Dice mi médica que tengo hongos en la boca y me ha recetado un colutorio. Al parecer, este hongo recibe dos nombres, uno horroroso, candida albicans, y otro más poético, muguet, que coincide exactamente con el de la flor también conocida como lirio de los valles. No está muy claro si en mi caso es lo uno o lo otro. Aunque todos tengamos en la boca este tipo de organismo que a veces, curiosamente, se desboca, prefiero pensar que lo mío tiene que ver más bien con la flora que con la fauna. Me alivia pensar así y me lleva a suponer que la boca, más que un vertedero, es algo parecido a un jardín. Tonterías con las que uno se consuela.
O tal vez no sea un consuelo y haya razón en ello. Siempre he defendido que el trabajo, al que dedicamos la mayor parte de horas de nuestra existencia cotidiana, nos formatea el cerebro. Uno es mecánico y piensa y habla y vive como un mecánico. Mi médica estoy seguro de que piensa y habla y vive como una médica casi a tiempo completo. Un bombero piensa y habla y vive como un bombero. Esa traslación del estar al ser es inevitable, analizamos y sentimos la realidad conforme a nuestro trabajo que, por otro lado, nos permite socializar, sostener una vida a veces e incluso crear si nos dejan. Pero no había reparado en que el trabajo, aparte de lesiones de naturaleza laboral que pueden hasta invalidarnos, también se somatiza.
El muguet, sin entrar ahora en largas consideraciones históricas, es la flor que en Francia se luce en la solapa los primeros de mayo. Con ella desean felicidad a quien se la ofrecen. Es un portador de felicidad, dicen allí, un símbolo adoptado desde el congreso fundacional de la II Internacional Obrera, allá por 1889, que aún perdura. De modo que, para un sindicalista con décadas de ejercicio a cuestas, no puede haber mejor testimonio físico de esa trayectoria que la floración, bucal en este caso, a causa de tanta manifestación y de tantos discursos. Veremos qué nos ocurre el próximo 11 de noviembre con la huelga general.

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