Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 3 de diciembre de 2017

Objetivos

     La escritura de columnas, tribunas o artículos de opinión persigue, amén del prurito personal del firmante, tres objetivos: ofrecer un punto de vista complementario a la simple información; promover el análisis y el debate sobre aspectos relevantes de la realidad; e influir para la modificación de los asuntos que se denuncian, cuando es el caso. Presumiblemente, esos mismos son los objetivos de un medio de comunicación cuando abre su canal a la participación de terceros, bien en el formato citado, bien a través de las clásicas cartas al director (o directora). De manera que cuando esos objetivos se alcanzan, la satisfacción será general e individual.

     Nos referíamos aquí hace tres semanas a los abrigos y a la peripecia pueril a que eran sometidos en la estación ferroviaria leonesa por mor de la seguridad. Habían existido otros precedentes y seguramente también otras quejas y otros actores: artículos, desobediencias, reclamaciones… Pero quiso la casualidad, o lo que fuese, que inmediatamente después de la columna citada cambiaran los usos, se corrigieran procedimientos y nadie se ve obligado ya a penitencia alguna del tipo que aquí se criticaba. El control de acceso permanece, los escáneres hacen su función rutinaria y, como mucho, sólo es menester desabrocharse los abrigos sin más aparatosidad ni aspavientos. Triunfó la cordura, se supone. Seamos justos, pues, y felicitemos la rectificación con el mismo énfasis que concedimos aquí a la acusación.

     Y extraigamos, de paso, una moraleja necesaria de este episodio. De un lado, claro, que se pueden mejorar todos los métodos y protocolos para que la ciudadanía no padezca más de lo debido y que los temores no crezcan de un modo inútil, pues la obstinación –ese mantenella y no enmendalla tan español- es pura estupidez. Y, de otro, que la perseverancia en cuestiones aparentemente menores pero relevantes anima también verdaderas revoluciones. En lo cotidiano y en lo doméstico, que es lo que tenemos al alcance, sin más alharacas.

Publicado en La Nueva Crónica, 3 diciembre 2017

miércoles, 29 de noviembre de 2017

GONZALO FRANCO: Brevísima historia de un asesino pluscuamperfecto

EL AUTOR
     Gonzalo Franco Blanco, es Licenciado en Historia y conocido activista social en la provincia de Valladolid, donde actualmente es el Delegado Provincial de Comisiones Obreras. Así mismo, colabora como crítico cinematográfico en La Voz de Rioseco y escribe en la revista de literatura Cuadernos del Matemático. Entre otros, ha publicado los siguientes libros: “Los trece de Villanueva” y “Cuento de Navidad”. Y ha recibido premios como el Rector Salvador Vila de Granada o el primer premio en el Concurso de Literatura epistolar S.E.C, Madrid.

EL LIBRO
     “Los relatos que componen el libro parecen sugerir que la vida consiste en imaginarla, como única forma de cumplir, según afirmó Lawrence Durrel, todas sus posibilidades potenciales. En la primera parte del libro está presente el dolor de la memoria recobrada de los antepasados o de la infancia, mientras que en la segunda parte aflora el humor negro asociado a las vidas imaginarias de sociópatas cotidianos".

EL TEXTO
     "Quizá por todo esto, algunas noches, cuando me acuesto tarde, estando la casa en silencio, me arrebujo entre las sábanas y antes de que llegue el sueño siento la necesidad de agradecer... Si me preguntaran a quién o por qué... hablaría, contaría que la vida de mi abuela, la del abuelo muerto que no pude conocer, y la de los otros doce parientes y vecinos que fueron asesinados en mi pueblo, de alguna manera me justifican -quiero creer- y que esa herencia merece agradecimiento. Quiero pensarlo así. Quiero pensar, acompañando el pensamiento de tantos otros, que mientras haya un justo, o un acto de justicia, el mundo no desaparecerá".

domingo, 26 de noviembre de 2017

Globalización

     Aunque no es habitual que formen parte de nuestras lecturas de cabecera, conviene de vez en cuando dedicar un tiempo a la lectura de informes que nos ayudan a comprender el mundo para poder actuar sobre él e intentar mejorarlo. Les recomiendo la Encuesta Mundial de la CSI (Confederación Sindical Internacional) 2017, un trabajo llevado a cabo en 16 países muy diversos, donde viven 3.900 millones de personas, el 53% de la población mundial. Es fácil conseguirlo en la red.

     La principal y más simple conclusión del Informe, como señala Sharan Burrow, Secretaria General de la Confederación, es que “la globalización está en entredicho porque la mano de obra mundial pasa muchísimos apuros y la gente, sencillamente, no confía en unos gobiernos que les ofrecen más de lo mismo”. Y, aunque el análisis resulta demoledor, incluye también una vía para alcanzar el mundo seguro y próspero prometido por los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y el Acuerdo de París sobre el Clima. Haz y envés en un mismo documento de lectura casi obligatoria para saber dónde estamos y hacia dónde no debemos ir.

     Se confirma gracias a esta encuesta que la globalización falla para las personas, lo que se manifiesta en ansiedad global, crisis mundial de empleo, desesperación salarial, temor por el cambio climático y por los ciberataques y un amplio sentimiento de fracaso de los gobiernos. Como se verá, resulta fácil identificarse desde el ámbito local con esas observaciones. Como fácil es así mismo compartir las propuestas alternativas que se lanzan desde ese estudio, respaldadas con un apoyo general de la opinión pública en todos los países encuestados: un llamamiento global masivo para que se redefinan las reglas de la economía mundial. Llegada es la hora, se dice, de que se redefinan esas reglas para promover el crecimiento y una prosperidad compartida y de que los gobiernos combatan los abusos de las empresas en contra del cacareado estado de derecho. Tampoco parecerán lejanas estas recomendaciones.

Publicado en La Nueva Crónica, 26 noviembre 2017

domingo, 19 de noviembre de 2017

Manadas

     No es nada nuevo. Siempre existió una conciencia animalista. Incluso el afán domesticador, aunque fuese en principio un simple afán de supervivencia, tuvo mucho de supervivencia colaborativa. No en pie de igualdad entre especies, desde luego, pero se trató de un proceso muy alejado de la explotación intensiva, dolorosa por tanto, que ejecuta hoy el ser humano sobre animales destinados a su propia alimentación. Es más bien una forma de explotación sin medida de un recurso, tal y como ocurre con otros también naturales. Voracidad y depredación.

     En tiempos modernos, más que recientes, antes incluso de que las ideas animalistas llegarán a formalizar opciones políticas, la organización Compassion in World Farming (CIWF) contribuyó a que la legislación europea reconociera a los animales como seres que sienten. Era 1997, siete años después de que el Papa Juan Pablo II afirmara que “los animales poseen un soplo vital recibido por Dios”. Lo cual que llevamos más de veinte años tratando de fomentar el respeto hacia el otro-animal, bien sobre una base religiosa, bien sobre una base puramente humana en el mejor de los sentidos, la que atiende al sentimiento en paralelo a la razón.

     No ha sido ni es sencillo y muchas son las apelaciones a la tradición, a la necesidad o a la costumbre para continuar en la defensa de la ofensa. Sin embargo, no hay mayor afrenta a la cordura que la de aquellos que se sirven todavía de los comportamientos animales, reales o tópicos, para adoctrinar al ser humano en hábitos e ideas. Lo ha hecho la administración de Kenia al culpar al turismo gay de un encuentro sexual entre leones machos, pues, según el responsable del organismo censor, los animales han copiado “los comportamientos de parejas del mismo sexo” y por ello se encuentran poseídos por “fuerzas demoniacas”. Y lo ha hecho, mucho más cerca de nosotros, el Ministerio de Sanidad polaco al animar a los ciudadanos a reproducirse como conejos con el fin de combatir la baja natalidad. Sí, hay manadas.

Publicado en La Nueva Crónica, 19 noviembre 2017

jueves, 16 de noviembre de 2017

Brumario 17

     Bruma no es tanto el fenómeno atmosférico como la falta de claridad con que se expresan nuestros recuerdos. Así lo pienso, Jane, a medida que se suceden estas cartas que le remito, pobladas más con ecos de un pasado borroso que con la crónica de una actualidad exterior poco estimulante. Es, salvando las distancias, lo que nos enseñó el poeta José Ángel Valente: “Hablar de la propia vida es entrar de lleno en el terreno de la ficción”. Así mismo lo que escuchamos juntos, Santos y yo, en una conferencia del escritor Torrente Ballester en nuestros años de estudiantes universitarios. También la bruma me impide ser exacto, pero más o menos venía a explicar que la novela es la vida de uno mismo atravesada por la imaginación o la fantasía. Quizá por ello, quien un día recoja este epistolario y lo lea desde la distancia, temporal y emocional, pensará que hay en él más de novelesco que de real y no se equivocará. Sin embargo, usted y yo conocemos bien cuanto contiene de cierto, a pesar de las neblinas.

     Le hablo de la escritura y de nombres a ella ligados que nos alimentaron en nuestra juventud: Valente, Torrente, otros que han surgido en entregas anteriores… También, claro, Patick Modiano y Paul Verlaine. De aquel viaje bautismal a París (1981, recuerde) nos trajimos el botín de La rue des boutiques obscures y Poèmes érotiques después de pasear por librerías y buquinistas como bisoños devotos de una religión pagana. La librería Shakespeare & Company fue, por supuesto, el primer altar de nuestras oraciones, no así por comulgar con el Ulises como por santificar los mitos, que era obligación ineludible para los seminaristas de las letras. No dejábamos de ser dos aprendices del idolatrado entonces Bernard Pivot y de cuanto sabíamos (poco, muy poco en verdad) de su programa televisivo Apostrophes. Pura y simple postura la nuestra, como la de tantos otros en aquellos años.

     Leo ahora, en este periodo de mi existencia, los suplementos culturales y otras publicaciones sobre la actualidad literaria y le confieso que no llego, que la mayoría de los nombres me son ajenos y que la velocidad de títulos y reseñas devora mi afán por retener la información. Acabo desistiendo y regreso a mis lecturas habituales, como regreso al cine y a la música de siempre, todo ese velo de la historia personal que se expresa sin embargo con nitidez. Bien al contrario de lo que sucedía en aquellos años en los que éramos capaces de seguir los ritmos de las publicaciones y presumíamos de estar al día, quizá porque nuestros ritmos de lectura eran otros también y nuestros ojos no se mostraban tan turbios como en el presente. Tan sobrados andábamos que incluso nos permitíamos jugar con el porvenir y Santos y yo nos dedicábamos a aventurar quiénes de entre nuestros contemporáneos merecerían un día ser considerados clásicos. No teníamos dudas: Francisco Umbral por encima de todos.

     Embebidos andábamos por aquellos años en Mortal y rosa él y en Las ninfas yo, y en ambas ambos, casi nuestras lecturas de cabecera. Y en sus columnas periodísticas abrazadas por el título de Spleen. Sin embargo, me temo que aquel supuesto clasicismo no será tal, sobre todo si atiendo a quienes encabezan hoy la lista de lecturas requeridas en los programas doctorales de las universidades estadounidenses: Camilo José Cela y Carmen Martín Gaite. ¡Ah, Carmen Martín Gaite! ¡Ella sí! Como Torrente, nos visitó por entonces en aquella universidad expulsada del claustro urbano, con apenas una facultad y media y rodeada por campos aún sin domesticar. Se asomó a una de las ventanas del Departamento de Literatura y exclamó: “Esto sí que es un auténtico campus. ¡Tiene hasta vacas!”.

     Sí, vacas teníamos, señora, e ilusiones juveniles que nos dejaron una huella inmarcesible. Incluso, con afán de dandis, nos atrevíamos a remedar a Luis Antonio de Villena con unos guantes amarillos. Todo esto no lo vio usted, pero yo se lo cuento con idéntica devoción a la que, seguramente, empleaba Santos cuando le hablaba. En ello insistiremos, si me lo permite. Con afecto.

Publicado en Tam Tam Press, 17 noviembre 2017

domingo, 12 de noviembre de 2017

Abrigos

     Llegados los largos y severos meses de abrigo, los inconvenientes se reproducen para sus portadores, algunos de ellos verdaderamente estúpidos. Los inconvenientes, quiero decir. De entre todos ellos, uno más que pintoresco vuelve a tener por escenario la muy pintoresca estación ferroviaria de la ciudad de León.

     Ya hemos contado en otras ocasiones, pero conviene insistir ante la contumacia en el proceder, que allí, desde la llegada de la alta velocidad, se adoptaron ciertas medidas de seguridad dudosamente eficaces aunque muy aparentes y molestas. Sin llegar a las humillaciones que se viven en los aeropuertos, quienes viajan se convierten de forma automática en sospechosos y han de someterse a una norma que nadie conoce pero que se aplica de un modo inclemente. Pase que los equipajes hayan de ser revisados a través de un escáner, pase que haya que formar cola y desfilar ante los encargados de esa seguridad, privada por supuesto; pero lo que no se sostiene es que, además, sea preciso desvestirse en parte e introducir las prendas de abrigo en el mismo escáner so pretexto de ocultar en ellas armas de destrucción masiva. Como la navaja, por ejemplo, que llevo en el bolsillo del pantalón o en la liga y que no parece importar a nadie. U otras mucho más letales perfectamente disimulables. Esto parece no tener relevancia para los ingenieros del show. Y tampoco la tiene, por cierto, en otras estaciones similares, donde ese control cambio de formato a conveniencia.

     En suma, una medida de seguridad que no es universal y completa ni es medida ni es segura. Es puro teatro una vez más. De tal manera que decidí hace meses, en la anterior temporada de abrigo, interrogar a la compañía ferroviaria por estos asuntos tan impertinentes como faltos de sentido. Su departamento de atención al cliente me respondió por carta que desconocían en ese momento las razones u ordenanzas que amparaban todo esto, pero que lo iban a investigar y procederían a darme información al respecto. Hasta hoy.

Publicado en La Nueva Crónica, 12 noviembre 2017

domingo, 5 de noviembre de 2017

Estaca

     De todas las fracturas que ha producido el doble esperpento nacionalista, uno no menor es el estallido sentimental de ciertos símbolos que parecían asentados en la memoria individual y colectiva. Cuando María del Mar Bonet, el 21 de octubre en la manifestación por la liberación de “los Jordis”, entonó su canción Que volen aquesta gent?, a más de uno se nos abrieron las carnes. Algo parecido había ocurrido antes con el coro de L’estaca, la canción emblemática de Lluis Llach, convertida en comodín de una de las reivindicaciones más cínicas que se hayan conocido en las últimas décadas, lo que ha debido satisfacer bastante a ese vendedor de vinos del Priorat. Claro que el colmo de este cancionero moderno de la revolución lo ha encarnado Manolo Escobar, rancio entre los rancios, colocando en las manifestaciones de la otra orilla su hit creado para turistas bebedores de cerveza en Baleares. Ése es el estado musical del país, no muy distinto de su estado en general.

     Se dirá, por supuesto, que la izquierda divina y la eterna burguesía catalanas tienen mejor gusto con el repertorio y es verdad. Hasta los himnos nacionales de uno y otro lado resultan incomparables, a pesar de tratarse de himnos y todo lo que eso significa. Ahora bien, puesto que de himnos hablamos, el cantable de Llach lo era para varias generaciones que clamaron, sí, por la libertad y en ello se dejaron la piel, a veces literalmente. Ése era su contexto y no otro. Por esa razón, desubicado ahora, su escucha nos produce un estremecimiento doloroso, como ocurre con los sacrilegios y con las imposturas. Fue un canto común y compartido con militancia noble sin determinismos territoriales; incluso gracias a él aprendimos las primeras palabras en lengua catalana, cuyo conocimiento ampliamos gracias en gran medida a otros textos de Raimon, de Pi de la Serra, de Sisa, de Serrat, de Ovidi Montllor y de tantos otros de aquellas latitudes. Juntos forman parte de nuestro acervo cultural y son, o eran, nuestro patrimonio.

Publicado en La Nueva Crónica, 5 noviembre 2017

domingo, 29 de octubre de 2017

Ruido

     Al lado de la posverdad y de las fake-news, conceptos y procederes tan en boga, se mantiene perenne otro elemento perturbador de la comunicación al que, de tan acostumbrados,  no le prestamos prácticamente atención: el ruido. Nos enseñaron que así se denominaba a la interferencia que afecta al proceso comunicativo, desde la afonía del hablante a una letra poco clara o a la distorsión de la imagen en un vídeo, por citar algunos ejemplos. Lo novedoso de la utilización del ruido en la actualidad, lo que lo asimila con los términos arriba citados, es que en muchos casos no se trata ya de un fenómeno accidental no intencionado, sino de una actuación destinada a generar aún mayor confusión en los receptores de un mensaje.

     Sucede así que el ruido se ha hecho constante y atenta contra cualquier afán de comprensión de la realidad, hasta convertirse en el complemento ideal de las mentiras y falsedades que se nos transmiten a través de todo tipo de canales. La propia sobreinformación es el mayor de los ruidos: saturar, además de confundir, es la fórmula más adecuada para provocar la desconexión y, en consecuencia, el desentendimiento. O el alelamiento, que es también otro fin perseguido con estos mecanismos nada inocentes. De este modo, frente a la llamada sociedad de la información y del conocimiento, se alza poderosa la estrategia del alboroto y de la idiotez, que al cabo es tan definidora del mundo de hoy como aquélla.

     Así pues, conviene, para ser juiciosos y tener criterio, apartarse sí de las falacias, pero también del envoltorio estruendoso con el que son vestidas. Asistimos a sucesos históricos relevantes que van a condicionar nuestras vidas y las de generaciones futuras. Ya hemos visto en los casos del brexit o de algunas elecciones políticas la enorme capacidad de esos instrumentos para crear opinión y mover voluntades. Seamos cautos, pues, y escuchemos con reflexión. De lo contrario, nos convertiremos en una ciudadanía insensible, que en el fondo es lo que pretenden.

Publicado en La Nueva Crónica, 29 octubre 2017

domingo, 22 de octubre de 2017

Nación

     Nunca hubo una definición tan contundente del término nación como aquélla que nos inocularon en las escuelas del régimen al referirse a España: una unidad de destino en lo universal. Horas y horas de clases en Formación del Espíritu Nacional para confirmar la grandilocuencia, la megalomanía y el absolutismo con los que nos educaban. Pero a la vez simplicidad y propaganda, otros dos componentes básicos del fascismo.

     Sin embargo, no resulta tan fácil precisar este concepto hoy en día, a pesar de los alardes expresivos que nos aturden durante los últimos tiempos. De hecho, muy curioso fue leer la encuesta que el pasado 12 de octubre realizaba este diario a personalidades leonesas y de otras esferas acerca del asunto. “¿Qué es o qué significa España?” se les preguntaba y, a tenor de las respuestas, da la impresión de que las nuevas escuelas son tan simples y propagandísticas como las añejas, si bien en un sentido político distinto. Poca lucidez y mucha circunstancia se observaba en las contestaciones, lo que nos confirma la idea de que lo nacional es más bien un hecho adverbial y no sustantivo, como muchos pretenden que creamos. Más aún en estos momentos agrios. Relatos históricos, turísticos y leguleyos era lo que predominaba en el conjunto, mucho sentimentalismo decimonónico y prejuicios ideológicos. Un laberinto, en suma.

     Contribuiré a ello, si me lo permiten. Accidentalmente, nací en esta tierra, gracias a lo cual tengo un documento de identidad que me garantiza unos mínimos, cada vez más mínimos, derechos de ciudadanía, a los cuales aspiran legiones de personas desesperadas. Luego deben ser importantes. Trabajo aquí y, por tanto, aquí pago también mis impuestos para contribuir al mantenimiento de esos derechos comunes. Y hablo una lengua que va mucho más allá de estas fronteras, lo cual no me identifica sino que me expande y me mezcla con otros. Lo mismo que la cultura que la acompaña. En fin, no se me ocurre forma mejor de mostrar mi pertenencia al imperio romano.

Publicado en La Nueva Crónica, 22 octubre 2017

jueves, 19 de octubre de 2017

VIII Premios Diálogo


     Cuentan las crónicas que celebramos la octava edición de los Premios Diálogo. No es poca cosa en verdad, pues ésa es casi la misma edad que luce quien lo convoca, el Ateneo Cultural “Jesús Pereda” de CCOO de Castilla y León, uno más. Es decir, dos existencias prácticamente a la par. Creo, por tanto, que podemos estar orgullosos por el trayecto realizado, precisamente porque en cierto modo se cierra aquí una etapa y está a punto de nacer otra nueva.

         En el acto del año pasado, explicaba María Vallejo, la Presidenta en ese momento del Ateneo, que el Sindicato estaba por entonces de aniversario al cumplirse los 40 años de su legalización. Lo que no se dijo –no era pertinente, con toda seguridad– es que ese pasado año y sobre todo el presente ha sido un tiempo de congresos, un tiempo de necesaria renovación. Ha sido así, como todos ustedes conocerán ya, y es ésa la razón por la que soy yo quien hoy se dirige a este auditorio, fruto de las decisiones que nuestros compañeros y compañeras tomaron para elegir la dirección del Sindicato en esta Comunidad Autónoma. En consecuencia, resulta obligado, antes de ninguna otra consideración, reconocer públicamente el trabajo que María y su compañera Yolanda Rodríguez han llevado a cabo al frente de esta empresa desde su nacimiento. Lo mismo que el impulso político que le dio Ángel Hernández desde el seno sindical. Gracias a ellos hemos llegado hasta aquí y el reto que enfrentamos ahora es notable: estar, como poco, a su altura.

         Dicho esto, la cita de hoy es así mismo una buena oportunidad para anunciar que estamos mutando. El Ateneo desaparece como tal casi en este acto y en su lugar, sin ruptura alguna, presentaremos próximamente la Fundación Jesús Pereda de CCOO de Castilla y León, en la que aquel se integrará junto a otras áreas de trabajo. No dejamos de lado el compromiso con la cultura y sus actores, pero a su lado queremos fortalecer nuestra presencia como sindicato en los espacios de la memoria histórica interna y externa y en los de la difusión del diálogo social. Ésas serán, tal y como informaremos no tardando mucho, nuestras nuevas y ampliadas tareas. Y así sucederá que estos Premios Diálogo serán convocados en próximas ediciones por la Fundación Jesús Pereda. Porque de lo que no debemos tener duda es de que estas convocatorias tendrán continuidad. E incluso un mayor eco, si posible nos fuera.

         Si atendemos tan sólo a las disciplinas premiadas en lo que a la trayectoria individual se refiere, observaremos que los premios han reconocido quehaceres en los campos de la arqueología, de las fundaciones, del cine, de la pintura y el diseño gráfico, del muralismo y el dibujo, del periodismo y de la antropología. Son disciplinas que, unidas a las que protagonizan otras de las personas premiadas en las demás modalidades, nos identifican y explican las señas de identidad de este premio. Los premios, al fin y al cabo, son lo que son y tienen el recorrido que tienen. Pero, aparte de cualquier circunstancia que los envuelva, lo que más debe importar de ellos es su sentido pedagógico o de muestra para terceros. Sus ganadores se convierten en modelo o en referencia, como se dice ahora, pero además connotan. Esto es, sugieren o añaden un alcance indirecto. En tal sentido, tal y como comprobaremos en este acto, añadir al catálogo anterior un hueco importante para el teatro y para el folclore no es detalle menor. Las tablas del Ateneo en Ávila han visto pasar por ellas en varias ocasiones al Teatro del Barrio y numerosas son las músicas de todo tipo que han presidido o acompañado nuestra programación. Pero cierto es también que requerían un mayor énfasis y una ampliación del enfoque. Con toda sinceridad, creemos que el jurado de esta edición así ha sabido verlo y con ello nos estimula para el futuro.


         Y, como decía anteriormente, es nuestro propósito conquistar un eco para estos premios. No debemos conformarnos con esta velada ni con la repercusión mediática, mayor o menor, que haya tenido o vaya a tener. Reconocemos con ellos, sí, una trayectoria, pero hemos de hacer que ese recorrido alcance también a quienes son los destinatarios últimos de nuestro existir: el conjunto de los trabajadores y trabajadoras que hoy no están aquí presentes, por razones obvias. Por ese motivo, buscaremos fórmulas para que los premios y las personas premiadas itineren por nuestra comunidad y que podamos nutrirnos en mayor medida con cuanto sus protagonistas nos aportan. Haciendo honor a su denominación, el diálogo, es preciso que éste se establezca entre sus emisores y muchísimos más receptores.

         Algo así conseguimos en su día con la exposición “Humor gráfico en tiempos revueltos” del artista Manuel Jular, premiado en 2013. También con las colaboraciones dispersas que generosamente nos presta Manuel Sierra, premiado en 2014. Pero apenas si supimos o pudimos extender más allá de sus ámbitos habituales de trabajo a Carlos Sanz, a la Fundación Segundo y Santiago Montes, a Chema Sarmiento, a Rosa María Mateo o a Luis Díaz de Viana. Pues bien, en el marco de las mutaciones que vivimos, quede aquí expresada nuestra voluntad de corregir ese rumbo y sepan los premiados y premiadas, los de esta convocatoria y cuantos les precedieron, que pretendemos servirnos de ellos para extender también nuestro campo de actuación.

         En fin, para acabar, algo más sobre el término diálogo que da nombre a nuestros premios, una palabra que a fuerza de repetida últimamente, como tantas otras, apenas significa nada. Cuando este premio nació, la idea original fue reconocer a quienes transitan con su equipaje cultural de una a otra provincia dentro de las vastas tierras de Castilla y de León. Esa idea primera creció porque no nos era suficiente con reconocer el viaje, sino que debíamos atender sobre todo a la comunicación que se establecía entre los peregrinos y quienes los acogían. Demostrábamos con ello que, frente a posiciones turbias o interesadas, no existía mejor útil para el entendimiento entre diversos que el de la cultura. En suma, es el tránsito y la cultura los que favorecen el diálogo fecundo, lo contrario que la parálisis y la necedad. Hoy, lo comprobarán acto seguido, dialogarán y se entenderán en este escenario gentes del Bierzo, de Ciudad Rodrigo y de Valladolid, teatreros, cantantes y bebedores de gin-tonic, titiriteros todos, como nosotros mismos. Les invitamos a compartir su conversación y a extenderla.


Texto leído en la entrega de los VIII Premios Diálogo de la Fundación Jesús Pereda, Valladolid 19 octubre 2017