Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

miércoles, 21 de marzo de 2018

NATIVIDAD ORTIZ: Masonas y republicanas

LA AUTORA
     Historiadora y profesora. Su tesis, Premio Extraordinario de Doctorado, se dedicó al estudio de Las mujeres en la masonería española. Es autora de la obra Mujeres masonas en España. Diccionario biográfico (1868-1939) y es miembro del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española. Además ha publicado dos novelas: Hijas de la luz y Doce años y un día. Ha escrito artículos sobre la historia de las relaciones de género.

EL LIBRO
     Como señala el subtítulo, se trata de la historia de cinco mujeres comprometidas con los valores republicanos y la masonería. En esa doble condición, confluyeron en los tiempos de la segunda República. Las retratadas en el libro son: Clara Campoamor, Consuelo Berges, Hildegart Rodríguez, Aurora Bertrana y Carmen de Burgos. Todas ellas figuran de forma notable en el origen del compromiso político de las mujeres, en el impulso de las ideas feministas y en la defensa de los valores sociales.

EL TEXTO
     "Las cinco fueron mujeres modernas en el sentido más amplio de la palabra. En todas ellas hay un impulso de modernidad que las sitúa a mucha distancia de la mayoría de sus contemporáneos, en la vanguardia de los tiempos. Fueron dueñas de sí mismas en una época en la que algo que parecía tan simple era tan complicado. Procuraron deshacerse de todas las ataduras. Para ellas la libertad fue algo más que un sueño, tal vez un deseo, pero también un principio y finalmente una obligación que se impusieron desde muy jóvenes sin importarles el precio que tuvieran que pagar por ella".

domingo, 18 de marzo de 2018

Irrealidad

     Tan marchita está la realidad que nuestros esfuerzos, si es que lo son, se dirigen sobre todo a huir de ella no se sabe bien hacia dónde. No es necesario visitar ningún congreso mundial de móviles ni leer severas tesis al respecto para llegar a tal conclusión. Basta mirar en torno para verificar el reinado de lo irreal: gente corriente ensimismada con sus pantallas en el tren, en el bar, en el trabajo, en las calles… sin atender prácticamente a otros estímulos que no provengan de ese espacio vidrioso; gentes jóvenes adocenadas por operaciones de triunfo artificial con las que aliviar el sentimiento de fracaso real que se les tiene más que anunciado; gentes presuntamente estudiadas y acomodadas, a medio camino entre Waterloo, el Soto del Real y el Paseo de Gracia, alimentando paraísos imposibles y órganos de gobierno paralelos; gentes que predican desde el púlpito la llegada del demonio en forma de mujer o que se colocan un lazo morado en la solapa y se declaran feministas a conveniencia, todo ello sin dolor de los pecados ni acto de contrición alguno; gentes de bien que continuarán matando judíos en unos días y brindarán en familia con esa limonada agria de la historia sin mayor inquietud ni zozobra. Ante semejante despliegue, evidentemente incompleto, a nadie le podrá extrañar el éxito fácil de las noticias falsas ni el eco extenso de rumores, bulos y demás patrañas que contaminan aires, mentes y existencias todas: desde el fluido húmedo de aviones convertido en veneno hasta los discursos trumpistas transformados en oráculo del bien y del mal. Antiguamente, así hacía mi padre al menos, la verdad incontestable era lo que se decía en el bar, donde, de lo malo malo, existía tertulia. Hoy, en cambio, lo absoluto procede de la Interné, que no necesita contraste ni comprobación y que sólo viene, por lo general, a confirmar nuestros previos juicios. No importa su grado de subjetividad o rigor. Pero nada de todo eso nos saldrá gratis: lo pagaremos con bitcoins, por supuesto.

Publicado en La Nueva Crónica, 18 marzo 2018

miércoles, 14 de marzo de 2018

Ventoso 18

     Ya sabe usted: es desatarse los vientos y aparecerse Brel en cada ráfaga. Esto nos sucede porque acumulamos historia, pero también, creo yo, porque el nuestro fue un tiempo que alumbraba clásicos en lugar de glorias efímeras. Esta cualidad tiene su haz y su envés, naturalmente: nos hace prisioneros de lo que fuimos y nos aleja de lo que es. Hojeo el último número de un suplemento cultural y le reconozco mi ignorancia sobre muchos de los nombres que ocupan los titulares: no sé quiénes son los músicos Ibon Errazkin ni Felt; nada sé de la artista Itziar Barrio ni de José Val del Omar; y nada he leído firmado por Éric Vuillard o por Mary Levin. Sin embargo, doblo la esquina al salir de casa y me encuentro de inmediato con los versos del belga: “cuando el viento en la risa, cuando el viento en el trigo, cuando el viento en el sur…”.

     Del mismo modo, le confieso que me siento desplazado en numerosas conversaciones. En particular, cuando se habla de la prole o cuando derivan hacia esas series de televisión que se han convertido en materia de consumo obligatorio. Lo primero lo entenderá usted bien sin mayor explicación y lo segundo tal vez lo comparta. No hay forma de eludir el abrazo de esas producciones que al parecer, según cuentan, han transformado todos los géneros visuales. Yo me quedé en Doctor en Alaska, digo, y se me mira con algo parecido a la lástima. O al desprecio directamente. Lástima y desprecio que son, precisamente, tal y como me refieren, carne de esos seriales que se contemplan a solas durante largas madrugadas y sustancia de estos tiempos de soledades y de sombras.

     No sé, para mí sigue siendo reconfortante habitar en el país llano, “que era el suyo”, o en las calles heladas y entre las gentes estrafalarias de Cicely. Tengo la sensación de que me colman, como les hubieran colmado también, estoy casi seguro, a Santos o a Lucien. Clásicos al fin.

     El caso es que, además de ventoso, este mes ha acabado siendo en cierto modo el mes de las mujeres. Leí no hace mucho una entrevista suya donde le preguntaban por este asunto en relación con la supuesta revolución sesentayochista y usted respondía: “No creo que seamos necesariamente más libres, aunque tampoco entonces lo éramos. La gente opina que en 1968 estábamos todos liberados, pero aún tengo que encontrar a alguien que lo estuviera de verdad. Si lo éramos realmente, yo no me aproveché mucho de la situación….” Ni usted ni nadie, pienso, salvo la derecha francesa, los propietarios de la FNAC y Daniel Cohn-Bendit. No sé, me gustará hablar de todo ello pronto, cuando nos veamos, sobre todo si tenemos en cuenta los fastos que se anuncian por el cincuenta aniversario de aquella primavera. O por si podemos valorar juntos el resultado de la huelga de mujeres que ha protagonizado los vientos de este año. Santos y yo, bebedores en los saberes enciclopédicos más que otra cosa, tuvimos siempre en los altares a Olympe de Gouges, a Mary Wollstonecraft o a Madame de Staël por lo que hace a los orígenes, pero, aparte de Simone de Beauvoir y con ciertas distancias, nunca fuimos capaces de identificar otros nombres del mismo estilo en aquel 68 sobre los que volver como se vuelve a los clásicos.

     En fin, como acabo de decirle, preparo ya mi viaje siguiendo sus indicaciones. De momento, como anticipo, todavía en este mismo mes recibiré la visita de mi amigo Duforêt, que volverá a refrescarme, como siempre, el repertorio de Boby Lapointe y otros intríngulis de las lenguas a las que somos aficionados. Como lo era Santos, con quien tanto acostumbrábamos a entretenernos en esas sopas de letras. Podré así, de paso, sumergirme un poco más en el francés antes de compartirlo con usted apenas en un par de meses.

     A la espera.

Publicado en Tam Tam Press, 12 marzo 2018

domingo, 11 de marzo de 2018

Pensiones

     Las pensiones, junto a las mujeres, han conseguido a lo largo de las últimas semanas desplazar del primer plano al procés, lo cual ya es todo un triunfo. Tiene mérito porque el circo, desde época romana, goza para el poder de la misma importancia que el pan, si no más. Pero ahora se impone el pan, por tanto, gracias al empuje de las personas y de las organizaciones que canalizan sus demandas, mientras que el procés y los procesos todos siguen empantanados, tal y como titula su último libro Joan Coscubiela.

     Hubo un tiempo en que el trabajo fue un valor y lo eran también las pensiones subsiguientes, por más que nunca fueran alimentadas lo bastante. Sin embargo, hoy lo uno y lo otro van a la baja y, como siempre, deberían actuar como un binomio en sintonía así en el terreno de la reivindicación como en la exigencia de justicia y dignidad. Trabajo y pensión es lo mismo en el fondo.

     No obstante, si el trabajo sufre, entre otros motivos, como consecuencia de globalizaciones, desregulación de mercados y voracidad financiera, no es menor el padecimiento de las pensiones por las mismas causas. Hubo un tiempo, como decíamos, en que los estados y los poderes del consumo entendieron que la clase pensionista era una potencia consumidora y, por consiguiente, merecía la pena garantizar su capacidad de compra, incluso por encima o al margen de lo que era simplemente apropiado. Por eso tenía sentido la referencia del IPC, por ejemplo, y su revalorización conforme a dicho índice. Pero eso es agua pasada. Las clases medias de los países emergentes son en la actualidad un consumidor potencial mucho más ambicioso y entregado que nuestras personas pensionadas, a quienes han desplazado casi definitivamente en el afán de los vendedores.

     Malos tiempos, pues, para todas ellas, que deben elegir entre claudicar y persistir en el conservadurismo o cambiar el paso y convertirse en agentes transformadores de la sociedad. En tal sentido, junto a las mujeres, son casi nuestras últimas esperanzas.

Publicado en La Nueva Crónica, 11 marzo 2018

domingo, 4 de marzo de 2018

Mujeres

     Los meses, perdido su significados tradicional, se contagian ahora por la potencia simbólica de algunas fechas y celebraciones que en ellos se asientan para extender en el tiempo el contenido de tales convocatorias. De ese modo, febrero es el mes del carnaval, mayo el del trabajo y marzo el de las mujeres. No sólo el día 8 es el Día de la Mujer; marzo todo se nombra con m de mujeres, en plural necesariamente pues no describe una realidad única ni homogénea.

     En este año, la llamada a una movilización general, unida a otros procesos mediáticos con un eco notable, ha conseguido ya un éxito político importante: colocar la noticia sobre las mujeres y sus circunstancias en primera página de las informaciones y convertirla en materia de conversación normalizada. No es poco si atendemos a lo que en años precedentes ocurría. Así pues, no resulta aventurado suponer en este momento que el próximo día 8 será sin duda una fecha reseñable en el acontecer de lo femenino.

     No obstante lo cual, conviene, a mi modo de ver, tener en cuenta tres recientes opiniones de mujeres que, cada una a su manera, encarnan argumentos de autoridad. Dice Isabel Coixet: "Respeto el MeToo, pero me preocupan más esas chicas de 17 años que viven en Irán, y que se quitan el velo y van a la cárcel. Cualquier movimiento que sirva para avivar el debate tiene mi apoyo, pero no nos olvidemos de cuáles son las mujeres que se juegan realmente la vida por el hecho de serlo". Apunta Mary Beard: "Hemos de reflexionar acerca de lo que es el poder, para qué sirve y cómo se calibra. O, dicho de otro modo, si percibimos que las mujeres están totalmente fuera de las estructuras de poder, entonces lo que tenemos que redefinir es el poder, no a las mujeres". Y concluye Julia Fischer: "No se puede separar los componentes culturales y los biológicos. Creo que la naturaleza humana es muy adaptable. Hemos nacido en una sociedad y lo que aprendemos determinará lo que seamos. Está en nuestra naturaleza aprender cómo comportarnos".

Publicado en La Nueva Crónica, 4 marzo 2018

domingo, 25 de febrero de 2018

Lenguas

     La cosecha de presuntos lingüistas roza la saturación en lo que llevamos de año, pero nada indica que la producción vaya a ser de calidad: el Gobierno juega a animar la discordia entre el catalán y el castellano en las escuelas catalanas, en Baleares se convocan manifestaciones para evitar el catalán en la atención médica, en Asturias se desata la polémica acerca de la oficialidad del bable y, por si no fuera suficiente, algunas diputadas toman la palabra en vano y hacer de su capa una saya. De momento, lo que no hay ni se espera son declaraciones, manifestaciones o exhortaciones para un mejor uso de la lengua común, la que sea, ni para evitar su colonización por la lengua del imperio. Que, por cierto, la hablan muy pocos y mal por estos pagos tan plagados de lingüistas de lo indígena.

     Menos mal que por el camino, y para demostrar que el asunto está de actualidad y alguien se preocupa por ello en otros sentidos, nos agrada leer semanalmente los comentarios agudos de Alex Grijelmo en un diario nacional sobre los más variados rincones que descubrir se puede en la vida del lenguaje. Como nos gustó encontrarnos hace una semana en este mismo periódico con las columnas firmadas por Luis Grau y por Marta Prieto, que echaban también su propia ojeada a aspectos relacionados con el empleo de la lengua. Y nos sorprendió, claro, conocer que la televisión española, la pública, reserva un espacio a un programa titulado “Hora Cervantes” destinado a estos mismos vericuetos, aunque, para no ofender, se programe a las doce de la noche y en el masivo canal 24 Horas.

     En fin, mientras la lengua tiende a empobrecerse en paralelo al empobrecimiento de nuestros pensamientos, nada más elocuente que los ejemplos del principio para demostrar ese maridaje terrible. El siguiente capítulo, a no tardar, consistirá en arrojarse a la cabeza los resultado de un informe venido de Pisa o de donde sea con tal de convertir de nuevo la lengua en un arma arrojadiza. A esto se dedican nuestros lingüistas.

Publicado en La Nueva Crónica, 25 febrero 2018

domingo, 18 de febrero de 2018

Carreras

La moda es correr. No se sabe hacia dónde, pero correr a toda costa y con cualquier excusa, las más de las veces por un motivo dicen que solidario: el cáncer, las enfermedades raras, Siria, Cruz Roja, Manos Unidas, personas con discapacidad… todo un sinfín de llamamientos para sofocar conciencias durante unos kilómetros y fortalecer el individualismo durante toda la vida. Ayer tocaba hacerlo por Sudán del Sur.

¿Sabemos algo de Sudán del Sur? ¿Y de Sudán del Norte? ¿Por qué hay un Sur y un Norte? ¿Recuerda alguien a estas alturas el conflicto de Darfur, que desembocó en una terrible limpieza étnica y en el desplazamiento forzoso de millones de personas? En fin, sirva al menos la convocatoria atlética de la ONG “Entreculturas” para acercarnos a un rincón del planeta que ha sufrido y sigue sufriendo, lo cual provoca, como en tantos otros enclaves masacrados, un aluvión de personas que huyen y buscan refugio y vida más allá de ninguna parte.

Son curiosas estas marchas vistosas que agrupan a un gran número de individuos al trote, todos y todas con sus camisetas de colores fosforescentes y sus zapatillas de marca, con sus cintas en el pelo y con las aplicaciones conectadas en el móvil para dejar constancia de sus ritmos y de sus pulsaciones. Son curiosas porque son irreales. Tanto da una causa que otra, los motivos son intercambiables del mismo modo que se pasa de un color a otro en las vestimentas, el asunto es correr y hacerlo sobre todo a mayor gloria de quienes han impulsado esa costumbre, es decir, los predicadores de la salud física a toda costa y las grandes marcas de ropa deportiva, que son los auténticos beneficiarios de este revoltijo de carreras.

Se corre contra el cáncer de mama, pero se vota a quien ha recortado los presupuestos en investigación. Se corre por Sudán, pero se mira hacia otro lado ante el recuento de cadáveres en el Mediterráneo. Se es solidario a la carta como quien se peleaba por las huchas de las misiones: todos queríamos al chinito. ¡Qué cosas!

Publicado en La Nueva Crónica, 18 febrero 2018

miércoles, 14 de febrero de 2018

Pluvioso 18

     Tengo para mí, madame, que el visitante es siempre una víctima de la casualidad. Que por mucho que programe su viaje y procure atar todos los cabos de su itinerario, el azar le reserva obstinadamente una circunstancia que lo liga sin remisión a los lugares adonde llega. Eso me ocurre a mí, nos ocurrió a Santos y a mí mientras él pudo disfrutarlo, con la lluvia y la ciudad de París. La lluvia en todas sus expresiones y en cualquier estación; también, por supuesto, en este mes pluvioso que ha vuelto a desbordar el Sena, lo que nos hubiera impedido refugiarnos, como solíamos hacer, bajo el último de los arcos del Pont Neuf, donde años más tarde paseara Juliette Binoche su decepción amorosa y su enfermedad. Ni lo uno ni lo otro nos llevaba a nosotros hasta ese rincón; sólo los aguaceros y otros diluvios.

     Así fue, naturalmente, en aquel otro pluvioso de 1982, cuando habíamos desembocado en la ciudad por segunda vez, en pos entonces ya no de usted, sino de Angelita. Fue una nueva construcción fabulosa de las que tanto gustábamos y una excusa para deambular sin rumbo por esas calles con la intención de un encuentro imposible. Ya le he explicado en cartas anteriores que, aparte de lo que uno hereda, nuestra obligación como individuos es construir la propia mitología y compartirla incluso, como fue el caso y como lo es ahora con nuestra correspondencia. A mí me había llegado aquella muchacha de boca de un compañero del bachillerato, de la que había sido pretendiente y que acabó por dejarle a él y a sus tierras zamoranas de origen para emigrar al norte de los Pirineos. Supe de ella lo que él me había contado, que seguramente era tan platónico como lo que yo imaginaba, y solo la conocí a través de una fotografía, supongo que real, que ella le había enviado, ya instalada en París, tomada en el atrio de Notre Dame. Sobre esa imagen y sobre esa historia bautismal construimos los demás, huérfanos de imágenes y de historias similares, nuestra propia novela y la extendimos mucho más allá del entorno primero. Tanto es así que todavía hoy persevera en ello el último guardián del relato, mi psiquiatra, que acostumbra a brindar todavía por Angelita sin mayores explicaciones a la parroquia.

     Así que bajo los chubascos recorrimos en aquella ocasión el callejero parisino, desde el atrio fundacional hasta las aceras entonces turbias del Faubourg Saint-Denis, atravesando un Marais más discreto que el actual o husmeando cafés y boutiques en Saint-Germain. Poco importaba que se nos apareciera o no la idealizada desconocida. En verdad, nosotros perseguíamos a medias los paisajes y los seres que habíamos conocido antes tanto en Españolas en París como en las canciones de Jacques Dutronc. Y santificábamos de paso otros mitos, otros enclaves sagrados de la ciudad, con cuyo esplendor pensábamos deslumbrar al catálogo completo de nuestras amistades provincianas. Hasta ese punto éramos ilusos y pueblerinos.

     Santos no quiso, como había ocurrido el año anterior, acercarse a la rue Verneuil. Yo sabía, aunque nunca lo comentamos, que en aquella ocasión primera tampoco él había podido estar con usted, que se lo había inventado, que usted ya no vivía allí con Lucien y que, por tanto, su pose fue eso, simple pose. Pero no quise romper ni una sola pieza de la porcelana que atesorábamos, a veces a solas, a veces uno al lado del otro. Fíjese usted que yo no me atreví a asomarme a esa dirección hasta muchos años después, cuando ya todo era sombra de lo que fue. Ni siquiera el fallecimiento de Gainsbourg, cuando ya Santos se había ido también, animó en mí como en otros ni una peregrinación a los sagrados lugares ni una muestra de emoción. Es curioso, la única pérdida reciente que ha motivado mis lágrimas al conocerla ha sido la muerte, hace poco más de un año, de Leonard Cohen. Será cosa de que voy haciéndome mayor, momento en que la lluvia se asoma también con facilidad a los ojos.

     En fin, con usted malgré tout.

Publicado en Tam Tam Press, 13 febrero 2018

domingo, 11 de febrero de 2018

Disfraces

     Lo más destacado de la próxima semana no son los disfraces, sino la ceniza. De los primeros estamos más que saturados y de la segunda andamos más que olvidadizos. Así son estos tiempos que ignoran con intención que todo tiene su haz y su envés y que eligen, no sin desfachatez, el lado frívolo de la realidad.

     La máscara es en verdad la expresión más notable de la superficialidad que nos caracteriza. Lo falso, lo fingido y la mentira son sus muestras cotidianas, que se convierten en jolgorio y en chiste durante veinticuatro horas por mor de una tradición generalmente ignorada. O exprimida, para dejar de ella solamente la cáscara. Es decir, la zarabanda. Pocos celebrarán el carnaval como explosión de lujuria previa a la cuaresma, que es la cruz de la misma moneda. Al contrario, verán en ello un simple eslabón más en la sucesión festiva, que es de lo que se trata, sin reverso alguno.

     Es a lo que nos vienen acostumbrando, el jarabe lúdico que digerimos con vicio para no entrar en materia y perpetuar así la paz social que producen los estupefacientes. Cierto que hay en los antruejos excepciones locales importantes y reminiscencias respetables de lo que fueron tradiciones y festividades sólidas. También manifestaciones culturales dignas todavía de sus propios orígenes; esto es, no arqueología sino remembranza. Pero por lo general no es el caso de nuestros entornos urbanos cada vez más aculturizados y menos conscientes del significado de las cosas.

     Por eso traigo aquí la defensa de la ceniza, no tanto por una posición religiosa como por una fe absolutamente laica, de la que también estamos necesitados. Por una disciplina de la razón, en suma, que dé sentido y contenido incluso a la fiesta más desvergonzada. Evitaríamos así sandeces comunes expresas tanto como ocultas tras las caretas. Se evitarían quizá los infundios groseros de gobernantes y gobernados. Y a lo mejor hasta evitaríamos despedidas de solteros, que no son carnavales propiamente dichos sino cruda anomalía mental.

Publicado en La Nueva Crónica, 11 febrero 2018

sábado, 10 de febrero de 2018

Mª LUISA PICADO: Camino negro

LA AUTORA
     María Luisa Picado Silva emigró junto a su familia desde Extremadura hasta la cuenca minera de Matarrosa del Sil (León), cuando aun era una niña, y vivió allí los acontecimientos que se relatan en esta novela. Posteriormente, volvió a emigrar en dirección a Cataluña. Con los años, cayó en la escritura, a pesar de que era ya una vocación temprana, y dio forma a este texto y a otras dos novelas más: "María, la frontera y el camino" y "El último camino".

EL LIBRO
     Relata las historias vividas en la localidad minera de Matarrosa del Sil y sus alrededores, en la década de los años sesenta y primeros setenta del pasado siglo, con el franquismo afincado en nuestro país, donde la violencia de género se trataba agachando la cabeza o mirando para otro lado, donde las familias vivían en condiciones infrahumanas, el analfabetismo era el rey y la palabra libertad estaba presa entre rejas. Todas y cada una de esas historias son relatadas como si los cincuenta años transcurridos entre ese momento y nuestros días fuesen muchos más. Tal y como ha declarado la propia autora, “Entre realidad y fantasía nació este libro, sin ninguna pretensión, solo relatar una forma de vida, la vida de las zonas mineras del Bierzo”.

EL TEXTO
     "Matarrosa era un pueblo minero, toda su actividad eran las minas.Antracitas de Gaiztarro era la empresa más fuerte y estaba situada en los alrededores de la población. Caleyo, Escandal, Melendreras, Murias y Costillal, Riola, Jarrina, Diego Pérez eran las que estaban más cerca, pero había más en otras zonas. El pueblo había crecido al desarrollo del carbón y también recibió un impulso cuando se hizo el canal para la térmica de Ondinas".