Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 24 de octubre de 2021

Dron

 

            La repetición de imágenes del volcán de La Palma a vista de dron, como acostumbran a remarcar quienes las comentan, nos lleva a añorar otra expresión que por clásica quizá duerma ya en el baúl de la historia: a vista de pájaro. Seguramente, hasta los pájaros habrán huido de ese entorno asfixiante, aunque el sentido figurado de la expresión, tan analógica ella, bien podría persistir si es que algo persiste ante la apisonadora digital. Es verdad que el ojo de drones y de satélites nos ofrece visiones que ni un pájaro podría contarnos. Ni siquiera el más poderoso de entre ellos por la altura de su vuelo, el buitre moteado, podría habernos mostrado el planeta azul tal y como lo hizo en su día la tripulación del Apolo 17 o años antes el satélite ATS-3. En fin, ni el vencejo unicolor ni la pardela cenicienta ni la chova piquiroja ni ninguna de esas aves que pueblan la isla y que tanto gustan a mi amigo Fidel podrían explicarnos algo más de esas explosiones, salvo que se produjera su muerte a causa del dióxido de azufre. Sería una pista rudimentaria acerca de la presencia del gas.

 

            Lo que sucede con las imágenes del dron es que son tan impresionantes como frías. Resultan increíbles aún, como si formasen parte de una película y no de la vida real, lo que sí nos aseguraba en cambio la vista de pájaro. Es decir, el ojo vivo, humano o animal, que se sitúa detrás del objetivo. El dron muestra enormes superficies en todas sus perspectivas y pequeños detalles inaccesibles por la dificultad o el peligro que entrañan, pero tanto lo uno como lo otro, a pesar del servicio que prestan a quienes estudian y vigilan esa locura –así lo describía un niño de la isla– son un muestrario sin alma. Conmueven más las palabras infantiles que todo el despliegue tecnológico. Porque al cabo la vida está a ras de tierra, que es por donde se mueven los pinzones vulgares, las garzas reales o yo mismo cuando busco a alguien con quien compartir las emociones y las zozobras ante la dimensión del infierno.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 24 octubre 2021

domingo, 17 de octubre de 2021

Comunista

            La costumbre colegial de mentir e insultar a tontas y a locas es moneda corriente en nuestros días. Puede deberse a un infantilismo mal corregido o a una ausencia de argumentos razonables más que palmaria. En particular sucede así entre ciertos actores políticos, que no mencionaré porque están sobradamente identificados, para quienes el término comunista se ha convertido en la mayor de las injurias.

 

            Ser comunista es ser partidario de una ideología política, también económica, como ser capitalista, liberal o democratacristiano lo es de otras. A nadie se le ocurre utilizar dichos términos en sentido agresivo hacia las personas que dicen ser tal. Aunque, si bien todos entendemos que es un puro absurdo, podría llegar a ocurrir si el modelo se extiende,. ¿Por qué entonces esta diferencia? En primer lugar por educación y por respeto, de los que unos carecen y otros en cambio los practican. En segundo lugar, se dirá que por razones históricas, pues al cabo los países del llamado bloque comunista fueron los “derrotados” en la guerra fría y, como a todos los perdedores, no se les deja de humillar. Lo mismo que sucedía en el patio del colegio. Por último, se podrá decir que ciertos países comunistas causaron dolor, represión y abusos, pero qué podríamos pensar entonces de sus contrarios, cuántas guerras o persecuciones injustas no han sido provocadas por motivos del capital, la religión o la gloriosa libertad. Sigue habiendo ejemplos de terrible actualidad.

 

            Por lo tanto, en la utilización del término comunista arrojado sobre las personas no hay significado sino intención, no hay agravio sino afán de agredir, no hay política sino pelea de colegio. Este es el nivel de esos actores que aspiran a gobernarnos, cuyo ejemplo –esto es lo inquietante– se esparce y se generaliza casi como una diversión con bastante mala leche. Confieso que yo no me siento ofendido, pero sí atacado. De ahí la necesidad de templanza, que no se lleva mucho ahora, como alternativa cabal frente al matonismo.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 17 octubre 2021

domingo, 10 de octubre de 2021

Poetas

 

            El Festival Palabra ha traído hasta la ciudad de León a todo tipo de escritores y escritoras. Poetas los más. Estuve en un recital hace unos días. Como casi todo en la poesía me pareció solemne: las voces, los textos, el tono, las poses… El día siguiente, en el tren, se sentó a mi lado uno de aquellos poetas  al que yo había escuchado la tarde anterior. Sacó un bocadillo de tortilla de patatas de la mochila, se lo comió, se chupó los dedos y se puso a leer un libro sin solución de continuidad.

 

            Al hilo de la anécdota, recordé el episodio protagonizado hace años por otro poeta excelso, Premio Cervantes él, en la estación de Chamartín. Discutía airadamente con el camarero del restaurante porque la sopa que le había servido estaba demasiado fría. Y recordé a otro poeta veterano que más que comer se embebía, es decir, se emborrachaba hasta perder el oremus sin ningún pudor. Al menos Claudio Rodríguez ya venía ebrio de casa y no daba la nota en su proceso de inmersión alcohólica. Y así sucesivamente. Creo que la única poeta que he visto comer como escribe, con elegancia, es Raquel Lanseros, pero esa es otra historia.

 

            Siempre he pensado que no hay nada más vulgar que un poeta a la hora de comer. Más aún si se perfuma con aroma de tortilla. No debieran comer en público si quieren mantener ese aire de emoción que despiertan sus escrituras y sus recitales o al menos la percepción que recibimos sus oyentes o lectores. Ya sé, ya sé que, como cantaba Enrique Urquijo, “me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario”, pero deberían prohibirles al menos que comieran bocadillos.

 

            Desconozco qué desayunó Silvio Rodríguez al día siguiente de que le entregaran el Premio Leteo. Me lo encontré esa mañana en la estación, a primera hora, y me pareció que flotaba. Le observé caminando por el andén hasta el tren que le devolvía a Madrid y tuve la impresión de que se trataba de un unicornio azul. La noche anterior había declarado que él no era poeta. Mintió, evidentemente. Era un poeta fingidor.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 10 octubre 2021

domingo, 3 de octubre de 2021

Azucarera

            A lo largo de los últimos meses, mientras centenares de personas se amontonaban alrededor de eso que llaman palacio de exposiciones con el fin de vacunarse, no resultaba extraño preguntarse cuántas de ellas conocían que pisaban tierra obrera. Nada en los alrededores recuerda a la Azucarera Santa Elvira salvo unas ruinas innobles sujetas por andamios. No hay placas modestas, indicadores u otros signos que guarden la memoria de lo que fue aquello, una industria que alimentó a buena parte de la provincia leonesa durante sesenta años. Ni siquiera la rotonda o glorieta o plaza que colocaron al lado lleva su nombre; se lo han otorgado a una cofradía porque el poder en la ciudad de León sigue siendo ostentado eternamente por los mismos grupos y familias. A nadie con posibles se le ocurrió honrar la historia de la factoría muerta concediéndole ese espacio para el recuerdo o plantando al menos en ella, hoy yerma, una mata de remolacha azucarera. No, lo que debe estar presente por los siglos de los siglos es el Santo Cristo del Perdón.

            Se caen al lado nuestro emblemas de nuestra vida colectiva y se pasa página, nadie vela por lo que fueron y significaron, se opta siempre por la demolición en sentido amplio. Más aún si lo demolido no tiene que ver ni con reyes medievales ni con el poder económico ni con el poder religioso que han gobernado y gobiernan todavía la ciudad. A ellos se les dedican calles, plazas, monolitos y todo tipo de señales. Pero si lo perdido tiene que ver con el mundo del trabajo, es decir, con la generación de riqueza para todos, se opta directamente por el olvido. Se dirá que no fue así con la industria de los antibióticos porque aún se nombra como tal la fea avenida que la bordea, pero no nos engañemos: aquello era aristocracia, también laboral por supuesto, vinculada en su origen a la sacrosanta Facultad de Veterinaria y a otros inversores de postín, y eso, claro, es otro nivel. Además está en el extrarradio y no ofende ni afrenta fervores inquebrantables.

 Publicado en La Nueva Crónica, 3 octubre 2021

viernes, 1 de octubre de 2021

XII Premios Diálogo

     Los Premios Diálogo nacieron hace doce años, impulsados por nuestra Fundación, con el objetivo de reconocer la labor de aquellas personas y entidades del mundo de la cultura que hubieran favorecido el avance social y cultural en nuestra Comunidad Autónoma. Esta declaración puede parecer un mero formalismo, pero visto el recorrido temporal y los acontecimientos que se han sucedido a lo largo de estos años, es casi tanto como reconocer en ese objetivo un premio a la resistencia, a la perseverancia y a la revuelta. Las crisis de estos últimos tiempos, una económica y financiera, otra sanitaria y económica también, sociales ambas, cayeron sobre el espacio cultural como una bomba de fragmentación y volvieron a poner de relieve el escaso valor que la iniciativa pública y privada y la sociedad en general conceden a la cultura. Debemos recordar en tal sentido lo que apuntaba el catedrático Enrique Bustamante, fallecido desgraciadamente el último mes de junio, y que nosotros recogimos el año pasado en nuestro 2º Informe sobre la Cultura en Castilla y León: durante el periodo al que nos referimos, la cultura vivió inmersa primero en lo que se calificó como «década perdida», con regresiones profundas iniciales y recuperaciones parciales e insuficientes después, y vive hoy situada todavía en el ojo del huracán de la pandemia por lo que se refiere al tono económico de la actividad.

 

         Por eso mismo resistencia, perseverancia y revuelta, que son expresiones sustanciales en toda producción cultural, adquieren en la actualidad un significado verdaderamente más que loable, y resistentes, perseverantes y revoltosas son sin duda las personas a las que el jurado de esta edición ha decidido otorgar su reconocimiento. Lo eran también quienes les precedieron. Y ésa es sin duda la cualidad que define a nuestros Premios. Por lo tanto, también a nuestra Fundación y a sus programaciones en cualquiera de las materias a las que atendemos. No puede ser de otro modo si declaramos de entrada nuestra raíz sindical de clase.

 

         Conocerán ustedes en breve la nómina de premiados, pero me permitirán que me anticipe con algunas consideraciones capitales porque en ellas encontrarán así mismo buena parte de nuestras señas de identidad. Premiaremos en esta ocasión el folclore y el trabajo etnográfico, las artes escénicas con afán de integración social y laboral, los proyectos editoriales tan humildes como constantes y la promoción de la cultura en los barrios. No son actividades para el lucimiento, sino nutritivas para el conjunto de la sociedad. No despiertan el fervor de los titulares en los medios al uso, pero son el medio para el crecimiento de los individuos. No destacan en los anuarios de las glorias culturales, pero no hay mayor gloria que el producto de sus trabajos. Esperamos que así lo reconozcan todos ustedes con nosotros.

 


         Tres breves cuestiones para concluir esta intervención.

 

         Una: frente a la postración y a las distancias que nos impuso la maldita enfermedad, la Fundación Jesús Pereda ha apostado en todo momento por reconquistar el medio y mantener en lo posible toda su actividad. Ello nos permitió que el año pasado, tan mal año en general, llegásemos a programar un total de 30 actividades en 15 localidades de Castilla y León. Este año, sin ser tampoco bueno del todo, llevamos ya otro tanto acumulado a estas alturas. Estamos contentos por ello.

 

         Dos: Destacamos el trabajo de quienes trabajan para que nosotros disfrutemos de este acto. Me refiero al personal responsable de este teatro; a las integrantes del grupo Valquiria Teatro y su equipo, que forman parte ya de nuestra familia; al grupo El Naán, que añade el acento musical; y al artesano José Oré, que por tercer año consecutivo se ha encargado de elaborar las piezas que simbolizan el Premio. A todos ellos, estamos seguros, les gusta lo que hacen, pero no trabajan sólo por gusto.

 

         Y tres: Nos felicitamos por estar hoy en Benavente, adonde nuestra programación nos había traído hasta la fecha tan solo en una ocasión, en mayo de 2019. Volveremos. El itinerario de nuestros premios y de sus ecos nos permite dispersarnos por toda la Comunidad, afortunadamente más allá de las capitales de provincia, lo cual también forma parte de nuestra vocación. Es importante, porque no todo sucede en Madrid o Barcelona, en Valladolid o León.

 

         Como remate a todo lo dicho, no olvidemos que las actividades culturales van más allá de su repercusión económica, que es notable. Aportan además a la ciudadanía espíritu crítico y amplitud de miras, promueven la creatividad y, en los términos antropológicos que recogía Tylor, generan sociedad. En ello estamos.

 


Texto leído en la entrega de los XII Premios Diálogo de la Fundación Jesús Pereda, Benavente 1 octubre 2021

jueves, 30 de septiembre de 2021

CARMELO ROMERO: Caciques y caciquismo en España...


EL AUTOR

     Carmelo Romero Salvador (Pozalmuro, Soria, 1950) es Doctor en Historia, profesor titular, jubilado, de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y maestro de historiadores. Ha dedicado buena parte de sus publicaciones a cuestiones electorales, con especial atención a las relaciones de poder en las distintas coyunturas.

EL LIBRO

     “Caciques y caciquismo en España (1834-2020)” ofrece una visión completa del fenómeno del caciquismo desde la primera mitad del siglo XIX hasta la actualidad. El caciquismo no comenzó en tiempos regeneracionistas, pero fue entonces cuando se acuñó como uno de los “males de la patria” que aquejaban a la España del momento, con un imperio derrotado y su futuro puesto en duda. Hoy, es probable que algunas de las formas bufas del caciquismo —adulteraciones de censos, pucherazos, compras de votos, votos de muertos, “partidas de la porra”— nos hagan sonreír y concluir que aquellos tiempos y modos ya pasaron. ¿Es el caciquismo una mera antigualla? La respuesta solo es posible con la visión de largo plazo que aporta Carmelo Romero, que va trazando con precisión e ironía esas “geografías de la influencia” que se complementan con abundante material gráfico de los entramados familiares y de poder de cada momento histórico. Sin duda, el contexto actual ha variado sustantivamente: los políticos se encuentran hoy con otros desafíos y ya no pueden contar con la sumisión de los votantes. Estrategias más sutiles (propaganda electoral, listas cerradas, dominio de los aparatos de los partidos...) son algunas de las manifestaciones presentes del prolífico sistema clientelar.

 

EL TEXTO

 

      "La histoira es una herramienta de reflexión y análisis para tratar de entender los porqués, los cómos y los para qué y, en función de ello, plantearse y abordar cada uno de nosotros, como individuos y como componentes de una sociedad, nuestra entraña de ser y nuestro modo de actuar".


domingo, 26 de septiembre de 2021

Tren

 

            Hace años que nadie se detiene a ver pasar los trenes. Ya no pasan. Ahora se sotierran haciendo gala de un verbo mortuorio que los esconde como si se tratara de una mala vergüenza. También se suprimen. La eliminación de los trazados ferroviarios del entorno urbano, bajo el pretexto de la integración de las ciudades, es en realidad el triunfo del automóvil sobre otros medios de transporte. Incluso se llevan las estaciones a un lugar apartado, como en Segovia o Burgos, y se habilitan avenidas y rotondas y circunvalaciones para que el coche nos conduzca hasta ellas. Y cuando se opta por la cancelación de servicios también nos arrojan a los volantes y a las autovías que, al contrario que los trenes, nunca han dejado de conquistar territorios, hasta en la España hueca. Eso demandan en Soria antes que mayores y más dignas ofertas ferroviarias: ¡autovía ya!, dicen las pancartas a lo largo de la desgastada N-122, a pesar de que casi en paralelo discurre la muy olvidada línea de tren entre Valladolid y Ariza. ¿Quién entonces habría de detenerse a ver pasar los trenes? ¿Quién, no tan viejo como yo, iba a perder el tiempo en esas menudencias?

 

            ¡Ah, sí, la velocidad! He ahí el gran mito que nos trastorna. Ya no hay distancias, sino tiempo; ya no hay viajes, sino llegadas. A ello se supedita todo y por ello se entierra lo veloz o se anula lo lento. Hay prisa por llegar aunque la estación término sea obligatoriamente la capital de España hacia donde todo nos enfoca sin remisión. Casi nadie va en tren a Busdongo o a Brañuelas porque los trenes ya casi ni se detienen en esas vías muertas, tan alejadas de la influencia madrileña que es la que determina todos los mapas y todas las conexiones. Busdongo, de hecho, ha quedado sepultado por un túnel líquido que, desde La Robla, desemboca en Campomanes, al otro lado de la cordillera. No quedan estaciones intermedias. Se soterraron para toda la eternidad. Como a todos aquellos que mirábamos pasar los trenes soñando con viajar hacia el norte.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 26 septiembre 2021

viernes, 24 de septiembre de 2021

VV.AA.: Conciencia de clase... II

 LOS  AUTORES


     Como en el primer volumen del mismo título varios y diversos son los autores de los relatos que en el libro se incluyen, si bien en este libro todos ellos comparten un tono mucho más literario que en el anterior. No obstante, hay rigor en todos: Marta Sanz, Daniel Bernabé, Aitana Castaño, Luisgé Martín, Nativel Preciado, Olga Martínez, etc.

EL LIBRO

     Desde la emoción, relatos que abordan de nuevo historias obreras, cercanas y alejadas en el tiempo, con el común denominador de ser historias deonde el mundo del trabajo es el protagonista. Imprescindibles para entender el valor de la lucha por la dignidad y por la democracia.

EL TEXTO

     Dice Ana Pardo de Vera en el prólogo ante la realidad actual del mundo del trabajo: "¿Cómo diablos hemos llegado hasta aquí si la conciencia sindical forma parte de nuestro decálogo de mandamientos del buen empleo? ¿A qué resistencias se enfrentan las fuerzas sindicales para que el mantra sobre su indispensabilidad encuentre tantas dificultades para tatuarse en el alma misma del colectivo obrero?".



domingo, 19 de septiembre de 2021

Consultorios


            En el último año de internado, llegado el momento de elegir delegado de curso, nuestro tutor tuvo una idea tan brillante como retadora para el antiguo régimen: celebrar una asamblea didáctica donde cada candidato pudiera exponer y defender libremente su programa. Uno de ellos, listo como ninguno hasta el extremo de que años después llegó a ser concejal de cultura, nos prometió que si le votábamos nos instalaría duchas individuales y personalizadas para cada uno de nosotros. Sabía que eso nos iba a rendir a sus pies, del mismo modo que sabíamos nosotros que era misión imposible. Y así fue: ganó la elección, pero no hubo más duchas que las que ya había en aquella universidad laboral, cuyo uso, como puede suponerse, era más bien un multiuso.

 

            Pasado el tiempo y mudado el régimen, en plena época de excesos, si recuerdan, los partidos políticos concurrían a las elecciones municipales prometiendo construir o adecuar consultorios médicos en todos los pueblos de cada ayuntamiento. Sabían también, como nuestro compañero, que era un asunto que rendiría votantes y que al cabo no trastornaría en exceso presupuestos. Al contrario, si a alguien afectaría sería en todo caso a la administración obligada a garantizar la atención de los profesionales, es decir, la Consejería de turno, con la cual evidentemente no había nada que coordinar ni que planificar. A ver quién se atrevía a decir que no con la instalación recién inaugurada con un vino español y con presencia incluida de la Delegación Territorial correspondiente.

 

            Hasta que hubo un crac, y luego otro crac, y hubo recortes y amputaciones y limaduras, y nos hicimos aún más mayores y pasivos y hubo jubilaciones y pandemias y ultraliberales gobernando y así. De manera que tampoco ahora habrá quien le ponga el cascabel al gato, ningún cascabel a ningún gato, haya o no alternativas cabales. ¿Quién va a renunciar a qué a estas alturas? ¿Quién va a gestionar lo público con otros horizontes? ¿Quién va a pagar más impuestos? ¿Quién da la vez?

 

Publicado en La Nueva Crónica, 19 septiembre 2021

domingo, 12 de septiembre de 2021

Dragón


            Llega ahora el dragón. En medio de la reescritura de la historia y de sus aspectos más legendarios a gusto de consumidor, alguien ha tenido la ocurrencia de reconocer en ese animal fabuloso el trasunto del virus maligno y, claro, en el santo que lo combate, en su origen para salvar no se sabe si a una doncella o a un reino, a quienes han hecho frente a la amenaza de la enfermedad. Unido esto a la disneylandización progresiva así de nuestros entornos urbanos como de quienes los habitan, la materialización del capricho se convertirá pronto en otra escultura infame más que tendremos que soportar.

 

            Sucede esto en la ciudad de León. Podría ocurrir en cualquier otra porque el mal gusto no tiene fronteras, aunque –reconozcámoslo también– por fortuna las hay con más estilo. O debiéramos decir que son sus gobernantes quienes tienen mal gusto o buen estilo, pues al cabo nada se lleva a efecto sin su beneplácito. En el caso y en el territorio que nos ocupan, de lo primero hay para exportar: tanto da cabezas de leones que marquesinas in para terrazas vip. No es una pandemia, es una plaga.

 

            Pero en lo que aquí nos trae, al mal gusto estético se suma el significado que una vez más se nos cuela de soslayo: la exaltación del caballero, del soldado, del mártir y del santo, todo ello muy bonito para cruzados medievales, pero anacrónico para los tiempos afganos en que malvivimos. O quizá sea precisamente una señal de esos tiempos dicha medievalización. No deja de ser curioso, si no fuera por la ideología que se oculta detrás, que aparezcan como impulsores de esa vergüenza tanto el Colegio de Médicos como el de Enfermería, instituciones también bastante trasnochadas, y que, como decimos, el Ayuntamiento aplauda con las orejas porque todo le vale sin más reflexión. El caso es llenar la ciudad de telares.

 

            En fin, es hora de defender el honor del dragón frente a esa épica pueril y reconocernos en un ser que históricamente ha sido siempre más presa que cazador. Como la mayoría de nosotros.

 

Publicado en La Nueva Crónica, 12 septiembre 2021