Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

martes, 14 de febrero de 2017

Desenamorados

Quieren los caprichos del calendario que en el 14 de febrero se reúnan amor y muerte. Lo primero viene de lejos, al menos de las fiestas romanas dedicadas a la fertilidad, que la Iglesia Católica cristianizó por medio del supuesto mártir San Valentín. Lo segundo procede de los tiempos de Al Capone, en 1929, quien al parecer ordenó en esa fecha la matanza de la banda “North Side Gang”. Nadie celebra esto último, por supuesto, pero nadie escapa sin embargo de la celebración almibarada de lo primero. Nadie salvo Moderato Cantábile, que, para llevar la contraria y contrapesar tanto exceso ñoño, recoge del cancionero las canciones, abundantes, de desamor y propone declarar esta fecha musical como el Día de los Desenamorados.

Amplio es el repertorio, a pesar de que la competencia con el sentimiento contrario sea desigual. Lo decía Paul Reidy, director de marketing estratégico de la discográfica Universal Music España, “sería muy complicado encontrar un disco de larga duración en la historia del pop rock –que no sea instrumental– en el que no haya al menos una canción que, por algún lado o de alguna forma, esté inspirada por el amor, por el desamor, por la pasión, por el corazón, finalmente”. Quedémonos pues con el desamor y vayamos al grano.

Dice bien para la ocasión Rafael Sánchez Ferlosio: “No me quiere; tal vez no es Melibea… ¡Claro que es Melibea! Lo que pasa es que yo no soy Calixto”. Pues bien, ningún Calixto tan ingenuo como Tonino Carotone, cuya desesperación no le deja otra que entonar Me cago en el amor [https://www.youtube.com/watch?v=cu3K1njbYqs], y pocas Melibeas como la mejicana Paquita la del Barrio, experta en poner los corazones en su sitio, como bien demuestra en Arrástrate [https://www.youtube.com/watch?v=LD1NuVwZv3M]. Aunque no todo va a resultar tan crudo. Calixtos y Melibeas desprendidos de su papel original en el drama los hay a raudales y se expresan conforme les ha ido en la feria y de acuerdo con la intensidad del sufrimiento, que también en eso hay grados, faltaría más. Escúchese, por ejemplo, el caso de Pedro Ruy Blas solidarizándose con aquellos A los que hirió el amor [https://www.youtube.com/watch?v=Z1v7xHykg9I], más cercano a un tratado de Filosofía moral que al desgarro de vestiduras, por más que el the end no deje lugar a dudas. U obsérvese la ironía inigualable de Javier Krahe, que lleva la penitencia en el pecado y quizá por ello canta su arrepentimiento en Si lo llego a saber [https://www.youtube.com/watch?v=thBGWIDIPKU]. Puntos de vista distintos para historia y protagonistas también distintos.

No obstante, conviene acercarse a sonoridades con el denominador común del destrozo. Eso que han dado en llamar tontamente “lo latino” aparece cuajado de casos hasta convertirse en todo un paradigma del desenamoramiento cantado. No hace falta rebajarse para ello a las muestras más comerciales y manifiestamente desechables. No, hay muestras más que sobradas de alta calidad e influencias recogidas desde otras geografías. Entre las primeras, la fuente principal es el tango, que traemos aquí en la versión que Adriana Varela hace de Fuimos, original firmado en 1945 por Homero Manzi y José Dames [https://www.youtube.com/watch?v=MOPUUvNrs7s]. Y para verificar las segundas valgan a continuación un par de cantables extraordinarios: Amor se escribe con llanto a cargo de Enrique Urquijo y Los Problemas [https://www.youtube.com/watch?v=Hw4OXCIou5M] y Camas vacías según visión de Joaquín Sabina [https://www.youtube.com/watch?v=W22jnWJp0GA].

Mas no nos engañemos, el mal de amor es universal y otras latitudes y otras lenguas dan testimonio de ello y no se quedan cortos en su expresión. Parecen más dulces porque sus voces quieren serlo, pero los mensajes no son al cabo menos contundentes. Christina Rosenvinge, que era una chica pop de lo más suave, se largó un día a los Estados Unidos, se puso seria y acabo cantando cosas tan graves como German Heart [https://www.youtube.com/watch?v=_aXriEF6Z40&index=48&list=PL2B02082D18757F44]: “Desde que te has ido / parece que el teléfono / es la única cosa / que respira en esta casa. / Tu foto está en la pared / y aquí está la muñeca viviente: / la talla es perfecta, / horriblemente bonita, / descargada”. Y Carla Bruni, encasillada ella en su papel de modelo de terciopelo y primera dama de la grandeza francesa, es capaz no obstante de plantarse como la que más y hablar severamente de L’amour [https://www.youtube.com/watch?v=O_CR5IzutwQ]: “El amor… no me va. / No se trata de Saint-Laurent, / no ajusta perfectamente. / Si no encuentro mi estilo, / no es necesario probar. / Y el amor… lo dejo caer”. Aunque, para remate del señorío duro y sin contemplaciones, volvemos a la lengua castellana para encontrarnos con quien afirma No me importa nada, Luz Casal [https://www.youtube.com/watch?v=_7ApOSWoEZ4].

Bien, sin agotar el filón, recordemos que nadie ha escapado de esta temática, ningún tiempo, ningún estilo, ninguna categoría musical. Ni tan siquiera los dioses de la movida, en apariencia seres simplemente divertidos y triviales. Basten dos botones como muestra: el de Pedro Almodóvar en sus años más locos clamando su desesperación sentimental Moquito a moco [https://www.youtube.com/watch?v=Wkz4tq1Ou3U] y la supermoderna Alaska en su última reinvención, la de Fangoria, hablándonos de una más que insufrible Fiesta en el infierno [https://www.youtube.com/watch?v=I18cGxNFECk]. Lo dicho: sin escapatoria.


Y ahora sí, vayamos cerrando el baile y hagámoslo de una manera más que digna. Hasta en el desamor se debe ser digno, que ya bastante echados a perder estamos cuando nos alcanza. Nadie lo busca pero al final todos lo cantan. Con dolor pero con exquisita ternura. Es el caso de la israelí, de lengua judeoespañola, Yasmin Levy. Canción deliciosa la suya, Mi corazón [https://www.youtube.com/watch?v=S0ZpEBctOYQ]. Con ella cerramos capítulo, recordando de paso a todos los Calixtos y Melibeas las enseñanzas añoradas del sabio Manuel Vázquez Montalbán: “¿Cómo amaríamos si no hubiésemos aprendido a amar en los libros? ¿Cómo sufriríamos? Sin duda, sufriríamos menos”.

martes, 7 de febrero de 2017

No vuela

     Unos trenes vuelan y otros renquean. La desigualdad generalizada que se extiende y crece allá donde dirijamos la mirada afecta incluso al ferrocarril, a su presente y a su futuro. Y, como consecuencia, repercute así mismo sobre el ahora y el porvenir de aquellos lugares por donde atraviesan sus trazados. El signo de esta desigualdad es idéntico al que rige otros ámbitos de la vida social y económica: favorecer a las élites, humillar a los débiles.

     Lo veníamos viendo así, y padeciendo, en el caso de la línea de la antigua FEVE: una pérdida de más de la mitad de sus viajeros a causa de los eternos retrasos en su integración urbana y de su paulatino abandono. Ahora, después de que les haya ocurrido a otras localidades menores, les toca pasar el mal trago a Astorga y Sahagún, cuyas estaciones se ha pretendido convertir en simples apeaderos. No es poca cosa: dos cabeceras de comarca para las que el tren, que fue en su día señal de progreso, se puede convertir hoy casi en acta de defunción. Porque a las pérdidas sufridas en muchas otras materias se les pretende sumar de este modo un mayor aislamiento con el desprecio para sus comunicaciones. Así que tengamos muy en cuenta que para una provincia tan depauperada como la leonesa la caída de sus cabeceras comarcales será también la caída de la provincia toda.

     Es verdad que hemos reclamado un AVE en condiciones, que por otro lado no ha llegado todavía, pero a la vez demandábamos una mayor consideración con el transporte ferroviario convencional, que es el que al cabo vertebra los territorios. De tal manera que en estos tiempos en los que se habla de agendas contra la despoblación, no estaría de más que las administraciones cercanas, locales y regionales, se luciesen menos en FITUR alrededor de la alta velocidad y defendiesen con su ciudadanía el tren de los humildes. Precisamente el que vuelve a ignorar RENFE en su más reciente campaña de publicidad: “I love febrero, vuelve a enamorarte del tren”, proclaman con total alevosía.

Publicado en La Nueva Crónica, 7 febrero 2017

miércoles, 1 de febrero de 2017

Sobre los tratados de comercio

     Durante el siglo XX el comercio internacional persiguió en vano su máxima liberalización, pero sólo conquistó una sopa de letras y una serie de sucesivas rondas de negociación. Fueron los tiempos de interminables conversaciones en La Habana, Marrakech, Annecy, Torquay, Tokio, Punta del Este, Montreal, Bruselas y Doha.  Fueron así mismo los tiempos del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) y, finalmente, de la OMC (Organización Mundial del Comercio). Eso sí, con todo ese ir y venir se sentaron las bases de lo que ya en el siglo XXI es el paso decisivo hacia la ansiada liberalización en forma de siglas todavía más incomprensibles, las de los Tratados de Libre Comercio, ahora de tipo regional o bilateral: ALCA, TLCAN/NAFTA, APTA o los que se ciernen sobre nuestras cabezas TTIP (entre la Unión Europea y los Estados Unidos), CETA (entre la Unión Europea y Canadá) y TISA (internacional sobre servicios).

     El asunto viene de largo, pues, y parece mentira que ciudadanos y ciudadanas no lo conozcan mejor. O no se les permita conocerlo mejor, porque ésa es una de las claves del invento: su oscuridad. Siendo como es la actividad comercial un hecho común y corriente para toda la humanidad, cuando su regulación o desregulación se lleva a cabo a espaldas de la gente poco bueno se puede esperar de semejante proceder. Sobre todo cuando esos procedimientos opacos son de la misma naturaleza que los que hemos padecido en el campo financiero y mercantil, con resultados más que dramáticos. Y, sobre todo también, en una esfera mundializada donde, como nunca antes en la historia, un leve vaivén en Malasia, pongamos por caso, repercute ipso facto en Mayorga, también por caso, sin que apenas seamos conscientes de lo que está ocurriendo.

     En efecto, lo que se esconde tras los tres últimos tratados nombrados arriba, tal y como ha ocurrido con los anteriores ya en vigor, no es el paraíso que nos prometen sus impulsores, sus negociadores o sus comilitones. Es decir, las multinacionales en primer lugar, los gobiernos y la Comisión Europea en segundo, y los partidos políticos que se limitan a dar palmas; en el caso de España, PP, PSOE, Ciudadanos y todo el coro nacionalista. No, lo que hay detrás de ellos es la exaltación de las doctrinas neoliberales y de todas sus letanías, el adelgazamiento extremo de todo lo público, incluida la soberanía democrática de los Estados, y la rapiña elevada a su máxima expresión.

     Como ciudadanos y ciudadanas nos debe inquietar ese tono general, por supuesto, que atenta contra cuestiones tan básicas como la seguridad alimentaria, la protección medioambiental, la privacidad y la protección de datos, las garantías para los consumidores o los obstáculos para la iniciativa pública. Pero desde el punto de vista sindical la inquietud debiera ser mucho más intensa todavía, pues la repercusión que dichos tratados tendrán sobre el campo laboral no será incruenta. Pensemos que una de las bases de los mismos es compartir los estándares entre las partes firmantes que, evidentemente, no son los mismos a uno y a otro lado del Atlántico. Mientras que en los países de la Unión Europea, a pesar de las reformas laborales feroces de los últimos tiempos, existe aún un Derecho Laboral que ampara unos principios mínimos para regular las relaciones laborales, lo que hay del otro lado es directamente una selva y el predominio absoluto de las relaciones individualizadas, más que desiguales por tanto, en ese mismo ámbito. No se puede olvidar, por ejemplo, que los Estados Unidos no han suscrito numerosas directivas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y, en consecuencia, no se sienten concernidos por ellas. Ni que decir tiene cuál puede ser el estándar triunfante cuando entren en vigor los tratados. Lo que hemos conocido con las reformas laborales no será nada a su lado, es sólo la alfombra roja para las botas de una nueva agresión contra la clase trabajadora y, posiblemente, el fin del modelo social europeo.

     A principios de este año se ha producido una circunstancia curiosa sobre la que también conviene advertir, ya que los medios de comunicación, de un modo simplista, se han encargado de ponerla de relieve no con sanas intenciones. La llegada de Donald Trump a la presidencia de los EEUU y su anuncio de que no comulga con los tratados internacionales ha servido a algunos, bien para equiparar posiciones, bien para suponer que el problema se ha resuelto por sí solo. No es así. Las posiciones no son las mismas ni mucho menos. Nuestra oposición no se debe, como la suya, a motivos proteccionistas ni nacionalistas a ultranza, sino a razones de justicia y de igualdad entre pueblos y Estados, que coloquen los intereses de las personas por encima de los que rigen las cuentas de las transnacionales. Además, saben Trump y sus consejeros que no necesitan el TTIP, les basta con el CETA en la medida en que las grandes compañías norteamericanas cuentan con filiales poderosas en Canadá, que servirán de puente para sus objetivos sin que el discurso rancio del presidente estadounidense entre en contradicción. Atención pues a las simplezas, porque producen tanto daño como la oratoria del populista.

     En suma, no cabe otra que insistir en el rechazo del CETA, pendiente de que los parlamentos de los países europeos lo ratifiquen. Influir sobre nuestros representantes políticos para que se lo piensen dos veces es tarea ineludible, así en las mesas donde toque como en las calles. Y cuidado con el TISA, que está pasando de puntillas. El comercio de servicios como la banca o el transporte, ya bastante afectados por la super-crisis, está en juego con su negociación.

Publicado en Notas Sindicales 2017

sábado, 28 de enero de 2017

Entre las calles Sahagún y Santa Nonia

En memoria de Manuel Jular (León, 1939-2017)            


     La relación entre nosotros o con los nuestros carga en ocasiones con facturas pendientes, más en apariencia o figuradas que en la realidad, de tal manera que parece que siempre hay algo por saldar para que las conciencias duerman en paz. Las conciencias judeo-cristianas que nos han instalado en el sistema operativo, claro, que esa sí que es una verdadera carga.

     El caso es que la obra de Manuel Jular se nos apareció, no se sabe bien caída de qué cielo, en el local de una asociación de vecinos en la calle Sahagún de la ciudad de León. Ni el local ni la calle eran precisamente una galería de arte, pero eran tiempos de militancia y de causas, mediados los setenta, donde todo y todos coincidíamos en los lugares más pintorescos. Aquellos cuadros extraños permanecieron colgados en las paredes sin que nadie viniera ni a explicarlos ni a cuidarlos. Y allí quedaron, que yo recuerde, abandonados a su suerte, cuando fuimos desatendiendo poco a poco aquella militancia y aquella causa. A menudo me he interrogado por su destino y a menudo, a lo largo de los años, me he castigado con la culpa, judeo-cristina, de su más que posible extravío.

     También Jular parecía tener una deuda con Comisiones Obreras. Así, cuando le propusimos por primera vez para el Premio Diálogo, consideró que no era llegado el momento, pues, según él, no había existido una colaboración suya suficiente con la causa sindical, o a la inversa, para hacerle acreedor de ese galardón. Sólo cuando el Ateneo Cultural del sindicato auspició la exposición “Humor –gráfico–  en tiempos revueltos”, donde recogimos su obra gráfica de los años 60, 70 y 80, que pudo verse en el Museo de León en la primavera de 2014, juzgó que había llegado el equilibrio entre las partes y aceptó el premio. Se lo entregamos unos meses antes de esa fecha en el salón de actos de la calle Santa Nonia. A todas luces, un escenario más adecuado ya a los méritos que él había contraído y a los espacios que la causa había conquistado. Y pareció feliz en ese acto. Y pareció así mismo que todos descansábamos por fin.

Publicado en Tam Tam Press, 28 enero 2017

martes, 24 de enero de 2017

Lacra

     Costumbre se ha hecho que los cambios de año vengan acompañados por el reconocimiento de palabras que en ellos se han puesto de moda. Posverdad y populismo son las de 2016 a juicio del Diccionario Oxford y de la Fundación del Español Urgente.

     No enmendaremos la plana a tan sabias decisiones. Sin embargo, a pesar de la popularidad de la que ambos términos han gozado (y gozarán) durante los últimos meses, conviene apuntar otro nada novedoso que se ha convertido en uno de los mayores comodines del lenguaje público: lacra. Este vicio físico o moral es, al parecer, todo cuanto se puede decir acerca de cualquier afrenta que la sociedad recibe en estos tiempos, ya sea el terrorismo, ya sea la corrupción, ya sean los asesinatos machistas… Nadie encuentra, o intenta encontrar, otro modo de referirse a todo ello, de tal forma que las declaraciones sobre una u otra materia son intercambiables entre sí y fáciles de acomodar al contexto que corresponda en cada caso. En suma, se trata de no decir nada, que es lo que suele ocurrir con ese tipo de mensajes reiterativos: acaban perdiendo su significado a fuerza de ser manoseados y, lamentablemente, trasladan ese mismo vacío a aquello a lo que vienen a calificar.

     No se trata de que los personajes públicos sean doctos en el uso del lenguaje, poco se puede esperar ya de esa fuente, ni que cualquiera de nosotros escape de los tics impuestos por la comunicación simplista que rige casi toda la información publicada, pero sí sería deseable un poco más de rigor a quienes hace valoraciones en voz alta, una mínima demostración de que se está por encima de los umbrales de la enseñanza obligatoria y un mérito, lingüístico, para ganarse el sueldo como portavoces oficiales.

     De lo contrario, como tristemente ocurre, la lacra primera, aquella que marca a quien la tiene, no será otra que la pobreza expresiva, que es tanto como decir pobreza mental, cuyo mayor exponente es hoy, no por casualidad, uno de los mayores expertos en posverdad y en populismo.

Publicado en La Nueva Crónica, 24 enero 2017

martes, 17 de enero de 2017

La fuente turbia de la edad

     Como cofrades de la novela de Luis Mateo Díez, nadie escapa del mito de la eterna juventud y a ello nos entregamos con ánimo más fabulador que realista. Algunos, cierto es, con ánimo científico, y ése será sin duda uno de los motores que guíen la investigación en esta época, si es que no ha sido así ya a lo largo de las que fueron antes. Desde los mágicos elixires hasta la venta de almas al diablo. Ahora, en cambio, lo que se lleva es la ingeniería genética y el bótox.

     Si dejamos de lado la toxina botulínica, que apenas si es algo así como un maquillaje pretencioso, nadie discutirá que las mejoras sanitarias y en la investigación alejan el final de la vida, aunque, eso sí, a precios más bien caros y, por tanto, no al alcance de cualquiera. He ahí otra seña de la desigualdad que nos rige. Mas, a pesar de ello, nadie puede ignorar tampoco que la esperanza de vida en el mundo ha pasado de 48 a 71 años entre 1950 y 2015. Además, los derroteros por los que ahora derivan los científicos anuncian todavía nuevas progresiones. Sin ir más lejos, un equipo dirigido por el bioquímico Juan Carlos Izpisúa ha logrado alargar la vida de ratones reprogramando sus células mediante un mecanismo que para los legos parece casi alquímico: convertir cualquier célula adulta en célula madre. Naturalmente, es difícil saber cuándo se producirá la acrobacia desde los roedores hasta los seres humanos ni es posible aún aventurar las probabilidades de éxito en ese brinco, pero sucederá en algún momento de esta edad y al menos contribuirá a mejorar la calidad de vida de ciertos grupos de población. Nunca será un progreso universal.

     Ahora bien, lo que no resolverá la ciencia es la eterna disputa entre edades y la consideración que nos merecen, es decir, el conflicto entre los diferentes tiempos humanos y su protagonismo o su ostracismo. Así, mientras Manuel Rivas, pesimista, escribía que “se emplea con demasiada ligereza viejo como sinónimo de retrógrado o ignorante. Hay una especie de gerontofobia en el ambiente”, resulta que en los EEUU los dos últimos candidatos a la presidencia cargaban a sus espaldas con 70 años Trump y con 69 Clinton. Por no hablar del otro contendiente en las primarias demócratas, Sanders, que gozaba los 75 pero entusiasmaba a las hornadas más jóvenes. Nunca se sabe, pues. Pero lo que sí es más que evidente, en términos generales, es el valor menguante de los antaño pensionistas dorados. Se les mimó no tanto porque encarnaran respeto sino por ser una importante fuerza de consumo, para lo cual eran imprescindibles unas pensiones con cierto poder adquisitivo. Hoy, ese papel, emergidas las clases medias en lugares como China, India o Latinoamérica, es casi irrelevante. Además de difícil de sostener desde un sector público más y más cuestionado y desde unos impuestos condenados a la impopularidad más insolidaria. Sólo si ese gran grupo social es consciente de su poder y se hace valer, sobre todo alejándose de su conservadurismo tradicional, podemos esperar que sea otro gallo el que les cante.

     Y, mientras tanto, en pos de esa vida eterna, a ser posible juvenil, continuarán licuándose las fronteras que separan unas edades de otras. Para eso precisamente se eliminaron los ritos de pasaje o se les privó de su significado original para transformarlos en una razón más para el comercio. De modo que todo apunta a que la poscontemporánea será una edad mucho más infantil, muchísimo más adolescente, joven a raudales y, desde luego, de madurez disimulada. La ciencia, la tecnología y los grandes almacenes se encargarán de que así nos lo parezca.
Publicado en Tam Tam Press, 17 enero 2017

martes, 10 de enero de 2017

Antiterrorismo

     Les contaré una historia antiterrorista. Más o menos.

     Pongamos que usted se dispone a tomar el AVE con destino en Madrid en la estación de León. No un tren plebeyo cualquiera. El AVE. En ese caso, tras el control de billetes, un operario logotizado por ADIF le indicará que se quite la ropa de abrigo y la introduzca en el visor del escáner. Ahora bien, si toma el mismo AVE en la estación de Valladolid-Campo Grande, entonces otro operario también logotizado le pedirá simplemente que se abra el abrigo y le muestra sus interiores. Finalmente, si lo que usted hace es tomar ese AVE en sentido inverso, es decir, desde la estación de Madrid-Chamartín, nadie osará desvestirle ni observar ningún interior. En ese caso, tal vez le asalte la curiosidad y se atreva usted a preguntar al personal de seguridad sobre el porqué de esta medida y sus diversos procedimientos. Le responderán que es “por lo del terrorismo” y que allí, en Chamartín, no desvisten a nadie porque hace frío en el andén.

     Pongamos que usted prefiere el ALVIA procedente de Ponferrada y con destino en Madrid. Como tampoco es un tren plebeyo, el procedimiento es idéntico en cualquiera de las tres localidades. Sin embargo, si usted toma ese mismo tren en sentido inverso desde la estación de Valladolid, puesto que la composición se estaciona en el andén número dos, no tendrá que someterse ni al escáner ni a la revisión de abrigos. Es más, no tendrá ni siquiera que mostrar su billete a nadie puesto que no habrá interventor que se lo solicite durante todo el trayecto.

     Pongamos, por último, que usted, sorprendido por tan pintorescos procederes, solicita al individuo logotizado la normativa que guía estos controles o que le hace ver, educadamente, lo absurdo de una norma que, al no ser universal, se convierte en pura pantomima. Entonces, si tal osa, sepa que acabará teniéndoselas con la policía, que habrá encontrado por fin al terrorista que andan buscando tras los abrigos. Sólo en León, claro, y nunca en trenes para plebeyos.

Publicado en La Nueva Crónica, 10 enero 2017

domingo, 1 de enero de 2017

Calendario

Casi nada es tan convencional como el calendario. Sin embargo, la actualización de los almanaques que por estas fechas llevamos a cabo nos confirma lo presos que estamos de esas y otras convenciones. Tanto que acaban señalando el rumbo de nuestras vidas. Poco importa que este 2017 al que ahora damos comienzo sea a la vez, según costumbres y geografías, el mismo año 2016 en el calendario juliano, el 5777 en el hebreo, el 1438 en el islámico, el 1395 en el persa o el 1938 en el hindú. Sea como fuere, todos habremos celebrado el tránsito de uno a otro año, habremos comido dulces y entonado canciones confiando en que siempre sea mejor lo que está por llegar.

Por eso mismo tal vez el cancionero se ha hecho eco con frecuencia de las magnitudes temporales, que al cabo son la misma medida de nuestro existir. Una ojeada desde el balcón sonoro de Moderato Cantábile nos permitirá descubrir sus esencias y levantar acta de cómo los años pasan por nosotros pero también por el canto.

“La lluvia se derrama sobre el hombre del año pasado. / Ha transcurrido una hora / y él no ha movido su mano, / pero todo sucedería si él sólo diera la palabra: / los amantes se elevarían / y las montañas tocarían el suelo. / Pero la claraboya es como la piel para un tambor que yo nunca remendaré / y toda la lluvia se desploma / sobre los trabajos del hombre del año pasado”. Así entonaba Leonard Cohen su Last year’s man  [https://www.youtube.com/watch?v=ewIbMHTz6Do], un cantable a propósito para honrarlo desde esta tribuna y para resaltar la orfandad en que hemos quedado desde su fallecimiento hace casi dos meses, una eternidad si bien se mira o si bien se escucha. Aunque, hechos los homenajes debidos, sin duda ninguna otra canción hay como Años de Pablo Milanés [https://www.youtube.com/watch?v=xqP_dyUOEvQ] para explicar y cantar el paso del tiempo con esos aires cubanos que, por razones bien distintas, aparecerán retratados con profusión en los anuarios del último año: “El tiempo pasa, / nos vamos poniendo viejos, / y el amor no lo reflejo / como ayer”.

Da la impresión de que cuando se canta sobre los años se cae inevitablemente en la melancolía. Será tal vez porque el asunto se aborda casi siempre desde la perspectiva de lo que queda atrás y no con la expectativa de lo que está por venir. Sólo escapa de ese tono enfermo la magnífica Dos años dos de la Romántica Banda Local [https://www.youtube.com/watch?v=Xj7FVOl1PcI&spfreload=5], quizá porque celebra sin empacho la existencia compartida. Lo mismo que cuando uno exalta un momento determinado, tal y como hizo Leo Ferré en sus Veinte años, recreada en español por Amancio Prada en un disco que sirvió para homenajear al francés  [https://www.youtube.com/watch?v=KxgOVxDywKw]. Por el contrario, ningún desgarro mayor que el de Lhasa de Sela con su Para el fin del mundo o el año nuevo [https://www.youtube.com/watch?v=ATLmAPjHKo0]: “Llegarás mañana / para el fin del mundo / o el año nuevo. / Mañana te mato, / mañana te libro. / Estoy adelante. Ya no. / Ya no tengo miedo. / Mañana te digo que el amor, / que el amor se ha ido”.

Tampoco una mirada de conjunto resulta alentadora cuando de relatar lo vivido se trata. Así se muestran desde el blues John Mayall y Eric Clapton cuando entonan Lonely years [https://www.youtube.com/watch?v=5iFFYjr9YJk]; así lo hace desde la balada Luz Casal o cualquier otro de los múltiples intérpretes de Un año de amor [https://www.youtube.com/watch?v=xKeieJaOi2Y]; y, en fin, así procede David Bowie desde el lado glam-galáctico en Five years [https://www.youtube.com/watch?v=sW2HwE72FMk]: “Tenemos cinco años, míralos en mis ojos. / Tenemos cinco años. Cinco años, qué sorpresa. / Tenemos cinco años, mi cerebro duele tanto. / Cinco años, es todo lo que nos queda”. En realidad, únicamente Los Piratas junto a Amaral demuestran una actitud diferente en ese tipo de crónicas cuando juntos, mientras huyen de ellos, nos explican los Años 80 [https://www.youtube.com/watch?v=uQU4umyfufg].

Finalmente, en ese muestrario de visiones contrapuestas y de existencias contrarias medidas en términos de calendario, dos canciones vienen a resumir el combate entre puntos de vista. De un lado, inevitable, Al Stewart con su Year of the cat [https://www.youtube.com/watch?v=ckthyI3UQbI], desde luego mucho más alegre en la melodía que en el texto cantado: “Sabes que algunas veces estás tentado a abandonarla, / pero ahora te vas a quedar. / En el año del gato”. Y, de otro, Claudina y Alberto Gambino, quienes en 1976 grabaron Que mal año nos pare, tan desoladora que ni huella hay de ella, y es una pena, en esa red de redes. Por algo será: “Aquí no hay pajaritos, aquí no canta nadie… / …que mal año nos pare”.

Bien, como se ve, no sirve de mucho la referencia anual en el cancionero para alegrarnos la vida, que es lo que, tontamente, toca en los principios de cada nuevo año casi como una obligación. De manera que, metidos en convencionalismos, acudamos a magnitudes menores como día, como semana o como mes y pongamos un punto final a este capítulo de un modo más animoso. Daría para mucho más pero sólo es el contrapunto a todo lo que precede.


Nadie, para estimularnos, con tanta pasión ha cantado como Lole y Manuel al Nuevo día [https://www.youtube.com/watch?v=Z6imqdDVZFQ], aunque posiblemente el mejor narrador para un Perfect day no haya sido otro que Lou Reed [https://www.youtube.com/watch?v=CH2lvbdGkfM]: “Oh, es un día perfecto. / Estoy contento por haberlo pasado contigo”. Luego, podemos servirnos de Amparanoia para hacer frente con ritmo a La semana [https://www.youtube.com/watch?v=w7gZKVF38Bc] o probar con Fortuna para que de verdad la que venga sea una Buena semana [https://www.youtube.com/watch?v=aaR2JI9nlkM]. Y, por fin, ya puestos, lanzarnos a las Rebajas de enero [https://www.youtube.com/watch?v=J2KUNTbQLAU], que es lo que canta Joaquín Sabina para ilustrar el mes que inaugura el calendario.

martes, 27 de diciembre de 2016

Mercado de trabajo

     En el crepúsculo del año se mezclan resúmenes, síntesis y demás compendios de cuanto hubo en el periodo que concluye y merece reseña. Con cierto retraso, pues las estadísticas se cocinan lentas, también nosotros podemos compartir ahora algunas conclusiones sobre salarios, prestaciones por desempleo y pensiones en las fuentes tributarias del año 2015.

     El primer dato general es la pérdida de peso de las rentas derivadas del trabajo en nuestra economía, especialmente desde la aprobación de la última reforma laboral, a causa de la pérdida de empleo y de la merma salarial.

     Sin embargo, en León se produjo el pasado año un incremento del 1’1% en el número de personas asalariadas y una subida del 0’6% del salario medio que se situó en 17.817 euros. Cabe resaltar que fue en nuestra provincia, de toda la Comunidad Autónoma, donde más creció la brecha salarial entre hombres y mujeres en esos meses. También que fue el sector de los servicios sociales el que asalarió a un mayor número de personas y que, en lo relativo a ingresos, el porcentaje mayor del total corresponde a las que cobran menos de la mitad del salario mínimo.

     Acerca de las prestaciones por desempleo, sabemos que se redujo un 9’35% la cifra de quienes las reciben en la provincia y que su cantidad media anual fue de 3.339 euros, también con notables diferencias entre hombres y mujeres.

Y conocemos que durante 2015 el número de pensionistas en la provincia fue 145.588 (frente a 170.619 asalariadas), cuyos ingresos se situaron sobre todo entre 0’5 y 1’5 del salario mínimo interprofesional.

A la vista de los datos y teniendo en cuenta que el PIB creció ese año en torno al 3%, resulta evidente, como decíamos al principio, que su repercusión en las rentas del trabajo es muy escasa y que lo hace en mayor medida en factores como el excedente bruto de explotación, donde se incluyen las rentas salariales y de profesionales autónomos. Son nuevas señales de la desigualdad creciente, así en lo cercano como en el tono general del país.

Publicado en La Nueva Crónica, 27 diciembre 2016