Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 19 de enero de 2020

Velocidad


            El día de hoy iba a ser (o será) la víspera del apocalipsis ferroviario en León. Al parecer, según se ha publicado (y desmentido, pero no se sabe bien) mañana, 20 de enero, estaba prevista la desaparición del AVE en nuestras vidas (y en la de los palentinos y en la de los vallisoletanos, no se debe ignorar) (no se sabe si para siempre jamás o para una temporada) (en ello se anda). El caso es que un nuevo y grave agravio se cierne sobre nuestras cabezas (y demás partes del cuerpo, posiblemente) al rebajar en cincuenta kilómetros por hora nuestra velocidad de crucero, ésa que nos une con dos o tres destinos (ninguno, que se sepa, en el interior de esta entidad provincial) (adonde se llega de una forma más bien parsimoniosa (si se llega) (en tren, quiero decir). Lo cual que a mí (personalmente) (no sé a ustedes) me importan un comino (en catalán) cinco minutos arriba o abajo. Agradecería, en cambio, puntualidad (la que sea, la que tenga que ser) y una mayor conectividad (como se dice ahora en los mundos informáticos) (vertiginosos ellos). Estas dos cualidades no son tan vistosas como la rapidez (menos aún en estos mismos tiempos) (bien dice el filósofo (alemán) Hartmut Rosa que “todo va tan rápido que perdemos el contacto con la vida”). Sin embargo, la certeza del viaje sería mucho más firme, incluso el viaje a ninguna parte (que son varias partes de la misma entidad provincial antes citada). Pero no se estila. (A pesar de la infraestructura amputada y de otras deficiencias, a pesar de las conexiones casi decimonónicas, a pesar de la desidia) Lo que reclamamos son los trescientos kilómetros por hora. ¡Ah! Y otras prestaciones (dicen) (escriben). Bueno, y que nos devuelvan el importe (lástima de diez minutos más, comentaba una viajera (desde Alicante), me hubiera salido gratis). Reclamar. Esto también importa (hay apuestas al respecto entre los usuarios (clientes)), mientras el tren llegue a destino. Al menos, algo así se anota y se comenta en los medios de incomunicación.

Publicado en La Nueva Crónica, 19 enero 2020

domingo, 12 de enero de 2020

Bukaneros


            Hay espectáculos que nos llevan a dudar sobre si nuestros votos sirven para elegir representantes en el Congreso o para engrosar las filas de la afición más fanática del Rayo Vallecano: los bukaneros. Aparentaba lo primero, pero en gran medida resultó lo segundo, sobre todo a la luz de lo visto y escuchado desde los graderíos, ya no bancada, de las derechas todas en la sesión de investidura. Si la Federación Española de Fútbol ha propuesto el cierre de una parte del campo de Vallecas porque esa afición ultra llamó nazi a un jugador del Albacete, cabe preguntarse  qué no debiera hacer un supuesto tribunal de las buenas costumbres con los escaños ocupados por esa manada. ¿Habría que realizar los plenos a puerta cerrada o clausurar por un tiempo la grada de la que salían los insultos y otras injurias? ¿Qué habría que hacer en ese caso con la tribuna de oradores convertida en ciertos momentos en escupidera? Y aún más: si el debate se transmitió en abierto, en horario infantil y en plenas vacaciones, ¿debería intervenir la autoridad que vela por los programas inapropiados para ese público? En fin, como bien dijo el diputado Rufián, “ir a colegios de pago no te hace más educado”.

            Pero volviendo sobre el fútbol, que es la sal de la vida, una diferencia notable entre los bukaneros y algunos de nuestros parlamentarios y parlamentarias es el gusto por la falsedad. Mientras los primeros son cafres sin más y, contra lo que puede parecer, no necesitan servirse de la mentira para sus groserías, las soflamas de los segundos no son nada sin el embuste, la hipérbole y el pus. Del mismo modo, mientras los primeros no aspiran a nada más que a ser cafres, pues de ello no depende en verdad el resultado de un partido que ellos no juegan, los segundos pretenden, sea como sea, invertir el orden electoral, es decir, el resultado del partido y llevarse la victoria a casa mediante esas burdas maniobras. Por eso los unos cumplen sus objetivos y los otros acaban convertidos en zafios peligrosos.

Publicado en La Nueva Crónica, 12 enero 2020

domingo, 5 de enero de 2020

Palabra


            Tan sobrados andamos de vocabulario que la palabra más vistosa del pasado año es la no palabra. Así lo piensa al menos la Fundación del Español Urgente y así lo han pregonado con entusiasmo los medios todos de la comunicación. Argumenta para ello la llamada Fundéu que “los emoticonos y emojis (y sus evoluciones: bitmojis, memojis, animojis…) forman parte ya de nuestra comunicación diaria y conquistan día a día nuevos espacios más allá de las conversaciones privadas en chats y aplicaciones de mensajería en los que comenzó su uso”. Y sí, tal vez sea cierto, pero también lo es que esas figuritas invasivas, a pesar de componer una forma de comunicación global, o quizá por eso mismo, no dicen nada porque no apelan a la razón sino a la emoción, de ahí su propio nombre. No hay actividad mental en ellos, sólo epidermis; no hay mensaje, sólo chasis; no hay discurso, sólo puerilidad. Triunfan, en fin, porque triunfa en general lo epidérmico, lo chatarrero y lo infantil en la sociedad de estos tiempos, que si requiere algo es sobre todo el no pensamiento, aquello que no se verbaliza o que se reduce a simples ideogramas como en mundos primitivos.

            Repasemos de todos modos el listado de palabras que han merecido ese mismo galardón en años precedentes y saquemos conclusiones de ello: microplástico, aporofobia, populismo, refugiado, selfi y escrache completan la relación. Bien miradas, lo que se observa es que la Fundéu no destaca palabras por su valor en sí mismas sino una realidad que va dibujando el nuevo mundo y que, en este caso sí, describen los laureles de la época. Podemos, pues, entender así mucho mejor el resultado del año 2019 y ponerlo en consonancia con esa orquesta léxica tan poco alentadora. Aunque ello nos debería animar también a cultivar otros espacios semánticos presididos por mejores empeños, que vengan a contrapesar todos esos significados sombríos. No es iluso pensar que es posible. Para empezar, se me ocurre proponer la palabra diálogo, pero sin simbolitos.

Publicado en La Nueva Crónica, 5 enero 2020

domingo, 29 de diciembre de 2019

Culpables


            Al día de los inocentes le siguen inevitablemente otros trescientos sesenta y cuatro días culpables y uno más en el nuevo año por nacernos bisiesto. Nada nos salva, mucho menos aún en estas culturas nuestras marcadas por el sentimiento atávico de la culpa, de cargar con una responsabilidad real o fabulada a fuerza de repetidos pecados reales o fabulados. La ficción de la inocencia fue creada de hecho por esa misma cultura para aliviar el caudal y el peso del estigma con el que fuimos condenados primero y dominados después. No nos equivoquemos: siempre hay un Herodes dispuesto a hacer justicia con los irredentos.

            Por eso mismo ayer llovieron inocentadas, porque la broma o la burla, según los grados, son precisamente la forma de lastimar sin ser inculpados. Del mismo modo que se viven las novatadas en ciertos ámbitos, a las cuales se juzga como medios para la integración en el grupo, como métodos en suma para convertirnos en gregarios de ese grupo y dejar atrás la inocencia subversiva. La generalización de estas costumbres hacen mansas a las sociedades y a los individuos, que es lo que se pretende, para que siempre aparezca alguien, un elegido, una elegida, que nos convenza de que todos somos culpables, indistintamente, de cuanto nos ocurre. ¿Hemos olvidado acaso lo que se nos decía en los tiempos más agudos de la crisis? ¿En todos los tiempos, en todas las crisis? La culpa general oscurece la infracción de quienes en verdad son los protagonistas del delito.

            Y así nada mejor que pluralizar o que echar balones fuera a favor de parte para eludir la falta o para hacerla recaer sobre el contrario sin más razonamientos. Más o menos como actúan algunos generales retirados y cuantos les hacen eco sin morderse antes la lengua. Si no obramos, si no pensamos como ellos pretenden, no tardaremos en ser tildados una vez más como culpables y ya sabemos cuál es la penitencia para esas culpas en términos castrenses. Razón por la cual no hay un acto más civilizador que la disculpa.

Publicado en La Nueva Crónica, 29 diciembre 2019

domingo, 22 de diciembre de 2019

Lluvias


            Como todo últimamente, también este otoño que nos abandona se ha situado al margen de las reglas, al menos en lo relativo a la temperatura tal y como ha confirmado la Agencia Estatal de Meteorología. Lo mismo sucederá, según sus previsiones, con el invierno que ya asoma, el cual, dicen, será más cálido de lo normal. Ese mismo otoño, sin embargo, fue generoso en humedades, demasiado seguramente para algunos, y las lluvias sostenidas han limpiado el aire de impurezas, éstas sí cada vez más habituales y profusas.

Sea como fuere, lo que estas observaciones constatan es que, como decíamos al principio, todo se excede o se comprime, nada sucede en sus términos ordinarios. Incluso las informaciones sobre esos cambios resultan demasiado insistentes, aunque no hayan tenido reflejo en el balance final de la última cumbre sobre el clima. De todos modos, también la fracasada cumbre fue singular en su duración hasta convertirse en la más larga de la historia. Otra anomalía.

            Vivimos rodeados de rarezas. Da la impresión de que la desviación es la norma en estos tiempos borrosos. Nada nos perturba más que la normalidad, nada nos produce más ansiedad que el orden, nada existe sin el exceso. Para ser hay que desviarse y para triunfar hay que negar la evidencia. Y no existe ningún otro campo como el político para confirmarlo: el desfile inacabado seguramente de gobiernos extravagantes con sus millones de forofos, el reinado de las mentiras con sus legiones de crédulos comulgantes, los disparates gratuitos con sus ecos mediáticos… son el mejor muestrario del circo en que se ha convertido la existencia, así en lo cotidiano como en lo excepcional. Nada escapa de esa ley sin ley.

            Celebremos la lluvia entonces y bañémonos en ella como quien persigue purificarse. Siempre tuvo ese significado, conviene defenderlo contra los malpensantes. Y aunque el cancionero es amplio para ese festejo, cantemos con Pablo Guerrero que tiene que llover a cántaros, porque “hay que doler de la vida hasta creer”.

Publicado en La Nueva Crónica, 22 diciembre 2019

domingo, 15 de diciembre de 2019

Inmunidad


            Todo indica que el próximo capítulo de nuestro relato kafkiano de cada día versará sobre la inmunidad y será firmado por un tribunal europeo con múltiples apostillas del público en general. La inmunidad en términos biológicos es algo bueno por sí mismo, pues se trata de la resistencia a determinadas acciones patógenas de microorganismos o sustancias extrañas.  Sin embargo, hay otra inmunidad en términos parlamentarios que consiste en una prerrogativa o privilegio que exime de ser detenido, procesado y juzgado sin autorización de la cámara a la que se pertenezca. Es, pues, una vacuna que se administra por el hecho de ser elegido. Y por otro lado, aunque no viene al caso, hay también vacunas para el personal diplomático y para la corona.

            Sin embargo, que se sepa, no se ha inventado aún un procedimiento similar que nos inmunice contra los que gozan de inmunidad. Es decir, una especie de inyección para administrar una sustancia que nos permita resistir toda esa pesadez del relato y de sus muchos meandros sin efectos secundarios. Sin metamorfosearnos en otro bicho kafkiano y sin llevarnos a pensar, si es que se piensa, en que la solución consiste en conceder inmunidad a los negacionistas del sistema, que es lo último que se les ha ocurrido a más de tres millones y medio de españoles. Y las farmacéuticas sin enterarse.

            No se trata de reclamar opio ni incienso para ignorar o para colocarse, porque eso sólo son evasivas. Al contrario, lo bueno sería mantener la conciencia para no perderse detalle del proceso o procés, según se mire, sin caer ni en la desidia ni en el aborrecimiento, sin acabar con la poca simpatía que todavía nos despierta algunos de sus protagonistas y sus historias. Una vacuna de lucidez, una especie de antibiótico de amplio espectro, como se dice ahora, que actuara sobre todo tipo de procesos, ya fuera sobre la negociación de pactos de gobierno, ya fuera sobre discursos de alcaldes, y que no agotara nuestra paciencia ni nos llevara a sentirnos tan besugos.

Publicado en La Nueva Crónica, 15 diciembre 2019

domingo, 8 de diciembre de 2019

Emergencia


            La reciente declaración de emergencia climática y medioambiental efectuada por el Parlamento Europeo no es sólo un acto administrativo o legislativo importante. Es también una conquista del lenguaje, que deja atrás por fin una etiqueta ya oxidada como era “cambio climático”. Pudo estar bien tiempo atrás y bien estuvo que se generalizara en la opinión pública, pero se ha quedado sin significado a medida que la tragedia climática se ha adueñado de la realidad. De ahí la importancia de la antedicha resolución para adecuarse al momento actual y casi futuro y a las posibilidades del diccionario.

            En el campo lingüístico se libran verdaderas batallas, de ahí la trascendencia de cuidar nuestras competencias en esa materia. Baste recordar que en la fase más aguda de las últimas crisis los palabreros repetían con insistencia que nuestros derechos eran en realidad privilegios, de  tal modo que la consecuencia inmediata –lo que en verdad se perseguía– era fracturar la sociedad entre quienes los tenían y quienes por esa razón verbal no llegaban a alcanzarlos: personas empleadas frente a desempleadas, jóvenes frente a adultos, pensionistas frente a no pensionistas… Por eso mismo, la teoría y el pensamiento son así mismo una lucha política de primer orden: no actuaremos de otra forma, no pensaremos de otra forma si no hablamos de otra forma.

            Y en eso llegó PISA nuevamente y su informe sobre nuestro dudoso nivel formativo. A pesar de que en esta edición la comprensión lectora ha quedado fuera del análisis por “anomalías” detectadas en las pruebas, los resultados poco benignos en matemáticas y en ciencias hacen pensar que tampoco el panorama del lenguaje estará para tirar cohetes. Es decir, para tener confianza en nuevos pensamientos y en nuevas acciones. Más bien, contrastado el informe con nuestro entorno general, la impresión también aquí es de auténtica emergencia. Así sucede en nuestras expresiones cotidianas, en los supuestos medios de comunicación y en los parlamentos todos.

Publicado en La Nueva Crónica, 8 diciembre 2019

domingo, 1 de diciembre de 2019

Centrifugar


            A nadie debería extrañar, después de siglos trazando líneas en un papel, que los mapas muten; del mismo modo que nadie debería inmolarse para que tal cosa suceda o no. Mis compañeros y yo, durante los años remotos del bachillerato, imaginábamos que nuestro destino nos situaría un día en la supuesta Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas, pero no fue así ni mucho menos. Tal vez porque el acrónimo repelía un tanto, tal vez porque nunca estuvo el horno para esos bollos. Lo que sí es evidente es que en poco se parecen aquellos no tan viejos mapas a los actuales y, sin embargo, aquí hemos llegado.

            Así como nuestra ilusa Unión de Repúblicas se fue al garete, también hoy conceptos vetustos como nación o estado son inexorablemente sustituidos por el de región, cantón o país (pequeño país en la mayor parte de las ocasiones). Y metidos en tales disputas, los gobernantes pugnan por hacerse notar y acaparar espacio: unos reclamando independencia, otros legislando para la recentralización, todos ignorando antiguas consignas relacionadas con la participación y la democracia convertidas en banderas deshilachadas. Durante muchos años de nuestra vida, algunos de nosotros hemos mantenido la certeza, junto a H. G. Wells, de que “nuestra verdadera nacionalidad es la humanidad”. Posiblemente, ni siquiera esto pueda sostenerse ya ante el desbarajuste. O al menos debería ser puesto en cuarentena para no hundirnos en la inopia. Tan noble ideal habrá de ser reducido a lo inmediato para no ser simplemente materia religiosa, y así, repensarlo y redefinirlo en ese otro mapa de la sencillez desde el que reinventar el paisaje.

            También es verdad que queda aún por perfilarse la articulación entre lo global y lo local –dicotomía que habrá de resolverse en algunas ocasiones, tal y como bien se advierte, incluso con violencia–, cuyo mapa, una vez salidos de la transición, dibujará un mundo radicalmente distinto que ya se intuye. No a otra pulsión responden tantas fuerzas centrífugas y sus contrarias.

Publicado en La Nueva Crónica, 1 diciembre 2019

domingo, 24 de noviembre de 2019

Memoria


            La pasada semana, desde la tribuna de invitados de las Cortes autonómicas, asistí al debate propuesto por un procurador premoderno o altomedieval, tanto da, cuyo fin era derogar el Decreto de la Memoria Histórica y Democrática de Castilla y León. Lo presentaba en forma de Proposición No de Ley, un texto que era por sí solo y sin adornos orales un insulto a los Derechos Humanos, a la dignidad de las personas y la justicia en sus términos más simples. Merece la pena leerlo para saber por donde andamos, pues no se trata ya de una pura exaltación mitinera sino de un texto formal con todos los sacramentos. Para conocer así mismo lo que piensan o no piensan más de tres millones y medio de votantes.

            Al antedicho procurador le respondieron en primer lugar otro par de procuradores directamente modernos o decimonónicos, tanto da, cuyos discursos se caracterizaron por su escaso ardor y tono paternalista. También una procuradora contemporánea o finisecular, tanto da, muy irritada, que defendió, sí, la memoria pero que en ningún momento aludió al Decreto de referencia. Hubo finalmente un procurador indefinido que se ausentó, esto es, que no procuró, tal y como le obligaba su cargo. Y un Vicepresidente que dijo la frase más rotunda y literaria de todas las intervenciones en relación al grupo político del proponente: “ustedes cabalgan sobre el odio”. Como consecuencia de todo, la Proposición fue derrotada.

            En estos tiempos poscontemporáneos, la retórica parlamentaria es interesante pasa conocer el pensamiento de quienes nos representan: el lenguaje los delata como lo hace con todos nosotros sin excepción. Escuchándolos, llegué a la conclusión de que las palabras más actuales sobre la materia eran las de un muerto, Marcos Ana, auténtico sujeto de la memoria: “Yo no pido clemencia. Yo no junto las manos temblorosas en un ruego. Arden voces de orgullo en mi palabra cuando exigen –sin llanto– que las puertas de la venganza oscura se derriben y a los hombres descuelguen de sus cruces…”.

 Publicado en La Nueva Crónica, 24 noviembre 2019

viernes, 22 de noviembre de 2019

JUAN CARLOS LORENZANA: Relatos mineros

EL AUTOR
     Zana, nacido en Ciñera de Gordón en 1964, es hijo, nieto y bisnieto, por ambas partes, de mineros. A los diecisiete años inició el curso para Ayudantes Mineros (Mineros Canteros) y al cumplir los dieciocho ingresó en la Hullera Vasco Leonesa, en el Grupo de Santa Lucía, donde pasó por las categorías de ayudante minero, ayudante barrenista, artillero y vigilante. Fue alcalde del Ayuntamiento de La Pola de Gordón, puesto desde el que siempre defendió que él era un minero que estaba de alcalde. Dimitió de este cargo al no aceptar la política contraria a la minería del carbón llevada a cabo por el partido por el que se había presentado. Relatos mineros es su primer libro editado.

EL LIBRO
      Acerca del libro, dice el propio autor: “Con estos relatos se quiere abrir, mostrar, enseñar más allá de las cuencas mineras, cómo fue que sufrimos, que luchamos, que lloramos y que reímos. Cómo fue que vivimos. Cómo se llegó al convencimiento de que juntos, y sólo juntos, podíamos soportar el vivir en zonas inhóspitas, con un clima adverso, en un trabajo duro, durísimo, que nos ha hecho pagar mucha sangre. Y, durante mucho tiempo, represaliados. Con estos relatos mineros queremos contar para desmentir, contar para desmontar toda la infamia que de nosotros se ha dicho y se ha escrito”. Por su parte, añade el escritor Julio Llamazares en el prólogo: “Literatura sin ganga, ni escoria, y con el aliciente de, por primera vez, haber sido escritos por alguien que conoció y vivió lo que cuenta desde dentro, no como quienes hemos escrito de la mina desde fuera, de oídas o imaginándola". Ala final del libro, se incluye, además, un interesante glosario sobre el argot minero.

EL TEXTO
     "Las luces de las casas, tenuamente macilentas, alumbran los ojos somnolientos de los mineros que han madrugado para ir a trabajar. La luz del alba es insuficiente. Surgen como hormigas por los soportales y como hormigas van entrando en el surco de lo cotidiano. Caminan medio adormilados buscando los cuartos de aseo. Pocas conversaciones, todas anodinas, se cruzan entre ellos. Fuman, fuman de manera continua, casi obsesivamente".