Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 18 de junio de 2017

Disfraces

     A los habituales ropajes de tuno, de papón o de cualquier birria descerebrada con la que se envuelven quienes desconectan de la soltería (y de sus propios cerebros), se une en época estival todo tipo de mascaradas que nos confirman que vivimos en tiempos de simulacro.

     Es llegar el verano y un sinfín de individuos disfrazados de lo que sea y no siempre con buen gusto se dispersa por todo el territorio: caballeros templarios, legionarios romanos, mercaderes medievales, señores y damas feudales, juglares y maestros de la cetrería, soldados napoleónicos, corsarios y vikingos, brujos y brujas, reyes y reinas (estas últimas, por lo general, suelen serlo tan solo de sus festejos)… todo ello con un barniz histórico y teatral, donde no queda claro cuál de ambas cualidades predomina. O, bien mirado, tal vez ninguna de las dos. Mientras tanto, sin plantearse nada más, los gobiernos municipales están encantados de acoger esta suerte de shows y los pregonan a los cuatro vientos para captar espectadores y consumidores, que no se disfrazan pero que resultan imprescindibles para el negocio.

     Un negocio es en suma, además de un show más bien infantil. Un parque temático sin atracciones de feria, un carnaval perpetuo sin sentido alguno las más de las veces y una presunta tradición, con excepciones honrosas, que no deja de ser un puro invento de los hosteleros del lugar, disfrazados en su caso de filántropos y benefactores de la vecindad. Todos somos muy dados al fingimiento y a la farsa; todos, especialmente en la infancia, participamos de una tendencia natural a disfrazarnos, a ser otros, a crear ficciones sin otra pretensión. Pero la institucionalización del disfraz es harina de otro costal.

     Por eso, en un mundo mentiroso como el que nos ha tocado, a nadie extraña este desenfreno de la falsedad como mera excusa para el jolgorio, que al cabo es de lo que se trata. Esa mezcla de juerga y simulación expresa bien a las claras hasta que límites llega (y supera) nuestra politoxicomanía.

Publicado en La Nueva Crónica, 18 junio 2017

domingo, 11 de junio de 2017

Lavadoras

     Mucho dicen los paisajes urbanos acerca de nuestro existir corriente. Mucho más que los discursos, que los artículos de opinión y que los decretos. Basta observar los escaparates y lo que detrás de ellos se muestra para saber cómo anda nuestro impulso vital.

     Pues bien, lo que vemos, sin gran esfuerzo ni análisis, es que abundan todavía las cristaleras vacías, habitadas solamente por letreros que reclaman su alquiler o venta, como en los momentos más agudos de una crisis que dicen que ya ha pasado. También hay menos escaparates bancarios, notablemente menos, sobre todo de aquellos que correspondían a cajas de ahorros, que han sido debidamente privatizadas o liquidadas para mayor placer del sector financiero privado. Por el contrario, hubo un momento inconcreto en que proliferaron, y ahí siguen, todo tipo de negocios dedicados a la corrección de defectos y a la pura apariencia: perfumerías y droguerías de última generación, clínicas dentales, establecimientos para la depilación y arreglo de uñas, gimnasios, etc. También, en la misma línea, los dedicados a productos presuntamente ecológicos y con apellido gourmet o vinculados a la naturaleza, mientras han decaído en la misma medida las tiendas de alimentación tradicionales. Y, naturalmente, bares, muchos bares e inventos colaterales de toda índole.

     Pero lo último, lo más reciente, lo que llama la atención sobre el momento en que vivimos son las lavanderías para el autoservicio, del tipo de las que hemos visto en películas americanas de casi toda la vida o en la más que deliciosa, aunque británica, Mi hermosa lavandería. Nunca se vieron por estos pagos aldeanos semejantes locales y ahora se multiplican sin disimulo. No dudamos de sus cualidades ni de sus beneficios, pero, del mismo modo que hubo un tiempo para el simulacro, que persiste, llegado parece el de la necesidad evidente de limpieza. Esperemos que cada cual sepa lo que debe introducirse en la lavadora. Después de las últimas dos décadas, suciedad es lo que sobra.

Publicado en La Nueva Crónica, 11 junio 2017

jueves, 8 de junio de 2017

Pradial 17

     Sabrá por la presente, admirada Jane, que de nuevo las músicas dibujan la senda por donde transitan sentimientos y recuerdos. Decía, pero no decía bien, Benjamín Prado que “todas las canciones terminan por ser tristes, por ser la banda sonora de algo que has perdido”. Al contrario, no todo cantable conduce a la fatalidad o a la melancolía.

     Sin ir más lejos, suspirando andaba quien esto escribe por la edición de su último disco, Birkin/Gainsbourg – Le symphonique, cuando inesperadamente el triángulo antiguo volvió a cobrar actualidad gracias a otro hallazgo musical. Ocurrió, fíjese, en Villablino, un lugar que poco tiene que ver ni con el glamour ni con la grandeur, y ocurrió en la actuación de un dúo local, nada que ver tampoco con las producciones y arreglos globales que le hacen a usted Nakajima o Djamel Benyelles. No. Fue en La Tintorería, otro espacio corriente sin resonancias míticas, y fue el grupo Tarna el que entonó Por aquellas cuestas, una canción tradicional que yo conocía en versión de Plaza Mayor y que por siempre está asociada a Santos. A Santos, ¿recuerda?: “Algún día dije yo que olvidarte nunca, nunca…”

     De manera que lo que en apariencia parecía, su álbum, un postrero corolario, una secuela definitiva a la zaga de otras obras anteriores con análogo repertorio, me condujo a mí por esas cuestas a la precuela, como se dice ahora, de este epistolario que he decidido abrir. Es decir, a los textos que se publicaron en el diario provincial en agosto de 1990 y en la revista que en el mismo mes de 1992 celebraba el vigésimo aniversario de aquel curioso Club Cultural y de Amigos de la Naturaleza. Tal vez los haya olvidado usted después de tantos años, de tantos dramas y leucemias. Aquel ir y venir que vivimos entonces Santos, usted y yo. Y Lucien, naturalmente. Aquellos paseos a orillas del río Tuerto y aquellas cervezas en la buhardilla ahumada. Paisajes y aromas que resucitaron de golpe en el transcurso de esta primavera, a medida que se iban sucediendo los acontecimientos musicales de los que le acabo de hablar.

     Llegado es el momento, pues, de recuperar aquella historia y arrastrarla hasta el presente, ausentes ya para siempre Santos y Lucien, tal y como ha hecho usted con el cancionero de Gainsbourg al situarlo en medio de una orquesta sinfónica. Tenemos la impresión, Jane, de que todo se agota, hasta lo más inmarcesible, pero en realidad somos nosotros, nuestra voluntad y nuestra memoria, los que tendemos a consumirnos hasta el abandono. Mas no debe ser así. Si ha sido posible todavía una nueva revisión de esa obra, una extraordinaria recreación después de la que parecía casi definitiva, la de Arabesque, eso nos indica el camino. He leído unas declaraciones suyas en tal sentido: “Siempre se me acaban ocurriendo cosas más interesantes que sentarme delante de la televisión y pasar mis días lamentándome. La inacción me parece terrible”. Así que la imito con esta carta y las que vendrán después, confiando en que la acoja con algo más que un simple asombro. Le iré contando, si me permite, de nosotros, tal y como hacíamos Santos y yo cuanto usted ni siquiera estaba y apenas si era sólo un personaje necesario para proyectarnos más allá de estos páramos nuestros. Porque, en suma, aprendimos con Valente que “hablar de la propia vida es entrar de lleno en el terreno de la ficción”.

     En fin, Jane, sin ánimo de perturbarla y con afecto. Y a la espera quedamos de que se confirme su presencia en España como parte de la gira de conciertos que ha emprendido por el mundo. Desde Palomares, en el mes de Pradial de 2017.

Publicado en Tam Tam Press, 7 junio 2017

domingo, 4 de junio de 2017

Intríngulis

     Entre la falsa posverdad y la mentira evidente se cuela el intríngulis para consumar la apariencia. De este modo, no son turbios los ojos que leen sino la letra que escribe en un diario local el siguiente titular: “El Parque Tecnológico abre su primera incubadora de emprendedores TIC. ADE, Ayuntamiento y Telefónica ponen en marcha un ‘crowdworking’ con seis start up”. A lo que podría responderse en román paladino: “¡Averígüelo Vargas!”, y quedarnos tan anchos.

     No nos conformamos ya con el eufemismo, que durante años sirvió para disfrazar la realidad y atenuar en ella su rostro más grosero. O para concederle una pátina que disimulara aquello que carecía de crédito social, como ciertas tareas. Fue así como convertimos al vendedor en agente comercial y a la azafata o azafato en auxiliar de vuelo. Y así fue también como transformamos un despido en un expediente de regulación de empleo. Pero ya no nos sirve; si acaso el truco verbal queda relegado al mundo de la política, tan dada a ese tipo de artificios. El ámbito laboral, por el contrario, condenados para siempre términos y conceptos como obrero o trabajo, ha descubierto el filón del inglés, que es, dicen, lengua de prestigio y a ella acuden con afán de simular una supuesta modernidad mal demostrada. Y si a tal deriva le sumamos una redacción pretenciosa, el resultado no es otro que el titular antes reseñado, responsabilidad exclusiva entonces de los medios de comunicación, que han decidido sumarse al desaguisado porque también a ellos les proporciona un barniz neosecular.

     Llegados a este punto, sumadas las viejas costumbres con las nuevas, solemos leer o decir, sin saber bien a qué nos referimos: oficial de cumplimiento normativo, suscriptor de riesgos, monitor de ensayos clínicos, Technical Evangelist, actuario, quant o analista cuantitativo, Compliance Officer, Document Manager, HR Business Partner, Visual Merchandiser… coronando así un intríngulis que en puridad, para estar a la última, debiéramos llamar difficulty.

Publicado en La Nueva Crónica, 4 junio 2017

domingo, 28 de mayo de 2017

Lobbys

     Cuando pensamos en un lobby, lo hacemos, de acuerdo con su definición, en un grupo de presión formado por personas con gran influencia y poder, sobre todo político o económico. Pensamos en las empresas eléctricas, en las entidades financieras, en grandes multinacionales o en industrias farmacéuticas; quizá también, aunque menos, en organizaciones de naturaleza ideológica, desde las iglesias y sus satélites hasta medios de comunicación, o en comunidades y países que influyen sobre otros, como se suele pensar de la comunidad judía o de Israel sobre los Estados Unidos. Pero rara vez se nos ocurre considerar de tal forma a la alianza de cofradías y mesoneros o a ciertas asociaciones de madres y padres, que se han revuelto y tratan de influir a beneficio de parte sobre el calendario escolar. De momento, ya la Consejería concernida ha templado gaitas y permitirá comulgar con ruedas de molino.

     Y es que ha vuelto a suscitarse por enésima vez la controversia en lo que se refiere a las vacaciones escolares previstas para el año 2018 en la llamada semana santa. Ignorantes del sentido que tienen los periodos de descanso académico, el único que debiera contemplarse si de academia hablamos, pretenden de nuevo que a toda costa ese periodo coincida con la semana de penitencia, bien para garantizar público y consumidores a sus negocios, bien para facilitar la conciliación familiar. Sus razones tienen, aunque yerran en el destinatario y en la formalidad de sus demandas. ¿Por qué no dirigirse al Vaticano o a quien proceda de la curia para que se acomoden los ritos pasionales a un calendario estable? ¿Por qué no reclamar  a administración y empresas las condiciones necesarias para la efectiva conciliación, así en esa dichosa semana como en el resto del año? ¿Por qué ha de someterse el universo ciudadano todo a las costumbres de una fe única, a la voracidad del sector hostelero o a la conveniencia de asociaciones confesionales? ¿Por qué no se piensa más en la escuela y menos en lo mundano?

Publicado en La Nueva Crónica, 28 mayo 2017

domingo, 21 de mayo de 2017

Animales

     Es suficiente una ligera ojeada al informe del Servicio de Protección de la Naturaleza (SEPRONA) correspondiente al año 2016 para darse cuenta de la animalada: más de 12.400 actuaciones en ese año contra el maltrato animal. Entre ellas, se constataron 783 infracciones penales por ese maltrato o abandono de animales domésticos.

     Quiere ello decir que, a pesar de ciertas políticas aún incipientes y de un progreso en la conciencia animalista, éste sigue siendo un país de bichos de la peor especie. Al menos 783 alimañas andan sueltas si atendemos solo a quienes se encarnizan con los más débiles, los más confiados en el ser humano que los ha integrado en su entorno cotidiano. De ellos cabe sospechar que son individuos hechos a la violencia, pues al cabo bien parece que sus comportamientos no habrán de limitarse a las mascotas. Por el contrario, será probablemente un modo de ser y de actuar. Sujetos peligrosos por tanto.

     Ahora bien, la tensión entre contrarios, tan propia de esta época, nos descubre así mismo aspectos pintorescos, como poco, en lo que al trato con los animales se refiere. No comparables evidentemente con los anteriores, pero así mismo extremados en un sentido inverso: se peca por defecto y por exceso. Es así como interpretamos señales, entre otras, que producen estupefacción. Dice un letrero que nos asalta en la calle: “Ciclo de cocina para animales”; y añade tres fechas para seleccionar: cocina para tu perro, cocina para tu gato y premios (postres) para perros y gatos.

     En fin, si a esto le añadimos el despliegue de alimentos para animales que puebla los lineales de los supermercados, con colores y reclamos tan vistosos que ganas dan de echarlos al carrito si no fuera por sus precios las más de las veces prohibitivos, descubriremos que hay otro tipo de conciencias animalistas que se nos han desbocado ligeramente o que se acercan ya al paroxismo. Porque la doctrina de lo mercantil y de las necesidades creadas pervierte también las actitudes más respetuosas.

Publicado en La Nueva Crónica, 21 mayo 2017

domingo, 14 de mayo de 2017

Fumar

     Entre las imágenes y mensajes educativos que últimamente decoran los paquetes de tabaco, uno no menor es el que advierte de que fumar aumenta el riesgo de ceguera. Aunque, dependiendo de lo fumado, convendría añadir que a tal riesgo se le suma el de sufrir alucinaciones, que es bastante más común que el primero pero igual de nocivo. Por último, entre tanta humareda, no estaría de más avisar de que el tabaco nubla la razón y lleva en numerosas ocasiones a confundir lo que se ve con lo que en realidad se quiere ver. Cosas de las drogas.

     Por ejemplo, según el último barómetro del CIS, más de un tercio de españoles y españolas no reconoce todavía en el partido gobernante el monstruo de la corrupción y continúa depositando en él su confianza. Así mismo, el Partido Socialista califica la subida de poco más de un punto en el ranking electoral como una remontada clara. Con todo, peor es aún el caso de los franceses, que castigan al Presidente Hollande dándole la Presidencia al principal responsable de las medidas económicas y laborales que hunden a aquel en el pozo de la impopularidad más absoluta. Cosas del tabaco, sin duda, ya se trate de fumadores activos o pasivos.

     A juzgar por los comportamientos políticos, este país y el mundo entero siguen siendo un espacio abonado para el vicio de fumar y para el consiguiente riesgo severo de ceguera, muy a pesar de lo que señalen las estadísticas oficiales. Lo que no está nada claro, sin embargo, es la sustancia aspirada: pitillos, brotes verdes, demagogias, té británico, muros mejicanos, griales leoneses, glifosato, opiáceos diversos, reggaetón, ballenas azules y todo un sinfín de genéricos acerca de los cuales no se pronuncian las autoridades sanitarias. Cosas del consumo, de la manipulación y de las falsas verdades que tanto bien hacen a la humanidad.

     Eso sí, nada hay peor que un fumador clásico debidamente estigmatizado, con sus ojos turbios, su ceniza a cuestas, su aroma ahumado y las diez plagas bíblicas sobre su existencia.

Publicado en La Nueva Crónica, 14 mayo 2017

domingo, 7 de mayo de 2017

Planes

     Por enésima vez, una administración recurre a una empresa privada para diseñar sus principales proyectos. Ante tal decisión, lo mínimo es formularse algunas preguntas: ¿con qué rigor se elaboraron entonces las propuestas realizadas en campaña electoral? ¿no dispone esa administración en su plantilla del personal técnico adecuado para estas tareas? ¿no hay geógrafos, economistas, ingenieros y filósofos en la universidad vecina de esa administración como para encargar al ámbito investigador público la elaboración de este trabajo? ¿a qué dedica el pensamiento en tal caso el gobierno de esa administración? ¿cuántos estudios similares se han encargado a lo largo de los últimos treinta años por parte de esa o de administraciones complementarias? ¿qué fue de ellos, que beneficios produjeron y para quién, además de para las empresas redactoras?

     En fin, esto es lo que propone el Ayuntamiento de León, un Plan Estratégico para el periodo 2018-2027, ofertado por concurso a la iniciativa privada y decorado con una referencia a la “imprescindible participación ciudadana y la implicación de los agentes económicos y sociales del municipio”. No se cita, sin embargo, qué papel juega la política en esta iniciativa que compromete, además, el gobierno de la ciudad para más de una legislatura. Da la impresión de que semejante decisión no es otra cosa en realidad que la abdicación del trabajo político propiamente dicho para ser sustituido por una labor técnica de la que aquél es subsidiario.

     Con toda seguridad, un plan de este tipo, pensado para el medio y el largo plazo, es más que necesario en esta ciudad apolillada. Lo que no parece tan claro es que el camino para su elaboración se inicie con el pago de 140.000 euros a terceros para su redacción. Tampoco lo está que hayan de ser, como se señala, el Alcalde y su Junta de Gobierno quienes velen por el proyecto. Y menos aún que se afirme que “los ayuntamientos ya no pueden ser los únicos impulsores de los planes”. ¿Impulsores o beneficiarios?

Publicado en La Nueva Crónica, 7 mayo 2017

domingo, 30 de abril de 2017

Días

     En vísperas del Día de los Trabajadores, conviene recordar que en su mayor parte fueron las Naciones Unidas quienes impulsaron esas citas, no así curiosamente la del 1 de mayo, como hitos cuya celebración puede ayudar, en palabras de Paulo Freire, al “ejercicio constante de la lectura del mundo” y contribuir a una convivencia más democrática en cuanto a diversidad, paz y derechos humanos. Indica en tal sentido la web de esa organización: “sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades para que, a través de esa sensibilización, los gobiernos y los estados actúen y tomen medidas o para que los ciudadanos así lo exijan a sus representantes".

     Hay, pues, un calendario solidario alternativo al santoral que, sin embargo, no goza de su misma popularidad y que incluso es sepultado por las conmemoraciones puramente comerciales. Nadie oculta su onomástica, que es cuestión individual y accidental sin más, y nadie deja de felicitar a madres o enamorados, a pesar de que sean simples inventos religiosos o mercantiles. Hasta el black friday tiene últimamente más presencia que muchas de las referencias que la ONU ha situado en los almanaques. Pareciera que orillamos los significados solidarios por temor a ser identificados con algunos de su sus referentes: yo no soy mujer maltratada, yo no soy obrero, yo nos soy enfermo, yo no soy especie en extinción, yo no soy racista, etc. Al negar la evidencia, rechazamos las connotaciones negativas que, desde luego, no están de moda.

     Mas no deberíamos olvidar, como señala Eduardo Galeano, que esos aniversarios alternativos "son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, pero quizá desencadenan la alegría de hacer y la traducen en retos. Al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la manera de probar que la realidad es transformable".

Publicado en La Nueva Crónica, 30 abril 2017

domingo, 23 de abril de 2017

Puentes

     Echar una ojeada al calendario, sobre todo en esta primavera desatada, es constatar una vez más la dificultad para que el tiempo pase y se produzca algún tipo de progreso, por mínimo que sea. A no ser, claro, que el objetivo sea el contrario, que nada cambie en verdad y que se perpetúen modelos caducos, pues no otro es el fin que se nos tiene diseñado.

     Entre la cansina semana santa, los puentes comuneros y los que inauguran mayo, cabe preguntarse al menos por aquella intención de actuar sobre los festivos para, decían, domesticarlos un poco en términos productivos. ¿O fue un globo sonda, como tantos otros en nuestras vidas? Lo mismo que ha ocurrido con el propósito de ajustarnos a un huso horario menos germano o de asignar a las vacaciones escolares una pauta mucho más pedagógica en sus fechas. Nada se hace en ningún sentido porque muchos y muy poderosos son los intereses, desde los religiosos a los comerciales, que tanto da.

     Con todo, lo más insoportable es la murga del turismo, ése nuevo filón económico único al que nos aferramos como bálsamo de Fierabrás para todos nuestros males. La monserga a la que se nos sometió durante la semana de pasión y gloria a través todo tipo de informativos fue digna de conmiseración. Entre la conveniencia dudosa de exaltar el sector a toda costa, la necesidad de mostrar que volvemos a ser felices por decreto y la tendencia natural a la juerga seglar o devota, difícil fue escapar a un despliegue mediático muy por encima del real.

     Tan difícil que casi nadie reparó en otra noticia terrible parida también en esos mismos momentos de esplendor: según un informa de UNICEF, España tiene una de las tasas más altas de pobreza infantil de la Unión Europea, y es el tercer país, por detrás de Rumanía y Grecia, tanto en pobreza relativa como en "anclada", que alcanza casi al 40% de niños y niñas, con un aumento de nueve puntos porcentuales entre 2008 y 2014. Naturalmente, este no es asunto ni de vacación ni de puentes, que es lo que conviene publicitar.

Publicado en La Nueva Crónica, 23 abril 2017