Blog de Ignacio Fernández

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sábado, 26 de septiembre de 2020

XI Premio Diálogo

 


Muy agradecidos estamos en la Fundación Jesús Pereda por la asistencia a este acto. No habrá sido fácil seguramente, a pesar de las emociones que nos animan. Casi nada es fácil en estos últimos tiempos. Ni siquiera ha resultado sencillo el proceso que ha seguido esta undécima convocatoria de los Premios Diálogo. En primer lugar porque hubo de retrasarse dicha convocatoria a causa del acuartelamiento que vivimos en primavera; en segundo lugar, porque no fue posible por eso mismo fallarlos y entregarlos antes del verano, como era nuestra costumbre; y en tercer lugar, porque hasta el último momento hemos dudado sobre si sería posible llevar a cabo esta ceremonia en condiciones.

 

En fin, el caso es que aquí estamos y nos felicitamos por ello y felicitamos a quienes hoy reconocemos con un galardón modesto pero que gana sonoridad y prestigio año tras año. Son esas personas y entidades que los jurados destacan las que nos conceden la sonoridad y el prestigio. A todas ellas se sumarán hoy, como veremos más adelante, nuevos nombres y nuevas acciones comprometidas con la cultura en muy diversas expresiones, que es lo que al cabo nos une.

 

Ese compromiso cultural, con acento evidentemente social, es lo que determina, edición tras edición, la senda de estos premios, algo que en este bárbaro 2020 es aún más decisivo que nunca. El año, como bien sabemos, se detuvo y nos detuvo y no están claros todavía los derroteros que vendrán. También la programación de la Fundación ha vivido en stand by durante unos meses y, de hecho, este acto nos devuelve por fin a la palestra pública tras asomarnos a la luz levemente con una de nuestras exposiciones en Zamora y en Ávila. Sin embargo, no hemos permanecido inactivos, porque no todo en nosotros es tan vistoso como lo que hoy aquí nos trae. Quiero resaltar, porque muy a cuento viene, que los meses de apartamiento los hemos empleado, entre otras cosas, en elaborar y dar a conocer el segundo estudio sobre La Cultura en Castilla y León, un trabajo del que estamos muy satisfechos, para el que en este caso hemos contado además con colaboraciones de terceras personas de gran altura, que es lo que también solemos perseguir en todo cuanto nos proponemos: complicidades.

 


Citamos ese estudio en este momento porque lo que nos ha vuelto a descubrir, si necesario fuera decirlo, es la desdichada situación general de la cultura y su necesaria reivindicación. Conste que la desdicha no deriva solo de la enfermedad, lo cual no sería, no es, poca cosa, sino que es producto sobre todo de una década perdida para los asuntos culturales así en el impulso público como en la iniciativa privada, así en el peso de la industria como tal en el conjunto como en el reconocimiento que nos merece. Lo cual contrasta –también lo sabemos– con la ebullición de propuestas y el dinamismo de los individuos que las alumbran. Lo comprobamos incluso con exceso durante los largos días de enclaustramiento, cuando las manifestaciones culturales, o pretendidamente culturales, fueron en muchas ocasiones un importante impulso vital.

 

Estos premios nuestros, como al cabo toda nuestra tarea, también ese estudio citado, son la contribución humilde de un sindicato como Comisiones Obreras a ese espacio creativo y productivo con el que siempre hemos estado vinculados. Aparte de otras consideraciones, para nosotros la cultura es trabajo, en muchos casos un trabajo que se escapa de casi todos los moldes formales, bien está que así sea, y su justa valoración y la defensa de su dignidad nos mueven ante todo. No es acción sindical lo que la Fundación Jesús Pereda lleva a cabo, hay otras estructuras para ello, pero nadie dude tampoco de cuál es nuestra identidad primera, sobre la que se levanta toda nuestra producción. También estos premios, por supuesto.

 

A ello voy para rematar esta intervención, aunque me anticipe a la lectura del acta del jurado. Había un clamor sostenido a favor de Jesús Anta en los mentideros locales que por fin se ve atendido. Como sucediera en los dos últimos años con Serafín de Tapia o Sara Tapia, en Ávila y en Burgos, lo local es lo universal, la ciudad es el mundo y la labor perseverante de las personas engrandecen a las sociedades más allá de su límite natural. Así lo entendemos. Por eso mismo resaltamos también el trabajo de difusión que llevan a cabo firmas tan discretas y rigurosas como imprescindibles en el marasmo de la información; lo hicimos con la revista digital leonesa Tam Tam Press en 2015 y lo hacemos ahora con la revista vallisoletana Átticus. Finalmente, jugando una vez más con lo local y todas sus infinitas periferias, el Ballet Contemporáneo de Burgos y el Centro Cultural El Casino de Santa Colomba de Somoza culminan, a nuestro modo de ver, la trascendencia que acciones en apariencia singulares tienen sobre el colectivo que los rodea. Así crecemos. Todos ellos recibirán su “Dialoguín”, como lo bautizaron un año atrás en la ceremonia que tuvo lugar en Burgos, esa pieza artesana debida al buen hacer de José Oré, cuya galería merece ser visitada en Castrillo de los Polvazares.

 

Todos ellos, todas ellas, como señalan las bases de este certamen, son personas que han favorecido un avance social y cultural en nuestra Comunidad Autónoma o que han superado las fronteras de la misma, abanderando los valores de la diversidad y la defensa de los derechos sociales y culturales a través de su trabajo. No otra es, modestamente, la misión y la devoción de la Fundación Jesús Pereda de Comisiones Obreras de Castilla y León.

 


Texto leído en la entrega de los XI Premios Diálogo de la Fundación Jesús Pereda, Valladolid 25 septiembre 2020

domingo, 20 de septiembre de 2020

Escuela

 

            Quienes lo vivimos y lo cantamos lo recordamos gracias a Asfalto y a Labordeta, gracias a Supertramp y a Alice Cooper, gracias a Vainica Doble y a Mamá, gracias en fin a Patxi Andion. Que la escuela y sus cuitas hayan regado casi todos los cancioneros (si exceptuamos el del reguetón, por supuesto) quiere decir que un día habrá en que se canten también las zozobras del curso recién inaugurado, único sin duda y ojalá que irrepetible.

 

            Harina de otro costal es la educación propiamente dicha, en la cual confieso que cada vez tengo menos fe. Me refiero a la educación formal, sobre la que no se canta y se escribe más bien poco, la que apenas es valorada como importante en las encuestas sobre inquietudes de la población española, la que genera sobreactuación en los parlamentos y menosprecio en los presupuestos, la que debiera conducirnos a cierto grado de igualdad y que, sin embargo, acentúa (generalizando) las distancias y la segregación, la que debiera animar nuestra capacidad crítica y nuestros valores de ciudadanía… Que se transmitan saberes es normal -¡qué menos!-. La ausencia o limitación de todo lo demás es lo anormal. De ahí mi poca fe: es problema mío.

 

            Aun con todo, hay que ir a la escuela y al instituto y a la universidad si es posible (hay que hacer que lo sea) porque no hay momentos más espléndidos en la vida que los que ahí pasamos. Es más, la vida es lo que hemos sido en la escuela, en el instituto y en la universidad, todo lo demás son ecos de aquello. Por eso mismo, lo más importante es conseguir que eso no produzca fracasos, que uno no sienta humillaciones, que nadie nos acose, que nos enseñen a cooperar, que nos sintamos plurales y diversos, que nos riamos mucho, que no haya solo balones en los recreos, que no nos metan mano, que aprendamos a ser personas libres y juiciosas. Los saberes llegarán -¡qué menos!- y, si no, para eso está internet, que es a lo que algunos quieren condenarnos a causa de la maldita enfermedad. Pero eso no es ni educación ni escuela.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 20 septiembre 2020

domingo, 13 de septiembre de 2020

Salarios

 

            A propósito de la proclamación del próximo 18 de septiembre como Día Internacional de la Igualdad Salarial, el Ministro de Asuntos Exteriores de Islandia, país encargado de presentar esta propuesta ante Naciones Unidas, hizo unas declaraciones en un sentido similar al que nosotros hemos defendido en esta columna para otras fechas también señaladas: “Días internacionales como éstos han demostrado su valor y han servido para poner de relieve cuestiones importantes entre el público en general y los gobiernos de todo el mundo, y confiamos en que este Día Internacional de la Igualdad Salarial también tenga éxito a este respecto”. Animoso demuestra ser el Ministro islandés, sobre todo si tenemos en cuenta que su idea fue respaldada en la correspondiente comisión por 30, España entre ellos, de los 193 estados miembros del organismo. Suficiente, no obstante, para su aprobación.

 

            Pensaremos quizá que bueno está el patio como para hablar de igualdad salarial cuando los titulares se nutren con el ingreso mínimo vital y los expedientes de regulación de empleo. Pensaremos tal vez, según se nos dirige, que con hablar de la maldita enfermedad tenemos bastante y en ella todas las conversaciones se cierran. Sin embargo, conviene, y mucho, hablar sobre asuntos propios de la auténtica normalidad, no sólo de esa otra nueva e inventada que sirve para resumir la vida y la muerte en un virus, como si no existiese nada ni más allá ni más acá. No reduzco la importancia de cuanto ocurre, pero convendría a nuestra salud, lo creo sinceramente, atender a otros asuntos que son también del alma y del cuerpo y que poco a poco se pretende que vayamos olvidando.

 

            Si así fuera, al menos el próximo viernes deberíamos hablar de medidas destinadas a alcanzar el trabajo decente para mujeres y hombres, así como la igualdad de remuneración por trabajo de igual valor. Es decir, deberíamos hablar de algo tan elemental como los Derechos Humanos y algo tan palpable como los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 13 septiembre 2020

miércoles, 9 de septiembre de 2020

La necesaria reconstrucción cultural


 

            En pleno primer hervor de la enfermedad, abril de 2020, el Observatorio de Cultura de la Fundación Contemporánea aportó algunos datos sobre el efecto de aquella en el mundo de la cultura. Seleccionamos tres de ellos que son más que elocuentes: (1) el sector prevé perder el 36’5% de sus ingresos en 2020 y sólo el 13% cree que recuperará en 2021 el nivel de ingresos previo; (2) el 28% del sector privado y el 16% del público están en riesgo de desaparecer si no reciben ayudas; (y 3) a partir de la crisis, un 21’9% cree que la cultura saldrá reforzada, mientras que un 30’6% cree que perderá peso.

 

            Esta descripción, probablemente parecida a la que se dibuja en otros sectores de nuestra economía, no es suficiente para conocer y valorar la verdadera situación de la cultura en Castilla y León, azotada no sólo por la enfermedad sobrevenida sino por unas políticas nada amables con el sector a lo largo de los últimos años. La cultura no recuperó ni mucho menos lo perdido a causa de la gran crisis del año 2008 y siguientes, como sí pudo ocurrir en otros ámbitos. No lo hizo ni presupuestariamente ni en peso sobre el PIB ni en valoración general. Ni siquiera en aquel aspecto que pudiera aparecer como más productivo en los cánones en que nos movemos, el del turismo cultural, donde tampoco ha merecido la atención política, social y empresarial que cabría esperar y exigir. Téngase en cuenta, a modo de ilustración dramática, que el empleo cultural creció en España un 17,31% entre 2011 y 2019 mientras que decreció un 11,5% en nuestra Comunidad durante el mismo periodo. Algo tendrá que ver al respecto el hecho de que los presupuestos en cultura de la Junta de Castilla y León hayan pasado de bastante más de 138 millones de euros en 2007 a poco más de 64 millones en 2017.

 

            Sin embargo, a pesar de todo esto y de mucho más, nadie podrá negar el papel que, curiosamente, las expresiones culturales jugaron a nuestro favor en pleno estrés del confinamiento, aportando a la cotidianidad gris un aliento de luz y de ánimo colectivo. Es decir, un impulso vital.

 

            ¿Qué cabe esperarse, pues, en un obligado proceso de reconstrucción general? Nos parece decisivo sobre todo hacer valer el auténtico peso y las cualidades especiales del sector y ése debiera ser el primer objetivo de quienes tienen a su cargo la política cultural sea el ámbito que sea. Porque, para bien o para mal, aparte del trabajo puramente informal que es mucho y notable, se trata de una actividad que se escapa de casi todos los moldes del llamado aparato productivo, lo cual no quiere decir que no contribuya a nuestra riqueza también material. De hecho, según el Anuario de Estadísticas Culturales, en el año 2018 el sector cultural aportó un 3’3% al PIB nacional, un peso similar al de agricultura, ganadería y pesca, para hacernos una mejor idea. No podemos olvidar, además, que más allá de la actividad cultural en sí, que implica mucho más personal del que podemos comprobar a simple vista en cualquier acción, la economía de la cultura nos muestra que toda actividad supone un retorno que no siempre se cuantifica. Pongamos un ejemplo: en el seminario celebrado en Valladolid en 2019 orientado a “El papel clave del patrimonio cultural en las estrategias de desarrollo rural”, el presidente de AEICE (Agrupación Empresarial Innovadora Construcción Eficiente) cifraba en 20 euros el retorno por cada euro invertido en patrimonio.

 

            Por otro lado, los estudios sobre la cultura en Castilla y León realizados por la Fundación Jesús Pereda de CCOO en los años 2018 y 2020, próximo a presentarse este último y a los cuales remitimos, señalan en sus conclusiones lo siguiente. (1) Es preciso hacer frente a las desigualdades territoriales en esta materia que no son solo una cuestión local, sino que implican también una planificación estatal. (2) Sigue siendo muy necesario que el sector privado crezca, así en número de empresas como en la dimensión de las mismas. (3) El empleo cultural no es una baratija, aunque así se le trate en muchos casos, incluso por parte de las administraciones. (4) Es preciso colocar a la cultura en las prioridades presupuestarias, pues la pertinente financiación pública es y deberá seguir siendo imprescindible. (5) El desarrollo cultural de la población y el acceso universal a la cultura son suficientes razones para generar trabajo cultural con iniciativa pública y privada. (6) Sería muy conveniente separar de los presupuestos culturales los dedicados a festejos. (y 7) Las fuentes culturales constituyen un notable atractivo para el turismo interior en España y colocan siempre a Castilla y León en una de las mejores posiciones en el conjunto del país.

 

Publicado en Cuadernos para la reconstrucción económica y social, nº 13, septiembre 2020

CES Castilla y León


domingo, 6 de septiembre de 2020

Diccionario

 

            Volviendo una vez más sobre el lenguaje, ese bien humillado, concluiremos que algo positivo había de concedernos la enfermedad: el ensanchamiento de nuestro diccionario. Es verdad que todas las catástrofes producen ese efecto, precisamente porque son acontecimientos extraordinarios a cuyos elementos es preciso dar nombre. Así sucedió, si se recuerda, con las tormentas financieras y derivados del año 2008 y siguientes y así sucede, como era de esperar, con la calamidad de estos tiempos. Cuestión aparte es lo que luego permanece una vez superadas en apariencia las crisis.

 

            A ello contribuyen en especial dos tipos de actores: los tertulianos especialistas y los políticos generalistas. Los primeros son requeridos por los medios de comunicación para dar luz a cuanto desconocido ocurre y a ello se entregan entusiasmados con su léxico no siempre sencillo, a pesar de lo cual lo digerimos e incorporamos a nuestra comunicación cotidiana. Los segundos aterrizan en medio de la marabunta con tono grandilocuente, persiguiendo titulares y enfatizando presuntos saberes que no siempre son tales; también esas formas las sumamos a nuestras conversaciones.

 

            Gracias a unos y a otros decimos hoy finamente pandemia, cogobernanza, desescalada, confinamiento perimetral, resiliencia, anticuerpos, gel hidroalcohólico, triaje, epidemiólogo, etc. Lo confieso: nunca pensé que hubiera tantos epidemiólogos en el mundo, y ahora, conociéndolo, no me explico cómo nos ha pasado lo que ha pasado. O sí. Las palabras nos permiten descubrir el mundo y el mundo no existe si esas palabras no son nuestras. De ahí que, separada la paja del grano, convendrá desechar lo superfluo y sumar a nuestro acervo lingüístico aquellos términos que en verdad han llegado para ilustrarnos y darnos algo más de brillo. Ya digo: de toda la serie anterior más lo que se quiera añadir, yo me quedo, por si sirve de guía, con los epidemiólogos y deseo que así procedan también quienes nos hablan de la vida corriente y nos la gobiernan.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 6 septiembre 2020

domingo, 30 de agosto de 2020

Piscina

  

           Estremece la imagen de la piscina de Wuhan. Diez días atrás, centenares de personas compartían una fiesta (acuática y electrónica, faltaría más) para celebrar el fin de su parcela de pandemia. “Nos lo hemos ganado. Wuhan ha aplacado al virus y recobrado la confianza. Además, ahora debemos recuperar la economía”. En fin, no sabe uno si quedarse con estas expresiones delirantes de gozo o con aquellas caducas procesiones de acción de gracias. Patéticas ambas opciones.

 

            Las piscinas no siempre estuvieron allí ni aquí. A nosotros nos llegaron no por gracia municipal sino por el empuje de las asociaciones vecinales hace apenas unas décadas. Todo era muy básico, se reclamaban aceras y escuelas, pero también parques y piscinas públicas. Las que existían, así tituladas, eran para el disfrute exclusivo de las élites y advenedizos, previa condición de socios del club. Había pilones también y alguna otra instalación con pretensiones, como la llamada Ely, entre Armunia y el barrio de La Vega, o la que era privativa de trabajadores del ferrocarril (y otros advenedizos más). En cualquier caso, nada al alcance de un adolescente a principio de los setenta, bien porque no tenía ni un duro en el bolsillo, bien porque el cabeza de familia, el ferroviario, pudiera tener alergia al agua.

 

            Se habla de educación, de sanidad, de pensiones… como ejemplos notables de cuanto lo público nos ofrece y es preciso defender. Pero olvidamos que a su lado hay otras expresiones menores de esos mismos servicios públicos que conforman ya parte natural de nuestras vidas, tanto da que se trate de una piscina como de las oficinas de correos. Su condición nos pasa desapercibida y pensamos que va de suyo, que ahí han estado desde el inicio de los tiempos y que ahí seguirán a perpetuidad, con independencia del sistema fiscal establecido. Curiosamente, buena parte de quienes heredaron aquel movimiento vecinal reclaman en la actualidad más policía (otro gasto público), tortilla para las fiestas y menos impuestos.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 30 agosto 2020

domingo, 23 de agosto de 2020

Tópicos

 

 

            Si atendemos a la trascendencia de muchos sucesos que vivimos, lo mínimo que debería esperarse es que fuesen explicados con un lenguaje de semejante magnitud, básicamente porque eso significa que los pensamos con intensidad y decidimos sobre ellos al menos con suficiente equipaje mental. Pero no, tanto da que se trate de la enfermedad y sus entornos, de la situación económica y laboral, de asesinatos machistas o de trastornos climáticos, cualquier declaración oficial se construye a base de lugares comunes. Los más repetidos en esta temporada son además particularmente horrorosos: “no bajaremos la guardia” y “no nos temblará el pulso”.

 

            Lo más terrible del empobrecimiento del lenguaje en esta época es el cansancio de pensar o su directa negación, lo cual se descubre con suma facilidad detrás del vestuario de tópicos que adorna el mundo del periodismo y de la política, desde donde saltan a la calle para convertirse –nunca mejor dicho– en moneda común. Quizá por eso es la nuestra una expresión verbal sin consistencia, construida mediante ideas huecas, prejuicios con apariencia y sonoridades vacías. Algo de lo que nadie está libre, por muy alerta que se pretenda estar para evitar deslices. ¿Cuántas veces si no, para no decir nada, hemos hecho uso de frases como “Todas las opiniones son respetables”, “Condenamos la violencia, venga de donde venga” o “Respeto sus ideas, pero no las comparto”?

 

            En fin, ese es el estado de la principal herramienta con la que nos enfrentamos al mundo y a su transformación, a sus desdichas y a sus bonanzas, a sus venturas y a sus realidades. Con todo, lo más sorprendente de todo ello es que el lenguaje siga mostrándose vivo, audaz a veces y bello en otros momentos. Motivo último que permite al escritor Fernando Aramburu afirmar que “es admirable la fortaleza de la lengua española. Ha logrado sobrevivir al trato diario que le dispensan los españoles”. Seguramente y con las cautelas debidas, puede extenderse la sentencia a cualquier otra lengua.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 23 agosto 2020

domingo, 16 de agosto de 2020

Combatientes

 

            Apagadas por el ruido de los rebrotes y de las picardías monárquicas, tan cansino todo, unas declaraciones del omnipresente Igea acerca de una posible Ley de Memoria Histórica han pasado casi desapercibidas. No se merecen las palabras del Vicepresidente ese desprecio, ni por el contenido de las mismas ni por la forma en que las expresa. Recordemos la sustancia: “la memoria histórica necesita un cambio de punto de vista (…) se ha omitido uno de los importantes, que es el de los no combatientes de la tercera España, el de un montón de gente que pensó que matar y llenar el país de sangre no era una buena idea”. Fin de la cita.

 

            Preocupa que a estas alturas se hable de combates, como si el periodo de la memoria se limitara a tres exclusivos años de guerra incivil y se ignorase que a ellos le siguieron otros cuarenta donde el combate se llevó a cabo en exclusiva desde el poder fascista contra todo tipo de libertad. Y hubo muertos y represión en ellos también, aun sin opción alguna de batalla. Por eso precisamente cabe preguntarse: ¿Qué es un no combatiente? ¿De verdad se puede elegir en un régimen totalitario como aquel ser una persona luchadora o no serlo? Aparte de los sublevados y su corte, ¿cree de verdad Igea que alguien desde el Gobierno legalmente constituido consideró que era una “buena idea” matar? ¿No estaremos promoviendo así otra forma de blanqueo de unos hechos que no admiten muchos matices? ¿Una tercera España? No nos confundamos: hubo una España y una ¡Es-pa-ña!  Las sigue habiendo.

 

            Éste es el auténtico combate, el ideológico, que requiere, como dice Igea en la entrevista, acuerdo, discreción y nada de censuras. Bueno es que para ello exista una Ley y saludable es que nazca por impulso del propio Gobierno de la Junta de Castilla y León. Por cierto, en su seno, como consecuencia de un Decreto, hay dos consejos, uno asesor y otro técnico, que llevan trabajando en la materia más de dos años con acuerdo, discreción y sin cesuras. Luego no hablamos de imposibles.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 16 agosto 2020

domingo, 9 de agosto de 2020

Agosto


            Agosto es posiblemente el más estúpido de los meses. De hecho, es el gen original de un campo semántico sin consuelo: agostar, marchitar, secar, mustiar, ajar, abrasar, asolar… Durante un tiempo, cerradas a cal y canto las vidas pública y privada, era tal la sequedad de estos días que los medios de comunicación se veían obligados a generar noticias ñoñas para completar su parrilla hasta que descubrieron la fórmula de los suplementos estivales, mucho más desenfadados, y las serpientes de verano desaparecieron de los titulares.

 

Este año, sin embargo, esas serpientes han mudado de piel para transformarse en filas de individuos afectados por regulaciones de empleo en pos de unas ayudas de última hora. También en otras compuestas por quienes se agolpan a las puertas de los centros de salud por aquello del triaje, a las puertas de los bancos, a las puertas de las panaderías, a las puertas de las oficinas de correos… Cada una de esas colas daría suficiente de sí para colmar todos los suplementos de este agosto deslucido, nada que ver por cierto con aquellas otras de años precedentes en ventanillas de estaciones o a la entrada de algunos establecimientos culturales considerados de consumo obligatorio. El paisaje ha cambiado para acentuar el tono lánguido. Sobre todo, si lo observan, porque en las colas de hoy nadie habla con nadie, nadie reconoce a nadie detrás de las mascarillas y, aunque por eso mismo no se pueda ver, seguramente casi nadie sonríe.

 

Es lo que le faltaba a agosto para coronarse en su trono de insipidez: que ningún familiar presuma de sus vacaciones porque no las hay o que las pocas conversaciones que se consigue mantener hayan de ser embozadas bajo amenaza de multa. Sales a pasear, cuando el calor lo consiente, y elijes regresar a casa de inmediato para no enfrentarte a semejante panorama. Y, naturalmente, tampoco alivia el frescor de la noche porque, cuentan, al parecer el ocio nocturno se ha convertido en el núcleo de todas las perversiones y contagios.

 

 

Publicado en La Nueva Crónica, 9 agosto 2020

domingo, 2 de agosto de 2020

Rezos


            Dudábamos años atrás, cuando aún no se había desatado esta locura sanitaria y sus derivados, si los tiempos que se avecinaban en la nueva edad serían tiempos salvajes o tiempos dulces. Teorías, argumentos y hechos había en el entorno para una y otra tendencia. Los sigue habiendo sin duda, lo cual quiere decir que nada está resuelto y que el proceso histórico continúa en construcción, a pesar del medievalismo que en las distancias cortas parece imponerse.


            Esa pugna entre Medievo y Renacimiento se observa evidentemente en el poderío de la propia peste, si bien hoy un pujante saber científico y tecnológico lo atenúa. Se advierte así mismo en la vocación de perpetuarse en el poder por parte de algunos sátrapas de nuevo cuño, aunque los valores democráticos mantienen vigor suficiente en otras latitudes. Se nota en el ejercicio relator y propagandístico de los juglares oficiales en forma de todo tipo de plataformas, redes y pantallas, pero los contrapesa con solvencia la cultura al alcance todavía de grandes mayorías.


            Con todo, lo más anacrónico de cuanto nos sucede últimamente es el resurgir de los rezos expresado en las más diversas formas: las estampitas recomendadas en Méjico por su Presidente López Obrador; la reconversión del patrimonio humano de Santa Sofía en mezquita para el culto musulmán; el coro de evangelistas brasileños haciendo la ola al demente Bolsonaro o a la inversa; la contratación de sacerdotes para los hospitales madrileños y para casi todos los hospitales de la sanidad pública; la misa expedientada en la Sagrada Familia o el exhibicionismo de la Mare de Déu dels Desemparats o el loor en la Almudena; la cobertura televisiva de los ritos religiosos y de todas las semanas santas… Así hasta la rendición del infiel, que es en resumidas cuentas el principal objetivo de toda secta o confesión religiosa desde tiempos inmemoriales. Huele a incienso por tanto en la nueva edad: nos adormecerán sus aromas o caeremos abatidos por un golpe fatal del botafumeiro.


Publicado en La Nueva Crónica, 2 agosto 2020