siendo el momento de ajustarse un poco más al prospecto. Miren ustedes, desde este salón de actos que nos contempla, desde este complejo hospitalario, como pretenciosamente lo llaman ahora, heredero de lo que los habitantes de la provincia de León conocían como “la residencia”, merece la pena entretenerse un poco en la geografía hospitalaria de la ciudad. Porque esta ciudad, todas nuestras ciudades al fin y al cabo, se reconoce a sí misma por lugares emblemáticos que son sus verdaderas señas de identidad. Entre ellos, junto a iglesias, casonas y edificios civiles insignes, se deben situar los recintos de salud que a lo largo de la historia han pespunteado la trama urbana y social.

    Los antecedentes de este lugar donde hoy nos encontramos se situaban no en el extrarradio, como ahora, sino en el mismo núcleo de la ciudad. Como nos ha enseñado el muy erudito Juan Carlos Ponga en su libro León perdido, que me permito recomendarles tanto a indígenas como a forasteros, nuestro origen hospitalario “se remonta a las diversas fundaciones que hacen los obispos de León desde el traslado de la sede real de Oviedo a León. La primera se debe al obispo Pelagio en 1084, que funda un hospital para pobres, débiles y enfermos bajo la advocación de la Virgen de Regla. Posteriormente, en 1101 el obispo Pedro funda un hospital con la titularidad de San Marcelo”, y así sucesivamente hasta llegar a nuestro caso, en 1531, cuando se crea el Hospital de San Antonio Abad, puesto bajo la tutela de ese santo y bajo ella llega nada menos que hasta el siglo XX. “Se levantaba entre la cerca medieval (hoy calle Independencia), la iglesia de San Marcelo y el Ayuntamiento”, es decir, como hemos señalado antes, en el presente centro urbano de la ciudad. Tal y como relata Policarpo Mingote y Tarazona, “tenía en su origen la misión de socorrer a los pobres, imposibilitados y peregrinos de otras provincias que a él acudiesen en demanda de hospitalidad, encargándoseles rogaran a Dios por el Rey, el Obispo y el Cabildo. El considerable aumento de la población indigente, la afluencia de trabajadores llegados para ocuparse en las obras del ferrocarril del noroeste, el general estado de nuestra provincia y varias causas más, hicieron que en 1862 la administración de este centro benéfico acudiese a la Diputación Provincial”. Así, por un Decreto de 8 de mayo de 1863 la Diputación quedó obligada a sufragar el déficit y mantener el hospital. Mucho después, en 1919, a causa de la aprobación del ensanche, que incluía la remodelación de la plaza de Santo Domingo, se trasladarían sus servicios a los Altos de Nava, donde hoy estamos, a un nuevo y moderno edificio que no es ya éste, sino el que queda a nuestras espaldas, dedicado en la actualidad a tareas administrativas y a otras cuestiones.

    Quiero resaltar aquí que nuestra ciudad, posiblemente como tantas otras, dispuso en el pasado siglo de una bonita colección de edificios sanitarios, que fue devorada por el hambre depredadora de ediles y constructores en la década de los setenta. Como verán, burbujas inmobiliarias hubo siempre aunque seguramente nunca tan graves como la que ahora padecemos. No eran hospitales, esto es, en origen establecimientos de asistencia gratuita, sino establecimientos de pago que vinieron a denominarse de una manera mucho más amable, sanatorios, un término hoy casi archivado, como aquellos edificios que se comió la especulación y el mal gusto arquitectónico. Resulta oportuno, pues, honrar la memoria de lo que hemos perdido y que también glosa en su libro Juan Carlos Ponga: en la calle Lope de Vega, el Sanatorio Hurtado; en el Paseo de la Condesa de Sagasta, el Sanatorio Eguiagaray y el Sanatorio Néstor Alonso; y en la plaza de las Cortes Leonesas, el Sanatorio Mata. Como su nombre indica y María Moliner define, fueron “establecimientos convenientemente dispuestos para la estancia de enfermos que necesitan someterse a tratamientos médicos, quirúrgicos o climatológicos”.

    ¡Qué tiempos aquellos! Desde que la televisión emitiera la serie Centro médico, a principios de los años setenta, y el doctor Ganon arrebatara el corazón de un sinfín de jovencitas, hasta las actuales peripecias del doctor House y de Urgencias, con George Clooney haciendo lo propio, hay que reconocer que la medicina y los hospitales han avanzado bastante. Incluso las farmacias simulan hoy luminosos supermercados a diferencia de las oscuras boticas. También es verdad, sin embargo, que la fiebre hormonal mantiene sus constantes a pesar del paso del tiempo, lo cual explica –pienso yo- la persistencia del rol del atractivo médico internista. Sea por los estragos que estos personajes han producido entre la población, sea porque uno fue educado en la cultura del antihéroe como mejor terapia, debo confesarles que, de entre toda esa larga serie de series más o menos clónica, mi preferida fue y sigue siendo Doctor en Alaska. Todavía me despierto algunas noches paseando entre alces por las calles heladas de Cicely.

    Y es que hay muchos tópicos y lugares comunes en esto de la trama hospitalaria, y a desenmascararlos contribuirán sin duda los debates que puedan suscitarse en estas Jornadas. Uno de ellos, quizá el más preocupante a nuestro juicio, es el orquestado desprestigio de la sanidad pública, de lo público en general. Ya en la época de estudiantes, un pintoresco profesor de francés, el inolvidable para muchas generaciones y por muchos motivos don Waldo Merino, solía advertirnos del poco respeto que se tenía por los bienes mostrencos, aquéllos que no tienen dueño conocido. De entonces acá la marea ha arrasado numerosas bahías y la tempestad neoliberal, cuyos abusos está provocando abundantes naufragios, no cesa en ese trabajo de zapa para apropiarse de todos los servicios públicos, con la complicidad en numerosos casos de las propias administraciones que, ellas sí, son los auténticos titulares de lo mostrenco por delegación de la voluntad popular. A ello contribuye así mismo un sentimiento funcionario que se ha apoderado de nosotros en el peor sentido de la palabra y una trivialización de las relaciones humanas, a partir de la cual todos o casi todos nos hemos ensoberbecido, a la vez que de un tiempo a esta parte nos hemos convertido indistintamente en profesionales de la justicia, de la sanidad, de la enseñanza o en seleccionadores nacionales de fútbol. De ahí a dar lecciones sólo hay un pequeño paso para el hombre pero un paso gigantesco, de retroceso diría yo, para la humanidad.

    Vivimos cada vez más en una sociedad-basura y parece importarnos cada vez menos. Comida-basura, televisión-basura, bonos-basura, contratos-basura, vuelos low-cost, bazares chinos, hipotecas subprime… Da la impresión de que no existe escapatoria. Incluso, como remacha el periodista Vicente Verdú en su ensayo El capitalismo funeral, “en esta actualidad, los artefactos son planos, las pantallas, las tarifas, las compresas son planas, y hasta el planeta se ha descubierto que también responde a la estampa de lo más plano, transitable e igual. Los cuerpos tienden a la delgadez, la arquitectura o el arte acogen el minimal y las ideologías son sintagmas de tres palabras: «Yes, we can»”.

    De acuerdo con esa línea de pensamiento y teniendo en cuenta los augurios más pesimistas sobre la crisis general que nos ahoga, quienes aseguran que este país será mucho más pobre dentro de una década de lo que lo era diez años atrás, la pregunta que debe inquietarnos a todos aquí es muy simple: ¿podríamos soportar también una sanidad-plana y unos hospitales-basura?

    La respuesta, a mi juicio, es evidentemente que no. Ahora bien, no estamos ni para declaraciones ni para retórica. En nuestra condición de usuarios de los hospitales públicos o de empleados públicos que en ellos prestamos servicio no cabe otra alternativa que la defensa de éste que llaman uno de los pilares del estado de bienestar, la sanidad, que, junto a la enseñanza, el sistema de pensiones y, todavía de modo balbuciente, el sistema de la dependencia constituyen las principales conquistas de nuestro país a lo largo de los últimos decenios. Y para su salvaguarda es preciso reclamar, ahora como siempre, la reconsideración del conjunto del sistema fiscal español, para hacerlo más equitativo, progresivo y suficiente para financiar las políticas que necesitamos; entre otras, acelerar la construcción de centros educativos y sanitarios públicos como contribución al cambio de patrón de crecimiento.

    Permítanme, para acabar, un par de licencias más, que enlazan con el sentido humanista con el que hemos querido nutrir esta intervención.

    La primera de ellas se refiere al reconocimiento de los profesionales que desempeñan su trabajo en centros como éste, que no siempre consiguen el respaldo y ser valorados en su justa medida ni por los gobiernos ni por la sociedad en general. De forma paralela, habrá que romper también una lanza por los ciudadanos y ciudadanas que peregrinan por este edificio mastodóntico, obligados por listas de espera y otros intríngulis a una paciencia digna del santo Job –que, contra lo que algunos afirman, parece ser que sí que hay muchos- y que depositan en ustedes, trabajadores y trabajadoras de la salud, los pasajes más dramáticos de su existencia, desde el buen nacer al buen morir. Así que, si atendemos al significado más literal del término humanista, el que lo emparienta con lo humano, quiero personificar este homenaje en un médico oftalmólogo, ya desaparecido, merced a cuya humanidad y buen oficio uno puede todavía medianamente verles desde esta tribuna y leerles estas palabras. Fue el doctor Fernando Salgado, que en la antigua Residencia Virgen Blanca –el otro precedente de este cuasisantuario- dejó su impronta entre colegas y pacientes.

    Y, por otro lado, si lo que preferimos es echar mano de la acepción que une lo humanista a las personas de gran cultura, justo es y merecido también rendir pleitesía en una Jornada de este tipo, que lleva el sello de Comisiones Obreras, a nuestro anterior Secretario General, José María Fidalgo, médico traumatólogo, leonés y sindicalista ejemplar, con quien tanto y de tanto hemos aprendido. También de sanidad, también de hospitales.

    Muchas gracias.

Ponencia de apertura de las IV Jornadas Sectoriales. Los hospitales públicos de Castilla y León: calidad, servicios y recursos.
León, noviembre 2009

lunes, 2 de noviembre de 2009

LEONARD COHEN: I'm your man

    En ciudades de provincias como las nuestras, los acontecimientos culturales se convierten con facilidad en verdaderos acontecimientos históricos, que quedan grabados en la memoria ciudadana como auténticas conquistas de modernidad. No importa que estos sucesos se produzcan en el ocaso de sus protagonistas o que todo forme parte de un entramado comercial gobernado no se sabe bien con qué intenciones. El caso es que, aunque tarde, nuestras ciudades reciben a veces la visita de los dioses. Nadie olvida, por ejemplo, el concierto de Bob Dylan aquel 15 de julio de 2004 en la provinciana ciudad leonesa, por más que el de Minnesota se marcara una actuación cruda y sin concesiones. Y nadie olvidará tampoco el advenimiento de Leonard Cohen el pasado 31 de julio en el mismo escenario. Como apuntó un crítico agudo –y vale para ambos artistas- es como “contemplar Venecia antes de su hundimiento”.

    Por ese motivo traemos aquí en esta ocasión un disco de Leonard Cohen, I’m your man, que no es ni el último ni el más señalado de su carrera; ni siquiera se corresponde con el grabado en Londres en 2008 con motivo de la gira que le trajo por provincias un año después, titulado precisamente Live in London. No, lo que proponemos es la revisión de la obra del canadiense a través de otras voces y otros arreglos menos erosionados por la decadencia, que aprovechan sus registros, sus melodías y sus textos para demostrar, incluso a quienes no soportaron nunca el tono original del cantante, que la fuente de sus canciones fue y sigue siendo tan nutritiva como refrescante. Porque de lo que se trata en este caso es de la banda sonora de la película del mismo título, firmada por Lian Lunson, que recoge conciertos de homenaje a Cohen, llevados a cabo en el Brighton Festival en 2004 y en el Opera House de Sydney en enero de 2005.

    Probablemente no sea la misma Suzanne la que se vierte desde las gargantas de Nick Cave, Julie Christensen y Perla Batalla. Es posible que parezca otro el Hotel Chelsea donde se aloja Rufus Wainwright. Quizá tengamos la sensación de que es diferente la torre de canciones por la que asciende Martha Wainwright. No importa, la colección es magistral y aparece coronada, nada más y nada menos, que por el propio Leonard Cohen cantando al lado de U2, poniendo de manifiesto una vez más que los clásicos, por serlo, soportan casi todo tipo de lenguajes. El disco reúne además la cualidad de motivar al oyente para retornar al caudal primitivo, es decir, a aquellas canciones grabadas a finales de los años sesenta y primeros setenta, cuando su autor no usaba sombrero, que permanecían escondidas al fondo de nuestra colección de discos de vinilo o en envejecidas casetes. El rito se consumará entonces y comprobaremos que las emociones que fueron en aquellos tiempos siguen surcando no obstante los canales venecianos por donde hoy derivan nuestras existencias.

Publicado en Notas Sindicales, diciembre 2009

lunes, 12 de octubre de 2009

¿Desarrollas o sostienes?

    Una lógica borrosa se desliza desde el pensamiento hacia el lenguaje y provoca matrimonios semánticos en apariencia nada convenientes. Existen ejemplos líricos de gran sonoridad y sugerencia, como las heladas negras o las tormentas secas. Del mismo modo, descubrimos también parejas paradójicas en las descripciones de la épica moderna cuando se habla de guerras humanitarias o del fuego amigo. Y, claro, tampoco faltan ejemplos en la prosa analítica del porvenir económico mundial, para el que entre otras fórmulas opacas se dice que ha de apoyarse en el desarrollo sostenible.
 
    Lo cierto es que a lo largo de la historia de la humanidad el progreso ha seguido rumbos que en muchos sentidos han puesto en jaque su propia continuidad. Ello se ha hecho especialmente perceptible  y casi insoportable en estos tiempos salvajes, cuando el planeta parece al borde de la asfixia y, sin embargo, todos, cada vez más, seguimos aspirando a un mayor desarrollo: los países de la élite para mantener su posición de privilegio, los emergentes para consolidar su despegue y los condenados para animar una mínima esperanza. Crecer es el objetivo así en las grandes magnitudes como en las cortas distancias; más aún cuando el capitalismo, o lo que sea, se ha convertido por fin en la ideología dominante, o lo que sea, si no en la única.
 
    En ese contexto, conocidas por otra parte las orgías y perversiones que han estado a punto de conducir al sistema a su propia inmolación, pensar que desarrollo y sostenibilidad son conceptos compatibles resulta casi una ingenuidad. Posiblemente una ingenuidad obligatoria porque, a pesar de que en numerosas ocasiones el lema del desarrollo sostenible no sea más que un eufemismo cosmético, no queda otro remedio que agarrarse a él como a un clavo ardiente. Ahora bien, si ha de ser así, será mejor que definamos los términos con la mayor de las precisiones y que valoremos en ese instante si estamos dispuestos a asumir el peaje no sólo lingüístico.
 
    Por ejemplo, todo progreso social lleva consigo un importante coste energético, el cual, para ser verdaderamente sostenible, ha de atender a tres ámbitos: el económico, el social y el medioambiental. Y no vale acentuar el interés sobre alguno de ellos para orillar a los otros, pues el equilibrio entre los tres es condición necesaria para sostener el conjunto sin hacerse trampas. La cuestión no es si se debe cerrar o no Garoña sólo por razones de pura militancia u oportunidad política, si los parques eólicos deben elevarse al cielo a toda costa con independencia de los vericuetos en la tramitación de sus licencias o si el carbón debe seguir quemándose por motivos de subsistencia de las cuencas… En cualquiera de estas materias, como en lo solar o en el petróleo, la clave está en discernir si los pilares económico, social y medioambiental se sujetan en adecuada armonía, porque de lo contrario no hay arbotante que lo soporte. Y aún más: ¿hasta dónde estamos dispuestos a afrontar el coste que ello conlleva, ya sea a título individual o colectivo?
 
    Bajo ese planteamiento y en medio de los temporales que sacuden al mundo, muy en particular a España y a los españoles, este país requiere con urgencia determinar tres escenarios: el mix, la política y la dieta energética. Es decir, la combinación de fuentes de energía, su planificación y los límites con los que puede gestionarse hoy y en el futuro el derecho esencial a la energía, conforme sobre todo a su ahorro y eficiencia. Naturalmente, ello tiene también mucho que ver con el modelo productivo por el que vayamos a apostar, una vez agotado el monopoly en que se había convertido nuestro patrón de crecimiento por antonomasia. La Ley de Economía Sostenible que a tal fin prepara el Gobierno debería por ello coordinarse con el contexto señalado antes y con los principios enunciados más arriba, ya que de no ser así se estaría alumbrando –nunca mejor dicho- una nueva decepción. Además, tanto la Ley como los escenarios pendientes deberían contar con la participación de los agentes sociales al lado de todas las administraciones como garantía para su máxima cohesión. Sin ir más lejos, el tipo de empleo que vaya a determinarse en función de este nuevo mapa constituye, a nuestro modo de ver, el núcleo social que, como hemos dicho, conforma al lado del económico y medioambiental un verdadero desarrollo sostenible.
 
    Por todo ello, una sola ojeada al Proyecto de Ley basta para producir desasosiego. Se echan en falta en él, junto a otros aspectos que no vienen ahora al caso, líneas de actuación estratégicas como la gestión forestal, depuración y reutilización de aguas; no contiene tampoco medidas para el fomento de una política sectorial activa que venga a incrementar el peso de la industria en nuestra economía, reforzando de paso el tejido productivo y promoviendo nuevos procesos industriales; y no incorpora ni las medidas necesarias para reactivar la economía, ni un marco regulador de la política energética unido a la revisión del modelo tarifario y de primas a la producción, ni la variación en la intensidad de las reformas del sector turístico para asegurar su pervivencia en condiciones sanas.
 
    Esto es lo que hay, parece ser. Los textos legales se escriben con una lógica que generalmente no es ni cartesiana ni borrosa, y su redacción, a la inversa de lo que cabría esperarse, no va del pensamiento al lenguaje sino al revés; por eso resultan vacíos en demasiadas ocasiones hasta que los reglamentos y desarrollos posteriores los andamian debidamente. A tiempo estamos, pues, para que los legisladores se formulen al menos la pregunta que da título a esta tribuna y hurguen con ella en el meollo del articulado para modificarlo. Porque puede ocurrir que, en caso contrario, ni siquiera tenga sentido la disyuntiva y aquí no desarrolle ni sostenga ni dios.

Publicado en El Mundo de León, 13 octubre 2009