Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

martes, 23 de abril de 2013

Ponme una pegatina


     A lo largo del primer trimestre de este año, el Centro Documental de la Memoria Histórica, en Salamanca, acogió una exposición titulada La Transición a través de las pegatinas (1976-1982). La muestra contó además con un catálogo donde se contenía la imagen y descripción detallada de casi un millar de pegatinas.

     ¡Qué cosas! A muy pocos se les hubiera ocurrido pensar, y menos en aquellos tiempos, que esos papelillos adhesivos iban a concluir sus vidas con tan alta consideración, poco menos que auténticos documentos históricos. Podía pasar que consideráramos que se convertirían en materia de coleccionistas, que en esto hay vicio para todo, e incluso que continuaran decorando todavía, a modo de collage nostálgico, sedes políticas o sindicales. Pero no, lo mismo que ocurre por ejemplo con las pintadas lujuriosas de Pompeya o con los primeros graffitis modernos, todo ello garabateado sin la menor intención de posteridad, hete aquí que el conjunto acaba derivando en testimonio histórico y cultural digno de estudio, de exhibición y de comercio. Y no precisamente estudio, exhibición o comercio basura, por cierto.

     Lo cual que hemos de tener cuidado con lo que nos pegamos al cuerpo, sobre un cuaderno o contra una pared, no vaya a ser que nuestro rastro se perpetúe de aquí a unos lustros en los pasillos más nobles de algún museo y quedemos en evidencia. Porque lo mismo que es difícil conseguir borrar nuestra estela de los intestinos de Internet, tampoco va a ser sencillo pasar desapercibido cuando algún investigador de las costumbres sociales y de la comunicación nos descubra en una fotografía amarillenta luciendo, pongo por caso, una pegatina impertinente. Porque pegatinas hay para todos los gustos, no vayamos a equivocarnos, y quien más quien menos las ha lucido hasta de Deborah Harry. Un servidor, sin ir más lejos.

     Aunque sí, para qué vamos a negarlo, junto al pin y la chapa, como vimos en el capítulo anterior, también la pegatina proyecta nuestros egos y hace de nosotros un soporte informativo de primer orden. Si aquellos tienen la cualidad de lo personal e intransferible, porque aparentan ser únicos en nuestras solapas, la pegatina añade la cualidad de lo multiplicado y nos permite dejar nuestras huellas por doquier. Además, goza de un formato suficiente para múltiples mensajes tanto en fondo como en forma, lo que añadido a su tamaño manejable la convierte en herramienta ideal para una extensa difusión. No es una octavilla que se la lleva el aire; no es un tabloide publicitario que viaja directo del buzón a la papelera; no es un cartel inaprensible. Es mucho más que todo eso a la vez, pero con afán de permanencia, por lo menos hasta que el tiempo, su único juez, llegue a corroer su pegamento.

     Así pues, en medio de esta plétora de sistemas de comunicación más o menos sofisticados, respetemos la humildad de la pegatina porque suyo es todavía el reino de la expresividad. Frente a la tecnología triunfante, admiremos la sencillez rudimentaria. Ante los mensajes personalizados, recuperemos el lema común que a todos incumbe. Porque de la pegatina, en suma, nos vendrá aún mucha más historia que del WhatshApp.

Publicado en www.tepongounpin.blogspot.com, 25 abril 2013

viernes, 19 de abril de 2013

Las banderas


     Fue Miguel Escanciano quien nos advirtió de que abril era un mes poblado de banderas: “banderas de abril llenan de colores el cielo”, cantaba él allá por 1985. Y, en efecto, mucho antes de esa fecha, un 14 de abril de 1931 enseñas tricolores ondearon para celebrar la libertad ganada en un país todavía feudal. Naturalmente, poco tardaron las fuerzas contrarias en cristianizar esa referencia pagana, y quizá no fuera casualidad que su guerra civil se diera por terminada el 1 de abril de 1939 para vestir ese mes de rojo y de gualda. Se sucedieron años y años y años, decían que de paz, hasta que un 25 de abril de 1974 banderas rojiverdes mezcladas con claveles conquistaron las ciudades portuguesas, ahí al lado, y aquel símbolo salvó fronteras y alimentó de nuevo las esperanzas. Era también Escanciano el que cantaba, con letra de Antonio Pereira: “No te creas si te dicen, mi amor, que Portugal es pobre, que no”. Lo cual que por aquellos tiempos y sobre todo algún año después, hasta las campas comuneras de Villalar, siguiendo antiguos pendones, llegaron los 23 de abril estandartes castellanos primero y de Castilla y León algo más tarde, hasta hacer de la cita la pretendida referencia regional por excelencia. Claro que los no identificados con ese espíritu buscaron y encontraron, de forma harto discutible, la ocasión para pasear su bandera carmesí justo al día siguiente, el 24 de abril, conmemorando, cuentan, un supuesto levantamiento leonés contra Napoleón. Y, sin agotar el catálogo, no olvidemos tampoco que por San Jorge, de nuevo el 23 de abril, se airean divisas de todo tipo, especialmente las cuatribarradas, con motivo de la onomástica, y que con toda seguridad ikurriñas se izarán el día 26 para honrar la memoria de la ciudad de Guernica, acribillada tal día de 1937. En fin, un mes de color que supera sus propios límites, como la primavera, para desembocar en las rojas banderas del primero de mayo.

Publicado en La Crónica de León, 19 abril 2013

martes, 16 de abril de 2013

Black magic woman


     Lo cierto es que los jukebox tenían sus complementos necesarios. Servían para escuchar música, evidentemente, pero también acompañaban como un hilo musical selecto otras variantes lúdicas. En salas de juegos finas, las del centro de la ciudad, donde predominaban las mesas de billar para estilistas y otros mirones de posturas forzadas, no solían existir. Hacía falta concentración, se supone. Pero en las de barrio eran tan imprescindibles como los futbolines, una mesa de chapolín como mucho y los pinball o flipper (las máquinas de bolas, en lengua rústica; lo mismo que lo otro eran máquinas de discos en el mismo idioma). La combinación de luces y de sonidos de las unas casaban a la perfección con los compases de las otras, y en ese maridaje ninguna melodía resultaba más oportuna que cualquiera de Santana.

     Sería por el ritmo latino y bailongo del mejicano (a la hora de golpear a las bolitas había quienes se retorcían como en una auténtica lambada) o sería por el colorido de las portadas de sus discos, que emparentaban fácilmente con el exceso colorista del frontal de aquellos artilugios (basta detenerse un poco en el examen de «Abraxas», su segundo LP), el caso es que formaban una pareja perfecta. Uno llegaba a la sala de juegos, sacaba dos duros del bolsillo, con uno seleccionaba una canción y con el otro le daba vida al tablero mecánico. Y si lo que sonaba era Black magic woman, entonces aquel micro-mundo se cerraba sobre sí mismo y poco más se le podía pedir a una tarde. O tal vez sí: “Tengo una mujer de magia negra. / Sí, tengo una mujer de magia negra. / Me tiene tan ciego que no puedo ver. / Pero ella es una mujer de magia negra / y está tratando de convertirme en un diablo”.

     Por otro lado, Carlos Santana fue para nosotros, chicos de barrio, un símbolo, la punta de un iceberg clavado en el corazón del imperio, el de la música de orígenes latinos que fue a incrustarse en el núcleo del rock & roll. A nuestro modo de ver, con él se impulsaba una hibridación que con los años acabaría dando todo tipo de frutos, buenos y malos, naturalmente. Incluso él mismo también fue decayendo. Pero en aquellos momentos primeros, donde se sumó su participación en el legendario festival de Woodstock en 1969, nos pareció un modelo a imitar y un guitarrista a seguir. Tanto es así que en la revista Rolling Stone se escribió que “Santana hacía por la música latina lo que Chuck Berry había hecho por el blues”. E hizo algo más, añadir una sensualidad más evidente desde entonces, que el propio músico definió del siguiente modo: “La música es la unión de dos amantes: melodía y ritmo. La melodía es la mujer y el rimo, el hombre”. A nadie le puede extrañar, pues, que, salvando las distancias y dando por supuesta nuestra ignorancia en estos entresijos, lo seleccionáramos de forma reiterada para darle a los botones del pinball. Había en ello algo más que lambadas: “No me des la espalda, nena. / Sí, no me des la espalda, nena. / No juegues con tus trucos. / No me des la espalda, nena, / porque puedes despertar mi varita mágica”.

     Escrita originalmente para Fleetwood Mac, Santana se apoderó de Black Magic Woman y la editó en 1970 como una mezcla precisa de blues, rock, jazz y un poco de son cubano y sonidos latinos. La pócima perfecta para hacerla del todo suya y que nadie la recuerde en su versión primera. http://www.youtube.com/watch?v=eaKnRUfh_5I

Publicado en genetikarockradio.com, 17 abril 2013

jueves, 11 de abril de 2013

A propósito del amor precario



     Tan angustiados por las zozobras materiales y por la desorientación ideológica que tantas tintas hacen correr, parecemos dejar de lado algunos otros fundamentos del individuo que también están sometidos a evolución, cuando no directamente a alguna otra especie de crisis. El amor, sin ir más lejos. Si, como vamos anotando en esta serie, la transformación general es inapelable, convendrá al menos preguntarse qué ha de ser de los sentimientos en la nueva época. Si permanecerán tal y como han sido definidos y vividos con sus vaivenes a lo largo de la historia tradicional o si, por el contrario, padecerán también mutaciones que los harán irreconocibles.

     Que el amor perdurará en los espacios poéticos no es discutible, pues al cabo no otra es la razón de ser de la poesía que llevar la contraria a una realidad venenosa. Que seguirá anidando en los procesos químicos tampoco es cuestionable, pues ni siquiera la manipulación genética eliminará los jugos más elementales. Y que las doctrinas, sean del signo que sean, continuarán pregonándolo como esencia y comportamiento tampoco entra en duda, pues sólo de ese modo ha superado trances y epidemias. Podemos, por lo tanto, tener confianza en los poetas, en los científicos y en los sacerdotes, que ellos velarán por la pervivencia de ese jardín.

     Sin embargo, no sucederá así –no sucede, de hecho- con las formalidades que adopta el sentimiento, porque en ese campo podemos afirmar que la metamorfosis ya se ha producido y que su progreso no ha hecho más que iniciarse. Lo que comentábamos en escrito anterior sobre el lastre cero es una señal palpable de ese nuevo molde, pero no sólo. Las exigencias de todo tipo que se acentúan y hacen de nosotros y de nuestro medio un continente inestable y efímero acabarán por determinar la experiencia amorosa en todos sus costados. Es lo que lleva al profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona Manuel Cruz a afirmar con claridad que “ha estallado la articulada unidad entre sexualidad, sentimiento y proyecto de vida que constituía la especificidad del amor”. En efecto, el trípode interdependiente sobre el que se acomodaba la cosa amorosa se ha desvanecido y es difícil que vuelva a converger.

     Tal vez sea que, como muchas otras constantes de nuestra existencia, también el amor se ha vuelto precario, azuzado por un entorno hostil que apenas permite levantar realidades sólidas o duraderas. Ortega y Gasset lo tenía muy claro: “Según se es, así se ama”. Y tal y como vamos describiendo, los rasgos con que se distingue la sociedad poscontemporánea no son otros que los de la movilidad, la ligereza y la liquidez, aquéllos precisamente que se contagian a los comportamientos sociales. En la medida en que el amor es una expresión social, aunque venga a socializar sólo a dos personas, nada diferente puede esperarse de ese ejercicio sentimental. Seguiremos amándonos para toda la eternidad, sí, pero será una eternidad fugaz y de episodios sucesivos. Continuaremos amándonos hasta morir, sí, pero será una muerte sutil y con retorno. Insistiremos en amarnos con todas nuestras fuerzas, sí, pero serán unas fuerzas sometidas a un diseño leve y acomodado. Porque sin proyecto de vida y con una sexualidad cada día más a la carta, el sentimiento acabará refugiándose en uno mismo y deleitándose, como mucho, en la lectura de la poesía. Lo cual tampoco evitará nuestra caída en el mal de amores, esa enfermedad incurable, ese dolor dulcísimo, esa agonía.


Publicado en Tam-Tam Press, 11 abril 2013

domingo, 7 de abril de 2013

Sweet hitch-hiker


     Para despertar al mundo del rock & roll todas las fórmulas eran válidas. Incluso la más literal. En aquellos primeros años de la década de los setenta así abríamos los ojos diariamente en algunos internados, en particular en las universidades laborales del antiguo régimen. Sin importar la hora temprana ni la estación del año, la megafonía se ponía en marcha con más o menos volumen y la mañana se abría indefectiblemente con música. Cierto es también que no todos los despertares contaban con la misma intensidad o con el mismo buen gusto, pero sí había una constante estilística que acaba repitiéndose. Sin duda, visto desde estos años, es una de nuestras deudas con aquellos encierros académicos, sobre los que tanto se podría hablar. Y una de aquellas melodías inolvidables, que luego perseguíamos en las máquinas de discos de los bares y hoy de un modo mucho más nostálgico, fue Sweet hitch-hiker de Creedence Clearwater Revival.

     Hubo más canciones de CCR en aquellos amaneceres, por supuesto. Hubo y las hay, porque en eso consiste precisamente el sello de los clásicos, en su permanencia, lo contrario de la condición efímera de lo comercial. Sin embargo, en la Dulce auto-estopista se concentraba buena parte de nuestro existir de entonces y tal vez, por encima de otras florituras, ése fuera su mérito: la chica, la carretera, la moto, la banda, el bar, California…, en fin, todos esos tópicos sin los que tampoco nos entenderíamos a nosotros mismos. ¿Acaso seríamos como somos sin, por ejemplo, las lecturas de Jack Kerouac o las imágenes de «Easy Rider»? O si nos detuviésemos en otros instantes de la vida, como hizo Manuel Vázquez Montalbán en Los mares del Sur: “¿Cómo amaríamos si no hubiéramos aprendido en los libros cómo se ama? ¿Cómo sufriríamos? Sin duda sufriríamos menos”.

     El caso es que todos queríamos ser y cantar como John Fogerty e incluso tener un hermano mayor que se llamase Tom. Nos entusiasmaba aquel nombre del grupo que alumbraba todo tipo de sugerencias. Y, sobre todo, constituían un aprendizaje inevitable para la guitarra las notas de Proud Mary: “rodando, rodando en el río”. Hasta la discográfica que los abrigaba tenía un alma vaporosa: Fantasy Records. Al final, como le ocurre a cualquiera, el grupo se perdió en medio de disputas de liderazgo, competencias de egos y, fundamentalmente, asuntos de derechos y otros beneficios. Baste indicar, para hacernos una idea, que sólo el año pasado, con la publicación del disco «The long road home», que reúne los clásicos de Creedence grabados por John Fogerty, se firmó una especie de armisticio final entre él y la discográfica californiana, después de 40 años de pleitos.

     Porque Sweet hitch-hiker se publicó como sencillo en 1971 y, posteriormente, dentro del último álbum de CCR «Mardi Gras» en 1972. El grupo se había agrietado ya y en cierto modo esta canción fue algo así como el remate glorioso de su carrera. De ellos dijo el crítico Dave March: “fueron probablemente la mejor banda estadounidense a nivel de singles”. http://www.youtube.com/watch?v=qW18CzVzts4

Publicado en gnetikarockradi.com, 7 abril 2013

miércoles, 3 de abril de 2013

Las energías


     En estos tiempos nuestros de crisis perpetuas, unas lucen más que otras no sin interés evidente por parte de quienes las dirigen. Por ejemplo, la energética no figura en primer plano, a pesar de que será una de las que más nos castiguen en los próximos futuros. Al aumento de la demanda se le une la limitación de algunas fuentes, lo cual acabará siendo determinante si el derroche no tiene freno. Pero también la ausencia de políticas comunes sobre esa materia en ámbitos amplios, como el de la Unión Europea, nos hace aún más débiles desde el punto de vista táctico y, desde luego, menos competitivos. Aunque el colmo lo protagoniza la larga nula política energética en España, lo que ha hecho de este tema un calvario interminable de padecimientos, sobre los que la provincia leonesa podría escribir una extensa crónica. Ministros y Ministerios de Industria se han sucedido sin que nada se haya puesto en orden. Más bien todo lo contrario, pues al final se han desprendido de elementos capitales del sector para ponerlos en manos privadas como si eso de la energía no fuese un asunto estratégico y por tanto merecedor de una atención pública. También porque es o debiera ser un bien de todos. El caso es que, al margen de la lógica, la gestión administrativa no ha hecho sino colaborar con la especulación también en esto. Sin referirnos a las fuentes más clásicas, no de otro modo puede entenderse el giro copernicano que han vivido las energías renovables, del todo a la nada, previos enriquecimientos o empobrecimientos según casos, y no hace falta señalar. Ahora se acaba de escribir que “los empresarios anuncian inversiones de entre 700 y 1.000 millones” en eso que llaman fracking o fractura hidráulica, un controvertido sistema para obtener gas pizarra, básicamente porque este Gobierno, continuando la línea errática y gaseosa (nutridora de burbujas), ha decidido que ahora toca ese juego. Así nos va con estos tahúres.


Publicado en La Crónica de León, 5 abril 2013

sábado, 30 de marzo de 2013

El yo entre la chapa y el pin



Las señales con las que acostumbramos a identificarnos tienen tanta solera como la misma historia del ser humano. Religiones, ejércitos, gremios y demás son colectivos que siempre han cotizado al alza en la sección de complementos de los grandes almacenes de esa historia. De hecho, no hay sondeo arqueológico donde no aparezcan, al lado de bonitos esqueletos, todo tipo de piezas menores que ayudan a identificar el origen de los finados y su pertenencia a grupos concretos. Medallas guerreras, insignias de distinción, galardones y emblemas personales son, pues, los antecedentes de otros símbolos de identidad mucho más actuales. De entre estos últimos, el pin es un ejemplo ya duradero, con altibajos en su popularidad y con diversas manifestaciones formales.

Lo curioso es que aquello que lo caracterizaba como tal, esto es, su tamaño reducido y su sujeción mediante enganche o alfiler en la indumentaria, conoció tiempo atrás una mutación exitosa con la que no ha dejado de competir: la chapa. Las diferencias entre el uno y la otra son evidentes. Por una parte, la chapa, salvo excepciones, adopta siempre una forma circular, no importa su diámetro, mientras que el pin, por lo general, se acomoda al contorno de lo representado, es decir, de su referente. Por otra parte, el pin se empareja con el logo, con el dibujo, con el aparato gráfico, mientras que la chapa lo hace sobre todo con el lema, con el eslogan, con la frase. La primera de las diferencias no tiene relevancia en verdad a la hora de explicar la preeminencia de uno u otro símbolo, pues al cabo el círculo es una forma más y a la inversa. Sin embargo, lo realmente decisivo es el enfoque de la comunicación, situar el énfasis en lo sintético o preferir lo analítico, incluso en lo sincrético si conjugamos ambos puntos de vista. Dependiendo de ello triunfa una u otra expresión de una misma intención: significarnos visualmente ante los demás.

Por eso, aparte de modas y de otros mecanismos del marketing, es así como podemos responder, modestamente, a la razón de ser que anima al blog que nos soporta y a las dudas de sus animadoras Crispularia, Mj y Blasfémina: ¿qué ha sido de los pins? Pues bien, sencillamente no ha ocurrido nada con ellos, siguen viéndose en las solapas y en las viseras, en particular los de naturaleza política (no hay cumbre de jerifaltes donde no se observen en el ojal de sus americanas) y deportiva (obsérvense los adornos sobre el mar de bufandas). Lo que ocurre es que, de forma un tanto paradójica –que es un rasgo de esta época-, resulta que en unos tiempos tan sincopados como los nuestros ha venido a triunfar el mensaje verbal sobre el grafismo, quizá porque es mucho más reivindicativo, gracioso o epatante en un momento dado. No olvidemos que reivindicar, hacer gracia y producir asombro son también constantes de la sociedad poscontemporánea y, por tanto, de los individuos que la integran.

Así que no creo yo que debamos inquietarnos mucho. Puesto que la vida es un eterno retorno, tarde o temprano regresarán con fuerza los usos que hoy consideramos despreciados, más o menos como ocurrió con la copla o con el glam, que también hubo momentos en que nos parecieron horteras y desechables. Además, tampoco es una cuestión de disputa a cara de perro, pues todos los formatos son compatibles salvo para los muy forofos y fundamentalistas. Pensemos que las señas de identidad y su demostración nos son consustanciales, que a todos nos gusta diferenciarnos del otro ajeno a la que vez que nos identificamos fácilmente con el otro nuestro y que, aparte de viciosos del coleccionismo, desde los tiempos de Máximo Décimo Meridio, e incluso antes, hasta los del pintoresco Kim Jong-Un, e incluso después, siempre hay ocasión para lucir nuestras adhesiones inquebrantables. Mientras tanto, está bien que un blog como éste ofrezca testimonio de estas cosas menores. No todo van a ser grandes y deprimentes noticias.

Publicado en www.tepongounpin.blogspot.com, 1 abril 2013

lunes, 25 de marzo de 2013

Time


     El lado sinfónico de la vida se lo concedimos a Pink Floyd casi sin discusión. Es verdad que también estuvimos tonteando con Yes, con Emerson, Lake & Palmer, con Tangerine Dream y con Rick Wakeman, entre otros nombres virtuosos. Pero la aparición, hace ahora justamente cuarenta años, del disco «The dark side of the moon» nos ganó para siempre. Experiencia teníamos ya, todo hay que decirlo, con sus precedentes «Atom heart mother» y «Ummagumma» muy en particular. Y sus secuelas apuramos después con «Wish you were here», sobre todo, y algo con «The wall». Sin embargo, aquel disco luminoso de 1973 sigue hoy dando vueltas en el plato como el primer día y, a pesar de la decrepitud y grandilocuencia posteriores que han agotado la carrera del grupo británico, todavía seguimos en buena medida instalados en aquellos tiempos: “Cansado de tumbarte bajo el sol, / quedándote en casa mirando la lluvia, / eres joven y la vida es larga / y hoy hay tiempo que matar”. Y, en fin, para rematar el argumentario, a aquella idolatría contribuyeron así mismo las imágenes que en aquel mismo año grabaron de la mano del director Adrian Maben en el anfiteatro de Pompeya, un vídeo de obligada revisión.

     Cierto es que para los jukebox de la época y para otros hit-parade el single donde se incluyó la canción Money vino a ser mucho más resultón. Prueba de ello son también las versiones y covers que ha conocido posteriormente. Pero para nosotros tuvo mucho más valor el segundo sencillo, donde se recogieron Us and them y Time. Ésta última fue, de hecho, la puerta de entrada al disco grande, a cuya cita estábamos emplazados. “Haciendo tic-tac con los momentos que componen un día monótono, / desperdicias y consumes las horas de un modo desconsiderado / dando vueltas en un pedazo de tierra en tu ciudad, / esperando por alguien o algo que te muestre el camino”. Los relojes y alarmas que se escuchan al principio del corte fueron precisamente ese algo motivador, que vino a romper además con el esquema clásico de guitarra, bajo y batería al que estábamos acostumbrados. Otras posibilidades de sonido, otros arreglos al margen de la partitura, otros instrumentos guiando la melodía, otros temas –tiempo, dinero, locura, muerte…- que empezaban a inquietarnos.

     “Y luego te das cuenta un día / de que tienes diez años detrás de ti, / nadie te dijo cuándo correr, / llagaste tarde al disparo de salida”. El eco de esta canción se prolongó como un aldabonazo sobre las conciencias, sólo comparable a lo que, años después, descubrimos en los versos de Jaime Gil de Biedma: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde –como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante…” Así que, por si hubiera alguna duda, tal y como escribió Bruno MacDonald, autor de Pink Floyd: Through the eye of the band, its fans, friends ando foes, “Uno puede temer que sea aburrido, pero en realidad es un álbum con buenas melodías y un cancionero brillante y pegadizo”.

     Lo dicho, que Time se editó en 1973, extraída del disco magistral «The dark side of the moon», que cumple cuarenta años de edad -¡qué barbaridad!-. El propio MacDonald lo recomienda de este modo: “Los que nunca han escuchado a Pink Floyd deberían comenzar por este disco”. http://www.youtube.com/watch?v=ntm1YfehK7U

Publicado en genetikarockradio.com, 26 marzo 2013

jueves, 21 de marzo de 2013

JUAN ÁLVAREZ: 1968. Un año de rombos

EL AUTOR.
Murciano (de Mula). Inicia su andadura como dibujante elaborando series de la productora Hanna Barbera y más tarde formando parte del equipo que realiza la serie Don Quijote de la Mancha para TVE. Gana el premio del concurso de la revista 1984 y a partir de la segunda mitad de la década de los 80 su obra aparece en TBO, ZONA 84 y TOTEM. En 1990 la revista El JUEVES comienza a publicar su personaje M.M. el loco del claustro. Actualmente, publica en la revista PLAYBOY para Estados unidos en en EL JUEVES. También coordina el Aula de Cómic de la Universidad de Murcia.

EL LIBRO.
Escribe Sergio Jorge en Tam-Tam Press: "Cuando el dibujante Juan Álvarez quiso hacer balance de su vida, se fijó en un año muy singular de la historia de España, 1968, cuando aún quedaba Franco para rato pero ya había suecas. Por eso 1968, un año de rombos es ante todo una historia de su infancia, pero también de la de millones de españoles. Como uno es mayor ya, se revisa, para encontrarse a sí mismo y explicarse, apunta el autor de un libro en el que la inocencia de un pequeño que pasaba todo el día jugando no le dejaba ver lo que realmente pasaba a su alrededor.
Es un niño que empieza a ser consciente de los valores que van a sustentar a lo largo de la vida: la amistad, el amor, el descubrimiento de que la muerte exista, de que la vida termina, apunta Álvarez sobre la reflexión que dio forma a su libro, un conjunto de historietas en las que el protagonista cuenta lo que pasa a su alrededor a la vez que va creciendo por dentro y por fuera.
Sus historias giran en torno a la televisión, esa ventana al mundo que aporta la fantasía que todo niño necesita. Y más en 1968, cuando a Franco le quedaban siete años, la Iglesia estaba muy presente en todo, políticamente no se podía decir ni ‘mu’…, afirma el autor".
Presentación en León, 21 marzo 2013

miércoles, 20 de marzo de 2013

El drama


Aunque la retahíla de datos actúa sobre nosotros como un narcótico y nada expresa mejor la gravedad de lo descrito por ellos que un grito verdadero y grandioso, conviene no obstante detenerse en su recapitulación para observar la entidad del drama. Anotemos, por tanto, algunos de los últimos conocidos para común estremecimiento: desde 2007 a 2011, Cáritas ha aumentado el número de personas atendidas desde 370.000 a un millón; según estimaciones, en 2013 la cifra de personas desempleadas sin cobertura superará los tres millones; la renta familiar ha pasado de 26.000 euros por hogar en 2007 a 24.000 en 2011; en opinión de técnicos de Hacienda, se ha incrementado en dos millones el número de personas que en 2007 se encontraban en situación de precariedad; el presupuesto para gasto de personal de las administraciones educativas se ha reducido desde 2009 el equivalente al sueldo de 61.782 docentes; y así sucesivamente. Pero con toda seguridad no hay datos más escalofriantes que aquellos que hacen referencia a la locura de las finanzas, sobre la que pivota nuestro existir presente y nuestro porvenir. Por ejemplo, constatar que desde 2010 se han evaporado 15.000 millones de euros de las cuentas para políticas sociales, mientras que los bancos y cajas han recibido sólo en 2012 más de 40.000 millones dedicados a su supervivencia. O, yendo un poco más lejos, confirmar que las estimaciones hechas hoy sobre el año 2008, en el origen de la crisis, indican que el valor de los activos financieros y sus derivados era más de veinte veces mayor que el valor de la producción real, es decir, una auténtica hipertrofia financiera. Es verdad que el rostro auténtico del drama es el de las personas, que son las que debieran situarse en el frontal de las políticas, pero el decorado aquí expuesto viene a completar el cuadro y a explicar algo de los que nos sucede. Esa es la calamidad contra la que conviene seguir rebelándose.

Publicado en La Crónica de León, 22 marzo 2013