Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 2 de mayo de 2021

Interpelación

            Esta misma semana se celebró un pleno en las Cortes de Castilla y León donde se aprobó la supresión del impuesto de sucesiones y donaciones. Tuvo interés. Sobre todo porque es una muestra más de ese modelo fiscal que beneficia a unos pocos y engaña a unos muchos. Nada nuevo en nuestra actualidad inversa.

 

            Hubo, no obstante, otros asuntos en el orden del día que no despertaron el mismo entusiasmo pero que nos hablan también de esa realidad alterada. Por ejemplo, la interpelación presentada por el procurador socialista Ignacio Martín Benito relativa a política general en materia de archivos y museos, a la que respondió el Consejero de Cultura y Turismo Javier Ortega. Vista la asistencia en ese momento, a pocos procuradores y procuradoras les llamó la atención. Quizá tampoco al público.

 

            Por eso mismo conviene recordar que los presupuestos autonómicos para cultura cayeron en picado desde el año 2007, más aún que en el resto de comunidades y en el total del Estado: en diez años se gastó un 53’8% menos, de 138 a 64 millones de euros. El balance en las materias interpeladas fue aun más estremecedor: - 82’3% en archivos y - 61% en museos. Añadamos las bibliotecas, de las que también se habló en el debate parlamentario: - 64’2%. Ese es el panorama. Lloraba el Consejero porque afirmaba estar haciendo cosas (faltaría más viniendo de donde se viene) y replicaba con cifras interminables de visitas y consultas a lo largo del último año, que es lo que se suele hacer cuando no existen contraargumentos. Añadía a ello además el incremento en la oferta cultural de esos centros, lo cual tampoco es del todo cierto. Lo único nuevo en verdad es una publicación, cara, con toda la programación mensual, que se reparte de forma gratuita en el interior de los periódicos. Propaganda.

 

            En suma, fue bonito el pleno. Y dio pie para contrastar entre beneficios y perjuicios de la nueva fiscalidad aprobada. Desde luego, no va a redundar para bien en lo interpelado. Ni en los usuarios de esos servicios.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 2 mayo 2021

domingo, 25 de abril de 2021

Clandestino


            La canción de Manu Chao, a pesar de lo bailable o precisamente por eso mismo, es el eslabón que enlaza la noción clásica de clandestinidad con la que hoy se impone en medio de las restricciones sanitarias y otras locuras de estos tiempos. O, mejor dicho, es un puente entre lo sustancial y la banalidad. El abismo que media entre lo uno y lo otro es un abismo histórico.

 

             Las palabras mueren a la par que sus significados se desdibujan o se corrompen. Hay grandes especialistas, los ha habido siempre, en el logocidio, aunque nunca como ahora fue un procedimiento tan institucionalizado. La vulgarización de las palabras, no sólo fonética, les permitía evolucionar para conformar nuevas realidades. Hoy, en cambio, no se produce ninguna evolución real porque todo es pura ficción menos el hambre. De ahí que por mucho que rebusquemos en el diccionario no encontraremos con facilidad una acepción que se acomode a la nueva clandestinidad: la de la fiesta, la del botellón, la de la borrachera y la del puro jolgorio evasivo. Qué van a saber estas gentes de la represión dura, de la persecución y de la ilegalidad obligatoria. Qué van a saber de los delitos de pensamiento, de las ideas acosadas o de la lucha por los derechos elementales. Su mundo es otro, ni peor ni mejor, y sus palabras nombran lo que conocen o les hacen conocer.

 

            Todavía hay entre nosotros quienes, sin papeles, se juegan la vida a diario, aunque ése es otro negociado. Los clandestinos de moda son quienes pintan graffitis en los vagones de los trenes, quienes se van de jarana porque les hierven más las hormonas que las neuronas y quienes llaman libertad al supremo egoísmo. ¡Qué gran devaluación del término! ¿No podrían los cronistas nombrarlo de otro modo? Tornan a no estar buenos los tiempos y el lenguaje lo sufre tanto como las personas, a veces porque se le desprecia, a veces porque se le manipula. No quedará más remedio que volver a leer poesía a escondidas, como hacíamos en el internado, y fumar en los retretes.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 25 abril 2021

domingo, 18 de abril de 2021

Bancos

  

           Puesto que rehenes somos sin remisión de las entidades financieras, cualquier maniobra que al menos haga de mi celda un espacio más habitable me es bienvenida. A ello atribuyo que mi banco de toda la vida haya puesto a mi alcance un gestor con quien conectarme. Gestora en este caso, se llama Amelia.

 

 Confieso que no sabía muy bien cómo entrar por esos vericuetos pues sigo siendo demasiado analógico para los tiempos que nos corren. Sin embargo, durante los meses del confinamiento me decidí a enviarle un mensaje prospectivo. Tuve éxito y, desde entonces, intercambiamos mensajes y llamadas telefónicas con cierta regularidad. Para mí, prisionero en esa cárcel que son ahora los bancos (quizá ya lo eran antes y no me había dado cuenta), ella es como una avecilla que me canta al albor.

 

            Hablo con mi gestora de mis inquietudes, que seguramente son las de ustedes, y ella siempre me responde de una manera gentil, aunque no me resuelve gran cosa. Recientemente, por ejemplo, le he preguntado por qué de día en día hay menos cajeros automáticos si resulta que ser atendido en una oficina bancaria es hoy mucho más difícil que hacerse una PCR. También me he interesado acerca del cierre de esas oficinas porque, digo yo, si el dinero y todos sus entornos son una necesidad básica y de comunión obligatoria, cómo proceder si no hay donde hacerlo. Normalmente Amelia no me aclara mucho. El día que más labia me ha dado fue uno en el que me interese por las criptomonedas, pero ahí el que no se enteró de nada fui yo. También me habla más de lo que yo quisiera de planes de pensiones y de seguros de vida.

 

            Hace unos días, después de leer la prensa y enterarme de que el llamado con buen tino banco malo, el que inventó de Guindos, aumentaría la deuda pública en unos 35.000 millones de euros, la interrogué directamente sobre el asunto, tan a bocajarro que a bocajarro se cortó la comunicación. Como cuando le pregunté por lo de Villarejo. Me preocupa. Quizá estemos a punto de que llegue un ballestero.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 18 abril 2021

domingo, 11 de abril de 2021

Copas

 


            A medio camino entre una y otra copa, de fútbol, confesaré que también yo fui espectador de la primera y lo seré de la segunda, las dos con el común denominador de animar al Athletic de Bilbao. Sufrí, pues, la derrota de hace ocho días y me repongo como puedo para la nueva final del 17 de abril.

 

            Con todo, lo que trae esas disputas deportivas a esta columna no es tanto el hecho en sí o la devoción del aficionado, sino un detalle aparentemente sin importancia que pudo observarse en la retransmisión televisiva del pasado día 3 de abril, con el que vuelve a ponerse de relieve la estupidez sin remisión en la que nos zambullimos una vez tras otra. Me refiero a la rotulación de eso que llaman videoarbitraje, más conocido como VAR (del inglés Video Assistant Referee). A la sigla parece que ya estamos acostumbrados, aunque desconozcamos su significado exacto.

 

            En dos ocasiones hubo de acudirse a esa tecnología a lo largo del partido y en ambas, más allá de la indicación ya familiar de que estaba interviniendo el tal VAR, se informaba para qué lo estaban haciendo en cada caso. Decían los rótulos: “Checking possible penalty handball” y “Checking red card – Denid of goal scoring opportunity”. Unos rótulos que permanecieron indelebles y bien visibles hasta que se resolvió cada una de las circunstancias sometidas a análisis. Unos rótulos que, como bien se puede comprender, estaban al alcance de cualquier espectador versado en la lengua inglesa, lo que a juicio de quien dirigía la retransmisión debía ser el caso del común de los espectadores. Unos rótulos que nos devuelven nuevamente al papanatismo, al complejo de inferioridad y al desprecio por el idioma propio, tan rústico él. Quien tecleó esos rótulos sabía por qué lo hacía y para qué lo hacía. Lo que sería bueno es conocer a quien contrató al rotulador y castigarlo a escribir cien veces esa letanía hasta detestarla.

 

            En fin, a pesar de todo nos queda el fútbol, que no requiere de tanta tontería, aunque también haberlas haylas.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 11 abril 2021

domingo, 4 de abril de 2021

Información

 

            Hace unos días, tuve la suerte de escuchar primero y conversar después con Magda Bandera. Mucho nos contó en público y exprimió en privado la directora de la revista La Marea acerca del periodismo y la justicia social. Daría para un ensayo que seguramente ella publicará algún día, cansada quizá del oficio. Del malestar del oficio de informar.

 

            Compartiré aquí algo tan curioso como desasosegante. Desde que la revista lanzó su número 1 en enero de 2013, apostando por el periodismo riguroso y comprometido, sus ventas han evolucionado siempre al alza, modestamente, salvo en cuatro números: aquéllos en los que su portada y asunto central se dedicaba a la cultura o al cambio climático. Las ventas se vinieron abajo.

 

            Pongo esto en relación con algo que contó, hace años, el entonces periodista y hoy Secretario de Estado de Comunicación Miguel Ángel Oliver. Nos dijo que en su informativo de los fines de semana, entonces en Cuatro, se hacía el seguimiento detallado de audiencia de todo cuanto en él se relataba y que dos materias, deporte y tiempo, elevaban los picos de seguimiento sin necesidad de ningún alarde especial. Para el resto de noticias, no importaba de qué tipo o contenidos, el índice se derrumbaba si exceptuamos el capítulo inicial de titulares.

 

            Antes y ahora parece que todo sigue igual o parecido. Con una gran diferencia: la creciente distancia entre la ciudadanía y los soportes informativos, en particular con aquellos a los que solíamos conceder fiabilidad en el tratamiento de la información, las consideradas grandes cabeceras del periodismo. Aparte de su perversión por la entrada en ese mundo del aparato financiero más duro, la fórmula de pago implantada para acceder a sus contenidos hace que sean muchas las personas que no puedan permitírselo. No discutiré la decisión, pero sí habremos de reconocer que estamos condenando a buena parte de la población a una selva informativa digital donde no es fácil sobrevivir. Al contrario, lo fácil es manipular y generar rabia.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 4 abril 2021

domingo, 28 de marzo de 2021

Enfermos


            La mayor contribución a la enfermedad es estar enfermos. Obviedades de este tipo proliferan en los informativos, donde hay una sobreabundancia de noticias sobre el mundo de la salud que se ha acentuado, naturalmente, a causa de la enfermedad por antonomasia del último largo año. Era una tendencia que venía de lejos. Al menos desde que el neocapitalismo convirtió lo sano en modo de ser, no tanto porque se persiguiera nuestro bienestar como por incrementar un mercado que no ha dejado de crecer en décadas: ser consumidores de salud. De hecho, se produce la paradoja de que cuanto menos nos cuida el llamado sistema más arroja sobre nosotros la obsesión de cuidarnos. O, de otro modo, cuanto más se privatizan los sistemas nacionales de salud y se les hace inalcanzables, más convierten en responsabilidad de cada cual la condición de saludables. Nos quieren productivos, sí, pero a coste cero o a coste directo del bolsillo de los individuos. Lo cual que, volviendo sobre el principio, si el virus nos atropella, nos maltrata y nos mata es porque algo habremos hecho al haber cronificado previamente nuestros males.

 

            Lo último para seguir enfermos es contratar un seguro privado de salud. Hacia ello nos dirigen la desesperación de las listas de espera y otras campañas publicitarias, que nos llevan a pensar que no seremos tratados como plebe sino como infantas del reino. Craso error. A esos seguros les convenimos achacosos y dependientes del otro lado oscuro y recaudador de la medicina: la industria farmacéutica. Sobre todo achacosos y enfermizos sin más, porque si nos ataca un mal con enjundia nos derivarán hacia lo público y a otra cosa mariposa, que pase el siguiente. De tal manera que, si nos atreviésemos, no habría revolución más noble que la del enfermo imaginario. No tanto al estilo de Molière como al de la insumisión por reducción al absurdo. Una enfermedad de pronóstico reservado e imposible tratamiento, como se observa en el maremágnum de las vacunas y sus intereses creados.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 28 marzo 2021

domingo, 21 de marzo de 2021

Respirar

 

            Una de las principales razones, tal vez la mayor, para que la enfermedad maldita continúe transmitiéndose no es otra que la respiración. Respirar no es bueno. Una cámara infrarroja ha permitido ver a través de la pantalla de televisión toda la porquería que arrojamos al aire en cada exhalación, aerosoles los llaman, y ciertamente es una auténtica guarrada. De nada sirve gastarse los ahorros en que nos arreglen la dentadura y nos eliminen el estercolero del sarro; de nada sirve tampoco seleccionar en el mercado el último grito en tapabocas porque no sabemos acomodárnosla adecuadamente; y de nada vale tampoco estar callados, salvo que nos coloquemos de paso una pinza en la nariz. Por cualquier rendija se nos escapa la basura contaminada. Así que lo mejor sería no respirar.

 

            No tocarse, no abrazarse, no hablarse… El sentimiento de culpabilidad que se arroja sobre los individuos crece en paralelo con el número de contagios. Ya no se trata de saltarse las normas del estado de alarma ni de participar en fiestas clandestinas, lo normal es que todos seamos contagiadores de todos por el simple hecho de existir. Sobramos. Si no respirásemos no ocurriría lo que nos está ocurriendo. Basta revisar esas imágenes psicodélicas en la televisión para confirmar que somos culpables, además de unos cerdos, y que los únicos inocentes son el virus y las administraciones sanitarias, que hacen todo lo posible (éstas ultimas) por convencernos de nuestra responsabilidad.

 

            Respiramos por encima de nuestras posibilidades. Lo mismo que una década atrás vivíamos por encima de ellas y así sufrimos las crisis que sufrimos, porque en el fondo nos lo merecemos. Habría que privatizar el aire, puesto que todo lo público, incluido el oxígeno, acaba siendo fuente de dispendio y malestar social, un derroche de vida que no nos podemos permitir. Menos mal que con toda seguridad la Presidenta de la Comunidad de Madrid lo va a incluir en su programa electoral. A ver si aprendemos y tenemos un verano sofocante.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 21 marzo 2021

viernes, 19 de marzo de 2021

LUIS DÍAZ VIANA: Los guardianes de la tradición


 EL LIBRO

     “Los guardianes de la tradición y otras imposturas acerca de la cultura popular” es una reedición de la obra publicada en 1999, a la que se ha sumado un trabajo que tiene mucho de reflexión por parte de su autor sobre las sucesivas aproximaciones al asunto de la manipulación e imposturas en torno a la cultura popular. En palabras de Díaz Viana, “ese acercamiento a las equivocadas percepciones sobre la "cultura" y lo "popular" escondían el “conservadurismo ideológico" más recalcitrante”, lo cual ha tomado mayor relevancia si cabe con el paso del tiempo y “en momentos tan preocupantes como los presentes, nadie debería ya dudarlo".

EL AUTOR

      Luis Díaz Viana es antropólogo, doctor en Filología y escritor. Ha sido profesor de la Universidad de Salamanca, investigador asociado del Departamento de Antropología de la Universidad de Berkeley y es, en la actualidad, profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas e investigador en el Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Valladolid.

 EL TEXTO

     "...Pues tampoco es seguramente por casualidad que la irrupción muy reciente de la ultraderecha en la actual política española haya ido acompañada, de manera además explícita en su propaganda electoral, de una invocación rotunda a la tradición y a las costumbres supuestamente rurales".


domingo, 14 de marzo de 2021

Trastero


            

            Me hago eco y amplifico cuanto aquí mismo firmaron Luis Grau y David Rubio hace una semana. El primero se refería a la nueva imagen de Ordoño II como el saloncito de tía Reme. El segundo pintaba el acceso Sur como un pasillo disparatado de mensajes publicitarios. Uno y otro, con sus observaciones sagaces, describían una imagen nada agradable de esta ciudad creciente de día en día.

 

            Añadamos una estampa más de las que pudieran ocurrírsenos: la del entorno del ferrocarril integrado. O desintegrado, según se mire. Lo cierto es que este tipo de intervenciones urbanísticas son una oportunidad para hacer ciudad sin excesivos condicionantes previos y para demostrar el estilo o falta de estilo de quien toma decisiones en ese preciso instante. Visto así, lo que se puede concluir es que, más allá de enterrar, no del todo, el trazado ferroviario, la solución de conjunto se aleja bastante de un nuevo modelo propio de una ciudad sostenible y se corresponde más bien con un trastero al que le hemos puesto baldas para ordenar a medias los cacharros que en él se acumulan. La estética portuaria adoptada, el predomino de espacios para automóviles y otros vehículos rodantes, los vacíos aislados por vallados metálicos o de malla granjera y la ausencia casi absoluta de vida verde y de áreas amables convierten la oportunidad en fracaso. Se dirá que faltan aún remates y es verdad, pero todos sabemos que no es una cuestión de remates ni de detalles, sino de concepto (¿o es más bien de “conceto” –Manquiña dixit– si nos atenemos al resultado?).

 

            El feísmo es uno de los rasgos que identifican cada vez más a esta ciudad. De nada vale vivir de las glorias artísticas del pasado si el presente se llena de cachivaches y de rincones más que ásperos. Si eliminamos una barrera como la del ferrocarril y la sustituimos por un erial, el viaje no habrá servido para nada. Al menos antes se podía contemplar el paso de los trenes, que siempre resulta mucho más evocador, y asomarnos al mundo a través de ellos.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 14 marzo 2021


domingo, 7 de marzo de 2021

Extraterrestres

 


            El éxito histórico que ha supuesto la llegada de tres naves a Marte durante el pasado mes de febrero contrasta con el fracaso poético de no haber elegido el mes de marzo para semejante hazaña. Lo ideal en estos términos hubiese sido que Hope, Perseverance y Tianwen-1 tomaran el planeta rojo justamente en el mes dedicado a Marte, el dios romano de la guerra. De ese modo ciencias y humanidades hubieran vuelto a ir de la mano.

 

            ¿Pretendió entonces la ciencia situarse por encima de los mitos y desafiarlos? No lo sabemos, pero lo que sí se vino a confirmar es una tendencia que desde que el siglo es siglo acerca al comienzo de año las noticias procedentes del universo, una especie de cita predeterminada que suele asomar en los sumarios de los informativos en los primeros meses de cada año y que luego se desvanece. Los dos grandes nombres de la exploración espacial hasta la fecha, la Beagle II, nave perdida precisamente a orillas de Marte, y la sonda Huygens, confundida entre las lunas de Saturno, ocuparon las primeras páginas al abrirse los años 2004 y 2005. Muy pocos lo recuerdan. Pero no hay duda: en tiempos de tránsito, sólo con mencionar escenarios cósmicos, nuestros espíritus se animan y quizá por ello ha vuelto Marte a nuestras vidas. Tiempos de tránsito, tiempos de duda, tiempos difíciles, como los presentes.

 

            Nadie, ni científicos ni humanistas, escapa de esa tendencia humana que consiste en buscarse más allá cuando el más acá se nos hace turbio y quizá por eso las noticias del universo retornan puntualmente para proporcionar oxígeno lejano cuando la fragilidad inmediata nos derrota. Aunque luego, consumado a toda velocidad el amartizaje con sus imágenes excelsas a cuestas, la calima cotidiana torne a ensuciar los cielos y nos devuelva a la más que sencilla cotidianidad de ser y de estar hasta una nueva mudanza de calendario. En fin, tampoco hay que ir tan lejos. Al fin y al cabo, si se atiende al resto de noticias comprobaremos que sólo hablan de extraterrestres.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 7 marzo 2021