Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 19 de agosto de 2018

Verbena

     De verbena en verbena pasaba el verano y la verbena era uno de los principales episodios de esa estación. Había otros, ciertamente, pero ninguno reunía en lugar y tiempo una amalgama tal de diversidad y de estímulos. La verbena era un espacio común para todo tipo de gentes y sentimientos, que coronaba el programa de festejos locales y el espíritu estival como ningún otro en esos meses donde la vida se disfrazaba de ella misma. Al ritmo de la música en vivo, el tiempo se tomaba un respiro entre el olor a churros, los ecos de las tómbolas, el vuelo de las cadenetas, y todo ello bajo un cielo decorado con banderines y luminarias de colores. Así éramos.

     Esa estampa popular ha languidecido como tantas otras o se ha perdido definitivamente en muchos casos. Si se conserva en parte es por su sentido más espectacular, que es lo que se lleva en términos generales, cuando pueblos y villas compiten sobre todo por contratar a las orquestas, gallegas, de mayor empaque y caché, pero poco más. En la mayoría de los casos, una discoteca móvil, con un fulano al frente que suele ser insoportable, ha venido a sustituir a los músicos y a veces ni eso. Ni perrito piloto, ni muñeca chochona, ni frituras ni guirnaldas. Y, naturalmente, ni mezcla de seres que redimían sus represiones a través del baile.

     A pesar de todo eso, la música continúa sin embargo esparciéndose por la geografía a través de todo tipo de festivales de pago o de tribu, que obligan al peregrinaje y al trajín para mayor gloria del comercio y que acaban hinchando una burbuja de eventos tan inabarcable como dispersa. Leo algunas de las citas de este género en la provincia y no salgo de mi asombro: Rock Festival Astorga, LaVidFest, Modorrowland en Joarilla de las Matas, ReggaeBoa, Paramés Rock, Tuerto Fest, Trepa Rock, Alpaca Festival, Ajo Rock, Órbigo Pop Fest, Zambrón Rock, Alubia Rock Fest, Moreda Rock, Tronco Sonoro… Buena noticia al menos para los grupos de música, pero no tanto para un público cada más selecto y parcelado.

Publicado en La Nueva Crónica, 19 agosto 2018

domingo, 12 de agosto de 2018

Pícaros

     El problema de la picaresca es que nos enseñaron que era un género del pasado y ahí nos quedamos sin más consideraciones. Como decía Max Aub, “ una serie de relatos cuyo denominador común es la vida de la sociedad española de los siglos XVI y XVII, en la que se refleja la realidad ciudadana desde el ángulo de pícaros, truhanes, vagos, espadachines y ladrones”.

     Sin embargo, el género y su trasunto han pervivido a lo largo de los siglos casi como una constante literaria y existencial de nuestras Españas, y sus protagonistas continúan siendo en gran medida el eje de la vida nacional. Hay diferencias, claro, pues no estamos ya ante la figura del antihéroe opuesta al ideal caballeresco ni este país es hoy el gigante con pies de barro de la época de Carlos I. Tampoco hay altura literaria en lo que nos ocurre, naturalmente. Pero nadie dudará, creo yo, de que sigue arraigado entre nosotros el comportamiento antisocial de los órganos rectores de la sociedad, a quienes todos acabamos imitando, y que, por lo tanto, monedas comunes son en nuestros días los embustes y las patrañas, el enredo y las añagazas, la grosería y la pura apariencia.

     Pensaba en todo esto, inevitablemente, cuando leía alguna de las novelas de Rafael Chirbes, pero también al asomarme de forma cotidiana al repertorio de noticias que nos han envuelto a lo largo de los últimos años. Y qué pensar hoy, en fin, si atendemos al mercado de títulos universitarios y sus excusas pueriles o a grabaciones telefónicas que provocan, como poco, vergüenza ajena. Juzguen los jueces lo que tengan que juzgar, que la indecencia no pasa por los tribunales.

     Con todo, hemos empeorado bastante. No asistimos ya a una vida haciéndose, como sucedía con Lázaro de Tormes, ni al modelo de quienes, siéndoles la fortuna adversa, “con fuerza y maña remando salieron a buen puerto”. Al contrario, el pícaro es hoy sencillamente un patatero, un alcalde, un dueño de medios de comunicación, un profesor universitario o un meapilas. Gentes de bien.

Publicado en La Nueva Crónica, 12 agosto 2018

domingo, 5 de agosto de 2018

Palacio

     Las controversias acerca del Palacio de Congresos y Exposiciones de la ciudad de León no han cesado ni siquiera tras su atropellada apertura hace un trimestre. En cualquier caso, es un hecho, de manera que a partir de ahora habrá que juzgarlo por sus obras, es decir, por su programación y el posible beneficio general que de ella se derive.

     Cuatro citas han tenido cabida en ese espacio, pocas pero suficientes para hacernos una idea de la intención política que hay detrás del proyecto. Todo empezó con una Cumbre Europea de sistemas autónomos para seguridad y defensa, esto es, los famosos drones. Pudo estar bien por la actualidad de la materia, aunque no encaje en el catálogo de competencias de una administración municipal que nada tiene que decir en asuntos guerreros. Mejor si, tratándose de un invento bélico, se hubiese atendido a fines menos marciales para los que también se destinan estos artilugios. La cosa prosiguió después con el I Desembalaje de Antigüedades de León: un rastro. A continuación llegó el turno del III Salón del Automóvil Nuevo: puro negocio. Y, por último, hace escasas fechas, el Día de los Abuelos: sin comentarios.

     Visto el repertorio y sin necesidad de comparar programas con otras sedes de este tipo con mucha mayor solera e ingenio, cómo no preguntarse por los millones invertidos y por su dudoso producto, cómo no caer en la perplejidad ante tales disparates, cómo no salir a la calle a destrozar mobiliario urbano como un antisistema. Mientras tanto, eso sí, llama la atención, en buen sentido, el damero de color que adorna la fachada de este edificio. Ocurrió antes con el otro damero policromado del MUSAC, imitación, cuentas, de las vidrieras de la catedral. Y esta sí que es una seña de identidad para una ciudad necesitada de señales menos efímeras que las glorias de ida y vuelta a que nos acostumbran. ¿A qué espera el Ayuntamiento para ordenar esa paleta y redactar una norma al efecto para bien de toda la ciudad? Sería una buena inversión de futuro.

Publicado en La Nueva Crónica, 5 agosto 2018

domingo, 29 de julio de 2018

Pueblo

     Si en alguna estación del año, como cantaba Benito Moreno, España huele a pueblo, eso sucede sobre todo en verano. Quien más quien menos te anuncia que se va unos días al pueblo o que tiene una casa en el pueblo o que es la fiesta de su pueblo. Y entonces, inevitablemente, uno, que no tuvo pueblo, entona como quien no quiere la cosa: “España huele a pueblo, / a maceta regada, / a chaparrón y a suelo. /A mí me huele a eso”.

     Pero esa vida entre ciudad y pueblo, por muy bucólica que pueda parecer en muchos casos, es en realidad una crónica del desarraigo, que es también, salvo excepciones, la crónica de esta España siempre a medio hacer. A la postre, como se recogía en otra canción, en este caso de Facundo Cabral, “no soy de aquí ni soy de allá”. Esa indefinición, cargada no obstante de sentimentalismo, es la que lleva en muchos casos a la falta de compromiso con el entorno y de disposición para cambiarlo: se acaba siendo vecino de ningún sitio. La ciudad, a la que se llegó huyendo seguramente de algo, es un lugar ajeno, un destino no apto para sueños; el pueblo, al que se regresa temporalmente, es apenas ya el hábitat de la memoria y de un ruralismo de nuevo cuño.

     No digo que haya que romper amarras con los lugares del pasado. Al contrario, hay que vivirlos como los lugares del presente, y en unos y en otros hay que fortalecer el arraigo, que es sinónimo de dignidad. Porque lo contrario, el desarraigo, es sólo una excusa para la pasividad y para el ensimismamiento. Esto es común en las tierras leonesas y supongo que también en otros espacios condenados. Y quizá por ello precisamente se entiendan mal, se digieran bastante mal, otras reivindicaciones territoriales mucho más enraizadas. O todo lo enraizadas que permite hoy el universo digital.

     No se trata, pues, de animar competencias entre pueblos bonitos, como suelen hacer los medios también en verano, sino de actuar en toda estación por su pervivencia y la de sus gentes, los de aquí y los de allá, en las debidas condiciones.

Publicado en La Nueva Crónica, 29 julio 2018

domingo, 22 de julio de 2018

Impuestos

     Lo extraño es que resista todavía en el lenguaje corriente la palabra impuesto que, si llama a algo, es sobre todo a la rebeldía. Mucho más si las costumbres corruptas y el populismo fiscal la animan o justifican con descaro. Es rara su pervivencia porque lo usual es desterrar los términos repelentes y sustituirlos por formas blandas o eufemismos. Un maestro era en ello, por cierto, Cristóbal Montoro, precisamente la persona encargada del Ministerio de la recaudación en más de una etapa de la historia reciente.

     De modo que para transformar en buen sentido la actitud fiscal, además de combatir adecuadamente la corrupción y evitar discursos falsos sobre la materia, deberíamos empezar por acuñar un término que no sugiera imposición, sino que atienda sobre todo al destino de lo recaudado, es decir, a la cosa común, a lo que es de todos y de nadie, al estado social en suma. En segundo lugar, bueno sería que se invirtiera la evolución de la carga sobre las rentas del trabajo y del capital, de tal manera que se percibiera que, a través de la hacienda, se realiza una verdadera redistribución de la riqueza que el país genera, que no sólo es el trabajo y la nómina bien vigilada lo que sostiene todo el tinglado y que los valores añadidos del consumo no afectaran a todos por igual. Finalmente, muy adecuada resultaría una política que no eludiera responsabilidades y que no condicionara nuestro presente y futuro a asuntos ingobernables, como la evolución económica general, los precios de la energía o las cotizaciones de las monedas, sino que asumiera que hay mecanismos a nuestro alcance para aumentar los ingresos públicos.

     Esto es lo que yo entiendo, modestamente, de la propuesta para un Pacto de Comunidad en Materia Fiscal, que se presentó en las Cortes de Castilla y León el pasado día 12 de julio, suscrito por las dos organizaciones sindicales más representativas y por partidos de la izquierda. No ha tenido mucho eco, francamente, pero es recomendable su lectura también para el verano.

Publicado en La Nueva Crónica, 22 julio 2018

domingo, 15 de julio de 2018

Tormenta

     En esta época persistente en tormentas, difícil nos es a algunos esquivar la historia del vendedor de pararrayos que un día cantase el maestro Georges Brassens: “yo tuve un gran amor durante un chaparrón y sentí aquella vez tan profunda pasión que ahora el buen tiempo me da asco”. Tampoco es sencillo eludir, claro, el abrazo de la prosa de Melville, que así tituló también uno de sus cuentos menos conocidos. Son cosas del cancionero y de la literatura en general, que toman la realidad en un sentido figurado para recrearla o crear otra mucho más deleitosa que la cruda y habitual de nuestros días corrientes.

     Sin embargo, a esos días, a ese existir corriente y provinciano, entre tormenta y tormenta, llególe así mismo la tempestad de la corrupción y sorprendió su extensión tanto como la confirmación de las sospechas discretamente disimuladas. Siempre hubo un tufo alrededor con el que hemos convivido entre resignados y casi vencidos de antemano. Por ese motivo, las sonrisas que se sucedieron bajo el chaparrón nos recordaron a aquel gran amor y llegamos a desear que no escampara hasta limpiar del aire todos los aromas infectos. No sucederá tal, seguramente, parece imposible visto hasta dónde llegan ya las artes del trapicheo y el tráfico, nunca mejor dicho, de influencias groseras. Pero, como ocurre con las tormentas de verano, se refrescó el ambiente y se pudo respirar por un momento a pleno pulmón.

     Luego, ya se sabe, vinieron las excusas y los fingimientos, las invocaciones a la presunción de inocencia y la deshonra. Y vendrán después las investigaciones, eternas, y los procesos judiciales y los autos y las sentencias y los recursos a las sentencias. Se olvidará. Y los municipios recuperarán sin duda el tono de patio de vecindad que los caracteriza cotidianamente. Y habrá elecciones dentro de un año y quién sabe. Pero ya nadie nos quitará del cuerpo la sensación vivida y diremos, como Brassens, que “un día nos reunirá una gran tempestad tras la que no vendrá la calma”.

Publicado en La Nueva Crónica, 15 julio 2018

domingo, 8 de julio de 2018

Oposiciones

     Después de años de anorexia, el empleo público trata de volver a su ser y convierte así en actualidad informativa las concentraciones de aspirantes en los diversos procesos de selección. Ello vuelve a alimentar también la polémica acerca de esos métodos a causa de su idoneidad y de sus deficiencias. Todo es opinable, por supuesto, aunque dudoso sería poner en cuestión las claves imprescindibles para un resultado digamos que medianamente justo: igualdad, mérito y capacidad.

     Escuchábamos hace unos días todo tipo de sugerencias a propósito de las oposiciones en la enseñanza. Que si existe o no desequilibrio entre la experiencia y el saber; que si la antigüedad es un grado o que si la frescura lo es más todavía; que si se necesita una mejor proporción entre el conocimiento y la pedagogía; y así sucesivamente. Nada satisface del todo ni hay fórmula que sea eficaz sin contestación. Por eso, quizá, y porque estamos en tiempos de campeonatos de fútbol me vino a la memoria la propuesta imposible que hace años me hizo un compañero a propósito de estos sistemas selectivos.

     Aclaremos, para no asustar, que él mismo decía de sí que tenía tres defectos: era gallego, era biólogo y era interino. Sin entrar en la valoración de esas cualidades, tenía, a mi modo de ver, al menos otras tantas virtudes, de ahí que merezca la pena tomar en consideración su sugerencia. No era otra que hacer jugar al fútbol a todas esas levas de pretendientes porque, según él, no había otra disciplina que pudiera mostrar de forma más evidente cómo se comportan las personas en una tarea de equipo como es, presuntamente, la de enseñar. En fin, doctores y doctoras hay para valorarlo, pero debo reconocer que, contemplando el actual Mundial de Rusia, razón no le faltaba. Trasladen al aula a toda esa pléyade de jugadores, con sus peculiaridades, y concluyan cómo actuarían en el rol docente. Y a la inversa. Posiblemente parece disparatado, pero tal vez un día podríamos hacer la prueba, por lo menos de forma experimental.

Publicado en La Nueva Crónica, 8 julio 2018

domingo, 1 de julio de 2018

Viajes

     Frente a un tercio de familias españolas que no se puede permitir ni unas mínimas vacaciones, el resto, espoleado por la marabunta global, piensa, habla o prepara sus viajes veraniegos. No es fácil escapar de esta expresión de ansiedad propia de los tiempos poscontemporáneos, hasta el punto de que ese creciente movimiento de masas se ha convertido en un elemento perturbador de los ecosistemas sociales y ambientales nada despreciable. Por más que, a la vez, sea un notable motor económico, como bien sabemos por estos pagos.

     En 1950 había 25 millones de turistas en el mundo. Hoy suman 1.100 millones y se prevé que en 2030 puedan alcanzar los 1.800 millones. Así que no estamos ante la figura romántica del viajero ni ante la épica del que se lanza a la aventura, aunque algunos se lo continúen creyendo. No, el turista es precisamente la pantomima de aquellos. Y el turista de masas, casi su histrión. El turista no viaja, consume. El turista no observa, hace fotos. El turista no se mezcla, se exhibe. Y la democratización del turismo, su universalidad en suma, lo que ha hecho es convertir el relato de viajes en una tragicomedia. Al fin y al cabo, esa barahúnda humana acaba llegando siempre al mismo párking, al mismo chiringuito y a la misma tienda de productos autóctonos, diseminado todo ello en cualquier rincón del mundo como verdaderas franquicias planetarias.

     Tal es así que hasta los ayuntamientos sin tradición en la materia disputan ahora con otros más espabilados las migajas que se les caen a los peregrinos del Camino de Santiago, como si de un maná generoso se tratara. Lo han hecho hace un mes para impulsar el trazado por el Puerto del Manzanal, pero, francamente, flechas amarillas es lo que sobra por todo el mapa y por todos los senderos de España. Otra franquicia. Sin negar las cualidades de la nueva ruta ni las expectativas del viaje, ¿no se podría inventar algo nuevo? Quedarse en casa, por ejemplo, viendo en la televisión el Tour de Francia, que es mi viaje favorito.

Publicado en La Nueva Crónica, 1 julio 2018

domingo, 24 de junio de 2018

Culturas

     Con motivo de una visita que el Alcalde de León realizó hace unos días al punto de información y apoyo al peregrino del Camino de Santiago, en el barrio de Puente Castro, pudimos escuchar a Antonio Silván anunciar que próximamente abrirá sus puertas el Centro de Interpretación de las Culturas en la Iglesia de San Pedro de ese mismo barrio, que, si mal no recuerdo, se había inaugurado ya en 2011, aunque se supone que con las puertas cerradas, siendo Alcalde Francisco Fernández.

     Pero esta redundancia informativa no fue la única ni la más grave habida en esa visita. No. Al referirse a ese Centro y explicar su contenido, el actual Alcalde recalcó que las culturas a las que se refiere no son otras que “la cristiana, la judía y, por supuesto, la árabe”. De qué cultura árabe se trata, cabe preguntarse: ¿fue un lapsus o más bien un eufemismo para no nombrar directamente lo musulmán o lo islámico, tan cargados de connotaciones negativas en estos tiempos? Porque árabes, lo que se dice árabes, por aquí no hubo muchos, y sí en cambio musulmanes, cuya cultura convivió o no, en efecto, con la cristiana y con la judía en tiempos antiguos. En suma, ¿fue un desliz o un defecto de cultura general?

     No es cuestión menor, pues si, a partir de ese hecho, se nos ocurre rastrear lo que sobre el asunto recoge la web municipal, entonces el disparate es supino. Se dice en ese espacio:  Además, Silván destacó que en el próximo otoño abrirá sus puertas el nuevo museo de la Iglesia de Puente Castro, que ha contado con una inversión de 25.000 euros de la Junta de Castilla y León, como Centro de Interpretación de las culturas cristiana (Camino de Santiago), romana y judía”. Apoteósico, podría señalarse. Y mucho más aún si se tira de hemeroteca para encontrarnos con una noticia servida por Europa Press en 2011, en tiempos del Alcalde Fernández, cuando no se sabe bien qué se inauguró en ese mismo lugar, pero se calificaba como “un punto de encuentro de las culturas romana, cristiana y judía”. O sea.

Publicado en La Nueva Crónica, 24 junio 2018

domingo, 17 de junio de 2018

Correo


     Con parecida perseverancia a la que muestra la plantilla de Correos en su defensa del servicio universal postal y sus circunstancias, todavía hoy me asoma un día tras otro a todos mis buzones en busca de la correspondencia perdida. Es un rastreo inútil, evidentemente, pues hace tiempo que yo mismo, como tantos, abandoné la tinta epistolar y apenas si mi caligrafía conserva los rasgos que la definieron. Primero se me murieron los buzones físicos, que hoy sólo recogen en su seno oscuro papeles muertos con origen en bancos y superficies comerciales. Ahora, poco a poco, se me va muriendo también el buzón electrónico, superado por otros dispositivos dicen que más aptos para la comunicación. Tengo mis dudas. Cuando aterricé tiempo atrás en ese buzón frío de los ordenadores, advertí, sí, que mis palabras viajaban mucho más veloces al otro lado del hilo, pero que a la par iban menguando, encogiendo su extensión, como si el medio reclamara otro tipo de mensaje mucho más sintético. Así ocurría también con aquellas otras comunicaciones que yo recibía, que antes, en su forma manuscrita, sugerían pausa y sosiego, reflexión y estilo. Nada de esto hay ya ni en la bandeja de elementos recibidos ni en la de enviados. Y mucho menos aún en esos soportes veloces que viajan por la red y por las pantallas como seres desnudos y, por lo general, bastante mal escritos. Si el medio es el mensaje, como decía McLuhan, está claro que el triunfo de estos nuevos medios genera también otro tipo de mensajes. No estamos ya ante cartas en sentido literal, ni siquiera ante ligeras misivas ni mínimos billetes. Son géneros exánimes por razón del medio que los transmite. Pero también, me temo, por pura pereza de los emisores, que nos hemos sometido a una modernidad turbia, así en esto como en lo otro. Es decir, en casi todo. De manera que no queda otra que simpatizar con la plantilla de Correos, como si por el simple hecho de estar a su lado nos garantizásemos el hallazgo de una última carta en nuestro buzón.

    Publicado en La Nueva Crónica, 17 junio 2018