Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 23 de mayo de 2021

Falla

            Nos enseñaron que la fractura de la corteza terrestre y el consiguiente deslizamiento de uno de sus bordes es una falla. Cuando una falla está activa el peligro sísmico es considerable y así nos lo explican cuando sucede un movimiento de ese tipo, sea cual sea su grado de intensidad. Y siempre, como poco, despierta inquietud.

 

            Defiendo aquí que en nuestras vidas cotidianas se ha producido, a causa de la pandemia y de sus secuelas, una agitación de esa naturaleza, una auténtica falla, cuyo reacomodo aún está por expresarse del todo. Las vidas perdidas y los dolores sufridos son su primera y más cruel evidencia, pero pocos rasgos del existir escapan de la sacudida. Se han producido grietas en el mundo laboral que serán persistentes; grietas y alejamientos en nuestras relaciones personales; fisuras en el común fluir del ser; incluso hendiduras en el sistema neuronal de los más lúcidos. Nuestra percepción del tiempo, esa magnitud convencional, tampoco se salva del bárbaro vaivén, y entre confinamientos, suspensiones, moratorias, prórrogas y otros procesos diferidos el calendario anda buscándose a sí mismo desesperadamente. Hay quien lo resuelve con suma facilidad: la Iglesia Católica, sin ir más lejos, decide que sea jacobeo también el año 2022, aunque no caiga en domingo el 25 de julio, y las autoridades valencianas trasladan sin empacho sus fallas al mes de septiembre, aunque no alumbre entonces la primavera. A saber qué piensan de todo ello los santos Jacobo y José.

 

            De manera que si estos bailes son posibles por el artículo treinta y tres, cabe preguntarse por qué no servirnos con más razón aún del alboroto habido en nuestra existencia para entrar a saco en esa convención llamada tiempo. Redefinamos la jornada, los horarios, sus husos, las horas punta y las horas valle, el tiempo entre costuras y el tiempo muerto, el dichoso prime time, el tiempo sin tiempo, la máquina de Wells, la apertura, el cierre y la carta de ajuste. Ajustemos en fin la falla en nuestros relojes.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 23 mayo 2021

domingo, 16 de mayo de 2021

Vacío


            Reivindico el vacío. Al menos el derecho al vacío como una construcción teórica en medio del afán por lo lleno. Es decir, garantizar la elección a vivir en el vacío sin que ello suponga ni una renuncia ni una discriminación.

 

            Se clama contra lo vacío o lo vaciado, sin duda alguna con razones justas, aunque ese grito oculta su envés, el de lo lleno, por lo general lo excesivamente lleno, que al cabo es tan o más pernicioso en términos individuales que lo deshabitado o lo levemente poblado. Si hay una España vacía o vaciada es así porque hay otra España colmada o repoblada, lo cual, si algo o alguien velara por el equilibrio y por la equidad, no habría de ser negativo en sí. Menos aún si la elección del asentamiento fuera realmente libre. Por eso mismo en esta sociedad saturada reivindicar el vacío es reivindicar la libertad.

 

            Ahora bien, no reclamo ermitaños ni comunas autosuficientes de idealistas trasnochados, que también, sino la posibilidad al alcance de cualquiera de decidir ocupar un espacio vacante sin aspiraciones a verlo repleto o a que se lo rellenen. Desde luego a que no se lo colmen con molinillos ni espejos solares ni especies biocombustibles ni turistas accidentales por el hecho de haber sido antes desocupado. Es el derecho de las minorías. Tan estimable como el de las mayorías. A unas y a otras el mismo derecho y el mismo deber, la obligación de un Estado o lo que sea eso donde vivimos.

 

            Necesitamos el vacío tanto como lo rebosante, o deberíamos combatir ambos en razón de su perjuicio, pero que al menos se nos permitan decidir entre lo uno o lo otro. Esa es la justicia. Hoy por hoy, sin embargo, se nos presentan como dos condenas, ni lo hueco ni lo espeso nutren la vida con alimento sano. Y, además, los modelos de esas vidas se uniforman de un modo bárbaro sin el respeto exigible hasta la total confusión. Llega entonces el vacío que anula, la vacuidad, lo que no tiene contenido y que, sin embargo, se extiende en casi todo territorio sin piedad, sin fin…

 

Publicado en La Nueva Crónica, 16 mayo 2021

domingo, 9 de mayo de 2021

Duero


            Mientras reflexionaban, viajé hacia el Este sin conexión con el mundo real, siguiendo sólo la voz de Víctor M. Díez y el martillo de Rodrigo Martínez: A-231 primero y N-234 después. Hortigüela, Salas de los Infantes, Hontoria del Pinar, San Leonardo, Navaleno, Soria. Nos acompañaron tormentas antes y después de la cita prevista para la tarde en el Teatro Palacio de la Audiencia. Vino y torreznos. El Duero abajo. Me acerqué a la orilla en la mañana mientras votaban: Fuente de la Paciencia, Lavadero de Lanas, Ermita de San Saturio… hasta la curva de la Ballesta por donde el río tuerce. Después, más que erguido el sol, continuó la ruta hacia Aranda con el olor del agua siempre bajo las mascarillas. N-122: Calatañazor, El Burgo de Osma, San Esteban de Gormaz, La Vid… Corzos y viñas. Segunda representación y despedidas con vino y oreja. En la noche alguien envió un mensaje impertinente: “a ver quién mete a los fascistas en casa hoy…” Pero a la mañana siguiente, aunque la radio nos devolviera poco a poco a la vida cotidiana, el Duero todavía estaba allí. Inevitablemente de nuevo hacia el Oeste: Nava de Roa, Peñafiel, Padilla de Duero (junto a Pintia)… Y supimos entonces que el escrutinio arrojaba ruidos de jarana y de luto, entronizaciones y retiradas, nada nuevo en ese mundo real del que nos habíamos apartado durante dos días y dos noches abrazando al río. El más literario de los ríos de España, como lo calificó Ernesto Escapa en uno de sus libros: “el Duero cruza el corazón de roble de Iberia y de Castilla”. ¿Hasta dónde es posible zafarse de las miserias morales y políticas? ¿Nos es lícito hacerlo? Sí, hay un exilio elegido en esa huida y por lo tanto hay también una concesión al imperio que nos abruma. Una rendición. Hacia Oporto arrastra el Duero nuestras contradicciones, pero también nuestros malos humores. A las diez y veinte de la noche del tercer día León dormía bajo el toque de queda y un afluente minúsculo aportaba caudal al río-madre. Me acogió un beso entonces.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 9 mayo 2021

domingo, 2 de mayo de 2021

Interpelación

            Esta misma semana se celebró un pleno en las Cortes de Castilla y León donde se aprobó la supresión del impuesto de sucesiones y donaciones. Tuvo interés. Sobre todo porque es una muestra más de ese modelo fiscal que beneficia a unos pocos y engaña a unos muchos. Nada nuevo en nuestra actualidad inversa.

 

            Hubo, no obstante, otros asuntos en el orden del día que no despertaron el mismo entusiasmo pero que nos hablan también de esa realidad alterada. Por ejemplo, la interpelación presentada por el procurador socialista Ignacio Martín Benito relativa a política general en materia de archivos y museos, a la que respondió el Consejero de Cultura y Turismo Javier Ortega. Vista la asistencia en ese momento, a pocos procuradores y procuradoras les llamó la atención. Quizá tampoco al público.

 

            Por eso mismo conviene recordar que los presupuestos autonómicos para cultura cayeron en picado desde el año 2007, más aún que en el resto de comunidades y en el total del Estado: en diez años se gastó un 53’8% menos, de 138 a 64 millones de euros. El balance en las materias interpeladas fue aun más estremecedor: - 82’3% en archivos y - 61% en museos. Añadamos las bibliotecas, de las que también se habló en el debate parlamentario: - 64’2%. Ese es el panorama. Lloraba el Consejero porque afirmaba estar haciendo cosas (faltaría más viniendo de donde se viene) y replicaba con cifras interminables de visitas y consultas a lo largo del último año, que es lo que se suele hacer cuando no existen contraargumentos. Añadía a ello además el incremento en la oferta cultural de esos centros, lo cual tampoco es del todo cierto. Lo único nuevo en verdad es una publicación, cara, con toda la programación mensual, que se reparte de forma gratuita en el interior de los periódicos. Propaganda.

 

            En suma, fue bonito el pleno. Y dio pie para contrastar entre beneficios y perjuicios de la nueva fiscalidad aprobada. Desde luego, no va a redundar para bien en lo interpelado. Ni en los usuarios de esos servicios.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 2 mayo 2021

domingo, 25 de abril de 2021

Clandestino


            La canción de Manu Chao, a pesar de lo bailable o precisamente por eso mismo, es el eslabón que enlaza la noción clásica de clandestinidad con la que hoy se impone en medio de las restricciones sanitarias y otras locuras de estos tiempos. O, mejor dicho, es un puente entre lo sustancial y la banalidad. El abismo que media entre lo uno y lo otro es un abismo histórico.

 

             Las palabras mueren a la par que sus significados se desdibujan o se corrompen. Hay grandes especialistas, los ha habido siempre, en el logocidio, aunque nunca como ahora fue un procedimiento tan institucionalizado. La vulgarización de las palabras, no sólo fonética, les permitía evolucionar para conformar nuevas realidades. Hoy, en cambio, no se produce ninguna evolución real porque todo es pura ficción menos el hambre. De ahí que por mucho que rebusquemos en el diccionario no encontraremos con facilidad una acepción que se acomode a la nueva clandestinidad: la de la fiesta, la del botellón, la de la borrachera y la del puro jolgorio evasivo. Qué van a saber estas gentes de la represión dura, de la persecución y de la ilegalidad obligatoria. Qué van a saber de los delitos de pensamiento, de las ideas acosadas o de la lucha por los derechos elementales. Su mundo es otro, ni peor ni mejor, y sus palabras nombran lo que conocen o les hacen conocer.

 

            Todavía hay entre nosotros quienes, sin papeles, se juegan la vida a diario, aunque ése es otro negociado. Los clandestinos de moda son quienes pintan graffitis en los vagones de los trenes, quienes se van de jarana porque les hierven más las hormonas que las neuronas y quienes llaman libertad al supremo egoísmo. ¡Qué gran devaluación del término! ¿No podrían los cronistas nombrarlo de otro modo? Tornan a no estar buenos los tiempos y el lenguaje lo sufre tanto como las personas, a veces porque se le desprecia, a veces porque se le manipula. No quedará más remedio que volver a leer poesía a escondidas, como hacíamos en el internado, y fumar en los retretes.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 25 abril 2021

domingo, 18 de abril de 2021

Bancos

  

           Puesto que rehenes somos sin remisión de las entidades financieras, cualquier maniobra que al menos haga de mi celda un espacio más habitable me es bienvenida. A ello atribuyo que mi banco de toda la vida haya puesto a mi alcance un gestor con quien conectarme. Gestora en este caso, se llama Amelia.

 

 Confieso que no sabía muy bien cómo entrar por esos vericuetos pues sigo siendo demasiado analógico para los tiempos que nos corren. Sin embargo, durante los meses del confinamiento me decidí a enviarle un mensaje prospectivo. Tuve éxito y, desde entonces, intercambiamos mensajes y llamadas telefónicas con cierta regularidad. Para mí, prisionero en esa cárcel que son ahora los bancos (quizá ya lo eran antes y no me había dado cuenta), ella es como una avecilla que me canta al albor.

 

            Hablo con mi gestora de mis inquietudes, que seguramente son las de ustedes, y ella siempre me responde de una manera gentil, aunque no me resuelve gran cosa. Recientemente, por ejemplo, le he preguntado por qué de día en día hay menos cajeros automáticos si resulta que ser atendido en una oficina bancaria es hoy mucho más difícil que hacerse una PCR. También me he interesado acerca del cierre de esas oficinas porque, digo yo, si el dinero y todos sus entornos son una necesidad básica y de comunión obligatoria, cómo proceder si no hay donde hacerlo. Normalmente Amelia no me aclara mucho. El día que más labia me ha dado fue uno en el que me interese por las criptomonedas, pero ahí el que no se enteró de nada fui yo. También me habla más de lo que yo quisiera de planes de pensiones y de seguros de vida.

 

            Hace unos días, después de leer la prensa y enterarme de que el llamado con buen tino banco malo, el que inventó de Guindos, aumentaría la deuda pública en unos 35.000 millones de euros, la interrogué directamente sobre el asunto, tan a bocajarro que a bocajarro se cortó la comunicación. Como cuando le pregunté por lo de Villarejo. Me preocupa. Quizá estemos a punto de que llegue un ballestero.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 18 abril 2021

domingo, 11 de abril de 2021

Copas

 


            A medio camino entre una y otra copa, de fútbol, confesaré que también yo fui espectador de la primera y lo seré de la segunda, las dos con el común denominador de animar al Athletic de Bilbao. Sufrí, pues, la derrota de hace ocho días y me repongo como puedo para la nueva final del 17 de abril.

 

            Con todo, lo que trae esas disputas deportivas a esta columna no es tanto el hecho en sí o la devoción del aficionado, sino un detalle aparentemente sin importancia que pudo observarse en la retransmisión televisiva del pasado día 3 de abril, con el que vuelve a ponerse de relieve la estupidez sin remisión en la que nos zambullimos una vez tras otra. Me refiero a la rotulación de eso que llaman videoarbitraje, más conocido como VAR (del inglés Video Assistant Referee). A la sigla parece que ya estamos acostumbrados, aunque desconozcamos su significado exacto.

 

            En dos ocasiones hubo de acudirse a esa tecnología a lo largo del partido y en ambas, más allá de la indicación ya familiar de que estaba interviniendo el tal VAR, se informaba para qué lo estaban haciendo en cada caso. Decían los rótulos: “Checking possible penalty handball” y “Checking red card – Denid of goal scoring opportunity”. Unos rótulos que permanecieron indelebles y bien visibles hasta que se resolvió cada una de las circunstancias sometidas a análisis. Unos rótulos que, como bien se puede comprender, estaban al alcance de cualquier espectador versado en la lengua inglesa, lo que a juicio de quien dirigía la retransmisión debía ser el caso del común de los espectadores. Unos rótulos que nos devuelven nuevamente al papanatismo, al complejo de inferioridad y al desprecio por el idioma propio, tan rústico él. Quien tecleó esos rótulos sabía por qué lo hacía y para qué lo hacía. Lo que sería bueno es conocer a quien contrató al rotulador y castigarlo a escribir cien veces esa letanía hasta detestarla.

 

            En fin, a pesar de todo nos queda el fútbol, que no requiere de tanta tontería, aunque también haberlas haylas.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 11 abril 2021

domingo, 4 de abril de 2021

Información

 

            Hace unos días, tuve la suerte de escuchar primero y conversar después con Magda Bandera. Mucho nos contó en público y exprimió en privado la directora de la revista La Marea acerca del periodismo y la justicia social. Daría para un ensayo que seguramente ella publicará algún día, cansada quizá del oficio. Del malestar del oficio de informar.

 

            Compartiré aquí algo tan curioso como desasosegante. Desde que la revista lanzó su número 1 en enero de 2013, apostando por el periodismo riguroso y comprometido, sus ventas han evolucionado siempre al alza, modestamente, salvo en cuatro números: aquéllos en los que su portada y asunto central se dedicaba a la cultura o al cambio climático. Las ventas se vinieron abajo.

 

            Pongo esto en relación con algo que contó, hace años, el entonces periodista y hoy Secretario de Estado de Comunicación Miguel Ángel Oliver. Nos dijo que en su informativo de los fines de semana, entonces en Cuatro, se hacía el seguimiento detallado de audiencia de todo cuanto en él se relataba y que dos materias, deporte y tiempo, elevaban los picos de seguimiento sin necesidad de ningún alarde especial. Para el resto de noticias, no importaba de qué tipo o contenidos, el índice se derrumbaba si exceptuamos el capítulo inicial de titulares.

 

            Antes y ahora parece que todo sigue igual o parecido. Con una gran diferencia: la creciente distancia entre la ciudadanía y los soportes informativos, en particular con aquellos a los que solíamos conceder fiabilidad en el tratamiento de la información, las consideradas grandes cabeceras del periodismo. Aparte de su perversión por la entrada en ese mundo del aparato financiero más duro, la fórmula de pago implantada para acceder a sus contenidos hace que sean muchas las personas que no puedan permitírselo. No discutiré la decisión, pero sí habremos de reconocer que estamos condenando a buena parte de la población a una selva informativa digital donde no es fácil sobrevivir. Al contrario, lo fácil es manipular y generar rabia.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 4 abril 2021

domingo, 28 de marzo de 2021

Enfermos


            La mayor contribución a la enfermedad es estar enfermos. Obviedades de este tipo proliferan en los informativos, donde hay una sobreabundancia de noticias sobre el mundo de la salud que se ha acentuado, naturalmente, a causa de la enfermedad por antonomasia del último largo año. Era una tendencia que venía de lejos. Al menos desde que el neocapitalismo convirtió lo sano en modo de ser, no tanto porque se persiguiera nuestro bienestar como por incrementar un mercado que no ha dejado de crecer en décadas: ser consumidores de salud. De hecho, se produce la paradoja de que cuanto menos nos cuida el llamado sistema más arroja sobre nosotros la obsesión de cuidarnos. O, de otro modo, cuanto más se privatizan los sistemas nacionales de salud y se les hace inalcanzables, más convierten en responsabilidad de cada cual la condición de saludables. Nos quieren productivos, sí, pero a coste cero o a coste directo del bolsillo de los individuos. Lo cual que, volviendo sobre el principio, si el virus nos atropella, nos maltrata y nos mata es porque algo habremos hecho al haber cronificado previamente nuestros males.

 

            Lo último para seguir enfermos es contratar un seguro privado de salud. Hacia ello nos dirigen la desesperación de las listas de espera y otras campañas publicitarias, que nos llevan a pensar que no seremos tratados como plebe sino como infantas del reino. Craso error. A esos seguros les convenimos achacosos y dependientes del otro lado oscuro y recaudador de la medicina: la industria farmacéutica. Sobre todo achacosos y enfermizos sin más, porque si nos ataca un mal con enjundia nos derivarán hacia lo público y a otra cosa mariposa, que pase el siguiente. De tal manera que, si nos atreviésemos, no habría revolución más noble que la del enfermo imaginario. No tanto al estilo de Molière como al de la insumisión por reducción al absurdo. Una enfermedad de pronóstico reservado e imposible tratamiento, como se observa en el maremágnum de las vacunas y sus intereses creados.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 28 marzo 2021

domingo, 21 de marzo de 2021

Respirar

 

            Una de las principales razones, tal vez la mayor, para que la enfermedad maldita continúe transmitiéndose no es otra que la respiración. Respirar no es bueno. Una cámara infrarroja ha permitido ver a través de la pantalla de televisión toda la porquería que arrojamos al aire en cada exhalación, aerosoles los llaman, y ciertamente es una auténtica guarrada. De nada sirve gastarse los ahorros en que nos arreglen la dentadura y nos eliminen el estercolero del sarro; de nada sirve tampoco seleccionar en el mercado el último grito en tapabocas porque no sabemos acomodárnosla adecuadamente; y de nada vale tampoco estar callados, salvo que nos coloquemos de paso una pinza en la nariz. Por cualquier rendija se nos escapa la basura contaminada. Así que lo mejor sería no respirar.

 

            No tocarse, no abrazarse, no hablarse… El sentimiento de culpabilidad que se arroja sobre los individuos crece en paralelo con el número de contagios. Ya no se trata de saltarse las normas del estado de alarma ni de participar en fiestas clandestinas, lo normal es que todos seamos contagiadores de todos por el simple hecho de existir. Sobramos. Si no respirásemos no ocurriría lo que nos está ocurriendo. Basta revisar esas imágenes psicodélicas en la televisión para confirmar que somos culpables, además de unos cerdos, y que los únicos inocentes son el virus y las administraciones sanitarias, que hacen todo lo posible (éstas ultimas) por convencernos de nuestra responsabilidad.

 

            Respiramos por encima de nuestras posibilidades. Lo mismo que una década atrás vivíamos por encima de ellas y así sufrimos las crisis que sufrimos, porque en el fondo nos lo merecemos. Habría que privatizar el aire, puesto que todo lo público, incluido el oxígeno, acaba siendo fuente de dispendio y malestar social, un derroche de vida que no nos podemos permitir. Menos mal que con toda seguridad la Presidenta de la Comunidad de Madrid lo va a incluir en su programa electoral. A ver si aprendemos y tenemos un verano sofocante.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 21 marzo 2021