Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 16 de enero de 2022

Rebajas

            Ha querido el calendario que en este mes de enero vengan a coincidir las rebajas en el comercio y la sinfonía electoral en tierras de Castilla y de León. ¿Lo decidió así el hacedor de la convocatoria, quien quiera que haya sido, o ni siquiera lo pensó? No se sabe, nadie lo confesará nunca, pero las coincidencias rara vez existen.

 

            El caso es que una y otra campaña tienen numerosos elementos en común hasta el punto de aparecer casi como complementarias. Se trata de vender, al fin y al cabo, y en una y en otra el producto y el beneficio imperan, mientras que los consumidores / votantes son en realidad casi simples comparsas. Necesarios, por supuesto, pero el interés primero reside en dar salida a un artículo que no sirvió o no se puso a la venta en la temporada que concluye y en asegurar o mejorar con ello la cuenta final de resultados. De ahí que en muchos casos el reclamo tenga más esplendor que la mercancía y que todo sea susceptible de un mayor chalaneo con tal de consolidar el negocio. Y de ahí también la importancia de lo que llaman, si existiera, educación del consumidor. Que es tanto como decir educación del ciudadano y de la ciudadana. Cultura cívica.

 

            Es precisamente la cultura cívica y el engrasado ejercicio de los deberes de ciudadanía lo que nos permite, en uno y otro caso, distinguir saldos, gangas, baraturas, restos, sobrantes y oportunidades de cuanto es sustancial en verdad y no incluye sospechas de fraude. En este caso, si se trata del comercio, cabe siempre el remedio de acudir a la oficina del consumidor y presentar una reclamación por ver si prospera; pero si se trata de elecciones, no hay enmienda hasta la siguiente vuelta. Y en algunos casos no hay ningún tipo de arreglo. Por eso mismo, entre bulos y añagazas como anda el juego y con las orejas de lo neorrancio asomando, más vale tener buen juicio y fino temple, no vaya a ser que la bilis reemplace a las neuronas para toda la eternidad. Por aquí ya llevamos recorridos treinta y cinco años de ella.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 16 enero 2022

domingo, 9 de enero de 2022

Sellos

            Entre la letanía de subidas de precio anunciadas para este nuevo año cuentan que figuran los sellos de correos, esa reliquia, ese artículo de culto para coleccionistas. Hubo un tiempo en que se iba al estanco a por tabaco y a por sellos, y era normal tener en casa una reserva de ellos, junto a sobres y papel específico para cartas, otras dos antiguallas. Hubo un tiempo en que se escribían cartas, no solo de amor, se enviaban postales desde nuestros destinos de vacaciones e incluso se felicitaban las navidades con algo mucho más personal que una memez telefónica. Al menos se añadía, como poco, una rúbrica de puño y letra en esas felicitaciones. Hubo un tiempo en que firmábamos, un anacronismo.

 

            El caso es que los sellos no harán tambalearse nuestro poder adquisitivo o como se llame eso que nos acredita y nos mide como consumidores, lo que queda de nosotros como personas. Pero el epistolar fue un género más que provechoso a lo largo de la historia, hasta el punto de que buena parte de ella, la general y la más íntima, solo puede conocerse e interpretarse a partir de la correspondencia mantenida ente individuos. Aunque no pensáramos ni por un momento en que fuésemos a figurar en las crónicas de nuestro tiempo, lo cierto es que siempre hemos guardado con celo y con cariño las cartas que hemos recibido, hasta las más triviales; muy probablemente no las hayamos vuelto a releer nunca ni lo vayamos a hacer, pero viajan con nosotros de mudanza en mudanza como parte sustancial de nuestras vidas, como un álbum de fotografías o un regalo de compromiso. Son o eran esencia del ser.

 

            Dicen que por falta de tiempo ya no nos dedicamos a esas artes, ni siquiera en formato electrónico. Pero no es verdad. Hemos renunciado a comunicarnos de una manera sosegada y reflexiva, como nos permitían hacerlo las cartas, y hemos optado por una mensajería sincopada y sin alma. Enredamos nuestro tiempo en las pantallas; un tiempo, si bien se mide, más que suficiente para la vieja y delicada escritura.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 9 enero 2021

domingo, 2 de enero de 2022

Silbar

            ¿Se prohibirá silbar en 2022? He ahí la nueva gran medida preventiva que se nos avecina. Si atendemos al caos de las últimas fechas, sopesamos el tipo de decisiones pintorescas que se adoptan y escuchamos atentamente a quienes cuidan de nosotros, no hay duda de que será así. Pensemos que el nivel de aerosoles y gotículas que se expulsan al silbar favorece la transmisión del virus y nos pone en riesgo al menor soplido. Para hacernos una idea, como con el humo del tabaco. Conviene, pues, ser resolutivos y dejarse de ocurrencias. ¿Qué otra acción más decidida iba a promover si no el nuevo Consejero de Sanidad, que ha demostrado ser todo un humanista al afirmar que nos quiere “dueños de nuestras vidas” (y de nuestras muertes, cabría añadir)? Silbar mata, autocuídense, nos dirán muy pronto.

 

            En esa línea fundamentalista, llegará enseguida lo que ahora llaman cancelación y caerá la condena en primer lugar sobre el ejemplo pernicioso de Lauren Bacall en la película Tener y no tener: a quién se le ocurre decirle a Bogart “si me necesitas, solo tienes que silbar (…) solo tienes que juntar los labios y soplar”. Soplar, ¡qué barbaridad para estos tiempos de pandemia! Menos mal que nos han impuesto el uso misericordioso de la mascarilla para evitar esa y otras tentaciones por el estilo. Como besar, que era precisamente a lo que se entregaban Lauren y Humphrey antes de enredarse en los silbidos. Se empieza besando y se acaba silbando, ¿qué más quiere el virus?

 

            Claro que quienes más lo sentirán en verdad serán aquellos que silban cuando se les habla de corrupción o de pederastia. Rajoy, Cospedal y sus colegas son auténticos virtuosos del silbido, como la Conferencia Episcopal Española lo es silbando a coro, cada cual en lo suyo. El himno de España, castigado sin letra, debería interpretarse silbando para hacer justicia a los vicios atávicos del nacionalismo hispano tan en boga. Con leves excepciones, este es un país que institucional y moralmente se sostiene apenas con un silbido.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 2 enero 2022

domingo, 26 de diciembre de 2021

Diciembre

            Escribe el poeta cubano Rubiel G. Labarta en su hermoso libro De regreso a la estación vacía: “he arrancado ya todas las hojas de diciembre. Las he arrancado para hacer diminutas bolitas de papel y luego lanzarlas contra la pared”. Eso, más o menos, es lo que corresponde en estas fechas, cuando todas las hojas del calendario mueren de pura vejez y nos animamos a pensar en un nuevo año más ligero en oleajes. Sin embargo, por segundo año consecutivo, casi nada apunta a que podamos lanzar contra la pared la locura vírica como haríamos con las bolitas del almanaque y a otra cosa, mariposa. No, superaremos la frontera entre años pensando más bien en qué letra del alfabeto griego será la que nos tiene reservada el destino, cualquiera de ellas menos omega.

 

            Aún con todo, no debiera ser diciembre un mes despreciable. Entre festivos laicos y religiosos, loterías y pagas extraordinarias (si las hay), balances, evaluaciones, dulces y otros regalos, nunca pasa desapercibido. Incluso lo finalista de su condición le otorga un horizonte más allá de sí mismo que lo redime de toda pena posible. Llegará enero y se abrirá delante una extensión inabarcable e impredecible que provoca mayor carga mental que el remate de la faena en la que estamos: “puedo ver el sol al final de diciembre”, cantaba Roberta Flack.

 

            Ésa es la actitud aconsejable para este trance. Lo contrario, aquello con lo que precisamente se llenan páginas de periódicos y resúmenes de informativos, es lo tóxico, lo que debiéramos evitar. Me refiero a esos listados de libros, discos, películas y otros hechos del 2021 con que nos castigan los proveedores de melancolías. Montones de libros recomendables que nunca leeremos; discos cuyos autores nos resultan desconocidos; películas que no veremos por falta de tiempo; y hechos memorables que no recordaremos más allá de unos días. La melancolía, en fin, es también una enfermedad de esta época en general y de estas fechas concretas que nos lleva a ignorar lo duro que fue el pasado.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 26 diciembre 2021

martes, 21 de diciembre de 2021

Azucarera Santa Elvira: lo que fuimos y lo que somos


            A lo largo del año 2021, mientras centenares de leoneses y leonesas se amontonaban alrededor de eso que llaman ahora palacio de exposiciones con el fin de vacunarse, no resultaba extraño preguntarse cuántas de ellas conocían que pisaban tierra obrera. Nada en los alrededores, salvo unas ruinas innobles sujetas por andamios, recuerda que en esos solares residió la Azucarera Santa Elvira. No hay placas modestas, indicadores u otros signos que guarden la memoria de lo que fue aquello, una industria que alimentó a buena parte de la provincia durante sesenta años. Ni siquiera la rotonda o glorieta o plaza que colocaron al lado lleva su nombre; se lo han otorgado a una cofradía porque el poder en la ciudad de León sigue siendo ostentado eternamente por los mismos grupos y familias. A nadie con posibles se le ocurrió honrar la historia de la factoría muerta concediéndole ese espacio para el recuerdo o plantando al menos en él, hoy yermo, una mata de remolacha azucarera. No, lo que debe estar presente por los siglos de los siglos es el Santo Cristo del Perdón, es decir, la cofradía que lleva ese nombre.

 

Foto: Ramiro (Diario de León)

            Por otro lado, la desnaturalización de esa barriada, al otro lado del río Bernesga, se ha ido expresando también en otros capítulos, como el de la integración ferroviaria, que merecería así mismo gran comentario. Pero conviene, aunque parezca anecdótico, fijarse en otro detalle relacionado con la propia factoría azucarera. Durante los años de su vida y anexo a ella, existió un coqueto chalé ajardinado y con piscina, destinado entonces a residencia de la dirección de la empresa y sus familias. Recuerdo bien que allí acudían a bañarse jóvenes en los que yo no me reconocía, no eran del barrio, eran gente de otro mundo. Con el tiempo, el chalé se deshabitó, el jardín fue abandonado y poco a poco todo fue empalideciendo. En 1992 la Azucarera cerró definitivamente y, años después, fruto de especulaciones y otras crisis, acabó siendo el denominado “banco malo” el dueño de aquel espacio residencial dejado a su suerte y condenado a la decadencia. El chalé, o su semi-ruina, fue finalmente ocupado y, a la postre, derruido para evitar ese tipo de dolores de cabeza a los propietarios, que habían conseguido antes que el ayuntamiento les aprobara la construcción en su lugar de un edificio de 18 plantas. Sin embargo, en la actualidad, como era de prever, no sólo no creció allí tal afrenta fálica, sino que lo que resta es un solar triste, donde se acumulan desperdicios, que utilizan los pensionistas que pasean por esas aceras inhóspitas para entrar a orinar cuando les aprieta la vejiga. El ocaso.

 

            Pues bien, si todo esto ha sido y es así hoy en día, cómo esperar que alguien recuerde que allá por 1933, cuando la Azucarera Santa Elvira se instaló en la ciudad de León, lo hizo gracias a la herencia que recibió en forma de maquinaria (y cuentan que también su nombre) de la que previamente había existido en la localidad de La Rasa, en la provincia de Soria, y que en aquel entonces fue liquidada. Las deslocalizaciones tienen estas cosas. Seguramente, en aquellos tiempos, a quien le tocó llorar la pérdida fue, entre otros, a Marcelino Camacho, célula madre de CCOO, que vivía con su familia en la casilla levantada a la orilla de la vía del tren que unía Valladolid con Ariza, por desgracia hoy también clausurada. Si ferrocarril y azucarera fueron a principios del siglo XX las fuentes de vida para aquel pueblo soriano, igual sucedió en el barrio leonés donde vinieron a unirse instalaciones azucareras y ferroviarias. Y algo del alma de Camacho debió de llegar con todo ello, pues al cabo de los años ese barrio fue conocido como barrio Lenin, toda una declaración de evidencias para una ciudad provinciana en la segunda mitad de ese siglo.

 


            En fin, el caso es que se caen al lado los emblemas de nuestra vida colectiva y se pasa página, nadie vela por lo que fueron y significaron, se opta siempre por la demolición en sentido amplio. Más aún si lo demolido no tiene que ver ni con reyes medievales ni con el poder económico ni con el poder religioso que han gobernado y gobiernan todavía la ciudad de León. A ellos se les dedican calles, plazas, monolitos y todo tipo de señales. Pero si lo perdido tiene que ver con el mundo del trabajo, es decir, con la generación de riqueza para todos, se opta directamente por el olvido. Se dirá que no fue así con la industria de los antibióticos, ubicada un poco más allá del escenario del que hablamos, porque aún se nombra como tal la fea avenida que la bordea, pero no nos engañemos: aquello era aristocracia, también laboral por supuesto, vinculada en su origen a la sacrosanta Facultad de Veterinaria y a otros inversores de postín, y eso, claro, es otro nivel. Además, está en el extrarradio y no ofende ni afrenta fervores inquebrantables.

 

Publicado en Nueva Tribuna, 19 diciembre 2021

domingo, 19 de diciembre de 2021

Desprendimiento

 

            Frente al emprendimiento, desprendimiento. Así, como un eslogan, debería denunciarse el exceso que recae en el primer término y engrandecer, sobre todo en estas fiestas del consumo, el significado del segundo. Todos somos emprendedores, aunque no todos entramos en la categoría de subvencionables. Pocos son, sin embargo, los desprendidos. De ahí al menos la necesidad del reequilibrio.

 

            Acostumbrados a las referencias oficiales que una semana tras otra proclaman la salvación a través del emprendimiento, echamos en falta políticas que aconsejen mínimamente iniciativas de la generosidad. Laboral, quiero decir. No es que lo primero sea tacañería, es que lo segundo apenas si se contempla. He aquí, como ejemplo, la referencia de los acuerdos de una misma sesión del Consejo de Gobierno de la Junta de Castilla y León. 1: La Junta autoriza un millón de euros al (…) para el desarrollo del Programa de Consolidación Empresarial, Emprendimiento, Comunicación e Innova para pymes de Castilla y León 2021/2022. 2: Subvención de 865.000 euros a las universidades (…) para potenciar el talento emprendedor y la investigación a través del Programa de Apoyo al Emprendimiento Innovador 2021-2024. Y 3: La Fundación (…) recibe 300.000 euros de la Junta para potenciar el emprendimiento a través del Plan de Dinamización Económica y Demográfica de la provincia de Soria. No hay una lluvia así para los simples trabajadores. No se lleva.

 

            Pero si algo bueno tuvo la maldita enfermedad fue destacar por encima de los emprendimientos el papel jugado por lo que se llamó “trabajos esenciales”, en especial los de carácter público. En ese terreno es donde los boletines se vuelven cicateros, las palabras se vacían y las intenciones de fondo nos identifican como seres de una clase determinada. Y por eso mismo, superado el momento más angustioso de la peste, hemos vuelto casi al punto de partida, es decir, al retroceso y al repliegue sobre uno mismo. Sería bueno, para el nuevo año, empezar por desprenderse del yo.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 19 diciembre 2021

domingo, 12 de diciembre de 2021

Espino

            Mientras Joan Manuel Serrat anunciaba su inminente abandono de los escenarios, yo volvía a subir hasta el cementerio del Espino por segunda vez después de cuarenta y cinco años. En cierto modo, el culpable de la primera visita fue el propio cantante, cuya versión musicada de la obra de Antonio Machado traía por la calle de la amargura a unos adolescentes que no cesaron de insistir en el internado hasta conseguir que los llevaran a tierras sorianas. Fue aquel un viaje iniciático en verdad, nada que ver con esos viajes mundanos que se hacen hoy en día a lugares exóticos para festejar todo tipo de graduaciones. Esta segunda visita, la de diciembre de 2021, nada ha tenido que ver con aquélla ni con el aparente final de la carrera de Serrat. Pura coincidencia que embellece el camino sin más. O que lo ensancha en su significado, pues al fin y al cabo, llegados a cierta edad, todos andamos ya de clausuras.

 

            Y sí, allí, a la vera del muro del cementerio, permanece el olmo, o su fósil, al que dudosamente podrán salirle ya algunas hojas verdes con las lluvias de abril y el sol de mayo. Y en su interior, como entonces, aparcada en un lateral abigarrado de panteones viejos, sigue, claro, la tumba de Leonor Izquierdo. Más desnuda hoy que años atrás, cuando pétalos, ramilletes y hojas de papel ajadas con poemas manuscritos la adornaban. Quizá el aire que soplaba esa mañana desde el Moncayo lo habría impedido y, como la hojarasca, todo ello se amontonase en un rincón del recinto o de la memoria. No se sabe. Pocos lugares hay como el alto Espino para encontrarse con la desnudez y con la belleza. Mayores serían aún si asomarse al Duero pudieran. Y si no los amenazaran proyectos urbanísticos en el entorno que depredan hasta lo más sagrado.

 

            Bajé después tranquilamente hasta San Juan de Duero y diome por recordar otros versos: “la España de charanga y pandereta / cerrado y sacristía…” Miré alrededor, escuché conversaciones, leí noticias y pareciera como que no hubiese pasado el tiempo.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 12 diciembre 2021

domingo, 5 de diciembre de 2021

Puente

            Mucho hay para hablar y seguramente de interés. Sin embargo, hoy, 5 de diciembre, como en días previos, si algún tema centra las conversaciones es con toda seguridad el puente. En particular si vamos a viajar a algún lugar en estos días, lo cual es algo casi obligatorio si no se quiere parecer un radical, como se conoce ahora a quienes no se dejan llevar por la corriente (de puente a puente).

 

            No obstante, la polisemia escondida detrás de esa palabra nos permite derivar por otros meandros del pensamiento para dignificar ligeramente la frivolidad de su significado en estas fechas: desde tender puentes hasta los puentes de plata para los enemigos, sin olvidar la sentencia atribuida a Isaac Newton “construimos demasiados muros y no suficientes puentes”. En fin, no debe extrañarnos entonces que un pontífice sea un hacedor de puentes y que para sí se lo atribuyera en grado sumo la máxima autoridad de la iglesia católica, el sumo pontífice. No hay imagen más elocuente en los modernos gabinetes de publicidad.

 

            A pesar de ello, no son esos los derroteros por los que transita la comunicación en la actualidad. Si a un líder, de la naturaleza que sea, se le ocurriera denominarse de ese modo o apuntar levemente una intención tal, sería considerado de inmediato no sólo como radical sino como cursi. Aunque pocas palabras y pocas construcciones son tan hermosas como ésa. Por el contrario, lo que hoy se lleva es volar puentes y destripar al contrario, sobre todo en las redes antisociales, generar bronca y pescar en río revuelto sin necesidad de puente alguno para atravesarlo. Es tendencia, como se dice ahora.

 

            Lo opuesto a ese torbellino es lo que nos proporciona consuelo, lo que siempre es un bálsamo, lo más radical. Se llama literatura y a ella acudimos para sanar los males: “Cabe la puente de Aranda, / yo quería ser el Duero / por llevar mi corazón / al corazón de los pueblos”. Pues eso, un buen destino al menos para este puente y un buen propósito sin duda frente a lo insolidario.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 5 diciembre 2021

domingo, 28 de noviembre de 2021

Pasaporte

 

            Disponer de un pasaporte no representa tanto la capacidad de moverse como la idea de fronteras cerradas. Al fin y al cabo, un pasaporte continúa siendo hoy en día una prebenda para privilegiados y una carga para los desafortunados. Recordemos en tal sentido que, a principios del siglo XX, poco después del origen de este documento estandarizado, las mujeres casadas figuraban como una nota al pie en los pasaportes de sus maridos; ellos sí tenían verdadera libertad de circulación. En la actualidad no hay grandes diferencias entre excluyentes y excluidos, salvo en lo que se refiere a la sofisticación del control: microchips, hologramas, fotos biométricas, códigos de barras… En suma: menos movimiento y más vigilancia. Pensamos que habitamos en un mundo fácil de transitar, pero es todo lo contrario.

 

            Escribo esto a propósito del pasaporte-covid, de nuevo en primera página, y comprenderán bien sin más pormenores por qué me parece un desacierto ese término: demasiado prohibitivo una vez más. Aparte de que lo considero como una medida escasamente adecuada, más bien pura apariencia, una salida por la tangente que no aborda la raíz del problema: la trasmisión es solo una parte de la enfermedad. De modo que, puestos a dar nombre a las cosas, más certero  hubiera sido recuperar la palabra salvoconducto, algo así como que de un lado y de otro se reconoce la autoridad de los contrarios.

 

            En fin, metidos en estos berenjenales fronterizos, por lo general insanos, preferible es traer a colación las Solicitudes para una declaración de apatría, libro que firmó, allá por los primeros ochenta, junto a otros, mi amigo Hilario Franco, ido de la vida hace ya un largo año: “el otoño entonces / viene largo / y gris / de nube a viento / vendaval / o frío / qué distante tu voz / cuando la noche / qué distante / qué distinto / en la calle / cuando de pronto / decías boca / y sonaba trigo labisaliva / aire augurio / cintura ave / y todas las brisas / que circulaban / cuando septiembre / entonces”.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 28 noviembre 2021

martes, 23 de noviembre de 2021

La medida del tiempo

            Cuando nos hundimos de nuevo en el horario invernal, hace escasas fechas, la controversia volvió a animarse. Sucede siempre dos veces al año. Como si la polémica sobre el tiempo, sus usos y medidas se limitara a un vaivén estacional de las horas. A continuación todo vuelve a su ser.

 

            No obstante, el tiempo y sus fugas son un asunto perenne en nuestras conversaciones. Sobre todo, en nuestros lamentos: no tengo tiempo, necesito tiempo, dame tiempo… Y es, obviamente, materia de discusión, negociación e incluso legislación en muchos casos. Luego no es algo menor, sino central en el devenir humano y social. Tanto que, especialmente a partir de la pandemia, ha generado numerosas publicaciones, análisis y debates. También desde el punto de vista sindical.

 

            Señala el sociólogo Jorge Moruno que “si la ciudadanía del siglo XX se vinculó con el derecho al trabajo, la del siglo XXI tiene que hacerlo con el derecho al tiempo: el derecho a vivir con dignidad como algo garantizado al margen de la situación laboral”. Esta aseveración tan rotunda debe ser hoy, a nuestro juicio, el eje nuclear a la hora de pensar acerca de esa magnitud convencional que enmarca nuestras vidas y que llamamos tiempo. Pero la vida, esa vida, la de los trabajadores y trabajadoras, está condicionada de un modo determinante por la jornada laboral, a veces sólo en exclusiva (no olvidemos que trabajo no es sinónimo de empleo). Sin embargo, no sólo debe interesarnos la jornada laboral en sí. Todo lo otro es también decisivo: la vacación, el ocio, el abrir y cerrar de los comercios, el ejercicio de los derechos y deberes de ciudadanía, la cultura como nutriente, los cuidados, la relación con terceros, la atención a uno mismo… constituyen un sinfín de circunstancias que también nos determinan. Y es ahí precisamente donde adquiere total sentido la opinión de Moruno.

 

            Durante el pasado mes de octubre, la Fundación Jesús Pereda de CCOO de Castilla y León llevó a cabo unas jornadas tituladas precisamente “La medida del tiempo”. Participaron en ellas personas vinculadas al sindicalismo, a la sociología, a la gestión cultural, a la economía e incluso a la literatura. De sus intervenciones no se puede decir que hubiese una conclusión única, pero sí que convinimos que se trata de un asunto que requiere examen desde ópticas diversas, más allá de la laboral que todo lo puede, y que reclama decisiones. Fundamentalmente porque una defectuosa gestión de nuestro tiempo no sólo provoca infelicidad, más trabajo y menos bienestar, sino que, además, es germen de desigualdades notables.

 

            Pensemos, por ejemplo, que el tiempo de vida en femenino no responde exclusivamente a criterios de racionalidad económica, como sí lo hace el modelo masculino productivista; de hecho, el tiempo de cuidados o doméstico no es equiparable en absoluto al tiempo de la jornada laboral, pero es así mismo un tiempo que nos consume. Pensemos que son diversas las medidas y los valores del tiempo: tiempo urbano y rural, ciclos de vida, condiciones y cualidades de los trabajos, diferencias entre tiempo libre y tiempo para el consumo…; luego se necesitan políticas del tiempo diferenciadas y planes territoriales de horarios. Pensemos que los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030 se marcan como una meta “reconocer y valorar los cuidados y el trabajo doméstico no remunerados mediante servicios públicos, infraestructuras y políticas de protección social y promoviendo la responsabilidad compartida en el hogar y la familia”; tengamos en cuenta que en España, según datos de 2015, eran 130 millones las horas diarias de trabajo no pagado dedicadas al cuidado. Pensemos que el 41,3 % de la población española declara que llega a casa

demasiado cansada después del trabajo (Eurofound); que El 65% de trabajadores y trabajadoras se sienten requeridos fuera de su horario de trabajo y el 41% no está satisfecho con el equilibrio entre la vida familiar y personal (Barómetro Edenred-Ipsos); que el 82,3 % está a favor de entrar y salir antes del trabajo y el 82,6% de adelantar el prime time televisivo (Barómetro Ulises). Pensemos, en fin, en el tiempo imprescindible para la participación en la esfera social y en las organizaciones que vertebran nuestro mundo; hagámoslo en el tiempo de la cultura, considerada en general como un elemento fundamental del ocio, pero que es mucho más, una base imprescindible para la generación de conciencias críticas, para la creación e incluso para sumar al PIB en términos puramente económicos. Y así sucesivamente.

 

            En definitiva, el catálogo de vericuetos por los que entrar al tiempo y su medida es casi inabarcable. Tan denso como el existir. Podemos considerar que estamos ante una batalla cultural a librar obligatoriamente en esta edad histórica en la que hemos entrado. En ella habrá tensión y discrepancia, fuerzas conservadoras y horizontes de porvenir, haz y envés en cada una de las esquinas que sorteemos en su itinerario. Pero es una batalla cultural ineludible, así para los individuos como para las organizaciones que aspiran a representarlos. Basta ser conscientes de lo que, adelantándose al propio tiempo o quizá porque es un pensamiento perenne fuera del propio tiempo, nos anunció Baltasar Gracián: “Lo único que realmente nos pertenece es el tiempo: incluso aquel que no tiene otra cosa cuenta con eso”.

 


Publicado en: 

El Día de Valladolid, 20 noviembre 2021

El Día de Soria, 20 noviembre 2021

Diario Palentino, 21 noviembre 2021