Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 7 de octubre de 2018

Gas

     Si decíamos hace una semana que la factura de la luz daba calambre, diremos ésta que el recibo del gas atufa. Las casualidades en materia de precios no existen y mucho menos aún en determinadas fechas del calendario. Sube la energía de cara a los meses de invierno, cuando se dispara el consumo doméstico por razones obvias, lo mismo que suben los carburantes coincidiendo con las operaciones salida y regreso de cualquier turno de vacaciones. Se podrá argumentar lo que se quiera y todo valdrá, los buitres son expertos en retórica, pero nadie podrá evitar la sensación de ser pastoreado al albur de los depredadores.

     De modo que ahora toca el gas, que nos iba a salvar de los males del carbón y de las térmicas. Y luego subirá el aire, que ya es propiedad de los dueños de los molinillos. Y el agua, que lo es de los señores de los pantanos. Y el sol, que pertenece a los virreyes de las placas de silicio. Y la biomasa, que es moneda para los predicadores de lo alternativo. Aquí no se salva ni Dios, como decía Blas de Otero.

     Si bien se piensa, todas esas materias no son realmente de nadie, son bienes mostrencos, y, en consecuencia, debiera ser la administración del común la que se encargara de regular su uso, comercio y beneficio, sin olvidar nunca que se trata de atender a necesidades básicas para la población. Naturalmente, eso, en estos tiempos, es pura poesía. Pero en tal caso habría que demandar responsabilidades a las comisiones varias, organismo cientos y entidades diversas que se constituyen para el debido control del mercado. O determinar que sobran directamente y firmar su acta de defunción, pues de hecho escasa vida y poder demuestran frente a la voracidad de los lobbys, de los oligopolios y de las demás especies de la carroña y de la usura.

     Con todo, lo más bonito es saber que uno forma parte de eso que denominan Tarifa del Último Recurso, que suena a últimas voluntades o a las diez de últimas, tanto da. Es la constancia de que no pintamos casi nada en este chollo.

Publicado en La Nueva Crónica, 7 octubre 2018

domingo, 30 de septiembre de 2018

Electricidad

     Del mismo modo que las cajetillas de tabaco advierten sobre las consecuencias de su consumo, otros productos debieran incorporar así mismo sus propias admoniciones. El recibo de la luz, por ejemplo, habría de indicar que en el mejor de los casos produce calambre.

     Poco importa que un año llene el agua o no los embalses, que sople el viento o que haya calma chicha, que se cierren minas o que nos llegue como un castigo el carbón de importación, nada detiene al hacedor oscuro de esas facturas tóxicas. Lo último es el precio que se nos repercute por las emisiones contaminantes. El año pasado fue el déficit hídrico. A saber lo que sobrevendrá en el próximo. El caso es que, entre dimes y diretes, los precios de la luz siempre acaban por iluminarse al alza con deslumbrante resplandor. Porque, además, de casi nada sirve proponerse aligerar el gasto a través de un menor uso de ese bien necesario, el ahorro será ínfimo pues el grueso del pago se dedica a costes fijos del contrato, de los impuestos, del productor, del regulador, del repartidor… y así sucesivamente, hasta un sinfín de beneficiarios incontrolables, que hacen del recibo un documento en verdad inextricable.

     El extremo de todo este enredo es la pobreza energética. No habría tal, por supuesto, si no hubiera del lado contrario una riqueza energética, es decir, si alguien no se enriqueciese de forma abusiva a costa de nuestras necesidades básicas, llámense calefacción para el invierno o bombillas frente a la oscuridad. Incluso a costa de todo proceso productivo, lo cual vuelve a redundar para bien y para mal sobre los mismos bolsillos míseros o afortunados. Lógicas, en fin, del mercado y del capital. En esos procesos nos discutirán, claro, los costes laborales, pero no así los del abastecimiento eléctrico. Son amigos los que obtienen el beneficio en ello y sus sombras son nuestras sombras: hoy por ti, mañana por mí. Por eso la patronal defiende la libertad de empresas como Vestas y asegura que han cumplido la legalidad.

Publicado en La Nueva Crónica, 30 septiembre 2018

domingo, 23 de septiembre de 2018

Enfermedad

     Se va el verano y nos deja detrás una huella extensa en pueblos y ciudades por la deficiente atención sanitaria que se recibe; en particular en estos meses donde se juntan, como retos para el correcto funcionamiento del sistema, movimientos de población y vacaciones de profesionales que acaban dando al traste con todo tipo de programaciones, si las hubiera. Es un hecho circunstancial, pero es un fenómeno también estructural, como se dice ahora, pues al cabo las demandas a favor de una salud pública y privada son interminables.

     Pecados aparte de la administración del ramo, que son notables e injustificados por lo general, debería así mismo la ciudadanía preguntarse por su aportación al marasmo. No son responsabilidades equivalentes, por supuesto, pero nunca sobra algo de pensamiento sobre ese asunto. En ese contexto rescatamos las opiniones de Boris Groys, profesor de Filosofía y Teoría de los Medios de Comunicación, quien afirma lo siguiente: “el valor fundamental de las sociedades capitalistas es la salud. Si se ve hoy el amor con bueno ojos, y ya no es esa tragedia que contaban los románticos, es porque han comprobado que practicarlo es saludable, que hacer el amor reduce el estrés o cosas por el estilo. También en Estados Unidos se considera que es bueno pensar una media hora al día porque ha habido estudios que han demostrado que se trata de una actividad que, siempre que no se abuse, genera unos procesos químicos que son provechosos para la buena salud. No hay otra opción para disentir que reivindicar la infelicidad, la enfermedad, el fracaso, la ruina”.

     Lo que Groys nos dice es que no todo es sano en materia de salud. Y que también nosotros, potenciales o reales enfermos, acabamos asumiendo pautas y tendencias cocinadas por terceros, a los que poco o nada interesa realmente nuestro estado. De ahí a clamar por la revolución a través de la enfermedad, como sugiere Boris, hay un trecho. Pero pensar en ello, según él indica, no hace ningún daño. Todo lo contrario.

Publicado en La Nueva Crónica, 23 septiembre 2018

domingo, 16 de septiembre de 2018

Títulos

     Cincuenta años después de aquello, conviene recordar que una de las reclamaciones exitosas del mayo francés fue que los “hijos de los obreros” alcanzasen la Universidad. Esto es, que ese espacio feudal y elitista abriera sus puertas y en lo posible universalizara su acceso. Ocurrió así hasta en España, que ya es decir, en parte gracias a un sistema más general de becas y también a través de una política mucho más aldeana que multiplicó campus y universidades.

     Conseguido ese objetivo de igualdad aparente, las mismas élites y dueños de los señoríos feudales convinieron que aquello era excesivo y que de alguna forma había que seguir marcando nivel de clase. Inventaron entonces los antiguos másteres y posteriormente los cursos de excelencia, cuyos precios de matrícula resultaban imposible para las gentes corrientes. A continuación, de acuerdo con las doctrinas neoliberales, aumentaron sin rigor alguno la oferta universitaria privada, lo que garantizaba en gran medida una titulación para sus descendientes a cambio de un pago generoso, como ya sucedía en etapas educativas previas. Y finalmente llegó Bolonia para rematar el barullo. Sus grados extendieron la adolescencia y elevaron el bachillerato a rango universitario, de tal manera que obligaron, mediante nuevos desembolsos, a afrontar másteres que aseguraran a las nuevas levas de estudiantes algo más que el simple acceso a una oposición para el empleo público. Y ahí estamos.

     Por eso, lo que hay detrás del tráfico de titulaciones universitarias no es otra cosa en el fondo que la punta de un iceberg. Los poderosos ceden espacio con un supuesto sentido filantrópico, pero procuran siempre el mantenimiento de sus privilegios de una o de otra forma, ya sea con la ley, ya sea con la trampa. Si bien se mira, el escándalo último de los másteres no es gran cosa si atendemos a la manipulación de todo el sistema en beneficio de los mismos, en beneficio de clase, que es lo que verdaderamente les importa. Esos másteres son anécdotas.

Publicado en La Nueva Crónica, 16 septiembre 2018

domingo, 9 de septiembre de 2018

Desidia

     Antes de que cualquier obra pública dé comienzo, los operarios colocan unos carteles de grandes dimensiones para que no pasen desapercibidos, donde se indica la administración promotora y otros pormenores técnicos, adornados siempre con escudos, logos y demás farándula publicitaria. Así ocurre en calles, carreteras, regadíos, redes ferroviarias, restauraciones varias y cuanto se nos pueda ocurrir. El caso es que, pasado el tiempo, las obras concluyen, los operarios y las máquinas se retiran y todo vuelve a la normalidad salvo en lo relativo a los mencionados carteles, que permanecen y permanecen y permanecen… hasta que el propio tiempo y la erosión los acaban desarmando. Es lo que se llama desidia.

     En albañilería suele decirse que una obra puede ser juzgada por su remate. Poco importan los materiales nobles o no, poco importan las pocas o muchas horas empleadas en la labor, poco importan la apariencia y el efecto más o menos conseguido. Lo que realmente sobresale es el acabado, los detalles mínimos que a la postre revelan el interés, la profesionalidad y la estima por el trabajo bien hecho. En tal sentido, el abandono de toda esa siembra de carteles por la geografía es, seguramente, mucho más que una muestra de simple negligencia.

     La Ley de Memoria Histórica del año 2007 fue una construcción tardía pero necesaria. Sin embargo, está claro que adolece así mismo de un mal acabado, pues ni ella por sí misma ni las legislaciones autonómicas han sido capaces de concluir debidamente la faena. De ahí los nuevos retoques, las nuevas polémicas y las eternas cantinelas de los cómplices y devotos de la afrenta. Ha habido desidias y negligencias, sí, en quienes debieron proyectar, favorecer y ejecutar la tarea, pero no sólo. También ha habido renuncias y escaso coraje. Y seguramente exceso de cartelería, de declaraciones y de simples ojeadores de obra. Se necesitaba un buen albañil, sin más, pero no compareció o se impidió que ocurriera. Por eso el resultado parece una chapuza.

Publicado en La Nueva Crónica, 9 septiembre 2018

domingo, 2 de septiembre de 2018

Septiembre

     A diferencia de lo que el cancionero ofrece en pleno verano, que, según los entendidos, suele ser un producto corto, bailable y emocional, septiembre arroja melancolía sobre el calendario, lo cual, en materia cantable, nos proporciona sin duda mayor categoría. En esos pentagramas se encuentran, por ejemplo, canciones de Ute Lemper, Marianne Faithfull, Neil Diamond, de los vivarachos Earth, Wind and Fire o de los muy indígenas Manolo Tena y Los Enemigos. Un repertorio elocuente para saber de qué va el mes. Arrastramos el verano, sí, pero se anuncia una nueva estación.

     Sabido es que los cánones del calendario no son iguales para todos. Por tal motivo, hay quien habla de año natural, hidrológico, judicial… y así sucesivamente según sea la razón de ser de su regla temporal. Pero, quien más quien menos, casi todos hemos medido alguna vez el paso del tiempo de acuerdo con el compás escolar y, dependiendo de nuestra mayor o menor permanencia en las aulas, nuestros ritmos vitales no son otros para siempre que los del año académico. De ahí que este mes de septiembre tenga mucho de momento inaugural y así sea sentido por una inmensa mayoría de individuos. Así que, a pesar de las incertidumbres que todo principio produce, lo cierto es que deberíamos celebrar el mes con mayor entusiasmo del que en verdad se observa en el entorno. Y sobre ello se canta.

     De un lado, reinan los recuerdos, que tienden a ser agentes de la pasividad, cuando no del nihilismo si sólo nos plantamos en ellos. De otro, vencen las luces que se acortan y con ellas, el tiempo que nos dedicamos. Desde luego, no es recomendable caer en esas trampas de ídolos derrotados por los elementos. Antiguamente, esos trances, como tantos otros, se superaban a pelo. Hoy, en cambio, todo son consejos para sobreponerse al vértigo, guías de autoayuda y terapias antidepresión: septiembre convertido en mercancía del Doctor Frankenstein, como escribiría Luis Artigue, en una de esas novelas suyas que se digieren mejor en verano.

Publicado en La Nueva Crónica, 2 septiembre 2018

domingo, 26 de agosto de 2018

Noticias


     Informan los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que la operación retorno será escalonada, a pesar de que ninguna hipótesis esté descartada para combatir esa lacra social. En cualquier caso, los sospechosos han invocado la presunción de inocencia y han declarado que fútbol es fútbol y que hasta el minuto 90 todo es posible. De confirmarse tal posibilidad, nos encontraríamos ante un escenario favorable, puesto que la temperatura a cinco mil metros de altura se corresponde con la presión en superficie y nos permite aventurar que no hay riesgo para una nueva gota fría. Fuentes del Gobierno han mostrado su satisfacción, a la vez que han insistido en que respetan todas las decisiones judiciales, como no podía ser de otra forma en un Estado de Derecho, y que acatarán la sentencia. Por su parte, el líder de la oposición ha asegurado que todo responde a intereses partidistas. Las encuestas han confirmado la intención del voto. Aún así, en el vecindario existe la sospecha de que la llegada de inmigrantes es una nueva maniobra de la Liga de Fútbol Profesional para hacerse con la dirección del CNI, cuyos representantes sindicales mantienen la convocatoria de paros y el rechazo de los servicios mínimos. La baronesa Thyssen, que pasaba por allí, se ha pronunciado en sentido opuesto, pese a que la proporción entre taxis y miembros de la magistratura depende exclusivamente de la decisión del Senado, donde la mayoría ha cerrado filas con el casting del último concurso televisivo. A este respecto, se ha sabido también que los recientes trasplantes, llevados a cabo con éxito en los 17 hospitales de referencia de las comunidades autónomas, constituyen un nuevo reto para la humanidad dentro de un marco incomparable. Lo cierto es que, aunque nadie recuerde el tiempo del día de ayer, el manto blanco lo cubre todo como en una estampa navideña y el último habitante de un pueblo de montaña ha decidido apagar el televisor para contemplar el enésimo eclipse de luna en lo que va de siglo.

Publicado en La Nueva Crónica, 26 agosto 2018

domingo, 19 de agosto de 2018

Verbena

     De verbena en verbena pasaba el verano y la verbena era uno de los principales episodios de esa estación. Había otros, ciertamente, pero ninguno reunía en lugar y tiempo una amalgama tal de diversidad y de estímulos. La verbena era un espacio común para todo tipo de gentes y sentimientos, que coronaba el programa de festejos locales y el espíritu estival como ningún otro en esos meses donde la vida se disfrazaba de ella misma. Al ritmo de la música en vivo, el tiempo se tomaba un respiro entre el olor a churros, los ecos de las tómbolas, el vuelo de las cadenetas, y todo ello bajo un cielo decorado con banderines y luminarias de colores. Así éramos.

     Esa estampa popular ha languidecido como tantas otras o se ha perdido definitivamente en muchos casos. Si se conserva en parte es por su sentido más espectacular, que es lo que se lleva en términos generales, cuando pueblos y villas compiten sobre todo por contratar a las orquestas, gallegas, de mayor empaque y caché, pero poco más. En la mayoría de los casos, una discoteca móvil, con un fulano al frente que suele ser insoportable, ha venido a sustituir a los músicos y a veces ni eso. Ni perrito piloto, ni muñeca chochona, ni frituras ni guirnaldas. Y, naturalmente, ni mezcla de seres que redimían sus represiones a través del baile.

     A pesar de todo eso, la música continúa sin embargo esparciéndose por la geografía a través de todo tipo de festivales de pago o de tribu, que obligan al peregrinaje y al trajín para mayor gloria del comercio y que acaban hinchando una burbuja de eventos tan inabarcable como dispersa. Leo algunas de las citas de este género en la provincia y no salgo de mi asombro: Rock Festival Astorga, LaVidFest, Modorrowland en Joarilla de las Matas, ReggaeBoa, Paramés Rock, Tuerto Fest, Trepa Rock, Alpaca Festival, Ajo Rock, Órbigo Pop Fest, Zambrón Rock, Alubia Rock Fest, Moreda Rock, Tronco Sonoro… Buena noticia al menos para los grupos de música, pero no tanto para un público cada más selecto y parcelado.

Publicado en La Nueva Crónica, 19 agosto 2018

domingo, 12 de agosto de 2018

Pícaros

     El problema de la picaresca es que nos enseñaron que era un género del pasado y ahí nos quedamos sin más consideraciones. Como decía Max Aub, “ una serie de relatos cuyo denominador común es la vida de la sociedad española de los siglos XVI y XVII, en la que se refleja la realidad ciudadana desde el ángulo de pícaros, truhanes, vagos, espadachines y ladrones”.

     Sin embargo, el género y su trasunto han pervivido a lo largo de los siglos casi como una constante literaria y existencial de nuestras Españas, y sus protagonistas continúan siendo en gran medida el eje de la vida nacional. Hay diferencias, claro, pues no estamos ya ante la figura del antihéroe opuesta al ideal caballeresco ni este país es hoy el gigante con pies de barro de la época de Carlos I. Tampoco hay altura literaria en lo que nos ocurre, naturalmente. Pero nadie dudará, creo yo, de que sigue arraigado entre nosotros el comportamiento antisocial de los órganos rectores de la sociedad, a quienes todos acabamos imitando, y que, por lo tanto, monedas comunes son en nuestros días los embustes y las patrañas, el enredo y las añagazas, la grosería y la pura apariencia.

     Pensaba en todo esto, inevitablemente, cuando leía alguna de las novelas de Rafael Chirbes, pero también al asomarme de forma cotidiana al repertorio de noticias que nos han envuelto a lo largo de los últimos años. Y qué pensar hoy, en fin, si atendemos al mercado de títulos universitarios y sus excusas pueriles o a grabaciones telefónicas que provocan, como poco, vergüenza ajena. Juzguen los jueces lo que tengan que juzgar, que la indecencia no pasa por los tribunales.

     Con todo, hemos empeorado bastante. No asistimos ya a una vida haciéndose, como sucedía con Lázaro de Tormes, ni al modelo de quienes, siéndoles la fortuna adversa, “con fuerza y maña remando salieron a buen puerto”. Al contrario, el pícaro es hoy sencillamente un patatero, un alcalde, un dueño de medios de comunicación, un profesor universitario o un meapilas. Gentes de bien.

Publicado en La Nueva Crónica, 12 agosto 2018

domingo, 5 de agosto de 2018

Palacio

     Las controversias acerca del Palacio de Congresos y Exposiciones de la ciudad de León no han cesado ni siquiera tras su atropellada apertura hace un trimestre. En cualquier caso, es un hecho, de manera que a partir de ahora habrá que juzgarlo por sus obras, es decir, por su programación y el posible beneficio general que de ella se derive.

     Cuatro citas han tenido cabida en ese espacio, pocas pero suficientes para hacernos una idea de la intención política que hay detrás del proyecto. Todo empezó con una Cumbre Europea de sistemas autónomos para seguridad y defensa, esto es, los famosos drones. Pudo estar bien por la actualidad de la materia, aunque no encaje en el catálogo de competencias de una administración municipal que nada tiene que decir en asuntos guerreros. Mejor si, tratándose de un invento bélico, se hubiese atendido a fines menos marciales para los que también se destinan estos artilugios. La cosa prosiguió después con el I Desembalaje de Antigüedades de León: un rastro. A continuación llegó el turno del III Salón del Automóvil Nuevo: puro negocio. Y, por último, hace escasas fechas, el Día de los Abuelos: sin comentarios.

     Visto el repertorio y sin necesidad de comparar programas con otras sedes de este tipo con mucha mayor solera e ingenio, cómo no preguntarse por los millones invertidos y por su dudoso producto, cómo no caer en la perplejidad ante tales disparates, cómo no salir a la calle a destrozar mobiliario urbano como un antisistema. Mientras tanto, eso sí, llama la atención, en buen sentido, el damero de color que adorna la fachada de este edificio. Ocurrió antes con el otro damero policromado del MUSAC, imitación, cuentas, de las vidrieras de la catedral. Y esta sí que es una seña de identidad para una ciudad necesitada de señales menos efímeras que las glorias de ida y vuelta a que nos acostumbran. ¿A qué espera el Ayuntamiento para ordenar esa paleta y redactar una norma al efecto para bien de toda la ciudad? Sería una buena inversión de futuro.

Publicado en La Nueva Crónica, 5 agosto 2018