La melancolía es propia de los tiempos fronterizos como el que se avecina para esta próxima semana con el paso del verano al otoño. En ese trance, lo habitual es repasar, a modo de evaluación o, como digo, de simple ejercicio de añoranza, cuanto fue en la estación ida y que ya no será en la que se avecina. Porque cada estación del año tiene sus usos y costumbres y nada se sale de ese esquema temporal.
Por ejemplo, alguien recordará las fiestas, esa oleada de festejos estivales que, si se observan como espectadores externos, son siempre el mismo. Es decir, todas las fiestas son una sola fiesta, se celebren en conmemoración de quien se celebren y sea donde sea. En este terreno hay patrones y patronas para todos los gustos, vírgenes y santos sobre todo, más algún cristo, aunque, a mi entender, las más sonoras en esa materia son las de San Juan Degollado en Gordoncillo y las de la Virgen del Socorro en Valderas. Difícil matrimonio entre degüello, socorro y jarana. Aunque, si tuviéramos que conceder un premio por la sonoridad estrepitosa, ninguna otra fiesta resultaría mejor que la de los Santos Toros en Sepúlveda. Insólito.
Decimos que es una sola fiesta porque uno es el programa repetido con ligeras variantes en toda la geografía cercana. Aparte de la misa de rigor, que hora va siendo de desprogramarla, las restantes citas son la misma cita fiestera, no es necesario detallar. Son semejantes los mercadillos medievales y las recreaciones históricas. Son las mismas ferias, ya se trate del queso, de la cerveza o del tomate. Y la misma verbena, naturalmente, dependiendo tan solo del presupuesto que se disponga si la orquesta es gallega. Incluso los encierros de toros, donde los haya, son los mismos encierros y yo diría que los mismos toros. Si acaso, buscan la diferencia en lo pintoresco o en lo directamente friqui, tal y como se puede ver en la exitosa Vuelta Chapista de Astorga o en el muy lamentable y novedoso espectáculo de los ponfermines en Ponferrada. No da para más.

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