Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 5 de septiembre de 2021

Descartar

 

            Progresa adecuadamente un nuevo término a punto de ponerse de moda y de vaciarse de contenido: descartar (en sus diversas variantes). Iniciaron la carrera, para variar, los medios de comunicación con una coletilla que se repite inalterada cada vez que se habla de un suceso por lo general morboso: “la policía no descarta ninguna hipótesis”. Tomaron el testigo acto seguido los comentaristas deportivos para hablar de los “descartes en las alineaciones”. Y ahora ha llegado nada menos que el Papa para relacionar, nada menos también, la eutanasia y el aborto con “la cultura del descarte”. Todo tiene su sentido, por supuesto, pero acabará por no tenerlo. Al menos yo no lo descarto.

 

            Lo de Francisco, Bergoglio o Papa –toda una trinidad en su persona– tiene interés, no obstante, porque nos remite a un supuesto colectivo formado por las personas descartadas, nacidas o no, si bien en su discurso se refiere tan sólo a los “viejos”, a los “enfermos más terminales” y a “los chicos no queridos”. Los extremos de la vida y de la muerte siempre han sido objeto de atención para la Iglesia Católica y para sus pontífices todos, aunque no tanto el cogollo de la vida y de la muerte misma, donde en la mayor parte de casos reside precisamente la razón de ser de la eutanasia y del aborto. Por eso es interesante el término que acuña como “cultura del descarte”, si bien lo que habría que pedirle es que concretase un poco más el universo de los descartados en vida, si es que los hay y si es que reclaman también su consideración y la de la fe que él dirige.

 

            Porque, sin entrar en disputas teológicas que no vienen al caso, lo cierto es que las desigualdades terrenales de todo tipo son las que descartan a los seres humanos, así en Roma como en Texas, y no el cielo que nos tienen prometido. Esto es así no sólo por razón de vejez, enfermedad o no nacimiento, sino a causa del existir sin más. Del mal existir, debiera decirse. Es, por lo general, en ese terreno donde todas las religiones se descartan.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 5 septiembre 2021

domingo, 29 de agosto de 2021

Encuentros

 

            A punto de agostarse agosto, repasamos mentalmente cuanto nos ha ofrecido el verano que se escapa y tratamos de extraer de ello el jugo que nos alimente en los meses próximos. Es un ritual necesario, las vacaciones no son solamente ocio y desahogo, también en ellas hay, debe haber, provisión.

 

            A mi modo de ver, el principal suministro nos proviene de los encuentros recuperados, también de los desencuentros a veces. Al fin y al cabo, esta estación favorece un ir y venir que siempre reconforta. Se puede huir a las Maldivas para no toparse con nadie conocido, por supuesto, y que nada nos hable de nuestro ser corriente. En tal caso, los vacíos permanecerán vacíos otro año más y la ruta de las emociones no la compensarán todas las playas del Índico juntas. No importa tanto adónde voy como con quién me encuentro en el viaje. Es una opción personal. Como la de aprovechar el recreo para cuidar lo descuidado.

 

            En consecuencia, destaco aquí mi reencuentro con el Monasterio de Sandoval. Después de décadas, retorné a las piedras escondidas entre los maizales y las descubrí habitadas por una exuberancia de manifestaciones artísticas agrupadas bajo el título de “Palimpsesto”. Como aquellas tablillas reaprovechadas, también las piedras hablaban ahora otro lenguaje y otros eran los estímulos que recibía el visitante mediante esa comunión entre ruina y modernidad. Es verdad que muchas de las piezas eran ya conocidas, otro reencuentro por tanto, aunque luciesen de forma inesperada y uno llegase a pensar que les vendría bien peregrinar más allá de los límites de esta provincia, a otros monasterios, a otras playas, a otros maizales que también las  merecen.

 

            Desde otra perspectiva, siento que ese debiera ser el objetivo de la gestión cultural: en primer lugar alentar el encuentro entre las formas y en segundo servirles de canal para su ensanchamiento más allá de los límites naturales. En Sandoval encontré una parte de ese plan. Ahora se hace preciso superar otras fronteras provincianas.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 29 agosto 2021

domingo, 22 de agosto de 2021

Ciclismo

 

            Se tenga o no afición al ciclismo, habrá que reconocer que la retransmisión televisiva de este tipo de competiciones reúne intereses que van más allá de lo puramente deportivo. Sin duda porque se trata de un espectáculo, como casi todo lo que se asoma a las pantallas, y por eso el envoltorio acaba siendo en muchos casos más relevante que el contenido mismo de lo emitido. También porque su ritmo cansino en ocasiones, la repetición de comentarios y el sinfín de etapas tan parecidas entre sí animan y arrullan la siesta de muchos espectadores, lo cual no es despreciable. Finalmente, porque contribuye como pocas emisiones a lo que yo defino como turismo desde el pasillo de casa, es decir, sentirse parte de esos recorridos por donde discurren las grandes vueltas.

 

            En esto último también hay intereses y revelaciones más que pintorescas. Ni el Tour, ni el Giro, ni la Vuelta realzan los mismos testimonios del paisaje y de las localidades situadas en el itinerario. Por ejemplo, en la actual edición de la Vuelta a España sorprende la abundancia de imágenes y explicaciones sobre construcciones religiosas frente a otro tipo de monumentos (viejos castillos aparte, casi todos ellos arruinados): catedrales, iglesias, ermitas, santuarios, monasterios, basílicas y todo tipo de edificios de esa naturaleza parecen ser los únicos elementos arquitectónicos reseñables en este país. Incluso un arzobispo, el de Burgos, participó dicharachero en la gala de presentación de la Vuelta y un abad, el de Silos, cortó la cinta del inicio de una de las etapas. No hay un capellán exclusivo para estos eventos, pero poco falta.

 

            Se pretenda tal o no, esto forma parte así mismo del nacionalcatolicismo rampante en estos momentos en España. En casi todo momento más bien, lo cual no resulta ya tan vistoso ni circunstancial. Esa reiteración de imágenes religiosas en una prueba ciclista, o en otras expresiones deportivas donde también son comunes, no es gratuita. Sirve a un dios que no habita en los cielos.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 22 agosto 2021

domingo, 15 de agosto de 2021

Grandeza

            Desde Babel los seres humanos confundieron grandeza con tamaño y así nos va. No necesitaba Babilonia una torre desmesurada para engrandecerse, del mismo modo que no requieren otros lugares menores y más cercanos inventar artilugios para aparecer en los libros de los récords, pues ya son grandes en sí mismos con solo mirar alrededor.

 

            Sin embargo, la obsesión por conquistar público turista, es decir, público que por lo general solo hace fotos y no mira alrededor, ha llevado a las localidades leonesas de Riaño y de Burón a inventarse un columpio y un banco precisamente para hacerse fotos, como si el decorado natural no fuese suficiente por sí solo. El columpio, dicen, es el más alto de España, dos grandes tijeras  de roble de unos ocho metros, y el banco, con cuatro metros de altura, resulta ser el más grande de la provincia. Tonterías de este tipo harán las delicias seguramente de niños y de niñas y de otras gentes infantilizadas, pero nada añaden en verdad a los paisajes y a otras grandezas con los que pretenden competir. Salvo que convengamos que el turismo, convertido en solución no se sabe bien de qué, nos atolondra a todos hasta la total confusión. Como a los constructores babélicos.

 

            El culto obsesivo por el tamaño suele producir disparates, como pudieron comprobar precisamente los descendientes de Noé al dedicarse a la arquitectura sin venir a cuento. Lástima que no haya un dios para poner en su sitio, por ejemplo, a los urdidores del edificio más alto de la comunidad autónoma, la llamada Torre de la Rosaleda, en Ponferrada, con toda probabilidad también el edificio más desgraciado de esta misma comunidad y parte del extranjero. Tampoco la grandeza de la comarca berciana necesitaba afrentas de ese calibre para ser conocida y visitada incluso por turistas. Sin descartarlo del todo, muy mal gusto habrán de tener estos últimos si eligen esa extravagancia como fondo para sus fotografías. Y es que seguramente el tamaño importa, pero menos que la nobleza y la dignidad.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 15 agosto 2021

domingo, 8 de agosto de 2021

Colchón

 


            He comprado un colchón nuevo. Creo que es el tercer colchón que compro en mi vida. Quedan aparte, naturalmente, todos aquellos otros (propios o apropiados, ajenos, compartidos por accidente, alquilados…) que han guarecido mis sueños a lo largo de los años. También dejo de lado otras superficies informales donde arrojé los huesos en alguna noche descarriada. En suma: la historia de los colchones es la historia de la vida, el tránsito que va desde la borra de lana de la infancia, que necesitaba lavarse y varearse al menos una vez al año, hasta estas construcciones de muelles ensacados con recubrimiento de titanio dispuestos en panal de abeja con canapé incluido.

 

            No es cualquier compra, desde luego. Imprevistos al margen, si su rendimiento es tal y como aventura la publicidad que lo precede, posiblemente sea el último colchón que adquiera en mi vida. La última expresión del núcleo de la patria. O tal vez debiera decir matria, siguiendo la hermosa línea de pensamiento de la Vicepresidenta Yolanda Díaz. No otra cosa es una cama: en ella soñamos y en ella amamos, en ella nacemos y en ella morimos; es decir, es el lugar íntimo donde compartimos nuestras quimeras, a veces sólo con uno mismo, y en ellas crecemos. Por eso un desahucio es como privar a alguien de la tierra, convertirlo en expatriado, un individuo obligado a malvivir fuera de la patria.

 

            El cantante francés Henri Tachan repetía en uno de sus estribillos una verdad indispensable: “entre el amor y la amistad no hay más que una cama de diferencia”. ¿Cómo no sentirlo así si uno piensa en todos esos colchones esparcidos por el tiempo y por la geografía, si uno piensa en cuanto fue y es aún, si uno piensa directamente en la vida que se amortigua? Por eso mismo el último colchón es también el amor definitivo. Dije que no se trataba de cualquier compra y digo ahora que no se trata de cualquier amor. Lo que de común tienen entre sí uno y otro es lo del panal de abejas que nutre y vivifica, esa miel, esa jalea, ese dulzor...

 

Publiceo en La Nueva Crónica, 8 agosto 2021

domingo, 1 de agosto de 2021

Estéticas

 


            Cuanto más crece la fealdad a nuestro alrededor, más aumenta en paralelo el gasto estético.

 

            Seis años atrás, la periodista Cristina Manzano, directora de esglobal, afirmaba: “si hay un tipo de actividad que, según el paisaje de nuestras ciudades, no parece haber sufrido con la crisis es el dedicado a la estética en general, y a las uñas en particular”. Se refería entonces a la crisis financiera y a otros cataclismos de la segunda década del siglo. Ahora, en una nueva década y en medio de otra crisis diferente, el éxito económico no sólo se sostiene sino que continúa al alza. Según hemos sabido recientemente, esa industria movió 2.660 millones de euros en España durante el pasado año. El año, no lo olvidemos, de la parálisis y de los confinamientos. El año uno de la enfermedad. Lo único realmente nuevo en ese paisaje fue la preocupación de los llamémosles pacientes por tratar el tercio facial superior, la única parte que quedaba a la vista con las mascarillas. Es decir: mientras la inquietud mayoritaria de la población se centraba en sobrevivir a duras penas y en el desarrollo de las vacunas, había quien se dejaba el tiempo y el dinero en, pongo por caso, la toxina botulínica y en el ácido hialurónico, hasta el punto de que en estos momentos la demanda en estas materias ha aumentado ya un 10% respecto a la etapa precovid.

 

            En fin, en estos tiempos de paradojas no podía faltar la que enfrenta el reclamo de la pureza con lo puramente ficticio, el culto a lo natural con la inflación del afeite, la sencillez obligada por la austeridad con el exceso de quienes nos pensamos un día nuevos ricos. De esa pugna saldrá, está saliendo ya, una sociedad diferente. Y por lo que se ve hasta el momento la balanza se inclina poco a poco hacia el lado cosmético. Recordemos al respecto la evolución significativa del término cosmética: alejándose del original concepto de embellecer ha cobrado, en ciertos contextos, un valor peyorativo cercano a superficial, tramposo, de pura apariencia.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 1 agosto 2021

domingo, 25 de julio de 2021

Nenikékamen

            La atracción por el atletismo me viene (supongo que no seré el único) de los años del bachillerato y del estudio del griego entonces, algo absolutamente impensable hoy en día. De lo uno y de lo otro guardo la memoria de Phillípides, a quien el general ateniense Miliciades el joven encargó recorrer la distancia que separaba la llanura de Maratón de la ciudad de Atenas para dar la noticia del triunfo en la batalla contra los persas. Urgía, porque, tal y como se había convenido, si las mujeres no recibían esa noticia antes de veinticuatro horas ellas mismas, al ponerse el sol, matarían a sus hijos y se suicidarían a continuación. La amenaza persa, de haber vencido, consistía precisamente en saquear la ciudad, violar a las mujeres y sacrificar a los niños. De modo que el bueno de Phillípides, además de haber estado combatiendo un día entero, tuvo que recorrer los 42 kilómetros con tanto empeño que cuando llegó al destino cayó agotado y sólo pudo decir: “hemos vencido”.

 

            Desde entonces seguimos, sigo, mimando ídolos en nuestras almas frustradas y necesitadas de estímulos, muchos de los cuales, claro, los escogemos en desfiles épicos como el que ahora luce Japón. Recordamos la agilidad y la gracia de Nadia Comanesci sobre la barra de equilibrios, la abusiva belleza de Svetlana Boginskaia en las barras asimétricas, la fealdad arácnida de Bob Beamon al caer sobre la arena del estadio, la nariz deliciosa de Walter Magnífico bajo las canastas, las uñas indómitas de Florence Griffit brillando sobre el tartán… Mas, por encima de todos, siempre dos nombres que representan la conjunción de los atletas rupestres africanos y la mecánica germana: Abebe Bikila, el maratoniano etíope, dos veces ganador de la prueba olímpica, que concluyó sus días en una silla de ruedas, y Ulrike Meyfarth, la más extraordinaria saltadora de altura, que ganó la medalla de oro en los Juegos de Munich con tan sólo 16 años. Siempre quisimos ser como ellos, ser ellos, para desafiar las leyes de la naturaleza.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 25 julio 2021

domingo, 18 de julio de 2021

Vacaciones


            Frente a la movilidad compulsiva y la quietud de la peste, he decidido comprarme una camiseta, unas chanclas y una visera e irme de vacaciones por el pasillo de casa.

 

            Nadie se sorprenda, pues, si el primer destino son las playas, cualquier playa, de las Islas Marquesas, cualquiera de ellas, así bautizadas curiosamente por el berciano Álvaro de Mendaña a finales del siglo XVI y que hoy forman parte de la Polinesia francesa. Por allí deambulan todavía los fantasmas de Paul Gauguin, de Jacques Brel, de Herman Melville, de Robert Louis Stevenson y de Jack London. No hay quien dé más. Quizá sea bueno entonces acomodarse en Atuona, la antigua capital, para, entre baño y baño, encontrarse allí con las tumbas de Gauguin y de Brel en el Cementerio del Calvario: “Quiero que se ría, que se cante / mientras voy de las lágrimas al silencio”, entonaba el segundo de ellos.

 

            Hay otro enterramiento y otro islote más cercano adonde dirigirse pasillo arriba pasillo abajo. Me refiero a Grand-Bé, un lugar al que sólo puede llegarse a pie desde Saint-Malo cuando la marea está baja. El que allí descansa, en una tumba de cara al mar, es François-René de Chateaubriand, quien también nos llevó un día por la calle de la amargura: “¡Por tus besos vendería el porvenir!”, se atrevió a escribir. Y a continuación, ya puestos, atravesar en barco la desembocadura de La Rance y alcanzar Dinard, siguiendo la ruta que Éric Rohmer dibujó para el protagonista de su “Cuento de verano”.

 

            De regreso a casa, a través del pasillo, cabe una última opción: detenerse en la isla de Hidra, en el Golfo Sarónico, al sur de Atenas. No hay tumba que visitar, a pesar de la memoria monstruosa del nombre, pero sí ocasión para rememorar el amor allí vivido entre Leonard Cohen y Marianne Ihlen. No quedan ya artistas ni pescadores ni el paisaje es el de aquellos años sesenta, pero resuena todavía la melodía que ellos dos compartieron: “Me olvido de rezar por los ángeles / y luego los ángeles se olvidan de rezar por nosotros”.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 18 julio 2021


domingo, 11 de julio de 2021

Pensiones

 

            Del mismo modo que las olas de la enfermedad van y vienen y nunca parecen conformes con su destino ni nos permiten adivinar cómo será el nuestro en este entorno impreciso, así también, antes, ahora y después de la pandemia, casi todo tiende a la inestabilidad. No es ya que habitemos en una sociedad líquida con un pensamiento líquido, como describía Bauman, sino que más bien ese todo y las partes que lo conforman tienden a lo gaseoso. Al menos el estado líquido era susceptible de ser contenido en una vasija, en un embalse o en la boca de quien lo bebe. En cambio, lo propio de un gas inestable es su tendencia a la inflamación y a la explosión incluso en ausencia de oxígeno. Es decir, que no hay quien lo amanse de buenas a primeras.

 

            Por ejemplo, si lo pensamos bien, nada hay más inestable que un Ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Sobre todo delante de un micrófono. Parece el triyoduro de nitrógeno, tan reactivo que basta con una mínima presión o sacudida para hacerlo explotar. O para que haga explotar un acuerdo sobre pensiones largamente negociado apenas unas horas antes de ser suscrito entre otros por el Presidente del Gobierno del que él mismo forma parte. Sucedió hace unos días.

 

            Y lo que ocurre también es que un gas inflamable llama a otro por simpatía y se produce, claro, una reacción en cadena que no la para ni el más inspirado Unai Simón en una tanda de penaltis. Fue así como, agarrados a un clavo ardiendo, por si necesario fuera más combustible para el zambombazo, a la onda expansiva se sumaron de inmediato los portavoces más reaccionarios y sus ecos mediáticos (o a la inversa), las plataformas de pensionistas que dicen representarnos a todos sin que nadie los haya elegido para tal fin y los economistas más neoliberales que se estimulan cuando huelen la sangre de lo público. De tal forma que lo que era un pacto de estabilidad en materia de pensiones se revienta de inmediato porque en el fondo no sabemos ya vivir sin el vaivén de las olas.

 

Publicdo en La Nueva Crónica, 11 julio 2021

domingo, 4 de julio de 2021

Adicción

            Tampoco era necesario esperar al informe de Proyecto Hombre para suponer lo que estaba ocurriendo: a causa del confinamiento y de otras restricciones recientes, señalan, los problemas con la bebida han aumentado en la provincia de León en más de un 30%. Cabe pensar que eso no habrá ocurrido sólo en esta provincia, sino que, por lo que vemos en otros informativos, la impresión es que el consumo de alcohol ha estallado de forma más que general. Lo que ya no parece tan claro es otra de las aseveraciones que recoge el pensamiento de esa misma organización, al menos por lo que se refiere a esta dependencia: “la adicción es el síntoma de un problema que reside en la persona”.

 

            Residirá, no digo que no, y a solas con ellos mismos habrán bebido (habremos bebido) muchos individuos confinados. Las razones parecen obvias. Sin embargo, esta adicción se expresa, sin confinamientos ya y con restricciones aliviadas, de un modo más bien colectivo (botellones, fiestas, jolgorios varios), lo que demuestra que se trata de un problema que supera lo personal. De hecho, a consecuencia del repunte de contagios debidos en gran parte a esas jaranas, las administraciones sanitarias valoran volver a restringir lo que de un modo eufemístico se llama ocio nocturno. Hablamos entonces de un comportamiento claramente social, inmadurez o falta de juicio de las personas aparte.

 

            Lo que, en suma, debe llevar a preguntarnos qué es eso del ocio nocturno. ¿Acaso no hay otras formas de tal ocio que no consistan en emborracharse? Y de ser así, tanto ahora como en los tiempos prepandémicos en el grado que correspondiera, ¿cómo es posible la pasmosa naturalidad con que se vive y se anima ese desparrame cotidiano? Más aún: ¿privamos entonces del dichoso ocio nocturno también a quienes no salen a embriagarse directamente? Alternar, tomar una copa, charlar tranquilamente en un bar para noctámbulos ¿genera adicciones, enciende contagios? ¿O el problema es el exceso? Como en todo, no mata el veneno sino la dosis.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 4 julio 2021