Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

sábado, 21 de mayo de 2011

La indignación

    La dichosa indignación, como tantas otras palabras cuyo abuso las convierte en comodín semivacío, en un significante sin significado porque sirven igual a un roto que a un descosido, es el término de moda. Lo que ha conseguido el resistente francés Stéphane Hessel con su librito Indignaos y que otros han venido a corear después, como el más reciente y local Reacciona, es sencillamente dar nombre a una realidad amorfa que cada día es más evidente y menos productiva: el cabreo general de la sociedad española. Todos estamos enojados con todos y contra todo, un estado que en nuestro caso no sólo tiene que ver con los malos tiempos que vivimos, sino que viene de lejos y tiene sus principales maestros en algunas de sus señorías y su maleducada forma parlamentaria de comportarse. Sin embargo, ese enfad, que en puridad debiera promover algún tipo de reacción siquiera defensiva, no hace sino alimentarse a sí mismo con escasos visos de rebelión general. Eso es lo que conviene a la diestra forma de pensar y gobernar, pues saben bien los poderosos y sus vasallos que la irritación, si es desordenada, paraliza tanto como el miedo, las dos constantes que últimamente presiden nuestro ser y nuestro estar nacionales. Por el contrario, desde una perspectiva siniestra, la indignación requiere organización para convertirse acto seguido en acción. Irritarse por irritarse, aun con sobradas razones, no suma, sólo produce vinagre cuando fermenta y amarga más todavía. La irritación precisa moldes, es decir, organizaciones que la articulen como una amalgama de voluntades conscientes de la necesidad del cambio, en lugar del cambio de necesidades que es lo único que formulan las iniciativas aisladas. Obsérvense en tal sentido los llamados manifiestos de la dignidad o la mayoría de los programas electorales, que se quedan en puras y lisas letanías de propuestas sin espíritu de acción colectiva verdaderamente transformadora.

Publicado en La Crónica de León, 20 mayo 2011

viernes, 6 de mayo de 2011

La lentitud

    El tiempo, así como sus magnitudes y percepciones, es también un ente susceptible de atenderse desde una dimensión política, y, como tal, gobernado e interpretado a siniestra o a diestra. De hecho, la lentitud bien entendida es, a nuestro parecer, un auténtico acto revolucionario en la época en que vivimos y para la que se avecina. Enfrente, la velocidad es una trituradora de vida, de reflexión y de paisaje. Sin ir más lejos, el fracaso escolar hunde parte de sus raíces en mentes educadas para asumir la realidad al ritmo de las imágenes de un vídeo-clip o de una consola, todo lo que no fluya con ese vértigo aburre o desespera; naturalmente quienes ejercen la profesión de enseñar los primeros. Pero también los adultos hemos incorporado esa dinámica a nuestros horarios y quehaceres hasta el punto de no reconocernos sin ansiedad, sin estrés, sin prisas: las vacaciones aplanan al cabo de días, la jubilación amojama el espíritu y la calma nos desorienta. Así que nos rebelamos contra las señales de tráfico y los radares, detestamos las pausas y nos quedamos callados sin saber qué decir o rechazamos las películas francesas porque en ellas, cuentan, se ve crecer la hierba. Por el contrario, nos sentimos desheredados si a nuestra ciudad no llega un tren veloz ni una autovía, nos amarga no disponer de la última versión del sistema operativo y maldecimos nuestro destino cuando hemos de detenernos ante un paso de peatones, esos seres antediluvianos. Por lo mismo que ya no escuchamos discos, sino canciones; que ya no leemos libros, sino recensiones; y que ya no nos detenemos en las noticias, sino en los titulares. Así que lo raudo conviene al poder y a sus vasallos, no vaya a ser que tengamos sosiego para pensar y descubramos que el tiempo puede llegar a ser tan dorado como gratuito, porque se puede dar y compartir como un bien mostrenco. O que en el colmo de la insensatez se nos ocurran otras formas de organizar nuestra jornada de trabajo y de ocio y se nos vengan abajo algunos de los argumentos con los que nos han domesticado.

Publicado en La Crónica de León, 6 mayo 2011

viernes, 29 de abril de 2011

2011: Contra los recortes sociales

    Este 1º de Mayo celebramos el Día Internacional del Trabajo inmersos en un contexto de continuas tensiones financieras, económicas y políticas, que provocan, en los países más vulnerables como el nuestro, mayor destrucción de empleo, disminución de las rentas salariales, deterioro de las condiciones de trabajo y recortes significativos de las prestaciones sociales  y de los servicios públicos. A todo ello urge hacer frente con la movilización social para reclamar –porque son posibles- otras políticas de mayor equidad y equilibrio en el reparto de los ajustes. Tal es el significado del estandarte que encabezará las manifestaciones de este día al proclamar: “Empleo con derechos. Contra los recortes sociales”.

    Ahora bien, ese mismo contexto está siendo aprovechado, aquí y allá, por quienes buscan todavía más beneficios en el río revuelto y lo hacen precisamente tergiversando conceptos de forma bien interesada.

    Así, por ejemplo, venimos escuchando que es necesario desvincular la evolución salarial de índices objetivos y ligarla en cambio a algo tan etéreo como la productividad, que nadie o casi nadie se atreve a definir. No cuentan esas mismas voces que, tomando como base 100 la productividad del año 2000 y analizando los datos de productividad por hora trabajada del año 2008 (último del que se disponen datos, según fuentes del INE, Ministerio de Trabajo, INSS e Hispabarómetro), la productividad media en la Unión Europea era de 111,7 y en España de 107,3 (Alemania 109,5 y Dinamarca 102,6). Con la misma frivolidad –Díaz Ferrán dixit- se habla así mismo de la jornada de trabajo y de la oportunidad de incrementarla, desconociendo el reciente informe de la OCDE, Society at a glance, que asegura que los españoles trabajan más horas que los alemanes y sólo tres países europeos, tan diferentes entre sí como Austria, Portugal y Suecia, superan a España en ese ranking. No se trata, entonces, de echarle muchas horas al trabajo, sino de trabajar bien. Para regular uno y otro asunto, productividad y jornada, pero también muchos otros de similar trascendencia, la herramienta más útil no es otra que el convenio colectivo, que debiera merecer algo más de consideración por parte de nuestros empresarios, en particular los de esta provincia, donde tan difícil resultó su negociación el pasado año por causa, curiosamente, de los salarios y de su cláusula de descuelgue, únicas materias en las que se baten el cobre los empresarios de cortos vuelos.

    Más empeño deberían emplear, ellos y todos, desde luego, la sociedad en su conjunto, en combatir el que es uno de nuestros mayores males en lo laboral y en lo social: la economía sumergida. Según Cuadernos de Información Económica de la Fundación de las Cajas de Ahorros, más de una quinta parte de la economía nacional entre los años 2005 y 2008 (el 21,5% del PIB) fue sumergida, con un coste recaudatorio del 7% del PIB y un número de empleos sumergidos de unos 4,23 millones de personas. Ése es, junto al desempleo, el auténtico pozo negro de nuestra economía y de nuestros derechos.

    Y, en fin, cómo no clamar contra los recortes sociales si, como bien sabemos trabajadores y trabajadoras, su merma supone además renunciar a la idea de lo público como elemento fundamental del avance de las sociedades. Por ese motivo creemos que son un grave error, y nos oponemos a ellas, las prescripciones europeas sobre competitividad y estabilidad financiera, orientadas inequívocamente a la reducción de las prestaciones sociales  y de la calidad de los servicios públicos fundamentales y a la reducción del empleo en estos últimos. De tal modo que, en contestación a quienes otorgan toda su confianza al mercado, nosotros decimos que lo que se necesita es más y mejor Estado para asegurar un modelo social justo y equilibrado.

    En definitiva, CCOO y UGT volvemos a reclamar en este 1º de mayo que la salida de la crisis debe traducirse en un modelo de crecimiento sostenible, sostenido y duradero basado en la formación, la innovación y la industria, con creación de empleo estable y con derechos, con protección para las personas desempleadas, con igualdad entre mujeres y hombres, entre inmigrantes y autóctonos, con garantías en la seguridad y salud en el trabajo, y con unas condiciones de vida dignas, en las que las pensiones, la educación, la sanidad o la atención a las personas dependientes sean auténticos derechos consolidados.

Publicado en Diario de León, 29 abril 2011

miércoles, 20 de abril de 2011

La deuda

    De modo que, guste o no a los siniestros, la nuestra es una sociedad de consumo y parece que para durar. Lo cual quiere decir que su engranaje se asienta sobre cuatro elementos básicos: qué producimos, cómo lo producimos, qué consumimos y cómo lo consumimos. Su delicado equilibrio resulta indispensable, de ahí que algunos de nuestros dolores presentes deriven también de esa partitura desafinada. Bajos salarios y precios cada vez más altos, en gran medida por el sostenimiento a toda costa de márgenes y beneficios empresariales, ha provocado un volumen de deuda privada insostenible. Mucho se dice sobre la deuda pública y a ella se entregan los tiburones para justificar sus planes sociales involucionistas, pero hay que recordar que en 1996 el nivel de deuda privada en España era del 65% del PIB, mientras que en 2008 llegó al 220%: ése es el pecado de los bancos, los de acá y los de allá, todos aquéllos que ven la paja de la deuda pública ajena pero ignoran la viga de la deuda privada propia generada por sus malas artes con permiso de sus supervisores. Esto es, los mismos que ahora nos dan recetas para asegurar su supervivencia sobre los cadáveres de las clases medias y humildes endeudadas y alienadas por el dios del consumo. Conviene insistir en que por cada euro extra de deuda pública existe un euro de deuda privada que ha sido sostenido o asumido por las cuentas públicas; de ahí su déficit y de ahí también que, contra lo que se cacarea, el principal problema de la deuda de España no sea la soberana. La dificultad es el enorme endeudamiento general de la sociedad. Al finalizar el año 2009, la deuda conjunta de las administraciones públicas (estado central, comunidades autónomas y ayuntamientos), las empresas, los hogares y el sector bancario ascendió a casi cuatro billones de euros, el 390% del PIB. Las empresas no financieras debían el 143% del PIB; los bancos y cajas, el 107%, y los hogares, el 89%. Éste es parte del asunto.

Publicado en La Crónica de León, 22 abril 2011

jueves, 7 de abril de 2011

El consumo

    La disputa entre consumo y ahorro se cita como una expresión más del pulso económico. Así, un mayor consumo equivale a mayor actividad, mientras que el incremento del ahorro significa por lo general retracción y desconfianza. Eso siempre y cuando los conceptos sean puros, porque lo que no está claro, al menos en el caso español, es que el tal consumo desbocado de años precedentes no fuese más que otra ilusión del espejismo en que vivíamos. Desde un punto de vista siniestro, los años de esplendor no fueron años de reparto de riqueza, sino más bien de gula crediticia, lo que ha redundado, como bien se sabe y se padece, en el exagerado endeudamiento privado. Responsables fueron, desde luego, las entidades financieras y su fracasado supervisor, el Banco de España. Pero también, no de forma subliminal, algunos mensajes venenosos que calaron con facilidad en el inconsciente colectivo. Me refiero a la consigna de consumir y de enriquecerse no importaba de qué modo. Pero también al ideal de los ultraliberales, con Esperanza Aguirre a la cabeza, de promulgar la sociedad de los propietarios. El daño que ello ha producido lo explica el psicoanalista Fabián Appel de la siguiente forma: “es el consumo, no comprar algo que uno necesita, sino lo contrario, esta devoración caníbal que los mercados obligan a realizar y que después se transmite a los vínculos humanos. Porque no solamente se consumen objetos, se consumen también personas: mujeres, hombres. Solamente por el hecho de la pura apropiación, porque la apropiación da ese rasgo de prestigio, eso que no sirve para nada, eso que nunca produjo nada”. El puro prestigio, lo nombró Hegel. Como empieza a suceder, por ejemplo, en países emergentes, herederos de nuestros peores vicios. En la India, en el año 2010, había 564 millones de abonados con teléfono móvil frente a 366 millones de inodoros con agua corriente. Es adonde nos conduce el consumo adolescente.

Publicado en La Crónica de León, 8 abril 2011

jueves, 31 de marzo de 2011

Más 105 años

    Lo obvio, cuando de cumplir años se trata, y más todavía si se alcanza la venerable edad de 105 años, es echar atrás la mirada, evaluar lo andado y hacer balance. Lo extraño, por el contrario, es otear el horizonte que se abre delante y sacar la conclusión de que nuestros mejores tiempos están quizá por venir. Esto, que resulta impensable para el común de los mortales, puede sin embargo ser mucho más motivador que las nostalgias para un medio de comunicación escrito y local.
 
    Tiene mérito sin duda que un periódico como el Diario de León haya llegado hasta nuestros días sorteando todo tipo de sucesos históricos, económicos y sociales. Lo interesante de todo ello es pensar que esa vida larga es prácticamente la misma vida medida en tiempo que la de los medios de comunicación clásicos y tradicionales, que en este nuevo siglo toca a su fin. Por ese motivo, más que apagar velas ceremoniales del pasado, lo que este periódico debiera hacer en el día de hoy es reflexionar sobre cómo podría en estos tiempos vertiginosos y cambiantes asegurarse una segunda vida de similares dimensiones. Es decir, cómo afrontar la convivencia con los nuevos soportes tan competitivos, cómo ganar agilidad y credibilidad informativa en un mar de confusión y de hiper-oferta de noticias, cómo convivir en el difícil espacio de lo global desde el estrecho escenario de una provincia menor, cómo formar a sus profesionales para esos retos a la vez que dignificamos su labor imprescindible para la sociedad… Porque lo que es evidente es que al ritmo al que se suceden hoy los acontecimientos, con la progresión tecnológica a la que estamos llamados y conforme a lo que parecen ser rasgos identificativos de la nueva época, difícilmente cumpliremos otro siglo si no nos detenemos a considerar todo lo anterior y lo afrontamos con decisión renovada.
 
    Dejemos, pues, para los cronistas y archiveros el acta de cuanto de sí dieron los 105 años precedentes. La nuestra es una provincia de historia, sin duda, pero de la que no se vive. Preocupémonos mejor de cuanto está por llegar y hagámoslo posible en beneficio de esta misma tierra y de sus gentes de hoy y de mañana. Y así sea no sólo para bien de este periódico, sino también para el de cuantos aquí buscamos vivir y progresar.

Publicado en Diario de León, 31 marzo 2011

domingo, 27 de marzo de 2011

JANE BIRKIN: Arabesque

    Acaban de cumplirse el pasado mes de marzo veinte años desde el fallecimiento de quien, entre otras enseñanzas, nos advirtiera de que “el hombre ha creado a los dioses. Lo contrario está por demostrarse”. Serge Gainsbourg falleció en su casa de la Rue Verneuil de París alcoholizado, hundido psicológicamente, abandonado, deprimido, enflaquecido y seguramente con un Gitanes entre los labios. A pesar del tiempo transcurrido, nunca ha dejado de figurar en primer plano de la chanson francesa y en el imaginario de sus muchos admiradores, tal y como lo demuestran los cientos de pintadas, graffitis y mensajes coloridos sobre los muros de aquella casa que él había comprado para vivir con Brigitte Bardot a finales de los sesenta. El aniversario de su muerte habrá servido sin duda para reeditar discos, libros y otros fetiches sobre este personaje tan feo como caballeroso. Al menos más allá de los Pirineos, porque lo que es en estos páramos del sur apenas si hemos conseguido superar la melodía provocadora de aquel “Je t’aime, moi non plus”, que interpretara primero junto a BB y que triunfara después al lado de Jane Birkin.

     Por todo ello y mucho más traemos aquí en esta ocasión un disco no actual ni artificialmente ceremonioso, como podría esperarse, sino del año 2002; no un disco que recupere la voz aguardentosa del mítico artista, sino uno con el acento cristalino de la que fuera su compañera más notable; no un disco que remasterice, como se acostumbra, viejas grabaciones con la pátina de lo venerable, sino uno construido con versiones del que fuera repertorio inigualable de este compositor cínico y romántico a la par. 

    Jane Birkin grabó Arabesque hace casi una decena de años para reencontrarse de un modo radicalmente transgresor con las canciones de Gainsbourg. Con la colaboración muy especial de Djamel Benyelles consigue arabizar los cantables de su ex compañero, dotándolos de un tono seductor y novedoso que hace mucho más por ellos que cualquier otra campaña comercial con motivo del fatal cumpleaños. Además, el disco se grabó en directo durante una actuación en el Teatro Odeón de País (existe también en el mercado el DVD correspondiente, que no hay quien se lo salte), de tal manera que el resultado es aún más fresco si cabe y demuestra la madurez artística de esta mujer junto a su dominio demoledor del escenario. Elijamos el formato que elijamos, no dejaremos de rendirnos, por ejemplo, frente a la revisión de “La Javanaise”, aquella joya que interpretara en un principio Juliette Greco, a quien siguieran tantas otras como más recientemente ha hecho Madeleine Peyroux, y que aquí Birkin interpreta a capella como broche final de su recorrido. Con toda probabilidad, también Gainsbourg se hubiera estremecido de asistir al espectáculo y hubiera acabado por rematar la faena con un nuevo aforismo, como aquel que enunció poco después de sufrir su primer ataque al corazón: “He tenido una crisis cardiaca. Eso demuestra que tengo corazón”.

Publicado en Notas Sindicales, mayo 2011

sábado, 19 de marzo de 2011

La igualdad

    En un mundo cada vez más y más desigual, la igualdad se convierte en el primer lema de lo siniestro. Tony Judt, historiador fallecido el pasado año, nos enseñó en su libro Algo va mal que en 1968 el director ejecutivo de General Motors se llevaba a casa, entre sueldo y beneficios, unas sesenta y seis veces más que la cantidad pagada a un trabajador tipo de GM. Hoy, el director ejecutivo de Wal-Mart gana un sueldo novecientas veces superior al de un empleado genérico de esa firma. También hace escasas fechas hemos conocido que el sueldo medio de los consejeros ejecutivos y principales directivos de las firmas del IBEX superó el millón de euros en 2010. Se dirá que posiblemente no sea tarea de un gobierno de izquierdas intervenir sobre esas cifras disparatadas, pero sí ha de ser compromiso irrenunciable y a su alcance combatir tales desequilibrios mediante una adecuada fiscalidad que contribuya de verdad a la redistribución de las rentas. La imposición directa debe ser, pues, eje de lo igual tanto por lo dicho como porque actúa además sobre lo público, que es el segundo nivel de la equidad. Es evidente que sobre esos elementos se han conseguido los mayores avances de las sociedades y que su fractura, como acaece ahora, crea abismos donde esas mismas sociedades tienden al colapso. No sentir así puede deberse, como tantos otros desistimientos colectivos, a la parálisis derivada del miedo y al espíritu conservador con que se afrontan los confusos periodos de cambio. Por ese motivo, cuando en este mes de marzo hemos vuelto una vez más sobre el Día de la Mujer, conviene entender que de colectivos eternamente postergados en el camino del progreso habrá de regresarnos la energía y la determinación comunes a todos. Porque, en definitiva, la lucha de las mujeres por la igualdad, todavía muy en camino, lo es así mismo por la emancipación general del ser humano, que sólo se alcanza de igual a igual.

Publicado en La Crónica de León, 25 marzo 2011

martes, 15 de marzo de 2011

ARSENIO e IGNACIO ESCOLAR: La nación inventada

LOS AUTORES.

§ Arsenio Escolar. Licenciado en Ciencias de la Información y en Filología Hispánica. Periodista en ejercicio desde hace más de 30 años. Dirige desde su fundación el diario impreso 20 minutos y el digital 20minutos.es. Por otro lado, ha sido también directivo de El País, Cinco Días, El Sol, Claro y Diario 16, entre otros medios. Participa con frecuencia en programas de radio y televisión. Le han sido otorgados diversos premios periodísticos y literarios.
§   Ignacio Escolar. Es periodista. Fue fundador del diario Público como primer director y actualmente continúa en el proyecto como columnista diario. También es autor de www.escolar.net, posiblemente el blog de política más leído en castellano, y participa como analista en distintos programas de radio y televisión. Antes había trabajado entre otros medios en La Voz de Almería, en los informativos de Telecinco y también como consultor de prensa en Latinoamérica.

EL LIBRO.
     La historia la escriben los vencedores, y la Castilla victoriosa no fue una excepción. En el siglo XIII, tras ganar la batalla de Las Navas de Tolosa y conquistar gran parte de al-Ándalus, cuando sólo faltaba la pieza del reino nazarí de Granada para completar el mapa de la llamada Reconquista, Castilla era sin duda la nación más pujante de la península Ibérica y una de las nuevas potencias europeas. Su pasado, sin embargo, no era tan brillante como su presente: «no había logrado la independencia de León hasta el siglo XI, había sido uno de los últimos reinos cristianos en nacer y en comenzar la guerra contra el islam». Fue en ese momento, durante los reinados de Fernando III y de Alfonso X, cuando toda una serie de falsos mitos, exageraciones y medias verdades —de los jueces de Castilla a Fernán González o El Cid—, entran en la corriente histórica. Han estado ahí hasta hace muy poco y aún forman parte de la cultura popular.
     La nación inventada es un repaso divulgativo a la historia de esos siglos en los que se formó la identidad nacional castellana, la nación sobre la que después se edificó el casón de España. Escrito con rigor y un variado anecdotario, ideas e historia, Arsenio e Ignacio Escolar han conseguido repasar de forma amena la historia de Castilla separando, para siempre, realidad y leyenda.
Presentación en León, 15 marzo 2011

domingo, 13 de marzo de 2011

Bonba al paso nivel

    Corrían los años primeros de la democracia, en cohabitación todavía con los ayuntamientos del viejo régimen; el movimiento vecinal hervía entonces como una de las expresiones más vivas de los nuevos tiempos; y las demandas ciudadanas domésticas se centraban en reivindicaciones aparentemente ingenuas vistas desde la actualidad: una acera, un parque, un colegio, unas farolas… Bien o mal, lo cierto es que aquel catálogo de lucha fue siendo medianamente atendido e incluso resuelto, a la par que muchos ayuntamientos se iban poco a poco esclerotizando, que las asociaciones de vecinos se sometían a los nuevos poderes o se diluían en programas de festejos, y que los sentimientos colectivos de barrio eran sustituidos por las aspiraciones burguesas de la vida alegre. No fue diferente, claro, el devenir de la ciudad de León, si bien a pesar de los años, de las corporaciones municipales sucesivas y de los ciclos económicos, ha mantenido heridas abiertas hasta la fecha que sólo se explican por la pasividad de su ciudadanía o por la inoperancia de sus políticos. Así ha ocurrido, por ejemplo, con su inacabada ronda exterior, que infarta la movilidad interna, o, de forma mucho más emblemática, con la llaga de un paso a nivel sin parangón casi en la geografía urbana nacional.

     Conviene, pues, en estos momentos en que parece que por fin se apuran los días de vida para este monumento a la desidia, rescatar del olvido algunas imágenes amarillentas que deberían compartir los modestos laureles del triunfo con las de aquellos que con mayor o menor mérito vengan a anotarse el éxito de última hora. De este modo, un lugar destacado en ese álbum habría de ocuparlo el rastro perdido de una pintada pintoresca que apareció rotulada, allá por los últimos años setenta, sobre uno de los letreros que advertían del peligro de atravesar las vías con las barreras bajadas. Decía simplemente “bonba al paso nivel”, escrita seguramente con prisa, que no estaba el horno para bollos, y con falta de ortografía incluida, lo que la dotaba de una cercanía sentimental liberadora en la práctica de todo valor ofensivo. Fue con toda probabilidad el estertor anónimo de un sentir compartido por cuantos habían vivido y muerto en aquel barrio animado y estrangulado por el ferrocarril; aquéllos que en su día se organizaron en la que fuera una de las primeras asociaciones de vecinos de la ciudad, que agrupaba los núcleos del Crucero y de La Vega, y que hicieron gala de un aire combativo que permitió, entre otras conquistas, salvar de su total degradación el vivero de Obras Públicas para su transformación posterior en lo que hoy conocemos como Parque de Quevedo.
    Entre cuantos militaban en aquella asociación se parió esta idea, que luego se adjudicó sin pudor y sin los debidos derechos de autor el muy sagaz y oportunista alcalde Morano Masa, y otras más que debieran haber servido para una adecuada integración de las vías del tren o para el traslado de la estación hacia otro enclave más oportuno. No deja de ser curiosos que treinta años después uno y otro propósito vayan a consumarse, no al modo de lo que pretendían aquellos analfabetos escribidores de pintadas que ni soñaban con la alta velocidad, pero que no andaban desencaminados en sus propuestas rudimentarias tal y como el tiempo ha venido a demostrarnos. Es evidente que no eran unos lunáticos, como se les calificó en aquellas fechas, aunque desde luego tampoco compartirían hoy el sesgo por el que finalmente ha derivado la solución del problema. Quiero decir que era gente sencilla, como lo fueron siempre desde sus orígenes las gentes de aquellos barrios hasta que la fiebre del consumo nos cambió la vida a todos, y que sus aspiraciones difícilmente casarían con los dispendios de un transporte caro y elitista, que al cabo vendrá a firmar no sólo la defunción de esa cicatriz insoportable sino también la de un modelo ferroviario más asequible, útil y democrático.

     No nos engañemos: el triunfo de la alta velocidad, de cuyas virtudes no dudamos, es también la condena del transporte ferroviario popular en la medida en que se convierte por decisión política en fórmula sin alternativas. No servirá, por ejemplo, para ganarle mercado a la carretera en los trayectos cortos y medios, que debieran ser prioritarios en esta competencia desleal; pero tampoco valdrá para las largas distancias si su precio, según sucede en los itinerarios ya en explotación, supone un esfuerzo que no está al alcance de cualquier bolsillo, mucho menos en unos tiempos de recesión que están por durar.

     La bonba ha estallado, por lo tanto, y se llevará por delante el dichoso paso a nivel: de haber podido asistir a semejante acontecimiento, nuestros padres y nuestros abuelos, incrédulos por obligación, se habrían frotado los ojos sin duda. Pero lo que observarían también es que la onda expansiva tendrá efectos colaterales no del todo deseados. Lo dicho antes es sólo una muestra, pues todavía sigue por determinarse en qué medida pervivirán otras instalaciones y otros empleos, qué grado de relevancia conservará el nuevo escaparate en el conjunto del sistema o de qué servicio llegaremos a disponer más allá del factor centrípeto de la capital del Estado. Sin olvidar, aunque nos resulte paradójico, que cuando se consume el enterramiento del trazado a su paso por la ciudad, nunca más contemplaremos una estampa que nos fue siempre entrañable, la del paso del tren, sustituida definitivamente por ese otro monstruo que a nadie parece molestar, el automóvil.
80 años atrás
Publicado en El Mundo de León,16 marzo 2011