Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 13 de marzo de 2022

Lógica

            No es fácil en este tiempo turbio reconocer la belleza. Sin embargo, hasta en lo más insospechado aparece. Christine Spengler, fotógrafa francesa especializada en conflictos bélicos, afirma que “la guerra también engendra vida y amor. Yo he visto que cada gesto de desesperación y odio engendra también belleza”. Se dirá, claro, que hace falta mucha vista para observarla, pero al cabo también es necesario buen oído para escuchar el canto en estos mismos tiempos tan poco favorables a ello. Lo decía en una sentencia Bertolt Brecht: “en los tiempos sombríos ¿se cantará también? Sí, también se cantará sobre los tiempos sombríos”.

 

            La vida humana, sobresaliendo en ella sus capítulos más intensos, se rige en parte por una lógica borrosa que escapa de todo análisis racional. Se puede sonreír en los funerales porque en ellos se vive también el reencuentro. Se puede matar en el amor porque siempre hay sufrimiento en la fractura. Se puede uno ensimismar en la guerra porque toda épica, hasta la más sangrienta, oculta emociones. Y se llora de alegría. La Filosofía lo llama lógica paraconsistente: en ella se sitúan las contradicciones y a través suyo se validan inferencias no apropiadas según formatos clásicos. Del mismo modo, existe una lógica difusa formulada desde la matemática y aplicada a la teoría de conjuntos y a la inteligencia artificial. En suma, la vida, nuestras vidas, no responden sólo a una lógica común como tal vez deseáramos.

 

            Es necesario razonar también desde lo borroso para entendernos y entender el mundo. No para distorsionar la realidad, sino para aprehenderla incluso en sus rendijas, esas grietas menores por donde en muchos casos se cuelan asuntos mayores. El amor y la muerte, los dos grandes y únicos temas literarios, necesitan de esa visión porque de otra forma nos serían incomprensibles. En plena guerra, en todas las guerras, sólo una buena dosis de esa lógica ilógica nos permite alimentar la perspectiva de futuro y soportar la sobredosis de los informativos.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 13 marzo 2022

martes, 8 de marzo de 2022

Memoria democrática: uno contra todos

            El 12 de abril de 2018 es la fecha en que inició su recorrido el Decreto de la Memoria Histórica y Democrática de Castilla y León. Tardó en llegar más de lo debido, pero finalmente vio la luz. Gobernaba entonces en la Comunidad Autónoma el Partido Popular en solitario. En un segundo estadio, otro gobierno, formado ahora por PP más Ciudadanos, continuó desarrollándolo. Como parte también del abrigo de dicho Decreto, además de la propia Administración, figuran las entidades que han formado parte de su Consejo Asesor, es decir, las asociaciones para la recuperación de la memoria, las cuatro universidades públicas, la Federación de Municipios y Provincias y CCOO y UGT como sindicatos más representativos. Con mayor o menor éxito, los trabajos derivados del Decreto en cuestión han tenido siempre buena acogida, al margen de que sean mayores las aspiraciones de muchos de nosotros en esa materia.

 

            Fruto de las deliberaciones y opiniones emanadas del Consejo, los gobiernos crearon una unidad administrativa al efecto; han aportado financiación reglamentaria para exhumaciones; han intervenido, como sucedió en Villadangos del Páramo, ante el incumplimiento de las leyes; o han encargado y financiado el mapa de fosas en Castilla y León. Además, en el último tramo de su andadura, el Consejo aprobó por unanimidad el itinerario que le tocaba seguir a la Junta de Castilla y León en estos temas, a saber: localización, exhumación e identificación de víctimas; divulgación de trabajos y resultados de acuerdo con los principios de verdad, justicia, reparación y no repetición; favorecimiento del enterramiento regular de las víctimas halladas o, en su lugar, dignificar los lugares de enterramientos irregulares; inventario de fortificaciones de la guerra civil; y elaboración de unidades didácticas sobre estos temas.

 

            Este es el panorama y el plan de trabajo con los que se llegó a la reciente convocatoria electoral y a las nuevas perspectivas abiertas en función de los resultados de la misma. La novedad que ahora se presenta, una novedad dramática para la materia que tratamos, es la pretensión de un nuevo grupo político con aspiraciones de formar parte del Gobierno de dar carpetazo a estos asuntos y sentenciar el Decreto. Sin pretender cuestionar los resultados electorales, lo que se advierte es que la voluntad torcida de un grupo persigue anular la de todos los demás, que en ningún momento se han pronunciado ni mucho menos contra del Decreto, tal y como se verificó con el rechazo general a una PNL adversa en la legislatura recién agotada; o, de otro modo, mediante componendas, 13 procuradores imponen su equívoca visión histórica sobre la de los otros 68. Traládese eso mismo al cuerpo electoral.

 

            La aritmética sumada a la razón debe ser la guía para reconocer lo que es o no es aceptable por el común de la sociedad, sobre todo para que sea tenido en cuenta por el partido llamado a formar gobierno, el Popular. Y en eso también está llamado a retratarse Alfonso Fernández Mañueco: mostrar su coherencia o su conveniencia, expresar su convicción democrática o su acomodamiento, destacar su afán de justicia o su liquidez moral.

 

            Oportuno es concluir estas reflexiones regresando sobre el texto del Decreto ahora discutido. Señala en su preámbulo: “Los valores democráticos y la defensa de las libertades se constituyen, en el Estatuto de Autonomía, como principios que han de regir todas las políticas públicas, que han de orientarse a la promoción de la cultura de la paz, de la tolerancia, del respeto y del civismo democráticos, rechazando cualquier actitud que promueva la violencia, el odio, la discriminación o la intolerancia, o que, de cualquier otra forma, atente contra la igualdad y la dignidad de las personas”. Pura humanidad.

Publicado en El Día de Valladolid, 5 marzo 2022

domingo, 6 de marzo de 2022

Edad

            En los primeros años de este siglo, y había signos para ello, se especulaba sobre si la humanidad entraba en una nueva edad histórica o no. Los más osados lo daban por hecho e iban un paso más allá en sus conjeturas para teorizar acerca de si a dicha edad le corresponderían buenos tiempos o tiempos salvajes. Había argumentos suficientes para una u otra posibilidad. Incluso para las dos de manera simultánea.

 

            Sabemos ahora que este siglo, esta edad, es una sucesión continua de conmociones y que de un día para otro unos aviones pueden estrellarse contra los edificios más emblemáticos de Nueva York, que una crisis económica global nos abisma en la pobreza, que una enfermedad universal puede paralizar el mundo, que un volcán estalla y nos asombra por su belleza y por su tragedia o que una guerra se desata de súbito en el corazón de Europa. ¡Cómo no sentirse vulnerables! Todos esos estremecimientos del planeta, más otros menos tangible pero igual de crudos, tienden a paralizarnos porque generan miedo. O hedonismo, que es la respuesta inversa al mismo escalofrío.

 

            Edad de temerosos y de epicúreos, pues, que como todos los extremos tienden a tocarse. Sin ir más lejos, en las decisiones políticas que adoptan favoreciendo a una misma opción extemporánea: la que les garantiza, bien un cierto orden imaginario, bien la libertad individual de obrar a propia voluntad. La exclusión en suma de todo interés común o beneficio colectivo.

 

            ¿Será éste, por lo tanto, el sentido de la nueva edad? Personalmente, no lo creo y no soy el único que milita en esa fe. Más bien afirmo que continuamos en tránsito y que todas esas sacudidas son en cierto modo su expresión. Pero tampoco hay duda de que nos movemos en el filo, apenas si hay margen ya para girar definitivamente hacia lo locura o hacia la sensatez. Por suerte o no, conocemos el resultado del pánico y del puro deleite. Nos resta probar el sabor de la audacia para reconquistar la vida, ese espacio que comparto con otros, con otras, contigo.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 6 marzo 2022

viernes, 4 de marzo de 2022

BELÉN GOPEQUI: Existiríamos el mar


LA AUTORA

     Belén Gopegui es escritora y guionista cinematográfica, ganadora de premios como el Tigre Juan y finalista de certámenes como el Rómulo Gallegos o el José Manuel Lara de Novela. Licenciada en Derecho, publicó en 1993 su novela La escala de los mapas, obra que logró un gran elogio de la crítica. En el año 2000 otra de sus novelas, La conquista del aire, fue adaptada al cine con guion de Ángeles González Sinde y de la propia Gopegui. Como guionista habría que destacar en su trayectoria películas como El principio de Arquímedes o La suerte dormida, trabajos que alternó con sus siguientes novelas, El lado frío de la almohada o Deseo de ser punk. En 2014 vieron la luz la antología de ensayos Rompiendo algo y la novela El comité de la noche. 

EL LIBRO

      Un soplo de energía que nos lleva a los caminos donde se unen la fragilidad y la fuerza, lo difícil y lo posible, los nuevos comienzos, y formas diferentes de perseverancia y de lealtad. Belén Gopegui ha escrito una novela osada y conmovedora de historias comunes donde lo más intenso no reside ni en lo más oscuro ni en lo más turbio, sino, a veces, muchas veces, en momentos de respeto, risas, charla, felicidad, apoyo mutuo o rabia compartida.

EL TEXTO

      “El vínculo entre la vida y el mundo no debería ser el trabajo asalariado” (...)  “Las personas se sostienen unas a otras” (...) “Ninguna vida debería sostenerse en el daño de otras”.


domingo, 27 de febrero de 2022

Miccionar

 

            Leo en un diario local que la policía municipal de León denunció a un hombre por miccionar en el Parque de San Francisco. Tan decimonónica es la expresión que mientras tecleo esta columna en el ordenador ni siquiera su diccionario la reconoce, lo cual tampoco es indicativo de nada, la verdad. El caso es que yo sí la he reconocido, no sé ustedes, y me he quedado más bien perplejo, no tanto por el acto en sí como por la palabra empleada para su descripción. De tal manera, que me ha sido inevitable preguntarme si fue elegida por el agente denunciante o si es fruto de quien redactó la noticia. En cualquier caso, perplejo.

 

            Me vino a la memoria de inmediato una acción de la guardia civil ocurrida hace años, en la que se trataba de verificar en un centro comercial si determinados animales puestos a la venta contaban con todos los parabienes necesarios. Eran tortugas. El agente en aquel caso presentó el operativo como una comprobación sobre si los quelonios estaban en orden o no. Los quelonios.

 

            De la micción y del quelonio se puede deducir que los miembros de esos cuerpos de seguridad superaron en algún momento las pruebas lingüísticas de selección para los mismos con un poco más de rigor, excesivo quizá, que lo que ahora se reclamará a los nuevos policías nacionales. Ya no se les exigirá una prueba de ortografía excluyente. Esto se califica como “mejora” en la orden ministerial que modifica las bases para el acceso a ese cuerpo.

 

            Seguramente, ni tanto ni tan calvo. Ni lenguaje caduco, aunque correcto, ni ausencia de tildes, por poner un ejemplo. Debo señalar, no obstante, que el más brillante informe de investigación que he leído en mi vida, así en términos técnicos como en los puramente lingüísticos, lo firmaba el servicio del SEPRONA ante una denuncia por contaminación ambiental en una fábrica de piensos situada en la Sobarriba. Sólo con aquella precisión se ganaban todo el crédito. Exactamente lo contrario de quienes se pasan, se quedan cortos o miccionan fuera de tiesto.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 27 febrero 2022

domingo, 20 de febrero de 2022

Inteligencia

El viajero se acerca a Aranda de Duero guiado por eso que llaman GPS, al parecer siglas que corresponden en inglés a Sistema de Posicionamiento Global, todo son siglas o abreviaturas en estos tiempos. Llegará un momento en que se topará con una de las infinitas rotondas esparcidas por las carreteras españolas. Entonces el aparato en cuestión, su voz robótica, le indicará que debe tomar la salida hacia la ene i. Y el viajero entrará en pánico tratando de interpretar ese consejo: ¿ene i? Dará varias vueltas a la rotonda y por fin acabará descubriendo, gracias a un letrero rudimentario, que lo que el tal GPS nombra de ese modo es en realidad la ene uno, es decir, la carretera Nacional I: uno en números romanos, no i latina mayúscula. Esto se llama inteligencia artificial o se acerca a formar parte de ella.

 

Mucho se habla de esa habilidad de las máquinas para asemejarse a las capacidades de los seres humanos, que muy pronto, merced a ello, descansaremos en paz. Si consideramos que los números romanos son una pequeña parte de la cultura latina, que a su vez forma gran parte del sustrato de nuestra civilización, el desconocimiento que nuestra guía de viajes tiene de ello garantiza sin duda ese descanso eterno. Si superamos el sentido menor de la anécdota, no llego a saber qué otro error, qué otra confusión de gran calibre nos sepultará, pero no tengo duda de que existirá y será trágica. Más todavía si, por pereza, nos abandonamos al dominio maquinal.

 

Hay temporadas, sin embargo, en que tampoco la inteligencia natural, si la hay, consuela. No, no me refiero al comportamiento electoral, del que mucho cabría decir, sino precisamente a los mensajes previos a esa cita, a la campaña. Las barbaridades mentales escuchadas en ella no son ni mucho menos una muestra de la capacidad humana de pensar, sino todo lo contrario, de no pensar. Y, en consecuencia, de no animar el pensamiento de quienes votan. Pensar cansa, no cabe duda, pero es lo que nos distingue de los seres irracionales.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 20 febrero 2022

domingo, 13 de febrero de 2022

Maraña

            A pesar de las horas consumidas atendiendo a la información meteorológica, confieso que apenas si había reparado en la cantidad de días en los que el cielo nos aparece enmarañado. Últimamente con notable profusión. Si bien es una expresión correcta, me quedo con lo que apunta el diccionario en su definición: los celajes que forman la maraña, es decir, ese conjunto de nubes tenues. No hay comparación entre celaje y maraña a la hora de rendirse a la poesía del lenguaje.

 

            Comento esto en consonancia con una noticia que nos fascinó la pasada semana y que, a mi modo de ver, ha de ser resaltada: un poema universal recorre el espacio interestelar. Se trata de un proyecto internacional que ha lanzado 22.000 versos desde Chile en dirección a una nebulosa cercana a la Cruz del Sur. Más o menos a unos 600 años luz de nosotros, adonde, si todo va bien, llegarán en forma de onda de radio en el año 2622. Pero nadie los recibirá allí.

 

            Sinceramente, yo prefiero que vaya mal, al menos en parte, y que una cantidad importante de versos se precipiten sobre nuestras cabezas desde el espacio exterior. Esto es, que no solo haya nubes tenues alimentando la maraña del cielo, sino que buena parte de esa neblina esté formada por versos. Habría que inventar entonces un nuevo término para definir el fenómeno en los informativos del tiempo, decir por ejemplo que el cielo está lírico o que se prevén brumas de alejandrinos.

 

            No lloverá, porque la sequía se empeña en castigarnos, pero quién sabe, quizá esas nubes poéticas acaben por condensarse con un poco de humedad emocional y provoquen tormentas de metonimias o chubascos de aliteraciones. Seguramente, con eso no aliviaremos la sed de nuestros embalses ni el hambre de los regadíos, pero estoy seguro de que otro será sin duda el estado de ánimo de este terreno ofuscado y de sus habitantes al borde del estallido. Lo cantaba como nadie Pablo Guerrero, que también se retira: “que es tiempo de vivir y de soñar y de creer. / Tiene que llover a cántaros”.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 13 febrero 2022

domingo, 6 de febrero de 2022

Números

            Esta semana falleció quien fuera mi suegro, un buen hombre. Se agotó. Con ello se ha sumado a mi lista de números de teléfono deshabitados, cada vez son más en la sección de contactos. Hace años tomé la decisión de mantenerlos a la vista, no borrarlos, no importa quién esté ahora detrás de ellos si es que alguien los ha reanimado. Su sola persistencia dentro del directorio es la supervivencia de sus almas en este mundo digital al que nos vamos acostumbrando. En algunos casos ni siquiera he borrado sus mensajes de WhatsApp y continúan alojados en la sección de favoritos. “E igualmente” fueron las últimas palabras escritas en uno de ellos. En otro, que acogía sólo mensajes orales, ya no es posible descargarlos. Inmóviles para siempre, eso sí, permanecen sus imágenes en los perfiles. Tal y como fueron y son aún en la memoria.

 

            También el móvil es un cementerio. Puesto que en él se contiene todo cuanto somos, no hay razón para que en él no permanezcan también nuestros muertos. Sin morbo alguno. Al fin y al cabo, pienso que continúan viajando conmigo en el bolsillo y que los acaricio cuando doy algún uso al aparato. Mucho peor empleo he observado que hacen con él algunas gentes. Transmitir odio, por ejemplo. Y si tenemos en cuenta que hoy debemos facilitar nuestro número para cualquier trámite, ¿por qué no conservarlo como guardamos fotografías, cartas u otros efectos personales de aquellos a quienes tanto hemos amado?

 

            Ignoro si existe una aplicación para estos menesteres de honrar a los muertos. Probablemente sí, hay aplicaciones para todo. O las habrá cuando yo mismo forme parte de la legión de los idos. Así como es un sueño recurrente, a veces un sueño despierto, imaginar cómo será nuestro funeral, cómo reaccionarán las personas que nos estiman, cómo y cuánto resistiremos en sus recuerdos, también cabe suponer que alguien decidirá no borrar nuestro número en su teléfono y nos ligará a su cotidianidad como quien lleva flores a una tumba. A mí me gustaría que así fuese.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 6 febrero 2022

domingo, 30 de enero de 2022

Ascensor

Cuando a uno le pagan por contar en público la propia vida es que el ascensor social ha alcanzado el ático. Así lo observé esta misma semana en uno de los encuentros integrados en el V Foro de la Cultura que se ha celebrado en la ciudad de Valladolid. Tres reputadas pensadoras y creadoras, como calificaba un medio digital, estaban llamadas a dialogar acerca de un asunto sobre el que en realidad se pasó de puntillas, Cultura: tradición y modernidad. Sin embargo, más de la mitad de la conversación se entregó a que cada una de ellas nos relataran sus vidas, apasionantes sin duda y llenas de estímulos y anécdotas para el auditorio, sin que al cabo se entrara en el meollo de la trama. Naturalmente, se comentó la capacidad que la cultura tiene como ascensor social, y de ahí el comienzo de esta columna, e incluso, por seguir con el símil, se describieron los sótanos de la propia actividad cultural, es decir, la precariedad de tantas personas que malviven en ese sector y que sueñan con llegar también al ático un día.

 

A pesar de la deficiente arquitectura del debate, sirvió para confirmarnos que sí, que la cultura nos eleva desde la humildad de nuestras cunas, al menos en nuestra condición de seres pensantes y actores del conocimiento. Y lo que quedó claro una vez más es que el edificio cultural se asemeja hoy más bien a un páramo clásico, no tanto porque sea un terreno yermo en la creación, sino a causa del muy secundario papel que se le concede en la política. Así se aprecia en el debate electoral presente, dentro del cual no hemos escuchado propuesta alguna relativa a ese ámbito por parte de ninguna candidatura. Ese vacío es una mala señal. Por supuesto que hay otros ascensores sociales, debiera haberlos no obstante la grisura del paisaje, mas la ausencia de la cultura en los discursos es la ausencia del cultivo, es decir, la sequedad. De manera que, para quienes dudan su voto, examinar en esta materia los programas podría ser bien un elevador electoral o todo lo contrario.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 30 enero 2022

domingo, 23 de enero de 2022

Comunicación

            Si  yo digo que Novak Djocovic fue encerrado en una macrogranja australiana o que Boris Johnson, a pesar del brexit y de otros festejos, se suma a la petición de fondos europeos para la recuperación económica, posiblemente se me tachará de mal informado, de gracioso o, directamente, de confundido. Si además de decirlo lo difundo a través de cuantos medios de comunicación en el mundo son y han sido y éstos lo repiten sin más, es posible que gane algo de credibilidad, sobre todo si se sigue replicando el mensaje con total alegría y banalidad. Y por fin, si esos mismos mensajes, debidamente deconstruidos, se lanzan sin cesar por tierra, mar, aire e internet, seguramente habrá muchas más personas que como yo acaben por casar el puzzle y conformar resultados parecidos a los del comienzo. Esto también es comunicación, pero de la mala, y se lleva mucho en estos tiempos.

 

            Hace una semana, leí por casualidad dos diarios digitales de los cientos que abundan en la red y encontré la siguiente noticia aplicada, supongo, a cada uno de sus ámbitos territoriales correspondientes (siempre y cuando existan ámbitos territoriales en el mundo digital): “Detenido el primer importador de heroína en España y desarticulada la banda, que llegaba a Soria” y “Así se detuvo al Pablo Escobar español, el mayor importador de heroína que hacía llegar hasta León”. Los titulares de por sí son gloriosos, pero eso es mejorable. Ahora bien, el efecto sobre los lectores indefensos les lleva a recibir una información perfectamente intercambiable y conformar un tejido final a la carta donde las soluciones comunicativas pueden ser de lo más incierto. ¿Qué es lo importante? Comunicación también, aunque mal elaborada.

 

            Con estos mimbres y poco más cosemos el cesto de nuestra opinión: titulares pintorescos y noticias reiteradas hasta la rendición, poco importa la realidad, la fabricación o el doblez de todo ello. Medios de comunicación que no contrastan y lectores que no leen más allá del impacto. Autismo social.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 23 enero 2022