Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

lunes, 20 de diciembre de 2004

Política de humo en salud laboral

    Todos los trabajadores y trabajadoras sabemos por experiencia que las actuaciones en materia de salud laboral y prevención de riesgos en el trabajo son complejas. Una vez que existe una Ley sobre la materia, lo cual no es poco si se llega a aplicar, se requiere voluntad política de los empleadores, planes específicos, acuerdos con los órganos de representación de los trabajadores, determinación de objetivos, elaboración de análisis de situaciones, establecimiento de medidas preventivas, constitución de grupos de apoyo, tareas de información y señalización, edición de guías formativas, etc. La formalización de todo este catálogo constituye sin duda el criterio inicial básico para una evaluación positiva en materia de salud laboral.
 
    Pues bien, estamos en condiciones quizá de felicitarnos porque la Junta de Castilla y León, llamada a dar ejemplo en la aplicación de las leyes, ha puesto en marcha todo ese protocolo, mediado el mes de noviembre, para ser cumplido en los edificios administrativos que son de su competencia. Así ha obrado la Directora General de la Función Pública al reunirse el día 16 de noviembre con el Comité Intercentros, al que ha presentado un ambicioso programa en el marco de la política de prevención de riesgos laborales. Ahora bien, ¿de qué política de prevención y de qué riesgos laborales se trata? Muy sencillo: lo que la Consejería de Presidencia y Administración Territorial ha elaborado no es otra cosa que un Plan de Espacios sin Humo de Tabaco. Eso es todo.
 
    Naturalmente, no se trata aquí de polemizar sobre lo oportuno o inoportuno de ese Plan, ni sobre la posible toxicidad del tabaco y sus humos. Pero lo que sí resulta evidente es que no se actúa con la misma diligencia, severidad y contundencia en otros aspectos, con toda seguridad más graves, que afectan a la salud laboral de los trabajadores y trabajadoras, sean éstos de la administración o no. De ahí que si un asunto tan colateral a lo que nos ocupa, como es el tabaco, se coloca como materia de primer orden en las políticas de prevención de riesgos por parte de la Junta de Castilla y León, lo que debemos considerar como mínimo es que esta Administración convierte en humo sus prioridades. No hemos visto que, detrás de cada uno de los accidentes mortales habidos este año 2004 en la provincia de León –y van 19-, se hayan animado medidas o protocolos completos como los arriba descritos. Muy por el contrario, el goteo de fallecidos en accidente laboral se sucede sin que nada se modifique, y sólo a través de la presión de las organizaciones sindicales se consigue avanzar en el cumplimiento de una Ley que administraciones y patronales sortean o no aplican con la necesaria decisión.
 
    Para empezar, la Administración no tiene un dispositivo fuerte en Inspección de Trabajo: baste decir que en Castilla y León existe un inspector por cada 1.200 centros de trabajo (8 inspectores para toda la provincia de León), es decir, que el número de efectivos es muy débil y, además, su dedicación no es sólo la prevención de riesgos, sino también el control de la contratación, la rotación y el encadenamiento de contratos,  la vigilancia del cumplimiento de las normas laborales en su conjunto, etc. Ésta sí que debería ser una prioridad para la Junta de Castilla y León, unida a la exigencia de que las patronales cumplan con la legalidad, no bloqueen la labor de los delegados de prevención y permitan el acceso de los  técnicos sindicales a las empresas para que puedan verificar y denunciar en su caso si existen riesgos para los trabajadores.
 
    Porque podría darse la paradoja de que un observador externo, ajeno a los procesos laborales, examinado el repertorio previsto por la Junta en la cuestión del tabaco, concluyera que las actuaciones en materia de salud laboral resultan poco menos que sencillas, habituales y casi rutinarias en el común de los sectores. Y no es así, los avances en esta cuestión son lentos, peleados y costosos. Sin ir más lejos, señalaremos que entre los objetivos y criterios unitarios acordados por CCOO y UGT para la negociación colectiva y la renovación del ANC-2005 (Acuerdo Interconfederal para la Negociación Colectiva) se recogen aspectos tan básicos que suponen un indicativo de cuanto todavía queda por construir para reforzar los instrumentos de intervención y participación sectorial en materia de prevención y salud laboral. Así pues, muy diferentes son las simples políticas de humo de los planteamientos reivindicativos que aún nos vemos en la necesidad de conquistar a través de la negociación con la parte empresarial. La Junta de Castilla y León vuelve a mostrarnos su rostro blando y el papel de celofán que utiliza como envoltorio colorista para disfrazar los asuntos amargos que no afronta con la voluntad resolutiva que sería exigible. Y, peor aún, con semejante proceder propone modelos fáciles y baratos para ser continuados en el ámbito privado que justifiquen la inoperancia en las cuestiones de fondo.

Publicado en Diario de León, 21 diciembre 2004

martes, 12 de octubre de 2004

A favor de la memoria

“Ellos no están muertos sino desaparecidos, no acorralados sino infinitamente ausentes”
Vicente Verdú

    Más acá de los sentimientos convulsos, cuya suspensión resulta aconsejable, tal vez no posible, en ciertos trances del existir, las pérdidas personales abren en la memoria común un agujero irreparable. Cierto es que en otro sentido, el manriqueño, finalmente sólo la memoria nos consuela, pero ésta es la privada, la íntima, la que cada uno ha ido alimentando con el acompañamiento del otro, de quien no está pero permanece en ella. Me refiero más bien al acervo compartido, a esa memoria colectiva imprescindible que se nos aparece de repente como una casilla vacía e irrellenable. Y es en ese ámbito público, abierto, donde, a nuestro entender, más se acusa la orfandad consecuente: no en la ausencia en sí, que también, sino en el ya imposible aporte a la construcción general.

    Este año de 2004 la Universidad de León ha celebrado su vigésimo quinto aniversario. Hemos tenido ocasión con ello para remontarnos hasta su origen, para analizar su evolución, para juzgar su presente y para aventurar un futuro. Pues bien, si exceptuamos esto último, y la verdad es que no podemos estar seguros de ello, en toda esa otra trayectoria puede ubicarse la figura plural del profesor Joaquín González Vecín: plural, no exageramos, por cuanto su expresión personal se manifestó en una importante diversidad de formas. Y ése es precisamente el contexto en el que nos interesa hurgar al hilo de lo apuntado arriba, es decir, poner en cuestión la realidad del dibujo tal como lo conocemos o lo podemos conocer todavía frente a los trazos que ya no van a ser dibujados a causa de ausencias, según nuestro parecer, no suficientemente aprovechadas.

    Del origen de la Universidad leonesa, de sus momentos seminales y de su inicial andadura, permanecen sin duda los testimonios documentales que resultan de obligado cumplimiento. Los boletines oficiales conservan la prosa de las disposiciones legales; los balances de cuentas atesoran los índices financieros y presupuestarios; los libros de actas almidonan las decisiones primarias; las hemerotecas, en fin, guardan las crónicas escritas y los repertorios gráficos de aquel entonces . Y así, del mismo modo, todo el aderezo muerto que ocurrírsenos pueda acerca de éste o de cualquier otro acontecimiento de parecida índole. Esto es lo que podríamos llamar memoria pasiva, una colección de papel más o menos inerte, oportuna en efecto, necesaria como casi todo lo escrito con un sentido histórico, mas parca a la postre y poco útil desde el punto de vista que aquí defendemos. Porque la historia no la conforman sólo los hechos relatados en los anales; a su lado florecen otras miradas y otras voces que dan aliento y alma a los sucesos, de tal manera que esa otra intrahistoria deviene tan o más importante que la propiamente documentada. Es la memoria viva, susceptible por supuesto de ser así mismo almacenada en los soportes al uso, puesto que también es finita y además perecedera. De la suma de una y otra podremos extraer con toda seguridad los contornos de un mapa mucho más ajustado al territorio.

    Así pues, cabe preguntarse si en lo que aquí nos ocupa hemos sido o estamos siendo diligentes, esto es, si transcurridos veinticinco años de vida de la Universidad de León disponemos de todos los materiales que la retratan o si, por el contrario, desperdiciamos elementos capitales para esa mecánica. A nuestro entender, la respuesta es decepcionante. Conocemos más de la intrahistoria salmantina o de Alcalá de Henares, aunque debamos viajar para ello a los siglos XIII o XVI, que del más cercano origen de nuestra Universidad. La comunidad universitaria podrá opinar sobre las razones múltiples que explican, no justifican, esta circunstancia, pero no debe ignorar que ese déficit es cada vez más difícil de saldar. Desaparecen o enmudecen por causa de enfermedad personas que mucho podrían aportar a la descripción de aquellos años; junto al fallecimiento del profesor Vecín, se me ocurre citar, por cercanía sentimental, los también recientes de los profesores Bonifacio Rodríguez y Julia Miranda; pero en esa nómina de quienes ven mermadas sus facultades se inscriben también la calidad humana de quien fuera el primer Rector de la Universidad de León, Andrés Suárez, o, también por complicidad emocional, la figura capital de Justino Burgos. Y esto sólo atendiendo al sector del personal docente e investigador, que no agota ni mucho menos el cartel. En tal sentido, podemos afirmar que el aniversario y sus fastos han sido una oportunidad desaprovechada.

    El compañero Joaquín González Vecín fue, además, un sindicalista. Con todas las cautelas sobre el rigor amarillento de los archivos, consta en el del Sindicato de Enseñanza de Comisiones Obreras de León su afiliación al mismo en las primeras fechas del año 1980. Por lo tanto, junto al ángulo docente o político, ésa debiera haber sido otra de las perspectivas que él podría haber sumado a la explicación del germen y desarrollo universitario leonés. Porque su trabajo en la sección sindical correspondiente se prolongó ininterrumpidamente desde entonces hasta que, ya en situación delicada, quiso aparecer todavía en la candidatura que presentamos en el año 2003 dentro del proceso de las últimas elecciones sindicales. Observador discreto a pesar de su compromiso notorio y evidente, nadie como él para haber glosado la arquitectura sindical universitaria, vertiente a la que Comisiones Obreras en general y sus afiliados y afiliadas en particular han contribuido de forma notable. Desde esta organización podemos naturalmente participar en la confección de la memoria pasiva, sumando a su corpus actas propias, resultados electorales dinámicos y todo género de resoluciones; pero volvemos a lo mismo: nos faltarían la palabra y la mirada, dos ejes trascendentales para alumbrar elementos aún escondidos de los últimos veinticinco años.

    Lo cual que en estos tiempos en que se persigue recuperar por fin la memoria histórica de este país, no estaría de más que se tomara nota de cuanto aquí modestamente se apunta. La institución universitaria, por su naturaleza y objetivos, debería comprometerse más en ese empeño, máxime cuando de su propia intrahistoria hablamos, pues, en caso contrario, lo que se vendría a hacer además de honrar a los muertos sería, parafraseando a Vicente Verdú, desaparecerlos.

Publicado en el libro editado por la Universidad de León
en homenaje al profesor Joaquín González Vecín, 2004

miércoles, 1 de septiembre de 2004

Patrimonio de la humanidad

    En medio de la gigantesca regresión social que vive esta parte del mundo, por no entrar en otro género de reacciones más globalizadas obrantes en la mente de todos, una vez más es Alemania el paradigma de un discurrir histórico donde muchos, para bien o para mal, se miran. Y según la pose que se adopte ante tal espejo la imagen reflejada es, por supuesto, cóncava o convexa, real o irreal, atinada o errónea. Pero lo cierto es que nadie puede dudar de la gravedad de los signos a través de los que se expresa esa regresión en el ámbito laboral, a saber: reducción de vacaciones, de salarios, de pagas extraordinarias y de los seguros de desempleo; mayor horario de trabajo; copago de la sanidad pública; eliminación de festivos, etcétera.
 
    Ahora bien, una visión objetiva nos revelará que el reflejo, es decir, el efecto producido, resulta cóncavo en el caso de los trabajadores, quienes vuelven a ser sometidos a la depresión, a la cavidad o al vacío, mientras que el reflejo convexo, esto es, redondeado, vuelve a corresponder al cuerpo empresarial, público o privado, por lo general más éste último. La realidad o irrealidad de la figura es en todo caso cambiante, pues el ser y el estar de la economía en un medio especulativo como el actual es con toda seguridad lo menos aprehensible que existe. Finalmente, el tino o el error dependen del punto de vista adoptado, es siempre subjetivo, resulta del interés previo del ojo que mira; y en este sentido nada puede extrañarnos que para algunos depredadores, no precisamente alemanes, el panorama venga a servir a su propósito de negar progresos sociales en otras latitudes que jamás habían llegado a las cotas alcanzadas en Alemania: café amargo para todos.
 
    En ese contexto, el de la regresión social y su pluriperspectivismo,  es donde se produce algo curioso, y seguramente en virtud de ello podamos entenderlo mejor. A principios del pasado mes de julio, dentro del Fórum de Barcelona, tuvo lugar un diálogo sobre Las culturas del trabajo, que fue aprovechado por las dos grandes centrales sindicales internacionales para anunciar su fusión, con lo que pasarán a representar conjuntamente a 150 millones de trabajadores. Todavía independientes, no obstante, la CIOSL (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) y la CMT (Confederación Mundial de Trabajo) promovieron en ese mismo momento la Declaración de Barcelona para solicitar a la UNESCO que el trabajo sea declarado “patrimonio de la humanidad”.
 
    Acomodados como estamos a que esta etiqueta se adjudique a bienes culturales y naturales de interés, que requieren su conservación como elementos esenciales del acervo universal de la humanidad, atendiendo a la creciente amenaza de deterioro o desaparición que pende sobre ellos, el hecho de que convirtamos en objeto de la misma nada menos que al trabajo parece, al menos, chocante y provoca razones para el análisis.  No estamos ya ante ciudad, paraje o monumento amenazados, sino delante de una acción social recogida como principio básico en las constituciones y proclamada en el artículo 23 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Hasta aquí hemos llegado en la degradación.
 
    Así que todo resulta cada vez más relativo y delirante. Por ejemplo, mientras en esta provincia nuestra se mantiene la expectativa sobre lo que habrá de dar de sí el llamado Plan Oeste, impulsado por el Gobierno como motor para la reanimación económica, los acuerdos firmados recientemente en España para evitar la deslocalización en el sector automovilístico rozan, en algunos casos, la legalidad marcada por el Estatuto de los Trabajadores. Como se puede observar, las infraestructuras, materia básica del citado Plan y tan necesarias por otra parte, son o pueden ser de ida y de vuelta.

    Por todas esas razones, en sintonía con el significado de la Declaración de Barcelona, estamos llamados a adoptar ante todo una actitud conservacionista y, por lo que a León se refiere, defender como prioridad el mantenimiento de los puestos de trabajo que su endeble tejido productivo genera, así en los sectores más emblemáticos como en las pequeñas y medianas empresas, no siempre bien regularizadas desde el ángulo de la negociación colectiva. Hemos sabido recientemente que esta provincia se encuentra a la cabeza de Castilla y León en cuanto a expedientes de regulación de empleo. Hemos denunciado así mismo que es la provincia que figura en la cola de la Comunidad Autónoma a la hora de poner al día sus convenios colectivos. Son datos que llaman a la preocupación y seguramente también a la movilización. Sólo resuelta esa amenaza de deterioro o desaparición, podremos posteriormente fiar en expectativas de futuro que, pendientes todavía de su expresión práctica en los Presupuestos Generales del Estado, son de momento una simple –e importante- declaración política de intenciones.

Publicado en Diario de León, 6 septiembre 2004

domingo, 4 de abril de 2004

La lengua es un comportamiento (también sindical)

    El poso que los estudios dejan en nosotros es en verdad diverso y no necesariamente inerte. Muy por el contrario, esas pequeñas partículas de saber en las que se sintetizan nuestros años de pupitre constituyen en numerosos casos el verdadero y casi único producto del líquido consumido y debidamente decantado. Todos podríamos citar ejemplos de uno y otro signo, pero a algunos se nos ocurre uno sin duda interdisciplinar del que nadie está exento y que, como valor suplementario, suele revelar mucho más de lo que aparenta.
 
    Del itinerario por las escuelas y facultades, pocas sentencias resumen con mayor nitidez todo cuanto pretendieron enseñarnos como aquélla que repetía con insistencia en la Escuela de Magisterio de León el profesor Don Waldo Merino, hombre pintoresco y talentudo, hoy ya fallecido, quien acostumbraba a iniciar el curso siempre con un mismo pensamiento: la lengua es un comportamiento, decía. En efecto: si es verdad aquello que alguien acuñó -por sus obras los conoceréis-, no es menos cierto que la lengua es mucho más que gramática, sintaxis o léxico y que, por su condición de bien natural, gratuito y común, se convierte en la primera evidencia de quiénes somos y cómo somos, así ante nosotros mismos como ante quienes nos conviven. Y ello, se mire como se mire, por igual en todo ámbito y contexto.
 
    La esfera sindical no escapa de esta circunstancia. Incluso podemos decir que en dicha esfera se manifiesta con necesaria reiteración por cuanto la palabra, dicha o escrita, es elemento primordial de toda nuestra acción sindical. Nos pasamos el día leyendo o escribiendo comunicados y documentos, elaboramos carteles y pancartas, celebramos asambleas y reuniones sin cesar, discutimos y matizamos, escribimos ponencias y las enmendamos: el discurso, en suma, es la seña de identidad de nuestro trabajo. Y el discurso, por supuesto, es lenguaje.
 
    Pero todos esos textos, nuestra oratoria, los correos electrónicos... mucho de nuestro actuar lingüístico se nos atraganta y nos delata más aún que el contenido de cuanto escribimos o decimos. Cierto es que el medio es el mensaje, pero no lo es más que el código que utilizamos y cómo nos servimos de él. Para glosarlo, baste una mínima observación atenta al alcance de cualquiera, una ojeada escrutadota sobre los montones de papeles o correos que manejamos; o sirvan los ejemplos que a continuación se citan y que no tienen otro objetivo que colaborar en ese empeño:
  • Ellos preveen que aumentaran los alumnos, sobro todo en primavera, y que hay que ir a por las tardes, y el tema de los fines de semana durante el año 2004. No obstante, si se está produciendo deficiencias en el servicio...., en los casos que así sea, se estudia y se corrige inmediatamente. Es Eulen, quien en función de las horas de servicio, recorta o aumenta las jornadas de los trabajadores. En cuaquier caso, estamos a los que consideremos oportuno, tanto desde el punto de vista "educativo", como desde el punto devista de los trabajadores en relación a la federación. (X ha estado varias veces conmigo, ha tenido contactos con la empresa y están realizando cosas con los trabajadores (comunicados, asambleas, etc.). Por lo tanto, está al corriente del asunto y hemos trabajado en este problema respecto a los trabajadores y el sercicio. (Copia literal de un fragmento de una carta sobre el ‘Programa Madrugadores’. Diciembre 2003). 
  • Apreciables compañeroas/oa. Desde Palencia os pido que si alguien tiene alguna legislación sobre ratios, por favor lo más rapidamente posible, mandarmelo. Otro asunto es que me digais que medidas vamos a llevar sobre el tema del mes sin cotizar en la S.S. que nos han quitado en nuestra Consejería, aquí no nos sirve que nos digan que está pagado, de lo que se trata es de que conste reflejado en la vida laboral y yo hoy la he pedido y sigue sin solucionarse; aparte de hacer porque esto se resuelba, podiamos aprovechar las Eleciones para salir a la prensa y darles “caña”. Espero respuesta. (Copia literal de un correo electrónico cualquiera. Febrero 2004). 
  • XI. La formación sindical como parte del enriquecimiento organizacional. (Copia literal del título correspondiente al Capítulo XI del texto denominado ‘Propuesta para el Programa de Acción 8º Congreso Confederal’ o enmienda a la totalidad. Marzo 2004 ). 
  • Para CC.OO. la realidad es bien distinta tanto a los que dibujan una región sin solución como a la que nos sitúan en unos parámetros idílicos. (Copia literal de las líneas 22-24 del Capítulo 2 de la Ponencia para el 8º Congreso de la Unión Sindical de CCOO de Castilla y León. Abril 2004).
    En todo esto no hay moralina ni moraleja, sino una evidencia entre tantas otras de cómo nos comunicamos. Si la verbalización de nuestros pensamientos es como acabamos de reproducir en los textos precedentes, cabe preguntarse cómo es el orden interno de ese pensamiento y cómo actúa en consecuencia su autor o autora cuando hace uso de las atribuciones sindicales en virtud de las cuales han sido aquí mostrados. Como mínimo, podríamos pensar en manos y en palabras de quién depositamos esas atribuciones. Naturalmente, no se trata de evaluar la tarea sindical sólo por este método, pero sí también por este método tan revelador. Y, por supuesto, nadie está en condiciones de exigir ni calidad ni dominio lingüístico más allá del nivel de un simple Graduado. Ahora bien, al menos sí que podemos y debemos exigir que se utilice el corrector ortográfico de nuestro procesador de texto: basta con apretar una tecla. Porque si esto no se hace, además de ser unos mal hablados, demostramos que somos también vagos. Y malos sindicalistas.

Publicado en Notas Sindicales, agosto 2004

lunes, 1 de septiembre de 2003

Uniformidad escolar

    Al llegar el mes de septiembre, de forma inevitable los productos que salieron a nuestro encuentro con motivo de las rebajas han acabado apolillados en los escaparates, mientras que otra serie de artículos novedosos pasan a hablarnos de los nuevos viejos tiempos que se alumbran. A este propósito, unos grandes almacenes decoran sus muros con vistosos carteles publicitarios que incluyen, entre una exhibición de materiales para el nuevo curso, un rótulo nada inocente: “Uniformidad escolar”.
 
    Si bien todos entendemos la referencia al vestuario que identifica a los alumnos de ciertos colegios, privados por supuesto, la referencia a que varias cosas sean uniformes entre sí (al estilo del ejemplo que aporta María Moliner cuando indica “la uniformidad de altura de las casas”) no resulta distante del ojo que mira y trata de ver más allá de lo evidente.
 
    Cuando oímos o leemos argumentos contrarios a la oposición entre enseñanza pública y privada, todos ellos bajo la tesis general de que se trata de una polémica trasnochada e inmovilista, solemos ignorar los elementos más sencillos de la disputa, que, por lo común, suelen ser los más esclarecedores. De este modo, si nos atenemos al mensaje de la publicidad de los grandes almacenes, nos daremos cuenta de que se dirige sólo y exclusivamente a un determinado grupo de consumidores, aquél que entrega la educación de sus hijos a establecimientos, llamémosles para ser honestos, con cierto ánimo de lucro. Por el contrario, los consumidores excluidos de este grupo buscarán la indumentaria de sus hijos e hijas en la sección de oportunidades o, en el mejor de los casos, entre la ropa de temporada.
 
    Pero no nos interesa aquí el fondo puramente económico de esa división, sino el significado social y, sobre todo, cultural del fenómeno, para enlazar, acto seguido, con el académico.
 
    Uno de los fundamentos principales de la escuela pública es lo diferente, así en cuanto se refiere a la procedencia del alumnado como en su condición educativa. Frente a ello, la escuela privada ejerce una selección no desinteresada en procedencias y condición para acercarse cuanto antes al que es uno de sus ideales identificadores, la uniformidad, no sólo en la apariencia externa. Incluso cuando ésta se supera, pongamos por caso en centros menos religiosos o por tratarse de cursos ya superiores, la imagen de marca tiende a conservarse como un elemento básico, es decir, como pertenencia a tal centro y, por lo tanto, pertenencia a un grupo elegido y con “uniformidad en su altura”. Lo excluido de ese grupo pasa a engrosar las filas de lo diferente y, en consecuencia, desemboca en lo público, que recoge así tres tipos de alumnos: los que por vocación paterna proclaman todavía su fe en el sistema público, los despojados sociales y los expulsados de lo privado, ya por procedencia, ya por condición educativa.
 
    Es más, si atendemos a otros elementos que participan en el hecho escolar, nos encontramos así mismo con esa dicotomía. Un profesorado diferente entre sí por razón de su proceso selectivo abierto, frente a otro homogéneo a causa de un acceso semicerrado según pautas patronales. Una libertad de cátedra, puesto que el fundamento ideológico no tiene otros límites que los constitucionales, frente a un ideario de centro uniformador en la doctrina. Un gobierno democrático con intervención de los diferentes miembros de la comunidad educativa, frente a una jerarquía claramente piramidal. En suma, lo público frente a lo privado.
 
    Que nuestra sociedad camina inexorablemente hacia la necesaria convivencia entre lo diferente parece ya un hecho consumado que sólo los fundamentalistas discuten. El fenómeno de la mundialización, muy a pesar de lo que pretenden conseguir los modelos neoliberales, no quiere decir que todos vayamos a ser iguales, sino todo lo contrario, cada vez seremos más distintos aunque más juntos, y precisamente en el compartimiento y respeto de lo distinto se cimentará el futuro si llega a existir. La escuela es un eje fundamental en todo este proceso, pues serán las generaciones del porvenir las que asistirán al advenimiento de esos nuevos tiempos nuevos, y en la conciencia sociocultural de padres y madres se apoya hoy la preparación de sus hijos e hijas para expresarse y entenderse en esa era.
 
    Dicho todo esto, cada cual puede reflexionar acerca de en qué tipo de centro educativo se ofrecen más posibilidades ante los signos que anuncian lo que se avecina. Sobre la responsabilidad de cada cual recae la formación de autistas sociales o de individuos educados en y para la integración. Y, en fin, cada cual sabrá en qué sección de los mismos grandes almacenes adquiere la indumentaria y las repercusiones que ello tiene. Naturalmente, en eso coincidimos todos como seres pasivos: tanto los grandes almacenes como los colegios privados son vendedores de producto manufacturado no con cualquier procedimiento y objetivo.

Publicado en Diario de León, 7 septiembre 2003

jueves, 17 de abril de 2003

El hecho religioso en la guerra santa

    Beethoven, El Greco y otras entidades de la cultura y de la historia universales podrán por fin ser comprendidas con acierto por las futuras generaciones merced al hecho religioso, semi-asignatura amancebada con la estricta religión católica que la ministra Pilar del Castillo defiende con la fe propia de los conversos. Evidentemente, quienes no tuvimos la fortuna de educarnos en la trascendental aritmética de los hechos, si se exceptúan los que tiempo ha fueron de obligado cumplimiento, es decir, los de los apóstoles, nunca sabremos ya lo que nos hemos perdido y proseguiremos nuestra singladura inválida por un mundo que apenas si alcanzamos a comprender sólo en su epidermis.

     Quizá por ello nos empeñamos en no entender por qué una guerra puede ser santa ni por qué los líderes de una y otra facción claman a sus dioses para glorificar la barbarie. Nosotros, los analfabetos fácticos, nos limitamos a contemplar las tierras de Asiria y de Caldea asoladas por generales de uno y otro signo gobernados por un único dios, aquel que la mitología, pagana por supuesto, llamaba Marte; nosotros, los maleducados ateos, apenas si reconocemos los asentamientos violados de los zigurats y de los jardines de Babilonia donde una vez, dicen, vio la luz la civilización; nosotros, los perplejos e indignados, como simples frutos malditos del árbol de la ciencia del bien y del mal, cuyas raíces se hundían entre las riberas del Éufrates y el Tigris, ingenuamente creemos todavía que la única guerra que está justificada es la guerra contra el hambre.

     Madres y padres vimos estremecerse hace unos años cuando Federico Mayor Zaragoza anunciaba que “volverán a llamar a la puerta para que nuestros hijos vayan a la guerra”. Y negaban la evidencia de la profecía confiados en un supuesto puente tendido desde el código -civil, ¡quién lo diría!- de Hammurabi y este siglo XXI reconducido a las ortodoxias religiosas como bombas de racimo. ¡Qué terrible engaño!

     Pero pronto nuestros hijos vendrán en verdad a rescatarnos de la confusión. Ellos, apocalípticos e integrados desde la educación infantil, resolverán el enigma de los hombres de dios en la Tierra que, a su imagen y semejanza, imparten una justicia que llueve desde el cielo con uranio empobrecido; ellos, rescatados para la vida por una escuela para la dominación y la competencia, reirán nuestras miserias y se mofarán de las conciencias que son nuestro peor lastre; ellos, a salvo por fin de valores para la convivencia y de temas transversales tan inútiles como la paz o la igualdad, sabrán advertirnos de que la sombra de Caín vaga errante todavía, incluso mucho más allá de las fronteras ibéricas como Machado pensaba. Nuestra esperanza reside, pues, en que también a ellos vengan a reclutarlos para una guerra  que ha coronado a España -que no a sus ciudadanos- con el ridículo y la deshonra, ahora y en la hora de nuestra  muerte, amén.

(Encargo para una revista universitaria que no llegó a editarse, abril 2003)

domingo, 6 de abril de 2003

Para Joaquín González Vecín

    Todavía quien acuda a votar el día 9 de abril para elegir la Junta de Personal Docente de la Universidad de León podrá reconocer en la lista de CCOO el nombre de Joaquín González Vecín. No hay trampa ni patetismos en esa presencia inmarcesible: él mismo expresó su deseo de integrar una vez más una candidatura que ha cobrado una dimensión inesperada tras su muerte. Pero está claro que la papeleta de votación ha devenido histórica no por el hecho fatal que la envuelve, sino por la dimensión histórica que le concede coronar la andadura de un personaje igualmente histórico ya, entrañable, comprometido y cabal hasta sus últimos momentos.
 
    Para muchos de nosotros Joaquín era un prototipo. Cuando se creó la Universidad de León, ¡va a hacer veinticinco años!, y todos éramos mucho más jóvenes y más sanos -él sin duda el que más-, los pocos profesores que integraban su claustro eran perfectamente clasificables de acuerdo con sus tics o sus maneras y eran reconocibles y reconocidos como no alcanzará nunca el anonimato y la dispersión actual. Lo de Joaquín era la pipa y la profusión bibliográfica; a partir de ahí todo valía, así en sus clases como en las calles de las que quiso ser alcalde. Nunca tuvo la pátina de sabio, a pesar de que compartiera con los genios cierto aire de aparente despiste, ni era especialmente magistral; pero guiaba, aportaba orientaciones, no era dogmático y era listo en el mejor de los sentidos. Se hacía querer y respetar de una forma desprendida, como si nada le fuera en ello, pero pocas naturalezas humanas le pasaban desapercibidas. Tanto que su propia especialidad académica, la Geografía Humana, era él mismo; ninguna otra materia, ni la Historia a la que contribuyó ni la Medicina que no lo salvó, hubieran podido congeniar con su humanidad.
 
    Porque, además de todo esto, Joaquín no faltaba a ninguna cita con el destino histórico, ése que se teje con los hilos comunes de la vida cercana e inmediata para transformarla hasta repercutir en los estampados más nobles. Sin remontarnos más atrás, baste constatar que en los últimos años compartía con absoluta dignidad su enfermedad con todas las convocatorias de respuesta a la política del actual gobierno, ya fuese para denunciar los retrocesos democráticos de las leyes educativas, ya fuese para clamar contra una guerra bárbara e injustificable como la de Irak. Nunca fue un hombre equidistante, ni aunque el mal que se lo iba llevando poco a poco se lo hubiese permitido; siempre estuvo en su sitio, coherente y tenaz, perseverante, rara avis a estas alturas en los recintos feudales de nuestras universidades.
 
    El Sindicato de Enseñanza de CCOO se honra de haberlo tenido como compañero y como miembro significado de su Consejo Provincial. Con su adiós nos propone el reto de ser también perseverantes y tenaces a su altura, pero ahora en orfandad. Y para todos nosotros y para cuantos lo convivimos, en el ámbito de que se tratara, cobran valor nuevamente y más que nunca las palabras de Jorge Manrique: “dejónos harto consuelo su memoria”.

Publicado en Diario de León, 7 abril 2003

miércoles, 26 de febrero de 2003

El espíritu de la ferretería

    Y al final, ni barco pirata ni salón de las artes. Depósito de piedras muertas.
 
    Diez años después de que el edificio Pallarés cesara su actividad cultural para ser remodelado, no se sabía bien con qué fin, vuelve a hablarse del que parece va a ser su destino definitivo y relativamente cercano: Museo de León; es decir, silo receptor de los fondos históricos desperdigados entre el claustro de San Marcos y las salas de la calle Sierra Pambley. ¡Quién podía suponer tan bárbara transformación genética! Y, sin embargo, ¡qué lógico resulta todo en esta ciudad pensionista!
 
    Siempre ha estado ahí, inválido como una proa desorientada en la plaza de Santo Domingo, soportando paciente la trama urbanística y la inopia provinciana de nuestras instituciones, afligido y menospreciado, a la deriva de políticas sin fundamento. Pobre edificio Pallarés, triste ciudad sin alma. Siempre ha estado ahí y algunas memorias recuerdan todavía -se duelen todavía- la batalla librada en origen para salvarlo de una condena burocrática y transformarlo en un espacio para la cultura local, que es decir tanto como cultura universal si está viva, si es dinámica, si se concibe en tránsito y por ella transita un dinamismo vivo. Siempre ha estado ahí, bajel perenne en medio de un mar escaso de horizontes, habitado y deshabitado, sostenedor de un corazón que latía, a veces desbocado, a veces contenido, como un ser que siente y que se siente.
 
    Casi sin solución de continuidad, vio sustituidos sus anaqueles y repisas cargados de chavetas, alambres y vasijas de cinc por una muchedumbre de artistas inclasificables que colgaban cuadros abstrusos en sus paredes, junto a fotografías vertiginosas y esculturas de neón. La espontaneidad tiene esas cosas y algunos concibieron aquella transformación como un tiempo de esperanza; incluso los hubo que se atrevieron a invocar un rincón para las minorías, qué sé yo, hasta un leve hueco lírico para poetas y amantes de la danza. ¡Vanidad de vanidades! Pero sí, Pallarés existía aun a pesar de  domadores y otros arribistas que la Diputación colocaba en su sala de máquinas para domesticar aquel impulso tan ingobernable. Salón de las Artes lo nombraron cuando todavía olía a metales y a cuerda de pita. Fue así hasta que a alguien se le ocurrió colocar en la fachada que da a Piloto Regueral una lápida para una posteridad que apenas si duró lo que dura el recuento de las urnas. Por aquel entonces, se le había encargado a un lozano arquitecto del otro lado del Manzanal el proyecto para la definitiva mutación del edificio, y éramos todos tan de pueblo que nadie en el Palacio de los Guzmanes sabía realmente lo que se quería hacer, el caso es que hubiera un bar moderno con piano y una tienda con objetos caros e inútiles como en el Thyssen; hasta el joven servil que en esas fechas presumía de dirigir sin dirigir aquella entelequia lanzaba consignas vanguardistas al técnico berciano para que no se olvidara de instalar conexiones para cederom en todas las salas. ¡Ingenuo y palurdo año 92!
 
    Pallarés fue cerrado y sólo obreros de la construcción pudieron seguir paseando por la ferretería. Estaba claro que era el final; la derecha tiesa de nuestras tierras de adobe había reconquistado el gobierno provincial y no iba a permitir que aquella acracia artística contaminara a  ciudadanos de tan recio abolengo. No, señor, de lo que se trataba ahora era de levantar un buen Musac y un Auditorio como dios manda, y museos bonitos para los turistas, aunque por el camino se nos caiga algún palacio o se viole una casa porticada en la Plaza del Grano. Esto es, llenar de maquetas inertes el viejo Ayuntamiento y ubicar la semana santa, con sus valores incluidos, en el almacén arruinado del Conde Luna. Y para el barco pirata que un día se atrevió a desconcertar conciencias y sensibilidades, qué mejor que unos cuantos restos de tumbas y la bisutería gloriosa de los ancestros. Un barniz de historia que, probablemente, es lo único que podemos aspirar a ser.
 
    Me disculparán, pues, arqueólogos e historiadores antiguos. Me disculpará Luis Grau si clamo aquí por el espíritu de la ferretería. Me disculparé yo mismo por no haber invadido de nuevo el edificio Pallarés y dejarlo al albur de los vientos hostiles. Nos disculparemos todos y, a partir de hoy, como si fuésemos una Lancia postrada, intentaremos reconocernos en las ruinas. ¿Qué será de esta ciudad cuando Pepe Tabernero arroje la toalla o Alfonso Ordóñez decida, desilusionado, volverse a Barcelona?

Publicado en Diario de León, 13 marzo 2003

sábado, 28 de septiembre de 2002

La tercera dimensión en la educación

    A lo largo y ancho de la historia social, los conflictos de clase han sido descritos muy visualmente echando mano de dos dimensiones gráficas y comprensibles. En un principio, de forma algo elemental, se trataba de distinguir lo que estaba arriba frente a lo que estaba abajo, es decir, las clases altas de las clases bajas. En un estadio posterior de mayor formalización política, esos términos fueron sustituidos por la expresión lateral, esto es, derecha e izquierda, conforme a la hipótesis, no siempre generalizada sin embargo, de que arriba se correspondía con derecha y abajo, con izquierda.
 
    Particularizando mucho, la historia de la educación discurre en cierto modo paralela a la evolución histórica de estos términos. Así, en un principio, una diferencia primitiva entre arriba y abajo estribaba precisamente en que los primeros tenían acceso a la cultura (y eran o podían ser educados) mientras que los segundos -desheredados de todo por definición-  habían de conformarse como máximo con la sola formación religiosa que, al cabo, era la que más interesaba para mantener inamovible el statu quo a favor de los primeros. Merced a la progresiva ideologización política de los siglos XIX y XX, la educación se convirtió también en una seña de identidad para las nuevas sociedades, de tal manera que la izquierda hizo bandera de la educación pública para todos, mientras que la derecha trató de mantener privilegios de élite en lo que entonces llamábamos colegios de pago, religiosos en su mayor parte.
 
    Naturalmente, da hoy la impresión de que esta situación está superada. Por un lado, en los países desarrollados la enseñanza básica se ha generalizado a casi toda la población, la educación pública se ha extendido de forma digamos suficiente y el acceso a estudios superiores parece casi al alcance de cualquiera. Por otro lado, los llamados ahora colegios privados concertados recogen financiación pública y alumnado en teoría de todo origen social, habiéndose convertido sus patronales, paradójicamente, en los más firmes adalides de la libertad de enseñanza. Junto a esto, tampoco podemos ignorar el perfume embriagador que el capitalismo ejerce sobre las masas, creando la apariencia de que todo se ha igualado y que, por el hecho de enviar a nuestros hijos a no sé qué colegio de hermanitas, todos somos poco menos que gobernadores civiles a la antigua usanza.
 
    ¿Se ha producido realmente la superación de una barrera social en nuestro país o estamos ante un espejismo? ¿Acaso las diferencias sociales están volviendo a mutar a medida que la historia va pasando páginas? Más bien parece esto último; y, de ser así, ¿no deberíamos preguntarnos por el nuevo formato de las diferencias, aquello sobre lo que gravita en este siglo XXI la obstinación en lo distinto? Desde nuestro punto de vista, una tercera dimensión ha entrado con fuerza en el mundo educativo para que nada cambie y para que la apariencia nos haga pensar en un mundo más feliz. Esa tercera dimensión que faltaba no es otra que la de delante y detrás, los adelantados frente a los retrasados. He ahí la nueva clave que vuelve a encumbrar a unos y a abismar a otros.
 
    ¿Puede un gobierno conservador desmontar a estas alturas democráticas el valor conquistado por la educación? Desde luego que no; políticamente, sería más que incorrecto e insoportable. ¿Puede un gobierno conservador permitir la igualdad de oportunidades educativas para todos con independencia de cunas, tintes, neuronas o fes? Naturalmente no; adónde iríamos a parar. Así pues, se hace imprescindible dividir, separar, segregar, es la doctrina neoliberal, el sálvese quien pueda, la pantomima de que cualquiera puede llegar a ser presidente (¿es una pantomima?); lo pide la sociedad, dicen, los profesores lo reclaman y las nuevas leyes educativas lo bendicen. Pero, con qué patrón. El de arriba y abajo está periclitado y el de izquierda y derecha, poco menos que demodé. Por lo tanto, sólo resta delante y detrás.
 
    Toda la política educativa del Partido Popular se acomoda a esta nueva dimensión triunfante, y ello explica tanto la reducción de becas universitarias (recientemente denunciada por el Presidente de la Conferencia de Rectores) como el desequilibrio inversor entre centros públicos y privados. Ese desequilibrio ha supuesto que en la Comunidad de Castilla y León, entre los años 1996 y 2000, la pérdida de alumnos en la educación pública haya superado la media nacional, mientras que crecía sin rubor el traspaso de recursos públicos a empresas privadas a través de conciertos. Y ese fenómeno no ha dejado de crecer, evidentemente, con el traspaso de competencias; por el contrario, la Consejería de Educación y Cultura ha generalizado los conciertos para la Educación Infantil en tanto que, por ejemplo, elimina los Programas de Orientación en los Colegios Públicos o suprime puestos de Educación Compensatoria destinados a atender a minorías étnicas y a inmigrantes, los más atrás de los de detrás.
 
    Pero nos engañaríamos si creyésemos que se trata tan sólo de una cuestión económica o de recursos. Las diferencias de profundidad son también y sobre todo una expresión política, social y cultural que nos incumbe a todos por igual, ya sea en la degradación de los desempleados -otros retrasados que en numerosas ocasiones nacen en el propio sistema educativo-, ya sea en la propia transmisión de conocimientos en la escuela, no solucionada ni mucho menos por ayudas para libros de texto, sino por situar a los alumnos en disposición de acceder verdaderamente a las fuentes de información, donde están ya los adelantados. Las repeticiones de curso significan la consolidación del retraso; los itinerarios ponen de relieve, sin remediarla, la distancia entre los primeros y los últimos; la jerarquización y la pérdida de autonomía en los centros públicos encarnan las nuevas formas de control para asegurar el éxito de los sumisos y someter al ostracismo a los rebeldes. La Ley de Calidad es la nueva Biblia de la tercera dimensión y Pilar del Castillo, su sacerdotisa.

Publicado en Diario de León, 23 noviembre 2002
y en T.E, Castilla y León, octubre 2002

jueves, 20 de junio de 2002

Como cuando vinimos de España

    Argentina, un horizonte mucho más que entrañable, no deja de conmovernos e incluso movernos a vergüenza en este lado del océano, donde da la impresión de que su fractura social, política y económica no va con nosotros, a no ser por los rotos que provoca en los beneficios de ciertas empresas depredadoras de linaje hispano. El caso es que hasta aquel país singular llegaban no hace tanto tiempo españoles que, huyendo de una España pobre y sin perspectivas, buscaban allí su propio lugar en el mundo; y en verdad no debió de irles tan mal, a pesar de que siempre los vientos fueron por allá racheados. Sucedía así que a un periodo de esplendor y de crecimiento le seguía otro inevitablemente de oscuridad y de mengua. Acostumbrados a esos vaivenes y haciendo gala de un estoicismo muy de nuestro sur, aquellos españoles, cuando la fortuna dejaba de serles favorable y caían de nuevo en la penuria, exclamaban resignados: “ya estamos como cuando vinimos de España”. La frase creó escuela y, naturalmente, se extendió a muchas otras situaciones cotidianas en las que se repetía la sucesión de fortunio e infortunio, de conquista y derrota, de éxito y de ruina.
 
    Este curso escolar que ahora concluye consagra en el ámbito de la educación en nuestro país el cambio de ciclo, ligado por supuesto a un mismo derrotero político que afecta en general a todo lo social y lo público. Por lo que a la educación se refiere, desde que convinimos en convertirnos en un estado democrático a la usanza europea, una de las principales preocupaciones de la sociedad española durante el último cuarto del siglo anterior fue modernizar su sistema educativo -desde los cero años hasta la Universidad- a la vez que se perseguía universalizar esa educación como un derecho para todos. Con toda probabilidad esos objetivos fueron relativamente alcanzados. Nadie puede negar los progresos, aun imperfectos, que supuso la legislación aprobada en los últimos veinte años, si bien es cierto que los ritmos históricos la han envejecido demasiado pronto, poniendo de manifiesto con mayor nitidez las insuficiencias de su aplicación y la falta de correspondencia en muchos casos entre la letra y la realidad. Tampoco nadie podrá negar el progreso que se apoya en la extensión de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años y la oferta casi generalizada en Educación Infantil, en el mayor acceso de jóvenes a los estudios universitarios y en el rescate de la Formación Profesional desde la catacumba en la que vivía abismada. Así mismo no se puede negar que ciertos modos democráticos y participativos, ciertos principios de libertad y de igualdad, impregnaron también las formas de gobierno de los centros educativos, desde los claustros hasta los consejos escolares, desde la elección de directores o rectores hasta el fortalecimiento del espíritu asociativo entre estudiantes y padres y madres. En suma, hemos atravesado un periodo difícil de conquistas imprescindibles en el mundo de la enseñanza y lo hemos hecho, sobre todo, en el ámbito público, aquel que puede garantizar que los principios antes citados llegan a todos los ciudadanos y ciudadanas.
 
    Pero este curso que concluye nos vuelve a situar como cuando vinimos de España, es decir, en el residuo del pasado. Asistimos a la regresión en casi todo lo avanzado, azotados, más que por un aire de progreso, por un afán de revancha que nada o muy poco sabe de la ilustración (eso es lo más terrible). Las leyes educativas que el Partido Popular va imponiendo so pretexto de rejuvenecer el ordenamiento y atender a nuevos problemas que nos han ido asaltando, no son -nos tememos- ejemplo de un rumbo que avanza, sino directriz que hurga en el pretérito para reconquistar valores eternos, privilegios de casta y principios de un talante mucho más que conservador. No otro sentido puede atribuirse a las formas y a los contenidos que identifican a las nuevas leyes que el actual Gobierno va alumbrando, desde la LOU hasta la Ley de Calidad. Por encima de cuestiones de índole pedagógica u organizativa, la ausencia de diálogo y de acuerdo marcan el estilo; y la consagración de modelos jerárquicos, segregadores y elitistas, el fondo. Asusta un poco pensar que ese estilo y ese fondo, además de constituir una política, impregnan también el envoltorio social y que una gran parte de la sociedad española los asume como seña en los tiempos que corren. En tal caso, la enfermedad sería mucho más grave, puesto que no sólo estaríamos asistiendo a la culminación de un programa de gobierno, sino a la consolidación de un país premoderno, insolidario y gris, esto es, justamente aquello de lo que escapábamos cuando salíamos de España.
 
    Las reformas educativas que se están poniendo en marcha, siempre en contra de la general contestación de la comunidad escolar, van a suponer un cambio casi copernicano del sistema. El denominador común de esa transformación no es otro que el objetivo de competencia en desigualdad muy propio de las ideologías neoliberales al uso, que se vanaglorian de reducir el sector público como virtud, sin expresar sin embargo el más mínimo sonrojo al potenciar todo género de subvención y favor al privado. Así lo hace la LOU con las universidades privadas frente a las públicas, y del mismo modo lo regula la Ley de Calidad con la enseñanza no universitaria. Podrán utilizarse argumentos sonoros como la endogamia o el fracaso escolar, pero ni una ni otro van a ser resueltos ni interesa al Gobierno que así suceda: cuanto mayor sea el descrédito de lo público mayor será el beneficio de lo privado. Y aún más, para que esta máxima alcance el éxito que se pretende, también las nuevas leyes vienen a garantizar la hegemonía ideológica que las anima mediante el recorte de la participación democrática y la comisaría política de la Administración en los centros educativos, no vaya a ser que la libertad se enquiste en alguno de ellos y provoque una epidemia de derechos ahora cercenados. Mal asunto para una España de privilegios y de agua bendita.
 
    Así pues, poco queda ya para el curso próximo, momento en el que será necesario reforzar las formas de oposición a la política educativa del Partido Popular y de su entorno empresarial y tridentino. CCOO ha propuesto ya un paro general en la enseñanza para el otoño que viene, hacia el que nos dirigimos con el aval de las protestas masivas puestas de manifiesto en el último tramo del curso actual.  En ellas y en el deseable fin de la soberbia gubernamental reside el porvenir -argentinizado o no- de la educación española.

Publicado en Diario de León, 1 julio 2002