Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

martes, 27 de septiembre de 2016

La educación como problema

     Todos los discursos acaban dirigiendo su mirada hacia la educación, máxime en un contexto como el actual donde, conscientes de los cambios que se producen o que se anuncian, convenimos que en ella reside buena parte del porvenir. Pero esas sanas intenciones, que en muchos casos no van más allá de lo declarativo, cuando no son las más de las veces directamente incumplidas, ignoran sin embargo que la educación no es tanto un remedio como un verdadero problema a la hora de perpetuar la segregación social. Así lo ha sido a lo largo de los siglos sin que nada se haya resuelto hasta la fecha.

     Sin entrar en sus virtudes, incuestionables se mire como se mire, el hecho educativo, frente a lo que se quiera pensar en un sentido contrario, contribuye como un soporte indispensable y sin igual al mantenimiento eterno de las desigualdades. Ése es el problema. No es extraño, pues, que en las sociedades presentes sea asunto más que recurrente para consolidar ese reinado de la desigualdad en que se han convertido. Pero no fue diferente en otros momentos históricos.

     En realidad, entre Rousseau de un lado y Plauto y Hobbes de otro se ha movido siempre toda la teoría y la práctica educativa. O lo que es lo mismo, entre aquellos que piensan que “el hombre es bueno por naturaleza, que es la sociedad la que lo corrompe” y los que sentencian que “el hombre es un lobo para el hombre”. Pero ni unos ni otros, con planteamientos e intereses evidentemente contrapuestos, han conseguido organizar el mundo de un modo más justo y evitar que la consecuencia última sea la que señala el profesor Julio Mateos: “La educación no ha sido igual para las diferentes clases sociales, siendo fiel reflejo de la lucha y las desigualdades sociales a lo largo de la historia”. Así que si esto ha sido así en el pasado, qué no se estará guisando delante de nuestras narices en estos tiempos de barullo y río revuelto, de desclasamientos y divergencias.

     Otro profesor, en este caso de la Universidad de Roma-La Sapienza, Maurizio Franzini, observa la realidad actual y concluye lo evidente: “En todos los países, la correlación entre la educación de los padres y la de los hijos es muy elevada (lo cual significa que las oportunidades no son iguales para todos) y, además, la educación –lo que los economistas suelen denominar capital humano- garantiza rentas del trabajo más elevadas”.

     Y unos datos más para acabar, que prueban la opinión del filósofo Manuel Sacristán, para quien “la Universidad crea hegemonía, preparando a la sociedad para aceptar la supremacía de unas clases sobre otras”. Quizá por ello, en plena eclosión de las políticas neoliberales, el número de estudiantes sigue bajando en las universidades españolas, especialmente en las públicas, que desde el curso 2011/2012 han perdido más de 101.000 matrículas, y son en cambio las universidades privadas y de la iglesia católica las que han ganado terreno en el número de alumnos y alumnas, incrementando su cuota de mercado en el nivel de máster hasta en un 31’6%. Aunque, naturalmente, también se comprueba el sesgo del privilegio en otros niveles y en otros países: según revela un reciente informe sobre movilidad social publicado por el Gobierno británico, sólo el 7% de niñas y niños británicos asiste a escuelas privadas en Reino Unido; sin embargo, en 2014 en el sector de la banca de inversión, el 34% del personal incorporado en los últimos tres años había estudiado en colegios de pago. Como se ve, el problema de la educación está más vivo que nunca en esta sociedad poscontemporánea.
Publicado en Tam Tam Press, 26 septiembre 2016

martes, 20 de septiembre de 2016

Descarrilamientos

     Los entornos de Brañuelas y de Busdongo fueron escenarios frecuentes en la historia de los descarrilos y destino repetido para aquel “vagón de socorro” en el que viajaban herramientas y obreros encargados de las reparaciones. Lo recordará así, seguramente, la vieja estirpe ferroviaria, a pesar de que ambas localidades hayan acabado descarrilando incluso de los mapas actuales del ferrocarril. Por lo general, los sucesos los protagonizaban interminables trenes de mercancías que erosionaban sin piedad, como aquellos inviernos, unos trazados decimonónicos y unas hechuras más bien endebles.

     No ocurre así hoy. Quizá porque en el último cuarto del siglo pasado se produjo una modernización general del país, pero también porque en las últimas décadas el tráfico de mercancías por ferrocarril ha perdido casi todo su mercado en favor de la carretera. Lo que ocurre hoy, en cambio, es otro tipo de accidentes mucho más dramáticos, porque incorporan víctimas, que suelen achacarse a errores humanos sin tener en cuenta la necesidad de nuevas inversiones que podrían evitarlos. Angrois y O Porriño son los últimos ejemplos.

     Aunque no sólo asistimos a descarrilamientos clásicos. Hay muestras notables de otros incidentes que también provocan descarríos. Sin ir más lejos, lo que se ha salido del carril en la provincia leonesa han sido sus planes ferroviarios todos. Unos por pura desidia política o intereses cruzados, como el polígono de Torneros; otros por simple desprecio o abandono malintencionado, como la integración y consolidación del trazado de vía estrecha; otros más por sorpresivos manantiales que la geología y sus progresos no previeron, como la variante de Pajares; y, en fin, los últimos por no tener en cuenta que hay colectores y otras redes subterráneas previas a la formalización de proyectos, como el soterramiento de la línea de alta velocidad. Pero no sucede nada. Aquí no hay error humano ni caja negra que identifique responsabilidades y ponga en su lugar a los irresponsables.

Publicado en La Nueva Crónica, 20 septiembre 2016

martes, 13 de septiembre de 2016

Los otros

A pesar de lo que pueda parecer, no hablaremos de cine sino de Jean Paul Sartre. No nos viene de Amenábar el título de este episodio para generar una lista de audición, sino del escritor francés, para quien “el infierno son los otros”. Y añadía, con la intención de explicarlo en parte: “Yo quiero decir que si nuestros vínculos con el prójimo son retorcidos, viciados, el otro no puede ser otra cosa que el infierno”.

Pues bien, pocos tiempos tan retorcidos y viciados como los actuales, donde se mira a los otros, los no nuestros, como los causantes de todos los males del infierno y son por ello nombrados como el infierno mismo. De entre todo ese universo infernal, dos colectivos parecen encarnar, según la retórica pueril que tanto se lleva ahora, todos los males del averno: refugiados y emigrantes. Los que vienen de más allá. Los otros. El infierno. Así que a ellos, se les considere como se les considere, dirige su atención Moderato Cantábile para construir el cancionero de la otredad, darle la vuelta a las noticias endiabladas de cada día y descubrir en las canciones el antónimo de las xenofobias.

Para empezar, destacaremos una serie de cantables más que comprensibles –van en lenguas romances-, que debieran sustituir de forma paliativa a la sintonía de todos los telediarios. Nos iría mucho mejor. Pablo Guerrero en El emigrante [https://www.youtube.com/watch?v=o4oUyeRj1Pc&list=PL8F790F6AB1E093C4&index=2], Miguel Ríos en Al Sur, al Sur https://www.youtube.com/watch?v=9If5NwWo-DQ] y Os Resentidos en Por Alí, por Alá [https://www.youtube.com/watch?v=mT0cFz3UZ2U] nos descubren en carnes propias la experiencia de la emigración pasada, presente y futura, los peligros de nuestra corta memoria y cómo al cabo todos somos iguales ante el suceso de la emigración. Un mensaje que se puede reforzar aún más con el relato en clave latina de Lila Downs en El bracero fracasado [https://www.youtube.com/watch?v=cBM-AYMsXzc] o con el mucho más almibarado de Tam Tam Go en Espaldas mojadas [https://www.youtube.com/watch?v=f-rzq2PDcrc], sirviéndose de una clave parecida a la anterior aunque en un plano sentimental. La lista, en fin, podemos ir rematándola con un par de canciones que son una estremecedora llamada a la igualdad frente a la insistencia en lo diferente y con otros dos corolarios más que emotivos. Las dos primeras, casi dos manifiestos, las firman Los Coyotes y Jorge Dréxler y se titulan 300 kilos [https://www.youtube.com/watch?v=R21d66HYGPw] y Milonga del moro judío [https://www.youtube.com/watch?v=myVi6pVYYb8]; las otras dos nos las ofrecen, de un lado, Luis Pastor con África en los ojos [https://www.youtube.com/watch?v=WbVfoEe4veo], una delicia de convivencia musical entre culturas, y Bunbury con El extranjero [https://www.youtube.com/watch?v=g8gtVRhgnKo], por si a estas alturas estuviésemos todavía necesitados de evidencias.

Pero los otros tienen también sus propios cantos y con ellos, cómo no, nos cortejan, siempre y cuando no cerremos nuestras orejas para abrirlas sólo a los grandes palabreros. Inmenso resulta el repertorio e inabarcable, más todavía desde que la etiqueta étnica vino a ocupar su espacio en los anaqueles del comercio musical y se popularizaron los festivales con ese acento, desde La Mar de Músicas hasta todos los Womad que en el mundo han sido. Por esa razón, sin afán de ser exhaustivos, guiados sólo por nuestro gusto personal, lo que proponemos es un sencillo viaje por otras geografías, otros compases, otros conflictos donde el sufrimiento es eterno y verdadero.

Inevitablemente, África aparece siempre en el núcleo de esas trashumancias y por ella abrimos el catálogo. África negra como la Uganda de Geoffey Oryema, que suma al inglés los idiomas de su juventud, el swhaili y el acholi, para describir su Land of Anaka [https://www.youtube.com/watch?v=8whgLjMUBaE]; como las altas mesetas de Kenia, donde Isak Dinesen tuvo una granja y donde resuena Nipelaki kwa baba del Doctor King’Esi  [https://www.youtube.com/watch?v=GUEntsQdC6I]; o como la Burkina Faso y el Senegal de Cheikh Lô, grandioso ejemplo de fusión entre ritmos y lenguas como se demuestra en Set [https://www.youtube.com/watch?v=7SqruB0MMlc]. Canciones norteafricanas mucho más próximas por razones más que obvias, que suman a sus melodías tradicionales tonalidades e idiomas europeos, tal y como ocurre con Khaleb, el gran exponente del raï argelino, y Aicha [https://www.youtube.com/watch?v=RvK19xgAxSU]; como las resonancias saharianas de Aziza Brahim al interpretar Julud [https://www.youtube.com/watch?v=9SvfLB6bLHM]; o como la guitarra tuareg del nigerino Omara Moctar, Bombino, desplegándose en Agadez [https://www.youtube.com/watch?v=fzWBow0OAeA].

Pero el cancionero de los refugiados recientes no estaría completo sin las melodías del oriente más o menos próximo, de donde llegan a diario legiones de seres desesperados y traficados. De Paquistán, de donde procede Must nazron se allah bachaye [https://www.youtube.com/watch?v=B9lt-JI86k4] a cargo de Nusrat Fateh Ali Khan, el maestro del Qawwali, la música devocional de los sufís; de la desolada Siria, donde triunfaba Omar Souleyman, quien interpretó en el concierto de entrega del Premio Nobel de la Paz en 2013 la canción Salamat Galbi Bidek [https://www.youtube.com/watch?v=yGbThoV1E6g]; o del masacrado Irak, donde reinaba la más que eurovisiva (en lo visual) Klodia con su interpretación de Yehannen [https://www.youtube.com/watch?v=ZsWgp0Ruoug]. En fin, tierras que fueron el origen de la civilización y que se nos aparecen hoy injustamente condenadas a la guerra y al terror. El verdadero infierno.


De modo que los otros no son tal cosa, salvo por efecto de la manipulación y de los miedos occidentales, europeos muy en particular. Sobre todo, como hemos dicho, en estos tiempos retorcidos y viciados. A saber lo que hubiera escrito al respecto don Juan Pablo Sartre de haber asistido a este ejercicio de cinismo.

martes, 6 de septiembre de 2016

Sensaciones

     Hay palabras que de repente saltan a la fama y modifican nuestra manera de describir la realidad. Un día ocurrió que desde esos informativos meteorológicos de la televisión nos explicaron que una cosa es la temperatura y otra, la sensación de esa temperatura, de tal modo que ahora casi todos hablamos de la sensación de frío o de calor, no así del frío o del calor propiamente dichos, como si hubiésemos cursado un máster en climatología. Eso pasa con las sensaciones.

     No de otro asunto se ha hablado más, por ejemplo, a lo largo de los recientes juegos olímpicos, de los primeros partidos de la nueva liga de fútbol o del devenir de la todavía viva Vuelta ciclista. De las sensaciones. Hablar de sensaciones es como anticiparse al futuro pero sin adquirir compromisos: “las sensaciones son buenas”, “voy teniendo sensaciones”, “parece que las sensaciones son positivas” y así sucesivamente. El rendimiento es harina de otro costal, pero en cualquier caso las sensaciones nos animan y nos confortan, nos predisponen así a los deportistas como a los espectadores. En suma, nos hemos vuelto sinestésicos.

     Porque el mundo de las sensaciones es sobre todo un mundo sensorial, aunque luego lo transformemos en algo así como una percepción psíquica y consigamos razonarlo en otros términos. Y por eso nuestro país vive desde hace meses de puras sensaciones más o menos animadas, en lugar de hacerlo de realidades debidamente contrastadas. En verdad no de otra forma puede explicarse el acontecer político y sus comportamientos. En lugar de construir un nuevo tiempo, nuestra primera preocupación es estimular la sensación adversa sobre el contrario e hipertrofiar la (también) sensación de hastío hasta no tener fin. Incluso se extiende ya la terrible sensación de que, tal y como nos va, no tenemos ninguna necesidad de contar con quien gobierne.

     En fin, lo que sucede también con las sensaciones es que uno se congela y ni siquiera es capaz de darse cuenta hasta el fatal desenlace. Hasta la no sensación.

Publicado en La Nueva Crónica, 6 septiembre 2016

martes, 30 de agosto de 2016

Linces y otras especies

     Por mayo era de 2016 cuando la prensa local se sobresaltó con la noticia: aparece un lince en El Bierzo después de haber desaparecido de la comarca hace 80 años. Cuentan que ese animal hermoso había nacido en Portugal, que fue liberado en los Montes de Toledo y que, después de un periplo ibérico como su propia especie indica, vino a asomarse al vergel berciano, no se sabe bien si para instalarse en él definitivamente o si para continuar su tránsito hacia otros destinos insólitos tras las pisadas de su estirpe errante.

     El caso es que especies seriamente amenazadas o al borde de la extinción renacen de una forma casi extraordinaria. Incluso hay quien relata en los medios que este año hay cachorros de lince para dar y tomar: en los mismos montes toledanos cuatro hembras han criado 14 cachorros, en Portugal hay noticia de otras dos nuevas camadas y en Ciudad Real otra con tres descendientes. Sólo falta que resucite el lince Ramón, el de la canción de Kiko Veneno, para que la algarabía sea total y más que justificada.

     Mas nadie se engañe. No es un fenómeno casual ni el resultado de eso que algunos llaman el equilibrio natural del planeta. Al contrario, nada de esto ocurriría sin las políticas de recuperación que se han llevado a cabo en los últimos tiempos. Quizá tampoco sin un sentido más animalista de la existencia que lentamente se instala entre nosotros y que rechaza los abusos y los zafarranchos con animales en su núcleo. Es decir, política y conciencia bien entendidas o diferentes sin más.

     Son las mismas condiciones que han de cumplirse para que, por ejemplo, otras dos realidades a punto de desaparecer recuperen el aliento imprescindible: cultura y trabajo. También en estos dos casos la depredación ha provocado estragos. También son seres vivos que, a fuerza de acosados, se muestran casi irreconocibles y extraviados. También merecen atención y cuidados singulares para que en esta edad poscontemporánea en la que vivimos no pasen a engrosar el catálogo de lo definitivamente desaparecido. Nadie daba un duro décadas atrás por los linces.

     Quiérese decir que tampoco hubiera apostado por ello el biólogo Anthony Paul Clevenger, el último humano que detectó un rastro de lince, no se sabe de qué tipo, cerca del Bierzo, allá por 1987. Pero él y otros muchos como él han actuado y actúan todavía (él lo continúa haciendo en el Parque Nacional de Baniff en Canadá) para la recuperación de ésta y más especies amenazadas: tigres, osos polares, morsas del Pacífico, pingüinos de Magallanes, tortugas laúd, atunes rojos, gorilas, rinocerontes de Java… Cabe pensar que también son multitudes las que se esfuerzan cotidianamente en el salvamento de la cultura y del trabajo, aquí y mucho más allá de nuestro espacio desprotegido. Y es importante que se sumen a esa masa reivindicadora los principales actores del drama, todos cuantos transitan a diario por los senderos laborales y culturales. Muchos son y diversos los actores y los senderos, pero todos debieran coincidir para ser eficaces en las condiciones arriba citadas: impulso de otras políticas y progreso en las conciencias. Nada ocurrirá sin ello.

     De manera que la peripecia del lince nos permite un guiño de optimismo en medio de la general desazón de nuestros tiempos. Por ello saludamos al felino y lo traemos con todos los honores a estas páginas de cultura y de trabajo. Es su huella berciana la que alimenta nuestras mejores expectativas.
Publicado en Tam Tam Press, 29 septiembre 2016

martes, 23 de agosto de 2016

Trabajo universitario

     Como continuación de la tarea no muy estival de repasar estadísticas que puedan ser de interés, centramos nuestra mirada en la Encuesta de inserción laboral de los titulados universitarios, publicada por el INE el pasado mes de julio con datos correspondientes al año 2014. Las cifras regionales, pues así están recogidas, nos permiten derribar algún falso mito y constatar otras realidades.

     Sobre lo primero, bueno es saber que en nuestras universidades se titulan más personas que las que proporcionalmente corresponden según la demografía. También que no es cierto que la universidad sea una fábrica de desempleados, puesto que su tasa en esa condición es muy inferior a la del desempleo juvenil recogida en la EPA. Además, más de la mitad de los universitarios consiguieron su primer empleo apenas un años después de rematar los estudios. Así mismo es destacable que el 69% de personas tituladas trabajen en actividades cuya cualificación corresponde a estudios universitarios, es decir, que son irreales los comentarios gratuitos respecto a las sobrecualificación de nuestros universitarios. Por último, como tendencia general, también en Castilla y León la proporción de mujeres que estudian y se titulan es superior a la de hombres y mayor aún que la media nacional.

     Por contra, el resto del cuadro no apunta nada bueno. Y en todo, frente a lo antes indicado, son las tituladas las peor paradas. En general, somos una región exportadora de conocimiento, ya que quienes se forman en nuestra comunidad necesitan salir de ella para encontrar trabajo: por cada persona formada en otras universidades que consigue empleo en nuestra geografía, hay 4’1 que tienen que abandonarla. Por otra parte, la proporción de contratos temporales es superior entre nuestros universitarios al dato nacional. Y el máximo exponente de esa precariedad sigue siendo la contratación en prácticas o como becarios. Que, pasados cuatro años desde su titulación, uno de cada ocho titulados lo hagan en esas condiciones no es para sentirse orgullosos.

Publicado en La Nueva Crónica, 23 agosto 2016

lunes, 15 de agosto de 2016

Gatos o liebres

     Gatos y liebres se confunden desde antiguo en la literatura gastronómica de acuerdo con la necesidad o con el engaño. Se confunden y son confundidos, tal es su semejanza una vez desollados los bichos y más aún en adobo. Incluso cuentan que no hay forma de distinguirlos si se preparan con arroz.

     Lo cierto es que este trueque culinario nos ha acompañado a lo largo de la historia, desde que era muestra de picardía en hosterías y ventas hasta que se convirtió en recurso contra el hambre en tiempos de posguerra. Así hasta aterrizar en el vocabulario popular como un dicho que significa engaño, en particular cuando se da algo muy diferente a lo solicitado o prometido, normalmente de bastante peor condición. Y el resultado final de todo ese guiso, tamizado por las costumbres y los vicios de la tribu, es que en la actualidad se llevan los gatos mucho más que las liebres, tal y como corresponde a una época sucedánea.

     La diferencia, no obstante, reside hoy en que, junto a la picardía y a la necesidad, se añaden a las causas de la mentira numerosas otras fuentes que hacen de la adulteración moneda común se mire donde se mire. Sobre la picardía, llamada hoy directamente corrupción, poco hay que explicar. Tampoco sobre la necesidad que obliga al embuste, llamado hoy economía sumergida o informal. De todo ello soportamos un cansino discurrir en la vida cotidiana y en las noticias corrientes.

     Pero en otro orden de cosas, la mayor estafa que nos han vendido y con la que nos han engañado sutilmente durante las décadas de la llamada modernidad es la presumida movilidad social e igualdad de oportunidades. No existe tal conquista, sino puro simulacro. Sépase, mediante un ejemplo histórico y ligeramente alejado para no herir susceptibilidades, que las familias más ricas de la ciudad de Florencia son ahora las mismas que hace seiscientos años, según lo atestigua un estudio de dos investigadores del Banco de Italia titulado “¿Cuál es tu apellido? La movilidad intergeneracional en los últimos seis siglos”. Pues bien, según esto, cabe preguntarse, por si alguien lo quisiera investigar, qué ocurre en nuestro país, y una mínima observación nos mostraría que quienes ocupan hoy el poder, salvo advenedizos, son los descendientes de las mismas familias que nos gobernaron en la etapa no democrática anterior, así en lo político como en lo económico. Quizá en ello resida también, se nos ocurre, alguna explicación sobre por qué la derecha española sólo sabe gobernar con mayoría férrea y se hace acreedora del desprecio de aquellos que ella misma menosprecia: lo lleva en los genes.

     En otros términos mucho más próximos, genéticos y propensos al fraude son así mismo los males endémicos del mercado laboral español, siempre caracterizado, independientemente de que haya crisis o no, por altas tasas de desempleo, excesiva temporalidad, brechas de desigualdad y notable siniestralidad laboral. Estos males no pasarán, salvo que se produzca una revolución en el modelo que no se espera. De hecho, se han acentuado aún más con la crisis y tienden a la perennidad. De tal manera que, cuando hablamos del trabajo, es muy conveniente saber lo que es gato y lo que es liebre, y no vender magnitudes desnudas como si todo fuera lo mismo. Una buena Ministra de Empleo debería explicar estos pormenores para, acto seguido, poder actuar sobre ellos en lugar de ignorarlos con retóricas ufanas. Lo mismo que debería advertirnos de que un nuevo gato salvaje nos acecha: la digitalización. De ello se derivarán, se derivan ya, nuevos desempleos y nuevos empleos insospechados, exigencias de formación a la que no alcanzarán nuestros parados y paradas sin cualificación, jornadas laborales anywhere y anytime, sociedades bipolares que distancien todavía más el talento de los llamados commodities y, en fin, novedosos conceptos de empleados y empleadores.

     Nunca fue tan necesario, pues, a pesar de lo que se lleva, distinguir entre gatos y liebres. En esta materia última y en tantas otras, sobre todo en un mundo donde predomina la mojama y la conserva y donde muchos medios, desde los tradicionales hasta la internet toda, resultan tan útiles en la cazuela como el arroz. Observen el entorno inmediato y pregúntense qué fue el golpe de estado en Turquía, ¿lepórido o felino?; qué los pokemon o el cielo que nos tienen prometido; qué fueron las armas de destrucción masiva o qué tipo de animal se esconde tras el montaje comercial de los Juegos Olímpicos; si son gatos o liebres los cortejos de gobierno, los bazares chinos o el último modelo puesto en el mercado por la firma Volkswagen. En fin, lo decía doña María Zambrano: “el corazón del hombre necesita creer algo y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer”.
Publicado en Diario de León, 14 agosto 2016

martes, 9 de agosto de 2016

Empresas

     Obligados por el drama, examinamos regularmente la evolución del desempleo buscando alguna salida del pozo o una señal verdadera para un nuevo mapa laboral. Sin embargo, no hacemos lo mismo con las empresas, o no de forma tan generalizada, a pesar de que en ellas, y en el impulso público, reside buena parte de lo que son o hayan de ser nuestros trabajos. De modo que, analizados hace quince días algunos aspectos del empleo público, podemos fijar ahora nuestra atención en el Directorio Central de Empresas, publicación reciente del Instituto Nacional de Estadística con datos referidos a enero de 2016.

     Una ligera ojeada permite descubrir que, de existir, la recuperación empresarial en la provincia leonesa es casi imperceptible, con apenas un crecimiento del 0’1% respecto al año anterior. También es muy relevante saber que más de la mitad de nuestras empresas no tienen asalariados. Que sólo 19 de las 31.427 totales tienen una magnitud notable, es decir, que superan las 200 personas empleadas. Y que, naturalmente, vistas las cifras anteriores, su condición jurídica mayoritaria es la de simples personas físicas (un 50’3%), seguida de las sociedades de responsabilidad limitada (un 35’6%). Sólo un 5’5% son sociedades anónimas.

     En suma, un tejido empresarial más bien débil, como casi todo lo nuestro, y sin perspectivas de cambio a corto plazo. En muchos casos un bocado tentador para otras empresas de fuera y de más envergadura que pretendan limitar la competencia: así ocurrió con Elmar, por ejemplo, y así esta sucediendo con Manantiales de León. Porque la competitividad puede nacernos de la innovación, y también hay ejemplos muy notables de ello, pero se necesita tamaño en todos los sentidos, no sólo para conquistar mercados nacionales e internacionales, sino y sobre todo para generar empleo y riqueza, que al cabo es lo que esta provincia depauperada necesita. Máxime cuando todo indica que el sector público, por causa del déficit, está llamado de nuevo a otra dosis de ajustes.

Publicado en La Nueva Crónica, 9 julio 2016

martes, 26 de julio de 2016

Desempleo público

     Cuenta el Boletín Estadístico del Personal al Servicio de las Administraciones Públicas que en enero de 2016 eran 2.519.280 las personas que en España tenían la condición de empleadas públicas. De ellas, 29.334 con destino en la provincia de León. Comparados estos datos, que publica semestralmente el Ministerio de Hacienda, con la misma fecha de 2010, cuando las crisis se hicieron presentes en el sector público, descubrimos que se ha perdido un 6’6% del empleo público en estos años, y más todavía en la provincia leonesa donde la merma alcanza el 10%. En cifras contantes y sonantes: 179.348 empleos públicos menos en España y 3.253 en León. La repercusión que estas amputaciones de personal tiene sobre la atención que prestan los servicios públicos es más que evidente, pero no entraremos en ello.

     Lo que conviene resaltar es que se ha producido un masivo expediente de regulación de empleo, aunque en el sector público este procedimiento tenga muchas veces otro formato. Pero, contemplado como tal ERE, cabe ahora exigir a quien nos gobierna o nos vaya a gobernar que no lo convierta en un fin en sí mismo, es decir, un alivio de plantilla y a otra cosa mariposa, sino que sirva de verdad como instrumento de reorganización de las plantillas públicas de acuerdo con una nueva realidad diferente a la del punto de partida. Sobre todo en estos últimos tiempos cuando, motivadas por el clima electoral constante, las oposiciones se reactivan tras unos años de sequía casi total. Esto significa repensar la estructura de todas las administraciones, algo que es muy dudoso que se esté llevando a cabo, y no formalizar convocatorias a su caída.

     Pues bien, que se sepa, sólo el País Vasco ha dado algún paso en ese sentido con la elaboración de su Proyecto de Ley de Empleo Público Vasco, todavía en discusión. Ninguna otra administración, ni estatal ni autonómica, se ha preocupado formalmente de este asunto, mientras convocan nuevas plazas públicas con el viejo molde de una época que no volverá.

Publicado en La Nueva Crónica, 26 julio 2016

miércoles, 20 de julio de 2016

Burbujas, banalidad y religión

     Si nos atenemos a la opinión del más que veterano editor Sonny Metha: “por cada libro que funciona hay otro que no, es algo universal”. No se trata de una ciencia, pues la edición no es tal cosa evidentemente, pero conforme a esa ley no escrita podemos concluir que sobra al menos la mitad de los libros que hoy podemos encontrar en las librerías, siempre y cuando ignoremos de paso las purgas previas que se ejecutan para que un texto llegue a ser editado y se sitúe a continuación en alguna esquina de esas mismas librerías. De modo que, a imagen de lo anterior, podemos pensar también que esta revista poética, que forma parte así mismo de la muchedumbre editorial, puede en cualquier momento situarse a uno o a otro lado del abismo, a uno o a otro lado de esa mecánica, sin ningún remedio ni medida preventiva. Simplemente, es así.

     ¿Qué ocurre entonces con el entorno de la escritura, sobre todo con el entorno de la poesía, siempre en ebullición e inventando performances, happenings, juegos florales, recitales multimedia y pintorescas presentaciones? Pues que, con toda probabilidad, sobra la mitad y que al final todo es un barullo donde el temporal impide una vez más reconocer las olas. Tampoco nosotros, por supuesto, estamos al margen de esa barahúnda.

     El problema reside, entonces, en qué actitud adoptar ante el bullicio: si proceder con generosidad sin límite o ser selectos como malditos, si comulgar con ruedas de molino o expresar una presunta solidaridad de clase poética, si clamar “a la minoría siempre” como Juan Ramón o celebrar con candidez la democratización de la lírica. Y la respuesta nos la ofrece un poeta sensato, Adonis, para quien la poesía “es pluralidad. Es lo contrario de la religión”. El pensamiento del escritor sirio nos exhorta por tanto a una doble conducta: asumir, sí, la multitud (en formas, géneros, corrientes, familias, posturas…), pero con un talante claramente seglar. Es decir, menos liturgia, menos sacramentos, menos actos de fe y, por el contrario, más crítica, que al cabo es lo que permite el progreso de todo lo democrático, así en los sistemas de gobierno como en las expresiones de la cultura. Bien está, cómo no, que se garantice el acceso de todos los individuos en igualdad a los bienes culturales, la literatura entre ellos, pero cuidado con concluir que cualquier producto es un bien cultural en sentido estricto. Esa religión que algunos profesan con dudoso afán igualitarista sólo conduce a avivar las borrascas e inflar las burbujas. Que también de esto hay en la creación.

     Más aún si atendemos a ese nuevo mundo que se ha abierto a través del reinado de lo digital. Lo mismo que nos engañamos al pensar que somos más libres porque las redes así lo proclaman, y alguna pequeña apariencia de ello pueden ofrecer, mal haríamos si bendijésemos (de nuevo la religión) alegremente todo ese aluvión de producciones virtuales que ensanchan hasta el delirio el arte de escribir. Y el de editar. Sobrando andan amanuenses y tipógrafos, idos han sido correctores de estilo, maquetadores y otros guardianes del diseño, todo queda al alcance de un clic y de una impresora láser de mediana calidad. Incluso para qué entretenerse en cánones, escuelas de escritura, filologías y demás musas si la inspiración es libre y el buen gusto murió con las vanguardias. ¡Ah, cuán fácil resulta la poesía en la edad poscontemporánea!

   Aunque he aquí que algunas voces vienen en nuestro socorro. Dice Raquel Lanseros: “En España hay una eclosión de poesía en las redes, y esto es maravilloso. Pero para mí un tuit es como tomar una tapa, está bien, pero al final hay que comer”. Y señala también el poeta ecuatoriano Ernesto Carrión: “El mundo de las redes sociales y del espectáculo todo lo banalizan. Y la poesía, que debería estar de espaldas a eso, o que debería ser una especie de combate contra eso, se ha banalizado también. Los poetas viven en el mundo de las redes sociales, viven buscando los ‘likes’”. Aunque también es verdad que otros, como el granadino Álvaro Salvador, recuerdan que “en la red, ahora mismo, hay más poesía que en muchas bibliotecas”, de tal manera que, según la sentencia de la entrada, posiblemente la mitad de todo ese acervo acabará funcionando.

     Sea como fuere, lo que nos urge a todos es combatir las burbujas, la banalidad y la religión, tres elementos nocivos tanto en la literatura como en cualquier otro ingenio humano. Y es deber de la poesía y de todos sus soportes contribuir al éxito en esa lid. No otra cosa ha sido en toda edad el compromiso poético.
Publicado en Tam Tam Press, 20 julio 2016
y en Fake 4 (Vínculos)