Han sido objeto de comentarios e incluso de alarma los resultados del llamado Informe Pisa, que han venido a señalar el bajo nivel del alumnado español en tres materias: lectura, matemáticas y ciencia. A partir de un informe que da de sí lo que da de sí, se han desatado todo tipo de especulaciones y análisis acerca del porqué de esos datos tan negativos. Pedagogos, sicólogos y otros consejeros se han entregado a ello, pero no he leído ni escuchado apenas lo que sobre ese documento piensan sus principales protagonistas, es decir, el alumnado y quienes se dedican a la enseñanza. Sería interesante contrastarlo con la opinión de los eruditos.
En cualquier caso, se habla siempre de los entornos, no del hecho educativo en sí ni de las condiciones en que se desarrolla, lo que sería fundamental. Pero no, se destaca el efecto de las pantallas, la atención enferma, las expectativas profesionales precarias no importa el grado de titulación que se alcance, la motivación relajada y así sucesivamente. Ya puestos, de esos entornos conviene, a mi juicio, fijarse en uno de ellos tan abstracto como concreto: el comportamiento social que sirve como modelo y referencia en lo que a educación se refiere.
Ya sabemos que muchachos y muchachas no son amigos de telediarios ni de informativos tradicionales, pero si por un momento se asomasen a ellos, cabría preguntarse qué enseñanza obtendrían de una diputada, como poco lela, que juega con un bote de gas pimienta en una sesión del Congreso. Y qué de una concejala de la ciudad donde vivo, una de esas salvapatrias que ahora abundan, que en un pleno municipal se refiere a las subvenciones destinadas a intervenciones sociales relacionadas con el género como “chochocharlas”. ¿Para qué estudiar? ¿Para qué perder el tiempo en libros, números y símbolos químicos si se puede ser diputada o concejala con esas maneras?
En definitiva, hubo un tiempo, seguramente caducado, en que nos enseñaron las virtudes de la educación y del respeto. Se lleva poco ahora.
