Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

martes, 17 de enero de 2017

La fuente turbia de la edad

     Como cofrades de la novela de Luis Mateo Díez, nadie escapa del mito de la eterna juventud y a ello nos entregamos con ánimo más fabulador que realista. Algunos, cierto es, con ánimo científico, y ése será sin duda uno de los motores que guíen la investigación en esta época, si es que no ha sido así ya a lo largo de las que fueron antes. Desde los mágicos elixires hasta la venta de almas al diablo. Ahora, en cambio, lo que se lleva es la ingeniería genética y el bótox.

     Si dejamos de lado la toxina botulínica, que apenas si es algo así como un maquillaje pretencioso, nadie discutirá que las mejoras sanitarias y en la investigación alejan el final de la vida, aunque, eso sí, a precios más bien caros y, por tanto, no al alcance de cualquiera. He ahí otra seña de la desigualdad que nos rige. Mas, a pesar de ello, nadie puede ignorar tampoco que la esperanza de vida en el mundo ha pasado de 48 a 71 años entre 1950 y 2015. Además, los derroteros por los que ahora derivan los científicos anuncian todavía nuevas progresiones. Sin ir más lejos, un equipo dirigido por el bioquímico Juan Carlos Izpisúa ha logrado alargar la vida de ratones reprogramando sus células mediante un mecanismo que para los legos parece casi alquímico: convertir cualquier célula adulta en célula madre. Naturalmente, es difícil saber cuándo se producirá la acrobacia desde los roedores hasta los seres humanos ni es posible aún aventurar las probabilidades de éxito en ese brinco, pero sucederá en algún momento de esta edad y al menos contribuirá a mejorar la calidad de vida de ciertos grupos de población. Nunca será un progreso universal.

     Ahora bien, lo que no resolverá la ciencia es la eterna disputa entre edades y la consideración que nos merecen, es decir, el conflicto entre los diferentes tiempos humanos y su protagonismo o su ostracismo. Así, mientras Manuel Rivas, pesimista, escribía que “se emplea con demasiada ligereza viejo como sinónimo de retrógrado o ignorante. Hay una especie de gerontofobia en el ambiente”, resulta que en los EEUU los dos últimos candidatos a la presidencia cargaban a sus espaldas con 70 años Trump y con 69 Clinton. Por no hablar del otro contendiente en las primarias demócratas, Sanders, que gozaba los 75 pero entusiasmaba a las hornadas más jóvenes. Nunca se sabe, pues. Pero lo que sí es más que evidente, en términos generales, es el valor menguante de los antaño pensionistas dorados. Se les mimó no tanto porque encarnaran respeto sino por ser una importante fuerza de consumo, para lo cual eran imprescindibles unas pensiones con cierto poder adquisitivo. Hoy, ese papel, emergidas las clases medias en lugares como China, India o Latinoamérica, es casi irrelevante. Además de difícil de sostener desde un sector público más y más cuestionado y desde unos impuestos condenados a la impopularidad más insolidaria. Sólo si ese gran grupo social es consciente de su poder y se hace valer, sobre todo alejándose de su conservadurismo tradicional, podemos esperar que sea otro gallo el que les cante.

     Y, mientras tanto, en pos de esa vida eterna, a ser posible juvenil, continuarán licuándose las fronteras que separan unas edades de otras. Para eso precisamente se eliminaron los ritos de pasaje o se les privó de su significado original para transformarlos en una razón más para el comercio. De modo que todo apunta a que la poscontemporánea será una edad mucho más infantil, muchísimo más adolescente, joven a raudales y, desde luego, de madurez disimulada. La ciencia, la tecnología y los grandes almacenes se encargarán de que así nos lo parezca.
Publicado en Tam Tam Press, 17 enero 2017

martes, 10 de enero de 2017

Antiterrorismo

     Les contaré una historia antiterrorista. Más o menos.

     Pongamos que usted se dispone a tomar el AVE con destino en Madrid en la estación de León. No un tren plebeyo cualquiera. El AVE. En ese caso, tras el control de billetes, un operario logotizado por ADIF le indicará que se quite la ropa de abrigo y la introduzca en el visor del escáner. Ahora bien, si toma el mismo AVE en la estación de Valladolid-Campo Grande, entonces otro operario también logotizado le pedirá simplemente que se abra el abrigo y le muestra sus interiores. Finalmente, si lo que usted hace es tomar ese AVE en sentido inverso, es decir, desde la estación de Madrid-Chamartín, nadie osará desvestirle ni observar ningún interior. En ese caso, tal vez le asalte la curiosidad y se atreva usted a preguntar al personal de seguridad sobre el porqué de esta medida y sus diversos procedimientos. Le responderán que es “por lo del terrorismo” y que allí, en Chamartín, no desvisten a nadie porque hace frío en el andén.

     Pongamos que usted prefiere el ALVIA procedente de Ponferrada y con destino en Madrid. Como tampoco es un tren plebeyo, el procedimiento es idéntico en cualquiera de las tres localidades. Sin embargo, si usted toma ese mismo tren en sentido inverso desde la estación de Valladolid, puesto que la composición se estaciona en el andén número dos, no tendrá que someterse ni al escáner ni a la revisión de abrigos. Es más, no tendrá ni siquiera que mostrar su billete a nadie puesto que no habrá interventor que se lo solicite durante todo el trayecto.

     Pongamos, por último, que usted, sorprendido por tan pintorescos procederes, solicita al individuo logotizado la normativa que guía estos controles o que le hace ver, educadamente, lo absurdo de una norma que, al no ser universal, se convierte en pura pantomima. Entonces, si tal osa, sepa que acabará teniéndoselas con la policía, que habrá encontrado por fin al terrorista que andan buscando tras los abrigos. Sólo en León, claro, y nunca en trenes para plebeyos.

Publicado en La Nueva Crónica, 10 enero 2017

domingo, 1 de enero de 2017

Calendario

Casi nada es tan convencional como el calendario. Sin embargo, la actualización de los almanaques que por estas fechas llevamos a cabo nos confirma lo presos que estamos de esas y otras convenciones. Tanto que acaban señalando el rumbo de nuestras vidas. Poco importa que este 2017 al que ahora damos comienzo sea a la vez, según costumbres y geografías, el mismo año 2016 en el calendario juliano, el 5777 en el hebreo, el 1438 en el islámico, el 1395 en el persa o el 1938 en el hindú. Sea como fuere, todos habremos celebrado el tránsito de uno a otro año, habremos comido dulces y entonado canciones confiando en que siempre sea mejor lo que está por llegar.

Por eso mismo tal vez el cancionero se ha hecho eco con frecuencia de las magnitudes temporales, que al cabo son la misma medida de nuestro existir. Una ojeada desde el balcón sonoro de Moderato Cantábile nos permitirá descubrir sus esencias y levantar acta de cómo los años pasan por nosotros pero también por el canto.

“La lluvia se derrama sobre el hombre del año pasado. / Ha transcurrido una hora / y él no ha movido su mano, / pero todo sucedería si él sólo diera la palabra: / los amantes se elevarían / y las montañas tocarían el suelo. / Pero la claraboya es como la piel para un tambor que yo nunca remendaré / y toda la lluvia se desploma / sobre los trabajos del hombre del año pasado”. Así entonaba Leonard Cohen su Last year’s man  [https://www.youtube.com/watch?v=ewIbMHTz6Do], un cantable a propósito para honrarlo desde esta tribuna y para resaltar la orfandad en que hemos quedado desde su fallecimiento hace casi dos meses, una eternidad si bien se mira o si bien se escucha. Aunque, hechos los homenajes debidos, sin duda ninguna otra canción hay como Años de Pablo Milanés [https://www.youtube.com/watch?v=xqP_dyUOEvQ] para explicar y cantar el paso del tiempo con esos aires cubanos que, por razones bien distintas, aparecerán retratados con profusión en los anuarios del último año: “El tiempo pasa, / nos vamos poniendo viejos, / y el amor no lo reflejo / como ayer”.

Da la impresión de que cuando se canta sobre los años se cae inevitablemente en la melancolía. Será tal vez porque el asunto se aborda casi siempre desde la perspectiva de lo que queda atrás y no con la expectativa de lo que está por venir. Sólo escapa de ese tono enfermo la magnífica Dos años dos de la Romántica Banda Local [https://www.youtube.com/watch?v=Xj7FVOl1PcI&spfreload=5], quizá porque celebra sin empacho la existencia compartida. Lo mismo que cuando uno exalta un momento determinado, tal y como hizo Leo Ferré en sus Veinte años, recreada en español por Amancio Prada en un disco que sirvió para homenajear al francés  [https://www.youtube.com/watch?v=KxgOVxDywKw]. Por el contrario, ningún desgarro mayor que el de Lhasa de Sela con su Para el fin del mundo o el año nuevo [https://www.youtube.com/watch?v=ATLmAPjHKo0]: “Llegarás mañana / para el fin del mundo / o el año nuevo. / Mañana te mato, / mañana te libro. / Estoy adelante. Ya no. / Ya no tengo miedo. / Mañana te digo que el amor, / que el amor se ha ido”.

Tampoco una mirada de conjunto resulta alentadora cuando de relatar lo vivido se trata. Así se muestran desde el blues John Mayall y Eric Clapton cuando entonan Lonely years [https://www.youtube.com/watch?v=5iFFYjr9YJk]; así lo hace desde la balada Luz Casal o cualquier otro de los múltiples intérpretes de Un año de amor [https://www.youtube.com/watch?v=xKeieJaOi2Y]; y, en fin, así procede David Bowie desde el lado glam-galáctico en Five years [https://www.youtube.com/watch?v=sW2HwE72FMk]: “Tenemos cinco años, míralos en mis ojos. / Tenemos cinco años. Cinco años, qué sorpresa. / Tenemos cinco años, mi cerebro duele tanto. / Cinco años, es todo lo que nos queda”. En realidad, únicamente Los Piratas junto a Amaral demuestran una actitud diferente en ese tipo de crónicas cuando juntos, mientras huyen de ellos, nos explican los Años 80 [https://www.youtube.com/watch?v=uQU4umyfufg].

Finalmente, en ese muestrario de visiones contrapuestas y de existencias contrarias medidas en términos de calendario, dos canciones vienen a resumir el combate entre puntos de vista. De un lado, inevitable, Al Stewart con su Year of the cat [https://www.youtube.com/watch?v=ckthyI3UQbI], desde luego mucho más alegre en la melodía que en el texto cantado: “Sabes que algunas veces estás tentado a abandonarla, / pero ahora te vas a quedar. / En el año del gato”. Y, de otro, Claudina y Alberto Gambino, quienes en 1976 grabaron Que mal año nos pare, tan desoladora que ni huella hay de ella, y es una pena, en esa red de redes. Por algo será: “Aquí no hay pajaritos, aquí no canta nadie… / …que mal año nos pare”.

Bien, como se ve, no sirve de mucho la referencia anual en el cancionero para alegrarnos la vida, que es lo que, tontamente, toca en los principios de cada nuevo año casi como una obligación. De manera que, metidos en convencionalismos, acudamos a magnitudes menores como día, como semana o como mes y pongamos un punto final a este capítulo de un modo más animoso. Daría para mucho más pero sólo es el contrapunto a todo lo que precede.


Nadie, para estimularnos, con tanta pasión ha cantado como Lole y Manuel al Nuevo día [https://www.youtube.com/watch?v=Z6imqdDVZFQ], aunque posiblemente el mejor narrador para un Perfect day no haya sido otro que Lou Reed [https://www.youtube.com/watch?v=CH2lvbdGkfM]: “Oh, es un día perfecto. / Estoy contento por haberlo pasado contigo”. Luego, podemos servirnos de Amparanoia para hacer frente con ritmo a La semana [https://www.youtube.com/watch?v=w7gZKVF38Bc] o probar con Fortuna para que de verdad la que venga sea una Buena semana [https://www.youtube.com/watch?v=aaR2JI9nlkM]. Y, por fin, ya puestos, lanzarnos a las Rebajas de enero [https://www.youtube.com/watch?v=J2KUNTbQLAU], que es lo que canta Joaquín Sabina para ilustrar el mes que inaugura el calendario.

martes, 27 de diciembre de 2016

Mercado de trabajo

     En el crepúsculo del año se mezclan resúmenes, síntesis y demás compendios de cuanto hubo en el periodo que concluye y merece reseña. Con cierto retraso, pues las estadísticas se cocinan lentas, también nosotros podemos compartir ahora algunas conclusiones sobre salarios, prestaciones por desempleo y pensiones en las fuentes tributarias del año 2015.

     El primer dato general es la pérdida de peso de las rentas derivadas del trabajo en nuestra economía, especialmente desde la aprobación de la última reforma laboral, a causa de la pérdida de empleo y de la merma salarial.

     Sin embargo, en León se produjo el pasado año un incremento del 1’1% en el número de personas asalariadas y una subida del 0’6% del salario medio que se situó en 17.817 euros. Cabe resaltar que fue en nuestra provincia, de toda la Comunidad Autónoma, donde más creció la brecha salarial entre hombres y mujeres en esos meses. También que fue el sector de los servicios sociales el que asalarió a un mayor número de personas y que, en lo relativo a ingresos, el porcentaje mayor del total corresponde a las que cobran menos de la mitad del salario mínimo.

     Acerca de las prestaciones por desempleo, sabemos que se redujo un 9’35% la cifra de quienes las reciben en la provincia y que su cantidad media anual fue de 3.339 euros, también con notables diferencias entre hombres y mujeres.

Y conocemos que durante 2015 el número de pensionistas en la provincia fue 145.588 (frente a 170.619 asalariadas), cuyos ingresos se situaron sobre todo entre 0’5 y 1’5 del salario mínimo interprofesional.

A la vista de los datos y teniendo en cuenta que el PIB creció ese año en torno al 3%, resulta evidente, como decíamos al principio, que su repercusión en las rentas del trabajo es muy escasa y que lo hace en mayor medida en factores como el excedente bruto de explotación, donde se incluyen las rentas salariales y de profesionales autónomos. Son nuevas señales de la desigualdad creciente, así en lo cercano como en el tono general del país.

Publicado en La Nueva Crónica, 27 diciembre 2016

martes, 20 de diciembre de 2016

La buena muerte

     “Dainos, Señor, buena muerte…”. Con esta invocación penitente recorre las calles de la ciudad de León la procesión vespertina del Domingo de Ramos, conocida popularmente como el Dainos. Sin discutir su relevancia como rito, es ésta una expresión más, católica aquí, de un deseo humano que no conoce tiempo ni fe. Aunque no todos los tiempos ni todas las fes sean iguales y mucho menos en la era babélica que nos ha tocado en suerte.

     Lo destacado hoy es el negocio y la feroz competencia a que obliga el mercado. Cierto es que hubo siempre y en todo rincón un interés digamos sobrenatural en manejar el asunto y hacer de él fundamento de creencias y confesiones como herramienta para el dominio de voluntades. Nada nuevo, pues. Sin embargo, lo innovador ahora es el choque casi violento entre la senda eterna y la puramente terrenal, entre el más allá y el más acá como manifestaciones de una misma fatalidad, hasta el punto de que la confusión penetra uno y otro ámbito sin mayores rubores y con total concupiscencia. Así como se produce, no sólo en el trance de la muerte, una exaltación de lo sagrado, crece en paralelo la elevación de lo profano en el peor de sus sentidos: el mercantil. Y en este campo la muerte, inagotable siempre, feroz y estremecedora como ninguna otra acción humana, deriva en un recurso más que apetecible para los mercaderes que rigen nuestros destinos.

     Aunque no es el hecho funerario en sí lo destacable, que en cualquier caso es un gran bocado, puesto que al cabo todos moriremos y todos requeriremos esa atención, hoy por hoy tasada en España en 3.500 euros como precio base sin extras. No, lo curioso es el envoltorio que crece entorno y que, sin llegar al éxtasis mejicano, coloniza ese lance con devoción parasitaria. La actualmente séptima temporada de la serie The Walking Dead, las cenizas de Truman Capote vendidas por 40.000 euros y la criogenización de una joven inglesa por sentencia judicial son tres ejemplos ilustres de este fenómeno. A nadie pude extrañar, por tanto, que el Vaticano reaccione a través de su órgano más numantino, la Congregación para la Doctrina de la Fe, y prohíba esparcir las cenizas de los difuntos o conservarlas en casa, amenazando, de incumplirse esta medida, con negar el funeral a los fallecidos. Dicen que esa prohibición pretende evitar cualquier “malentendido panteísta, naturalista o nihilista”.

     En fin, bien está si así evitamos algunas mandangas. Sin embargo, lo que no se evitará, y mucho menos retornando a la ortodoxia tridentina, es la maniobra de despiste que todo este cúmulo de baratijas arroja sobre lo que debiera ser el verdadero y urgente debate en los tiempos poscontemporáneos: el de la buena muerte, es decir, el de las eutanasias. Este sí es un asunto que debiera entretenernos y movilizarnos. Es decir, menos series sobre zombis y más discusión acerca de las fórmulas para huir de la humillación mortal; menos tráfico de escorias y más progresión de las legalidades sobre la materia; menos hielo para el futuro y más calor para el desenlace presente. Con suma sencillez lo expresaba Ramón Sampedro pocos días antes de poner fin a su vida: “Y si ganamos la apuesta de la muerte, / si la esquiva suerte una vez nos mira, / ganaremos el cielo, porque en el infierno / ya hemos pasado toda nuestra vida".

     Éste es el reto que, como tantos otros, conducirá a esta edad hacia el porvenir o hacia la regresión. Es decir, hacia el gobierno de lo humano o hacia la perpetuación mitológica de los ritos penitentes en demanda de la buena muerte.
Publicado en Tam Tam Press, 20 diciembre 2016

martes, 13 de diciembre de 2016

Salario mínimo

     Mucho se habla en estas fechas cercanas al fin de año sobre el salario mínimo interprofesional. Todo indica que será elevado en 2017, cuentan que hasta 797’6 euros al mes, una subida aparentemente notable pero insuficiente para acercarnos a lo que establece la Carta Social Europea suscrita por España. Esa declaración, que compromete a los gobiernos firmantes, reconoce que “todos los trabajadores tienen derecho a una remuneración suficiente que les proporcione a ellos y a sus familias un nivel de vida decoroso”. El Consejo de Europa estableció en su momento un umbral al respecto que sigue vigente en la actualidad: un salario neto justo tiene que alcanzar, al menos, el 60% del salario neto medio del país.

     Por ese motivo, entre otros, muchos pensamos que la subida debería llevar el SMI hasta los 800 euros en este primer año de legislatura y hasta los 1.000 al final de la misma. De este modo, no sólo cumpliríamos con la Carta Social, sino que se  recuperaría el poder adquisitivo perdido desde 2010 y colocaríamos a España en el lugar adecuado dentro del entorno europeo que tanto se invoca. Pues sucede que, siendo España la quinta economía de la Unión Europea y la cuarta de la Zona Euro, esa posición no se mantiene en la cuantía del salario mínimo, donde nos situamos en los últimos lugares entre los países que tienen fijada tal retribución por ley.

     Conviene recordar también que el salario mínimo lleva asociados otros beneficios sociales y económicos, tales como la reducción de la brecha salarial entre hombres y mujeres y entre colectivos en riesgo de exclusión, la cohesión del mercado de trabajo y un reparto más equitativo de las rentas, la mejora de la calidad en el trabajo y de la productividad, y, en fin, el impulso del consumo y de la economía. Razones suficientes para fundamentar la demanda de una mayor valoración de ese salario. De paso, nos alejaríamos del nivel preocupante de España en lo referente al riesgo de pobreza y exclusión contenido en la Estrategia Europa 2020.

Publicado en La Nueva Crónica, 13 diciembre 2016

martes, 29 de noviembre de 2016

Auctóritas

     No hay duda: estamos perdidos. Si hasta cuatro cardenales conservadores han hecho público su desafío al Pontífice mediante una carta en la que le acusan de crear confusión en asuntos clave para la doctrina católica, eso quiere decir, ni más ni menos, que ya no hay escapatoria. No tanto porque alguien cuestione las opiniones papales, atentando incluso contra su infalibilidad, sino porque lo hagan, además públicamente, miembros de su propia cúpula de dirección, no cuatro miserables feligreses de estos páramos nuestros.

     Es una muestra entre muchas del fin de la auctóritas, aquel concepto del Derecho Romano que equivalía en parte al de autoridad aunque en un sentido más noble o moral, un poder no vinculante pero socialmente reconocido y de mucho peso, del que gozaban entonces los juristas o los senadores, cuyas recomendaciones nadie desobedecía. También el preceptor poseía esa cualidad sobre sus discípulos, y de ahí precisamente deriva el llamado “argumento de autoridad”, es decir, una referencia que otorga veracidad y valor a nuestros argumentos.

     Pero una mal entendida democratización del saber y del poder ha acabado enterrando este concepto, quién sabe si para siempre, bajo el pretexto, faltaría más, de que todos somos iguales. No hay voz que se respete hoy en cátedras o estrados ni consideración que se otorgue a nada que no sea fama o espectáculo pasajeros. Sólo, en todo caso, se alude al pueblo, esa abstracción indeterminada, como supremo animador y justificante de nuestras propuestas políticas o sociales.

     De manera que, arruinado en gran parte el crédito de la profesión política, orillada la impronta de la actividad intelectual y sepultada la guía de las humanidades, a nadie debe extrañar que la tal abstracción idealizada destine su voto a las propuestas más estrambóticas, que se entretenga en nostalgias con cantantes grasientos o que se entregue directamente al botellón en los parques. Como dijo el sabio, a falta de auctóritas, nada como la orgía y el desenfreno.

Publicado en La Nueva Crónica, 29 noviembre 2016

viernes, 25 de noviembre de 2016

Discurso sin método

     Un absurdo no menor de esta edad, que algunos llaman de la información y del conocimiento, es el desdén por la que es sin duda principal herramienta de esas dos acciones: el lenguaje verbal. Y, de ser así, como veremos, bien podría decirse entonces que vivimos en la edad del pensamiento relajado, por no decir ausente.

     Al describir la penuria del discurso político actual, el académico Salvador Gutiérrez Ordóñez explica que “cuanta mayor riqueza léxica se posee, mayor es la parcelación conceptual. Y, sin embargo, cada vez se usan menos palabras para describir el mundo”. Es decir, discursos más pobres en consonancias con análisis más pobres, ya sea porque no dan más de sí los oradores, ya sea porque el código acaba acomodándose a una audiencia educada sin otras aspiraciones declaradas o reconocibles. En cuyo caso, sin importar quién sea el pecador, esta inexistencia de método nos sitúa ante individuos lamentablemente ligeros de equipaje mental. De hecho, basta atender al neurólogo Pablo Irimia para saber que “el pensamiento profundo y meditado genera nuevas conexiones neuronales” e inferir, en consecuencia, que a menor pensamiento, menor carga de neuronas y más necedad así en el discurrir como en el argumentar. ¿Por qué, según nos cuenta el pensador Boris Groys, en Estados Unidos se considera ahora que es bueno pensar una media hora al día si no fuera por los estudios que han demostrado que se trata de una actividad que, siempre que no se abuse, genera unos procesos químicos provechosos para la buena salud? En suma, pensar y hablar como expresión de vigor o de atrofia.

     Pero la patología, no lo ignoremos, es casi sistémica. El lenguaje y el pensamiento políticos están a la vanguardia del deterioro, sin duda, por ser los más evidentes y los que mayor pedagogía debieran ejercer, aunque otras dos expresiones más que generalizadas pugnan con fuerza por el protagonismo en la carrera de la displicencia: el regreso de los ideogramas y la revolución informativa digital.

     Los primeros, esos emoticones invasivos, a pesar de componer una forma de comunicación global, o quizá por eso mismo, no dicen nada porque no apelan a la razón sino a la emoción. No hay actividad mental en ellos, sólo epidermis; no hay mensaje, sólo chasis; no hay discurso, sólo puerilidad. Y lo segundo ha desembocado, en fin, en auténticos “corrales –más que redes– sociales, donde la muchedumbre pone a prueba algoritmos que reafirman sus previos puntos de vista”, tal y como sentencia el ensayista Ernesto Hernández Busto. No hay crítica ni discernimiento, pues, no hay verdadero conocimiento ni afán de construirlo, sólo reafirmación de los titulares básicos con que los individuos andamos complacidos por la vida. Bien se sabe, lo saben mejor que nadie los poderes y esos think tank puestos de moda por las universidades más conservadoras, que ésa es la actitud contraria a la subversión, porque, en palabras de Juan José Millás, “el joven peligroso es el que se queda un viernes en casa a leer Madame Bovary”.

     No desistamos, sin embargo, y atendamos un poco más a las luces intelectuales que todavía brillan a nuestro alrededor, que haberlas haylas. Por eso, en el mar de citas de este artículo, no puede faltar como remate la voz de la penúltima Premio Nobel de Literatura (quizá la última en realidad para los más ortodoxos), Svetlana Alexievich: Desgraciadamente, las ideas juegan ahora un papel menos importante en nuestras sociedades. Lo que se impone es la parte material, y lo lamento mucho. Necesitamos personalidades capaces de ofrecer al mundo una nueva visión, sistema, filosofía, valores que el mundo sigue necesitando”.
Publicado en Tam Tam Press, 24 noviembre 2016

domingo, 20 de noviembre de 2016

Mirada sobre la emigración

     Hace aproximadamente un mes, con motivo de la entrega de los Premios Princesa de Asturias, Mary Beard, galardonada en el área de Ciencias Sociales, nos enseñó que “no ser capaces de pensar de forma histórica hace que seamos todos ciudadanos empobrecidos”.

     Esta lección, aplicable a la vida en general, es muy útil para enfocar sin prejuicios el fenómeno de los movimientos de población, ya hablemos de personas migrantes, ya lo hagamos de aquellas que persiguen un refugio o un asilo. Pocas diferencias existen entre unas y otras. De este modo, con la perspectiva que aconseja la profesora inglesa, descubriremos de inmediato que todos formamos parte en mayor o menor medida de esos vaivenes humanos. Ni el pintoresco Presidente de los Estados Unidos y su familia se salvan. Al cabo, las migraciones han sido, son y serán un motor de la evolución histórica, por más que se levanten muros, alambradas o leyes inhumanas.

     Basta hacer memoria para descubrir de inmediato nuestro propio rastro en esos ires y venires de gente. Desde un familiar perdido en Hannover allá por los años sesenta hasta un joven ingeniero que conquista ahora los vientos daneses. Por el medio queda nuestra primera visita a Burdeos, en los años 80, y el hallazgo de aquellos bares cercanos a la Gare Saint-Jean, donde servían aceitunas y se jugaba a las cartas, donde los parroquianos eran españoles llegados a aquel destino a causa del hambre, del exilio o de otras huidas. Gentes, supimos en posteriores viajes, que en buena parte procedían de tierras aragonesas donde, años después, Julio Llamazares asentó su novela La lluvia amarilla. Gentes integradas y desintegradas en la sociedad de acogida que generaron vida y construyeron historia por igual a un lado y a otro de las fronteras. Gentes corrientes.

     Reconocer esa condición, junto a la dimensión temporal, es otro soporte imprescindible para el pensamiento bien orientado. Es ese punto de vista el que nos permitirá luchar contra las leyendas y los convencionalismos que anidan en la sociedad actual y que son el germen, debidamente alimentado por ideologías ultraconservadoras, de toda la discriminación, de todo el racismo y de toda la mala baba que nos envenena. Cierto es que el trabajo, como ocurrió en su momento con los parroquianos de la ciudad de Burdeos, debería convertirse en el principal elemento para la integración y la convivencia. Mas en estos tiempos, donde ése es un bien escaso y maltratado, no deberíamos equivocarnos y ver en el otro tanto a un competidor como a un aliado frente al verdadero y común adversario: las doctrinas que olvidan a las personas para consagrarse a las estadísticas y a los beneficios.

     Por otro lado, contra la creencia interesada que busca engrandecer los recelos, bueno es saber la verdadera magnitud de los números en la provincia leonesa: sólo el 3’99% de su población es de origen extranjero. No puede ser, por tanto, cifra tan ligera la raíz de nuestros males, sino otro tipo de amputaciones presupuestarias y mentales.
Publicado en El Día de León, 20 noviembre 2016

martes, 15 de noviembre de 2016

Jamon y tapas

     Cuesta pensar que Elena Santonja, recientemente fallecida, sea la responsable de todo ese olor a cocina que nos envuelve. Pero es verdad: con ella empezó todo, aunque no todo sea igual a lo que ella inició. Cuando en los años ochenta el programa Con las manos en la masa inauguraba en televisión la retahíla de emisiones dedicadas a la temática culinaria, difícil era sospechar lo que vendría después. Ni siquiera lo habría imaginado Manuel Vázquez Motalbán, que también por aquel entonces introducía recetas y otras delicatessen en las novelas protagonizadas por el detective Carvalho. Ni una ni otro pudieron aventurar el aluvión posterior ni, desde luego, sospechar por dónde se iba a pervertir el producto.

     Todos éramos una pandilla de ingenuos en aquella década movida, así que no fue extraño comulgar con un nuevo género que introducía las entrevistas entre fogones o que acentuaba el tono literario, casi epicúreo, en el hecho común de alimentarse. Y no es que cualquier tiempo pasado sea mejor ni que la nostalgia nos enferme, pero lo cierto es que también aquel modelo original, como casi todo en esta nueva edad, acaba convirtiéndose en basura. Como la propia comida. No deja de ser paradójico que en unos tiempos donde se afirma que nuestra alimentación degenera y que aumenta el número de personas al borde del hambre, sean programas de este tipo los que ocupen el horario estelar hasta en la televisión pública. O que protagonicen las primeras páginas de los diarios locales o regionales, tal y como ocurrió hace unos días con las noticias de cabecera en algunos de ellos: dos concursos, uno para cortadores de jamón y otro para las tapas y los pinchos. Vanidad de vanidades.

     Mas, en fin, nada escapa de la putrefacción, ya sea el arte de cocinar en versión televisada, ya sea la presidencia de los Estados Unidos en versión cruda. Lo mejor será pensar que entre lo podrido, además de anidar ratas, crecen hongos comestibles, suculentos incluso, y beneficiosos para la medicina y la industria.

Publicado en La Nueva Crónica, 15 noviembre 2016