Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

martes, 21 de marzo de 2017

El disidente

     Poco menos que nada son doce años en magnitud tanguista, pero suficientes sin embargo para evaluar una porción notable de vida. De ahí que doce años en una atalaya sindical permitan observar de un modo privilegiado el ser provincial y su evolución, algo de lo cual hemos escrito en estas columnas que tienden a su fin, o a su mutación, al concluir también nuestra tarea en la primera organización sindical de la provincia.

     Y lo que sabemos hoy, habiendo transitado primero por años de bonanza y luego por los duros tiempos de las crisis, es que los males de la provincia se han agravado. Son males que vienen de lejos y que, en consecuencia, los vientos adversos no han hecho más que acentuar, sin que ninguna política haya sabido corregirlos. En muchos casos, esas mismas políticas han servido para todo lo contrario. Me estoy refiriendo fundamentalmente a tres enfermedades casi terminales: despoblación, dispersión y baja tasa de empleo. Nada hay en el horizonte que permita un mínimo optimismo acerca de su evolución futura.

     Sobre lo primero baste recordar lo que prevé el Instituto Nacional de Estadística para el año  2031, según cuyo análisis la provincia se situará en 417.802 habitantes, todavía un 12’1% menos que en la actualidad. Sobre lo segundo, ninguna ordenación del territorio anima en verdad la fusión de municipios que permita la supervivencia de los servicios que deben prestarse para que las condiciones de vida sean más dignas. Y sobre lo tercero, hace tiempo que nos hemos situado en la cola de la tasa de actividad nacional, penúltimos desde hace trimestres, de donde sólo se podrá salir con una actividad industrial que de momento no se espera.

     Una anécdota no menor ilustra el porvenir. Las respuestas a un cuestionario planteado en la Universidad de León descubren que nueve de cada diez estudiantes piensan que su futuro laboral está más allá de los límites provinciales. Por favor: hay que hacer lo posible por proteger como sea al disidente, es nuestra última esperanza.

Publicado en La Nueva Crónica, 21 marzo 2017

martes, 7 de marzo de 2017

Brechas

     Siendo verdad que existe una brecha salarial entre hombres y mujeres, sería miope pensar que ésa y sólo ésa es la brecha laboral por antonomasia. Cierto es que la ganancia media anual de las mujeres, según datos de 2014, fue de 19.744 €, mientras que la de los hombres llegó a 25.727 €. Cierto también que la pensión media de los hombres es de 1.219 euros, frente a los 767 euros de pensión media de las mujeres. Pero las brechas no se explican únicamente en términos de ingresos, que pudieran corregirse llegado el caso, sino que tal desigualdad salarial responde a factores fuertemente arraigados en nuestro modelo de mercado de trabajo y en la sociedad.

     Así, la primera gran desigualdad en relación a los hombres, que va a marcar el desarrollo profesional de las mujeres, es que la opción laboral se ha hecho de forma incompleta, ya que no alcanza a todas las mujeres, y, en paralelo, no se han alterado sustancialmente los roles de género que continúan asignando el trabajo reproductivo a ellas casi exclusivamente. Por otro lado, la sociedad no ha asumido que la conciliación de la vida laboral y familiar, y la falta de corresponsabilidad en las tareas de atención y cuidado, no son sólo problemas de las mujeres sino del conjunto de esa sociedad.

     Además, las mujeres se incorporan a un mercado de trabajo concebido, organizado y gestionado en su mayor parte por criterios masculinos, donde el trabajo reproductivo no es tenido en cuenta. Así su inclusión plena sigue estando muy condicionada por las evidentes dificultades de conciliación entre las funciones productivas y reproductivas y, sobre todo, por los estereotipos sociales sobre las limitaciones de las mujeres en cuanto a disponibilidad horaria, dedicación, asignación sexista de roles, etc.

 En fin, no son éstos unos asuntos secundarios, sino la raíz de la existencia de las brechas, que no desaparecerán en la medida en que la sociedad permanezca ciega a esas circunstancias. Mejor dicho: no circunstancias, sino auténticas sustancias.

Publicado en La Nueva Crónica, 7 marzo 2017

martes, 28 de febrero de 2017

El fin del principio

     Y el verbo de Los Ilegales se hizo carne y habitó entre nosotros: “Tiempos nuevos, tiempos salvajes”. De un modo mucho más sereno lo ha explicado aquel cantautor galáctico para quien “cualquier noche podía salir el sol”, Jaume Sisa, al referirse a su último disco: “Será el último y definitivo porque el formato está agotado; los discos ya no existen como tal, como antes los concebíamos. Han desaparecido, como muchos de los objetos y los conceptos que sostuvieron a nuestra generación. Aquel mundo se está muriendo, si es que no está muerto ya”. Es decir, algo ha muerto y algo ha nacido ya.

     Tan amigo como se declara de las fronteras, no le gustará saber al nuevo Presidente de los Estados Unidos que no existen lindes precisas para separar edades, aunque bien podríamos aventurar que su irrupción abrupta en la historia representa perfectamente el fin del principio de una supuesta Edad Poscontemporánea, acerca de la cual hemos escrito en esta tribuna desde octubre de 2012. No hay más rotunda encarnación para ilustrar estos tiempos nuevos y salvajes, a pesar de que, bien lo sabemos, algunos elementos sustanciales de esta época estén aún por definirse de una forma rotunda. El cambio climático sobre todo, al que expertos como el economista Nicholas Stern conceden todavía otros 20 años de incertidumbre, “20 años que serán críticos para el planeta”, dice.

     Y ya que citamos inevitablemente a Donald Trump, oportuno resulta así mismo confrontar el antes y el después con un catálogo de nombres que ilustran el contraste entre constructores que fueron de utopías y los que hoy se encargan del diseño de las nuevas distopías. Difícil es encontrar en nuestra edad nombres como los de Jean Monnet, Willy Brandt, Nelson Mandela, Fidel Castro, Jacques Delors…, independientemente de sus aciertos prácticos. Si acaso lo que cabe suponer es que las nuevas utopías tendrán probablemente nombre de mujer. Pero con ello, entiéndase bien, no decimos que el tiempo pasado haya sido mejor. Sería un error gravísimo y una enfermedad nostálgica. No olvidemos que el siglo XX fue también un siglo letal, “un siglo tempestuoso”, según titula su último libro el historiador Álvaro Lozano. Pero es verdad que la Contemporánea fue una edad para la creación de utopías, lo cual no parece ser el signo del presente ni el del inmediato porvenir.

     Con todo, crece también una amplia corriente de optimismo que pugna por sobresalir entre las noticias del mundo. Unos se expresan todavía con vacilación, como el periodista Lluis Bassets: “Seguro que este mundo es mejor, como son mejores nuestras vidas, pero si no sabemos gobernarlo podemos convertirlo en mucho peor e incluso retroceder a épocas anteriores y empezar a perder los mejores estándares de vida de la historia de la humanidad”. Otros son mucho más contundentes, como el filósofo Michel Serres, que habla de los tiempos actuales como “la edad dulce” y dice: “Lo mismo que hubo tres maneras de matarse –militar, religiosa y económica- lo que yo llamo la edad dulce se declina en tres maneras que tratan sobre la vida y el espíritu: médica, pacífica y digital”.

     En fin, seamos cautos en este principio del fin y en cuanto haya de suceder. Y nada mejor para tal objetivo que seguir el pensamiento genial de Umberto Eco: “…el progreso también puede significar dar dos pasos atrás, como volver a la energía eólica como alternativa al petróleo y cosas por el estilo. ¡Tendamos al futuro! ¡Atrás a todo vapor!”.
Publicado en Tam Tam Press, 28 febrero 2017

martes, 21 de febrero de 2017

Plazas

     Desde su origen, las plazas han sido lugares públicos para el encuentro, la convivencia y la participación. En ellas se han reunido ciudadanos y ciudadanas a lo largo de la historia de las ciudades para discutir, para compartir y para celebrar. También para mercadear y para ajusticiar, es cierto. Del ágora al foro, de las plazas mayores a las plazas ajardinadas, poco queda ya de cuanto fue su naturaleza y su sentido.

     Por el contrario, la tendencia urbanística actual es la de expulsar a las personas de esos espacios, convirtiéndolos en lugares desabridos, antipáticos y sin alma, tal y como bien ha explicado el sabio Juan Carlos Ponga por lo que hace a las plazas de la ciudad de León. Pero no sólo. Poco a poco, esas plazas se han transformado en simples páramos de paso, útiles solamente para desfiles, procesiones y fastos deportivos. También, cierto, para colofón de manifestaciones de todo tipo. Pero, por lo general, se han deshabitado tanto que ya ni se construyen nuevas plazas, sólo glorietas y rotondas al servicio del automóvil. Y las pocas que nos van quedando se retocan y adaptan al gusto único y exclusivo de los grandes lobbys urbanos, es decir, hosteleros, comerciantes, arquitectos y constructores.

     Es lo que ha sucedido, me parece, con la Plaza del Grano o con otros proyectos similares en esta ciudad desdichada. Un día te despiertas y te enteras por el periódico de que van a remodelar tu calle. Nadie ha preguntado por tu opinión, nadie ha solicitado tu parecer para el proyecto, nadie ha debatido nada. Se presenta como un hecho consumado y santas pascuas. Venga de donde venga la ocurrencia y salga el sol por donde salga. La ciudad ha dejado de ser un lugar común y compartido para someterse al designio de técnicos y concejales. Aunque no sólo por una falta de democracia formal. También porque hace tiempo que el movimiento vecinal, con notables excepciones, se dejó en manos de los organizadores de los festejos del barrio o de cuatro ilusos irredentos. Y así nos va.

Publicado en La Nueva Crónica, 21 febrero 2017

martes, 14 de febrero de 2017

Desenamorados

Quieren los caprichos del calendario que en el 14 de febrero se reúnan amor y muerte. Lo primero viene de lejos, al menos de las fiestas romanas dedicadas a la fertilidad, que la Iglesia Católica cristianizó por medio del supuesto mártir San Valentín. Lo segundo procede de los tiempos de Al Capone, en 1929, quien al parecer ordenó en esa fecha la matanza de la banda “North Side Gang”. Nadie celebra esto último, por supuesto, pero nadie escapa sin embargo de la celebración almibarada de lo primero. Nadie salvo Moderato Cantábile, que, para llevar la contraria y contrapesar tanto exceso ñoño, recoge del cancionero las canciones, abundantes, de desamor y propone declarar esta fecha musical como el Día de los Desenamorados.

Amplio es el repertorio, a pesar de que la competencia con el sentimiento contrario sea desigual. Lo decía Paul Reidy, director de marketing estratégico de la discográfica Universal Music España, “sería muy complicado encontrar un disco de larga duración en la historia del pop rock –que no sea instrumental– en el que no haya al menos una canción que, por algún lado o de alguna forma, esté inspirada por el amor, por el desamor, por la pasión, por el corazón, finalmente”. Quedémonos pues con el desamor y vayamos al grano.

Dice bien para la ocasión Rafael Sánchez Ferlosio: “No me quiere; tal vez no es Melibea… ¡Claro que es Melibea! Lo que pasa es que yo no soy Calixto”. Pues bien, ningún Calixto tan ingenuo como Tonino Carotone, cuya desesperación no le deja otra que entonar Me cago en el amor [https://www.youtube.com/watch?v=cu3K1njbYqs], y pocas Melibeas como la mejicana Paquita la del Barrio, experta en poner los corazones en su sitio, como bien demuestra en Arrástrate [https://www.youtube.com/watch?v=LD1NuVwZv3M]. Aunque no todo va a resultar tan crudo. Calixtos y Melibeas desprendidos de su papel original en el drama los hay a raudales y se expresan conforme les ha ido en la feria y de acuerdo con la intensidad del sufrimiento, que también en eso hay grados, faltaría más. Escúchese, por ejemplo, el caso de Pedro Ruy Blas solidarizándose con aquellos A los que hirió el amor [https://www.youtube.com/watch?v=Z1v7xHykg9I], más cercano a un tratado de Filosofía moral que al desgarro de vestiduras, por más que el the end no deje lugar a dudas. U obsérvese la ironía inigualable de Javier Krahe, que lleva la penitencia en el pecado y quizá por ello canta su arrepentimiento en Si lo llego a saber [https://www.youtube.com/watch?v=thBGWIDIPKU]. Puntos de vista distintos para historia y protagonistas también distintos.

No obstante, conviene acercarse a sonoridades con el denominador común del destrozo. Eso que han dado en llamar tontamente “lo latino” aparece cuajado de casos hasta convertirse en todo un paradigma del desenamoramiento cantado. No hace falta rebajarse para ello a las muestras más comerciales y manifiestamente desechables. No, hay muestras más que sobradas de alta calidad e influencias recogidas desde otras geografías. Entre las primeras, la fuente principal es el tango, que traemos aquí en la versión que Adriana Varela hace de Fuimos, original firmado en 1945 por Homero Manzi y José Dames [https://www.youtube.com/watch?v=MOPUUvNrs7s]. Y para verificar las segundas valgan a continuación un par de cantables extraordinarios: Amor se escribe con llanto a cargo de Enrique Urquijo y Los Problemas [https://www.youtube.com/watch?v=Hw4OXCIou5M] y Camas vacías según visión de Joaquín Sabina [https://www.youtube.com/watch?v=W22jnWJp0GA].

Mas no nos engañemos, el mal de amor es universal y otras latitudes y otras lenguas dan testimonio de ello y no se quedan cortos en su expresión. Parecen más dulces porque sus voces quieren serlo, pero los mensajes no son al cabo menos contundentes. Christina Rosenvinge, que era una chica pop de lo más suave, se largó un día a los Estados Unidos, se puso seria y acabo cantando cosas tan graves como German Heart [https://www.youtube.com/watch?v=_aXriEF6Z40&index=48&list=PL2B02082D18757F44]: “Desde que te has ido / parece que el teléfono / es la única cosa / que respira en esta casa. / Tu foto está en la pared / y aquí está la muñeca viviente: / la talla es perfecta, / horriblemente bonita, / descargada”. Y Carla Bruni, encasillada ella en su papel de modelo de terciopelo y primera dama de la grandeza francesa, es capaz no obstante de plantarse como la que más y hablar severamente de L’amour [https://www.youtube.com/watch?v=O_CR5IzutwQ]: “El amor… no me va. / No se trata de Saint-Laurent, / no ajusta perfectamente. / Si no encuentro mi estilo, / no es necesario probar. / Y el amor… lo dejo caer”. Aunque, para remate del señorío duro y sin contemplaciones, volvemos a la lengua castellana para encontrarnos con quien afirma No me importa nada, Luz Casal [https://www.youtube.com/watch?v=_7ApOSWoEZ4].

Bien, sin agotar el filón, recordemos que nadie ha escapado de esta temática, ningún tiempo, ningún estilo, ninguna categoría musical. Ni tan siquiera los dioses de la movida, en apariencia seres simplemente divertidos y triviales. Basten dos botones como muestra: el de Pedro Almodóvar en sus años más locos clamando su desesperación sentimental Moquito a moco [https://www.youtube.com/watch?v=Wkz4tq1Ou3U] y la supermoderna Alaska en su última reinvención, la de Fangoria, hablándonos de una más que insufrible Fiesta en el infierno [https://www.youtube.com/watch?v=I18cGxNFECk]. Lo dicho: sin escapatoria.


Y ahora sí, vayamos cerrando el baile y hagámoslo de una manera más que digna. Hasta en el desamor se debe ser digno, que ya bastante echados a perder estamos cuando nos alcanza. Nadie lo busca pero al final todos lo cantan. Con dolor pero con exquisita ternura. Es el caso de la israelí, de lengua judeoespañola, Yasmin Levy. Canción deliciosa la suya, Mi corazón [https://www.youtube.com/watch?v=S0ZpEBctOYQ]. Con ella cerramos capítulo, recordando de paso a todos los Calixtos y Melibeas las enseñanzas añoradas del sabio Manuel Vázquez Montalbán: “¿Cómo amaríamos si no hubiésemos aprendido a amar en los libros? ¿Cómo sufriríamos? Sin duda, sufriríamos menos”.

martes, 7 de febrero de 2017

No vuela

     Unos trenes vuelan y otros renquean. La desigualdad generalizada que se extiende y crece allá donde dirijamos la mirada afecta incluso al ferrocarril, a su presente y a su futuro. Y, como consecuencia, repercute así mismo sobre el ahora y el porvenir de aquellos lugares por donde atraviesan sus trazados. El signo de esta desigualdad es idéntico al que rige otros ámbitos de la vida social y económica: favorecer a las élites, humillar a los débiles.

     Lo veníamos viendo así, y padeciendo, en el caso de la línea de la antigua FEVE: una pérdida de más de la mitad de sus viajeros a causa de los eternos retrasos en su integración urbana y de su paulatino abandono. Ahora, después de que les haya ocurrido a otras localidades menores, les toca pasar el mal trago a Astorga y Sahagún, cuyas estaciones se ha pretendido convertir en simples apeaderos. No es poca cosa: dos cabeceras de comarca para las que el tren, que fue en su día señal de progreso, se puede convertir hoy casi en acta de defunción. Porque a las pérdidas sufridas en muchas otras materias se les pretende sumar de este modo un mayor aislamiento con el desprecio para sus comunicaciones. Así que tengamos muy en cuenta que para una provincia tan depauperada como la leonesa la caída de sus cabeceras comarcales será también la caída de la provincia toda.

     Es verdad que hemos reclamado un AVE en condiciones, que por otro lado no ha llegado todavía, pero a la vez demandábamos una mayor consideración con el transporte ferroviario convencional, que es el que al cabo vertebra los territorios. De tal manera que en estos tiempos en los que se habla de agendas contra la despoblación, no estaría de más que las administraciones cercanas, locales y regionales, se luciesen menos en FITUR alrededor de la alta velocidad y defendiesen con su ciudadanía el tren de los humildes. Precisamente el que vuelve a ignorar RENFE en su más reciente campaña de publicidad: “I love febrero, vuelve a enamorarte del tren”, proclaman con total alevosía.

Publicado en La Nueva Crónica, 7 febrero 2017

miércoles, 1 de febrero de 2017

Sobre los tratados de comercio

     Durante el siglo XX el comercio internacional persiguió en vano su máxima liberalización, pero sólo conquistó una sopa de letras y una serie de sucesivas rondas de negociación. Fueron los tiempos de interminables conversaciones en La Habana, Marrakech, Annecy, Torquay, Tokio, Punta del Este, Montreal, Bruselas y Doha.  Fueron así mismo los tiempos del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) y, finalmente, de la OMC (Organización Mundial del Comercio). Eso sí, con todo ese ir y venir se sentaron las bases de lo que ya en el siglo XXI es el paso decisivo hacia la ansiada liberalización en forma de siglas todavía más incomprensibles, las de los Tratados de Libre Comercio, ahora de tipo regional o bilateral: ALCA, TLCAN/NAFTA, APTA o los que se ciernen sobre nuestras cabezas TTIP (entre la Unión Europea y los Estados Unidos), CETA (entre la Unión Europea y Canadá) y TISA (internacional sobre servicios).

     El asunto viene de largo, pues, y parece mentira que ciudadanos y ciudadanas no lo conozcan mejor. O no se les permita conocerlo mejor, porque ésa es una de las claves del invento: su oscuridad. Siendo como es la actividad comercial un hecho común y corriente para toda la humanidad, cuando su regulación o desregulación se lleva a cabo a espaldas de la gente poco bueno se puede esperar de semejante proceder. Sobre todo cuando esos procedimientos opacos son de la misma naturaleza que los que hemos padecido en el campo financiero y mercantil, con resultados más que dramáticos. Y, sobre todo también, en una esfera mundializada donde, como nunca antes en la historia, un leve vaivén en Malasia, pongamos por caso, repercute ipso facto en Mayorga, también por caso, sin que apenas seamos conscientes de lo que está ocurriendo.

     En efecto, lo que se esconde tras los tres últimos tratados nombrados arriba, tal y como ha ocurrido con los anteriores ya en vigor, no es el paraíso que nos prometen sus impulsores, sus negociadores o sus comilitones. Es decir, las multinacionales en primer lugar, los gobiernos y la Comisión Europea en segundo, y los partidos políticos que se limitan a dar palmas; en el caso de España, PP, PSOE, Ciudadanos y todo el coro nacionalista. No, lo que hay detrás de ellos es la exaltación de las doctrinas neoliberales y de todas sus letanías, el adelgazamiento extremo de todo lo público, incluida la soberanía democrática de los Estados, y la rapiña elevada a su máxima expresión.

     Como ciudadanos y ciudadanas nos debe inquietar ese tono general, por supuesto, que atenta contra cuestiones tan básicas como la seguridad alimentaria, la protección medioambiental, la privacidad y la protección de datos, las garantías para los consumidores o los obstáculos para la iniciativa pública. Pero desde el punto de vista sindical la inquietud debiera ser mucho más intensa todavía, pues la repercusión que dichos tratados tendrán sobre el campo laboral no será incruenta. Pensemos que una de las bases de los mismos es compartir los estándares entre las partes firmantes que, evidentemente, no son los mismos a uno y a otro lado del Atlántico. Mientras que en los países de la Unión Europea, a pesar de las reformas laborales feroces de los últimos tiempos, existe aún un Derecho Laboral que ampara unos principios mínimos para regular las relaciones laborales, lo que hay del otro lado es directamente una selva y el predominio absoluto de las relaciones individualizadas, más que desiguales por tanto, en ese mismo ámbito. No se puede olvidar, por ejemplo, que los Estados Unidos no han suscrito numerosas directivas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y, en consecuencia, no se sienten concernidos por ellas. Ni que decir tiene cuál puede ser el estándar triunfante cuando entren en vigor los tratados. Lo que hemos conocido con las reformas laborales no será nada a su lado, es sólo la alfombra roja para las botas de una nueva agresión contra la clase trabajadora y, posiblemente, el fin del modelo social europeo.

     A principios de este año se ha producido una circunstancia curiosa sobre la que también conviene advertir, ya que los medios de comunicación, de un modo simplista, se han encargado de ponerla de relieve no con sanas intenciones. La llegada de Donald Trump a la presidencia de los EEUU y su anuncio de que no comulga con los tratados internacionales ha servido a algunos, bien para equiparar posiciones, bien para suponer que el problema se ha resuelto por sí solo. No es así. Las posiciones no son las mismas ni mucho menos. Nuestra oposición no se debe, como la suya, a motivos proteccionistas ni nacionalistas a ultranza, sino a razones de justicia y de igualdad entre pueblos y Estados, que coloquen los intereses de las personas por encima de los que rigen las cuentas de las transnacionales. Además, saben Trump y sus consejeros que no necesitan el TTIP, les basta con el CETA en la medida en que las grandes compañías norteamericanas cuentan con filiales poderosas en Canadá, que servirán de puente para sus objetivos sin que el discurso rancio del presidente estadounidense entre en contradicción. Atención pues a las simplezas, porque producen tanto daño como la oratoria del populista.

     En suma, no cabe otra que insistir en el rechazo del CETA, pendiente de que los parlamentos de los países europeos lo ratifiquen. Influir sobre nuestros representantes políticos para que se lo piensen dos veces es tarea ineludible, así en las mesas donde toque como en las calles. Y cuidado con el TISA, que está pasando de puntillas. El comercio de servicios como la banca o el transporte, ya bastante afectados por la super-crisis, está en juego con su negociación.

Publicado en Notas Sindicales 2017

sábado, 28 de enero de 2017

Entre las calles Sahagún y Santa Nonia

En memoria de Manuel Jular (León, 1939-2017)            


     La relación entre nosotros o con los nuestros carga en ocasiones con facturas pendientes, más en apariencia o figuradas que en la realidad, de tal manera que parece que siempre hay algo por saldar para que las conciencias duerman en paz. Las conciencias judeo-cristianas que nos han instalado en el sistema operativo, claro, que esa sí que es una verdadera carga.

     El caso es que la obra de Manuel Jular se nos apareció, no se sabe bien caída de qué cielo, en el local de una asociación de vecinos en la calle Sahagún de la ciudad de León. Ni el local ni la calle eran precisamente una galería de arte, pero eran tiempos de militancia y de causas, mediados los setenta, donde todo y todos coincidíamos en los lugares más pintorescos. Aquellos cuadros extraños permanecieron colgados en las paredes sin que nadie viniera ni a explicarlos ni a cuidarlos. Y allí quedaron, que yo recuerde, abandonados a su suerte, cuando fuimos desatendiendo poco a poco aquella militancia y aquella causa. A menudo me he interrogado por su destino y a menudo, a lo largo de los años, me he castigado con la culpa, judeo-cristina, de su más que posible extravío.

     También Jular parecía tener una deuda con Comisiones Obreras. Así, cuando le propusimos por primera vez para el Premio Diálogo, consideró que no era llegado el momento, pues, según él, no había existido una colaboración suya suficiente con la causa sindical, o a la inversa, para hacerle acreedor de ese galardón. Sólo cuando el Ateneo Cultural del sindicato auspició la exposición “Humor –gráfico–  en tiempos revueltos”, donde recogimos su obra gráfica de los años 60, 70 y 80, que pudo verse en el Museo de León en la primavera de 2014, juzgó que había llegado el equilibrio entre las partes y aceptó el premio. Se lo entregamos unos meses antes de esa fecha en el salón de actos de la calle Santa Nonia. A todas luces, un escenario más adecuado ya a los méritos que él había contraído y a los espacios que la causa había conquistado. Y pareció feliz en ese acto. Y pareció así mismo que todos descansábamos por fin.

Publicado en Tam Tam Press, 28 enero 2017

martes, 24 de enero de 2017

Lacra

     Costumbre se ha hecho que los cambios de año vengan acompañados por el reconocimiento de palabras que en ellos se han puesto de moda. Posverdad y populismo son las de 2016 a juicio del Diccionario Oxford y de la Fundación del Español Urgente.

     No enmendaremos la plana a tan sabias decisiones. Sin embargo, a pesar de la popularidad de la que ambos términos han gozado (y gozarán) durante los últimos meses, conviene apuntar otro nada novedoso que se ha convertido en uno de los mayores comodines del lenguaje público: lacra. Este vicio físico o moral es, al parecer, todo cuanto se puede decir acerca de cualquier afrenta que la sociedad recibe en estos tiempos, ya sea el terrorismo, ya sea la corrupción, ya sean los asesinatos machistas… Nadie encuentra, o intenta encontrar, otro modo de referirse a todo ello, de tal forma que las declaraciones sobre una u otra materia son intercambiables entre sí y fáciles de acomodar al contexto que corresponda en cada caso. En suma, se trata de no decir nada, que es lo que suele ocurrir con ese tipo de mensajes reiterativos: acaban perdiendo su significado a fuerza de ser manoseados y, lamentablemente, trasladan ese mismo vacío a aquello a lo que vienen a calificar.

     No se trata de que los personajes públicos sean doctos en el uso del lenguaje, poco se puede esperar ya de esa fuente, ni que cualquiera de nosotros escape de los tics impuestos por la comunicación simplista que rige casi toda la información publicada, pero sí sería deseable un poco más de rigor a quienes hace valoraciones en voz alta, una mínima demostración de que se está por encima de los umbrales de la enseñanza obligatoria y un mérito, lingüístico, para ganarse el sueldo como portavoces oficiales.

     De lo contrario, como tristemente ocurre, la lacra primera, aquella que marca a quien la tiene, no será otra que la pobreza expresiva, que es tanto como decir pobreza mental, cuyo mayor exponente es hoy, no por casualidad, uno de los mayores expertos en posverdad y en populismo.

Publicado en La Nueva Crónica, 24 enero 2017

martes, 17 de enero de 2017

La fuente turbia de la edad

     Como cofrades de la novela de Luis Mateo Díez, nadie escapa del mito de la eterna juventud y a ello nos entregamos con ánimo más fabulador que realista. Algunos, cierto es, con ánimo científico, y ése será sin duda uno de los motores que guíen la investigación en esta época, si es que no ha sido así ya a lo largo de las que fueron antes. Desde los mágicos elixires hasta la venta de almas al diablo. Ahora, en cambio, lo que se lleva es la ingeniería genética y el bótox.

     Si dejamos de lado la toxina botulínica, que apenas si es algo así como un maquillaje pretencioso, nadie discutirá que las mejoras sanitarias y en la investigación alejan el final de la vida, aunque, eso sí, a precios más bien caros y, por tanto, no al alcance de cualquiera. He ahí otra seña de la desigualdad que nos rige. Mas, a pesar de ello, nadie puede ignorar tampoco que la esperanza de vida en el mundo ha pasado de 48 a 71 años entre 1950 y 2015. Además, los derroteros por los que ahora derivan los científicos anuncian todavía nuevas progresiones. Sin ir más lejos, un equipo dirigido por el bioquímico Juan Carlos Izpisúa ha logrado alargar la vida de ratones reprogramando sus células mediante un mecanismo que para los legos parece casi alquímico: convertir cualquier célula adulta en célula madre. Naturalmente, es difícil saber cuándo se producirá la acrobacia desde los roedores hasta los seres humanos ni es posible aún aventurar las probabilidades de éxito en ese brinco, pero sucederá en algún momento de esta edad y al menos contribuirá a mejorar la calidad de vida de ciertos grupos de población. Nunca será un progreso universal.

     Ahora bien, lo que no resolverá la ciencia es la eterna disputa entre edades y la consideración que nos merecen, es decir, el conflicto entre los diferentes tiempos humanos y su protagonismo o su ostracismo. Así, mientras Manuel Rivas, pesimista, escribía que “se emplea con demasiada ligereza viejo como sinónimo de retrógrado o ignorante. Hay una especie de gerontofobia en el ambiente”, resulta que en los EEUU los dos últimos candidatos a la presidencia cargaban a sus espaldas con 70 años Trump y con 69 Clinton. Por no hablar del otro contendiente en las primarias demócratas, Sanders, que gozaba los 75 pero entusiasmaba a las hornadas más jóvenes. Nunca se sabe, pues. Pero lo que sí es más que evidente, en términos generales, es el valor menguante de los antaño pensionistas dorados. Se les mimó no tanto porque encarnaran respeto sino por ser una importante fuerza de consumo, para lo cual eran imprescindibles unas pensiones con cierto poder adquisitivo. Hoy, ese papel, emergidas las clases medias en lugares como China, India o Latinoamérica, es casi irrelevante. Además de difícil de sostener desde un sector público más y más cuestionado y desde unos impuestos condenados a la impopularidad más insolidaria. Sólo si ese gran grupo social es consciente de su poder y se hace valer, sobre todo alejándose de su conservadurismo tradicional, podemos esperar que sea otro gallo el que les cante.

     Y, mientras tanto, en pos de esa vida eterna, a ser posible juvenil, continuarán licuándose las fronteras que separan unas edades de otras. Para eso precisamente se eliminaron los ritos de pasaje o se les privó de su significado original para transformarlos en una razón más para el comercio. De modo que todo apunta a que la poscontemporánea será una edad mucho más infantil, muchísimo más adolescente, joven a raudales y, desde luego, de madurez disimulada. La ciencia, la tecnología y los grandes almacenes se encargarán de que así nos lo parezca.
Publicado en Tam Tam Press, 17 enero 2017